Capítulo 3

Aviso: Este capítulo contiene descripciones de violencia que pueden resultar ofensivas para algunos lectores.

3 - NO HAY NADA COMO UN BUEN FIN DE AÑO

Looking like a true survivor, feeling like a little kid

[I'm Still Standing — Elton John]

AL PRINCIPIO NO SE había podido creer que el policía que le había robado la detención años atrás, Jamie Wells, fuese su compañero. A decir verdad, tampoco podía creerse que se hubiese acordado de ella y que no la hubiese tomado por loca al mencionar su colección de monedas y coches en miniatura. Más tarde descubriría que quizás a Jamie Wells no le había resultado raro porque él también tenía su propia colección de coches y cromos de béisbol.

—Son de verdad, Casey...¿Y quién es Ava?

—Oh...Ava es mi sobrina, nació hace unos meses.

Casey había olvidado completamente que Jamie no podía hablar con nadie de su vida como Jamie hasta que la operación se diese por terminada, y que eso ya había supuesto dos años de acontecimientos importantes perdidos. Aquello debía ser un suplicio y Casey se había metido en él hasta el fondo.

Su sonrisa nostálgica le resultó dolorosa. Había oído hablar de Jamie, de hecho, había oído hablar de la mayoría de la veintiuno gracias a Thomas. Ese grupo era como una pequeña familia y resultaba duro ver a través de un cristal cómo las cosas cambiaban; probablemente Jamie se sentía así.

—Me he perdido tanto—dijo con tristeza en su voz—. ¿Has conocido a los de la veintiuno?

—Sí, Nathaniel es súper hablador y Huá es un poco callada, pero me agrada. Reynolds es...Diferente a cómo me habían hablado de ella.

Al escuchar el apellido de su capitán pudo ver en los ojos de Jamie una mezcla entre cariño y amargura. «Dios—casi gritó—, ¿y si él es el compañero con el que estaba liado Reynolds?». Casey no quería indagar más, al fin y al cabo lo había conocido hacía unas horas—el encuentro de años atrás no contaba—, sin embargo, se temía que el tema saliese tarde o temprano. No sabía cuánta historia tenía esa relación, pero saltaba a la vista que al menos Jamie no lo tenía superado al cien por cien.

—Me lo imagino—susurró—. Entonces también habrás conocido a Cal, ¿no? Calder Acker.

Casey se estremeció, sintiendo que una esquirla de pánico rasgaba su interior. Asintió despacio, tragando saliva y después miró hacia otro lado. Escuchar su nombre fue apretar un gatillo. La imagen de Calder Acker se pasó por su mente haciendo que cerrase los ojos. Fue como escuchar sus últimas palabras otra vez y ver sus ojos azules cerrándose al pronunciar el nombre de O'Riley.

—Es muy buen tío, lo conocí cuando vino a Nueva York; le daba clases de geometría porque iba un poco detrás del resto de su clase. Con él descubrí que quería ser policía...Es probablemente el mejor amigo que he tenido fuera y dentro del departamento—sonrió y miró hacia afuera—. Bueno, ya es tarde. Me voy a dormir...Si necesitas algo estoy aquí, buenas noches, Robins.

Se fue a su habitación, que estaba enfrente de la puerta de la de Casey, y cerró después de despedirse. Ella imitó sus pasos en dirección al otro cuarto y se quedó petrificada al borde de la cama. Respiró profundamente, sintiéndose asfixiada de repente.

«¿Por qué no has dicho nada, Case?—se reprendió—. Tiene derecho a saber por qué estás aquí. Tiene derecho a saber que su mejor amigo ha muerto entre tus brazos. Tiene derecho a saber que la gente con la que se relaciona desde hace dos años es la culpable».

En cierto modo Casey agradecía no haber tenido que hablar sobre su mejor amigo, no obstante, se sintió tan culpable que por un instante la habitación se le hizo diminuta. «Casey Robins... —Se dijo—, tienes que arreglar esto. Mañana mismo». Fue inocente por su parte pensar que eso fuese a ocurrir realmente, porque no volvería a hablar de Calder Acker hasta semanas después, en una situación mucho más incómoda.

***

Salir a correr era algo rutinario en Londres, sin embargo, al despertarse el día de Navidad, Casey optó por preparar café y tomárselo en la mesa del espacio abierto que era la cocina-salón. Era un lugar agradable.

—Huele bien—dijo Jamie saliendo de repente adormilado, cogió una taza y se puso un poco de café, al beber un poco puso la cara de un bebé al probar limón—. Sabe mal. Muy mal...Casey, déjanos el café a nosotros; quedaos vosotros los británicos con el té, y los irlandeses con el alcohol.

—Venga ya, no puede estar tan malo—protestó a punto de sorber un poco, al hacerlo, Casey escupió todo con una mueca de asco—. Dios, sí que está mal. Perdón por el suelo, lo limpio ahora.

