Un castillo de cuento

Rose no dio crédito a lo que veían sus ojos, ante ella se encontraba uno de los castillos más grandes que había visto en su vida y lo que lo hacía aún más asombroso era que no había nadie por los alrededores y Rose decidió entrar en él para saber si alguien vivía allí. Nada más entrar vio que la estancia estaba cubierta de polvo y telarañas, además del hecho de que parecía que se iba a derrumbar.

De repente, Rose volvió a escuchar la voz que había oído antes de internarse en el bosque y dicha voz la estaba llamando desde la planta superior y como la curiosidad de Rose ya se había avivado no tardó ni un segundo en subir por unas escaleras que parecían conducirla hasta el mismo cielo. Nada más llegar al final de las escaleras, la joven volvió a escuchar de nuevo la voz que la llamaba desde el fondo del ala este, pero a medida que caminaba por aquel pasillo oscuro, Rose no pudo evitar sentir que alguien la observaba y efectivamente así era, pues cuando la joven giró la cabeza hacia la pared de la izquierda se encontró con cientos de retratos cuyos ojos no dejaban de observarla, pero hubo un retrato en particular que llamó mucho la atención de Rose, en él había una pareja, la mujer parecía tener más o menos la edad de Rose, tenía el cabello suelto de color rubio ceniza y los ojos castaños que transmitían sabiduría e ingenio, portaba un vestido blanco adornado con rosas rosas, mientras que el hombre tenía el cabello del mismo color que la mujer, pero a diferencia de ella tenía los ojos más azules que Rose había visto en su vida que transmitían amabilidad y generosidad y sus ropajes eran del mismo color que sus ojos.

Rose no pudo evitar pensar que había algo familiar en la pareja del retrato, pero antes de que pudiera seguir analizando el cuadro un poco más, una voz muy conocida interrumpió sus pensamientos:

-Hola Rose, me alegro de que hayas llegado-.

Al darse la vuelta Rose se encontró cara a cara con Ágata, la cual parecía estar muy feliz de ver a su joven amiga.

-Ágata, ¿qué haces aquí?, ¿qué es este lugar?- preguntó Rose alarmada.

-Mi querida niña, me parece increíble que no sepas donde estás, ya que este es el castillo que siempre has querido ver- respondió la anciana acercándose a la joven.

-Dios mío no puede ser, tú me trajiste hasta aquí, era tu voz la que estuve escuchando en el bosque-contestó Rose recordando aquel episodio que la llevó hasta donde se encontraba.

-Es cierto pequeña, lo hice para saber si eras digna- admitió la anciana.

-¿Digna?, ¿digna de qué?- cuestionó la muchacha extrañada.

-Digna para vivir la aventura que llevas deseando toda tu vida- respondió Ágata.

En ese momento como por arte de magia, Ágata empezó a convertirse en una mujer joven y bella pues su piel paso de estar arrugada y marchita para volverse tersa y suave y su cabello dejó de ser blanco como la nieve para volverse de un color rubio como si estuviera echo de oro, además que su ropa se había convertido en un gran vestido de color dorado, entonces Rose no pudo contener su asombro, pues estaba ante la Hechicera.

-Verás Rose, el motivo por el que te hice venir a este castillo fue para ver si eras capaz de cumplir las promesas y me has demostrado que así ha sido, por eso he decidido recompensarte- contestó la Hechicera.

Al principio la joven no sabía de qué estaba hablando pero entonces lo recordó, la rosa que le había regalado, Ágata le hizo prometer a Rose que siempre cuidaría de la rosa pasara lo que pasara incluyendo el evitar que los lobos la destrozaran.

-¿Qué recompensa?- preguntó Rose con curiosidad.

-Bueno, ya que amas tanto la historia de la Bella y la Bestia, he pensado que podrías vivir la verdadera historia que dio origen al cuento, además que descubras por ti misma un secreto que hará que tu vida cambie para siempre- respondió Ágata al mimso tiempo que cortaba el aire con su varita mágica haciendo quede la nada apareciera un portal mágico.

-Tú decides cariño tendrás la oportunidad de demostrar tu valentía, tu amistad y tu generosidad.

Al final, Rose empezó a meditar sobre la situación en la que se encontraba, por una parte tenía miedo y deseaba volver a casa, pero por otra parte su corazón le decía que debía aceptar el regalo de Ágata y de paso descubrir aquel secreto que le había mencionado su nueva amiga.

-Ya he decidido- anunció Rose posando su mirada a la Hechicera.

-Entonces, ¿qué vas a hacer?- preguntó Ágata a la joven aún sabiendo la respuesta.

Rose no respondió, sino que con una gran sonrisa se adentró en el portal con la ilusión de vivir la mayor aventura de su vida.


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