Capítulo 33

Extrañar a alguien es una experiencia humana universal, un eco que resuena en el alma. Puede ser desencadenado por una ruptura, la muerte o una mudanza de larga distancia. Cuando se extraña a alguien, el corazón se sumerge en un mar de emociones que incluyen tristeza, soledad y un dolor punzante.
En algunos casos, la ausencia se siente tan profunda que parece que nuestra vida pierde todo color, todo sentido. Esto es especialmente cierto si la persona que extrañamos era el sol de nuestro universo. En esos momentos, nos encontramos vagando en un vacío gris, un limbo donde cada paso pesa como plomo.
Cada día se convierte en una batalla contra la tristeza que nos invade, una lucha para no ahogarnos en el mar de recuerdos que nos asalta sin piedad. Recordamos constantemente los momentos compartidos, las risas que resonaban como música y los abrazos que eran nuestro refugio. Cada pequeña cosa, desde la melodía de una canción hasta el aroma del café por la mañana, nos trae un destello de esa presencia que tanto anhelamos.
La soledad se vuelve más profunda, el silencio más ensordecedor y los días se vuelven una mera existencia sin significado. Nos preguntamos cómo podemos seguir adelante sin esa mitad que nos completaba, que llenaba nuestros días de alegría y amor.
El dolor se hace presente, como un aguijón constante en el corazón. Sentimos un vacío que parece imposible de llenar, incluso con el paso del tiempo. Cada pensamiento, cada recuerdo, se convierte en una daga que nos atraviesa el alma y nos hace anhelar desesperadamente tener a esa persona a nuestro lado.
En momentos de gran nostalgia, podemos incluso sentir que nuestra vida perdió todo sentido, que todo color se desvaneció. Nos encontramos atrapados en un mar de emociones contradictorias, donde deseamos que esa persona esté de vuelta y, al mismo tiempo, nos duele profundamente saber que ya no volverá.
La experiencia de extrañar a alguien es un recordatorio de lo profundo que es nuestro apego y amor hacia esa persona. Es una prueba de nuestra capacidad de amar y de nuestra necesidad de conexión humana. Se convierte en un desafío diario encontrar formas de lidiar con la ausencia y encontrar esperanza en medio de la tristeza.
Extrañar a alguien puede ser una experiencia dolorosa, pero también nos recuerda lo importante que es amar y ser amados. Nos enseña a valorar cada momento compartido y a apreciar a las personas que tenemos en nuestras vidas. Aunque extrañar sea difícil, también es un recordatorio de nuestra capacidad de dar y recibir amor, y eso es algo hermoso y significativo en sí mismo.
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Los días transcurrían sin cesar, mientras Lucas debía iniciar sus terapias para fortalecer sus piernas debilitadas por aquel trágico accidente que le arrebató a su madre. Sin embargo, su estado mental empeoraba considerablemente día tras día. Su cuerpo adelgazaba, su piel se volvía descuidada y unas ojeras profundas se adueñaban de su rostro.
Desde el umbral de la puerta, Emiliano observaba a Lucas con una mezcla de compasión y ansiedad. Conocía la fragilidad mental de su amigo y se sentía desesperado, sin saber cómo animarlo. Sentía que estaba al borde de su propia angustia, sin encontrar una solución.
Benji también estaba pasando por un momento muy difícil. Aquella noche salió de su casa sin dar explicaciones a sus padres y se dirigió a un bar, comenzando a beber sin importarle las consecuencias. Necesitaba encontrar una forma de ahogar sus penas y qué mejor manera que con alcohol. Empezó con un doble tequila, bebiéndolo de un solo trago. El líquido ardió en su garganta mientras continuaba bebiendo, hasta terminarse una botella entera. Su mundo también se estaba derrumbando.
La distancia que lo separaba de su ser querido era agonizante, no podía soportar ni un minuto más sin él. Anhelaba escuchar su voz angelical, ver su hermoso rostro con su cabello castaño sedoso y suave, sus labios rojos y bien formados, y esos ojos ámbar que le volvían loco. Sentía que no podía seguir adelante sin él, creía que no valía la pena vivir si su pequeño no estaba a su lado.
