CAPÍTULO 31.

《JOSEPHINE ASTLEY》

Vi el amanecer inundar el cielo con suaves y hermosos colores. Cerré los ojos un momento y deseé estar en otra parte, deseé ser otra persona y estar lejos de todo este asunto, también deseé desaparecer.

Estrujé con más fuerza el pañuelo de Luckyan dentro de mí puño, el único recuerdo que tenía de él, pero su olor ya se había perdido hacia mucho tiempo y dolía, pensar que él estaba debajo de aquel palacio, justo debajo de mis pies dolía y mucho.

Noches enteras desde que había llegado mi vi tentada a correr bajo el palacio y hacia la oscuridad para encontrarlo, para ver que estaba bien, para decirle que lo sacaría, pero no quería preocuparlo... no quería que viera los golpes en mi rostro y se diera cuenta que ahora estaba manchada y que esa mancha no se iba a borrar en mucho tiempo.

Pegué la frente al cristal y lloré... Lloré porque Luckyan y yo no habíamos tenido tiempo para nada, porque al final quizá todos tenían razón y una tonta plebeya no podía hacer la diferencia. Lloré y seguí llorando hasta que no me quedó nada más, hasta que mis ojos se negaron a derramar más lagrimas y mi alma se sintió fría y pesada.

Los rayos del sol calentaron el cristal de la ventana, probablemente era la última vez que los vería y sentiría tanta calidez... si todo marchaba de la forma correcta solo me llevaría un par de golpes, pero si el rey Eadred estaba de mal humor una golpiza era lo mínimo que me esperaba...

Los suaves brazos de Olive me rodearon y se sentó junto a mí frente a la ventana, no dijo nada, solo me dejó apoyarme en ella y en su calidez que siempre me resultó familiar y acogedora. Nos quedamos ahí viendo el amanerado en un silencio doloroso, pero al mismo tiempo tranquilo...

—Yo no tengo a nadie más... —susurró Olive—. No tengo familia, ellos murieron... no tengo hermanos... estoy sola... Pero su me hubieran dejado elegir a una persona para que fuera mi hermana... esa serías tú, Josephine —dijo y presionó suavemente mi hombro con su brazo.

—Gracias, Olive —dije en voz baja al borde de otra oleada de lágrimas—. También eres como una hermana para mí.

—Cuándo salgamos de aquí... vivamos una vida tranquila en otro lugar —dijo, su cuerpo entero tembló, pero había una sonrisa amplia y hermosa en sus labios, asentí.

—Sí —respondí.

Y en ese momento mientras guardamos otro silencio y el palacio entero despertaba a nuestro alrededor, quizá aquellas palabras fueron demasiado apresuradas... demasiado efímeras...

❁❁❁❁❁

Cuando llegué a la cocina aquella mañana todos corrían de un lado al otro preparando el desayuno y un montón de cosas más, la señora Edwards dejó una taza de té en mis manos, olía a té negro, el preferido de Luckyan y creí que aquello podía ser una buena señal para que todo saliera bien.

Me senté junto al horno mientras la señora Edwards hacia pan para aquella mañana, intenté ayudar, pero ella se negó en rotundo y siguió trabajando metódicamente mientras yo observaba. Él olor a especias y el pan horneándose, me hizo sentir pequeña, me hizo recordar las muchas y tantas veces que mi madre me dejó ir a la panadería y verla trabajar.

Mi madre siempre amó aquel lugar y yo también, aún recordaba los hornos de barro y las mesas largas llenas de frutas para los pasteles, recordaba la calidez del fuego y la voz de mi madre tarareando una melodía desconocida, pero que calentaba mi corazón.

No había visto a mi madre desde la vez que la habíamos dejado en Halmstad, pero no me atrevía a ir por temor a ver en lo que se había convertido, por la vergüenza que sentía por haberla dejado sola.

Me puse de pie y comencé ayudar a la señora Edwards a pesar de su reticencia, pero tenía que hacer algo o los recuerdos me matarían lentamente y también lo haría el futuro. Trabajamos por lo que parecieron horas y más horas o al menos el dolor de mis hombros hacia lo sentía, pero trabajar me mantenía ocupada y me hacia olvidar los pensamientos negativos y llenos de dolor.

El desayuno se sirvió como de costumbre en el comedor real, nos quedamos en silencio junto a la pared como todos los días, fue en ese momento que la princesa Lauren entró y cada uno de nosotros, cada persona en ese lugar sintió miedo.

Usaba un sencillo vestido color lavanda, su cabello oscuro caía en mechones sobre su rostro y la delgadez de su cuerpo era totalmente visible ahora. Bajo sus ojos grandes círculos de un color oscuro enmarcaba el gris, su mirada carecía de alma...

—¿Qué dominios... —comenzó el rey, pero ella simplemente siguió caminando hasta quedar a pocos metros de la mesa donde el rey la miraba con asco y la reina Elizabeth con temor.

—Me dijiste... Tú, maldito bastardo, me dijiste que estaban muertos... —gruñó con rabia, su cuerpo entero temblaba, pero dudaba que fuera por miedo. 

—¿De qué diablos estás hablando, maldita loca?

—Tú, maldito miserable... —Lo señaló con un dedo que no tembló, que no fue vacilante.

—Cariño, ¿podrías explicarnos que sucede? —preguntó la reina, en sus manos tenía la servilleta y la retorcía con fuerza entre ellas, tenía una sonrisa tonta en sus labios, la princesa Lauren se volvió hacia ella y gritó.

