CAPITULO 14

MATILDA
Solo sé, que negaba.
Mis labios, no.
Porque no gesticulaba palabras.
Pero, mi mente y cabeza, sí.
Decía que no con ella, cuando en su demora para terminar de alistarse el profe en su habitación, pensaba en todo como una gran locura apoyada sobre una pared a su espera.
Continué, diciendo que no.
Cuando su puerta se abrió y por más que mi cerebro quiso engañarme hacia donde íbamos, ante la visual que me regalaba de él.
Ahora de pantalón de vestir y corbata a tono.
Lejos de esas simples camisetas, jeans y ropa de abrigo como gorra de lana oscura, tipo muchacho busca pleito.
Con una camisa de un blanco pulcro y perfecto que sobre los puños de esta, prolijamente abotonados, muestran de forma mezquina la visual de unos lindos tatuajes de la vieja escuela llenando parte de sus manos como resguardando y velando con su tela y su largo el tapiz de estos, en sus brazos que sin exceso son trabajados.
Moviendo esos mayúsculos hombros rectos en forma lenta y todo él sincronía con cada paso que da en dirección a sus cosas y ya con su maletín en mano guardando, sin un atisbo de sacarlo de su eje de serenidad a mi constante negativa.
Para luego, abrir la puerta de entrada y con un ademán me invita a salir como seguirlo, una vez fuera de su departamento por más que prosigo negando sin estar de acuerdo.
Y continué haciéndolo, descendiendo por el ascensor y aún, subiendo a su camioneta estacionada en la calle.
He inclusive, en todo el camino y abrazando más contra mi pecho, el bolso con mis libros hasta el punto que un dolor de cuello me amenazó de tanta negación mía.
Lo juro.
Una, que se detuvo al llegar y como la vez de su departamento, hora después del incidente de mi coche en la carretera.
Y ante mi nula reacción.
El profe.
Tranquilo y como si nada al notarlo y tras acomodar mejor sus lindos lentes, desciende acomodando con una mano su pelo algo largo arriba, pero cuidadosamente cortado y corto a sus lados.
Rodea su coche y saludando lo justo y necesario a alumnos que cruza que, de una sonrisa tímida de buenos días a él, pasan a una de asombro al ver que está acompañado.
Y que a esa compañía le abre la puerta para que descienda.
O sea, yo.
- No soy estudiante. - Me excuso, intentando seguir sus pasos por los senderos del campus, seguido a los corredores como escaleras del pabellón.
Calculo que a su aula, esquivando la multitud de verdaderos estudiantes yendo y viniendo dentro.
- Será una oyente. - Responde tranquilo y sin siquiera voltear hacia mí, como romper su ritmo de paso mientras verifica la hora de su reloj pulsera en el trayecto.
Elevo mi bolso y lo sacudo, aunque no mire, casi a la par de él.
- No tengo los libros, ni carpeta profesor, ni...
Se detiene de golpe interrumpiendo mi descargo, causando que mi frente golpee su espalda entre todo el gentío estudiantil.
Pero no por mi manifestación, aún negativa a todo esto.
Sino.
Por la interrupción de alguien, cruzándonos a mitad de pasillo.
Supongo algún subalterno del edificio, alcanzándole mediante saludo por medio lo que parece una carpeta.
No se inmuta ante mi choque.
Solo en regalarme el alzamiento de su ceja derecha por eso.
Pero se vuelve a su interlocutor acomodando dicha carpeta bajo el brazo y en agradecer con una palmada en el hombro a su compañero con una corta charla.
Para luego retomar la caminata mientras yo, sigo palpando mi frente por el golpe y acomodando mi gorrita de lana que se movió por el choque.
- ¿Tiene bolígrafo? - Me pregunta retomando su camino a clase pero aminorando la marcha, al notar que realmente me cuesta seguir su ritmo.
¿Eh?
No entiendo.
Pero igual hurgo en mi bolso que llevo colgado delante mío y se lo ofrezco.
Se detiene al verlo frente suyo y lo imito, y una pequeña sonrisa aparece a un lado de sus labios.
Muy bonita, por cierto.
- Es suficiente. - Solo murmura como toda respuesta, satisfecho y respondiendo a mi excusa anterior de ir a una clase, reanudando sus pasos mientras su mano libre hace una seña para que la vuelva a guardar y lo siga.
¿Solo el bolígrafo es suficiente?
