Capítulo 2

Lucas esperaba frente al portón del colegio. El hormigueo de la jornada escolar aún vibraba en sus huesos, y sus pensamientos danzaban entre las palabras de Emiliano y el encuentro con Noah. La tarde se deslizaba como un río tranquilo, y Lucas se perdía en la corriente de sus cavilaciones.
El claxon familiar del auto de su madre rompió el hechizo. Con un suspiro, dejó atrás sus reflexiones y se subió al asiento del copiloto, abrochándose el cinturón de seguridad con un clic reconfortante. El interior del auto olía a cuero y a los recuerdos de innumerables viajes juntos. Su madre, Elena, le sonrió, y Lucas sintió que el mundo se alineaba un poco más.
Durante el trayecto, conversaron sobre trivialidades: el clima, las noticias, las canciones en la radio. Era una cómoda distracción de los problemas que pesaban en la mente de Lucas. Aprovecharon para ir de compras al supermercado, donde los aromas de pan recién horneado y frutas maduras llenaban el aire. Lucas ayudó a su madre a bajar las bolsas cuando llegaron a casa, su mente aún en otro lugar.
Después de cambiarse de ropa, se sentó en su escritorio, rodeado por las paredes adornadas con pósteres de sus bandas favoritas y estantes llenos de libros que hablaban de aventuras lejanas. Se puso a hacer tareas pendientes del colegio, pero las palabras de Emiliano resonaban en su cabeza, distrayéndolo.
Tiempo después, su madre lo llamó para que bajara a comer. Al hacerlo, encontró la mesa puesta con esmero y a su padre, quien acababa de llegar del trabajo. Su padre, un contador público, siempre traía consigo un aire de seriedad que se desvanecía en cuanto cruzaba el umbral de su hogar. Lucas se acercó para saludarlo con un abrazo, un gesto que se había convertido en una tradición silenciosa entre ellos. Los tres se sentaron en la mesa y realizaron una pequeña oración de agradecimiento por los alimentos, un momento de unión que Lucas atesoraba en secreto.
En el menú se encontraban espaguetis al pesto, cuya fragancia de albahaca fresca llenaba la habitación, salmón al horno que prometía derretirse en la boca, puré de patata como guarnición y una ensalada mediterránea que era un festín de colores y sabores. A Elena le encantaba cocinar, especialmente para su familia. Siempre preparaba grandes cantidades, convencida de que una mesa llena era sinónimo de un hogar feliz.
Lucas jugueteaba con la comida en su plato, pero su apetito había desaparecido junto con las preocupaciones del día. La cocina, bañada en la luz cálida de la tarde, parecía un refugio seguro. El aroma de la comida flotaba en el aire, mezclándose con el suave tintineo de los cubiertos y el murmullo de sus padres.
Su madre, con los ojos inquisitivos, rompió el silencio. —¿Qué sucede, cariño?
Lucas apartó la mirada de su plato y encontró la preocupación en los ojos de su madre. —Nada, mamá, simplemente estoy satisfecho.
—¿Satisfecho? —su madre frunció el ceño—. Ni siquiera has tocado la mitad de lo que te serví. Tienes que comer, cariño, a veces siento que no te alimentas lo suficientemente bien —Elena expresó su preocupación, una constante en sus conversaciones.
—Tu madre tiene razón, debes alimentarte bien, tal vez esa sea la razón por la cual no estás creciendo —intervino su padre con una sonrisa suave, tratando de aligerar el ambiente.
La comida se enfriaba en el plato, y Lucas se sintió atrapado entre el deber y el deseo. —Solo estoy un poco cansado —admitió —. La semana pasada fue agotadora.
La madre de Lucas apoyó la mano en la suya. —Cariño, debes cuidarte. No puedes vivir solo de libros y notas. Hay más en la vida que eso.
Lucas miró a su alrededor. El reloj de pared marcaba las horas con un tic-tac constante. El mantel de cuadros, gastado por los años, contaba historias de cenas familiares pasadas. —¿Podría guardar la comida para más tarde, mamá?
Ella lo consideró. —Está bien, cariño. Deja el plato en la cocina, que yo me encargaré de guardarlo para ti.
Lucas se retiró del comedor y se dirigió a su habitación, con la esperanza de encontrar algo de paz y tranquilidad después de un día agotador. La madera crujía bajo sus pies mientras ascendía las escaleras.