Casey no había probado nada tan horrible como el café que preparó aquel día. Cocinar no era su fuerte pero tampoco se le daba tan mal. Quizás era la cafetera de Jamie o quizás iba a llevarse mal (pero que muy mal) con el café de Estados Unidos. Tras limpiar el piso junto con Jamie—que también había ensuciado una parte con su vaso—, se quedaron sentados en el sofá mirando a la televisión apagada.

Casey supuso que Wells se sentía como ella, como si acabara de tragarse el peor brebaje jamás creado y estuviese asimilando para qué iba a servirle. Casey no sabía qué decir, pero no tuvo que preocuparse mucho: Jamie habló antes.

—Olvidemos este desastre y vamos a desayunar a una cafetería—propuso levantándose.

—¡Sí!—exclamó a la desesperada, siguiéndolo.

¿Y por qué era importante esa parte de su primera mañana en Midtown? Pues bien, si ella no hubiese gafado lo último que quedaba de café del piso de Jamie, ninguno habrían decidido desayunar fuera, y si no hubiesen decidido salir, ella no habría conocido a Dara O'Riley hasta más tarde, algo que supuso un cambio inconsciente en su manera de actuar durante las siguientes horas.

Lo había decidido, en cuanto se sentaran a desayunar, Casey le contaría lo que le había sucedido a su mejor amigo. Si esperaba para contárselo sería peor. Además, la culpa carcomería a Casey antes de que las cosas se pusieran feas. Sabía cómo mentir (lo había heredado de Maeve), pero no le gustaba hacerlo. Y también estaba la vocecita de Gavin y su tía diciendo: «Los mejores mentirosos son los que dicen la verdad».

Se encontraban haciendo cola en una cafetería del Lower East Side cuando Jamie miró hacia una mesa en la que estaban dos personas. Como Wells estaba delante de ella, Casey apenas vio cómo eran en ese momento—Jamie era alto y no precisamente un palillo físicamente—, pero vio que una de ellas tenía una melena rubia.

—Qué raro—masculló su compañero y se volvió a ella, moviéndose un poco para que pudiese verlos—. El chico es Dara, el tercer hijo de O'Riley...Ella es Andromeda Harper, salía con Dara; era una buena influencia...Creo que se distanciaron porque ambos tenían miedo de Grant...Harper recibió un ultimátum.

Al apartarse su compañero, Casey pudo ver por primera vez el rostro de Andromeda Harper. Sus facciones eran dulces y en cierto modo, aniñadas. Tenía los labios gruesos y la boca más o menos grande, una nariz pequeña y los ojos de un tono café que destacaban al ser su piel clara, aunque no era tan pálida como Dara. Seguía sin ver a Dara, que estaba frente a Andromeda, pero Casey sabía cómo era el último hijo de Grant O'Riley. No se parecía en absoluto a su padre, había salido a la que había sido su madre y difunta esposa de Grant.

Tenía el cabello menos oscuro que sus hermanos, del mismo castaño claro que su madre. También tenía los mismos bucles que sus hermanos, y su tez pálida contrastaba con sus ojos, entre azul y verde, como los de todos los O'Riley. Eso era lo único que tenían en común, pues sus facciones eran más similares a las de su difunta madre, angulosas, aunque también elegantes como las de los otros O'Riley. Se había esparcido el rumor de que Dara no era verdaderamente hijo de Grant, sino de uno de sus amigos, Trevor McConnell. Hasta Londres había llegado la idea de que la desaparición de Trevor hubiese sido obra de Grant O'Riley—razón de más por la que se le investigaba—, en un arrebato de celos.

En un momento determinado, Andromeda y Dara se levantaron de su mesa de madera. Dara se agachó, arrodillándose y sacó una pequeña caja. Al abrirla, Harper se llevó las manos a la boca con una expresión de felicidad que le iluminaba todo el rostro. Cuando asintió, Casey cruzó miradas con Jamie, cuyo semblante se había puesto blanco. Él tenía la misma expresión incrédula que ella y ambos salieron corriendo, dejando de escuchar los aplausos del resto de la clientela y el beso de O'Riley y su prometida. Para meterle prisa, Wells cogió a Casey por las manos y tiró de ella hasta que llegó a tropezones al callejón más cercano.

—Casey, esto es malo. Muy malo. Grant no aprueba a An; estuvo a esto de encargar su muerte—dijo poniendo sus dedos a muy corta distancia—. Si alguien se entera, no solo An está muerta, Dara también.

El inspector Wells dio vueltas alrededor de donde estaban, murmurando cosas sin sentido. Era una manera peculiar de afrontar situaciones en descontrol, como aquella, pero si le servía Casey no era quien para juzgarlo, ella era más violenta. Casey se lamió los labios una vez los hubo mordido, pensativa.

