Capítulo 20
❝Todos los hombres tienen un secreto, y aquí está el mío.
Déjalo que se sepa.
Porque hemos atravesado el infierno y las mareas.
Creo que puedo confiar en ti, pero ahora empiezas a retroceder.
Palabras fuertes que se dicen livianamente;
pero aún así, saltaría en frente de una bala por ti❞
What Difference Does It Make — The Smiths
Luego del subidón de días —y semanas— buenos para Shinsou, fue como si de repente las cosas comenzaran a derrumbarse otra vez, poco a poco.
Sentía como si los pocos de cimientos de su vida estuvieran al borde del colapso. Y los pilares, que mantenían el techo de caerle encima de la cabeza, temblaban y amenazaban con aplastarlo.
Debió presentir que algo andaba mal. Pero, otra vez, Shinsou se había dejado mentir a sí mismo que, tal vez, se merecía un respiro.
Que se merecía ser feliz. Y que lo quisieran. Y lo apreciaran.
Que tenía el derecho de sentirse joven, y vivo, y como si no fuese solo un peón más del cruel destino, una ficha demasiado reemplazable en la vida de todo mundo.
Shinsou nunca pensó que fuese una persona relevante. Nunca pensó que podría ser querido.
No hasta que Kaminari apareció en su vida.
Y le mostró —le enseñó— que la vida era mucho más que solo ser un peón de un tablero cruel.
¿Le había creído?
Sí.
¿Shinsou se había dejado llevar, pensando que podría ser una verdad y no otra hermosa mentira?
Absolutamente sí.
Ese había sido su error más grande de todos.
Su estúpida confianza. Su ingenuidad. Sus deseos de sentirse en paz consigo mismo, con la vida, con el mundo.
Y fue la confianza la que hizo que la poca estabilidad que construyó en todos esos años...
Se derrumbase encima de su cabeza.
Sin saber cómo diablos hacer para levantar otra vez su vida de en medio de los escombros.
La semana había comenzado bien. Tranquila, si lo pensaba. Y era sorprendente para Shinsou siquiera poder definir un día de su vida como tranquilo.
Mucho más si era una semana, o incluso más que eso. Su existencia siempre había sido un vórtice lleno de caos y estrés, pero las cosas alcanzaron un punto rutinario que, de alguna forma, le gustó.
No es que se solucionasen sus problemas. Aizawa seguía como siempre, pero ya no podía hacer mucho —solo se aseguraba de que durmiese en la posición correcta y vaciaba la botella de alcohol por el desagüe cuando se dormía.
En cuanto a Eri, no tenía idea de qué le dijo la niña a Mirio, su tutor de clases —pero él y Tamaki Amajiki, junto a su tutelado, Kota, les sacaban a pasear al menos tres veces a la semana.
Su hermana casi siempre venía con un dulce o un peluche nuevo. Le hinchaba el corazón ver sus ojitos de alegría mientras le narraba los hechos del día —pero también se lo rompía cuando se daba cuenta que él nunca podría darle todas esas cosas.
Había estado pensando demasiado en ello. Que, en síntesis, era un fracaso para cuidar a Eri. Solo tenían un techo heredado, y lo único que era capaz de darle era ropa y comida.
Su hermana se merecía el mundo entero. Mucho, mucho más que eso.
Toda la galaxia, si hubiese podido dársela. Pero Shinsou no podía.
—¿En qué piensas tanto? —inquirió Kaminari, una sola ceja arqueada.
Acababa de aparcar su Audi frente a la casa de Shinsou. Como los Kaminari tendrían una cena de lujo esa noche, no podían estudiar con tranquilidad en su inmensa casa. Eri estaba con Mirio, y Aizawa no regresaba mucho durante el día...
A Shinsou todavía le ponía nervioso que fuesen a su casa. Pero Kaminari era lo suficientemente respetuoso al respecto.
—En nada —contestó Shinsou con pesadez—. Y en todo.
—Eso es muy enigmático, colega —resopló Kaminari—. Sabes que mi cerebro no da para tanto...
—Es que no necesitas captar nada. ¿Ya ves? Lo hago por tu cerebro.
Kaminari le dio un golpecito en la nuca que casi le sacó una sonrisa. Pero ese día la ansiedad lo carcomía sin motivos; solo por razones imaginarias que su mente deseaba traer a colación.
—Te digo en serio —reclamó su amigo—. Te he notado apagado, casi como si no tuvieras baterías...
—Qué lástima que no exista un cargador para humanos, ¿eh? —bufó Shinsou, entre divertido y cínico.
Ambos se sumieron en uno de esos incómodos silencios que no sabían cómo romper. Y siempre era Kaminari el que decidía hacerlo —solo para empeorar las cosas.
Le dedicó una sonrisa del tipo seductor —esas que le vio hacer a las muchachas antes de que siquiera fuesen amigos.
—Bueno, yo podría serl-...
—Déjalo ahí —masculló Shinsou. Abrió la puerta para salir del carro—. Mejor nos apresuramos, o vamos a perder tiempo para estudiar.
—¡Hey! —Kaminari exclamó indignado mientras alzaba las manos—. ¡Vuelve aquí, ahora!