—Mi pequeño—, susurró en voz alta mientras la imagen de su ser amado se apoderaba de su mente—. Perdóname.
Pagó la cuenta y salió tambaleándose del lugar, luchando por mantener el equilibrio. Subió a su automóvil y condujo hasta la casa del rubio. Una vez allí, comenzó a gritar el nombre de su ser querido y golpeó la puerta con desesperación total.
Sofía abrió la puerta, sorprendiéndose al ver a Benji en ese estado. Su rostro palideció al ver su mirada vidriosa y su cuerpo tambaleante. Sin embargo, antes de que pudiera decir algo, el castaño la ignoró por completo y pasó a su lado, subiendo las escaleras con dificultad. En un acto desesperado, Sofía intentó detenerlo, pero sus palabras cayeron en oídos sordos.
La penumbra de la habitación apenas lograba ocultar la fragilidad de Lucas, quien se encontraba sumido en un silencio contemplativo, sus pensamientos perdidos en el eco de recuerdos más felices. La puerta se abrió con un estruendo repentino, rompiendo la quietud que lo envolvía. Benji apareció en el umbral, su figura recortada contra la luz del pasillo, los ojos brillantes de lágrimas no derramadas.
—¡Lucas, mi amor! —la voz de Benji era un susurro roto, cargado de un dolor que parecía desgarrar el aire mismo. Se acercó con pasos tambaleantes, las manos extendidas como si buscaran redención en el tacto—. Perdóname, por favor. Te extraño tanto, te necesito a mi lado. Podemos empezar de nuevo, juntos. Quédate conmigo esta noche, por favor. Sin ti, cada momento es una eternidad de vacío.
Lucas retrocedió instintivamente, la sorpresa y el miedo pintados en su rostro. La proximidad y la intensidad de Benji lo abrumaban, y aunque su corazón latía con un anhelo similar, el temor le hacía dudar.
—Suéltame —la voz de Lucas temblaba, un hilo de confusión y súplica entrelazándose en sus palabras.
Pero Benji, cegado por la desesperación, no percibía la resistencia de Lucas. Se aferraba a él con una urgencia que rozaba la desesperación, como si temiera que Lucas se desvaneciera en la nada.
—Ven conmigo, amor. No me dejes solo, te necesito —la súplica de Benji era un mantra que repetía una y otra vez, cada palabra impregnada de un amor torturado.
La presión de sus manos se intensificaba, y Lucas luchaba por respirar, por mantener su propia voluntad frente a la tormenta emocional que Benji desataba.
—Benji, me estás lastimando. Déjame ir —la voz de Lucas era un murmullo ahogado, sus ojos buscando algún atisbo de comprensión en los de Benji.
—Te quiero tanto, te necesito —Benji seguía repitiendo, cada palabra un golpe que resonaba en el pecho de Lucas.
Fue entonces cuando Emiliano y Sofía, alertados por el tumulto, irrumpieron en la escena. La preocupación y el horror se reflejaban en sus rostros al ver la escena ante ellos.
—¡Suelta a Lucas! —la voz de Emiliano era firme, un ancla en la tempestad que se había desatado.
Pero el castaño parecía estar completamente ajeno a la realidad, su mente nublada por la intoxicación. Continuaba apretando a Lucas, sin escuchar las súplicas y los gritos de ambos amigos.
El aire en la habitación se había vuelto denso, cargado con el peso de las emociones no expresadas. Lucas, cuya respiración ya era superficial debido a la tensión del momento, comenzó a debatirse con más fuerza. Un mareo repentino lo asaltó, su corazón palpitaba descontroladamente, como si intentara escapar de la situación que lo aprisionaba.
Benji, cegado por su propia tormenta de sentimientos, tardó un momento en darse cuenta de la gravedad de la situación. Cuando Lucas cayó al suelo, el sonido sordo de su cuerpo impactando contra la fría madera resonó en la habitación como un presagio de desastre.
—Lucas, ¡no! —El grito de Benji se ahogó en su garganta, la realidad de sus acciones cayendo sobre él como un manto de hielo.
Emiliano y Sofía, movidos por un instinto protector, se precipitaron hacia Lucas. Sus manos trabajaban con urgencia, tratando de ofrecerle consuelo mientras evaluaban su estado. La habitación se llenó con el sonido de sus voces llamando a una ambulancia, cada segundo contando en la lucha contra el tiempo.