La puerta de su cuarto se abrió con un susurro, y Lucas se dejó caer en la cama, cerrando los ojos. Las palabras de Emiliano resonaban en su mente como un eco persistente:
«He estado observando el comportamiento de Benji hacia ti, y ¿sabes a qué conclusión he llegado? Le gustas».
¿Realmente Benji sentía algo por él? La idea le parecía extraña, como si hubiera cruzado un umbral hacia un mundo desconocido. Benji, con su sonrisa cautivadora y ojos azules como el cielo en un día despejado, era un enigma. Había entrado en la vida de Lucas a través de Emiliano, pero ahora se encontraba en un territorio incierto.
Lucas recordó la primera vez que lo vio. Fue en el gimnasio del colegio, durante un partido de baloncesto. Benji se movía con gracia, su cuerpo esculpido por la práctica constante. Lucas había sentido una extraña conexión, como si sus miradas se hubieran entrelazado en un lenguaje secreto.
Se levantó de la cama y se asomó por la ventana. El sol se ocultaba tras las montañas, tiñendo el cielo de tonos rosados y dorados. El viento susurraba entre las hojas de los árboles, y Lucas sintió que el mundo contenía secretos que aún no había descubierto.
Benji era un chico tranquilo, alegre y simpático. Su cabello ondulado caía sobre su frente, y su risa resonaba como campanas en el aire. Pero, ¿cómo podía alguien como él sentir algo por Lucas? Un chico introvertido, amante de los libros y las fórmulas químicas, que encontraba refugio en su habitación.
Lucas se aferraba a las palabras como si fueran un salvavidas en medio de un mar embravecido. "Le gustas", resonaban en su mente, un eco que desafiaba su realidad. Recordó la pequeña discusión que había tenido con Emiliano durante el receso escolar, y el mundo se volvió más complejo:
—¿Qué? Eso no puede ser —susurró Lucas, incrédulo.
—¿Por qué no, Lu? Si a él le gustas y tú también llegases a gustar de él, ¿qué lo impide? —insistió Emiliano.
—No, eso no puede ser —tartamudeó Lucas, negando con la cabeza.
Emiliano frunció el ceño, disgustado.
—¿Qué estás diciendo? —exclamó con enojo.
—Por el simple hecho de que ambos somos hombres —respondió Lucas, angustiado.
Emiliano rodó los ojos ante la respuesta de su amigo.
—Pero ¿en qué mundo vives, Lucas? Tienes que entender que si dos personas del mismo sexo se gustan o sienten atracción mutua, no es nada extraordinario ni mucho menos un pecado. Es tan normal como una pareja heterosexual.
—Pero...
—No, Lucas, no hay peros. Abre tu mente. Nosotros no somos quienes para criticar o juzgar a los demás. Deja que las personas vivan su vida y amen libremente.
Lucas se encontraba atrapado en la mentalidad cerrada de una familia extremadamente conservadora. Los ideales de Lucas se basaban únicamente en lo que sus padres le enseñaban. Todo en su familia giraba en torno a su religión, además de la sobreprotección que ejercían sobre él. Esto resultó en un chico completamente inocente, privado de muchas cosas simplemente porque sus padres consideraban que ciertas cosas no eran correctas o que eran anormales.
Lucas era un pequeño ángel, tierno y libre de maldad, con una gran inocencia en un mundo lleno de malicia. Era una presa fácil para aquellos con malas intenciones que fácilmente podrían aprovecharse de él. Por eso, cuando Emiliano lo conoció, se prometió a protegerlo a toda costa de la maldad de los demás.

La semana había pasado más rápido de lo normal. Era un viernes del mes de marzo, pero no era cualquier viernes; era un día muy especial para el pequeño Lucas.
Lucas se encontraba en su habitación, la luz matutina filtrándose a través de las cortinas. Las paredes estaban pintadas de un azul suave, y el suelo de madera crujía bajo sus pies mientras se preparaba para ir al colegio. El aroma a pan recién horneado flotaba desde la cocina, mezclándose con la fragancia de las flores que su madre había colocado en la mesita junto a la ventana.
Los golpes suaves en la puerta anunciaron la llegada de sus padres. Elena y Cristopher, con ojos brillantes de emoción, se asomaron por la puerta. Sus rostros reflejaban el amor y la gratitud que sentían por su hijo.