Shinsou le ignoró. Se acercó hasta su casa, dando zancadas por en medio del camino a través del descuidado jardín delantero. Escuchó la alarma del Audi, seguido de los ligeros pero veloces pasos de Kaminari para perseguirlo.
—¡Algo te pasa! —Kaminari dictaminó, casi gritando—. ¡Y no puedes pretender que no lo descubra...!
Se detuvo. Kaminari también lo hizo de forma abrupta, rebotando contra la amplia espalda de Shinsou. Cuando se giró a mirarle, estaba sobándose la frente allí en donde se golpeó.
Kaminari le miró como un pollito asustado. Shinsou le miraba con ojos apretados y escrutadores, pero, aun así, no conseguía que el otro retrocediera un solo paso.
—Colega —Kaminari dijo ya con voz calmada; incluso su mano buscó el brazo de Shinsou para darle una palmadita—, te he notado muy ausente... ¿qué es lo que te...?
—Sabes que no quiero hablar de ello, Kaminari —habló—. Es solo uno de esos. O esas semanas... realmente no me gusta ponerme a pensar demasiado, porque eso me hace recordar cosas...
—¡Pero, pero...! —Vio que el cuello de Denki temblaba—. ¡Somos amigos! Te dije que estaría para ti, siempre que tú lo desees...
Shinsou tragó saliva. Se rehusó a seguir mirándole, pero ni siquiera sus promesas duraban demasiado —porque mirar a Kaminari a los ojos se sentía casi como un imán del que no era capaz de escapar.
Sintió la mano de Kaminari hacerse paso hasta la suya. Shinsou contuvo la respiración contando hasta cinco; mientras los dedos del rubio encontraban su camino para entrelazarse a la suya.
No supo bien cómo reaccionar, pero eso tampoco importaba. El agarre de la mano era solo una excusa de Kaminari para tironear de él hasta su cuerpo, hasta fundirlo en un cálido abrazo que terminó con la cabeza de Shinsou enterrada en su escuálido hombro.
Ni siquiera era capaz de devolverlo. No tenía idea de cómo hacer algo así.
—Ya, ya —Kaminari le dio palmaditas en la espalda al anonadado chico—. Puedes llorar sobre el hombro de tu bro.
—Kaminari...
Sintió que lo apretaban más fuerte. Shinsou tembló de los nervios, y ni siquiera corría una brisa fresca como para adjudicarlo. Aunque Kaminari no parecía darse —y si se daba cuenta, tampoco le interesó.
Poco a poco, se dejó caer. Porque Kaminari olía bien, porque era suave, porque estaba cálido pese al clima veraniego allí donde vivían.
Y porque traía recuerdos. De la noche juntos en la misma cama, de la cercanía en el jacuzzi y de la agónica distancia entre los dos en los asientos del cine.
¿Cómo podía un simple abrazo comprimir tantos recuerdos y sentimientos?
Él no sabía qué hacer con sus brazos, pero poco a poco encontró sentido a la forma de Kaminari alrededor de su cuerpo. Y era emocionante la forma en que un par de brazos podían amoldarse a la perfección a una figura humana.
No es como si dijera que él y Kaminari estaban hechos el uno para el otro. No lo hacía —porque las cosas no eran tan místicas o románticas como las historias de ficción lo pintaban.
Era solo que a Shinsou se le hacía curiosa la facilidad con la que pudo envolverlo contra sí. Y a Kaminari debió gustarle, porque exhaló un suspiro; solo para pegarse todavía más a su cuerpo, rodeándole el cuello tan fuerte que podría haberlo asfixiado.
¿Era todo eso normal?
¿Se suponía que los amigos se abrazaran de tal forma que podrían haberse fusionado hasta ser uno?
Shinsou no sabía mucho de abrazos —mucho menos del tipo fraternal. Midoriya y Uraraka se abrazaban a menudo, pero el agarre solía ser más flojo, casual.
Casi lo sintió completamente distinto en ese momento.
—¿Acaso no es hermoso abrazar a tu único y mejor bro...?
—Kaminari —Shinsou espetó, muy directo—. No te atrevas a arruinar el momento.
—¡Pero si solo lo estoy mejorando!
Shinsou rodó los ojos. Decidió que era mejor no hablar. No lo necesitaba, por mucho que sentir el cuerpo de Kaminari vibrar contra el suyo le gustase.
Por un segundo quiso dejarse llevar. Quiso permitirse conocer lo que era ser abrazado, y no ser siempre el que abría los brazos para que otro se refugiara en ellos.
Él amaba a Eri. La amaría por siempre, hasta que lo tirasen a alguna fosa en el cementerio. Pero, a veces...
A veces, Shinsou, quería ser el niño pequeño. Ese que todos protegían.
Serlo una vez más. Poder disfrutar del cariño por un segundo más, anhelado todo aquello que se perdió desde los once años.
Pero siempre terminaba siendo imposible.
—Ah, ahora entiendo por qué este jardín parece un basurero —Le siguió un chasquido de lengua—. Estás ocupado jugando a la casita.
—¿Huh?
Kaminari le soltó rápidamente. Shinsou no iba a admitir nunca que sentir el frío helado de la separación acabó doliéndole un poquito.
