psique
Ya no se lo que es real. Me cuesta distinguir entre lo que es y lo que no podría ser más que locura.
Mi psique se ha roto, se ha desmoronado en miles de fragmentos.
Ya no puedo estar seguro de nada. perdí la noción de qué es algo y qué es la más absoluta nada.
No puedo estar seguro de las paredes de esta habitación, o de usted sentado en aquel rincón; o de los arboles allá afuera, ni del cielo sobre nuestras cabezas. Incluso de los astros que orbitan caóticos siguiendo órbitas malsanas que no llegan a ningún lugar.
Aún el cielo enigmático que pende sobre nuestras cabezas lleno de misterios, terrores y blasfemia, podría aplastarnos en cualquier momento.
Yo solía meterme en la mente de las personas sabe? Allí rebuscaba entre la porquería y sacaba a la luz los mas monstruosos secretos.
Cosas sucias e inconfesables.
Solía asomarme como un vulgar voyeur a echar un vistazo al enrevesado mundo interior de los individuos mas retorcidos y sádicos que su mente ciega jamás ha imaginado que puedan existir.
Y precisamente fue uno de estos depravados de mente podrida, de ideas enfermizas e imaginación desbordada quien me acercó al mundo de lo incierto. Quien me hizo pisar el enmarañado sendero de la locura.
Hasta aquel encuentro con lo descompuesto yo poseía la arrogancia típica de quien conoce de sobra su oficio.
Creía que no había recoveco en la mente humana para que se escondiera de mi cualquier atisbo de demencia - aunque en cierta forma muy mínima todos somos dementes.
Mis diagnósticos eran asombrosamente precisos. Y mis recomendaciones eran seguidas celosamente sobre cada caso.
Desde familias adineradas, pasando por todas las instituciones del estado, hasta el más humilde de los infelices que sucumbía al delirio mental, todos venían a mí y yo en mí magnificencia les departía sobre los casos que les aquejaban.
La policía era quien más buscaba mis servicios. E incluso llegué a ser invitado a tomar parte en ponencias internacionales. Tanto en estados unidos como en Europa era tenido como una eminencia en el nada placentero arte de explorar la basura de la mente humana. Digo tenido, pues ahora como usted bien sabe, no soy tratado mas que como un genio que enloqueció ahogado en las profundidades del saber que acumuló.
Y yo me creía ser alguien grandioso. Creía conocer de sobra todo sobre la mente humana. Que ingenuo fui.
Nunca creí que pudieran existir abismos tan grandes y simas tan elevadas dentro de un terreno que creía dominar tanto como lo era la mente.
Pronto me daría cuenta que todas las teorías que había aprendido y aplicado con tanto éxito nada tenían que hacer, no eran armas válidas para ciertos monstruosos estados que pueden existir dentro de la cabeza de algunos desdichados individuos.
Perdone usted si me nota extraño y mi comportamiento le parece tonto, incómodo o ya directamente indecente mientras le narró estos hechos.
Es que en verdad me causa espanto recordar lo vivido, mientras se que estoy siendo tan minuciosamente vigilado. Aunque le suplico no tomar encuentra este último comentario... Al menos no mientras no haya concluido mi historia.
Pero también debo advertirle de que existe la posibilidad de que luego de escucharme quede usted tan trastornado como yo. En tal caso le ruego que se dé de bruces contra algún canto con la cabeza, como hiciera aquel infeliz, hasta que sus sesos se desparramen por toda la estancia. Créame esto es mil veces mas piadoso que estar desnudo en cuerpo y alma ante eso... Que ser, tan morbosa e intensamente despedazado... Tan esparcido por el espacio y el tiempo. Tan infinitesimalmente repartido.
Todo sucedió en el prestigioso hospital estatal para enfermos mentales conocido coloquialmente como el 28. Y en un desequilibrado emplazamiento a las afueras de esta bulliciosa ciudad.
Para quien no lo sepa dicho centro sanitario cuenta con una caterva de profesionales de talla mundial, verdaderos eruditos en su materia.
Yo por aquel entonces - como usted bien sabrá- fungía como director general del mencionado psiquiátrico.
Como parte de mis políticas de reforma, impuse rigurosos métodos de control y las medidas de seguridad tomadas por mi eran muy estrictas. Quería asegurar el bienestar de los pacientes al igual que el del personal que los cuidaba.
Ya se habían dado casos de violencia con trágicos y fatales resultados. Como el del paciente que mordió a una enfermera en la garganta seccionandosela en el acto.
El recuerdo de ese paciente con la boca y la tradicional bata blanca empapadas de la sangre de la pobre muchacha era algo vomitivo.
Como este había otros tantos casos archivados igual de crudos e indigestos.
Fui yo quien dividió las áreas e ideé el sistema de pasillos y puertas por color: pasillos blancos para áreas de acceso común y para pacientes con problemas leves. Pasillos verdes para pacientes con problemas mas severos pero en vía de curación. Amarillo para casos de pacientes con potencial peligroso para si mismos y para el personal. Y por último el agujero de los horrores como llegó a ser conocido entre los internos, los dos pasillos de color rojo. Allí moraban aquellos cuya mente estaba tan trastornada que debía tenerseles aislados y ameritaban un trató especial, un riguroso protocolo que garantizaba la seguridad de ambas partes sin violentar los derechos del paciente en calidad de ser humano.
Un día llamaron a la puerta de mi consultorio era un representante de la comisión permanente de efemérides patrias, órgano encargado de velar por la memoria de nuestros personajes inmortales, quería que les ayudara con uno de sus colegas que estaba enfermo.
El hombre en cuestión era nada mas y nada menos que el Dr. Leonardo Pouig Guzmán, reconocido y respetado anticuario especializado en criptografía y etnología precolombina.
El antes mencionado especialista ha realizado extensos trabajos sobre la vida de nuestros antepasados aborígenes especialmente sobre sus creencias religiosas y filosofías, llegando incluso a descubrir pictogramas y elaborados códices pertenecientes a una raza de indígenas desconocida por la ciencia moderna.
Así que sin perder el tiempo partimos en cuanto estuve listo.
Condujo un lujoso Sedán por las congestionadas calles de Santo Domingo tomando la avenida 27 de febrero deslizándose suave por los túneles y pasos a desnivel a gran velocidad.
Salimos de la ciudad tomando la autopista 30 de noviembre hasta llegar a un pequeño cruce unos kilómetros antes de la ciudad de Sancristobal.
Nunca antes había reparado en la estrecha calle de tierra por la cual nos desplazábamos a velocidad moderada.
Una fina nube de polvo se levantaba mientras rodábamos firmes hacia un destino incierto para mi.
La persona que había ido hasta mi despacho a sacarme de mi rutina habitual solo se identificó como Lorenzo. Era un tipo de mediana edad de tez morena con un bien cuidado bigote fino que cubría una boca pequeña la cual a su vez ocultaba unos blancos y perfectos dientes.
