32💕
. Su cuerpo temblaba, y las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, ardientes, incontenibles. Ver a aquel hombre, a su padre, había desenterrado heridas que creía enterradas. Era como si la sombra de su infancia se hubiese manifestado de golpe, sofocándola.
El simple sonido de su voz desenterró miedos que había intentado enterrar durante años.
La vida con él había sido un desastre, una sucesión de traumas que seguían pesando en su alma. Recordaba con claridad las discusiones entre sus padres, los gritos que llenaban la casa, los insultos que su madre soportaba con valentía. Pero lo más doloroso fue el día en que su madre, Aria Kim, perdió a su bebé. Rin apenas era una niña, pero esa tragedia quedó grabada en su mente como una sombra oscura que nunca la abandonaría.
Los golpes de su padre, el desprecio con el que trataba a su madre, todo había culminado en esa pérdida. Aria no quiso seguir permitiendo que Rin creciera en un ambiente tan tóxico. Decidió que ya era suficiente. Con una valentía que Rin admiraría incluso años después, su madre pidió el divorcio.
En aquel momento, su padre, quien ya mantenía un romance con Ana Suzuki, no quería concedérselo. Aria había tomado a Rin, su única hija, y había escapado con ella. Su madre siempre decía que lo hacía por ambas, porque Rin merecía una vida mejor. Pero ese amor y esa valentía tuvieron un costo.
Habían llegado a la ciudad buscando un nuevo comienzo. Vendían flores para sobrevivir, y aunque su situación era humilde, al menos se sentían libres. Rin podía ver que su madre estaba cansada, que cargaba con el peso de su decisión, pero también notaba una chispa de esperanza en sus ojos.
Aquella noche, mientras Rin tarareaba una canción cargando su pequeña canasta de flores, trataba de alejar el frío con los caramelos que su madre le había dado para animarla.
—¡Mamá! —la llamó alegremente cuando su madre cruzaba la calle con un ramo grande de flores en brazos.
Pero en un instante, todo cambió. Un auto apareció a toda velocidad.
El auto se acercaba con rapidez, pero para Rin el tiempo pareció detenerse. Su voz quedó atrapada en su garganta, como si su miedo hubiera robado su aliento.Que cuando se dio cuenta e intento gritar con toda su fuerza , su voz no alcanzo.
El impacto fue brutal.
Las flores se esparcieron por el aire como un macabro adorno, y el tiempo pareció detenerse. Rin corrió hacia su madre, llorando, suplicando que despertara.
Gente a su alrededor llamó a emergencias, pero ella no podía procesar nada.
Todavía podía escuchar el sonido de la ambulancia acercándose. Recuerda cómo los paramédicos levantaron a su madre, colocándola en una camilla. Rin intentó correr tras ellos, aferrándose a su mano con fuerza.
—No te vayas, mamá. Por favor, no me dejes sola, —sollozaba, desesperada.
Una enfermera de uniforme blanco se inclinó hacia ella, con una mirada compasiva pero firme.
—Cariño, déjanos trabajar. Todo estará bien, te lo prometo.
Pero no estuvo bien. Rin pasó esa noche en un rincón de la sala de espera, abrazándose las piernas mientras lloraba en silencio. A cada paso de los doctores, levantaba la mirada con la esperanza de que alguien le dijera que su madre estaría bien, que todo había sido un mal sueño. Pero no. Cuando por fin una mujer se le acercó, sus palabras confirmaron lo que Rin más temía.
Al día siguiente, le dijeron que Protección Infantil vendría a buscarla. No podían dejarla sola, siendo tan pequeña. Rin no entendía todo, pero una cosa tenía clara: no quería irse. ¿Cómo iba a explicarles que tenía un padre? No podía. Habían huido de él.
ando Rin llegó al orfanato tras la muerte de su madre, se encerró en un silencio profundo. Era como si su voz hubiera desaparecido junto con su madre. Durante días, semanas y meses, no habló una sola palabra. El miedo y la culpa se enredaban en su pecho, ahogándola, mientras intentaba procesar todo lo que había ocurrido.
