8: La pesadilla de Jakey

Una enorme nube se hallaba encima de la torre Golden Hill; cargaba consigo relámpagos y aparentaba trasladar más agua de la que habían pronosticado a última hora. Colin terminó de fumar un cigarrillo en su cuarto de baño a las 10:30 p.m., cerró la ducha que echaba agua caliente y se deshizo de la colilla en el retrete, cepilló sus dientes, en medio del vapor que se expandió desde la ducha, y terminó de alistarse.

Eran uno de esos momentos en los que su ansiedad se expresaba en mal humor; estaba nervioso por salir a solas con el hombre con el que ningún escudo funcionaba. Presentía que esa noche iba a terminar con más fallos que aciertos, porque el deseo de su suegro de mirar el partido con él no era más que una excusa para tenerlo a solas e intimidarlo cuanto podía, era evidente, si el partido se disputaría a la medianoche en horario neoyorquino, y su suegro era la clase de adulto de mediana edad que se quedaba dormido a las 11:00 p.m. frente al canal de compras.

Salió de su recámara, y lamentablemente halló a sus padres en la sala.

No era común que miraran una película a solas.

Ah, sí... Era viernes, y a veces adelantaban el fin de semana para los dos.

—Cole, ven a mirarla con nosotros —pidió Theresa.

Aún estaba buscando la manera de unir a Bradley y a Colin. Con respecto al enfado del segundo hacia ella, se le pasó esa mañana, porque no le gustaba estar tanto tiempo molesto con las personas que amaba; siempre se le terminaba pasando. Él solía decir que era débil; en cambio, Emma, le decía que era «Un peluche intolerante al rencor», pero la verdad es que todo se resumía en sus creencias religiosas, y también a ciertas teorías psicológicas, porque el rencor siempre destruye, nunca construye.

Cabe resaltar que, en el transcurso de la mañana, le había llegado un Mercedes Benz EQC blanco a la puerta de la torre, llegó de parte de su madre, por haberse graduado, y, aunque el enfado se había ido antes de que llegara el Mercedes, se dio cuenta, una vez más, que Theresa realmente intentaba hacer las cosas bien, aunque fuera por la vía material, el detalle fue lo que contó para el corazón de él.

—Lo siento. Tengo que salir —respondió.

Bradley arrugó la frente, girando a verlo desde el sofá.

—¿No tienes que estudiar con Mer? —preguntó. Era la primera vez que le dirigía la palabra desde el lunes, pero no se ilusionen tanto, la razón era estricta—. Prometiste ayudarla en cada uno de sus exámenes. Es viernes, mañana no necesita despertar tan temprano, pueden estudiar hasta las doce.

Colin se agarró de su hombro derecho con su mano izquierda, y usó su mano libre para tocar su reloj.

El problema con su padre era que se necesitaba medir las palabras antes de responderle, y, a la vez, no se tenía mucho tiempo para pensar en las palabras correctas.

—Lo siento. Tampoco planeé esto; fue mi suegro quien me invitó —contestó.

—¿Saldrán solos? —preguntó Theresa.

—¿Tu suegro? Por favor. —Bradley se burló—. Lo único que nos falta es que termines en el mismo camino que ese sujeto. Nunca pensé que Jake Miller sería un tema necesario que aclarar en esta familia; debes cuidarte de ese hombre, siempre le ha gustado la mala vida, y no me cabe duda de que sigue siendo así.

—Él cambió —aseguró Colin.

—Los hombres como él no cambian —se reafirmó.

—Entonces, él es la excepción; su familia es lo único que le importa —rascó entre su cabello, pues sentía que habló de más, y eso lo estaba poniendo bastante nervioso.

—No creo que siga siendo el mismo hombre, Brad. Emma es un ser humano precioso, y pienso que sus padres tienen que ver con eso —le afirmó Theresa.

—No estoy de acuerdo en nada —contestó Bradley.

¿Ni siquiera en que Emma era un ser humano precioso?

A decir verdad, Colin no había escuchado ni un solo comentario negativo de su padre con respecto a Emma. De seguro guardaba esos comentarios solo para Theresa.