Su mirada era serena pero elocuente, sus ojos grandes y negros relampagueaban detrás de unos finísimos lentes sin reflejo.
Su porte general era de tal naturaleza que rezumaba elegancia y esto unido a su traje de corte delicado y su nada despreciable estatura en conjunto le confería una distinción señorial.
Hablaba poco pero al mismo tiempo advertí que no era tímido, si no mas bien parecía pensativo y sin embargo me era imposible deducir algo acerca de el pues era prácticamente inexpresivo.
Dejé de insistir en mis parloteos cuando advertí por tercera vez que no estaba dispuesto a hablar salvo cosas triviales y sin relación con el caso que nos llevaba hasta aquel paraje.
El paisaje se tornó mas silvestre a medida que avanzábamos. Los arbustos característicos de la región fueron pronto reemplazados por árboles frondosos y la planicie desapareció dando paso a ligeras colinas y pequeñas quebradas con moribundos riachuelos que agonizaban al borde de la carretera de tierra.
Al fondo y en la distancia la cordillera central dominaba la vista alzándose majestuosas sus montañas que asemejaban un grueso muro almenado, recortándose contra un cielo claro por el cual vagaban sin ton ni son unas cuantas nubes errantes.
El silencio de mi anfitrión se transformó en una especie de malestar que se convirtió en un mal humor encallado en mi rostro duro e inexpresivo.
Tras un tiempo mas largo del que yo hubiera deseado llegamos a una enorme propiedad demarcada por un largo muro exterior de al menos cuatro metros de alto, sin pintar y cubierto de enredaderas.
Un enorme portón de metal, negro como una agonía, nos dio el acceso a la propiedad; Una finca bien cuidada y dedicada a un uso muy distinto del que suele dársele a este tipo de inmueble.
Enormes arboles ornamentales ordenadamente plantados matizaban el panorama siendo complementados por extensos jardines de vistosas flores y bellos arbustos, entre una bella y delicada capa de grama que se extendía como una alfombra alternándose entre la luz solar y la sombra de los arboles.
Al fondo un edificio de tres niveles hacia las veces de casa de campo y cabaña. De estilo neo gótico con reminiscencias victorianas y trazas de influencia colonial, la edificación dominaba la vista dentro del recinto. Se alzaba sobre un montículo rodeado de jardines y unas cuantas fuentes artificiales dotadas de estatuas y esculturas de extraña belleza.
Las ventanas arqueadas y enladrilladas lo mismo que las columnas dóricas y el patio interior daba fe de la poco frecuente mezcla arquitectónica que inspiró a su diseñador. Era de notar que el efecto logrado era impresionante. Un opulento edificio capaz de llamar la atención con brusquedad e insistencia bestial. Era casi imposible no detener en el la vista.
Esparcidos por el lugar había otras pequeñas edificaciones de estilo mas corriente y sobrio, quizás fueran oficinas, laboratorios o lo que fueran nunca llegué a saber.
Unos cuantos empleados, muy pocos desde cualquier punto de vista, aparecían de vez en cuando cabizbajos y taciturnos, ensimismados en sabrá dios que tipo de ideas. Nunca los observé juntos en un mismo sitio, mas bien parecía que rehuían el contacto mutuo como si una especie de misantropía colectiva se hubiera apoderado de todos - encuentrele usted el sentido a tamaño error de definición lingüística.
Mi enmudecido anfitrión me llevó de prisa a través del patio hasta pasar la puerta frontal de extraña factura. Desembocamos en una amplia sala de techo alto cargada de muebles y detalles excesivos, una poética pesadilla diría algún escritor. Pero para mi tan experto en los arcanos de la mente, solo veía el potencial daño psicológico que tal tipo de edificaciones pueden causar en una mente débil. Tal cantidad de esquinas y detalles con grotescos bajorrelieves, cornisas sobrecargadas, muebles llenos de infinidad de gravados. La pesadilla podía ser bella pero seguía siendo una pesadilla, y sin embargo no podría calificarla menos que una sublime obra de arte.
Cruzamos la sala a grandes zancadas, internándonos en oscuros pasillos de techo alto en los que reinaba un silencio mortal perturbado solo por el sonido de nuestras apuradas pisadas en el suelo de grandes losas pulidas que brillaban cual espejos reflejando la mortecina luz que se filtraba por unos estrechos tragaluces colocados en la parte superior del inmueble.
Las repisas de intrincados diseños se encontraban colocadas en espacios creados para ellas iguales de enmarañados y llenos de pliegos y recovecos, salientes y cornisas.
Uno de estos pasillos nos llevo hasta una puerta de metal que rompía totalmente la armonía de la construcción.
Tras abrirla un nuevo pasillo desfiló ante mi pero este era rustico y de piso corriente de cemento sin pulir.
Era largo y no tenia puertas a los lados que dieran a ninguna otra sala. Como el resto de la casa el techo de este pasillo era alto pero sus paredes eran mas angostas y claustrofóbicas. Eran tan angostas de hecho, que debí de andar detrás de mi anfitrión pues no podíamos caminar lado a lado.
No pude evitar sentir un brote de temor, un infantil y frío temor en aquel pasillo angosto, mal iluminado por una tenue luz artificial pues allí no había tragaluces.
No había repisas ni diseño estrambótico, solo el pasillo recto.
En un punto dado el estrecho pasillo término convertido en unos incómodos y estrechos escalones de cemento que descendían en una pronunciada pendiente. Tras descender dimos con otra puerta de grueso metal cerrada con llave.
Mi anfitrión sin decir mas que dos o tres palabras en todo el trayecto, abrió la puerta y entramos en una amplia habitación. Está se encontraba bajo tierra en lo que vendría siendo parte del sótano de la mansión pero habilitado como una acogedora estancia.
Contaba con aire acondicionado, una estantería llena de libros de grandes autores, una surtida licorera, unos delicados sillones forrados en fina piel de color champán, una mesa rectangular con dos sillas de madera de maestral factura de estilo victoriano. La cama, de una exquisitez que rayaba en la extravagancia, estaba en el lado derecho.
Las paredes estaban tapizadas con telas de terciopelo blanco decoradas con elegantes arabescos color champán.
Deslumbrado por el lujo de aquella habitación bajo tierra, no reparé en la persona que se encontraba en un rincón en una zona de Penumbra dentro del cuarto, por lo cual cuando asomó lentamente me llevé tremendo susto. Y esto no solo por la sorpresa si no por el lamentable estado de la persona que lentamente asomaba.
Cuando salió a la luz hube de ahogar un grito de espanto en mi garganta.
Su rostro asemejaba un globo blanco desinflado sobre la calavera, toda su osamenta aparecía de manera cadavérica por debajo de la piel sin brillo y anormalmente pálida. Llevaba una larga bata blanca, la cual sin embargo no lograba ocultar la delgadez extrema del sujeto. Dos huesudas extremidades asomaban de la bata cuyos largos dedos podrían causar pesadillas a mas de uno.