Y ya no aguanto esta situación.
- ¿Usted, no entiende verdad? - Suelto.
Se detiene otra vez.
Por mi voz algo acusatoria y porque, no continúo siguiéndolo.
Una cierta distancia nos separa.
No mucha.
Pero siempre.
Colmándonos esa música que nos rodea a ambos, siendo tan familiar como gratificante.
Él por ser profesor.
Y yo en el pasado, una estudiante.
La de docenas de estos, interrumpiendo y pasando entre nosotros que por la hora pico con charlas entre ellos en grupo o simplemente, solitarios y en su mundo.
Siempre ese murmullo típico y estudiantil flotando sobre nosotros llenándonos.
Pero con el suficiente espacio para que al voltear hacia mí, quede expuesta a su mirada castaña tras sus lentes y escaneo de toda mi persona por él.
Entre curioso, serio y atento.
Esperando.
Mis hombros caen y mis ojos se detienen en un mediano afiche publicitario al ver que espera una respuesta por eso.
Realmente, lo espera.
Y una coherente como devolución.
Y por ello y aún, con mi vista en ese punto fijo del anuncio de papel y en un lado de las paredes del gran corredor, cual con sus caricaturas infantiles y bonitas de varios niños tomados de la manos alrededor del mundo con sus etnias como su cultura destacándose, pero con la misma sonrisa de felicidad por todos ellos.
Pidiendo en su campaña que no nos olvidemos de donar sangre.
Ya que donar da vida y roba sonrisas.
Una que me contagia y dibujo en mis labios.
Pero, por otro motivo es algo pequeña.
Leve.
Y con un dejo de tristeza con gusto a resignación.
Sip.
Porque la sonrisa siendo una forma de expresar facialmente un sentimiento de satisfacción, como diría su definición.
Descubrí, que también saben a través de los sentimientos que te embarguen y reflejes con ella.
A un buen plato de comida.
Y en este caso, esta leve y algo triste sonrisa mía, me recuerda a una que no me gustó demasiado tiempo atrás.
Mucho tiempo atrás.
El plato de consomé de pollo que me ofrecieron a mi hermana y a mí, de niñas tras la muerte de nuestra madre biológica por una sobredosis de drogas con ingesta de alcohol.
Nuestro único familiar.
Que y pese al delicioso sabor de ese potaje caliente ofrecido por una agente del juzgado de menores entre mis manos y agradecida como confundida , igual sonreí bebiéndolo esa madrugada.
Pero el dejo amargo en esa sonrisa y en mi estómago, palpitó con cada cucharada siendo tan niñitas, mientras esperábamos a la buena de Dios nuestro destino junto a Clara ese día y por más que esa sopa estaba buena con su sabor.
Gusto y sensación que vuelvo a sentir ahora.
Porque jodidamente el profesor me ofrece como esa agente del juzgado.
Y mi mirada vaga por este maravilloso pabellón de Literatura.
Otro plato de deliciosa y tentadora, sopa de pollo.
Que me sabía sobre la mirada como gesto de cariño de ese delegado público de menores, al igual que ahora el profe a que estudie.
A incertidumbre, pese a sus alentadoras palabras a un lindo futuro deparándonos con mi hermana.
Algo que anhelo muy confundida, pero mi realidad es otra.
Y más que golpearme es una obligación con amor.
Mi destino.
Mis ancianos padres solos a cientos de kilómetros de acá.
Y por ende y por más que es suculento como sabroso en su momento ese potaje caliente y en este momento estudiar.
Me sabe.
A amargura como la sonrisa que llevo y en solo pensarlo.
Mi mirada vuelve a él mordiendo mi labio con fuerza para que con ese dolor, mi sistema se concentre en él y no, en las lágrimas que amenazan mis ojos y ese deseo oculto que yace en algún rincón de mí, callado esperando y el profe alimenta sin saberlo.
Niego.
- Mis padres son ancianos... - Logro decirle, enjugando una caprichosa lágrima que asoma. - ...soy sola... - Me cuesta nombrar a mi hermana que ya no está.
Aparte, es un desconocido y que le va a importar.
- ...yo...no puedo... - Rechazo el pañuelo que me extiende al acercarse algo y elevo mis hombros, para luego dejarlos caer mientras sonrío triste.
Lentamente asiente, porque creo que entendió.
Y aunque su postura es casual.
