CAPÍTULO 2
Me refugié en mi habitación para llamar a Gabby por FaceTime. Su precioso rostro reaccionaba ante cada palabra: tenía los ojos como platos y una expresión de entusiasmo tras las gafas.
—Están hablando sobre fútbol. Sin parar. Delante de la barbacoa, como si fuesen un par de viejos amigos —dije.
—De lo que estén hablando me da igual. —Resopló mientras se enrollaba un rizo largo y oscuro en el dedo—. ¡Drayton Lahey está en tu casa! ¡En una barbacoa!
—Ya lo sé. —Solté un gemido—. Es como una película de terror.
—¿No te parece que está bueno? —preguntó Gabby.
—Sí, pero eso no cambia el hecho de que sea un im...
—¿Dallas? —Tras llamar a la puerta, Drayton asomó por una rendija y miró a su alrededor hasta que me encontró, en una esquina bajo la ventana—. La cena está lista.
Se apoyó en el marco de la puerta con las manos en los bolsillos y una sonrisa relajada, como si no fuese lo más raro del mundo que estuviese en mi habitación.
—¿Es é...? —empezó a preguntar Gabby.
—Eh... ¡Cállateadiósnosvemosmañana! —Colgué a toda prisa, me puse de pie y me alisé el top negro que me había puesto después del incidente con la botella de agua.
Drayton me miró con una sonrisa petulante.
—¿Estabas hablando de mí?
—Pues sí —confesé—. Al parecer, circula cierto rumor sobre Mara Linden y tú. —Mencioné su nombre porque, por desgracia para mí, pertenecer al equipo de animadoras significaba pasarse las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, oyendo cotilleos sin importancia, quisiera o no. Sabía perfectamente que se había acostado con ella en una fiesta en una piscina a principios de verano, concretamente el Cuatro de Julio—. Se ve que va diciendo por ahí que tienes un pene diminuto y que eres malísimo en la cama. —Puso una cara tan graciosa que me sentí tentada de sacarle una foto: su expresión de arrogancia se esfumó y, en su lugar, apareció una de vergüenza. Tragó saliva de forma visible—. Las animadoras llevan todo el día hablando del tema.
Era una verdad a medias. Sí, llevaban todo el día hablando del tema, pero de forma halagadora, porque, al parecer, Drayton era tan increíble como parecía. Por supuesto que lo era.
Le dediqué una sonrisa comprensiva y le di unas palmaditas en el brazo al pasar por su lado, ignorando el deseo impulsivo de dejar la mano sobre su bíceps unos segundos más de lo apropiado.
—Huele bien. ¡Me muero de hambre!
El aroma a barbacoa había llenado el pasillo. Siguiéndolo, salí al patio por la puerta de atrás. Nathan había dispuesto la comida en la mesa de pícnic. Comíamos así muy a menudo: ninguno de los dos era un gran cocinero, así que la parrilla nos resultaba fácil y cómoda. Lo que no era normal en aquella estampa era el quarterback cachas de mi instituto moviendo una silla para sentarse como si fuera parte de la familia.
Era evidente que Drayton se había recuperado del golpe a su ego: estaba apoyado en el respaldo, bebiendo cerveza y guiñándome el ojo. Que supiera que me sentía incómoda y lo estuviera disfrutando hacía que me entrasen ganas de quitarle el botellín de un manotazo.
—En serio, ¿qué haces aquí? —le pregunté con el ceño fruncido, inclinándome sobre la mesa—. No me creo que no tengas nada mejor que hacer.
—Dallas. —Nathan me dirigió una mirada de advertencia mientras se sentaba—. ¿Qué te pasa hoy?
—Lo que me pasa es que ni siquiera conoces a este tío. Va a mi instituto, pero tú lo has invitado a cenar. Es raro.
—Siempre invito a tus amigos cuando están aquí a la hora de cenar. —Nathan empezó a cortar su bistec—. Nunca te había parecido mal.
—¿Qué amigos? —Hice una mueca extrañada—. Tengo a Gabby y a nadie más.
—A veces hay chicos cuando llego a casa. —Nathan se encogió de hombros—. Podría ser un hermano mayor sobreprotector, pero en lugar de eso los invito a cenar. Qué maleducado por mi parte.
Se pensaba que no sabía que los invitaba para interrogarlos y montar un numerito en plan «soy el hermano mayor y te mataré». Exhalé y me percaté de que Drayton me estaba mirando con una expresión curiosa y confiada.
Por mi parte, durante la cena solo hubo silencio. Mientras tanto, le mandaba a Gabby mensajes para tenerla informada, y ella no hacía más que pedirme fotos del cachas que estaba sentado al otro lado de la mesa. Sin embargo, no pensaba arriesgarme a que me pillara sacándole fotos... Me lo recordaría hasta el f in de los tiempos.
Drayton y Nathan charlaban sobre la temporada de fútbol americano, que estaba a punto de empezar, y sobre un par de partidos fuera de casa que los Lobos de Archwood habían organizado.
Ir a jugar fuera de casa no estaba mal. A las otras animadoras les encantaba ir a esos partidos, porque significaba pasar una noche en un hotel bonito, lejos de sus hogares. Y aunque según las normas todo el mundo debía respetar el toque de queda y quedarse en la habitación que le habían asignado, casi nadie lo hacía. Yo, en cambio, dormía, comía, ejercía de animadora y esquivaba cualquier intento de comunicación por parte de los demás. Nunca me había interesado hacer amigos, teniendo en cuenta lo desesperadamente que deseaba marcharme al año siguiente.
Drayton y yo recogimos los platos. El sol se había puesto y las lámparas solares que bordeaban el patio proporcionaban un resplandor tenue.