Lorenzo me lanzó una furiosa mirada ante mi falta de tacto y es que me era imposible mantener la compostura ante semejante anormalidad. Y no era solo el estado deplorable del físico del individuo, era su mirada, la manera retorcida con que oteaba a su alrededor con una expresión de terror infinito, horror desbordado. Un espanto que nunca antes hubiera visto. Como si se encontrara en una jungla llena de bestias y serpientes que quisieran devorarle a cada segundo.
Pero aún la analogía antes mencionada se queda corta ante tal magnitud de terror y miedo desmedido.
Lorenzo me habló entre dientes sin dejar su actitud represiva - este es el magnífico doctor Leonardo Puig Guzmán.
Tampoco ahora pude evitar quedar como un idiota al escuchar el nombre. Yo había asistido a una o dos exposiciones del reconocido arqueólogo y lo recordaba un tanto pasado de peso, no que fuera obeso pero su peso pasaba un tanto la media. Pero aquí tenia poco mas que los huesos y la piel estirada de mala manera sobre ellos y daba la impresión de que sobraba piel como si se tapizara algún mueble y sobraban pliegos de tela.
¿Que clase de mal pudo haberle ocurrido a este hombre de ciencia? Que tipo de monstruoso estado mental pudo degradarle de tal manera?
Cuando lo tuve enfrente no pude entender como podía mantenerse de pie.
Tras la malograda presentación me extendió una delgada y temblorosa mano sin dejar nunca de vigilar cuidadosamente cada esquina, debo confesar que sentí una gran aversión a tocar aquella mano trémula y rugosa que manifestaba cierta rigidez.
Finalmente cuando la situación empezaba a tornarse incómoda y Lorenzo me miraba como si quisiera matarme le extendí la mía. Sentí un escalofrío al sentir el contacto de aquel cadáver viviente, nunca podré olvidar el tacto frío, la rigidez y flacidez al mismo tiempo de aquella mano que parecía deshidratada y marchita.
Tras el desagradable saludo Lorenzo me llevó a un lado de la habitación y tuvimos una escueta conversación en la que me habló del cuadro clínico de mi nuevo paciente. De muy mala gana me explicó que el venerable erudito había enloquecido hundiéndose en un mito prehispánico, en verdad un mito tan antiguo como lo fueran estas tierras.
Según algunos mitos de los aborígenes Kaatamcohà dios de los deseos podía alimentarse a través de su gran ojo el cual fijaba sobre algún individuo hasta consumirlo por completo convirtiéndolo en una sopa asquerosa de huesos roídos y gastados con los despojos de las carnes restantes.
Como pueden ver un inocente mito ancestral, pero la mente trastornada de Leonardo le hacia afirmar que tal deidad le estaba devorando poco a poco.
Tras terminar la charla Lorenzo se disculpó y con sus elegantes pasos abandonó el cuarto dejándome solo con el cadavérico paciente.
No lo niego sentí pánico, sentí una irracional sensación de peligro y las furtivas miradas del enfermo no hacían mas que agravar la situación.
Inmediatamente comprendí que no podría tratarle allí. Pues yo estaba sugestionado en aquel lugar. No podía concentrarme en el paciente en aquella incómoda situación. Y no es que aquella fuera la única vez que contemplara los indeseables estados tan degradables en que la mente suele sumir al cuerpo, ya lo había observado antes en cientos, si no miles, de pacientes.
Los infelices que caen presa de filosofías o ideas religiosas hasta quedar traumatizados y postrados ante seres míticos producto de sus mentes excitadas, por lo general presentan este tipo de cuadro clínico agravado cada vez mas por la extrema presión psicológica a la que sus propias mentes les someten.
Basta rememorar algunos casos sonados y famosos en donde la víctima se creyó poseída por seres míticos, como por ejemplo el caso de Analyse Míchel en Inglaterra, en donde puede verse la inmisericorde fuerza de la mente actuando sobre su físico trasformándola de tal forma que nadie que haya contemplado el estado posterior diría que era la misma chica tímida y de cálida sonrisa de antes.
Como el antes mencionado podría continuar acumulando relatos para que usted entienda que no fue falta de conocimiento de mi profesión lo que me llevó al grado en el que estoy.
El caso del Doctor Leonardo era particularmente indeseable y diferente.
No era por el estado físico, ni por la extrañas manías que acompañaban a su mente enferma. Eran, creo, sus ojos, su mirada atrapada en otra realidad. La insistencia y persistencia de esa mirada sobre algo maravillosamente espantoso que sin embargo nadie salvo el lograba ver.
Cuando le pedí que se sentara temí que no pudiera entenderme inmerso como estaba en otro mundo, en otras galaxias lejanas recorriendo oscuros y extraños planetas bañados por la luz de mórbidas e insondables estrellas. y sin embargo me escuchó y mas que eso me habló de una manera tal que al instante descarté todo tipo de locura en el.
Era mas que obvio que aquel hombre no estaba loco, o al menos no como lo que se considera habitualmente locura. Mas bien podría decir trastornado, prisionero de sus propias monstruosidades.
Su voz era débil apenas un chorrito de sonido, pero firme y convincente. Hablaba con una claridad notoria, sus ideas y nociones de la realidad eran muy acertadas quizás hasta mas que las mías. Incluso me habló sobre un importante descubrimiento acerca de unas estrafalarias notas musicales ancestrales descubiertas por el, que según afirmaba provenían de los antiguos pobladores de la isla. Esto para el era algo sumamente importante.
En toda la consulta noté como se esforzaba por demostrar su cordura de manera muy sutil pero con firmeza y determinación.
Pero sus palabras, esas malditas palabras ojalá y no las hubiera pronunciado jamás, desearía nunca haberle preguntado por aquella obsesión, aquella maraña de locura.
- Doctor - me dijo con toda lucidez y calma mientras la llama de la desesperación ardía trémula en el fondo de sus ojos -no soy mas que una frágil embarcación en medio de este infinito mar tormentoso - mientras hablaba continuaba con su obsesión de mirar furtivamente todo al rededor como si hubiese algún depredador agazapado en algún rincón de la habitación presto a saltar sobre nosotros y hacernos pedazos.
- usted no se imagina la vorágine que ruge en mis entrañas - continuó - el me ve todo el tiempo.
Traté de mantenerme sereno pero fue imposible, ya que mientras hablaba en sus ojos se pintaba una desesperación feroz, una llamarada de inquietud capaz de consumir la delicada linea de la cordura de quien sea.
- su ojo, ese monstruoso ojo, rojo como la sangre de sus indefensas víctimas, está día y noche sobre mi. He aprendido a tomar precauciones; lo evito. He leído mucho ¿sabe? Se que si estoy al aire libre el efecto sobre mi materia mortal es mas acusado. Pero de lo contrario si estoy fuera del ojo pelado, fuera de su mirada airada, tiene menos capacidad para succionar mi frágil materia.