Esa quietud de su cuerpo y la intensidad de su mirada seria en mí, no.
Está silencioso y como si su mente trabajara horas extras en sus pensamientos deliberando algo.
Para luego, reanudar sus pasos y otra vez con su mano libre en alto, hacerme otro gesto con seña.
¿Qué lo siga?
¿Pero qué, carajo?
Pestañeo.
¿Acaso, este hombre no entendió nada?
Y sobre un bufido exhalando aire desganada y mirando el bendito techo en madera y material del segundo del edificio, para luego al profe.
Lo hago.
Y no tengo idea, el por qué.
Ya que, él impone sin ser una orden.
Porque todo el profesor irradia respeto y obediencia lejos del sometimiento.
Entre cálido y rojo corazón sobre su seria marca registrada de pocas palabras y seriedad.
Creo.
Pero de algo, sí, estoy segura.
Por más que no es hablar mucho y con su semblante como modo tan formal para dirigirse y de trasero, que tiene hacia los demás.
Él escucha.
Es mi conclusión mientras suspiro y obediente escolto con cada paso que doy, su fuerte y alta espalda caminando delante mío.
Mismo corredor.
Mismos estudiantes pasando.
Hasta una primer puerta abierta que encontramos y se introduce conmigo detrás.
La sala de fotocopiado.
Habla con la chica encargada, quien le sonríe amable tras la mesa de atención mientras de su maletín apoyándolo en este, busca una hoja en blanco y de tamaño A4.
Y solo capto por ver sobre uno de sus hombros, que se limita con su pluma en hacer un pequeño círculo en su centro.
¿Eh?
Seguido luego a pedir a la muchacha que haga varias docenas de fotocopias de eso.
Y yo lo miro raro por eso.
Porque, ¿Qué va hacer con tantas hojas y solo, con un simple punto negro dibujado en el medio de ellas?
Pero la muchacha, no.
¿Acostumbrada?
Hago una mueca afirmativa.
Ya que, parece que si es normal.
Y mi gesto curioso pasa a asombro cuando sin preámbulos y como si yo no existiera ni fuera parte de ellos dos y el lugar.
La chica de la fotocopiadora sin siquiera tenerme en cuenta y fuera un decorado de la habitación.
Pero qué, perra.
Y con cada copia que sale de la fotocopiadora comandada por ella bajo la lucecita de esta con su ir y venir.
Mujer rubia de poco más edad que yo.
Agradable a la vista y sobre todo a la masculina con su ajustado pantalón claro y una por demás blusa de invierno estrecha, definiendo muy bien el contorno como redondez de sus pechos de talla mediana como cintura.
Intenta entre hoja y hoja copiándose y acomodando una sobre otra, mediante sonrisita por medio de sus labios con brillo labial rosa, hablar con el profe y sacarle información si saldrá este fin de semana próximo al bar de siempre.
Supongo uno, donde todos son habitué en ir y verse para pasar un momento agradable.
¿Verse?
Y algo extraño descompone mi estómago con un tipo gruñido descontento ante esa palabra que me repite mi cerebro.
Palpo mi vientre.
¿Y eso?
¿Tendré hambre?
¿O ganas de ir al baño?
Gimo ante esto último.
Y lo hago más, cuando mi interior ríe de mí y razono.
Por ciertos celos que me abruma en imaginarlos juntos.
Mierda.
Dios querido, no.
Miro mis pies con mis viejas, pero lindas botitas de invierno que llevo puesto.
Porque, sería muy vergonzoso eso y me niego a que ocurra como sentirlo.
No. No y no.
Pero el silencio de ambos, hace que eleve mi vista ante la prolongada respuesta que nunca llega, de la pregunta de ella hacia el profesor.
Para encontrarme con la mirada de él.
Calor.
Porque está, totalmente mirándome de forma seria, pero.
¿Con destello de diversión en ella?
Más calor.
Uno que arde y pica mis mejillas.
¿Será porque, escuchó el gruñido de mi vientre?
Y se dio cuenta de esta sensación de mis supuestos celos?
¿O solo lo hace, ya que fui testigo de ese coqueteo con su compañera de trabajo y soy la quinta pata de esta mesa?
Ni idea.
Solo se limita en acomodar algo sus lentes y una vez que la chica le entrega la docenas de copias, silencioso recibirlas como agradecer de forma cortés estas.
Y sin nunca contestar su duda a ella.
Raro eso.
