1. Bala.

Litza miró la esfera metálica que sostenía en la palma de su mano; si no la hubiera sacado de aquella arma curiosa y visto con sus propios ojos, si su hermano menor no hubiera sufrido el ataque, no creería que existieran esas cosas. Físicamente eran similares a las balas de mosquete, salvo por lo que sucedía después. Una vez enterradas en la carne, los proyectiles metálicos se hacían añicos, dificultando su futura extracción y liberando gotas de agua pura y trozos diminutos de ajo. Si varios de este tipo de proyectiles alcanzaban a un vampiro, lo dejaban fuera de combate por un periodo considerable.

—Tranquilo— exclamó Aghar, que tenía conocimiento acerca de intervenciones quirúrgicas y tratamiento de heridas.

—¿Tranquilo? ¡Esta mierda duele como el infierno!— gritó Zahir, el más joven de los descendientes del Clan Sulu. Hacía unas horas, durante una pelea contra los súbditos de otro clan, Zahir había sido herido en el muslo derecho, por suerte, antes de perder el conocimiento por el fuerte dolor, pudo arrancarle la cabeza a su agresor y robar su arma. De esa manera ahora ya sabían de qué tipo de balas debían cuidarse.

—Gracias Roy, puedes retirarte— dijo Litza, indicándole a quien había traído a Zahir, antes inconsciente, que podía abandonar la habitación.

El nombrado hizo una suave reverencia y dio media vuelta para abrir las puertas dobles y salir de allí.

—Sólo debo sacar los fragmentos— explicó Aghar sosteniendo una pequeña pinza metálica.

—No sé si pueda soportarlo— informó Zahir con el rostro deformado por el dolor y la incomodidad; quería llorar pero se rehusaba a hacerlo, como miembro de los Dorados no podía mostrarse débil. Litza tomó una almohada y se la tendió a su hermano; los vampiros tenían el umbral de dolor demasiado amplio y el hecho de que el menor se hubiera desmayado por el daño y ahora se estuviese quejando era preocupante.

Zahir mordió la superficie suave de tela antes de asentir, entonces Aghar comenzó a hurgar dentro de la carne de su muslo para encontrar los pedazos de la bala.

—Ya falta poco— explicó el que fungía como médico dejando el quinto trozo de metal sobre la bandeja, las pinzas ahora estaba embadurnadas del fluido carmesí y el colchón poseía una enorme mancha.

—Más te vale— masculló antes de morder de nuevo la almohada, eso evitaba que sus gritos abandonaran la habitación y también que se mordiera su propia lengua.

Pero antes de que Aghar acercara de nuevo las pinzas, se escuchó la voz de Roy y de Zuhey.

—¡Pero no puedes pasar!— exclamó el primero.

—¡Lucca, por favor, sabes que no...!— Zuhey ya no pudo decir más, las puertas dobles se abrieron y un joven vampiro de cabello y ojos claros había ingresado sin permiso.

Litza hizo un ademán, ordenándoles a Roy y Zuhey que no intervinieran y que volvieran a su lugar de guardias.

—¡Zahir!— exclamó el recién llegado antes de correr hacia la gran cama y arrodillarse al pie para sostener la mano del herido.

—¿Lucca, qué haces aquí?— no era un reclamo, el nombrado preguntaba más bien porque estaba sorprendido con su presencia.

—Escuché sobre la emboscada; quise verte— apretó su mano, transmitiéndole el miedo que tuvo al pensar que pudo haberlo perdido.

—Estoy bien, no te preocupes.

Lucca miró el muslo del pelinegro, juraba poder ver el hueso; —¿duele mucho?— arqueó sus cejas, inquieto.

—Como no tienes una jodida idea—, alargó los brazos y se aferró al cuello de Lucca, demandando su calor y protección.

Aghar no había movido ni un dedo, lo que estaba sucediendo ente sus ojos no podía ser, ellos dos no debían estar juntos; así que miró a Litza, quien era más cercana al menor, buscando de esa manera una explicación, pero esta sólo asintió y dijo, —prosigue.

Sintió las frías pinzas removiendo su carne, buscando los trozos de bala; cada movimiento se hacía más doloroso, hasta que ya no pudo más y lanzó un grito ahogándolo en la clavícula de Lucca; como respuesta, el vampiro alto y castaño lo estrujó más fuerte, queriendo absorber y compartir su sufrimiento.

Zahir se deslizó hasta apoyar el rostro justo bajo la oreja derecha del otro, entonces, inevitablemente, queriendo liberarse como con la almohada, sacó los colmillos y los enterró en el cuello de Lucca. Algo similar a un crujido se escuchó al realizarse la incisión; cuando el fibroso músculo del cuello de Lucca cedió ante los puntiagudos colmillos del pelinegro, Lucca solo atinó a gruñir y acariciar la espalda de Zahir.

Mientras movía los dedos y las pinzas a toda prisa para terminar su labor y con el sufrimiento de su hermano más joven, Aghar se reservaba sus preguntas y prejuicios: una relación entre Zahir y Lucca no podía ser porque, aun siendo del mismo clan, eran de clases diferentes.