—¿Y si no se entera?—sugirió Casey—. ¿Y si Dara y An desaparecen del mapa?

—Caramba, Casey...Suenas como la sicaria a la que O'Riley contrataría. —Casey le dio un pisotón y Jamie se frotó las sienes—. Perdóname, Robins, cuando entro en pánico uno: hago bromas, o dos: me pongo insoportable. Normalmente hago las dos al mismo tiempo.

Se quedó mirándola fijamente, clavando sus profundos ojos azules en los de Casey con preocupación.

—Llévame a La Herradura. No podemos decidir nada si no sé del todo por qué está interesado en mí.

Más tarde se daría cuenta de que a Jamie Wells le gustaba llevarle la contraria, sobre todo cuando Casey se ponía mandona...Sin embargo ahí, los inspectores apenas se conocían y él no tuvo otra que hacerle caso a su nueva compañera y llevarla hasta el lugar donde era más probable que los matasen.

Casey se lo había buscado, la verdad. No tardó mucho en llegar al sitio en el que se pasaría mucho tiempo durante la operación: La Herradura. Si no encontrabas la ironía en que hubiese un bar irlandés en medio de Chinatown y no te reías por la tontería, entonces eras de un sentido del humor más exigente que el de Casey o su compañero.

Al entrar al bar vio por primera vez a Perro. ¿Perro? Sí, así le llamaban todos. En realidad se llamaba Douglass. Casey no se atrevió a preguntárselo de primeras, daba un poco de miedo físicamente, con aquel cuerpo robusto (proporcionalmente casi el triple que el de la pelirroja) y aquella cabeza rapada.

Describiéndolo así, Doug podía resultar tan intimidante como la primera impresión que se tenía de él, no obstante, Perro distaba mucho de ser como creían los demás. Atendía la barra, la mayoría de veces desde que abría el bar hasta que cerraba y durante los meses que Casey estuvo con la gente de O'Riley, sus charlas nocturnas le fueron de gran ayuda a Casey. Perro sabía escuchar, y siendo sinceros, sus noventa y tantos kilos iban a ir derechitos al cielo si tal cosa era real.

Casey incluso descubrió que la afición de Perro era hacer velas aromáticas. ¿Quién lo habría dicho? En fin, Casey coleccionaba monedas y coches en miniatura por lo que tampoco podía decir mucho sobre los pasatiempos de otras personas. Eso no quería decir que a primera vista no se sintiese un poco cohibida por su presencia, su diente plateado—Casey descubriría más tarde que se había roto el diente jugando a los bolos con su ahijada..., larga historia—, y sus sagaces ojos oscuros.

—Sheridan—le dio la bienvenida con una sonrisa que hizo que viese su diente plateado y después la miró, extendiendo su mano derecha por encima de la barra—. Hola, soy Perro.

Sí, dijo eso. No era un fallo en la memoria de Casey, realmente dijo eso. Fue la presentación más rara de su vida. Y eso, siendo Casey Robins Wilder, era mucho decir.

Casey le estrechó la mano, para nada sorprendida por lo grande que era. Desde detrás de la barra Perro ya tenía apariencia de ser más bien grandote, no era algo extraño que sus manos fuesen de esa proporción. Las manos de la irlandesa, en cambio, parecían las manos de una muñequita, y ni siquiera eran tan pequeñas.

—Neil Bishop—dijo adoptando su identidad alternativa.

—Perro—dijo Jamie—, O'Riley dijo que quería hablar con ella, ¿podrías llamarlo, por favor?

Perro miró a Jamie durante un momento y descolgó un teléfono rojo, fijado a la pared de la izquierda en la que no había botellas detrás sino pósteres y fotografías de la tierra natal de Casey. Marcó varios números, mirando por el rabillo del ojo a su compañero con una pizca de recelo.

A Perro le caía mal Kieran Sheridan. Bueno, no le caía exactamente mal, simplemente no le gustaba su carácter ni su manera de actuar: indiferente y condescendiente. En realidad, Casey podía entender eso. Era muy difícil que a alguien le gustase Kieran Sheridan por ser Kieran Sheridan.

—Hola, O'Riley...Es Sheridan, viene con una chica...Sí...Sí, Neil...Vale. —Colgó el teléfono—. Dice que la verá atrás—al ver que Jamie se disponía a acompañar a Casey, Perro añadió—: Sola.

Se movieron hasta un lugar en el que no se les oía y el inspector Wells se acercó a Casey.

—Esta es una de las peores partes...Decidirá si te quiere cerca o si te quiere muy lejos. Es impredecible, así que no te puedo decir si quiere que actúes de manera reservada o confiada. Ten cuidado.

—Lo tendré.