Pero no era culpa de Kaminari.
Todo era obra de las palabras cargadas con cizaña de su vecino: el señor Chisaki.
El joven hombre estaba en la entra de la casa de Shinsou; como siempre, llevaba sus manos enguantadas y el cubrebocas sobre los labios, cubriendo más de la mitad de su rostro.
Pero incluso así podía ver el desagrado en su mirada vacía.
Y estaba seguro que ni siquiera era por verlo con otro hombre. O con otra persona, en general. Kai Chisaki le dedicaba esa mirada con desagrado todos los condenados días de su vida.
Kaminari torció la boca con desagrado. Intercambió una mirada con Shinsou, quien le hizo una casi imperceptible seña con la mano para que se quedase callado.
Era mejor no seguir el juego de ese desquiciado.
Pero Shinsou estaba ya bastante molesto. Solo no quería arrastrar a Kaminari en sus mierdas.
—Pues resulta ser que los basureros son mi lugar favorito en el mundo —sonrió Shinsou—. Por eso le pedí a mis padres que nos mudásemos al lado de su casa, Chisaki.
Kaminari aguantó la respiración. Se mordía el labio inferior, con sus ojos zumbando de Shinsou a Chisaki como si se preguntase cuál bomba estallaría primero.
—¿Cómo te atreves? —gruñó Chisaki—. Ya veo que eres un chiquillo salvaje. Digo, con eso de que te sacaron del orfanato a donde van a parar los hijos de los criminales, ¿cierto?
Shinsou inhaló con fuerza. No podía saber qué cara haría Kaminari. No quería verlo.
Sentía que pronto le estallarían las mejillas por la vergüenza —por más de que no se sintiera intimidado por sus verdaderos orígenes. Al menos, ya no lo hacía.
Chisaki suspiró. Agitó las manos como si quisiese borrar todo lo ocurrido en los segundos anteriores.
—Iré directo al grano —dijo—. Me molesta todo este descuido. Esto es un criadero de mugre y enfermedades. Y mi salud es delicada, así que te agradecería que hagas algo con tu desastre.
—¿Me agradecería? —escupió Shinsou—. ¿Usted viene a mi casa a reclamar cosa, y yo debo sentirme satisfecho porque usted me lo agradecería?
Chisaki le dio una afilada mirada. Se tronó los dedos de ambas manos antes de proseguir con todo su ridículo pedido:
—Debes admitir que este lugar se vendrá abajo en cualquier momento —habló Chisaki con fingida compasión—. Piensa en tu padre, él no hubiese querido verlos así...
—Mi padre está muerto —Shinsou le cortó con dureza—. ¿Qué importa lo que un muerto piense?
No se había dado cuenta que sus pies prácticamente le condujeron hasta Chisaki. No pudo evitarlo. Era como si ese desagradable hombre le provocase un efecto magnético también, pero en el peor de los sentidos.
Kaminari había intentado tirar de su camiseta, pero no consiguió que Shinsou se detuviera.
—Ah, debí suponerme que serías un atrevido también —Chisaki negó con la cabeza; no le miraba—. Supongo que estaba harto de esta casa, ¿verdad?
Shinsou tenía los puños apretados. Su sangre estaba casi en el punto de ebullición con cada mierda que escuchaba.
Aquello no podía ser real. No debía serlo.
Chisaki era un imbécil amargado y grosero, pero nunca cruzó un límite como ese. Nunca se acercó explícitamente a provocarle con todos los recuerdos de su turbio pasado.
Quizá Shinsou no lo tenía del todo superado.
Su vecino sonreía. No podía verlo, técnicamente —pero las esquinas de sus ojos se achicaron de la misma forma que cuando alguien esbozaba una sonrisa.
Solo que sus pupilas estaban cargadas de veneno.
—Siento pena por él —suspiró Chisaki—. Irse de esta vida porque te ha tocado compartirla con un borracho y un mocoso salvaje...
Shinsou no pudo evitarlo.
Su puño se deslizó automáticamente hasta le mejilla de Chisaki.
—¡Shinsou! —Kaminari chilló—. ¡¿Qué haces...?!
Más que sentir el hueso de Chisaki romperse bajo su agarre, sintió el agudo dolor en sus propios nudillos —los cuales enrojecieron casi al instante— que le hizo sisear.
Chisaki trastabilló sobre sus finos y lustrados zapatos de marca. Shinsou respiraba pesadamente mientras agitaba su propia mano para detener solo un poco el insoportable dolor.
¿En qué estaba pensando?
¿En qué mierda estaba pensando al dar un puñetazo a su vecino loco?
Shinsou no tenía idea de peleas. Las evitaba. Por más de que le gustase picar a la gente con comentarios cínicos, siempre fue lo suficientemente inteligente como para huir de los golpes.
Pero fue como si una fuerza superior le controlara. Y se odió por ello.
En especial luego de que Chisaki le viera otra vez con ese brillo venenoso. Como si todavía sonriera, porque todo lo que ocurría era solo otra pieza más de alguno de sus maquiavélicos planes.
Casi como si lo hubiese planeado todo.
