Capítulo 79.

Narrador omnisciente:

Horas antes de la sentencia de William:

Lady Joan desesperada sin poder ver a su hijo porque su suegro no se lo permitía, viajó sin su autorización y se presentó en casa de William en horas de la tarde. Sin cambiarse de ropa ni comer ningún alimento, se apersonó en la comandancia donde tienen a su hijo y a pesar de las súplicas, los ruegos y el llanto de una madre, el comandante con voz vil y firme le negó el paso.

—Váyase a casa su excelencia, este no es lugar para una dama como usted —dijo sin darle importancia a la mujer que estaba sentada frente a él—. Concéntrese en sus bordados o atender a los niños huérfanos del orfanato de la iglesia.

Enojada por su indiferencia, frialdad y falta de respeto, Lady Joan barrió con sus manos todo lo que había encima del escritorio del comandante lanzándolo al suelo.

—¡Es usted un ser despreciable e inhumano! —gritó furiosa mientras el comandante apretaba los puños a los costados de su cuerpo—. ¡Personas como usted no deberían de estar a cargo de posiciones tan altas!

—¡Haga el favor de retirarse antes de que pierda la paciencia Milady! —dijo el comandante entre dientes con los ojos inyectados de furia.

—¡No estará por mucho tiempo detrás de ese escritorio comandante!, ¡yo me encargaré de que sea removido de su cargo!

—¡Suficiente! —grito golpeando el escritorio con ambas manos—, ¡Guardia!, ¡escóltenla hasta la puerta!

Cuando el guardia estiró su mano para tomar el brazo de lady Joan, esta lo apartó de golpe.

—¡Sé dónde queda la salida! —tomó la pequeña cesta que traía para su hijo y subiendo un poco la falda de su vestido, salió de esa oficina hasta la calle.

Con lágrimas en los ojos ante la impotencia caminó hacia el coche que la estaba esperando afuera, cuando alguien le siseó a lo lejos y la hizo voltear la cabeza en dirección al bajo sonido.

Con cautela se dirigió hacia el anciano que se ocultaba detrás de un árbol de tallo fino hasta detenerse frente a él, quien inmediatamente le hizo una reverencia.

—Su excelencia, lamento conocerla en estas circunstancias.

Lady Joan lo observó con cierta desconfianza y no pudo evitar dirigirse al anciano de manera dura.

—Vaya al grano caballero.

El anciano asintió sin ofenderse ante el frío trato de la madre de William.

—Su hijo está en una celda de castigo Milady —Lady Joan ante la noticia deja caer la canasta con alimentos al suelo y agarra fuertemente al anciano por los brazos.

—¡¿Castigado, porque?! —pregunta asustada— ¡¿Está bien?!, ¡¿Lo ha visto?!

El anciano niega.

—Solo antes de que se lo llevaran al castigo Milady, pero dentro de todo está bien, lo alimento todos los días.

Las lágrimas no demoraron en brotar de los ojos de la dama ante las palabras del anciano.

»— Por las mañanas le llevo avena recién hecha y un poco de pan — traga saliva con dificultad—, a los reos no se les permite darles mucha comida, pero a su hijo le tengo un trato especial.

Lady Joan se agacha para tomar la canasta de nuevo y se la entrega al anciano.

—¡Por favor! —dijo angustiada— ¿Puede hacerle llegar estos alimentos a mi hijo?

El anciano al ver la desesperación de una madre por su hijo en los ojos de Lady Joan, asintió y tomó de sus manos la canasta.

—Se las llevaré de a poco para que nadie se dé cuenta.

Los ojos del anciano viajaron a la muñeca de Lady Joan quien se estaba quitando uno de sus brazaletes y este abrió los ojos de par en par.

—¡M...Milady! —tartamudeó— ¡Eso no es necesario, yo... Yo lo hago con mucho gusto!

Con su mano deslizó la de lady Joan quien ya tenía el brazalete dispuesto para colocarlo sobre la mano del anciano.

—¡Gracias por cuidar de mi hijo!

Las lágrimas corrieron por sus mejillas mientras que el anciano tragó con fuerza la saliva que había en su boca.

—Por favor, dígale que lo tengo en mis oraciones día y noche.