—Emma lo ama —Colin le comentó directamente a su madre—, y se lleva mejor con él que con su madre.

—Por algo debe ser —respondió Theresa.

Y las palabras de Bradley se desintegraban cada vez más como hoja de papel en la hoguera.

—Porque la mayoría de los hijos son leales. No todos —se metió éste.

Siempre debía hacer eso, apuntar y disparar a Colin con su pistola de hostilidad.

Entonces, el celular de Colin vibró en su bolsillo.

Salvado por el hombre de la mala vida.

—Tengo que irme.

—No vas a conducir, ¿o sí? Pronostican lluvia —habló Theresa en tono preocupado.

—No le va a pasar nada —contestó Bradley, luego bufó.

—Voy a pedir un auto —aclaró Colin.

—No regreses tarde a menos que quieras dormir con el encargado de la torre. Mer necesita estudiar para el lunes, y si reprueba, el único culpable serás tú —amenazó Bradley. Ya estaba listo para volver a ignorarlo.

—E-está bien —respondió Colin.

Lo que menos deseaba ese fin de semana era estresarse, pues cumplía siete meses al lado de su nena; normalmente celebraban cada mes con una cena especial, mas la cena del mes anterior no pudo realizarse porque Colin había estado ocupado con la recta final antes de su graduación. Pero sí, más tarde, se sintió culpable, porque las fechas especiales eran importantes para Emma, sobre todo porque era su primera relación amorosa y cada paso lo daba con entusiasmo, cada cumplemés era importante, y habían pasado por alto el medio año juntos por culpa de él.

Todo lo que él hacía era por y para ella, él no necesitaba una cena especial un día del mes porque cada día del mes era especial con ella. Pero bueno. Colin solo quería darle esa relación amorosa con la que Emma siempre había soñado, quería hacerla sonreír, y por eso ahora estaba estresado, porque había asumido la responsabilidad de ser el maestro de Mercy, y apostaba a que su padre iba a hacerle problemas en la noche de su cumplemés, lo presentía.

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En Midtown Manhattan se hallaba ubicado el bar que eligió Jake esa mañana; era la cueva del after office para muchos, era el lugar donde se podía comer la mejor hamburguesa de la zona, mientras se bebía cerveza, para otro. Colin decretó una regla básica esa noche; solo iba a beber una botella por compromiso, pues le costaba demasiado despertar al día siguiente de una copa de más. Emma solía compararlo con un koala aferrado a su árbol, y decía que, quizá la actividad favorita de él no era dormir, pero que, cuando lo hacía, parecía que dormir era su más grande pasión.

La llovizna se largó cuando el conductor lo dejó frente a la puerta del bar con letrero luminoso. El ambiente dentro del local era alborozo; los clientes de una mesa hablaban en tono alto a la par que reían y aplaudían, toda la barra estaba ocupada por clientes atentos a las cinco pantallas donde estaban pasando los comentarios previos al partido. La temática del lugar era bar de cerveza artesanal vintage, y la cerveza de la casa tenía pinta de estar buenísima, pues los empleados de la barra cargaban y recargaban sin descanso un montón de manijas de cristal duro.

Se abrió paso entre la gente, una señorita le pisó el pie, él renegó en silencio, se enfureció, volvió a calmarse, y a lo lejos ubicó a su suegro hablando con un hombre, se hallaban bebiendo y riendo como si fuesen las únicas personas en ese lugar; estaban sentados frente a una mesa alta, en butacas con respaldo. Colin se acercó en silencio, con cautela, pues no tenía idea de quién era el segundo sujeto, y temía interrumpir una conversación privada.

—¡Ahí está! —Jake tomó a Colin del hombro, y lo sacudió un par de veces—. Mitch, este es el desgraciado del que te hablé —le habló al moreno que tenía sentado al otro lado de la mesa.

«Desgraciado. Empezamos bien». Colin sonrió falsamente, aunque entendiendo que no hablaba en serio... ¿verdad? Estaba esforzándose para no imaginar todo lo que le habrá contado a ese tal Mitch.

Mitch se puso de pie, diciendo:

—Es un placer conocer a la pesadilla de Jakey —pasó frente a Colin para estrechar la mano de su amigo en forma de despedida, también se dieron un corto abrazo—. Jakey, espero que rompas ese collar de perro.