El corazón le latió desbocado en el pecho; le empezaba a doler. Intentó huir, pero Chisaki fue más veloz que él: consiguió asestarle un puñetazo en el pómulo izquierdo.
El dolor fue jodidamente más insoportable y agudo que el de sus nudillos. Como si toda la cara se le desencajara por el dolor.
¿Qué diablos tenía adentro de esos guantes? Fue como si un puño metálico se estrellara contra su piel.
Luego de caer de espaldas contra el camino de entrada, Shinsou no podía ver o escuchar nada más que las estrellas en medio de la oscuridad. En la lejanía, la voz desaforada de Denki parecía ser un eco que le suplicaba ponerse en pie. Que regresara el golpe.
Que se defendiese.
Que le mostrase al insecto de Chisaki que no era un salvaje, ni un niño irresponsable, ni un incompetente, ni un monstruo. Pero, ¿por qué le importaba tanto demostrárselo?
¿Se lo estaba diciendo a su vecino o era una bofetada mental para sí mismo?
Pero no sabía qué pasaba. Podría haber sido el dolor. O la ansiedad. O el terror que le causaba haber caído como un estúpido besugo en el anzuelo de Chisaki.
¿Estaría grabándolo todo?
¿Lo usaría en su contra?
Supuso que no tenía importancia preguntarse todas esas cosas.
No mientras Chisaki le tomaba de la camiseta —la cual era blanca, pero se salpicó rápidamente con sangre—, y le daba otro golpe.
Y otro.
Y otro.
Y otro.
Y no supo cuántos más.
Se preguntaba cuantos golpes habían sido necesarios para hacerle sentir que todos los músculos de su cara se adormecían a causa del dolor.
Hasta que en algún punto —cuando uno de sus ojos ya no podía ver lo suficiente, y cuando el sabor metálico de la sangre le inundó la boca—, unas manos más dulces lo sujetaron para levantarse, para arrastrarlo y buscar refugio en el interior de la casa que no terminaba de ser un hogar.
Las casas no eran un hogar. Solo eran lugares fríos donde convivías con otros; y eran esos otros —y uno mismo, también— los que tenían la tarea de llenarla de calidez.
Shinsou perdió la noción del tiempo y el espacio.
Todo daba vueltas. El universo entero, el que por un momento se permitió que era firme, comenzaba a tambalearse tan fuerte como un edificio en medio de un derrumbe.
¿Todo volvería a derrumbarse? ¿Le aplastaría la cabeza, impidiéndole alzarse desde las sombras y el dolor otra vez?
O puede que nunca lo hiciese. Y que no había sido más que un sueño del que pronto despertaría, para regresar a la verdadera pesadilla.
Porque minuto estaba en el suelo recibiendo media docena de puñetazos por parte de Chisaki; el otro, veía a su vecino quitarse el cubrebocas para escupir con sangre en la entrada de su casa, mirándole con los ojos más venenosos que existían sobre la faz de la Tierra.
Casi como si fuese una advertencia...
O una amenaza.
Shinsou se sintió en otra dimensión desde que entraron de regreso a la casa.
El olor a polvo, humedad y alcohol rancio le golpeó directo en la nariz, el cual se entremezclaba con el aroma de la sangre que manchaba su mentón y la ropa.
Kaminari le ayudó a tomar asiento en el sofá. Temblaba, sudada y se escuchaba demasiado alterado —no parecía el tonto de las bromas ñoñas, ni tampoco el chico que le enredó con sus brazos solo por verlo demasiado decaído.
Pidió a gritos por un botiquín, y Shinsou le dijo que lo alcanzaría. Kaminari no quiso permitírselo, pero él necesitaba de su amigo para que hiciera otra cosa para la cual no tenía fuerzas.
—Por favor, envía un mensaje a Mirio Togata —suspiró Shinsou, sujetándose la adolorida mandíbula—. Dile que lleve a Eri a la casa de Midoriya... y avisa a Midoriya, también...
—Y-yo... —Kaminari balbuceó; se sujetaba histéricamente los cabellos rubios que manchaba con gotitas de la sangre de Shinsou—. Oh, por la mierda...
—Kaminari, por favor —suplicó Hitoshi con voz suave—. No quiero que Eri vea... esto.
Shinsou no había pretendido que su voz se escuchara tan rota y vacilante. Y no era solo por el dolor que se disparaba por todo su cuerpo cada vez que movía un solo músculo.
Llevaba demasiados años sin ser apaleado de esa forma. Desde sus oscuros años en el orfanato, cuando todos los niños se reían porque lo parió una prostituta que tuvo sexo con un hombre encarcelado por asesinato.
¿Serían tan así, sus padres? ¿Qué pensarían de ver a Shinsou en ese instante?
¿Su madre se habría sentido mal por abandonarlo? No es que quisiera poner en ella las culpas, pero ya podía ver que su progenitor era un hombre de la peor calaña.
¿Habría entregado a Shinsou a Aizawa y Yamada, de conocer cómo sería el futuro?
Una lagrimita brotó del ojo de Shinsou sin dañar. Por suerte estaba rebuscando en los muebles del tocador de abajo hasta dar con el viejo botiquín que podía reponer cada tanto. Lo necesitaba para curar los raspones de Eri y desinfectar los golpes de Aizawa.
