Capítulo 1✔️

En el Olimpo donde habitan los doce dioses principales, se celebraba una reunión muy importante; incluso el dios Hades, regente del Inframundo, fue invitado.

— Hermanos, hijos. Henos aquí reunidos— dice con voz solemne Zeus, Dios del Trueno y Soberano de los dioses— Como todos saben, nuestro deber sagrado, radica en el cuidado de los humanos, pues a ellos nos debemos. Bien sabido es, que desde hace cierto tiempo, han habido rumores de que uno de vosotros intenta arremeter con la paz de nuestro reinado.

En ese instante, hace aparición Hades, que a pesar de no pertenecer a los Doce del Olimpo, el asunto le concierne.

— Hermano, heme aquí, ¿cuál es el problema que amerita a que todos estén reunidos?— dice con arrogancia propia del Rey del Inframundo.

— El motivo que nos ha reunido aquí, es que Eris, ha estado haciendo planes y alianzas con algunos de los Titanes aún vivientes, para el derrocamiento del Olimpo; y nadie conoce mejor a Eris, que Hades— dice con una sonrisa turbia, Zeus.

— ¡Qué raro, tú amante, causando estragos!— exclama irritada Perséfone, Diosa de la Primavera, y esposa de Hades.

— ¡Calla!— ordena Hades, a su esposa— ¿Qué tan seguro estás de esto, Zeus? Pues aquí todos saben que la Diosa de la Discordia, no es de tu agrado precisamente.

— Tengo informantes por todos lados. Y sí, es cierto Eris, no es de mi agrado— responde con tono amargo Zeus— Pero eso no es de importancia. Ella no sólo es una amenaza para el mundo mortal, o el Olimpo mismo, mis informantes me han confirmado que la Diosa de la Discordia, planea obtener el control del Inframundo, o en su defecto la destrucción.

Con este pequeño argumento Zeus, obtiene el apoyo total de todos los dioses del Olimpo, incluido al Soberano del Inframundo.

— Entonces, ¿qué sugieres que hagamos hermano?— inquiere Poseidón, dios de los mares.

— Debemos expulsarla al mundo mortal y despojarle de sus poderes, en la brevedad posible— responde Zeus, observando a todos.

— ¿Cómo lo haremos?— inquiete Hera, diosa del matrimonio, esposa de Zeus.

— ¿Es posible tan siquiera entrar a su reino sin que sé dé cuenta?— dice Dionisio, dios del vino y la celebración.

— Imposible, ella detectaría cualquier presencia en su reino— argumenta Artemisa, diosa de la caza.

— Engañarle es una tarea complicada, vencerla sería imposible, y más si tiene el apoyo de los Titanes— opina Asclepio, dios de la medicina.

— Nunca debimos retar a los Titanes— dice miedoso Apolo, dios de las artes y de la música.

— Deja de decir eso. Si los Titanes, siguieran en el poder, ninguno de nosotros estaría aquí— le reprende Démeter, diosa de la fertilidad.

— Eso no importa. Necesitamos soluciones. Hades, tú eres el único que podría entrar al Tártaro, sin que se note extraño— dice Atenea, diosa de la sabiduría, con frialdad.

— Mi querida, Atenea— dice con sarcasmo Afrodita, diosa de la belleza— ¿Quién nos asegura que Hades, al llegar al Tártaro, no nos traicionará? Aquí todos somos conscientes del odio que nos tiene por haber apoyado a Zeus, en su exilio. Fácilmente puede cambiar de bando a conveniencia, como siempre lo ha hecho.

— ¡Esto es inaudito!— exclama indignado pero sonrojado, Hades— Ella también quiere mí reino.

— Y me vas a negar que no quisieras que ella compartiera su maldad contigo— opina irritada, Perséfone.

— Basta, ya hemos perdido suficiente tiempo en babosadas— grito Zeus, acallando los comentarios inoportunos e insensibles— Ya tengo un plan armado. Y necesitaré a uno de ustedes.

En ese instante todos se ofrecieron, excepto uno, Hades, el cual veía que provecho podía sacarle a la situación.

— Silencio— vuelve a gritar el dios del trueno— Hades, tú sabes el camino al Tártaro, mejor que nadie. Así que quieran o no, él me acompañará.