Para luego, sobre una última mirada a mi persona, retoma la salida de la sala de fotocopiado con otro gesto mientras se marcha.
Adivinaron.
Con otro ademán, pidiéndome que lo siga.

SANTO
Saludo con mi barbilla a cada alumno que ingresa a mi salón de clases, sobre mi espera y cruzado de brazos en la puerta totalmente abierta.
Y a mi lado.
Todavía indecisa y con aire algo tímido, de la señorita Matilda aguardando como mirando cada estudiante que entra a este, cual tras el último con mi mano libre la invito a que ingrese también.
Y quiero reír, pero me abstengo al notar su rostro de pocos amigos que me regala, pero obediente acata mi pedido y la sigo paso más atrás.
A mi musa.
Aunque esta mujercita no lo sabe y de carácter algo díscolo que empiezo a descubrir.
Como tampoco, yo jodidamente me lo creo en referencia a eso.
Pero no deseo por ahora entrar en detalle como sentarme en una mesa y café de por medio a conversar de este tema con mi inconsciente o analizarlo junto a mis sábanas esta noche, como lo que sigue y que estoy a punto de hacer, modificando totalmente mi clase y mandando al diablo el programa.
Porque al escuchar su excusa y esa mirada triste como dulce que me partió en dos, pese a que fingí, cuando se excusó por no ser parte de esto en no poder seguir estudiando y solo me mantuve serio mirando como escuchándola.
Porque, siento que hay algo detrás de todo eso.
Algo me lo dice, pero no tengo idea que mierda es y por más que me considero bueno para observar como leer las expresiones corporales desde el habla mismo y hasta como se expresa sobre sus escritos las personas.
Y por ello, desde el contratiempo desde la carretera con esa famosa causalidad, mi calma y donde es extraño que alguien me saque de mi eje de tranquilidad.
Como después, apropósito ignoré sus contantes y dramáticas negativas desde mi departamento hasta aquí, cuando le propuse que me acompañe a una de mis clases, tras ese percance algo caliente de mi salida de la ducha.
Uno, en una postura algo peculiar en el piso por secar esas raciones de agua con su toalla de total sumisión, pero a la vez sorprendida mirándome desde abajo arrodillada por hallarla así.
Y yo.
Observándola desde arriba y frente a ella.
Y aunque lo disimulé sobre el precario y escaso largo cubriendo las zonas que tenía que hacerlo con mi limitada e insuficiente toalla que rodeaba mi cintura y que, con su tela corriera el gran riesgo que una erección por su postura y se dibujara como hinchara por ella mi pene, pidiendo atención.
Sacando eso.
Fueron por escasos segundos.
Pero estos, al fin.
Que olvidé ese tormento que me crucifica desde hace seis meses.
Donde tuve sexo y del mucho sea en Marqués o no, que se me presentó.
Pero, jamás.
Nunca y enterrado en el interior de una mujer, mientras lo hacíamos.
Y aunque, lo disfruté.
En absoluto y por más que lo pedía, bajo gritos internos.
Hasta rogando por ello, sea en el cuarto o una cama de una habitación cualquiera gozando tanto esa mujer como yo en mutuo acuerdo.
Yo, nunca podía sacar de mi mente.
Mi tristeza.
Ese dolor que llevo en mi interior.
Por eso, la observo mientras se acomoda en uno de los pupitres libres que le señalé y saluda de forma algo tímida, mientras pido silencio al resto estudiantil.
Ya que, esta simple muchachita que apenas llega a mi pecho.
Muy abrigada por el frío polar que hace.
Pelo corto estilo masculino y que cubre su siempre gorra de lana clara y lejos de todo maquillaje con sus expresiones aniñada.
Tan simple, pero agradable a mi vista.
Que y con ese incidente sumiso.
Me haya, no solo excitado como hace mucho no lo hago.
Sino, también.
La sensación de esos escasos pero lindos segundos de olvidar todas mis penas.
Sí.
Todas ellas.
Y sobre mis pensamientos de control interno de poseerla de forma desmedida y la necesidad imperiosa de que me sienta también y sin corbata.
Que toque mi piel desnuda con sus pequeños dedos.
Darme cuenta, que imaginando ello.
No solo, me produce placer, dominio y satisfacción.
También.
Docenas de páginas para escribir, aflorando mi capacidad de componer más historias y hasta detallando ese momento, pero lejos de mi fetichismo.
