30💕

Aún no había logrado dormir nada, y las ojeras en su rostro eran evidentes cuando su esposa entró por la puerta.

Sesshomaru no sabe lo que hace, pensó, murmurando en voz baja una y otra vez, lo que llamó la atención de Irasue.

—¿A qué te refieres, Toga? —preguntó ella, entre curiosa y preocupada al ver el estado en el que estaba.

Él, con una copa en la mano y un leve tambaleo por el whisky que había bebido, la miró a medias, como si acabara de notar su presencia.

—Oh, Irasue... —dijo su nombre con voz algo arrastrada por la ebriedad.

—¿Qué te sucede? —insistió ella, mirándolo con reprobación.

Toga suspiró, visiblemente agotado, y soltó las palabras entre delirios.

—Le debo más de tres billones de yenes a Onigumo... —murmuró, como si confesara algo que había estado ocultando mucho tiempo—. Me los dio con la idea de una sociedad... pero ahora...

—¿Pero qué demonios has hecho? —replicó ella, irritada.

Toga la miró unos instantes antes de continuar, su voz quebrándose por la tensión.

—Hace un rato me llamó, exigiendo que resolviera todo esto... o me arruinaría —dijo, con el whisky diluyéndose en el fondo de su copa mientras daba un sorbo más.

Se llevó una mano a la frente, como si intentara sostener el peso de los problemas que lo abrumaban. Su voz era apenas un susurro cuando añadió:

—Y eso... no es lo peor.

—¿A qué te refieres, Toga? ¿Qué puede ser peor que eso? —preguntó Irasue, comenzando a alarmarse.

Él cerró los ojos, dejando que el silencio llenara el espacio por unos instantes, antes de soltar una verdad que había estado intentando enterrar.

—He intentado detener todo esto para que nadie salga perjudicado... pero Sesshomaru no me hace caso. Está decidido a seguir adelante, sin importar las consecuencias.

Irasue lo miró con una mezcla de incredulidad y temor, sin saber cómo lidiar con la confesión de su esposo ni con lo que implicaba para la familia. Sabía que su hijo era terco y decidido, pero no imaginaba que la situación hubiera escalado tanto ni que Toga estuviera atrapado en una red de deudas y amenazas.

La tensión en el aire se volvió palpable, mientras ambos permanecían en silencio, sumidos en sus propios pensamientos y en el oscuro futuro que parecía cernirse sobre ellos..

-.-.-.-

Rin despertó lentamente, aún sintiendo el eco de una pesadilla, como si un peso invisible continuara oprimiéndole el pecho. La imagen de la noche anterior era borrosa, pero su corazón recordaba el miedo, ese temor desgarrador que había sentido por sus hijos, por las pequeñas vidas que latían dentro de ella. Al llevar una mano a su vientre, sus dedos temblaron al sentir el suave abultamiento bajo ellos, casi como si pudiera protegerlos con su toque. Cerró los ojos un momento, recordando la promesa silenciosa que les había hecho: siempre estaría allí para protegerlos, incluso si eso significaba enfrentarse a su propio temor y fragilidad.

Al abrir los ojos de nuevo, se dio cuenta de que no estaba sola. Su mentora, la anciana que siempre le había brindado consuelo y orientación, descansaba en una silla junto a su cama. Su semblante, tranquilo y apacible, reflejaba el cansancio de quien había velado toda la noche. Como si percibiera el despertar de Rin, la anciana abrió los ojos y, al ver que la observaba, le dedicó una sonrisa cálida, una que irradiaba alivio y afecto.

—Veo que ya estás mejor —comentó la anciana en voz baja, su tono amable y reconfortante como siempre.

Rin asintió lentamente, intentando corresponderle la sonrisa. Aunque su cuerpo se sentía más fuerte, su interior estaba agitado, como un mar que no logra calmarse después de una tormenta. La incertidumbre y el miedo aún rondaban, y necesitaba encontrar una forma de anclarse, de sentir que todo estaba en orden.

—¿Has visto a Sesshomaru? —preguntó casi en un susurro, como si temiera que pronunciar su nombre en voz alta la dejara aún más vulnerable. Esperaba encontrar consuelo en su presencia; necesitaba ver su rostro para convencerse de que todo estaría bien.