Casey caminó hacia donde Perro señaló, tras la puerta entre la barra y los aseos del bar. En ella había una ilustración de una herradura negra junto con una rana dorada, el símbolo de la gente de O'Riley: la rana dardo dorada. Cualquiera habría pensado que había un pequeño trastero tras esa puerta, sin embargo, la pelirroja se encontró con la entrada a un espacio completamente alterno detrás de esta.

Primero, Casey tuvo que bajar unos escalones cautelosamente, puesto que la luz era tenue y aunque era casi mediodía, allí no entraba la luz. Después vio una pared cuyas luces de neón se encontraban apagadas, con la forma de una herradura y finalmente llegó al último escalón, en el que pudo apreciar cómo varias mesas de casino se extendían por toda la sala, además de una barra similar a la del primer piso y vinos y licores de reserva guardados como oro en los estantes.

Entonces fue cuando Casey vio por primera vez a Grant O'Riley en carne y hueso. Estaba sentado en una de las mesas y tenía varios papeles sobre esta. Alrededor de él no había nadie, algo que no le sorprendió a Casey. Según había investigado, desde la sospechosa desaparición de Trevor McConnell era inusual que se viese a Grant con gente, a menos que fuesen los matones que tenía de guardaespaldas.

—Buenos días, señorita Bishop. Llevaba tiempo esperándola. Siéntese por favor—le hizo caso—. Me sorprende su rapidez, pero puedo ver que está interesada en hacer negocios conmigo.

—Así es, señor O'Riley.

Sabía qué información se había divulgado para que O'Riley estuviese interesado en ella. Neil Bishop era el nombre de la falsificadora de documentos de identidad y pasaportes que Grant conocía. También era magnífica a la hora de localizar personas y hacerlas desaparecer. No era exactamente la asesina de la que Jamie bromeó, sino más bien la persona que se deshacía de cualquier rastro que pudiese llegar a inculpar a los que la contrataban.

Pero lo peor era que Neil sí que habría podido existir si Casey no hubiese elegido ese lado de la ley. Que en realidad aquel era el nombre de una persona que sí que había existido, en Irlanda, hacía mucho tiempo.

—Dejémonos de formalidades. Conozco su nombre, al igual que usted conoce el mío por lo que vayamos al grano. No me fío de usted.

Casey adoptó una pose que él no se esperaba: le respondió. A decir verdad, aquel era uno de sus defectos reales (sus réplicas la llevarían a una muerte segura), no obstante, siendo Neil Bishop no tenía por qué ser tan malo, ¿no?

—Perfecto—dijo con una sonrisa—, yo tampoco. Pero no estoy aquí para fiarme de todo el mundo, sería ingenua si esas fueran mis intenciones. Estoy aquí porque sé que puedo ganar dinero y usted se puede beneficiar con mis trabajos. De hecho, ya he oído rumores acerca de la muerte de un poli relacionados con su grupo. ¿Un trébol de cuatro hojas? Qué pintoresco. Es creativo, lo reconozco, pero no es nada práctico y a estas alturas media ciudad estará esperando a su siguiente fallo.

Grant soltó una carcajada y si bien no negó los homicidios de los Acker, tampoco se delató.

—Me cae bien. Me recuerda a alguien a quien solía conocer. —A Casey se le revolvió el estómago—. Sin embargo, no me había dejado terminar. No me fío de usted, pero necesito alguien de quien fiarme, así que está dentro. Son tiempos difíciles, jovencita, por lo que su iniciación será dura. Si no puede con ello, lárguese.

—Soy irlandesa y una Bishop—contestó a su tono retador—. Podré con ello.

—Yo también era así de decidido cuando era joven—Casey se estremeció al oír otra de sus risas—. Quiero que acabe con Andromeda Harper.

—No lo haré.

—¿Cómo?—inquirió con una expresión burlona—. ¿Ya se echa atrás?

Casey no supo qué le sorprendió más, si su negativa o si fue su decisión y rapidez al negarse. Había hablado con firmeza, dejando claro desde el primer momento los criterios con los que trabajaba. Francamente, oponerse a matar a Harper fue una de las mejores decisiones que tomó ese día. No mostraba debilidad, sino decisión.

—Señor, muchos irlandeses son católicos, como yo. Si me pide que mate a alguien me condena en la otra vida—dijo Casey con firmeza—. Soy consciente de mis pecados pero mi única negativa es el asesinato. No. Lo. Haré.

Sorprendentemente O'Riley le dedicó una sonrisa. A decir verdad, aquella afirmación no era del todo mentira. Muchos irlandeses eran católicos, y Casey había sido bautizada, pero se había cultivado en el protestantismo y no el catolicismo, al igual que los Wilder y que su otro padre, Aidan. Además, por muy importante que fuese la operación o su costumbre de disparar al plato, Casey no disparaba si no era estrictamente necesario.