Al contrario.
Para idolatrar ese momento volcado en una página.
Porque, jodidamente ella es.
Vuelvo a mirarla con disimulo mientras aclaro y carraspeo mi garganta, para tener la atención de todos.
Mi musa.
Y carajo, porque no puedo creer lo que voy decir.
Mía.
Y no, por pertenecerme en cuerpo.
Todavía...
Más bien, por el simple hecho de adueñarse sin mi permiso de algo mío, que ahora le corresponde y es totalmente suyo.
Y tal motivo como evento la hace mía.
Ya que lo es desde el alma y porque se convirtió sin darse cuenta.
En mis poesías...

MATILDA
Me indica que tome asiento en unos de los primeros pupitre, pero extremo contrario a su escritorio y obedezco, por más reticente que estoy observando algo tímida a sus estudiantes que toman como yo un lugar, mientras recorro el aula con mi vista.
Siento su mirada sobre mí, tan solo por un instante y por más que no lo miro estando ocupada en acomodar mi bolso a un lado de mi pupitre.
Como, si me tocara físicamente con ella.
Reflexionando.
Creo.
Hasta que su voz gruesa y potente llama al silencio y la atención de todos, tras saludar.
- Prepárense, para un examen sorpresa. - Suelta, caminando en dirección a su mesa muy tranquilo y como si nada, frente a la mirada y estupor de sus estudiantes ante sus palabras.
Y un leve murmullo de miedo, sobrevuela el lugar y hasta algo de pena siento.
Porque son un verdadero fastidio, este tipo de test y onda parcialitos que los profesores a través de ellos, averiguan y analizan el grado de nivel de estudio de cada alumno académico.
Suspiro, porque todos expresan sobre su descontento por ello y hasta con cierto nerviosismo, ya que acusa que nadie estudió de las clases pasadas.
Y miro al lindo pero exigente profesor dueño de mi estrés últimamente, que no se inmuta ante ello y que de un montón de hojas.
Dichos exámenes, calculo.
Sacados de su maletín, distribuye la cantidad por fila de pupitres y pidiendo que estas, se repartan como pasen al compañero detrás.
Y al llegar a mí.
Me los extiende.
- Usted, también lo va hacer. - Ordena, depositando una en mi pupitre y que el resto, pase al estudiante detrás mío y así, sucesivamente.
¿Qué?
Mi boca cae y hasta se desencajan mis ojos.
Pero hace caso omiso a eso y elevo mi mano, para llamar su atención mientras camina el ancho del aula, cruzando sus brazos y por tal acción, un poco los puños de su camisa se elevan y muestran algo de sus brazos tatuados, catapultándolo de profesor serio a uno sexy y peligroso.
- Hoy no proseguiremos con el programa... - Mira a todos, pero no a mí, que mantengo mi mano en alto todavía.
Pero, que patán.
Y pese a ignorarme completamente como las quejas de sus alumnos por esto, caminando en dirección a su escritorio para tomar asiento mientras mira su reloj y saca un libro del interior de su maletín.
- Tienen un módulo, gente... - Abre este, utilizando como base una de sus piernas cruzada encima de la otra, para leer lo que dura el examen con postura relajada. - ... comiencen por favor. - Pide, dando por hecho y terminado todo tipo de quejas.
Lo cual, todos obedecen y comienzan.
Solo el sonido de dicha y única hoja, se siente por ser dada vuelta sobre el silencio hermético que llena el salón bajo otro y eventual búsqueda de bolígrafo u elemento para la escritura.
Y yo, sigo con mi mano en alto.
- Profesor... - Llamo.
- ¿Si, alumna? - Se limita a preguntar, sin interrumpir su lectura y dando vuelta con calma la siguiente página para seguir.
Sigue, sin prestarme atención.
Gruño para mis adentros.
Porque me lo hace apropósito.
Cabrón.
- Justo eso. - Digo. - No soy su alumna... - Justifico, señalando la hoja de mi examen que aún permanece boca abajo como él la dejó.
Al fin se digna a elevar sus ojos y mirarme a través de sus lentes, bajo el silencio curioso de todos y nuestra falta en ponernos de acuerdo entre profesor y yo.
Una supuesta, alumna suya.
Observa lo que nos rodea.
- ¿Esto, qué es? - Me pregunta.
Miro a un lado confundida, porque no entiendo y otra vez a él.