Por supuesto que estas palabras son las palabras de un loco, pero había algo en el, en su tono, en su voz. Algo macabro y siniestro en la forma que lo pronunciaba de tal forma que no pude evitar mirar detrás mio varias veces y confieso que sentí el calor de unos ojos sobre mi como si estuviera siendo observado.
Sentí ganas de irme, de abandonar aquel lugar tan poco apto para la salud mental de nadie, volver a la comodidad y seguridad de mi casa en la vivificante ciudad de Santo Domingo. Pero había venido para ayudar a una de las mentes mas brillantes de la pléyade de intelectuales de mi país y no iba a abandonarlo a su suerte en las garras de la locura.
Planteándome estas cosas estaba cuando el corazón volvió a darme un brinco.
Estaba sentado frente a mi esquelético paciente tratando de no incomodarme con sus furtivas miradas, con el delirio macabro pintado en sus ojos, cuando en medio de la charla su voz apagada hizo un brusco silencio y se llevó una de sus huesudas manos a la oreja en la posición de quien está escuchando algo.
Entonces justo allí ante aquel gesto tan anormal y fuera de lugar no dudé un segundo en la locura de tan venerable señor.
Justo iba a abrir la boca para decirle que se calmara cuando violentamente se abalanzó sobre mi cubriendo mi boca con sus largos y delgados dedos mientras me susurraba:
- ¡¡calle, calle por el amor de dios!! No haga el menor ruido solo escuche, escuche como esa abominación se mueve a través del cielo. Intenta encontrar el mas mínimo resquicio, el menor de los agujeros, para seguir alimentándose.
En cualquier otro caso hubiera actuado de la manera mas profesional, pues estaba habituado a los delirios de los mas variopintos pacientes, pero este no. Me bastó con mirar la fuerza de la desesperación marcada en esos ojos negros, la intensa sensación de peligro inminente que se cernía sobre aquel rostro.
Sus dedos esqueléticos temblaban violentamente mientras sujetaban mi boca con una fuerza tal que solo el miedo irracional puede lograr.
Lo veía aguzar el oído tratando de escuchar algo, algo que obviamente, no estaba en este mundo, quizás en su mente...
No supe porque, pero en aquel momento sentí miedo. Miedo de algo que se movía a través de algún cielo en algún lugar. un algo, un cielo y un lugar que solo Leonardo lograba ver pero que sin embargo yo lograba de alguna forma sentir.
-Quedese quieto - me dijo en un susurro lleno de miedo - que aunque aquí no estamos al aire libre, aun es capaz de vernos y sentirnos. Aún es capaz de absorber nuestras partículas aunque sea muy poco. Mantenga la calma y por más que no pueda creer una sola palabra de lo que digo le ruego que se esté quieto.
No me juzgue usted duramente si le digo que me incliné como un niño intentando hacer el menor ruido posible, tratando de reducir al mínimo el sonido y ritmo de mi respiración. Sintiendo desesperación por el ruidoso latido de mi corazón quien pudiera delatarme ante aquella pesadilla nacida en el crepúsculo dantesco de algún universo antiguo y frío lleno de horrores y desolación.
- escuche como se arrastra, como se revuelve su maléfico ojo tratando de encontrar la menor de las aberturas para succionar mis partículas - continúo
Mientras el hablaba yo continuaba allí echado en la posición en que me obligó a adoptar y mi mente excitada imaginaba todo tipo de monstruosidades. Imaginaba, según los mitos, a aquel ser abominable e informe con su enorme ojo de varios kilómetros hurgar en los recónditos espacios interestelares buscando en el insignificante globo azul que llamamos tierra una fuente de energía para si. Ávido por saciar su hambre atemporal. Deseoso de obtener energía de unos seres incapaces de enfrentarse a el.
Sentí miedo. Un miedo que no había sentido antes. Un miedo que se hacia palpable en los ojos de mirada perdida de Leonardo y en el rítmico temblor que estremecía todo su cuerpo. Sentí miedo de Kaatamcohà y de su hórrido ojo devorador de partículas. Un miedo irracional de estar perdiendo materia sin poder hacer nada para remediarlo salvo esconderme en oscuros escondrijos como cualquier alimaña, sin poder contemplar el cielo estrellado, o recibir en mi piel la luz de nuestra estrella.
Estaba al borde del delirio, mis ojos se hallaban anegados en lágrimas, unas lágrimas genéricas, una suerte de llanto ancestral, ante la impotencia de nuestra especie tan frágil y tan vulnerable a merced de cualquier entidad maléfica que decidiera borrarnos del universo. Aquel mismo universo que nos concibió y nos hizo evolucionar de una manera tan poco apta para el peligroso y salvaje entorno en el que nos ha tocado existir.
No soportaba mas la angustia y me desagradaba a muerte la idea de ser descubierto por aquella anomalía cósmica. Entre tanto el Dr. Leonardo seguía con sus extraños y atemorizantes parloteos infundiéndole un miedo concentrado a mi corazón. Estaba a punto de languidecer cuando sin previo aviso entró Lorenzo y se me quedó viendo con esa mirada fría e inquisitiva que solo el era capaz de lograr. No dijo palabra alguna pero su silencio fue mas que elocuente. Me sentí avergonzado, humillado. Allí ante la mirada acosadora de aquel hombre que delataba tanta nobleza, me sentí ser la vergüenza de los profesionales de mi rama, el loquero arrastrado a la locura. Sin perder la calma un segundo me dijo: puede decirme que está haciendo Dr. Rodriquez?
Un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Tenía que responderle pero no sabía como, me hallaba pulverizado, atrapado infraganti violando todos los firmes principios que rigen armoniosamente mi distinguida profesión.
Hice ademán de levantarme de la sumisa posición en que estaba, pero no llegué ni a mover un músculo cuando el trastornado volvió al ataque insistiendo con una vehemencia y un apremio infinitos para que no me moviera lo mas mínimo.
- Dr. No se atreva a levantarse por favor se lo ruego. Solo quede se inmóvil un momento le pido y estará bien. Estoy seguro que siente esa presión sobre sus átomos, esa perturbación en los meticulosos enlaces nucleares que le conforman. Se que no puede explicarse lo que siente pero la respuesta es Kaatamcohà husmeando sus partículas.
En efecto no le había prestado atención a aquella extraña sensación que llevaba rato sintiendo en mi piel. Una especie de leve hormigueo tan leve y sutil de hecho que mas bien parecía algo venido de la imaginación pero que sin embargo al prestarle atención llegaba a ser hasta si no doloroso incomodo.