—En eso estoy —respondió.

Colin frunció su ceño sin darse cuenta, pero se sacudió metafóricamente cuando su suegro le habló.

—Es un amigo a quien no veía desde hace cinco años. —explicó. Colin asintió con la cabeza, a lo que Jake añadió—: Y yo no hablaba en serio, no eres un desgraciado.

—Lo capté —se sentó en la butaca calentita que el otro abandonó.

—Pero Mitch sí hablaba en serio, eres mi pesadilla —confesó.

Colin lo miró, en menos de una semana había aprendido a ya no sorprenderse de lo que salía de la boca de su suegro. Se dio cuenta que iba a lograr manejar esa noche con éxito. Quizá era su malhumor o tal vez su resiliencia, pero nada de lo que su suegro dijera esa noche iba a afectarlo, es que estaba harto. En efecto, era su malhumor, que comenzó temprano en la noche porque su ansiedad por esa velada encontró esa vía de escape, y todo empeoró cuando su padre se metió.

Ya no iba a esforzarse. «Emma, ¿sabes qué? Tu papá me odia, pero creo que tú y yo estaremos bien». Estaba harto de comprimir su cerebro para no fallar, y esa música de mierda que estaba sonando de fondo. Cielos. De nuevo, el momento en que recobraba consciencia, no quería caerle mal a su suegro, le importaba un carajo caerle bien a los demás, pero su pecho le decía que el fin del mundo iba a llegar para él si no conquistaba al padre de su nena.

—Todos somos pesadilla de un padre —respondió.

A la mierda las respuestas correctas.

Mierda, no.

Retráctate, retráctate.

Pero Jake se le adelantó con una risa escandalosa.

—De hecho, mi suegro está muerto —comentó.

—Ah... Sí. Emma lo mencionó —tocó su reloj, mirándolo, aunque su cerebro no capturó la hora.

—Imagine Dragons —apuntó la camiseta de Colin—. Es la banda de la que Emma me mandó a conseguir boletos, que se suponía estaban agotados. Estuve una semana con eso, ahora entiendo porqué era tan importante; me prohibió hablarle a menos que sea para decirle que los conseguí —rió y bebió su cerveza.

No lo imaginó.

—No sabía —contestó.

Colin alzó un brazo para captar la atención de un camarero.

—Una Stella —pidió.

—¿Quieres que nos echen? Prueba una de la casa —le sugirió Jake.

—No, gracias. Solo quiero una Stella —repitió.

—De acuerdo —asintió el camarero, y se retiró.

Jake tosió en su mano, y después preguntó:

—Y... ¿qué fue lo que Emma te advirtió de todo esto? Adivino. Me llamó pesado, bromista sin gracia, irrespetuoso y medianamente alcohólico. Te habrá pedido que no tengas en cuenta nada de lo que digo, ¿cierto? Yo sé que la avergüenzo, pero...

—Tú no la avergüenzas —se sintió obligado a aclararlo—. Ella ama la clase de padre que le tocó, se ríe de tus mensajes y siempre me dice que no cambiaría nada de ti. Creo que lo que le preocupa es que tú y yo somos diferentes. Me atrevo a decir que tú te ríes de la vida; en cambio, la vida se ríe de mí, a veces.

Y Jake se rió, aunque pronto cobró su empobrecida seriedad, cuando se percató de las palabras finales. Esperaba que Colin se encontrara bromeando, pero, con esa cara sin expresión, lo dudaba. Pero, tal como Emma le había advertido a Colin respecto a él, también le había advertido a él respecto a Colin.

«A veces puede verse demasiado serio, muchos lo llaman amargado, pero esa no es la realidad, es muy agradable, solo que no es la clase de persona que sonríe todo el tiempo. No es el más bromista cuando está en público, pero es bastante ocurrente cuando entra en confianza». Y unas sucesivas y largas advertencias siguientes. También se dio cuenta de algo, es que no era un tonto como lo calificaban, se dio cuenta que Colin no quería que pensara que Emma se avergonzaba del padre que le tocó.