—¡Cállate! ¡Por una maldita vez en tu vida, cállate!

Aquellas palabras parecieron golpear a la reina con fuerza, parpadeó un par de veces y la sonrisa se borró de su rostro, dejó la servilleta en la mesa con manos temblorosas y miró al rey que todavía pasaba su mirada sobre la princesa.

—Lleven a la princesa Lauren a su habitación —dijo la reina a nadie en específico, el rey lanzó una carcajada que me hizo temblar.

—No, no, déjala. Que nos digas qué diablos es lo que realmente quiere —dijo y con una mano incitó a la princesas Lauren a continuar, parecía estar divirtiéndose. Miré a Sebastián estaba pálido en la puerta y tenía un par de arañazos que sangraban en sus mejillas, su uniforme arrugado y fuera de lugar, ¿qué estaba pasando?

—Todo este tiempo... —Su barbilla tembló al igual que su voz—, he vivido pensando que mis hijos... mis preciosos hijos estaban muertos. —Se llevó una mano al pecho y respiró hondo—. Debí haber escapado cuando tuve oportunidad, debí de haber hecho todo lo posible por irme y volver a Minsk... Sin embargo, me quedé aquí y soporte tus malditos golpes... soporté como noche tras noche usabas mi cuerpo...

—¡Basta! —gritó la reina, su rostro había adquirido un tono rojo y sus ojos oscuros destilaban odio—. No se te ocurra decir una palabra más, Lauren.

—¿Por qué? ¿Qué más puede hacerme este asqueroso cerdo? —preguntó y levantó la barbilla desafiante.

—Es tu rey y te callarás o seré yo quien lo haga —continuó la reina, se puso de pie rápidamente y empujó su silla hacia atrás con fuerza.

—¿Mi rey? ¿Mi rey? —Fue el turno de Lauren para reírse y fue una risa histérica, ronca y pesada, la miré de nuevo ya no parecía la misma persona que había conocido antes y eso me asustó—. ¡Soy la reina de Minsk! ¡Y no voy a doblar la rodilla por un tipo como tú!—gritó y volvió a señalar al rey.

—¿Reina de Minsk? —El rey volvió a reír con demasiada alegría, me di cuenta que la princesa Lauren no suponía un peligro o un reto para él que estaba rodeado de guardias armados y que por alguna extraña razón estaban dispuestos a morir por él—. ¿Dónde está tu pueblo, reina de Minsk? ¿Por qué tu amado William ha dejado que te pudras aquí con nosotros? —preguntó y volvió a reír.

—Vendrá y lo sabes. Y yo misma me aseguraré de tener tu cabeza en una lanza —susurró en tono amenazante, casi en un siseó.

El rey la miró por un segundo y suspiró, parecía aburrido de estar ahí y eso desató la rabia de la princesa Lauren, una rabia de muchos años y mucho dolor.

—¡Maldito! ¡Miserable!

—¿Terminaste? —Y reprimió un bostezo con la mano, mi cuerpo se tensó cuando la princesa Lauren sonrió y metió la mano en el bolsillo de su vestido. La daga atrapó la luz con suavidad, una daga de mango de plata e incrustaciones de oro y la sonrisa del rey desapareció al igual que la de la reina.

—Quizá Luckyan no tuvo la oportunidad de matarte, pero lo haré yo, por mí misma y por el reino —dijo en tono lúgubre.

Avanzó un paso, dos pasos más, otro paso y de pronto comenzó a correr contra el rey Eadred, y nadie, ni siquiera los guardias se movieron o al menos es lo que creí.

El cuerpo de la reina se estrelló contra el de Lauren, y la daga se clavó con fuerza en su garganta... la sangre empapó el cuerpo de la reina, caía roja y brillante. Sus piernas no soportaron más su peso y cayó de rodillas con la daga todavía clavada, la arrancó de su garganta con una mano temblorosa y la dejó caer sobre el suelo de mármol. Rebotó un par de veces y salpicó sangre junto a nuestros pies, escuché un grito lejano, pero solo podía mirar como la vida escapaba de la mirada de la reina. Como arañaba su garganta en busca de aire y como su cuerpo entero se sacudía presa del pánico y del dolor porque nadie en esa habitación, incluido el rey, iba a ayudarla.

La princesa Lauren se quedó ahí, quieta, mirando como su madre moría a sus pies con aire ausente, no había ya nada en ella, era apenas una cáscara vacía y lejana.

La reina trató de aferrarse al vestido de la princesa, pero esta dió un paso atrás y la reina cayó de cara contra el suelo en un charco cada vez más grande de su propia sangre. Todos nos movimos un poco, pero nadie parecía dispuesto a dar el primer paso y la reina... dejó de respirar. La reina Elizabeth Loramendi había muerto por proteger al rey.

La princesa Lauren se volvió para recuperar su daga que había sido arrojada casi a nuestros pies, caminó un par de pasos. Y lo escuchamos, cómo la cuerda del arco se tensó y el aire silbó cuando la flecha salió disparada de él, quise gritar, pero las palabras, el grito, todo dentro de mí estaba paralizado... estaba aterrorizado por ella...

La flecha atravesó el pecho de la princesa Lauren de forma casi limpia, su sangre cayó por su vestido y lo manchó, me miró y pronunció algo que no pude entender, eso me puso en movimiento y corrí hacia ella y la tomé entre mis brazos antes de que golpeara el suelo, caí de rodillas acunando su cuerpo frágil... moribundo y el caos se desató en aquel comedor.

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