III. Las perlas negras
ADVERTENCIA:
Abuso infantil y negligencia paterna.
Un mes y dos semanas han pasado desde el día que Stain, el asesino de héroes, adoptó a una pequeña asustada en un callejón.
Le tomó tiempo ganarse su confianza, porque se notaba señales de abuso y/o negligencia adulta impuesta sobre ella. No le tomó tanto tiempo, sin embargo, descubrir su pasado, uno peor de lo que se imaginó que sería.
Eleanor fue criada por dos padres que nunca le demostraron afecto o amor genuino, vaya, ni siquiera veía amor entre ellos. Como si fueran entes sin alma o corazón criando a una niña desconocida. Como si Eleanor fuera un fantasma rondando en su casa. Eran indiferentes a sus logros, rara vez le dirigían la palabra, y parecían más interesados en su misterioso trabajo que algunas veces los orillaba a dejarla sola en un departamento del último piso.
Indiferentes eran, más no malos. Nunca le dieron cariño, pero tampoco odio. Le dieron su propia habitación con televisión para mantenerla entretenida, aunque jamás le compraron un juguete, básicamente no sabía su utilidad o existencia. La comida nunca le faltó, aunque siempre comía sola, incluso con ellos presentes en la cocina. También le dejaban dinero para comprarse lo que quisiera en la tienda de la esquina. Hablaba más con el dependiente que con sus cuidadores, tal era su indiferencia que Eleanor nunca los consideró sus padres. La gente debería llamarla ingrata por decir que sus padres eran malos si siempre se lo daban todo. Todo, menos amor.
Su pequeño castillo embrujado, título que ella le puso a su hogar, desapareció cierto día en el que el edificio de apartamentos donde vivía se colapsó, acabando con el castillo y con sus padres, dejando también múltiples heridos alrededor de la zona de desastre. Curiosamente ese día, solo ellos tres se encontraban en el edificio, y solo ella quedó como sobreviviente de los Bushida.
La catástrofe no solo llevó consigo grandes heridas en su pequeño cuerpo y cicatrices en sus piernas, sino que también la llevaron a formar parte del programa de cuidado y adopción infantil. No pasó una semana en el hospital y una señora ya la había adoptado, con la promesa de cuidarla en su casa y apoyarla con todo el peso de la masacre a la que sobrevivió.
Eleanor sacó una importante conclusión ese día: los adultos no son menos mentirosos que los adultos.
En lugar de terminar en una nueva casa junto a una mujer a quien deseaba considerar "mamá", Eleanor terminó viviendo en el sótano tenebroso de una gran casa. Ni siquiera había una cobija o almohada, a duras penas a eso se le podía llamar habitación. La mujer solo la había adoptado para cobrar el dinero que el gobierno le daba a los tutores de menores, como en su caso, que necesitaban gastos médicos o terapéuticos para su recuperación física y mental.
Golpes, insultos, abusos y maltratos eran el pan de cada día en la casa. La señora cruel, apodo que le puso mentalmente, la obligaba a levantarse a las 4 de la mañana para limpiarle la casa, acostumbrando a Eleonor a ese horario para que ella no se tuviera que levantar de su costoso colchón. Siempre le cocinaba platos muy complicados para su corta edad, lavaba su ropa y acomodaba las múltiples habitaciones, prácticamente la tenía de sirvienta/esclava. Peor aún, sus heridas ni siquiera se habían sanado por completo, por lo que todos los días tenían no solo que resistir el trabajo arduo y las malas palabras, sino que también debía aguantar su dolor y las ganas de gritarle al mundo cuánto daño tenía. Llegaba al punto en que a veces literalmente se tenía que arrastrar a su cuarto debido al dolor de sus heridas.
Como si esto no fuera suficiente, la señora cruel siempre la castigaba si hacía las cosas mal. Si la despertaba mientras limpiaba, si la comida sabía mal, si había una arruga en la cama, si se dormía trabajando, cualquier cosa mala que hiciera, por más ridículamente mínima que fuera, llevaba consigo múltiples castigos físicos o alimenticios, quitándole las pocas sobras que le daba de comer durante uno o tres días.