—Lo haré Milady, ahora váyase, este no es lugar para una dama como usted.

Lady Joan sin pensarlo, tomó la mano del anciano y le dio un apretón amigable.

—Gracias.

***

Estando ya en casa de su hijo y ver cómo estaba su nuera se dirigió al despacho de William donde se encontraban con su suegro, lord James, Simon y Claus quienes estaban reunidos con el abogado con las pruebas de su defensa sobre el escritorio.

—¡¿Por qué no me dijo que mi hijo estaba en una celda de castigo?! —le reclamó al anciano delante de todos.

—¿Quién te lo dijo? —preguntó dejando de lado los documentos sobre la mesa.

—Fui a verlo —lord Christian golpeó el escritorio con su puño.

—¡Te dije que no fueras a verlo, ese no es lugar para una mujer! —espetó, pero Lady Joan no se inmutó y se cruzó de brazos para enfrentarlo.

—¡¿Cree usted que una madre puede estar tranquila dentro de su casa bordando o atendiendo deberes del hogar sin poder ver a su hijo en las condiciones en las que está William?!, ¡Yo lo traje a este mundo y tengo todo el derecho de ir a verlo así esté debajo de las piedras!

—¡Ahh, si que eres terca mujer! —espetó el anciano—, ¿Te dejaron verlo? –preguntó con la voz más calmada.

—No —se le quebró la voz—, el comandante ese no me permitió verlo, me dijo que me fuera a casa a atender mi bordado o a los niños huérfanos.

—¡Desgraciado! —dijo lord James molesto.

—Tenemos que hacer algo para destituirlo de su cargo —soltó de golpe Simon quien aún se mantenía a un lado del escritorio junto a Claus.

—Primero hay que liberar a William —dijo lord Christian—, intuyo de que algo no está bien con tantos castigos e incomunicaciones con mi nieto.

No estaba del todo equivocado el Duque de Edimburgo, ya que días antes de llevar a William de su último castigo, lord Chapman junto a uno de sus aliados dentro de la corte del Rey, colocaron sobre la mano del juez un gran saco con monedas de oro para que adelantaran su sentencia y lo condenaran a cadena perpetua.

Por otro lado, lady Juliet había convencido a la mucama que le traía de comer y aseaba su habitación de que le enviara una carta a Lady Joan, suponiendo que ante los acontecimientos sucedidos con su hijo, esta se encontraba en casa de William.

Dicho favor le costó a lady Juliet un juego de arcadas heredados de su madre, pero no le importó ya que necesitaba hablar con ella con suma urgencia.

—Aquí está la carta, trata en lo posible que nadie la vea, a esta hora una de las muchachas de servicio de casa de lord Ferguson debe estar en el mercado —la mucama asintió extendiendo su mano hacia el frente para luego guardarse la carta en el pecho—. Aquí está tu paga.

Lady Juliet le extendió una de las dos arcadas y la mucama bufó.

>—La otra te la daré cuando regreses con la prueba de que entregaste el mandado.

Confiada de que la mucama era una persona analfabeta y no podría leer la carta ni entregársela a más nadie la dejó ir a su suerte.

Inquieta esperó en su habitación hasta que a la hora de la cena apareció la mucama con un pañuelo con el sello de la casa de los duques de Ferguson.

Caminó hacia el buró donde abrió su joyero y sacó la pieza faltante del juego de arcadas que le prometió a la mucama.

—Necesito otro favor —dijo mientras que la muchacha de servicio contemplaba las joyas entre sus manos...

***
La muchacha de servicio entró en el comedor donde todos se encontraban cenando y se acercó a Lady Joan con la carta en sus manos.

—Su excelencia, este sobre me lo entregaron hoy en el mercado para que se lo entregara a usted personalmente.

Lady Joan tomó el sobre extrañada y lo abrió delante de todos los presentes. Con la vista atenta en la hoja amarillenta entre sus manos, le indicó a la muchacha de servicio:

—Que tengan listo un coche mañana por la mañana, tendré que salir muy temprano.

La muchacha asiente y se va. Bajo la mirada escrutadora de lord Ferguson, Lady Joan guardó la carta en el bolsillo de su vestido y volvió su atención al plato que tenía sobre la mesa.