Shinsou volvió a sentir el peso del mundo sobre sus hombros.
¿Por qué se había permitido confiarse? ¿Disfrutar?
¿Era todo una cruel jugarreta del destino? Eso de poner a Kaminari en su camino, hacerlo que se interesase por él, que le invitara a estar a su lado...
Shinsou se dejó cegar por todo aquello. Pero quizá no se lo merecía. Y ahora tenía que pagar por ser un completo e infantil ingenuo que soñaba con un poco de cariño.
Escuchó la voz de Kaminari a lo lejos —le explicaba tanto a Mirio como Midoriya que no podían traer a Eri a la casa, que se habían complicado las cosas y con el estudio. Hacía lo que podía por mantener el tono jovial y vivaracho de siempre, pero Shinsou ya conocía todos los timbres de su voz; trastabillaba cada tanto en las palabras.
El espejo del baño estaba demasiado sucio, pero fue suficiente para que Shinsou pudiera contemplar el desastre que era su cara.
—No puede ser... —musitó para sí. Elevó un par de dedos hasta el golpe en su mandíbula, pero dolió—. Mierda.
Tenía el ojo izquierdo casi cerrado, volviéndose poco a poco de un morado que sería espantoso con los días. Su cara parecía haberse convertido en un saco de boxeo que le dejó parches rojos y rasposos desde el pómulo hasta la boca, pasando por la nariz.
Tenía un pequeño corte cerca de la boca, y de allí había manado la sangre hasta que empezó a secarse. Su labio incluso se hinchó de una forma que, en otra ocasión, se vería hasta chistoso.
Al verse tan golpeado y destrozado, Shinsou se sintió como un fracaso.
Y tampoco se había dado cuenta de lo débil que estaba al no poder llenar una gasa con alcohol. Sus dedos temblaban demasiado y la botella se le hubiese deslizado de los dedos, de no ser porque Kaminari apareció justo a tiempo a sus espaldas para tomarla.
—Te ayudo —dijo Denki con un carraspeo—. Tú ve a sentarte.
—No estoy lisiado —siseó Shinsou; los dientes le rechinaron—. Puedo hacerlo. No soy un inútil...
—¡Nadie dice que lo seas! —Kaminari dijo con horror—. ¡Pero no podemos dejar que se infecte eso!
Shinsou sintió que los ojos le ardían otra vez. Kaminari dio unas cuantas palmaditas sobre su espalda. Incluso creyó que le besó suavemente en el hombro, pero no estaba seguro.
Quizá él quería que Kaminari le diera un beso en el hombro.
Se paró a duras penas —el otro le rodeó por la cintura, permitiéndole recargarse contra sí mientras lo conducía hasta el viejo sofá de la sala que apestaba a sudor y tabaco.
—Necesito lavar esta mierda —gruñó Shinsou—. Huele como a muerto...
—No vas a lavar nada, maldito seas, Shinsou —Kaminari masculló viéndose molesto—. ¡¿Acaso no te puedes quedar quieto un instante?!
—Tengo cosas que hacer —Shinsou dio una fuerte bocanada de aire que le hizo doler todo otra vez—. Tengo que...
—¡Lo único que vas a hacer es sentarte y dejar que me encargue de ti!
El grito que Kaminari dio le asustó. Los rasgos molestos —molestos de verdad— no se veían bien con su rostro, pero ahí estaban en ese instante.
Shinsou quedó tan perplejo y sorprendido, que fue el mismo Kaminari el que tosió suavemente antes de borrar su aterradora mueca.
—¿De acuerdo? —preguntó ya más tranquilo.
Shinsou tragó saliva. Dio un asentimiento muy leve; pero eso fue suficiente para que Kaminari se pusiera manos a la obra.
Aunque, al verlo debatirse entre una botella de alcohol y una de agua oxigenada, Shinsou hizo lo posible por esbozar una pequeña sonrisa —no estaba seguro de cómo saldría aquello con su cara tan magullada.
—¿Siquiera sabes curar un rostro, o me veré como Frankenstein?
Al escucharlo bromear, Kaminari también sonrió tontamente y con algo de autosuficiencia. Arrojó la botella de agua oxigenada adentro del botiquín otra vez, agitando el alcohol entre sus dedos.
—Ay, Shin... —suspiró Kaminari—. ¿Acaso no te diste cuenta? ¿Se te han desacomodado las neuronas?
Shinsou arqueó una ceja. No podía ofenderse con las estupideces que salían de su boca, pero le gustaba fingir mientras le seguía el juego a su manera.
Kaminari lo tomó como una iniciativa para continuar, justo después de que llenara las gasas con alcohol:
—Los torpes como yo nos golpeamos a cada rato —Encogió los hombros—. ¡Así que por supuesto que sé curar heridas!
Kaminari resultó ser el peor enfermero de todos los tiempos.
Pero Shinsou no tuvo el corazón para decírselo. O puede que el fuese un paciente espantoso, que apretaba los dientes cada vez que la gasa embebida en alcohol le tocaba alguna herida abierta.
Ardía como la mismísima mierda.