Todo esos abusos y maltratos prolongados dejaron grabados muchos signos de falta de cuidados en su pequeño cuerpo moreno, maltratado y desnutrido. Y con solo ver sus apagados, pero bonitos, ojos dorados, te das cuenta de que estaba pidiendo ayuda.
Según lo que le contó, la señora cruel la había acogido a finales de diciembre, y ya estaban en mayo, por lo que tuvo que pasar mas de 5 meses en un sitio similar al infierno.
Padres negligentes y muertos, soledad, abusos físicos y malos tratos por parte de los que se supone deben velar por la seguridad de los más pequeños.
Todo eso, y no tenía ni los 6 años cumplidos.
Pese a todo lo que vivió, los traumas que conlleva y el dolor corporal y mental que padece, su corazón aún se mantiene lleno de afecto y amabilidad. Sin ninguna figura adulta responsable, la pequeña ha mostrado tener un alma gentil. Más aún, en ningún momento le preguntó sobre sus cicatrices, su apariencia descuidada o las veces que llegaba a la habitación lleno de manchas rojas. Su mente inocente pensaba que era salsa de tomate con aroma peculiar.
Ya se había encariñado con la niña, y, al cabo de las cuatro semanas, Chizome decidió dar otro paso con ella.
— Creo que necesito cambiarte el nombre —dice entrando a la habitación con la comida de Eleonor en una bandeja.
— ¿Por qué? —pregunta acomodándose en el colchón para degustar el almuerzo.
— No estoy muy seguro —deja una generosa merienda en la cama—. Siento que necesitas un nombre nuevo, algo que ya no te relacione con todo lo que pasaste.
— Bueno, pues no me gusta mucho mi nombre —lleva una pequeña porción de arroz blanco a su boca, dejando un pequeño silencio mientras come—. Tampoco mi apellido.
— ¿Ah no? —levanta una ceja interrogante—. A todo esto, ¿Cuál es tu apellido?
— Bushida. Mi nombre completo es Eleanor Bushida, por parte de mi madre. No se cuál es el apellido de mi padre, solo que él es originario de México.
— ¿Eso quiere decir que eres mestiza?
— ¿Qué es mestiza?
— Significa que eres un cruce entre dos etnias distintas. Tu madre era de aquí y tu padre de otro país, ¿no?
— Sí. Mi mamá era japonesa, y mi papá de origen mexicano.
— Tal vez eso explique tu apariencia tan...
— ¿Rara? Todos dicen que soy rara, más que nada por mi piel y mis ojos dorados.
— Rara no es el término que yo usaría contigo. Tu apariencia es... única.
— ¿Única? —Su mirada mezcla desconcierto, sorpresa y mucha emoción contenida.
— ¿Has oído de las perlas blancas?
— Sí.
— ¿Y de las perlas negras?
— ¿Existen?
— Claro que sí, pero son muy difíciles de encontrar. Por tanto, son más valiosas. Tú eres una pequeña perla negra —acaricia sus mejillas suavemente—. Además, dicen que entre más redonda y suave sea, mejor.
— Siempre me había sentido mal por tener las mejillas grandes y suaves —se toma el rostro suavemente.
— ¿Ves? Toda tu vida creíste que eras rara, cuando la realidad es que eres única en su tipo —le regala una sonrisa llena de sinceridad y comprensión.
De manera inesperada, la pequeña azabache se abalanza sobre él, casi tirando la charola de la cama. Sus brazos atrapan lo más que pueden de su cuerpo, proporcionándole un pequeño abrazo. Nunca en su vida pensó que encontraría a una persona que no la haría sentir mal por su apariencia, al contrario, que hablara bien de ella.
Por otro lado, Stain no es capaz de entender por qué siente una cálida sensación instalarse en su pecho. Olvida la última vez que alguien lo abrazó de esa forma, con ese cariño y aprecio genuino. No eran nada comparados a los gestos que tenía su mamá o su papá con él, gestos que con el tiempo se hicieron menos frecuentes hasta extinguirse.
— Esta niña...
Sus brazos se colocan detrás de ella, como una señal de que corresponde al cariñoso agradecimiento. Siempre era él quien recibía los abrazos, pero, esta es la primera vez que él da uno. Y la verdad, no es una sensación tan mala.
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