- Un aula. - Respondo extrañada y noto como apenas sus labios se curvan hacia arriba.
¿Se sonríe?
- ¿Y por lo tanto? - Se señala con el lomo del libro, que sostiene en sus manos.
Hago una mueca pensando.
- ¿Su clase? - Dudosa.
- ¿Y usted, dónde se encuentra señorita en este momento? – Prosigue, volviendo abrir el libro para retomar su lectura.
Mierda.
¿A dónde diablos, quiere llegar este hombre?
Me encojo de hombros.
- ¿En su asignatura? - Titubeo. - ¿Clase? - Respondo desconfiada.
- Exacto. - Me elogia, sin dejar de leer y su vista totalmente abocada a su lectura dejada.
Dejándome con un mar de improperios tragándome y por escupir en su lindo rostro, cuando me da por entendido que estando dentro de su clase.
Inclino mi cabeza más dudosa y dando de mala gana, vuelta la hoja de examen.
Que todo él, me dice que está muy atento a algo.
Como si le perteneciera y sería.
¿Una alumna más?
¿Pero, por qué?
Pero, no tengo tiempo de analizarlo, ya que al bajar mi mirada a la hoja que ahora sostengo entre mis dedos.
Me topo y por eso miro sin poder creer a los demás estudiantes y sus respectivas hojas por ello.
Que me confirman.
Lo que yo también tengo como contenido de evaluación y mirando las suyas, también dudosos.
Porque, son las copias que hizo el profesor momentos antes.
Y solo conteniendo casi en su centro y como todo examen, sin pregunta alguna.
El jodido punto negro hecho por él, con el bolígrafo.
- Quiero que solo escriban, que es lo que ven en sus hojas... - Interrumpe el profesor, al ver las expresiones de sus alumnos y como toda data de la prueba reanudando su libro.
Estamos confundidos, pero obedecemos su extraña orden y examen.
Y comenzamos a escribir.
Algunos con escritura poca por analizar con sus reflexión a la temática.
Otros, mucho y hasta el punto de utilizar como continuar en su parte trasera.
Y yo, mirando a todos cada tanto entre palabra y palabra que vuelco y me parece la correcta de escribir en la hoja.
Y donde, un par de veces elevando mi vista.
Mierda.
Choqué con la del profe observándome detenidamente mientras lo hacía.
Entre curioso y vuelvo a repetir.
¿Divertido?
Para luego, retomar su lectura como si nada.
Hombre extraño.
Casi una hora pasa cuando el timbre que suena del corredor avisa el fin del módulo.
Y con ello el profesor deslizando su silla para ponerse de pie, pide la entrega de los exámenes que le vamos dando mientras volvemos a nuestros pupitres.
Seguido luego y apoyado sobre el borde de su mesa con estos en sus manos, comienza a leer en voz alta las respuestas que cada uno dimos y frente a todos nosotros.
Y cual todos, sin excepción y me incluyo.
Escribimos sobre el punto negro fotocopiado tratando de explicar desde su posición casi en el centro de la hoja y hasta su forma como tamaño de este.
Tras leer todos y bajo nuestro silencio escuchándolo atentos, el profesor haciendo a un lado sus lentes para masajear sus ojos con sus dedos y en el proceso, dejando los exámenes sobre un lado de él y escritorio.
Acomoda estos, otra vez en el puente de su nariz para mirarnos.
Me desinflo.
Corrección.
Porque otra vez a mí, no.
Me ignora olímpicamente el cretino, mientras explica cruzando sus fuertes brazos contra su pecho.
- No voy a calificarlos ni evaluar esto... - Dice, bajo las exclamaciones de todos felices. - ...solo quería darles algo en que pensar...
Y ahora.
Mierda.
Su tono como mirada, sí, está en mí.
Y una presión por eso, pincha mi pecho de una forma agridulce.
Niega desconforme sin jamás abandonar el nivel de su mirada sobre la mía.
- Absolutamente nadie escribió sobre esa parte blanca de la hoja... - Prosigue, sin abandonarme sus ojos castaños.
Mierda.Mierda.Mierda.
Y más, de esa casi dulce presión por sentirla punzándome y provocando que estruja entre mis dedos mi bolígrafo algo nerviosa hasta el punto de costarme tragar saliva.