Lo que sí era cierto, es que Kaminari en realidad no sabía hacer vendajes. Al cabo de diez minutos, la mayoría de ellos —todos improlijos y torcidos— se le despegaron de la cara.
Shinsou no tuvo más remedio que preparárselos él solo —mientras Denki buscaba un snack en la cocina, aludiendo que el bebé se encontraba demasiado estresado.
—No es como si fueras a encontrar algo —agregó Shinsou desde la sala—. Tendrás que aguantarte.
—¡Esto es un pecado! —Escuchó Shinsou; exhaló una risita luego de que Kaminari cerrara con fuerza una alacena—. ¡Tendré que traerte un cargamento de patatas fritas la próxima vez!
—Ni siquiera me gustan mucho las patatas —contestó Shinsou.
—¡Pues es obvio que serán para Eri! —Se hizo un corto silencio—. ¡Y para mí!
Shinsou solo se frotó las sienes sin golpear. La cabeza le pesaba horrores, aunque se sentía bastante mejor luego de tomar unos analgésicos que siempre cargaba en la mochila.
Supuso que tendría que agradecer a Iida, uno de sus nuevos amigos. Nunca permitía que alguien saliera sin un pequeño contenedor lleno de píldoras básicas contra dolores y enfermedades.
Kaminari regresó hasta la sala, haciendo puchero y con los brazos cruzados. A Shinsou le gustaba sentir que podían volver solo un poco a la normalidad. No quería estar en ese limbo de ansiedad; el que le hacía sentir como un fracaso, como si no se mereciera las cosas que tenía.
Por una vez, se dijo a sí mismo que podría patear a la ansiedad hasta la estratosfera. Era momento de decir basta a los miedos.
—¿Vamos arriba? —Shinsou le hizo una seña con la cabeza hacia las escaleras—. Me gustaría recostarme un rato.
Las orejas de Kaminari se tiñeron de rojo. Inevitablemente, eso hizo que Shinsou también se sintiera nervioso por toda la parrafada que acababa de soltar.
—Eh... sí —Denki sacudió la cabeza—. ¡Sí!
Shinsou dio rápidamente la vuelta. Se apresuró en subir los peldaños de dos en dos, porque quería escabullirse lo suficientemente rápido hasta que Kaminari le alcanzase para caminar a su lado.
La madera crujía bajo los pesados pasos de los dos. Aunque también podrían haber sido las palpitaciones del momento —ya que, voluntariamente, Shinsou se encontraba permitiendo que otro ser humano husmeara en la parte más íntima de su vida.
Ahora es cuando la ansiedad le atacaba otra vez, ¿en qué diablos estaba pensando?
¿O siquiera pensaba...?
—Eh, ¿Shinsou? —rio Kaminari tras de sí—. ¿Abrirás la puerta?
Shinsou se obligó a salir de sus estúpidos pensamientos. Ni se dio cuenta que ya estaba con la mano sobre el picaporte de su dormitorio. Los dedos le temblaban sobre el metal, y por suerte podía fingir que era gracias a sus adoloridos y vendados nudillos.
—No es la gran cosa —carraspeó—. No es tan genial como tu cuarto...
—Bueno, según Jirou, mi cuarto es un basurero —rio Denki—. Tu vecino podría morirse si entra allí... aunque sería una buena solución, ya que estoy seguro que algún monstruo radioactivo de basura y restos de pizza vive bajo mi cama. Tal vez podría domesticarlo para que lo asesine...
De todas las personas que pudieron caer en su vida, Shinsou agradecía que fuese el charlatán Kaminari. Sus interminables desvaríos y estupidez suprema nunca encontraban límites —agradecía que pudiese aligerar cualquier ambiente tenso con uno de sus chistes.
Inhaló y exhaló varias veces antes de abrir la puerta. Se imaginó un sinfín de escenarios en donde Denki se burlaba cruelmente de lo patético de su cuarto, pero solo escapó un jadeo de asombro de la boca del chico.
—¡Wow! —Kaminari se llevó las manos a las mejillas—. ¡Colega, esto está tan limpio...!
Olfateó un poco el ambiente. Los ojos parecieron brillarle.
—¡Y huele a naranjas!
—Ya, no es nada —Shinsou se frotó el cuello—. Es un desinfectante que Iida me obsequió la otra vez. Por alguna razón, ha asumido un rol paterno...
—Iida nació para ser padre —Kaminari le dio un codazo en las costillas. Shinsou contuvo la respiración, y fue allí que el otro se dio cuenta de su error—. ¡Shin, lo siento...!
Shinsou abrió un solo ojo en medio de su mueca compungida por un fingido dolor. No fue capaz de aguantar la risita más rato, pero fue suficiente para que Kaminari se sintiera ofendido por el engaño.
—¡Eres malvado! —espetó Denki—. ¡Ya no eres mi bro!
Sin darse cuenta, le dio un golpecito en el hombro que sí que dolió a Shinsou. Aquello despertó un bucle espacio-temporal en el que Kaminari se disculpaba, solo para que Shinsou se burlase de él, y le golpeara otra vez.
Mientras Kaminari husmeaba sobre los viejos muebles llenos de ropa —no tenía un closet; la falta de cuidado hizo que se le pudriera la madera y lo tirase—, tocando con un dedo cada vez que encontraba algo de su interés.