Eso le daba una estrella y media a Colin.

—La vida se ríe de mí también —aclaró—, pero yo me río más fuerte que ella.

—Yo sé..., que nadie la tiene resuelta.

Hubo un silencio de tres segundos.

—Y ¿cómo está tu padre? —preguntó al azar, agarrando la manija de cerveza.

Hablando de vidas complicadas.

—Bien —respondió.

—Siempre me pareció un hombre bastante agradable —habló con sinceridad antes de beber.

Si tan solo supiera todo lo que Bradley pensaba sobre él.

—La gente dice que lo es —asintió.

—La última vez que lo vi fue en una fiesta de Taylor hace más de veinte años —comentó.

—No cambió nada —aseguró.

El camarero le trajo su botella de Stella.

—Gracias —le dijo.

—Pero realmente me quedé con las ganas de saber qué advertencia te dio Emma —volvió al tema anterior. No podía mentirle. Él era el suegro y él el intruso; él era el padre y él la pesadilla. Estaba parado en un escalón más arriba, no podía mentirle—. Sé sincero, te juro que no me voy a poner a llorar aquí.

Colin bebió de la botella, luego contestó seriamente:

—No hablamos mucho hoy.

—Lo sé, se está desangrando. Pero tuvo que haberte dicho algo.

—Solo que tenga en cuenta que el 80% de lo que dices es broma o sarcasmo —reconoció—, que no me ofenda porque, aunque lo parezca, nada de lo que dices lo sueltas con ganas de ofender a los demás. Por eso digo que tú te ríes de la vida, las personas que toman las cosas con humor son más felices, creo.

—A mí me gusta que la gente se ría.

Colin no sonrío, mas sus labios se movieron de forma risueña.

—A mí me gusta que Emma se ría —lo soltó sin pena.

—Entonces, tenemos una cosa en común. La risa de Emma es música para mis oídos; no sé qué haría sin ella —admitió—. Mi terapeuta creerá que tengo serios problemas, pero yo lo digo sin pena, que me voy a morir de tristeza si algo le llega a pasar a esa jovencita. Yo daría todas mis riquezas por ella, yo daría mi vida por ella.

Colin se quedó callado un momento.

—Sé que al principio negociaste con Holly.

Lo mencionó porque sonaba como algo que no lo ofendería.

¿Acaso Jake se ofendía? Aparentaba ser la clase de persona que se burlaría mucho más de su ofensor.

—S-sí..., hasta hubo un abogado de por medio. Yo no quería, yo necesitaba que Emma naciera. Y Holly lo aceptó, porque su padre estaba en la bancarrota y ella está acostumbrada a la vida cara. La verdad es que me siento incómodo hablando sobre esto; nadie termina casado con quien pagó para que tuviera a su bebé, pero a la vez soy consciente de que ya te sabes la historia de memoria. —Y no, no se sintió ofendido.

—Emma dice que su cuerpo llegó a ser oscuridad en un momento, pero que había una pequeña vela encendida en su pecho que simbolizaba lo valiosa que es para ti, porque ella lo sabe, ella lo siente, que el mundo puede darle la espalda, pero tú nunca. Yo sé que, si en el fondo ella sabe que es una persona valiosa, todo se debe a ti. Tú eres su héroe, esa es la descripción correcta de cómo te ve.

Unas lágrimas se asomaron en los ojos de Jake, sin embargo, se reprimió para no echarlas.

—Siempre me culpé de sus problemas —confesó.

—Pero no es así —lo animó.

Jake soltó una lágrima que inmediatamente secó, diciendo:

—Esta noche voy a embriagarme. Bueno, ya estoy medio ebrio. Llegué mucho antes —rió—. ¿Quieres comer algo? Porque yo lo necesito; voy a pedir una hamburguesa triple, así que no me mires raro porque me voy a sentir mal conmigo mismo. Pide lo que quieras, esta noche pago yo —informó con gentileza.