No supe como reaccionar. Por un lado quería poner en practica mis conocimientos y actuar con sensatez ante aquella patética situación, pero al mismo tiempo las palabras del enfermo eran muy poderosas. Tan poderosas que me impedían actuar. Había una poderosa y sincera convicción en aquellos ojos, una fuerza nacida del hecho mismo de conocer algo y ese algo lograba proyectarse a través del gesto de espanto macabro que se había esculpido a plomo en la cara del infeliz que languidecía poco a poco ante tales monstruosidades.
-Pero Dr. Levantese ya - exclamó Lorenzo visiblemente molesto.
- ni por un segundo haga tal cosa mi buen doctor - interpeló el esquelético paciente - tenga por seguro que un solo movimiento en estos momentos pondría su vida en un peligro mortal. Un peligro sin nombre ni límites.
- por favor Dr. No me diga que en verdad creé tales delirios de locura.
No hallaba respuesta en el baúl de mis razonamientos lógicos.
- por Dios, venga doctor - dijo Lorenzo y esta vez manifestaba una pizca de burla camuflada en una pequeña sonrisa pintada bajo el cuidado bigote - ¿donde está su profesionalidad?
- si el caso es mucho para usted puede marcharse. Yo solo lo busque por su profesionalidad pero al parecer debo lamentar que en este país no cuenten con un solo especialista para tratar este particular caso.
En esta ocasión atacaba a mi orgullo sin piedad avergonzandome hasta limites estratosféricos. Pero el demente seguía allí sujetándome con sus mermadas fuerzas y con sus ojos desorbitados irradiando un miedo casi sustancial. Y sentía la presencia de algo algo peligroso. Era extraño pero sabia que algo semejante a una gran bestia merodeaba alrededor, como uno de esos grandes felinos australianos. Una fiera feroz que se escondía al asecho de la víctima incauta. Me sentía tal y como una rata acechada por una enorme serpiente, su instinto sabe que el peligro ronda cerca pero sus ojos saltones no logran ver al monstruo y solo su cautela puede librarle de una muerte por demás inmisericorde y paralizante.
Fijando en mi sus ojos inquietos el delgado paciente soltó lentamente: Dr. No se mueva por nada del mundo. Y yo le escuché aunque ya la situación había rebasado el limite de lo extraño y se hundía en el lodo cenagoso del ridículo.
- no puedo creer esto ahora tendré que traer otro psiquiatra para usted también. Hombre solo razone si tales barbaridades fueran verdad como explica usted que yo esté de una pieza. ¿No debería yo también haber sucumbido ante el poder de aquella locura? Solo use la lógica doctor.
Sus palabras al fin me dieron el aliciente que me faltaba para vencer aquel estado de idiotez que se había adueñado de mi cuerpo. No me costó mucho comprender y aplicar mis teorías a mi mismo, dándome cuenta inmediatamente de la causa de mi delirio.
Histeria. El mismo mal que se abatió raudo sobre salem en estados unidos y causó la muerte de tantas mujeres inocentes. El mismo mal que avivó tantas hogueras en Francia, España e Inglaterra. El mismo mal que provocó la abominable matanza de palmasola.
Que vergonzoso para mi manifestar semejante conducta frente a un paciente. No era digno de mi titulo de médico de la mente. ¿Como podría ayudar a aquel pobre sujeto si yo mismo no podía guiar mi mente por los pasillos rectos y delineados de la cordura?
Me avergüenzo tanto ahora de confesarle esto, pero ya que mas importa. Yo hube de mentir para salir de allí con al menos una mota de dignidad. Mentí descaradamente. Con la rapidez que solo las neuronas saben alcanzar tramé un plan para salvaguardar, al menos exteriormente, mi prestigio ganado a pulso a lo largo de los años. También me serviría para atacar al imperturbable Lorenzo.
- amigo mio - dije serenamente y utilizando mis años de experiencia para dominar mi rostro deformado por el pánico continúe con naturalidad para demostrar que tenia total dominio de la situación - que lástima que ponga usted en duda mi capacidad. Pero no le culpo, mis métodos son un tanto revolucionarios y no cualquiera puede entenderlos.
- oh ya entiendo doctor mil perdones.
Al fin pude verle fuera de su zona de confort. Parecía bambolearse como una torre apunto de caer. Era evidente que no estaba acostumbrado a perder discusiones.
Continuando con mi actuación, retiré con suavidad y firmeza las delgadas manos del paciente quien ahora parecía estupefacto y confundido.
- pero doctor yo pensé por un segundo que usted me creía. Mire por lo que mas quiera no se mueva.
Pero sus palabras ya no tenían efecto sobre mi. Ya comprendía la causa de su mal y era tratable. Quizás en un futuro nos sentaríamos a charlar y el agradecería lo que hice por su salud mental.
Con total tranquilidad continúe metido en mi papel, ahora estaba en mi territorio y ya no tenia miedo.
- mi querido Leonardo tranquilicese no hay nada malo allá afuera que pueda hacerle daño.
- señor Lorenzo - dije, ahora girándome hacia el con un gesto duró e inflexible - al parecer es usted el responsable del venerable doctor Leonardo, he de informarle que el paciente no puede permanecer aquí para su tratamiento. Estas condiciones son perjudiciales para el.
- le entiendo doctor pero creo que tal cosa no será posible.
- no le estoy sugiriendo nada señor - replique enérgico pero sin llegar a perder el control o cambiar la voz apacible - le estoy indicando lo que debe hacerse. El señor tendrá que ser trasladado de urgencias al hospital psiquiátrico 28 para darle atenciones físicas y mentales.
Dicho esto me puse de pie dejando en el suelo al paciente quien no decía ni una palabra.
- doctor lo hizo, se movió - dijo inmediatamente después de ponerme de pie - después no diga que no se lo advertí, hasta se lo rogué. Ahora el puede verle claramente. Ya no tiene donde esconderse, ya no tiene escape. Su perturbador ojo rojo estará siempre sobre usted y lo sentirá en sus entrañas, en cada molécula, en cada partícula de su cuerpo.
Temblé, pero creo que logré disimularlo bastante bien ya que Lorenzo no mostró su actitud agresiva. Y no temblé por las palabras salidas de la boca del enfermo si no por la forma. Ya lo he dicho antes, la mirada de este sujeto era terriblemente elocuente y lograba transmitir de lleno un grado de horror agobiante e infinito. La sórdida manera en que ponía su boca para decir estas palabras mordiéndose las paredes interiores de la misma, lo mismo que los labios. La curvilínea que dibujaban sus cejas bajo una frente surcada por grandes y marcadas arrugas, en definitiva un rostro deformado para transmitir un mensaje de miedo. Como si su alma estuviera rebosada hasta el tope de aquel miedo tan contagioso, que este se derramaba por aquel rostro esquelético y desfigurado transformándolo en el transmisor del lenguaje del alma del pobre perturbado mental.
- nunca debió usted de escuchar a este señor. El no es si no el servidor de aquel ser repugnante. El lacayo de la abominación grotesca que asoma en estos mismos momentos su babeante y pútrido ojo sobre usted.