Ni siquiera conocía a la prometida de Dara, y no tenía que conocerla para decidir si terminaba con su vida o no. No iba a hacerlo. Casey era consciente de que su política de no disparar antes de que la disparasen podía cambiar durante su período con la mafia irlandesa, pero su pose fue inamovible. Los principios e integridad de Neil quizá se ganasen el respeto de Grant El Suertudo.

—Estoy impresionado. Nadie desde hace años me ha marcado una línea—ella se preguntó si había hecho mal al hablarle así—. Respeto su situación, Bishop...Entonces asegúrese de que Harper se mantenga alejada de Dara, y de que él no abandone Nueva York. Puede marcharse.

Casey asintió dándose la vuelta. Asesinar a Andromeda Harper no entraba en sus planes. ¿Vigilar a Dara y mantenerlos a ambos fuera de la amenaza de su propio padre? Podía vivir con ello. Pese a que la distancia doliese, y pusiese su compromiso pendiendo de un hilo muy fino, era mejor opción que dejar que alguien hiciera el trabajo sucio y tener que deshacerse del cuerpo de Harper.

Por un momento Casey pensó que vigilar a Dara iba a ser una tarea sencilla, pero no esperaba que sus «pruebas» de iniciación—porque ella no sabía si debería llamarlas pruebas o si tendrían que ser: formas terribles de hacer su orgullo, y otras partes de su persona, cenizas—estuviesen a la vuelta de la esquina.

Ya había superado iniciaciones antes...Lo lograría. Casey se tenía que andar con mucho cuidado, ¿pero cuál era la novedad? Era la hija de Aidan Robins.

***

Durante los siguientes seis días no pasó nada interesante. Casey se pasó siguiendo a Dara O'Riley buena parte de lo que quedaba del año 2001 e intentando no exasperarse con las costumbres de Jamie en el apartamento. Como por ejemplo, que se dejase los platos en la pila después de comer y no tuviese la decencia de guardarlos en el puñetero lavavajillas. Pero bueno, aquello no era muy relevante, seguro que ella también le ponía de los nervios haciendo... lo que fuese que hiciera. Era fácil molestar a Jamie Wells.

Un día se paró a pensarlo: su compañero sabía muchas cosas más de ella que Casey de él. Teniendo en cuenta que conocía a su hermano y él siempre se iba de la lengua hablando de sus historias y que ella también había intentado comunicarse con Wells de manera fallida, había desproporción en ese sentido. Y Jamie le caía bien, creía que ella también a él; pero sencillamente evitaba dar respuestas muy completas, como si no se fiase de Casey del todo. La pelirroja tampoco se fiaba de él completamente, sentía que le ocultaba algo que sí que le incumbía a Casey, aunque estaba en su derecho de hacerlo.

Casey Robins seguía sin decirle nada sobre Calder, no lograba encontrar el momento. Quizás no había un momento adecuado para dar esa noticia, quizás siempre iba a resultar inoportuno. Quería decírselo cuanto antes, sobre todo porque lo último que necesitaba Jamie era enterarse por terceros sobre la muerte de su mejor amigo.

Era la noche del treinta y uno de diciembre y Casey iba caminando por las calles de Nueva York. Podía no ser la idea más inteligente haber salido más tarde para reunirse con Jamie en La Herradura, atravesando media ciudad sola y por la noche, pero no se le pasaba por la cabeza que fuese tan mala opción. Al fin y al cabo, una tendría que poder salir a la calle sin sentirse amenazada y Casey creía en la libertad tanto como en los riesgos de la vida.

Sin embargo, no consideró ese uno de sus diez errores de la noche. ¿Llevaba la cuenta? Ese día sí. Mirando hacia atrás, Casey se daba cuenta de que si hubiese hecho un Top Diez de errores que había cometido, al menos un tercio de ellos provendrían de esa noche. Honestamente nadie querría ver un ranking como aquel, salvo a lo mejor su hermano mayor, para tener más anécdotas que contarles a sus sobrinos sobre la tía Case, aunque esa no era la cuestión.

Quedaban dos manzanas cuando tuvo la certeza de que la estaban siguiendo. ¿Cómo lo sabía? Bueno, habría llegado mucho antes al bar si no hubiese sentido que detrás había alguien siguiéndole los pasos, sin embargo, con aquella sospecha decidió dar varias vueltas de más e ir por calles que sinceramente, Casey desconocía.

Empezó a andar más deprisa y cuando se dio la vuelta frente a la tienda de televisores no había nadie. Caminó mirando hacia atrás para comprobar nuevamente si se estaba volviendo paranoica o si no. No la seguía nadie. Casey se detuvo un instante.

Gran error aquel.