- ...todos se concentraron en el dichoso punto negro... - Ahora, recorre con su vista a todos que afirman ante ese error. - ...y eso es lo que sucede en la vida misma... - Prosigue. - ...porque muchas veces, solo nos detallamos en determinados puntos negros.
Eleva su mano mostrando de forma abierta esta a todos nosotros, mientras hace unos pasos y enumera, bajando un dedo por vez con cada cosa que recita.
- Problemas de salud, falta de dinero... - Explica. - ...relaciones complicadas con algún familiar... - Se encoje de hombros. - ...y hasta por qué, no? La decepción de algún amigo...
Todos asienten, empezando a comprender y muchos sonreír por ello.
Y el profesor, creo que también.
- Jodidos puntos negros... - Continúa. - ...que en realidad... - Camina en mi dirección.
Re mierda.
- ...son... - Se detiene a una cierta distancia, pero profundamente mirándome mientras pone sus manos en los bolsillos de su pantalón de vestir. - ...pequeños puntos oscuros comparado con todo lo demás que tenemos en la vida. - El turno de mostrar el gran espacio en blanco a comparación de este, al indicar las limpias superficies de la hojas que descansan en su escritorio. - Que mancha nuestras mentes y entristece nuestro corazón...
Hace un paso.
- ¿Entonces? - Pregunta a todos, pero se gira otra vez hacia mí, y mis mejillas arden al notar otra vez su mirada profunda.
- Ignoren el punto negro de sus vidas...- Nos dice.
Pero, yo siento que me lo dice.
- ...y solo, disfruten cada momento que la vida les da...porque, hasta donde sabemos es una... - Finaliza.
Y me sigue mirando a mí.
Por eso, un hilo de lágrima recorre un lado de mi mejilla.
Emocionada como algunos estudiantes al escuchar la lección.
Pero yo, porque ahora comprendo donde el profesor quiere llegar y carácter, por demás rarito que tiene.
- ¿Se entiende? - Pregunta, sobre la aprobación de todos y el segundo timbre anunciando el termino de módulo de esta clase.
Y yo también asiento, cuando me busca con la mirada interrogante.
Y donde esta vez cuando se acerca, si acepto el pañuelo que me vuelve a extender y le sonrío entre sollozos limpiando mis lágrimas.
- Comprendí, profesor... - Digo convencida y entre llorosa por llegar tan profundamente en mi sus palabras y reflotando muchas emociones que venía guardando y reprimiendo dentro de mí, por casi seis meses por mi hermana Clarita.
La comisura de su labio se vuelve alzar al escucharme y sobre sus estudiantes, cruzándose entre nosotros en dirección a la salida.
Y con ello dibujar una casi sonrisa de satisfacción, mostrando parte de una linda dentadura.
Seguido a hoyuelo en su mejilla derecha.
Y madre del Jesús Divino.
Porque es tan lindo maldita sea, que hasta algunas de sus alumnas lo notan y escucho sus suaves suspiros mientras se van.
- ¿Lista? - Suelta de golpe sin hacer caso.
Cosa que agradezco su interrupción y no parecer idiota por darse cuenta, que quedé hipnotizada por su hoyuelo que descubro.
- ¿Lista? - Repito, mirando para todos lados y colgando mejor mi bolso, guardando mi bolígrafo. - ¿Lista, para qué? - Exhalo temblorosa.
Vuelve sobre sus pasos al escritorio por su maletín y cosas.
Y yo, solo me limito a observarlo desde el lugar que me quedé como tonta cautivada ante esa sonrisa y esa emoción, aún colmándome.
Una, que ahora y después de ese raro, pero emotivo examen.
Cambia mi forma de ver y vivir mi vida.
Se detiene frente mío e inclinado para nivelar nuestras miradas por su elevada altura.
Muy cerca y responderme.
- Para volver a mi departamento, señorita Matilda. - Decir como si nada.
Un nada y simple, que acompaña nuevamente y por primera vez, mi nombre en sus labios como se debe.
Y con ello, otra puta sonrisa con ese jodido y lindo hoyuelo dibujándose a centímetros de mí.
¿Recuerdan que mencioné anteriormente, que las sonrisas pueden saber a comida?
La que dibuja este hombre en conjunto con ese pecaminoso hoyuelo, si pudiera ser algo sólido.
Miro sus labios.
Marcados en su suave textura y color.
Dios...
Podría jurar que sería.
Y sentiría su sabor, como la suavidad ante su contacto.
A una barra de chocolate...
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top