—¿Se puede saber quien te envió esa carta? —preguntó sin quitar la vista del trozo de carne que estaba cortando.

—Una amiga que llevo tiempo sin ver —dijo sin darle importancia.

—Esa antigua amiga no será, ¿lady Juliet?

La madre de William soltó el cubierto y miró sorprendida a su suegro.

»—No irás a casa de ese infeliz.

Lady Joan apretó los puños sobre su falda con el ceño fruncido.

—Si ella me ha convocado ha de ser porque tiene algo que decirme.

—Ella no te va a decir nada, para salvar a tu hijo si eso es lo que estás pensando.

—¡Alguien debe hacer algo por mi hijo! —espeta molesta— ¡Ya la anulación del matrimonio se dio y ninguno de ustedes hizo nada para evitarlo!

—¡No pudimos hacer nada! —gritó el anciano— Sabes muy bien que tu hijo y yo fuimos a hablar con el Cardenal y cuando nos atendió ya era demasiado tarde.

—Bien, pero ninguno de ustedes ha hecho nada para sacarlo de esa mazmorra en donde está.

—Créeme Joan, estamos haciendo lo que está en nuestras manos para sacarlo de ahí —dijo lord James con calma—. Puedes jurar que ninguno de los que estamos aquí queremos que él permanezca un día más en esa cárcel.

—Además, puede ser peligroso —agregó Simon—, no sabemos con qué intención te ha invitado a que vayas a casa de Richard. Dicen que lleva mucho tiempo encerrada en esa casa, ya ni en los jardines se la ve paseando.

—Con más razón debo ir entonces —dijo decidida—, algo debe saber para que la mantengan incomunicada.

—No vas a ir Joan, ya es suficiente con que tu hijo esté encerrado, para tener que preocuparme de que te pase algo a ti también.

—Ella no va a ir sola —habló Lady Caroline al tiempo de que su marido fijó los ojos en ella—. Puedo acompañarla. Jazmin y Sophy se quedarán con Katherine y la habitación de Phillip ya está lista, así que yo puedo acompañarla.

—¡Dios, pero que mujeres tan tercas! —espetó lord Christian irritado.

—Sabremos defendernos Christian —dijo lady Caroline y tomó de la bandeja el abridor de cartas poniéndolo sobre el regazo.

—Solo tengan cuidado —dijo su esposo apretándole la mano sobre la mesa—. Enviaré algunos guardias con ustedes.

Lady Caroline le sonrió a su marido satisfecha y luego vio a Lady Joan quien asintió con la cabeza en silencio.

—Tengan todos buenas noches.

Dijo irritado lord Christian levantándose de la mesa.

—Ya se le pasará —soltó Lady Joan levantándose también—, mañana después del desayuno saldremos.

—Estaré lista para esa hora.

—Que todos guarden el secreto de la anulación del matrimonio de mi hijo con mi nuera, ella no está en condiciones de saberlo, no todavía.

—Ya la orden fue dada —respondió lord James— La salud de mi hija está en riesgo y no voy a permitir que algo le pase.

***
Esa misma noche en el comedor de lord Richard Chapman, se sirvió un gran festín, digno del agasajo de algún cumpleañero. Deliciosos platillos estaban servidos y la mejor champaña estaba lista para ser degustada.

Lady Juliet fue convocada y se le exigió usar uno de sus mejores vestidos de gala. La mucama la escoltó hasta el comedor donde su mirada se fijó en todo la extravagancia que estaba servida.

—¡Tía querida! —gritó emocionado Richard— Ven acércate, eres una de las invitadas especiales de esta noche.

Con cautela pasó entre los invitados que ya estaban sentados y su mirada se fijó en su cuñado quien sin ningún recato la miró de arriba a abajo, al igual que el hombre con el parche en el ojo, haciendo que un escalofrío le recorriera la columna vertebral.

—Siéntate aquí querida tía —dijo Richard muy alegre.

Mientras ella se acercaba a su sobrino el hedor a alcohol le inundó las fosas nasales.

—¿Estás ebrio Richard? —preguntó con cierto cuidado ante la reacción de su sobrino, pero este no se molestó, simplemente se carcajeó y ella frunció el ceño con desconfianza.