—El doctor Taisho tuvo que atender unos asuntos, pero me pidió que me quedara contigo —le explicó la anciana, ajustando su chal con un gesto tranquilo—. Dijo que regresaría pronto.

—Oh... —murmuró Rin, tratando de reprimir el leve desánimo que la invadió. Había esperado que él estuviera allí al despertar, a su lado, asegurándose de que estaba bien. Sentía que su fuerza se alimentaba de la de él, y ahora su ausencia dejaba un vacío en su corazón.

El silencio de la habitación fue interrumpido por el leve sonido de su estómago, un recordatorio de que no había comido nada desde la noche anterior. Sintió algo de vergüenza, pero no pudo evitar soltar una pequeña risa.

—Creo que... tenemos hambre —dijo en un intento de aligerar el momento, acariciando su vientre con ternura. Era una declaración que abarcaba tanto su necesidad como la de sus pequeños.

La anciana asintió con comprensión y se levantó.

—Voy a traerte algo para que comas —le dijo con cariño antes de dirigirse a la puerta.

Rin la observó salir y, en cuanto la puerta se cerró, volvió a posar ambas manos en su vientre. Ahora que estaba sola, sus pensamientos volvían a fluir con intensidad. Acarició el suave contorno de su vientre, percibiendo la maravilla y el misterio de esos pequeños seres que llevaban sus genes y su amor, y que ahora formaban parte de ella. Era un milagro que apenas lograba concebir, una idea que se había asentado en su corazón como una llama cálida, iluminando sus días y dándole fuerzas.

Sin embargo, junto a esa calidez venía también un miedo que parecía devorarla por dentro. Recordaba la desesperación que la había atormentado la noche anterior, el terror de que algo pudiera salir mal, de que algún infortunio le arrebatara a sus hijos antes siquiera de conocerlos. Sintió que, si eso sucediera, algo en su alma se rompería irreparablemente.

Y entonces un pensamiento la golpeó con una fuerza inesperada. ¿Así se habrá sentido mi madre?

De repente, el recuerdo de su madre se hizo presente, nítido, como si pudiera verla frente a ella. Recordó una noche, años atrás, cuando su madre había perdido a los hermanos que estaba esperando. Rin era solo una niña, pero la tristeza de aquella pérdida se había grabado en su memoria. Recordaba cómo, a pesar del dolor y la fragilidad, su madre había encontrado la fortaleza para abrazarla, para consolarla incluso cuando su propio corazón estaba destrozado. Rin había sentido el temblor en los brazos de su madre, una mezcla de dolor y resistencia, como si esa noche su madre le hubiera dado la lección más importante de su vida: seguir adelante, aun cuando el alma pareciera quebrarse en mil pedazos.

Una lágrima silenciosa se deslizó por su mejilla mientras recordaba ese momento. Era un fragmento de su pasado que había intentado olvidar, una cicatriz que ahora palpitaba con una nueva intensidad. Comprendía, en lo más profundo de su ser, lo que su madre había sentido aquella noche; y en ese entendimiento, encontró una nueva determinación. Ella no dejaría que sus hijos enfrentaran ese dolor. Sería fuerte, por ellos, igual que su madre lo había sido por ella.

Perdida en sus pensamientos, Rin apenas notó cuando la puerta se abrió. Sintió un leve escalofrío, como si la realidad la reclamara de vuelta. Alzó la vista y vio la figura de alguien entrando en la habitación...

.-.-.-

Estaba sumida en sus pensamientos, preocupada por conseguir algo nutritivo y suave para Rin, cuando una de sus compañera la vio al pasar.

—Pensé que tenías turno hasta la tarde, Kaede —comentó una compañera de otra sección, observándola con curiosidad.

Kaede, sorprendida, intentó no dar demasiadas explicaciones.

—Estoy acompañando a una paciente —respondió con tono reservado, evitando profundizar en el tema.

—Ah, ya veo... Bueno, hace un rato te estaba buscando el señor Myoga —le mencionó su compañera—. Dijo que tenía algo importante para entregarte.