Ese fue su primer error de la última noche de 2001. De repente, una sombra se abalanzó sobre ella. Casey no supo distinguir si eran una o más personas; además era difícil saber cómo actuar cuando te sucedía algo así. Lo primero que hizo la irlandesa fue intentar gritar, pero para entonces ya tenía una capucha—si se le podía llamar así a ese saco andrajoso—y una mano grande estaba contra su boca.

Como buena Wilder—también Robins, pero no sabía cómo habría reaccionado su padre en esa situación—forcejeó y trató de zafarse del agarre de su agresor. Dio varias patadas al aire y, lo habría jurado por Dios, en ese momento estaba consciente y dispuesta a seguir pataleando hasta que la soltasen, pero en determinado punto debió de caer el suelo y perder el conocimiento, porque todo se volvió negro.

Al abrir los ojos se vio atada a una silla metálica—y de un gusto pésimo, había que decirlo—y oxidada por los bordes. No llevaba una mordaza en su boca, lo que fue una suerte, esas cosas provocaban la ansiedad de Casey a unos niveles extraordinarios.

La investigadora se sintió aturdida al ver aquella luz, tan blanca que la obligó a mirar hacia abajo. Tardó al menos dos minutos en acostumbrarse a ella, y aun así, prefería no mirarla directamente. Era como mirar al filamento incandescente de una bombilla. No le pareció muy recomendable.

Observó la habitación, inhóspita y con humedades en las paredes. En una película de miedo, el asesino la habría matado en pocos minutos y ella no se habría podido resistir. Habría sido más fácil que soportar esa noche. Pero no estaba en una película de miedo, y Casey Robins no era una persona que se rindiera fácilmente.

Como habría hecho Evelyn cuando eran pequeñas, Casey empezó a protestar como cuando su hermana no se quería acostar por la noche. Aunque Evelyn lloraba, Casey solo empezó a hablar a la nada. Era mala idea pero al menos se sabría que estaba despierta, y oye, si tenía que morir, ¿por qué no el último día del año?

—Cállate ya—le dijo alguien al entrar a la sala respondiendo a sus gritos que preguntaban si había alguien—. Tienes suerte de que no te haya puesto la mordaza.

—¿Así que debería agradecértelo?—preguntó con sarcasmo.

En realidad sí.

Jamie le había dicho que cuando entraba en pánico se ponía insoportable o hacía bromas; Casey, en cambio, se ponía chula. Era su manera de mantener el control. Después de la muerte de Aidan y, sobre todo durante sus años de instituto, cuando tenía miedo o inseguridades se ponía a la defensiva, arrogante o insolente. Y muy sarcástica. Incluso más de lo normal. Normalmente pasaba todo a la vez. Era un mecanismo de defensa pésimo, además arriesgado.

—Por cierto—añadió con un tono del que Samantha no habría estado orgullosa—, deberíais buscaros un sitio más lleno de mierda, este lugar es demasiado acogedor como para ir trayendo a la gente que asaltáis.

«¿Por qué narices no cierras la boca antes de que te la cierren a la fuerza?», le gritó la parte racional que le quedaba a Casey. Naturalmente la pelirroja no le hizo caso, cuando actuaba con insolencia esa parte de ella y su sentido común se volvían prácticamente mudos. Era una suerte para los de su alrededor que eso no sucediese a menudo.

—¿Por qué en plural? ¿Cómo deduces que hay más gente?

—Eh, no te veo la cara pero sí las manos, colega—dijo en un tono de obviedad—. Estoy bastante segura de que quien me estaba tapando la boca no tenía manos de niñita.

El hombre se acercó hacia donde estaba, tapando la luz de manera que Casey tuvo que volver a esperar a que se le ajustase la vista. Desgraciadamente conocía esa cara, y no le gustaba nada el parecido que tenía con ella. «¿Será la vena irlandesa?». Séaghdha O'Riley compartía con Casey algo que iba más allá del físico. Tenían la misma determinación de acabar el uno con el otro, casi pudo verla reflejada en su rostro cuando la miró. Las intenciones del opuesto eran desconocidas.

De los tres hijos de Grant, Shay era el más parecido a él, además de su primogénito. Aunque había que reconocerlo, Séaghdha era considerablemente más guapo, al fin y al cabo había heredado ciertos rasgos de su difunta madre, como los labios finos y las facciones suaves y gráciles. Pero el físico nunca lo había sido todo y Casey ya sabía que Shay era el más despreciable de los hermanos O'Riley.

Cuando se acercó a Casey, ella se sintió pequeña durante un instante, temiendo por lo que quisiese que fuese a hacerle. Su expresión seria resultaba intimidante, sin embargo, al ver cómo una sonrisa desafiante se trazaba en sus labios las ganas de borrarla superaron al miedo.

Casey no podía darle una patada porque estaba atada, así que hizo algo estúpido aunque eficaz: le lanzó un escupitajo directamente hacia el ojo.

Segundo error de la noche.

—Vas a arrepentirte de eso.