Shinsou aprovechó para echarse sobre su viejo colchón lleno de resortes. Siempre se le clavaban en la espalda o en alguna costilla, pero era su colchón. No podía odiarlo.
—Kaminari —advirtió Shinsou—. ¿No te han dicho que la curiosidad mató al gato?
—¡Pero yo no soy un gato! —dijo el muy bobo; alegre y campante.
Shinsou rodó los ojos. No, por supuesto que no era un gato —si había un gato en esa habitación, era él mismo. O peor; ya que ni siquiera el Señor Bigotes, el gato callejero que aparecía para pedir comida.
Era mucho más arisco. Y no tenía la gracia y agilidad de un gato.
Kaminari se dio la vuelta hasta él cuando dejó de husmear en cada cajón, o fotografía colgada. Se le hacía extraño que sonriera tanto, pero se dio cuenta al instante al notar sus manos sobre la espada al igual que la ausencia de uno de los portarretratos del mueble.
—¿Qué quieres saber? —preguntó Shinsou, cansado, ya envuelto entre sus mantas.
Kaminari llevó sus manos hasta el frente. Era una fotografía muy vieja y tomada con una Polaroid demasiado pequeña para su portarretratos.
Eran él y Hizashi. Aizawa había tomado la foto, y Eri no nacía.
Shinsou observó hipnotizado la imagen. Rara vez le prestaba atención; debía ser un mecanismo de su cerebro para no ponerse a pensar demasiado.
Debía tener unos nueve años, y no podía decirlo con claridad porque ni siquiera miraban a la cámara. Él y su padre estaban alimentando a unas gaviotas en el muelle de alguna ciudad que no recordaba.
Y su padre sonreía, y tenía su pelo largo y lacio atado en una coleta estúpida, pero que a Shinsou le había encantado tironear como si fuese un juguete. Lejos de enojarse, siempre la agitaba frente a su cara para que volviera a hacerlo —y para que su pequeño Hitoshi volviera a sonreír.
Hizashi amaba las fotografías. Había sido periodista, después de todo. Conducía un programa de radio por las noches, y escribía artículos para un periódico local desde la casa, por las mañanas.
Pero la fotografía instantánea era un pequeño hobby oculto. Recordaba a Aizawa regañándole por gastar en cámaras viejas e inservibles, pero luego recordaba encontrar otra cámara vieja e inservible envuelta en papeles de regalo para el cumpleaños de Hizashi.
—Me gusta esta foto —declaró Kaminari de repente—. Es linda. Te ves tan apachurrable que te comería...
—Sí —coincidió Shinsou, sin verle—. A mí también me gusta.
La sonrisa de Kaminari se borró. Volteó el portarretratos así fuese él quien pudiera verlo. Sus rasgos se aflojaron.
—Lamento mucho que perdieras a tu padre —habló—. Yo perdí a mi hermana, ¿sabes?
Shinsou parpadeó sin entender.
Sí. Él lo sabía —o lo suponía, al menos. Después de ver las fotos de esa niña de cabello rubio en las fotografías de su casa de campo.
No sabía exactamente qué decir. Al menos, Kaminari sí que sabía lo que él quería hablar.
—Nunca la conocí, de todas formas —soltó un suspiro. Volvió a dejar el portarretratos en el mueble—. Cáncer. O eso dicen los del servicio de mi casa. Tres o cuatro años... no lo sé. Mis padres no hablan de Naomi. Se fue demasiado rápido.
Shinsou respiró pesadamente. El nudo en la garganta —y el desorden en la cabeza— no le permitieron pensar en algo que fuese lo suficientemente adecuado para decir.
—Lo siento —Acabó por decir—. La vida es más injusta de lo que pensamos...
—Se —Kaminari dijo tras hacer una prolongación la última letra. Se balanceaba sobre sus talones y manos en los bolsillos—. Yo fui el plato de segunda. Soy el plato de segunda, hasta para mis amigos.
Jugueteó un poco con su propia lengua y su boca; soltaba pequeños chasquidos nerviosos.
—Mis padres pensaron que llenarían un vacío conmigo, pero no tenían idea que me vaciaron a mí para conseguirlo.
A aquel punto, la situación estaba demasiado tensa entre los dos. Kaminari nunca abrió su corazón de esa forma. Shinsou se dio cuenta que lo hizo varias veces —contra su voluntad; como el día de su ataque—, pero lo hizo.
Kaminari nunca mostró lo que había en el fondo de su alma. Lo que existía debajo de la máscara bufona y divertida.
—Ven aquí —dijo Shinsou al final tras un suspiro.
—¿Cómo? —Kaminari preguntó con sorpresa.
—Que vengas... aquí —Palmeó su cama mientras se corría al costado—. Ven a mi lado.
Kaminari dudó por varios segundos, pero no muchos. Se acercó cauteloso hasta Shinsou, que seguía esperándole con un hueco en el lado opuesto de la cama.
El chico se quitó los zapatos. Hizo todo muy despacio, como si tuviera miedo de que Shinsou se arrepintiera y no tuviera más remedio que salir corriendo.