—No estoy ebrio tía, ¡estoy feliz! —dijo abriendo los brazos con alegría.

Lady Juliet se sentó frente a su cuñado quien no se importó estar en la mesa del comedor para encender un puro y aspirar el humo.

Richard descorchó la botella de champán y el corcho salió disparado por encima de las cabezas de sus invitados. El líquido dorado le corría por la mano antes de llevarla a su boca y tomar el primer trago.

Los meseros entraron y sirvieron las demás copas. Lady Juliet veía como su sobrino seguía bebiendo de la botella que había destapado y se levantó para detenerlo, pero la mano de lord Thomas se cerró en su muñeca tan fuerte para detenerla que ella se quejó del dolor.

—Déjalo, hemos recibido un par de buenas noticias —con fuerza la jaló y la sentó de nuevo en su lugar.

—¿Qué buenas noticias? —preguntó frotándose la muñeca lastimada.

—¡BRINDEMOS! —todos levantaron sus copas — tu también tía.

Lady Juliet tomó la copa frente a ella con desconfianza y observó a su sobrino quien se veía eufórico de alegría.

—¿Por qué vamos a brindar, Richard?

—Porque Katherine es una mujer libre —lady Juliet abrió los ojos con total sorpresa, mientras que los invitados gritaban alegres—. Ya puedo cortejarla, la volveré a enamorar y la pediré en matrimonio.

Lady Juliet observó a su cuñado quien apretaba su copa con extrema fuerza para llevársela a la boca, haciendo notar su inconformidad con la noticia que acababa de dar su hijo.

»— Y eso no es todo —ella volvió a mirarlo—, la sentencia a cadena perpetua del malnacido ya es un hecho y fui yo mismo quien le anunció la gran noticia.

El comedor se llenó de vítores y la champaña se derramó por doquier, cuando todos comenzaron a festejar por la catástrofe que se avecinaba para dos de las más prestigiosas familias de toda Gran Bretaña.

—Se pudrirá en un calabozo en una cárcel en las afueras de Londres, nadie podrá visitarlo, será confinado y obligado a realizar trabajos forzados, a ver si así se muere de una buena vez.

El rostro de Richard cambió totalmente de estar eufórico a enfurecido en un par de segundos. Se llevó la botella a la boca y bebió un largo trago.

—¡SALUD!

Todos alrededor de la mesa siguieron con la celebración bajo la mirada incrédula de Lady Juliet quien observaba con profunda tristeza al hombre despiadado en el que se había convertido su sobrino. De ese niño cariñoso y dulce ya no quedaba nada, Richard ahora era un hombre frío y vengativo. Con cautela, salió del comedor antes de que su sobrino o su cuñado la vieran y se encerró en su habitación, pero su tranquilidad se vino abajo, cuando a mitad de la noche, lord Thomas irrumpió en sus aposentos y se irguió sobre ella tomándola con fuerza del cuello casi asfixiandola.

—¿Creías que podías librarte de mí?

A pesar de todo su esfuerzo por quitarse a Lord Thomas de encima, este la dominó y abusó de ella como tantas veces atrás.

La pobre solo sollozaba y se apretaba contra las sábanas arrugadas sobre su pecho.

—Que te quede claro —Soltó él antes de irse—. Este será tu deber a partir de ahora, hasta que logre convencer al enclenque de mi hijo de que deje su encaprichamiento con la que será mi futura esposa.

Al cerrar la puerta detrás de sí, lady Juliet se levantó con las rodillas frágiles y el cuerpo dolorido y volvió a cerrar la puerta, pero esta vez, colocó una silla por debajo de la perilla para asegurarse de que él ni nadie más pudiera volver a entrar.

***

Al día siguiente, sabiendo que Lady Joan ya había recibido la carta, esperó con impaciencia a que la mucama llegara para ayudarla con el otro favor que le había pedido cuando le entregó la segunda arcada.

—¿Esta lista milady? —preguntó la joven y lady Juliet asintió.

Bajo la mirada escrutadora de la mucama y con mucho cuidado por sus dolencias ante la brutalidad de su cuñado, bajó las escaleras hasta el primer piso, caminó hasta el jardín dirigiendo su cara hacia arriba deleitándose con los rayos del sol que bañaban su rostro.