—¡Esto es todo culpa tuya! —Emiliano lanzó una mirada acusadora a Benji, cuyos ojos estaban ahora nublados por el remordimiento. La culpa lo envolvía, una serpiente que apretaba su pecho con cada latido de su corazón.
Las lágrimas brotaron de los ojos de Benji, cada una un testimonio silencioso de su dolor. Se arrodilló junto a Lucas, murmurando disculpas entre sollozos, su mente un torbellino de recuerdos y deseos de redención.
—Lucas, lo siento tanto —susurró, su voz apenas audible sobre el caos que lo rodeaba. Sus manos temblaban mientras se llevaba los dedos al cabello, tirando de él en un gesto de desesperación pura.
La llegada de la ambulancia rompió la tensión de la habitación, los paramédicos moviéndose con eficiencia para atender a Lucas. Mientras lo llevaban en la camilla, Benji se quedó atrás, su figura encogida por la tristeza, una sombra de la persona que había sido momentos antes.
La noche se había extendido su manto sobre la ciudad, y con ella, la última oportunidad para Benji de enfrentar las consecuencias de sus acciones. La luna, un pálido testigo en el cielo, iluminaba las calles vacías donde Benji deambulaba, perdido en su desesperación y pesar.
El sabor amargo del alcohol aún persistía en su boca, un recordatorio constante de su intento fallido por ahogar el dolor. En su estado de ebriedad, se encontró envuelto en una pelea con sombras desconocidas, figuras que se desvanecían en la penumbra. Los golpes que recibió fueron brutales, cada uno un eco de su propia autodestrucción. Con esfuerzo, logró ponerse de pie, apoyándose en la pared fría y áspera, arrastrándose hacia lo que alguna vez llamó hogar.
Al llegar, la presencia inesperada de una patrulla y el rostro preocupado de sus padres, Aitana e Izan, lo recibieron. Eran las cuatro y cuarto de la madrugada, un tiempo suspendido entre la oscuridad y la promesa del alba. Sus padres, consumidos por la preocupación, habían llamado a la policía, temiendo lo peor.
—¡Virgen santísima! Hijo, ¿qué te han hecho? —La voz de Aitana era un susurro roto, lleno de miedo mientras observaba las heridas que marcaban el rostro de su hijo.
Benji, con la mirada perdida en un punto distante, permanecía en silencio. Cada contusión en su cuerpo era un testimonio de su tormento interior, una penitencia autoimpuesta que no le permitía sentir el dolor físico.
—Soy un idiota —murmuró sin energía, su voz un hilo de resignación y culpa.
Sus padres lo siguieron con la mirada, sus corazones desgarrados por la angustia. Aitana pasó el resto de la madrugada limpiando y curando las heridas de Benji, su tacto suave pero firme, una mezcla de cuidado maternal y una súplica silenciosa para que su hijo volviera a ellos.
—Dios mío, estoy tan preocupada por nuestro hijo, Izan —dijo Aitana, su voz temblorosa mientras una lágrima solitaria recorría su mejilla.
—Lo sé, querida. Este no es nuestro hijo. También estoy preocupado —respondió Izan, su abrazo un refugio en medio de la tormenta, mientras Aitana se permitía llorar, liberando el miedo y la impotencia que habían estado acumulando.
En la intimidad de ese abrazo, ambos padres compartían el dolor que afrontaban, no solo por Benji sino también por Lucas, y la incertidumbre de un futuro que se había vuelto tan frágil como el cristal.
La luz del amanecer apenas comenzaba a filtrarse por las cortinas cuando Aitana, con manos temblorosas, marcó el número de Emiliano. La espera fue un tormento, cada tono de llamada un eco en el vacío de su estómago.
—Está en el hospital —la voz de Emiliano llegó cargada de una fatiga que no se aliviaba con el sueño—. Tuvo otro ataque de ansiedad, y esta vez fue mucho peor que la anterior. Por ahora, está estable bajo el efecto de sedantes.