El orfanato no era un lugar malo, pero tampoco era un hogar. Las cuidadoras se preocupaban por ella, aunque también reconocían que Rin era diferente. No lloraba en voz alta, ni pedía cosas. Pasaba las horas mirando por la ventana o abrazada a una manta vieja que llevaba consigo a todas partes.
Entonces, un día, él apareció.
Su padre.
Rin lo vio parado en la puerta de la sala de visitas, y todo su cuerpo se tensó. Aunque había pasado un tiempo desde que lo vio por última vez, su figura seguía igual de intimidante. Su corazón latía con fuerza mientras él se acercaba, y por un instante deseó desaparecer.
—Vaya, —dijo él con una sonrisa torcida—. Así que sigues con vida.
Rin lo miró con ojos desorbitados, incapaz de mover un músculo. Las palabras de su padre fueron como un cuchillo, y el tono de su voz no dejaba lugar a dudas: no estaba feliz de verla.
—Es una lástima, realmente. Todo habría sido más fácil si te hubieras ido con ella, ¿no crees? —agregó, con una crueldad que solo un adulto puede dirigir a un niño.
Rin quiso correr, gritar, hacer algo, pero el miedo la paralizó. Él continuó hablando, dejando entrever, de manera casi casual, que la muerte de su madre no había sido un accidente.
—Deberías estar agradecida de que no dije nada, —susurró con un tono casi confidencial—. Sería una pena que alguien como tú causara problemas.
Rin comprendió entonces lo que siempre había sospechado en el fondo: su padre tenía algo que ver con lo que había sucedido. Pero el miedo la consumió. No podía enfrentarlo. No podía contarle a nadie lo que acababa de escuchar.
Cuando él se fue, Rin se quedó sola en esa sala vacía. Su cuerpo temblaba, y aunque las lágrimas querían brotar, no pudo llorar. La visita de su padre había reabierto heridas que apenas comenzaban a cicatrizar, recordándole que, incluso en su ausencia, él seguía teniendo poder sobre ella.
Rin no habló de aquella visita. No podía. Las palabras se negaban a salir, atrapadas en un rincón oscuro donde el miedo era su único refugio. Era como si aferrarse al silencio fuera lo único que la mantenía a salvo.
Las semanas pasaron con una monotonía amarga en el orfanato, un lugar lleno de risas y juegos que ella no podía compartir. Hasta que, un día, Kaede apareció.
La vio entrar con su andar pausado, sus manos sosteniendo un pequeño paquete de dulces. Cuando Kaede se inclinó para mirarla a los ojos, algo dentro de Rin pareció ceder. Por primera vez en semanas, sintió algo que no era miedo. Era pequeño, frágil, pero allí estaba: un atisbo de paz.
Kaede no dijo mucho durante su primera visita. Simplemente se sentó a su lado, en silencio, permitiendo que Rin sintiera su presencia. Traía consigo un aroma a hierbas frescas y algo cálido, familiar. En ese momento, Rin no lo sabía, pero esa mujer se convirtio en su ancla para salir de aquello.
Años después, en esa fría habitación de hospital, esos recuerdos volvían como un torrente imparable. Rin estaba acurrucada en la cama, llorando mientras su cuerpo temblaba de manera incontrolable. No había manera de escapar de aquello. Todo lo que había creído superado regresaba, golpeándola con más fuerza que nunca.
Sesshomaru abrió la puerta de la habitación con pasos decididos, pero al verla, su corazón pareció detenerse por un instante. Rin estaba sola, encogida en la cama, con los ojos enrojecidos y el rostro húmedo de lágrimas. Su respiración entrecortada llenaba el aire, cargada de una angustia que lo atravesó como un cuchillo.
Se quedó inmóvil, sin saber cómo actuar. No era común para él verla en un estado tan vulnerable, tan quebrada. Después de unos segundos que parecieron eternos, se acercó, sus movimientos tensos pero cuidadosos.
—¿Qué pasó? —preguntó con voz baja, cargada de preocupación.
Rin no respondió.
Apenas lo observó con aquellos ojos castaños antes de romper en un sollozo más fuerte.