A punto estuve de volver a estar presa del pánico y si no fuera por aquellas palabras lo habría hecho. Pero solo escucharle decir aquello me devolvió a mi zona de confort pues tales palabras eran claramente las palabras de un demente. Ya no tenia caso intentar charlar con el allí, tenia que ser trasladado al ambiente controlado del centro de salud mental para tratarle y mantenerlo bajo vigilancia, pues sus delirios eran fuertes y podían tomar un tinte homicida.
Luego de la malograda consulta Lorenzo y yo sostuvimos una larga conversación en la que se mostró muy cordial e impresionado por mis capacidades de análisis.
Me invitó a un trago en un exótico y sofocante despacho en uno de los pisos superiores, allí entre elogios y sonrisas acordamos todo en cuanto al traslado y atenciones del paciente. Allí también entre copas me relató los pormenores de la vida de mi nuevo paciente. Me enteré por el que, como es muy común entre los estudiosos, este estaba sólo en el mundo pues debido a lo arduo de su trabajo y la magnitud de sus estudios viajando a todo el mundo rebuscando en antiguas y desconocidas bibliotecas en polvorientos y antiquísimos libros escritos en incomprensibles idiomas, nunca hubo tiempo en su vida para el amor. Hijo único de una familia de ascendencia alemana, no conocía ningún familiar pues sus padres habían muerto siendo aún muy joven legándole fortuna y soledad.
En cuanto a Lorenzo este era su socio y compañero, juntos habían logrado todas aquellas hazañas de descubrimientos y hallazgos arqueológicos. Según Lorenzo el no era tan famoso como su amigo debido a que el no era tan dado a la fama así que quien publicaba los trabajos era Leonardo. Y que como su único e incondicional amigo debía hacer todo lo posible por procurar su bienestar.
Dos días después recibíamos en el hospital al cadavérico paciente que si la mente no me estaba fallando aparecía aún mas delgado y pálido - si es que tal cosa era posible.
Tras rigurosos exámenes físicos hechos por los mejores médicos del país llegamos a la conclusión de que su salud corporal estaba bien. El problema debía hallarse sola y exclusivamente en su trastornada mente.
Las tomografías no revelaron mayor anormalidad que una disminución ligera de la masa encefálica, lo que nos llevó a pensar que posiblemente se tratara de alguna enfermedad degenerativa similar al altzaimer o quizás la ponzoña maldita de algún desagradable parásito como la temible ameba come cerebros. Pero los exhaustivos exámenes hechos posteriormente no arrojaron ningún resultado ni aún tras repetirlos con otros especialistas. El misterio de la pérdida de masa cerebral seguiría siendo un misterio.
Desde su llegada al centro el paciente deliraba y mostraba un miedo extremo a los espacios abiertos al aire libre. Su temor llegó a ser tal que lloraba y suplicaba de manera desgarradora para que se le mantuviera alejado de tales lugares.
Como parte del proceso de cura tendría que llevarle a esos lugares pero sería poco a poco agotando un proceso para tratar de modificar su conducta trabajando sobre la raíz misma del problema. Sin embargo todas mis terapias resultaban ineficaces. Intenté tratar el problema de distintas maneras y no obtenía respuesta positiva. Incluso podría decir que el paciente empeoraba día a día.
Los días se sucedían en un concierto sin variedad y día a día fui agarrando una aversión y cierta repulsión a tratar al enajenado paciente, a quien confinamos en una de las salas amarillas a falta de no poder clasificar su estado y debido a su horror al mundo exterior.
Salvo la progresiva delgadez del paciente el tiempo no producía novedades hasta que llegó aquel mes de mayo tan siniestro y tan lleno de horrores, que sin embargo empezó dulzón y aparentemente cargado de bellezas. Al igual que los mortales sables de los Zares cargados de joyas y piedras preciosas, así llegó a mi vida aquel mes oscuro.
Salí de mi residencia con el sol apenas calentando tímidamente la joven mañana, las yerbas del jardín lucían tiernas con las diminutas gotitas de rocío prendidas de ellas que al recibir los rayos de luz del sol naciente las hacían parecer pequeñas luciérnagas esparcidas por todas sus hojas multiformes. Las margaritas lucían irresistiblemente bellas con sus pétalos cargados de diminutas gotas de de rocío.
No tenia prisas por lo que apenas si aceleraba el auto. Me tomaba mi tiempo para sentir y disfrutar la belleza de aquella mañana llena de colores y aromas.
Fue cuando se me ocurrió la mas brillante idea que había tenido en años. Tal idea me hizo sentir feliz, casi eufórico.
La cuestión era: si mi paciente - en quien me había volcado de lleno y por lo cual recibía duras críticas - pudiera salir a ese mundo exterior que tanto temía y ver la majestuosa belleza del mismo. Y si en vez de monstruos contemplara el cielo azul, el agua alegre de un río, la inmensidad azulada del mar, escuchar el trino melodioso de las aves. Quizás entonces le volviera la razón al entender que no había nada que temer del mundo.
Tal pensamiento me llenó de jubilo. Quizás al fin mi paciente empezaría a mejorar pues aunque la fuerza de su demencia era de tal magnitud que incluso logró contagiarme por unos eternos minutos, estaba empeñado en que mejoraría, que saldría curado de aquel centro.
Aunque tenia mis dudas pues era tan profunda la raíz de su padecimiento que para el, tal disparatada le parecía tan real que bastaba mirar sus ojos aterrados mirando el cielo para que se le encogiera el alma a cualquiera.
Pero tenia que pensar positivamente, aunque no como un iluso si no mas bien sentía que debía confiar en mi intuición y mi bien juicio.
Lleno de alegría llegué al hospital e hice mi ronda habitual sereno y calmado aunque cada vez que pensaba en mi paciente favorito me daba un vuelco el corazón de la emoción de poner a prueba mi tratamiento. Si tenia éxito quien sabe, quizás hasta escribiría un libro sobre este caso particular.
Dejé a mi paciente especial para último pues merecía mucha entrega y dedicación convencerle para salir al aire libre, ya que el mismo prefería estar en oscuros escondrijos bajo tierra.
Entré en la habitación del esquelético Dr. Leonardo y tuvimos una muy animada charla. Era sorprendente lo inteligente que era y el dominio que tenia sobre los mas variados temas. Departimos por varios minutos antes de atreverme a hacerle la invitación al mundo exterior que tanto temía.
A pesar de la repulsión que me provocaba su rostro y forma antinatural, sentía un gran afecto hacia el y su condición me daba verdadera lastima.
Hechos los preparativos valiéndome de los ardides de mi profesión, proseguí con cautela a la segunda fase de mi plan.
- ¿le gustaría ver el exterior de este edificio tan aburrido? - pregunté con gran afabilidad como si obviara por completo su fobia.
- ¿usted cree que no deseo ver el exterior de cualquier edificio?
Me contestó sin dilaciones.