Colin entendió que hasta el hombre más alegre y bromista tenía a la vida riéndose de él a veces. Su suegro se sentía culpable de los problemas de su nena, nunca lo imaginó de esa manera, pero supuso que la mayoría de los padres amorosos tienen ese mal sentimiento de culpa respecto a los problemas de sus hijos. Y también lo confirmó, que su suegro era el padre que toda persona deseó tener alguna vez; ojalá él supiera que no era un mal padre, que probablemente era el mejor. No podía imaginar al Jake imbécil que Bradley describió, no podía imaginar a Jake haciendo otra cosa más que amar a su familia.

—No tengo mucha hambre, pero puedo comerme unas papas.

—De acuerdo —le detuvo a un camarero, tirándole del brazo—. Quiero una hamburguesa con triple carne, dos papas fritas, otra manija y otra Stella.

—Eh, ya no quiero otra, gracias —habló Colin.

—Otra Stella —repitió Jake para el camarero.

Colin tomó aire, y pidió:

—Y un agua con gas con limón, por favor.

—Qué elegancia la de Francia —piropeó Jake.

Se quedaron en silencio mientras el camarero terminaba de anotar.

Colin tosió una vez, y sacó el celular de su bolsillo, no tenía más que un mensaje de Eugene. «Tenemos que hablar sobre Alan», decía. Pero Cielos. Emma dormía como una perezosa, pero la Emma menstruadora superaba cualquier calificativo común para alguien que duerme demasiado. Su último mensaje fue a las cuatro de la tarde. «Bebí un té, y espero despertar el próximo viernes», eso fue todo. Colin observó cómo Jake se distrajo con la televisión, entonces, aprovechó para escribir mensajes con el celular bajo la mesa. Discúlpenlo. Era la costumbre, pues Bradley, ya saben...

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Colin: Espero que te sientas mejor

Colin: Estoy en un bar del centro, hablando con tu papá

Colin: A pesar de la llovizna y el ambiente tétrico, estoy bien

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—Así que aplicarás para un máster.

Colin guardó su teléfono de inmediato, y respondió:

—Sí, sí. El lunes tengo que mandar mi solicitud.

—Pero te van a aceptar —sonó como a una pregunta, aunque se lo estaba asegurando.

—Sí, es que mi mentor es el encargado del máster —comentó.

—Y será tu último año en California, luego te irás a la otra punta del mapa —reflexionó—. No me negarás de frente que ya te pusiste a pensar en una hipotética relación a distancia, ¿o sí? El año pasa como bala.

Colin tomó la correa de su reloj.

Mentirle nunca fue una opción.

—Mi mayor defecto es pensar en el futuro incierto, aunque Emma y yo odiamos hacerlo —rió, recordando algo—. Tenemos el pacto de hacernos callar cuando uno de los dos habla con la mente adelantada por una semana, incluso por un día; sobre todo en lo que concierne a nuestra relación, tratamos de vivir en el aquí y ahora, al menos con eso, ni siquiera si en el pensamiento futuro está implicado algo bueno. Pero sí, he pensado en silencio, antes de dormir, en cómo lo haremos, y sinceramente me provoca ansiedad porque yo la amo, y temo no poder darle la atención que creo que se merece. —De a poco, su voz se fue apagando—. Si algo debo destacar de nuestra relación, es la paciencia que tiene conmigo, en todo sentido, pero en especial con mis ocupaciones.

»Y a veces me siento mal, ¿sabes? —miró su reloj con su ceño fruncido—. Solo nos llevamos tres años, pero ella recién está empezando a vivir, y a veces pienso que tal vez necesita alguien que viva a su ritmo porque somos muy distintos en ese sentido. Ella siempre me repite que una relación no se basa en estar todo el tiempo disponible para el otro, y es cierto, pero no sé, quisiera poder ofrecerle más. Pero... pero al final, cuando logro verla luego de un día de mierda, me doy cuenta de que quizás subestimo su madurez porque nunca hay reproches, solo hay besos y abrazos, y un «Cole, me muero por saber cómo te fue hoy, pero antes necesito contarte esto que me pasó; prepárate porque te vas a reír mucho».

Un silencio brotó en la mesa; situación propicia para que Colin se diera cuenta que acababa de visualizar a su suegro como un terapeuta. Brillante. Eso es exactamente lo que se debe hacer en una primera salida con tu suegro de personalidad especial.