—¡Feliz cumpleaños! —gritaron al unísono, y Lucas sintió un nudo en la garganta.
El rostro del menor se iluminó con una pequeña sonrisa. Sus padres se acercaron, y Elena lo abrazó con fuerza, como si quisiera protegerlo de todo mal. Cristopher, con una mano en su hombro, le miró con orgullo.
—Hace algunos años que Dios y la vida nos bendijeron con tu llegada, cariño —dijo su madre, y Lucas sintió un cosquilleo en el pecho.
Lucas cerró los ojos mientras soplaba las velas del pastel. Su deseo era simple pero profundo: quería que su familia siempre estuviera a su lado, compartiendo momentos como este. El teléfono de última generación que encontró en la caja era un regalo material, pero lo que realmente anhelaba era la conexión, la cercanía y el amor inquebrantable.
Sus padres le entregaron el regalo con una sonrisa. Cristopher le habló con ternura:
—Te lo mereces, eres un chico maravilloso. Confiamos en que lo usarás de manera adecuada.
Lucas asintió, sintiendo la responsabilidad en sus hombros. ¿Cómo podría honrar la confianza de sus padres? ¿Cómo podría hacer que este cumpleaños fuera inolvidable?
Cuando finalmente bajó al comedor, el aroma del pastel y la risa de sus padres llenaron el espacio. Elena le guiñó un ojo mientras soplaba las velas, y Lucas supo que este día quedaría grabado en su corazón para siempre.
Al llegar a la puerta de la escuela, Lucas vio a su amigo Emiliano esperándolo. El sol de la mañana pintaba de dorado los árboles y el aire fresco olía a tierra húmeda. Lucas se bajó del auto y se despidió de su padre, quien le dio un apretón de manos y una mirada llena de orgullo. Luego corrió hacia Emiliano, quien lo recibió con un abrazo cálido.
—¡Feliz cumpleaños, Lu! —exclamó Emiliano, sus ojos brillando de emoción.
—Gracias, Emi. Pensé que te lo ibas a olvidar —respondió Lucas, riendo.
—¿Cómo podría olvidarlo? Es imposible. —Emiliano sonrió y le dio una palmada en la espalda.
Juntos caminaron hacia el aula, donde las clases comenzaron. Emiliano luchaba contra el sueño durante la clase de literatura. Las palabras del profesor se desvanecían en un murmullo lejano, y Emiliano estaba a punto de caer en un sopor profundo. Lucas, siempre atento, le daba pequeños codazos para mantenerlo despierto.
"No te duermas, Emi."
"Presta atención, amigo."
Eran palabras sencillas, pero Lucas las decía con cariño. Emiliano agradecía tener a alguien como él a su lado. A veces, Lucas parecía entenderlo mejor que nadie.
Después de la última clase, Lucas se acercó a Emiliano con una sonrisa nerviosa.
—Adivina qué —dijo, sus ojos brillando.
—¿Qué pasa? —respondió Emiliano, aún medio adormilado.
—Mis padres me regalaron un teléfono celular —anunció Lucas, su voz temblando de emoción.
Emiliano se quedó sin palabras. Sabía que para Lucas, un teléfono era más que un simple dispositivo. Era una conexión con el mundo exterior, una ventana a posibilidades que antes estaban fuera de su alcance. Pero también sabía que los padres de Lucas eran reacios a la tecnología. Siempre decían que los teléfonos volvían a las personas adictas o idiotas.
Lucas sostenía el teléfono en sus manos, como si fuera un tesoro frágil. Emiliano notó que sus ojos brillaban con gratitud y asombro. Era un regalo inesperado, un gesto de amor que trascendía las palabras.
—Eso sería genial, Lu. Ahora podremos estar más en contacto —respondió Emiliano, la sonrisa de su amigo iluminando su rostro. Parecía un niño pequeño recibiendo un juguete o un caramelo. El rubio no pudo evitar sonreír también; Lucas era su rayo de sol en días nublados.
Emiliano sacó una caja de tamaño mediano de su mochila, cuidadosamente escondida para que Lucas no la viera antes. La extendió hacia él con una mirada traviesa.
—Toma, es para ti —dijo Emiliano, emocionado por la reacción que estaba a punto de presenciar.