- ¿en verdad crees que no quiero ver el cielo azúl? Acaso piensa usted que he estado confinado en la pequeña habitación bajo tierra de mi mansión por gusto? No se puede imaginar lo mucho que extraño dar un paseo al aire libre un día soleado, tumbarme de espaldas en una verde pradera y contemplar las nubes escurridizas o en una noche de luna llena observar el espectáculo maravilloso que nos ofrece el orbe plateado.
- doctor yo estoy sufriendo - continuó ahora con un tono de lastima y auto compasión.
- ¿y porque no lo hace entonces? ¿Porque no se anima a salir y ver con sus ojos la majestuosidad del entorno?
- hombre no se como explicarle y entiendo a la perfección que no pueda usted creerme ahora, pero se que lo hará. Lo que lamento es que será muy tarde. Llegará a estar convencido de esto cuando ya tenga el lazo echado al cuello. ¿Que cree? Sabe algo? Yo daría cualquier cosa por estar demente. Daría lo que fuera por estar completamente loco y que toda esta maldita pesadilla no fuera mas que producto de mi mente enferma. Pero lamentablemente no es así.
Admito que nuevamente sentí miedo. Sus palabras, sus gestos, el énfasis especial que ponía en demostrar su lucidez, todo hacia que lo que decía sonara tan real. Y para colmo esa mirada llena de terror brotando de esos ojos prácticamente hundidos dentro de la calavera.
Allí sentado en su habitación, con las ventanas tapadas para que no entrara la mas mínima porción de mundo exterior, volví a sentir esa aura pesada, ese sentimiento de inquietud como si nuevamente fuera la presa de un formidable depredador.
- El está allí - continuó con ese aire de gravedad y terror eterno en la mirada - detrás de las nubes. Oculto entre los escollos del cielo, atrapado por nuestra pobre realidad, atado a nuestro universo efímero, prisionero de nuestro tiempo descompuesto y por lo tanto sujeto a pudrirse irremediablemente, fundiéndose en nuestro claustrofóbico espacio tridimensional.
Sufrí una suerte de flojera en mis extremidades y hube de hacer un gran esfuerzo por mantener la calma y no perder los estribos como en nuestra primera entrevista. La tentación de ceder a sus palabras era tan poderosa en mi, pero tenia que vencerla, tenía que llevarle afuera y tratar de liquidar su temor al mundo.
Pero el no me daba tregua. Con su rostro pálido y de expresiones sombrías continuó con su perorata con diabólica elocuencia apenas abriendo los delgados labios para que parieran aquella vocesilla resbalona que sin embargo lograba penetrar hasta lo mas recóndito de mi subconsciente y despertar en mi temores tan adormilados que hasta ignoraba que existieran.
- también sé que usted lo sintió. Aunque lo negó en aquella ocasión. Se que sintió en sus carnes el ligerisimo pero molesto tirón de sus partículas, la presión agobiante sobre su cuerpo, la opresión de aquel tétrico ojo sobre usted. Ya estoy mal cobijado aquí pues no estoy lo suficientemente bien resguardado de su ojo devorador, y usted pretende que salga a tomar el sol, a caminar a cielo abierto.
Sus palabras tenían todo el tinte de quien conoce de sobra lo que está hablando. Pero yo no podia volver a permitir que me enredara nuevamente en el enrevesado mundo de su locura.
- doctor le aseguro que no hay nada alla afuera que pueda lastimarlo, le garantizo que... -- traté de decir para tranquilizarlo pero no me dejó terminar la frase, ya que me interrumpió con esa mirada aterrada, inmersa en miedo. Con la boca torcida hacia bajo y los ojos enterrados al fondo de la calavera volvió a hacer uso de su voz débil y aguda.
-- kaatamcohà es un parásito sabia? Un repugnante ser amorfo de terribles dimensiones, una anormalidad abortiva, un despojo de tejidos que se retuercen vilmente en asqueantes movimientos serpentinos. Un ser inteligente y de mente perversa y oscura. Los antiguos, temerosos de su malignidad y poder, lo adoraron como a un dios pensando que era tal, sin pensar que entre los dioses no es si no un gusano, una alimaña rastrera que no puede vivir sin robar la materia a otras formas de vida. Una suciedad del universo, un microbio maldito que enferma el cosmos con su hediondez y malformación.
Y sin embargo me hace temblar de miedo. Me estremece hasta las entrañas el temor de esa masa pulposa. Y no sólo por mi si no también por la terrible maldad que he desatado en la tierra. Esa abominación estaba tranquila en su letargo fui yo quien ignorante e infeliz traduje y leí aquellas palabras arcanas. Y despertó y ya no volverá a su prisión onírica. Se quedará aquí con nosotros hasta que se termine la vida orgánica en nuestro planeta. Y por cierto doctor usted sigue después de mi.
Una vez más estaba temeroso pero debía sacar de mi mente aquellas palabras pues sólo eran locura. No estaba Lorenzo y los demás sirvientes de la mansión todos bien? Por poderosas que fueran sus palabras yo sólo debía fiarme de la evidencia. Mientras más lo escuchara más riesgo corría de perderme en el enmarañado laberinto de aquella agobiante locura.
- lamento tener que insistir Leonardo, pero es más importante para mí mostrarle la soberbia belleza de este día.
Tras aquellas palabras me miró de una manera enigmática, la típica mirada ausente de un loco, sus ojos hondos relampaguearon con un repentino brillo de locura y esbozó una sonrisa torcida que luego se transformó en una ruidosa y trastornada risotada que hizo temblar los cimientos de la habitación e hizo desfallecer mi corazón.
- claro doctor ¿porque no? Vayamos a tomar el sol - dijo aún esgrimiendo aquella muesca colgada de sus labios delgados. - además ya estoy cansado de luchar - añadió.
No sé si usted logra captar lo que le digo pues es necesario que me preste mucha atención, ya que si quiere comprender y llegar al final de esto ha de seguir muy de cerca mi relato.
Leonardo no podía caminar muy bien por si solo, estaba muy débil y sus músculos estaban gastados y flojos. Además la falta de luz solar le había pasado factura dándole un aspecto cobrizo y cenizo a su piel, la cual, como ya señalé antes, colgaba morbidamente dándole un aspecto arrugado a su figura.
Fue necesario traer una silla de ruedas y en presencia de dos o tres entusiasmados colegas emprendimos la marcha decididos a documentar todo el proceso para la posteridad.
El paciente permaneció calmado mientras atravesabamos las salas y pasillos, más al acercarnos a la enorme puerta doble de cristal que daba hacia la parte posterior del recinto en donde estaba el bello parque en donde impartiamos las terapias alternativas al aire libre, su nerviosismo aumentó de forma alarmante.
Tratamos de reconfortarlo diciéndole palabras de ánimo y razonando lógicamente con el. Pero volvió a reír a carcajadas con aquella risa tan espantosa y estridente.