—La veo muy pálida Milady, ¿Se siente bien?

Lady Juliet asintió, pero no era cierto, desde que se levantó esta mañana se había dado cuenta de la mancha de sangre que estaba sobre su sábana y sobre su ropa interior. tanto fue el maltrato que recibió de lord Thomas, que algo le había desgarrado por dentro, el dolor era casi inaguantable, pero ella tenía que fingir, debía esperar a que su amiga viniera a verla. Como si sus súplicas hubiesen sido escuchadas, la campana de la puerta sonó y un ápice de esperanza se reflejó en su rostro.

***

El coche que traía a Lady Joan y a Lady Caroline, se detuvo en la entrada principal de la casa de Richard. Ambas damas descendieron de él y se dirigieron hasta la puerta donde una de ellas levantó la mano y tocó la aldaba con fuerza a la espera de que alguien viniera a su encuentro.

Sin esperar demasiado, un hombre mayor vestido de traje negro y corbatin abrió la puerta y las miró con desden, ante el gesto del mayordomo ambas damas lo observaron de la misma manera.

—Venimos a ver a Ladi Juliet —dijo lady Joan rompiendo así el silencio incómodo.

—Lady Juliet no puede recibir visitas —dijo el mayordomo sin bajar la vista hacia las damas.

—¿Por qué? —inquirió cruzándose de brazos.

—Está indispuesta —respondió el hombre.

—¿Desde cuándo? —esta vez preguntó Lady Caroline tomando del brazo a su consuegra.

—Lleva varios días en cama y el joven Chapman me dio órdenes de no dejar pasar a nadie a la casa.

Ambas damas se miraron complicemente ya que estaban preparadas para que algo así sucediera.

—Si me disculpan, tengo algunos deberes que hacer —el mayordomo les iba a cerrar la puerta en la cara, pero la voz femenina desde el pasillo lo hizo detenerse de sus intenciones.

—¿Quién toca? —el mayordomo se tensó ante la intromisión de Lady Juliet en la puerta y tanto Lady Caroline como Lady Joan lo miraron con desagrado.

—Nos dijeron que estabas indispuesta —soltó Lady Caroline sin apartar la vista del mayordomo.

—Si, pero ya me siento un poco mejor, pueden pasar —Lady Juliet hizo que el mayordomo se apartara de mala gana para hacer pasar a las damas— llevo tanto sin ver a personas amigas que ya me estaba sintiendo parte del mobiliario de esta casa.

Al entrar al recibidor, Lady Joan no pudo evitar notar la palidez en el rostro de su amiga y el sutil quejido que hizo al sentarse.

—Dígale a una de las muchachas que nos traigan algo de beber, por favor —Lady Juliet dio la orden al mayordomo y este aunque estaba un poco molesto porque la tía de su señor había contradicho sus órdenes, se fue a regañadientes.

—¿En verdad te sientes bien? —preguntó Lady Joan preocupada–, estás muy pálida.

Lady Juliet no pudo ocultar más su malestar ante su amiga que desde hace muchísimo tiempo sabía toda su historia con el desalmado de su cuñado y luego de que les trajeran bebidas y algunos bizcochos, les contó lo sucedido. Lady Joan no pudo ocultar su rabia y asco por lord Thomas.

—¡Es un ser despreciable! —espetó llena de ira— Tienes que salir de aquí Juliet, no puedes permanecer un día más bajo su mismo techo!

—Él no vive aquí —respondió apretándose la falda del vestido con los puños.

—Entonces debes decirle a Richard lo que está sucediendo.

—¡No! —dijo asustada— Richard no puede saberlo, se enfadaría y se iría contra su padre.

—Es lo justo después de todo lo que te ha hecho —dijo Lady Caroline cruzándose de brazos—. Tienes que defenderte Juliet.

Lady Juliet niega con la cabeza.

—No puedo decirle nada a mi sobrino —dijo con las lágrimas corriendo por sus mejillas—, Thomas anda con personas de mala reputación... Gente peligrosa, podrían hacerle algo a él.

Lady Caroline y Lady Joan se miran sabiendo que esta es la oportunidad que estaban esperando..