Al escuchar ese nombre, Kaede se quedó inmóvil. ¿Myoga? No había esperado recibir noticias de él tan pronto. Recordó el encargo que le había hecho, y su mente comenzó a trabajar rápidamente, consciente de lo crucial que podía ser esa información.

"Mioga... dijo que le encargaste algo y que lo tiene", añadió su compañera.

Ese recordatorio la hizo reaccionar. Buscó en su bolso hasta dar con su teléfono, que estaba apagado. Lo encendió rápidamente y, al hacerlo, apareció un mensaje de Myoga que decía:

"Kaede, tengo la copia de los informes que me pediste. Es realmente extraño que no aparecieran en los archivos oficiales, pero por suerte guardé una copia."

Kaede sintió un alivio inmediato. Ese mensaje era justo lo que necesitaba leer. Por fin tenía en sus manos una prueba contundente del caso de Aria Kim, algo que podía ayudar a aclarar las dudas que tanto la atormentaban. Aquellos informes podrían ser la clave para destapar la verdad que se había ocultado.

.-.-.-.-.

—Señora, alguien ha estado buscando información y haciendo preguntas sobre un asunto de hace algunos años —dijo uno de los guardias, acercándose con cautela.

La mujer, una figura elegante de cabello negro y un vestido rojo que resaltaba su porte autoritario, se giró lentamente, mirándolo con desdén.

—¿A qué te refieres? —preguntó con una voz fría, casi amenazante.

—Tiene que ver con... el caso de la exesposa de su esposo —respondió el guardia, bajando la voz, como si mencionar aquello fuera peligroso.

Ella soltó una risa breve y sarcástica, como si lo que acababa de escuchar no tuviera sentido.

—¿Qué tonterías dices? ¿Qué podría tener que ver eso a estas alturas? —replicó con una mezcla de burla e impaciencia.

—Alguien me informó que estuvieron haciendo preguntas sobre... ella —insistió el guardia, esforzándose por no titubear.

La mujer lo miró con una intensidad que parecía atravesarlo, evaluando la situación.

—¿Y qué más? —exigió, cruzando los brazos con impaciencia.

El guardia tragó saliva, dándose cuenta de que debía elegir bien sus palabras.

—Hay algo que no le mencioné antes, señora. Hace años, cuando esa mujer murió... parece que su hija sobrevivió.

La mujer se quedó inmóvil por un instante, sus ojos se entrecerraron mientras procesaba lo que acababa de escuchar. ¿Su hija? Una sombra de sorpresa cruzó su rostro, pero se obligó a mantener la compostura.

—¿Qué significa eso? —preguntó, su tono tenso y lleno de incredulidad.

El guardia asintió, sin apartar la mirada.

—Hace unas semanas, vi a su esposo preguntando... indagando sobre lo que ocurrió con su hija. Parece ser que vio a alguien que le resultó familiar.

Ella dejó escapar un suspiro de frustración y se acercó al guardia, su expresión de impaciencia aumentando.

—¿Quién? —preguntó en un susurro cargado de autoridad—. ¿Quién es esa persona que parece haber resucitado?

El guardia inclinó la cabeza, sin atreverse a demorarse más.

—¿Recuerda a la enfermera con la que el joven se obsesionó hace unas semanas? —dijo, sin mirarla directamente a los ojos.

Ella rodó los ojos con fastidio, y una sonrisa fría se asomó en sus labios.

—¿Cómo olvidarla? Esa resbalosa que intentó hacerse la inocente... ¿Qué tiene que ver esa chica en todo esto?

El guardia se inclinó aún más, casi susurrando las palabras que venían a continuación.

—Esa muchacha... es la hija de su esposo.

La mujer abrió los ojos, incrédula. Sintió una mezcla de rabia y sorpresa que la dejaba sin palabras.

—¿Hirai... Rin? —murmuró, procesando cada palabra lentamente,recordando cosas que habia enterrado.

—Sí, señora Hirai.

Ella apretó los labios, un destello de furia y cálculo encendiendo sus ojos. Como era posible que esa mocosa aun siguiera con vida.

Continuara....



Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top