Sesshomaru sintió un nudo en el estómago, una punzada de impotencia que lo hacía odiarse a sí mismo. No sabía qué hacer, cómo aliviar su dolor o entender su aflicción. Lo único que pudo hacer fue sentarse a su lado, rodeándola con sus brazos con cuidado, como si temiera romperla aún más.
Rin se aferró a él, su llanto mojándole la camisa, pero no dijo nada. Poco a poco, su respiración se hizo más pausada, y el agotamiento la venció. Sesshomaru sintió cómo el peso de su cuerpo se relajaba en sus brazos, quedándose dormida contra su pecho.
La desesperación lo invadió al instante. ¿Qué le había pasado? ¿Estaba enferma? ¿Lastimada? Quiso llamar al médico, temiendo lo peor, pero cuando hizo el ademán de levantarse, Rin murmuró débilmente.
—No... —dijo apenas audible, agarrando su camisa con fuerza.
En ese momento se detuvo, indeciso de hacer algo. Se quedó quieto, sosteniéndola mientras su mente iba a mil por hora. La culpa, la rabia y la impotencia se mezclaban en su interior. ¿Quién tenía la culpa de que ella estuviera así? ¿Qué había sucedido para que terminara en este estado?
Su mente no tardó en llegar a una conclusión: Toga Taisho. Su padre. Sesshomaru apretó los dientes con tanta fuerza que casi sintió que se rompían. Si había tenido algo que ver con esto, no lo dejaría pasar. Lo iba a destruir.
La puerta de la habitación se abrió de golpe, y Kaede entró con un plato de comida en las manos. Al ver a Sesshomaru sentado con Rin en sus brazos, su rostro mostró una mezcla de sorpresa y preocupación.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó, dejando el plato en la mesa con rapidez.
—No lo sé, —respondió Sesshomaru con voz seca, sin apartar la mirada de Rin—. Cuando llegué, ya estaba así.
Kaede frunció el ceño, mirándolo detenidamente.
—Pero apenas me fui un momento a traerle comida y a recibir unos documentos... —murmuró, confundida—. No entiendo qué pudo haber pasado.
Sesshomaru la miró con frialdad, pero en su interior la rabia hervía. Se levantó con cuidado, dejando a Rin acomodada en la cama.
—Kaede, consigue a Kikyo. Que revise a Rin. Ahora. —Su tono no admitía objeciones.
Kaede asintió, apresurándose a salir de la habitación. Mientras tanto, Sesshomaru respiró hondo, intentando calmarse. En ese momento, su teléfono sonó y el nombre de su madre aparecio en sus pantalla ,mientras colgaba inmediatamente.
El sonido de su teléfono interrumpió sus pensamientos. Al mirar la pantalla, vio el nombre de su madre. Sin pensarlo dos veces, colgó la llamada. No podía lidiar con ella en ese momento.
Necesitaba sacarla de ahí. Rin no podía quedarse en un lugar donde Toga Taisho tuviera tanto control. Sesshomaru sentía cómo su desesperación crecía. Debía actuar rápido antes de que esto le costara aún más a Rin.
La puerta se abrió nuevamente, y Kikyo entró con su equipo médico.
—Necesito que salgan un momento para revisarla —dijo con voz firme.
Sesshomaru dudó, pero finalmente salió de la habitación junto a Kaede. No quería apartarse de Rin ni un segundo, pero no podía interferir en ese momento.
Mientras esperaban, Kaede lo observó con cautela antes de sacar un sobre de su bolso.
—Sesshomaru —lo llamó, entregándole el sobre—. Hace un rato, un compañero me dio esto. Son los documentos que prueban la negligencia médica de tu padre.
Él tomó el sobre, lo abrió rápidamente y comenzó a leer. Cada palabra confirmaba sus sospechas. Esos papeles eran lo que había estado buscando. La negligencia de su padre no solo era evidente.
Apretó los documentos con fuerza, su ira creciendo con cada segundo.
—¿Cómo crees que deberíamos proceder? —preguntó Kaede, pero antes de que terminara la frase, Sesshomaru ya tenía su teléfono en la mano.
Marcó a su abogado inmediatamente, luego a otras personas clave. Sus palabras eran rápidas, precisas, cargadas de rabia contenida.