Casey profirió una retahíla de maldiciones de lo más creativa mientras que Séaghdha se limpiaba el ojo del escupitajo. Seguidamente le dio una bofetada, tan fuerte que Casey sintió que le palpitaba la cara.

«No he debido decirle que tenía manos de niña». Sí, eso pensó mientras sentía que le ardía la cara. «Esa me va a dejar marca».

Cuando se quiso dar cuenta, había un hilo de sangre goteando desde su labio inferior. En realidad estaba asustada, no por la posibilidad de que le diese otra bofetada—aquello podía soportarlo—, sino por otra cosa.

Le había escupido en la cara por aquella sonrisa maliciosa, tan cercana a su rostro que casi había notado el calor del aliento de Séaghdha. Este gesto consiguió despertar el terror en ella. Si le hacía algo, nadie se daría cuenta. Casey no sabía dónde se encontraba pero estaba segura de que no habría gente alrededor. ¿Y si Séaghdha iba más allá de dejarle un par de marcas en la cara y el labio roto?

—Mira cómo tiemblo—replicó sin mostrar una gota de miedo.

«¿No puedes callarte de una vez?». A veces se preguntaba cómo podía ser tan insensata.

—No sé si esto es porque tienes agallas o si es porque eres estúpida.

«Puede que ambas», pensó Casey sin expresar algo más que indiferencia mientras le miraba, moviéndose por la habitación. Según dedujo la inspectora, era un antiguo almacén, estaba abandonado, mohoso y probablemente cercano a un río, eso habría explicado la humedad. Shay se paseó a su alrededor, molestando a Casey con los cambios de iluminación que suponían sus movimientos.

—Aunque tienes razón, hay más gente, pero ahora solo vas a hablar conmigo. Soy Séaghdha. Dime de qué hablaste con mi padre en La Herradura y por qué estás aquí. Te soltaré—prometió con un deje de pereza en su voz—, nos olvidaremos de esto.

A Casey se le escapó una risa y él se quedó mirándola, confuso. Honestamente, esa expresión le hizo olvidarse durante un instante de que había roto su labio, que era una de las personas más peligrosas de la ciudad y que estaba atada a una silla roñosa. Le habían empezado a doler las muñecas por el amarre.

—Oh, Shay, Shay, Shay—dijo lentamente, con una socarronería que podía costarle la vida—. ¿Por qué no vas y le preguntas a tu papaíto?

Casey Robins dijo aquello porque Séaghdha le irritaba casi tanto como ella a él, pero curiosamente, hacer esa pregunta debió de ser de las pocas cosas que hizo bien ese día.

—Habla, Bishop. Es la opción más sensata y nos ahorraría las molestias. ¿Por qué has venido hasta nosotros? ¿Qué te interesa?

Casey sospechó que no debía decirle la verdad bajo ningún concepto. Por una parte, sintió que era una prueba; por otro lado, la expresión de Shay parecía demasiado real como para que fuese una iniciación. ¿Y si el hijo de Grant no sabía realmente de qué habían hablado y sospechaba de ella en otro sentido?

Séaghdha insistió una docena de veces más y Casey vio cómo se hartaba poco a poco. La irlandesa no le dio respuesta alguna, ni siquiera cuando apenas notó la mejilla derecha por los golpes que le había asestado. También se le iba a hinchar la parte inferior del ojo. Llegó un momento en el que Casey habló con un tono conclusivo, dejando claro que no iba a confesar lo que había hablado con Grant O'Riley en la zona privada del bar. Luego pasó algo inesperado.

—A lo mejor le comenté que el clima es mejor que en Dublín—especuló con una sonrisita que luego borró—. Si quieres saber de qué hablé con tu padre, pregúntale, que decida él si te incumbe o no, porque, por lo que a mí respecta, no te interesa y no voy a hablar de ello.

Dando una patada a su silla, esta cedió y Casey cayó de bruces contra el suelo. Más que el dolor, fue la sorpresa la que hizo temblar a la chica. Se sintió desorientada y no pudo hacer nada mientras Shay la desataba de la silla y le volvía a rodear las muñecas con las cintas para luego ponerle las manos detrás de la espalda. De no haber estado así, le habría dado una buena patada.

De repente escuchó unos pasos aproximándose. «¿Qué viene ahora?». Había más de una persona—los pasos iban demasiado descompasados como para que viniesen de una—, y cuando Casey escuchó un goteo simultáneo, al principio exiguo, se temió lo peor. Al levantar la mirada hacia su izquierda vio un recipiente lleno de agua y de hielo.

Esta vez no pudo contener la manifestación de sorpresa en cada una de sus facciones. Lo último que vio antes de la tortura fue la sonrisa de Séaghdha. Después, sintió que se ahogaba.