Lucas, intrigado, tomó la caja entre sus manos. La textura rugosa del papel de regalo le hizo cosquillas en las palmas. Al quitar la tapa, los costados cayeron revelando una gran cantidad de dulces y chocolates favoritos de Lucas. Pero eso no era todo. También había mensajes escritos en papel y una foto polaroid que capturaba un momento feliz entre él y Emiliano.
Las lágrimas llenaron los ojos de Lucas. Era un gesto pequeño pero extremadamente significativo. Emiliano conocía sus gustos y deseos como nadie más. Se abalanzó sobre su amigo, abrazándolo con fuerza.
—Gracias, Emi. Esto es increíble —susurró Lucas, su voz temblorosa.
Emiliano le devolvió el abrazo, sintiendo el latido acelerado del corazón de Lucas contra el suyo. En ese momento, supo que había hecho algo especial. No eran solo dulces y chocolates; era el amor y la amistad que compartían.
Emiliano se apartó suavemente y acarició el cabello de Lucas, en ese momento pensó en lo afortunado que era de tener a alguien como Lucas en su vida.
—Ahora vuelvo enano, necesito ir al baño —habló Emiliano mientras se ponía de pie.
Lucas asintió y se dejó caer en el césped, cerró los ojos y disfrutó de la paz que reinaba en el colegio. El sol de medio día se filtraba a través de las hojas de los árboles, pintando el césped del colegio con manchas doradas. Lucas, con su cabello despeinado y ojos curiosos, esperaba ansiosamente a su mejor amigo, Emiliano.
Oyó unos pasos acercándose y supuso que era Emiliano. Pero cuando abrió los ojos, no era su amigo quien estaba frente a él.
—Lucas —alguien lo llamó por su nombre, y se sobresaltó.
—Tranquilo, soy yo —dijo la voz.
Lucas miró a la persona que le había llamado. Benji, el chico de cabello oscuro y ojos profundos, estaba allí. Su corazón comenzó a latir rápidamente. ¿Qué le estaba pasando? El nerviosismo se apoderó de él por completo.
—H... hola, Benji —saludó con voz temblorosa.
—¡Felicidades! —exclamó Benji, extendiéndole una bolsa de regalo—. Emiliano me dijo que era tu cumpleaños y solo pasé a darte un pequeño obsequio.
Lucas tomó la bolsa, sin apartar la mirada de Benji. Dentro de esta encontró un pequeño gato de peluche. Sus ojos se iluminaron al verlo. Benji sonrió, viendo cómo Lucas abrazaba con alegría al peluche. Era como si estuviera abrazando algo más que un simple regalo.
—Gracias, Benji. Es demasiado lindo —dijo Lucas, su voz llena de gratitud.
Benji observó a Lucas con una mezcla de ternura y curiosidad. El chico parecía un niño adorable y vulnerable, y Benji no pudo evitar sentirse atraído por esa fragilidad. Pero había algo más en Lucas que le intrigaba profundamente.
—Emiliano alguna vez me contó que amabas a los gatos —dijo Benji, rompiendo el silencio.
Era cierto. Lucas amaba a los gatos, aunque nunca había tenido uno en casa debido a la alergia de su madre al pelaje. Aun así, soñaba con adoptar uno algún día, o incluso varios. Benji había prestado atención a esos pequeños detalles, y eso lo hizo aún más interesante a los ojos de Lucas.
—Quiero... quiero tener un gato —confesó Lucas, sintiendo que se abría ante Benji de una manera que nunca había hecho con nadie más.
Benji sonrió, y su mirada se volvió más intensa. Acarició el peluche de gato en las manos de Lucas.
—Entonces, considera esto como un adelanto —dijo Benji—. No es solo un regalo. Es una promesa de que los deseos pueden hacerse realidad.
Lucas lo miró, sin comprender del todo. Benji se inclinó hacia él, y sus labios rozaron su mejilla en un suave beso. Fue un gesto inesperado, pero no incómodo. Lucas sintió que algo se movía dentro de él, algo que iba más allá de la amistad.
Benji se levantó, dejando a Lucas con el peluche en brazos y el corazón latiendo desbocado. Se alejó unos pasos, pero antes de desaparecer entre los árboles, se volvió hacia él.
—Feliz cumpleaños, Lucas.
Lucas acarició el peluche de gato, sintiendo su suavidad y la promesa que encerraba. Los regalos inesperados habían abierto puertas en su corazón, y ahora debía decidir si estaba dispuesto a cruzarlas.
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