Aitana sintió cómo el suelo se desvanecía bajo sus pies. Las palabras de Emiliano resonaron en su mente, cada sílaba una punzada en su corazón ya lastimado. ¿Qué estaba sucediendo? La vida, que hasta hace poco se desplegaba en colores vibrantes, ahora parecía haberse drenado de todo excepto de sombras y silencios.
—¿Cómo pudo pasar esto? —susurró, más para sí misma que para Emiliano. La incertidumbre se instaló en sus corazones, un huésped no invitado que traía consigo el frío de la duda y el dolor de lo imprevisto.
Colgó el teléfono y se dejó caer en la silla de la cocina, el plástico frío y duro contra su piel. Izan entró en ese momento, su rostro reflejando la misma preocupación que había marcado sus rasgos en los últimos días.
—¿Y Lucas? —preguntó, su voz un hilo de esperanza en la penumbra.
—En el hospital —respondió Aitana, su voz apenas audible—. No sé qué vamos a hacer, Izan. Todo se está desmoronando.
Izan se acercó y tomó la mano de su esposa, su contacto un recordatorio silencioso de que, a pesar de todo, no estaban solos. Juntos habían enfrentado tempestades antes, y juntos encontrarían la manera de navegar esta también.
—Lo superaremos, como siempre lo hemos hecho —dijo con una firmeza que no sentía, pero que sabía que ambos necesitaban.
Afuera, el mundo seguía girando, indiferente a las pequeñas tragedias humanas que se desarrollaban en su interior. Pero en esa cocina, en ese pequeño universo de dos, el tiempo parecía detenerse, dándoles un momento para respirar, para reunir fuerzas para lo que vendría.

El hospital estaba en silencio, un silencio que solo se rompía por el ocasional murmullo de enfermeras y el eco de pasos en los pasillos. Emiliano estaba sentado en la sala de espera, su mirada perdida en el vórtice de pensamientos que lo asediaban, cuando la figura de Benji apareció en la puerta. El estado de Benji era un grito silencioso de desesperación: su cabello desordenado y el cuerpo marcado por la violencia de la noche anterior.
—¿Qué demonios vienes a hacer aquí...? —la voz de Emiliano se quebró, mezcla de sorpresa y preocupación.
—Lucas... ¿cómo está Lucas? —la pregunta de Benji salió entrecortada, su voz temblorosa y llena de ansiedad.
Emiliano se levantó, acercándose a Benji con cautela. La luz del amanecer que se filtraba por las ventanas revelaba la verdadera extensión de su deterioro: ojos rojos e hinchados, la piel pálida y tensa, moretones que se dibujaban como mapas oscuros en su piel.
—Está descansando... —respondió Emiliano, su tono suave, intentando proteger a Benji de más dolor.
Benji asintió, su mente apenas registrando las palabras. Se movió con pasos inseguros hacia la habitación de Lucas, empujando la puerta con una mano temblorosa. Al entrar, el contraste entre la paz del lugar y la tormenta en su corazón fue abrumador. Lucas yacía en la cama, su respiración un susurro suave y constante, las sábanas blancas ocultando las cicatrices de su reciente lucha.
Benji se acercó a la cama, cada paso un peso que arrastraba. Se sentó en la silla junto a Lucas, observando el ritmo hipnótico de su respiración. La luz del sol bañaba la habitación, tocando el cabello de Lucas con tonos dorados, un cruel recordatorio del brillo que una vez iluminó su vida.
—Lo siento tanto, cariño mío —susurró Benji, su voz un hilo de arrepentimiento. Las palabras eran un bálsamo insuficiente para las heridas que ambos llevaban.
Emiliano observaba desde la puerta, su corazón apretado por la escena. Sabía que las palabras eran inútiles ahora, que el tiempo y el amor serían los únicos capaces de cerrar las heridas abiertas.
La habitación estaba sumida en una quietud casi sagrada, interrumpida solo por el suave zumbido de los monitores y el distante murmullo del hospital. Benji se encontraba al lado de la cama de Lucas, su figura encorvada y temblorosa, un contraste doloroso con la serenidad que rodeaba al joven dormido.