No había una manera bonita para describir aquellos minutos. Una mano cogió a Casey por el pelo y hundió su cabeza en el recipiente provocando su asfixia de efecto inmediato. Sabía que no estaba nadando en el mar, pero sentía que se estaba hundiendo en lo más profundo del océano. Su cerebro no era consciente de que estaba en un almacén abandonado y no en una piscina, asfixiándose por la falta de oxígeno.

Creía que estaba a punto de morir, y que lo poco que le quedaba de vida se le escapaba suplicando que parase en su cabeza. Todo se volvía extremadamente lento cuando el agua helada le empapaba la cara y se volvía aterradoramente rápido cuando uno de los desconocidos levantaba su cabeza, tirándola del pelo. La vida se le resbalaba en cada instante en que su cabeza se sumergía en el agua helada. No supo distinguir si sudaba o si el agua helada se deslizaba por su rostro como las gotas en un cristal empañado.

Cada vez que la levantaba, Shay estaba ahí, observándola con asco y diciéndole que solo tenía que hablar para que aquello acabase. Tomaba su cara entre sus manos y la sostenía para que lo mirase, para que viese quién le estaba haciendo eso. Casey habría mentido si dijese que no se planteó contarle toda la estúpida conversación para que acabase esa tortura, pero resistió todo lo que pudo.

Resistió por todo lo que amaba. Resistió por Samantha y Connor. Resistió por Thomas, Noah y sus sobrinos. Resistió por su promesa a uno de sus muertos. Resistió por todo aquello que conocía y por lo que le quedaba por conocer, por la nueva ciudad a la que se estaba acostumbrando y por su nuevo compañero. Y sobre todo, resistió porque llegando a Nueva York se había acercado a los asesinos de su padre. Resistió porque su nuevo objetivo era acabar con quienes habían acabado con él. Y lo iba a hacer.

Para entonces ya no sentía sus extremidades. Su cuerpo había dejado de ser suyo cuando se había negado a cooperar. Quiso vomitar, pero sentía que ya no quedaba nada en su estómago más que agua y hielo.

—¡Venga ya, Bishop! No me digas que quieres seguir así. Dentro de unos minutos estarás en un estado tan reprobable que me suplicarás que acabe con tu vida. Es muy conveniente que hayas aparecido después de la muerte de Acker, ¿no crees? ¿Qué haces aquí?

Uno de los matones de Shay volvió a sumergir la cabeza de Casey y vio cómo O'Riley esperaba una respuesta con una sonrisa que habría deseado borrar de un puñetazo. Como las anteriores veces, al coger aire escupió el agua que había tragado y esta se mezcló con la sangre de su labio. Todo sabía a metal y agua. Casey se prometió que si salía de aquella situación no volvería a tomar nada con hielo durante mucho, mucho tiempo.

—¿Séaghdha?

—¿Sí?—inquirió sonriente.

Casey imitó su sonrisa depredadora, temiendo que si su piel volvía a entrar en contacto con el agua fuese a perder el conocimiento de una vez por todas. Puede que esa fuese la mejor opción, quizás así terminaría el sufrimiento. La pelirroja habló lentamente y vio cómo Shay esperaba sus palabras expectante.

—Que te jodan.

Tras los diez segundos más largos de su vida, Séaghdha aplaudió, provocando que su confusión y su dolor de cabeza se intensificasen. Casey se encontraba conmocionada y horrorizada, dudaba ser capaz de mantenerse en pie.

Por suerte no tuvo que preocuparse por eso, las dos personas que estaban allí la levantaron lentamente. Una era una chica, aparentaba ser más joven que Casey, no habría pasado de los veinte años y eso le preocupó a la inspectora. Y quien le había sujetado el cabello era un hombre al que Casey reconoció. Era Keith McManus, el segundo de Séaghdha.

—Enhorabuena, Neil Bishop—le dijo Shay—. Ya tienes un pie dentro de nuestro barco.

Casey se obligó a sí misma a aguantar las lágrimas, a no mostrar la ansiedad que hacía que su corazón latiera a mil, que hizo que la bilis le trepase por la garganta. ¿Había acabado esa tortura o definitivamente había perdido el conocimiento? La pelirroja no se sentía en su propio cuerpo desde que aquello había comenzado.

Debió ser lo primero, puesto que al final de la noche la llevaron a La Herradura para beber champán y brindar por el año nuevo y su triunfo. Casey no estuvo muy segura de nada después del barreño de agua y hielo, pero si tenía algo claro era a Séaghdha O'Riley no le contentaba de que hubiese pasado la prueba.

Aún habiendo sonreído, se le reflejaba en el rostro el recelo. Sabía que detrás de su expresión complaciente había una furibunda, letal. Otro día se ocuparía de ese problema...Esa noche no.

¿El tercer error de la noche? Buscar a Jamie Wells en aquel bar irlandés.

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