3. Unión.
Lucca se sentía algo incómodo ante la mirada de Adael, el Plateado parecía exudar arrogancia y frialdad, al menos para con él. De ser por Lucca se habría largado a sus aposentos, pero Zahir le había pedido que aguardase allí. Suspiró por enésima vez y miró al rostro impasible de Roy, a él no parecía molestarle el esperar y permanecer inmóvil por minutos. En esos momentos agradecía no ser un Plateado, probablemente no podría con el trabajo. Eso era lo que estaba pensando cuando el gran salón se abrió dejando salir a todos los Dorados, los últimos fueron Grisell con Yomara y al final Zahir.
—En un par de horas estará todo listo— exclamó la estratega, —trazaré las rutas y seleccionaré las armas más adecuadas.
Grisell asintió con la cabeza y la otra dobló por otro pasillo, alejándose.
Lucca se acercó a Zahir, porque como era de esperarse debía escoltarlo hasta sus aposentos.
—Adael— Grisell llamó a su guardia, este aceleró el paso y a consciencia golpeó el hombro de Lucca al pasar junto a él.
—Dígame.
—Busca a Trish y repórtense con la estratega Yomara, formaremos parte del escuadrón que los Sulu han designado para investigar cierta zona. Cuando esté todo listo llámenme, estaré en la habitación que nuestros anfitriones me han ofrecido— explicó.
—Sí, señora— miró a Lucca de soslayo y luego se marchó.
—Partiremos en unas horas— habló Zahir al ver la cara de desconcierto de Lucca.
—¿También irás?— preguntó anonadado cuando los tres comenzaba a caminar de nuevo hacia el ala donde se encontraban las habitaciones, Roy los siguió desde una distancia prudente; —aún estás convaleciente.
—He sanado— replicó, —además sólo será una misión de reconocimiento del perímetro— trató de dejarle en claro que no sería peligroso.
Entonces Lucca guardó silencio, hasta que llegaron donde debían separarse, las puertas de las habitaciones de los Dorados estaban alejadas por casi seis metros. Allí Roy se detuvo y tomó su posición como guardia en medio de ambas.
—Trata de descansar un poco más, Zahir— le dijo Grisell cuando se dirigía a su puerta. Este asintió y luego tomó el pomo de la suya; espero hasta que la pelirroja estuvo lo sufrientemente lejos y lo giró.
—Pasa— le pidió a Lucca, este obedeció sin chistar.
—¿Litza irá contigo?— preguntó Lucca cuando estuvieron en la privacidad de los aposentos, de todos los hermanos de Zahir a Litza le tenía mayor confianza.
—Sí, también irá Yomara, Grisell, Trish y Adael.
Lucca frunció un poco el ceño, a estas alturas Adael ya no le agradaba en lo absoluto; —¿Puedo ir yo?
Negó con la cabeza, —Lo siento.
—Zahir juro que moriré si te sucede algo— lo abrazó y gracias a su diferencia de altura pudo hundir su nariz en la oscura cabellera.
—A mi me ocurriría lo mismo si te hicieran daño— dijo correspondiendo al abrazo, —por eso no puedes ir.
—No se me tiene permitido usar armas porque nunca me han enseñado, pero sé que puedo aprender rápido— se separó un poco para verlo a los ojos, —por favor, instrúyeme, dame la oportunidad; es horrible no poder ayudarte.
—Lucca...— musitó con algo de congoja; en cierta forma el castaño tenía razón, por su procedencia se le catalogó como Palladium desde un inicio, jamás se le dio la oportunidad de demostrar que podría ser otra cosa, y nunca se le daría... a menos que...
Acarició uno de los mechones de su castaño cabello y luego, sin pronunciar más palabras enroscó los brazos en el cuello del alto y asaltó sus labios; los masajeó con los propios y luego mordisqueó el inferior para hacer que los separara, de esa manera pudo colar su lengua en la cavidad bucal.
Lucca gimió ante el asombro y satisfacción que le causó el atrevimiento del pelinegro; atinó a abrazarlo por la cintura y ceñirlo más a su cuerpo.
El Dorado fue empujando poco a poco al castaño hasta hacerlo chocar contra la cama, entonces lo hizo caer sentado.
—Zahir, ee-esto...— exclamó sobre sus labios.
—Sshh... —trató de callarlo con su susurro y un beso, pero el alto esquivó sus labios.
—Esto no es una despedida, ¿verdad?
El pelinegro detuvo sus movimientos y lo miró atónito, los ojos de Lucca dejaban ver su duda, pero sobre todo su temor; así que negó con la cabeza —por supuesto que no, esto es porque te deseo Lucca— se acercó nuevamente y le besó la frente, —te prometo que nada me sucederá, regresaré y podremos hacer esto muchas veces más—, volvió a lanzarse a sus labios.