Shinsou sintió el peso del colchón hundirse en cuanto Kaminari depositó todo su cuerpo. Rebotó solo unos instantes hasta que finalmente consiguió acomodarse —e iba a regañarlo por demorar tanto, pero esos solo serían sus nervios hablando—, a muy escasos milímetros de él.
La cama se sintió más cálida. Más cómoda, sin importar que eran dos hombres de tamaño considerable en una cama individual.
Ambos miraban hacia el techo. Sin hablar. ¿Qué más podrían haber dicho que no hiciera la situación mucho más extraña?
Es extraña, pensó Shinsou. Pero me gusta.
—Shin —Kaminari le habló—. Sobre tu padre... lo que dijo tu vecino...
—No digas nada más, Kaminari —Le cortó abruptamente—. Te dije que es mejor no preguntar.
—Está bien —accedió Kaminari, pero no se veía convencido—. Pero que sepas que es porque quiero saber cómo ayudarte...
Me ayudas más de lo que crees, gritó en el fondo de su alma.
Pero no se atrevía a decirlo sin sentir que bajaba finalmente todas las murallas que le protegían del aterrador mundo de las emociones. Shinsou estaba bien de esa forma.
—Promete que dejarás de preguntar —pidió Shinsou—. Promételo.
—Yo... eh... —Sintió su caliente suspiro sobre el cuello—. Te lo prometo, Shin.
—Hay secretos más oscuros que la noche —agregó—. Y verdades que te rompen el corazón más que una mentira.
Esperó que Denki dijera algo más. Lo que fuese, incluso si era una broma acerca de lo cursi y estúpido que se escuchaban sus palabras. Pero no lo hizo. No con palabras.
Su respuesta llegó a modo de abrazo. Uno más apretado y más sincero que el de un rato atrás en la entrada de su casa.
Sintió el rostro de Kaminari buscar un hueco en su hombro. Shinsou siseó un poco al sentirlo rozando las heridas de su mandíbula con la cabeza, pero lo que menos quería era asustarlo y que se alejara.
Porque, en verdad, no quería que se alejara.
Shinsou deslizó el brazo por su espalda. Le acercó un poco más hasta él, provocando que el colchón siguiese rebotando entre mejor se acomodaban para que sus cuerpos encontraran el hueco perfecto en medio del otro.
No fue difícil encontrarlo.
—No eres un plato de segunda —musitó Shinsou cerca de su pelo; olía a shampoo—. No para mí.
Kaminari no le respondió, pero pudo escuchar su sonrisa. Conocía la melodía de memoria.
La había estado reproduciendo en su cabeza todas las noches desde que la escuchó por primera vez. Era como una cancioncilla pegadiza que quieres extirpar de tu cerebro al principio, pero que, con el paso del tiempo, acabas reproduciéndola con cariño.
—Y tú eres el chico más inteligente que he conocido, no un salvaje —dijo Kaminari. Le vio de reojo hacer una mueca maliciosa—. Y diría el más guapo, pero ese soy yo...
—Ya —Shinsou rodó los ojos—. Y el que mejor arruina momentos, ¿eh?
Kaminari casi le golpeó por tercera vez sin darse cuenta, y por tercera vez se encontró disculpándose con Shinsou. Ya hasta era absurdo y divertido.
Shinsou pensó que también podría reproducir ese momento en su cabeza durante todas las noches: la calidez de un cuerpo contra el suyo, el sonido de una respiración acelerada, sus manos temblando ante el toque.
Y lo haría. En serio que lo haría.
Pero se encontró deseando poder volver a vivirlo, en realidad.
Por el resto de los días.
Puedo explicarlo... okay, no. No puedo explicarlo u.u solo salió así
Admito que me gusta como ha quedado este capítulo, pese a todo el Angst (? Y de ser por mi lo hacía más largo, pero al mismo tiempo no me gustaría empezar a extenderme con este fic porque los capítulos no pasan de esta extensión ;u;
Si, todo muy bonito, pero les aseguro que pronto comienza lo feo (?) de hecho, ando escribiendo uno de los capítulos más tristes de este fic y que leerán poco antes de que acabe agosto c:
Están advertidos, ya saben... pero siempre pueden dejar su teoría en la cajita de por aquí para que al menos nos divirtamos (? por aquí ——>
Peeeeero no todo es malo, miren el bello fanart (en secuencia) que nos hizo una lectora para este fic ♥️ @hotaru32 muchas gracias! ♥️
Me emociona todo lo que viene con este fic ;u; el climax o "arco final" vería su comienzo a partir del capítulo 25, así que no falta casi nada... aún no se cuanto me tomará el conflicto final, pero ya luego de eso... se termina ;;o;;
Así que les agradezco mucho por todos los votos, comentarios y el apoyo en general ♥️ disfrutemos de lo que queda de este fic, de momento ;u; ya podremos ponernos emotivos después
Terminaré de escribir el capítulo sad de este fic y me enfocaré en HPE de lleno. Y quiero actualizar otro de DHYL, aunque lo hice la semana pasada (? Se que luego termino haciendo cualquier cosa pero contarles me obliga al menos a ponerme las pilas y dejar la flojera de lado xD
Nos vemos el otro jueves! Besitos ♥️
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