—¿Puedo preguntarte una cosa, Pompones?
—¿Pompones? —Miré atrás mientras él me seguía al interior de la casa.
Sonrió, pero no me ofreció ninguna explicación para el mote.
—¿Dónde están tus padres?
—Murieron en un accidente de coche cuando tenía nueve años. Nathan tenía diecisiete —respondí de espaldas a él mientras llenaba el fregadero de agua caliente y jabonosa. La muerte de mis padres había sido dolorosa. Todavía lo era, de hecho, y los echaba muchísimo de menos, pero ya no me costaba tanto hablar de ello—. Mi abuela ayudó a Nathan a cuidarme hasta que murió, cuando yo tenía quince años.
—Joder. Qué putada. ¿Estás bien? —Se apoyó en la encimera y suspiró.
—Sí. —Lo miré con aprensión—. Ha pasado mucho tiempo. —Su preocupación, de no haber sido tan extraña, me habría resultado incluso cómica—. Ahora ya puedes irte a casa —le dije para ofrecerle una excusa y que no tuviera que quedarse a charlar después de cenar. Siempre me sentía maleducada si me iba demasiado rápido después de comer en casa de alguien.
Empecé a fregar los platos, pero reparé en que no se había movido del sitio. Mantuve la cabeza gacha, negándome a levantar la vista hacia el chico al que pensaba que tenía calado. No estaba preparada para admitir que quizá no fuese tan capullo. De repente, se apartó de la encimera y yo suspiré aliviada, pensando que tal vez se marcharía..., pero cogió un trapo y comenzó a secar los platos.
—¿Qué haces? —pregunté. Había empezado a silbar una melodía alegre mientras secaba el plato que tenía en la mano—. En serio, esta noche ya ha sido lo bastante rara sin que Drayton Lahey seque los platos en mi cocina. ¿Eres consciente de que no habíamos hablado nunca?
—No me llames así —ordenó—. Llámame Dray. ¿Y quién tiene la culpa de esa falta de conversación? Eres antisocial de narices.
—Pues no —balbuceé—. Solo soy... reservada.
—Reservada, ¿eh? —Siguió secando platos con una sonrisa prepotente y escéptica—. ¿Eres igual de reservada con los tíos que rondan por aquí por las tardes?
Albergaba la esperanza de que no se hubiese fijado en aquella pullita de Nathan, que todavía no había vuelto de atender esa «llamada» que había oído hacía diez minutos.
—Eso no es asunto tuyo.
—Vamos, tengo curiosidad —insistió.
—Yo también tengo una pregunta. —Coloqué otro plato en el escurridor con la esperanza de haber cambiado de tema con la naturalidad suficiente—. ¿Sabe Emily que estás aquí?
—Emily y yo no estamos juntos, Pompones —contestó—. No tiene por qué saberlo.
—¿Y sabe ella que no estáis juntos? —pregunté divertida. Observé su espalda esculpida mientras se dirigía al armario a colocar el plato—. Porque a mí me da la sensación de que está convencidísima de que sí.
—No le hagas mucho caso. Nunca he estado interesado en ella, pero tiene sus propios problemas. Me sabe mal, así que si quiere fantasear con una relación, que lo haga.
Me pregunté si me daría más detalles sobre esos problemas, pero siguió secando platos con los labios sellados. Me hizo sonreír. Comprendí que quizá lo había juzgado demasiado rápido; no era tan malo como su comportamiento sugería. Terminamos de fregar en un silencio cómodo, intercambiando solo miradas de soslayo como si compartiésemos un secreto... Lo que, a partir de entonces, era cierto. No creía que nadie se fuese a enterar de que había pasado aquí la tarde. Mientras yo vaciaba el fregadero, él se sacó el móvil del bolsillo y murmuró:
—Creo que debería ir tirando. —Leyó la pantalla y se volvió a meter el móvil en el bolsillo. Sus ojos verdes recorrieron la estancia un instante antes de detenerse sobre los míos—. Dile a tu hermano que gracias por la cena.
—Claro —contesté.
Lo acompañé a la puerta y me apoyé en el umbral mientras él salía hacia la noche oscura. Admiré la elegante moto aparcada junto a la curva, iluminada por el halo incandescente de una farola. Miré a Drayton de arriba abajo, apreciando sus brazos tonificados, pero, para mi sorpresa, más preocupada por que su piel perfecta quedase expuesta.
—¿Es seguro ir en moto en camiseta?
—No lo sé. —Sonrió y, apoyando un brazo en el marco de la puerta, se inclinó hacia mí—. ¿Quieres que me quede en tu cuarto por si acaso?
—Guau. —Me eché a reír y le di un empujoncito en el pecho—. Qué ingenioso. Te doy un diez por el esfuerzo.
Él se rio.
—Llevo la chaqueta en el compartimento del asiento. Y el casco. Yo siempre uso protección. —Enarcó las cejas.
—A ver si lo adivino —contesté, sin intención de seguirle el rollo—. Es de cuero.
—Por supuesto. Así es más seguro —respondió mientras bajaba los escalones—. No es porque me haga parecer más guay. Buenas noches, Pompones.
Lo observé ponerse la chaqueta, que le quedaba como un guante, y casi quise cuestionar de nuevo el mote..., pero no lo hice. Se colocó la gorra de tal forma que pudiera ponerse el casco y, cuando deslizó una pierna sobre el asiento, las luces de la calle se reflejaron en la visera tintada. El motor rugió de forma imperante y escandalosa, pero no pude evitar contemplarlo con admiración mientras se marchaba. La noche al completo había sido inesperada, pero no estaba decepcionada con el resultado. No estaba decepcionada en absoluto.
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top