Cruzamos la puerta desembocando en el apacible parque rodeado de bellos jardines y árboles ornamentales y arbustos los cuales a la luz del sol, que ya marchaba al cénit, Lucian espléndidos.
Por doquier podían observarse pacientes sentados en los bancos con sus batas blancas. Se veían animados pues nuestra principal terapia para muchos casos era la relajación en un ambiente propicio.
No obstante no fueron los árboles, ni los jardines, incluso ni las bellas flores llenas de mariposas de colores, lo que atrajo la atención del infeliz paciente. Fue el cielo cargado de nubes blancas como algodón el que se robó de manera tan violenta la atención de Leonardo.
- ¡oh dios mío! - exclamó como arrobado por una extraordinaria visión.
- que le ocurre Leonardo - dije más para calmarlo que para saber en verdad lo que le pasaba pues repudiaba la idea de escuchar sus palabrerías.
Entonces con todo su cuerpo temblando violentamente me señaló un punto en el cielo - mire, mire, doctor ahí está ¿ No logra verlo? Las nubes le ocultan un poco pero ahí está claramente.
- No entiendo a qué se refiere ahí no hay nada.
- doctor jureme usted que no ve nada justo allí entre esas nubes. Jureme que no ve ese enorme ojo rojo que cruza de lado a lado esas esponjosas nubes.
No quise mirar. Confieso que sentí un temor tan grande que quise salir de allí a toda prisa y refugiarme en la seguridad del edificio. Mis compañeros estaban atónitos y recorrían las nubes del cielo con la vista tratando de ver algo o no sé que.
No solo eran las palabras del pobre hombre lo que me ponía la piel de gallina, también estaba un espantoso hecho que pude observar, Leonardo se deterioraba allí sentado. Lo noté desde nuestra salida, desde el momento mismo en que salimos al aire tibio del día. El hecho era casi palpable se notaba más decaído, más marchito sería la palabra; como si de hecho estuviera perdiendo materia partícula a partícula.
Los demás colegas también mostraban un extraño comportamiento y no me cupo la menor duda de que todos sentíamos la agobiante presión sobre nuestros cuerpos.
De pronto empezó a soplar un viento recio al tiempo que los demás pacientes esparcidos en el enorme patio rompieron en alaridos demenciales, una oleada de voces que parecían provenir del infierno mismo saturó el ambiente y en ese instante miré... Miré hacia el cielo y ¡Horror sin límites, locura y blasfemia sin final! Caí, caí de espaldas y me arrastraba cual gusano repugnante tratando de poner mi destartalado cuerpo a cubierto, pues en mi insensatez al mirar al nuboso cielo contemplé en todo su horror un enorme ojo rojo que cruzaba el cielo de lado a lado.
Tal visión apenas duró un segundo pero bastó para aniquilarme por completo, para fulminarme y convertirme en una maraña de nervios.
La escena que se desarrollaba en el patio trasero del hospital parecía una locura con letras mayúsculas. Una demencia épica si tenemos en consideración los factores, el viento, los aullidos infernales de los internos, el llanto largo y amargo de lo que quedaba de Leonardo, los médicos huyendo despavoridos tratando en vano de calmar y auxiliar a los histéricos internos y yo tirado de espaldas en el suelo arrastrándome frenéticamente tratando de huir de una anomalía invisible para el resto de los mortales.
Pero si se lo pregunta no es esta la peor escena que me persigue aún a día de hoy.
Cómo le había dicho yo caí de espaldas y me arrastraba sin miramientos tratando de avanzar lo más rápido posible. Estaba en shock emocional y no era plenamente consciente de lo que hacía. Creo que logré empujar la puerta y entrar a rastras por el amplio pasillo.
El parte oficial sigue afirmando que fue una fuerte ráfaga de viento lo que rompió el cristal de la puerta, pero yo podría jurar que fue Leonardo en su silla de ruedas quien derribó la puerta.
Mientras seguía tratando de huir del monstruo escuché un espantoso estruendo y sorprendido vi los cristales de la doble puerta volar en infinitos pedazos mientras un viento huracanado llenaba todo el pasillo llevando consigo hojas y todo tipo de objetos livianos. Pero no era esto lo más extraño, Morbido, y horroroso. No y por mucho. Por lejos la visión más espantosa que mis ojos carnales hayan de contemplar, pues en medio del viento, los trozos de cristal, y la miríada de objetos lanzados en todas direcciones estaba Leonardo en su silla de ruedas luciendo su bata blanca y riendo maniáticamente mientras avanzaba impulsándose con una fuerza y un frenesí imposible debido a su deteriorado estado físico.
Yo había avanzado hasta una esquina y trataba de dilucidar toda aquella locura y cuando pensé que había visto lo más espantoso Leonardo se colocó junto a mi. Para que me entienda el lugar en donde yo trataba de reponer mis magras fuerzas y recobrar la compostura era un cruce de pasillos. Yo estaba justo en el filo de uno de los cantos y hasta allí llegó el demente con su risa escandalosa.
Yo no lograba salir por completo del estado de shock en que me encontraba pero ya lograba tener cierto control de mis facultades y sin embargo no estaba preparado para lo que venía.
Cuando Leonardo llegó junto a mi la tempestad aún rugía y el aullido aterrador de los internos se escuchaba un tanto apagado por sobre el silbido furioso del viento impetuoso.
Al llegar junto a mí se giró lentamente y cesó de reír poniendo una cara tan seria y me miró de una manera tan severa que avergonzado debo confesar que mojé mis pantalones. Acto seguido sin mediar palabra echó para atrás su delgado y largo cuello estrellando violentamente su cabeza contra el agudo canto. El sonido fue pesadillesco e Inmediatamente ví correr un grueso hilo de sangre que descendía a raudales cubriendo por completo su cara.
Creí que iba a desmayarme en el acto pero no, aquel horror lo iba a vivir en todo su macabro esplendor. Al primer impacto le siguió un segundo y así sucesivamente hasta que parte de los sesos y hastillas del cráneo empezaron a volar por doquier, sobre mi, sobre el piso, sobre las paredes...
Había perdido todo el control de mi cuerpo mi cerebro se había congelado o había escapado huyendo del horror. No podía cerrar mis ojos ni apartar la vista de aquella cosa sentada sobre la silla de ruedas que solo tenía una masa sanguinolenta como cabeza.
Según me cuentan me desmayé. Al parecer tantas imágenes terribles habían apagado mi cerebro. Vine a tener conciencia de mi seis días más tarde y lo más curioso es que no logro recordar que ocurrió en mi vida durante aquellos días.
Supe por boca de mi prometida que duré cuatro días ingresado en una clínica aquejado de un delirio que la tenía preocupada.
Pero ya estoy muy cansado. Tendrá que regresar en otra ocasión para terminar de contarle mi relato y los horrores vividos desde entonces.
Ahora déjeme solo por favor.
fin.
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