Estaba al borde de la locura pensando lo que debia hacer no queri actuar con la xabeza caliente ,mientras se sentaba apreto sus puños ,intentaod calmarse pero no podia ya lo habia intentado varias veces.
Mientras hablaba, su furia alcanzó un punto de quiebre, y golpeó la pared con tanta fuerza que dejó una marca en el yeso.
El teléfono volvió a sonar. Esta vez, era su madre de nuevo. Sesshomaru miró la pantalla, furioso, pero rechazó la llamada sin dudarlo.
No podía escucharla. No ahora. Sabía lo que le diría: que debía separarse de Rin o justificaría las acciones de su padre. Nada de eso iba a suceder. No mientras él pudiera impedirlo.
Guardó el teléfono en su bolsillo y cerró los ojos por un momento, intentando controlar el torbellino de emociones que lo consumía. Necesitaba sacar a Rin de ese hospital antes de que algo peor ocurriera.
Sesshomaru estaba al borde de la locura, atrapado en un torbellino de pensamientos mientras intentaba decidir su próximo movimiento. Sabía que no debía actuar con la cabeza caliente, pero la rabia le quemaba por dentro. Se sentó en una silla cercana, apretando los puños con fuerza en un intento inútil de calmarse. Lo había intentado antes, pero el sentimiento de impotencia era abrumador.
Mientras tanto, su mente seguía girando en círculos, imaginando todo lo que podría salir mal si no actuaba con rapidez. Finalmente, su furia alcanzó un punto de quiebre. Se levantó y golpeó la pared con tal fuerza que dejó una marca visible en el yeso.
Su teléfono sonó otra vez. Era su madre de nuevo. Sesshomaru miró la pantalla con un brillo frío en los ojos antes de rechazar la llamada sin dudarlo. No podía escucharla, no ahora. Sabía exactamente lo que diría: que debía dejar a Rin, que su padre tenía razones justificadas para actuar como lo hacía. Pero no, esta vez no cedería. No mientras le quedara aliento.
Guardó el teléfono en su bolsillo y cerró los ojos por un momento, luchando por contener el torbellino de emociones que lo consumía. Debía mantenerse firme. Rin necesitaba que actuara con claridad, no con rabia ciega.
La puerta se abrió, y Kikyo salió de la habitación con un gesto profesional pero serio en el rostro.
—Por ahora está estable, pero debemos seguir supervisándola de cerca —informó.
Sesshomaru no perdió tiempo en preguntarle:
—¿Es posible trasladarla a otro hospital?
Kikyo lo miró con cautela, reflexionando antes de responder.
—Sería un riesgo en este momento. Su estado es delicado, y cualquier traslado podría complicar su situación. Sugiero esperar un poco antes de considerar esa opción.
Sesshomaru apretó los labios, claramente frustrado, pero asintió. Sabía que forzar la situación podía ser contraproducente,por eso opto por su plan b ,cuando le dijo que por el momento dejaran descansar a Rin.
Kaede al ver la hora se fue con sus sobrina a comer algo.
Sesshomaru hizo una llamada a Jacken.
—Necesito que me recomiendes a alguien confiable para seguridad privada. Quiero contratar guardaespaldas de inmediato para proteger a Rin.
El abogado tomó nota de la solicitud y prometió enviarle nombres en las próximas horas. Sesshomaru colgó y apoyó la frente contra la pared. Tenía un plan, pero el tiempo jugaba en su contra, y eso solo alimentaba su ansiedad. No descansaría hasta garantizar la seguridad de Rin y sacar a su padre de la ecuación.
Continuara:
Hola, lector@s. ¿Cómo están? Yo aquí, bien, intentando escribir a toda velocidad para no tenerlos esperando hasta el próximo año con las actualizaciones.
Ahí les va: la persona que me ha parecido más cruel en esta historia. Les decía que Toga no me lo parecía, pero está en segundo lugar. La razón por la que Rin no habla de esto con Sesshomaru es que ha pasado demasiados años viviendo con miedo a su padre, y hay heridas que aún no sanan.
Hasta ahora, este es el último arco de la historia. Falta poco para terminar, y se vienen capítulos intensos. Esperemos que todo salga bien.
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