———

Y después de varias horas se alistaron para ir a la Isla del Tártaro, el Reino de Eris. La entrada se encontraba en el fin del mundo, en una especie de acantilado con un portal, que te llevaba a las entrañas del Tártaro.

Para sorpresa de todos y más para Hades, pues él era el único que había ido incontables veces; todo se hallaba en absoluto silencio. Al pasar por el portal se encontraron con un castillo de antaño, era fácil de observar el deterioro de la estructura.

Varios muros habían desaparecido por el mal cuidado. En una parte de las ruinas del castillo, se podía ver fácilmente por la luz de la luna, la sala de los tronos, donde de encontraba su soberana.

Eris, se encontraba regía, con su corona negra al igual que su vestido, y con una sonrisa tan encantadora como maligna.

— Los estaba esperando— dice con una tranquilidad aterradora— Tranquilos, chicos, son visitas, al menos por ahora— les ordena a sus fieles criaturas, tan amenazantes como gigantes.

— Así que, sabías que veníamos. ¿Cómo?— pregunta incómodo Zeus, al verse en desventaja.

— Claro que lo sabe, es la soberana de aquí— dice orgulloso de su antigua alumna, Hades.

— Así como tú, tienes informantes en todos lados, yo igual. Y me parece de mal gusto que vengas a mi hogar, a robarme mis poderes— dice con fingida tristeza.

— No niegas entonces tus ganas de robar mí Olimpo— dice irritado Zeus, pero es interrumpido.

— ¿Robar? ¿Tú me hablas de robar?— dice entre indignada y molesta, Eris— ¿Tú? Quién me quitó mi legítimo lugar en el Olimpo, sólo porque me negué a estar contigo. ¡Qué falso te han vuelto los años en el poder!

En eso se escucha un repentino ataque de risa, perteneciente a Hades.

— ¿De qué demonios te ríes?— pregunta Zeus a su hermano.

— Pues todo lo que ella ha dicho es cierto, hermanito— responde entre risas, Hades.

— No te aconsejaría reírte, tú, también tienes cuentas pendientes conmigo— le comenta Eris.

— ¿Cuentas?— pregunta soberbio, Hades— ¿A qué te refieres?

— Preferiste a la insípida de Perséfone, antes que a mí. La dejaste ser la Soberana del Inframundo, cuando ese puesto es ideal para mí— confiesa perdiendo los estribos, Eris— Pero no importa. Dentro de un par de horas, todo lo que conocían perecerá y todos los mundos, se verán como mí reino.

— ¡Estás loca!— le grita Zeus.

— Si se portan bien, y me piden una disculpa... puede que les perdone la vida— dice con sorna, Eris.

— Hades, ¿qué estás haciendo?— le grita Zeus, al ver a su hermano acercarse a Eris— Teníamos un plan— le recrimina al verlo arrodillarse— ¡Hades!

— Tienes razón hermano, sólo que yo, ya hice mis planes— responde mientras baja la cabeza y extiende su mano a Eris.

En ese pequeño instante varias cosas ocurrieron. Hades, saca de su espalda, su horca. Eris, se acerca para perdonar a su amante. Y Zeus, contempla la posible traición de su hermano.

— Y sólo puede haber un regente en el Inframundo— continúa con su discurso, Hades— Y ése soy yo... Lo siento querida, más suerte para la próxima— finaliza dándole una estocada mortal a Eris, a la cual toma desprevenida, y se desvanece en el aire.

— ¡Maldito bastardo! Sólo piensas en ti— le reprocha Zeus a su hermano.

— Igual que tú.

Pero antes de que cualquiera de ellos pudiera decir o hacer algo más, observan que todo a su alrededor se desvanece tal como pasó con Eris.

— ¿Qué ocurre?— grita a la nada, Zeus.

— Basta, eso no servirá. Debemos largarnos antes de que nos desvanezcamos los dos— inquiere con fastidio, Hades.

— ¡Pero, qué mierda!— inquiere furioso, Zeus— Al menos ya salimos de ahí. Por un instante dudé de ti, hermano.

— Nunca confíes en mí. Qué tú también tienes cuentas pendientes conmigo. Si te ayude con Eris, es porque ella no me incluyo en sus planes. No por ti. Qué no se te olvide, que me debes una.

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