Capítulo 12

Hace muchos años, en el norte del país, había un próspero reino cuyas joyas eran el castillo y la princesa que algún día sería coronada reina.

La princesa, de nombre Aíne, era una joven de gran belleza. Su cabello era de un color tan rojo, que muchos pensaban que esta hecho por los rayos del sol al atardecer, sus ojos eran de un ámbar que parecía dos piedras preciosas y su corazón estaba lleno de lealtad y amor hacia su pueblo y su gente.

Su más fiel soldado se llamaba Adam, quien además era el capitán del regimiento y aunque era un hombre valiente, no se atrevía a expresar sus sentimientos hacia la princesa, pues él era perfectamente consciente de que la princesa Aíne sólo podía desposarse con alguien de la realeza y a pesar que fueron muchos los príncipes y reyes que pidieron su mano en matrimonio, ninguno había logrado tal proeza, pues nadie parecía ser digno de ella y aunque eran muchos los que pensaban que la princesa era delicada y sumisa, en realidad era todo lo contrario, ya que su educación fue supervisada por tres de los hechiceros más poderosos del mundo, los cuales formaban parte de la Orden de la Magia, y su manejo de la espada y el arco había sido minuciosamente vigilada por el propio Adam.

Un día, un desconocido encapuchado llegó al castillo exigiendo la mano de la princesa, pero lejos de obedecer, la princesa se negó rotundamente a desposarse con aquel extraño, pues unos días antes, los tres hechiceros le habían advertido a la joven que si un forastero le exigía su mano en matrimonio, debía rechazarlo, pues se trataba de un rey guerrero tan malvado que de él se decía que en realidad era el rey de los duendes, pero que solía ocultar su identidad bajo un disfraz de humano que le habían creado dos duendes hechiceros que practicaban la magia prohibida.

Tras rechazar al extraño, este dio a conocer su verdadero rostro bajo su disfraz resultando ser Zelmo, el rey de los duendes y cuando estuvo a punto de atacar a la princesa, esta se defendió con fiereza hasta que que Zelmo acabó con su vida tras unos minutos de lucha.

Entonces, Adam, quien había escuchado el choque de las espadas se dirigió al salón del trono y al ver el cadáver de la princesa soltó un grito desgarrador antes de desenvainar su espada para comenzar la pelea contra el rey de los duendes, pero antes siquiera de cumplir con su objeto, una nube de humo envolvió al villano haciéndolo desaparecer al instante.

Adam corrió hacia el cuerpo sin vida de la princesa, se arrodilló y comenzó a sollozar por su destino final, de repente, aparecieron los tres hechiceros junto a una mujer de mediana edad.

-Salvadla, os lo suplico- pidió Adam roto de de dolor.

-No podemos hacer nada, hijo- dijo uno de los hechiceros.

-En realidad...- comenzó a decir la mujer-. Si que podemos hacer algo por ella.

-¿El qué?- quiso saber Adam impaciente.

-Podemos extraer su alma.

-¿Cómo decís, señora?, ¿acaso no está muerta?

-Si que lo está, querido. Pero su alma permanece en ella y solo tenemos unos minutos antes de que esta decida partir hacia el Más Allá.

-Existe un conjuro para ello- señaló otro de los hechiceros.

Durante unos pocos minutos, para los que a Adam le parecieron horas, vio que el alma de la princesa Aíne abandonaba su cuerpo y desaparecía de la vista de todos los presentes de la sala.

-¿A dónde a ido?- quiso saber el soldado.

-No se sabe, muchacho- contestó la mujer.

Tras lo sucedido, el pueblo lloró la muerte de su amada princesa pero por miedo a que Zelmo volviera para acabar con la vida de los aldeanos, estos prefirieron marcharse del reino. Por otro lado,  Adam decidió dedicar su vida a combatir, mientras que los hechiceros volvieron con sus hermanos de la Orden de la Magia, pero antes de partir, los tres decidieron que el castillo, el cual había sido el hogar de la princesa, se mantuviera oculto de las miradas curiosas hasta el día en que alguien de corazón valiente rompiese la maldición.

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