—Ellos fueron los que incriminaron a William, ¿No es cierto? —preguntó de golpe Lady Caroline tratando de sacarle la verdad.

—Yo... —titubeo— No lo sé... Pero anoche en la cena, Richard me hizo bajar para celebrar con ellos lo de la sentencia de William y...

—¡¿QUË?¡ —gritó Lady Joan.

—Yo... —Lady Juliet abrió los ojos sorprendida—. Pensé que ya lo sabían... Richard lo dijo anoche.

Lady Joan palideció en el acto y de repente cayó hacia atrás desmayada.

—¡Joan¡ —gritó Lady Caroline levantándose de golpe de su silla para auxiliar a su consuegra sin percatarse de que su bolso cayó al suelo dejando a la vista el abridor de cartas que tomó ayer en la cena– ¡Busca las sales!

Lady Juliet se levantó preocupada, en ese momento se olvidó de sus dolencias y corrió gritando hacia la cocina. En un instante Lady Caroline tenía a su disposición dos muchachas de servicio con las sales y una jarra con agua y azúcar.

Poco a poco Lady Joan volvió en sí y con lágrimas en los ojos, se levantó de su silla aun mareada.

—¡Dime que no es cierto lo que dijiste! —espetó tomando con fuerza a Lady Juliet— ¡Dime que es un error, mi hijo no pudo haber sido sentenciado!

—¡Lo... Lo siento Joan —respondió nerviosa— Richard lo dijo anoche en el comedor, dijo que William ya había sido sentenciado y que se pudriría en una celda en las afueras de Londres y que su matrimonio con Katherine ya estaba anulado,

—¡¿Y no se te ocurrió decirnos eso apenas llegamos?! —le reclamó Lady Caroline, pero esta solo bajó la cabeza apenada.

—Lo siento; yo pensé..

—¡Nada!, ¡no pensaste!.. Vámonos Joan, los demás ya deben estar enterados de esto.

Lady Caroline tomó a su consuegra y salieron rápidamente del lugar hacia el coche que las esperaba afuera, mientras que Juliet veía por la ventana como el coche se alejaba de la propiedad.

—Milady —dijo una de las mucamas—, creo que una de las damas dejó su bolso.

Con la prisa Lady Caroline dejó su bolso en el suelo y la muchacha de servicio se lo alcanzó a Lady Juliet quien de una vez notó el cortador de cartas en su interior, tomó el bolso y se dirigió a su habitación para guardarlo sobre su mesita de noche.

***
En casa de los Ferguson todo era un alboroto, el Abogado había llegado con la noticia y la carta de sentencia de William en sus manos. Lord Christian encolerizado golpeó al leguleyo en la cara y este cayó al suelo con los ojos muy abiertos y con la mano cubriéndose el golpe.

—¡Su excelencia! —gritó consternado el abogado.

—¡Eres un inútil! —espetó furioso– ¡Trabajas para mi o en mi contra!

—Su excelencia, no me culpe a mi, ya sospechábamos que algo así podría suceder.

—¡Y por eso te mandé ayer con las pruebas a favor de William! –gritó agarrándolo por el cuello de la camisa.

—Christian —dijo Lord James—. No haces nada golpeándolo, tenemos que ir a la comandancia.

Con tantos gritos que provenían del piso de abajo Katherine se sobresaltó y corrió junto a Sophy hacia el barandal del segundo piso.

—¿Qué está sucediendo? —preguntó desde lo alto y los hombres abajo se quedaron quietos.

—Nada mi niña —dijo su padre, sin embargo ella no se quedó quieta y bajó las escaleras hasta pararse enfrente de lord Christian que aún tenía el rostro enrojecido lleno de rabia.

Katherine detalló los rostros de cada uno de los hombres, hasta detenerse en el labio partido del abogado.

—¿Qué está pasando? —preguntó nerviosa, sospechando lo que se avecinaba–. ¿Qué le pasó a William? —Sus ojos comenzaron a nublarse por las lágrimas y su padre se fue contra ella para tomarla de los hombros.

—Cariño, no pasa nada, vuelve a tu habitación, por favor.

Pero ella se negó.