Existían los Dorados, ellos eran la familia cabecilla del clan a la cual solamente se podía pertenecer si los líderes lo aprobaban, y además de ser excelentes peleadores, tenían habilidades psíquicas o alguna otra destreza.

Los Plateados, ellos eran fuertes y hábiles con las armas. A esta clase pertenecía Roy, Zuhey, Aldair, Marwin y demás soldados y guardias de los Dorados: aquellos que debían estar dispuestos a entrar en la lucha si algún clan enemigo atacaba.

Finalmente estaban la clase Palladium: los que no tenían ninguna habilidad en específico, usualmente era la servidumbre o sólo se mantenían cerca y fieles a los Sulu con el objetivo de obtener protección, puesto que existían otras órdenes y clanes que eran sádicas y solían incluso esclavizar a los que vagaran sin que nadie los reclamara. Y a esta última pertenecía Lucca.

—He limpiado la herida, sólo debes descansar para que sane pronto— anunció Aghar después higienizar con un lienzo el muslo de Zahir y atarlo con otro. El pelinegro ya había desencajado los colmillos del cuello de Lucca, pero no había separado su rostro de él, seguía escondido, estaba algo avergonzado y temeroso de que sus hermanos mayores notaran que había derramado unas cuantas lágrimas.

—Vendremos más tarde a ver cómo te encuentras— habló Litza, luego miró a Aghar, —vamos—. El nombrado la miró ceñudo, exigiría una respuesta, eso era seguro; pero antes de que pudiera formular una pregunta, Litza le habló telepáticamente: —Déjalos.

Esto no está bien— , contestó.

Sí lo está, el Palladium le quiere de verdad.

Las cejas de Aghar se elevaron en un gesto de sorpresa, luego miró a Lucca, quien no había dejado de acariciar la espalda de Zahir, susurrándole que todo ya había terminado; luego se incorporó y salió de la habitación seguido de Litza.

—Lo lamento, perdóname— musitó cuando supo que estaban solos.

Lucca dejó de acariciarle para empujarlo suavemente y poder mirar su rostro, aunque había un rastro de lágrimas eso no era lo que le sorprendía, ya que en su momento sintió las gotas saladas caer sobre su piel; —¿por qué?

—Te hice daño— con su mano acarició los puntos, casi imperceptibles ahora, en la piel del cuello del castaño; no le había succionado la sangre, sólo había necesitado en donde descargar su dolor.

—No lo lamentes, fue necesario— le sonrió para dejarle en claro que no estaba enojado, y luego besó su mejilla.

—Cuando la bala entró en mi piel tuve miedo— volvió a su posición inicial, escondiendo el rostro en el cuello de Lucca; —sentí un hormigueo invadirme, me paralicé.

Lucca apretó la mandíbula, se sentía impotente, nada podía hacer, si estallaba una guerra entre clanes ni siquiera podría ir a la batalla con él, no era un Plateado.

—Te quiero Lucca— el nombrado sintió un beso en donde antes fue mordido, —te quiero en verdad—; luego Zahir se separó de él y mirándolo a los ojos confesó, —tuve miedo de morir por esa estúpida bala y no volver a verte para decírtelo.

No supo qué contestar a esas palabras, Lucca antes ya le había declarado su afecto, pero esta era la primera vez que Zahir decía en viva voz que le quería; pensó en responder de una manera diferente, por lo que temiendo ir de manera apresurada, se acercó despacio hasta quedar a escasos milímetros de la boca del pelinegro, y al notar que no se alejaba, selló sus labios.

Un "chico rudo" como él enamorado de un Palladium. ¿Quién lo diría? Pero no podía negarlo más, con Lucca se sentía él mismo, podía llorar y confesar sus miedos sin temor a represalias o a ser juzgado; Zahir era un Dorado y se esperaba mucho de él, en cambio Lucca lo quería como era.

...

—Aún sigues en contacto con Yumiel. ¿No es así?— preguntó Garreth tras examinar el arma extraña, la bala y los trozos de metal extraídos del muslo de Zahir.

—Sí— contestó Aghar, —¿Por qué el interés?

—Han emboscado a nuestro hermano menor y una alianza con el Clan Lanz podría ser una alternativa para llegar al fondo de este asunto—, los Lanz era un clan bastante pacífico, además de que algunos eran amigos de los Sulu, como por ejemplo: Yumiel y Aghar, y Grisell y Zahir.

—Considero que tienes razón, incluso podrían ayudarnos a localizar la procedencia de las balas— agregó, —Adael es experto en armas.

—¿Estás loco?— intervino Litza, —según escuché durante la última visita de nuestro hermano al territorio Lanz, parece que Adael gusta de él, no desearía que nuestro hermano se incomodara.

—No es momento para estúpidas riñas para encontrar pareja; estamos ante lo que podría ser el inicio de una guerra y no sabemos contra quien— declaró Garreth clavando la mirada en la peculiar bala;con los daños que causaba no quería ni imaginar qué hubiera sucedido si Zahir la hubiese recibido en su pecho, pensando lo peor probablemente equivaldría al efecto de una estaca.

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