Lucca se dejó caer sobre el colchón con Zahir encima de su torso, aprisionándolo, torturándolo, excitándolo.
El Dorado sintió las manos callosas y calientes de Lucca colándose bajo su ropa, recorriendo sus costillas, de arriba a abajo; y cuando eso no fue suficiente, cuando quiso ser acariciado por más partes de su cuerpo, él mismo se deshizo de su ropa superior. Gimió cuando los dedos del Palladium ciñeron su pecho, dibujaron círculos invisibles y rozaron sus pezones, entonces él deseó hacer lo mismo, devolverle el mismo y mucho más placer que el que estaba sintiendo, así que se empujó alejándose lo suficiente para poder desabrochar el desgastado pantalón del que hasta entonces era su servidumbre.
El Palladium abrió los ojos sorprendido cuando apresuradamente fue despojado de sus prendas inferiores, pero no pudo ver qué sucedía; —yo... arghh—, sólo pudo murmurar algo indescifrable justo cuando su espalda se arqueaba por el calor que lo envolvió; ésa no eran los dedos del Dorado, de eso estaba seguro; esto era algo húmedo, suave, y se sentía demasiado bien. Miró hacia abajo y notó la cabellera oscura sacudiéndose en medio de sus piernas, eso lo estimuló aún más; iba a pedirle que se detuviera, que no quería terminar tan pronto, pero antes de que pudiera siquiera articular alguna palabra, el Dorado levantó el rostro, sus ojos con un rasgo de café almendra habían pasado a un negro brillante: llenos de deseo y lujuria. El castaño tragó saliva, nervioso, pero sobre todo excitado y expectante.
Ahora en vez de usar su lengua y labios, el Dorado con su diestra se dedicó a acariciar aquél órgano cerca de su rostro, estimulándolo más, distrayéndolo; entonces con la zurda tanteó los muslos de su amante, buscando la arteria femoral; una vez que la halló se relamió los labios, sus colmillos emergieron y los clavó para poder beber de su sangre.
Tendido boca arriba en la cama, con un fascinante pelinegro atendiéndolo, Lucca no advirtió lo que pasaba hasta que sintió un ardor intenso en el interior del muslo derecho; siseó de dolor, pero este se vio opacado por el placer que sintió al momento de liberarse.
Zahir se relamió los labios para tragar los restos de fluido rojo y blanquecino que había salpicado, luego gateó por encima del cuerpo del Palladium, notando cómo su pecho subía y bajaba de manera apresurada, tratando de recobrar el aliento; se acomodó encima de él, unos centímetros más arriba, haciendo que el rostro del castaño descansara sobre su hombro; ladeó la cabeza y dijo, —bebe, así te recuperarás más rápido.
Lucca parpadeó atónito. ¿Beber de un Dorado; acaso no estaba prohibido?
—Vamos cariño— insistió Zahir, —necesitas recuperarte—; lo cierto era que el pelinegro había bebido bastante de la arteria femoral, nada comparado con la pequeña incisión que la había hecho cuando Aghar le curaba la pierna, por eso debía alimentarlo, además, el intercambio de sangre y todo lo anterior tenían una razón.
El Palladium no estaba del todo convencido pero no podía negar que necesitaba recuperarse, sentía que pronto la vista se le nublaría, así que sacó los colmillos y los clavó en la suave y nívea piel de su amante bebiendo a conciencia, no quería dañarlo, sólo tomaría un poco pero se sorprendió por su sabor, la sangre era dulce y adictiva, probablemente era así por ser un Dorado. Con esfuerzo y cuidado dio un último sorbo y se despegó del cuello de Zahir dando una cálida caricia con su lengua al último.
—Lamento esto— se disculpó por haberse debilitado y necesitado beber de su sangre; —espero que no deje marca— usualmente las incisiones hechas con los colmillos sanaban y no dejaban cicatriz, o si la dejan era muy leve.
—Pierde cuidado— le besó los labios de manera fugaz, luego se acomodó para acurrucarse sobre el tonificado cuerpo de Lucca.
La verdad es que esta vez sí dejaría marca: Lucca tendría una en el interior de su muslo y él en el cuello, eso quería decir que habían intercambiado sangre en un momento de éxtasis y que el Dorado lo había declarado su pareja; pero Zahir no lo haría público, no hasta que regresara de la misión de reconocimiento al norte.
—Te amo, Zahir.
Sintió los dedos de Lucca recorrerle la espalda acariciándolo suavemente, sólo entonces recordó que no poseía ropa superior y que el otro no poseía la inferior; sonrió satisfecho y contestó, —yo también te amo.
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