—Mi pequeño... —la voz de Benji se quebró, un susurro cargado de un dolor que no encontraba consuelo. Con una mano temblorosa, acarició la mejilla de Lucas, la piel suave bajo sus dedos era un recordatorio cruel de la ternura que ahora yacía herida.
—Perdóname por todo... —continuó, su voz un hilo de desesperación—. No merezco tu amor y ternura. Me he convertido en un ser oscuro que solo te hace daño. Eres tan puro, tan hermoso en un mundo lleno de oscuridad y malicia. Ojalá pudiera ser digno de ti. Ojalá pudiera borrar todo ese dolor que te he causado...
Las lágrimas brotaron de los ojos de Benji, trazando caminos brillantes por sus mejillas. Cerró los ojos con fuerza, como si intentara bloquear la realidad que lo asfixiaba. La culpa lo consumía, sabiendo que no había palabras ni gestos que pudieran retroceder el tiempo, que las cicatrices que había dejado en Lucas eran más profundas que las que marcaban su propio cuerpo.
Emiliano, desde la puerta, observaba la escena con un corazón pesado. La angustia de Benji era palpable, y aunque su mente clamaba por justicia, su corazón no podía dejar de sentir compasión por el hombre quebrantado que lloraba ante él.
El débil murmullo de Lucas cortó la densa atmósfera de la habitación, una luz suave en la penumbra de la desesperación de Benji.
—Benji... —la voz de Lucas era un hilo de vida, sus ojos abriéndose lentamente para encontrarse con los de Benji, llenos de un dolor compartido.
—Lucas, mi pequeño... —la voz de Benji temblaba, una sonrisa melancólica adornando su rostro marcado por la noche.
Con un esfuerzo que parecía consumir lo poco que le quedaba de fuerzas, Lucas levantó su brazo y, con una ternura que contrastaba con la crudeza de sus propias heridas, tocó la mejilla amoratada de Benji.
—¿Qué te ha pasado? —la pregunta de Lucas era genuina, su preocupación por Benji brillando a través de la fragilidad de su estado.
Benji, sintiendo el toque de Lucas como un bálsamo en su piel magullada, tomó la mano temblorosa y la besó con una delicadeza que parecía fuera de lugar en el caos de sus emociones. —Eso no importa ahora. Lo importante es que tú estás bien.
Pero Lucas, con una determinación que desmentía su apariencia frágil, insistió. —Claro que importa, Benji. No puedo ignorar lo que te ha sucedido. ¿Quién te hizo esto?
—No importa quién... —Benji desvió la mirada, su voz un susurro de tristeza—. Ya es pasado. Estoy aquí porque necesitaba verte, necesitaba asegurarme de que estás bien.
Lucas apretó la mano de Benji entre las suyas, un gesto suave pero firme. —No debiste haberte lastimado, Benji. Me duele verte así... Pero quiero que sepas algo: a pesar de todo, mi amor por ti sigue intacto.
La confesión de Lucas fue el golpe final para la represa que contenía las emociones de Benji. Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla, el amor y el dolor entrelazados en una danza silenciosa que solo ellos podían entender.
—También te amo, Lucas —susurró Benji, su voz temblorosa revelando la tormenta de emociones que lo consumía—. Aunque parezca lo contrario, te amo con cada parte de mi ser. Lamento profundamente lo que he hecho. Ojalá algún día puedas perdonarme.
Lucas, con la luz de la vida regresando lentamente a sus ojos, le ofreció a Benji una sonrisa débil pero sincera. —No necesito perdonarte, Benji. No puedo negar el dolor que me causaste, pero no puedo dejar de amarte. Quizás esta sea nuestra despedida... nuestro último beso.
El tiempo pareció detenerse mientras ambos jóvenes se miraban, sus ojos reflejando un amor que trascendía las palabras y las circunstancias. Con una delicadeza nacida del miedo a romper el frágil momento, Benji cerró la distancia entre ellos y sus labios se encontraron en un beso lleno de melancolía. Era un beso que hablaba de amor, deseo y tristeza; un beso que era tanto una promesa como un adiós.
Ese beso fue un susurro de despedida, un último adiós entre dos almas que, aunque destinadas a encontrarse, también estaban destinadas a dejar ir. Un adiós que no era el fin, sino un eco de amor que resonaría en sus corazones para siempre.

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