—¡No, dime qué está pasando! —Sophy sospechando de que lo que ocurría no era nada bueno, tomó a Katherine para llevarla a su habitación.

—Vamos Kathe, esto no te hace bien, dejalos a ellos resolver las cosas.

—¡No! —dijo tajante soltandose de Sophy— ¿Qué pasa con William?

—Está de nuevo en la celda de castigo —mintió el anciano–, y no sabemos cuando volveremos a verlo.

—Pero, ¿Por qué? —preguntó con las lágrimas cayendo por sus mejillas— No es justo que esté en ese lugar de nuevo.

Katherine estaba preocupada, indignada, triste por la situación de su marido, además la impotencia de no poder ir a verlo la carcomía, porque el médico le había prohibido tajantemente que no podía transportarse a ningún lugar fuera de la casa, no por ahora.

—Cariño —dijo Lord James con dulzura para calmar a su hija–, deja que nosotros nos ocupemos de esto, vuelve a tu habitación, por favor.

Pero Katherine se negaba a irse, sabía que algo malo sucedía, lo presentía.

—Vamos Kathe —volvió a insistir Sophy, quien esta vez la agarró por los hombros para llevarsela.

Cabizbaja y con resignación, Katherine caminaba hacia las escaleras que la llevarian al segundo piso, cuando la puerta principal fue abierta por Josephine y Lady Joan junto a Lady Caroline entraron como un huracán que se lleva todo a su paso.

—¡William fue sentenciado a cadena perpetua! —gritó preocupada la madre de William.

Katherine detuvo sus pasos y se volteó con el rostro horrorizado ante las palabras de su suegra, sus piernas flaquearon, haciendo que ella se tambaleara, por fortuna Sophy logró atraparla antes de que cayera al suelo de rodillas.

—No... —negó con el nudo en la garganta y las lágrimas derramándose por su rostro— No puede ser cierto.

La madre de Katherine corrió hacia su hija y se arrodilló justo delante de ella, agarrándole
el rostro para verla a los ojos.

—Lo siento cariño —le dijo con profundo dolor en su voz—. Nos acabamos de enterar.

Katherine seguía negando con la cabeza, aun no creía en las palabras que salieron de la boca de Lady Joan. Con las lágrimas lavándole las mejillas se aferró al vestido de su madre.

—Necesito verlo —dijo cn la desesperación dibujada en su rostro, aun de rodillas en el suelo—, necesito verlo, debo hablar con él.

—Mi niña —se acercó su padre a ella—, sabes que no puedes salir de la casa, es contraproducente.

Katherine negó con la cabeza.

—Quiero verlo, necesito hablar con él... Lo sabes. —su padre asintió, pero Lord Christian se negó al hecho de que su nieta volviera a ese horrible lugar.

—Por favor, abuelo, sabes que necesito hablar con él.

—Lo sé. pero no es el momento.

—Puedo arreglar una visita especial para su excelencia milord —interrumpió el abogado—, es lo menos que puedo hacer.

—Por favor hágalo, hoy mismo si es necesario.

***

Momentos después de que William se enteró de su sentencia:

William:

No puedo respirar, siento que las paredes de la celda se están cerrando sobre mí y mi pecho arde con la fuerza que ejerzo para tomar un poco de aire.

Afuera todo está en silencio y trato de ordenar mis pensamientos.

—No es momento de preocuparme, sino de ocuparme.

Cierro los ojos e intento calmar mis respiraciones mientras inspiro hondo para llenar mis pulmones con el oxígeno poco limpio que se puede respirar aquí abajo.

«No voy a permitir que el resto de mi vida la pase encerrado en un calabozo, porque no cometí ningún crimen»

Mis pensamientos comienzan a buscar una salida a todo esto, pero no encuentro ninguna, solo consigo respuestas en las palabras que dijo Timothy:

«Prefiero morir intentando huir, que morir aquí».

Me levanto y camino hacia la reja y lo llamo varias veces hasta que levanta la cabeza hacia mi sitio.

—¿Qué pasa? —pregunta con el ceño fruncido.

—¿Tienes lugar para un tripulante más?

Su sonrisa se ensancha al darse cuenta de lo que le estoy diciendo y asiente.

—Siempre hay lugar para uno más William,

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