—¿A qué le temes tanto? —Y éste que había asumido su rol como terapeuta de bar.

—Temo no estar cuando ella me necesite —confesó.

—Colin —tomó aire, pensar razonablemente lo tensaba—, siento que, si a Emma se le está cayendo el mundo encima, tú serías el primero en enterarse; eres el primero a quien llamaría, porque sencillamente así son las parejas, pero estar para ella en un momento como ese..., eso dependerá exclusivamente de ti.

Colin remojó sus labios, y respondió:

—Yo correría kilómetros solo para decirle que estoy con ella —lo observó con una mirada que en el fondo suplicaba que esa situación hipotética jamás sucediera. No podía quitar el dolor de Emma, por eso la amaba con fuerza, y oraba por ella. Emma Miller Balmer encabezaba cada una de sus súplicas ante Dios.

—Y también creo que estarán bien —añadió—. Que, si alguna vez les toca vivir una relación a distancia, estarán bien. Conozco a Emma tanto como conozco a J.J., y tienes razón, a veces subestimamos su madurez, de mi parte porque me acostumbré a verla como la pequeña de la familia, pero —echó una carcajada—, ¿entiendes que ella comprende la vida mejor de lo que yo a mis cuarenta y cinco años?

Colin miró hacia abajo con una sonrisa, entrelazó unos ocho dedos de sus manos y unió la punta de sus pulgares en tanto los miraba. Encontró otra cosa en común, ambos creían que Emma era increíble.

—Mi terapeuta dice que es normal que a veces me sienta tan inseguro —comentó sin despegar la mirada de sus manos—. Es mi primera relación amorosa buena, y todavía no terminé de derribar esos patrones, lo de la disponibilidad es algo que otra persona no me hubiese perdonado jamás. Y no comparo a Emma, jamás me atrevería a hacerlo, pero ella me ama bien —Ahora lo miró— y también soy primerizo en eso.

—Te entiendo. Derribar patrones en su totalidad es algo que lleva su tiempo, y te lo digo con consciencia porque, si hoy soy un poco mejor persona que ayer, todo se debe al cuidado intenso de mi salud mental, y también por el amor que le tengo a Emma y a J.J.; de hecho, ellos siempre han sido mi motivación, primero Emma, más tarde J.J. —confesó. Esa primera salida estaba tomando un rumbo bastante inesperado—. Gran parte de mi vida fui una mierda de persona, con todo el mundo, especialmente con las mujeres, todo empeoró cuando mis padres fallecieron, me refugié en la mala vida hasta que llegó Emma a decirme «Cambias o te infectas de VIH», no es cierto, solo me hizo entender que estaba desperdiciando mi vida en algo que no lo valía, y sí, me costó derribar cada patrón, fue una mierda y sufrí en el proceso, pero fue la segunda mejor decisión de mi vida, la primera fue tener a Emma conmigo.

—Permiso—interrumpió el camarero.

Guardaron silencio mientras el hombre les dejaba el alcohol; y cuando se quedaron solos, Jake alzó su manija de cerveza para ofrecer un brindis, incluso tosió para prepararse la voz. Era importante, al parecer.

—Brindo por tu relación con mi florecita, y por mi triste vida —le dijo.

Y chocaron sus bebidas.

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Eran las 12:30 a.m. Había dos botellas de Stella vacías sobre la mesa, y una por la mitad, dos platos de papas fritas yacían al lado, el kétchup en los mismos era una burla para quien tenía que limpiarlos. El mismo camarero se acercó a dejarles otro plato de papas fritas y una manija de cerveza, en el instante en que el bar gritó por una anotación en el partido. Jake agarró la botella de kétchup y la exprimió sobre el plato sin parar de mirar la televisión; a continuación, bebió su cerveza helada, y golpeó su frente por un error en el juego. Por otro lado, Colin comió una papa y la hizo correr con cerveza, era su cuarta botella; se quejó del partido y sacó su celular por un momento.

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Bebita: Siguen juntos?

Bebita: Avísame cuando vuelvas a tu ático, sí?

Bebita: Solo quiero asegurarme de que regresaste bien

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Esos mensajes tenían una hora, pero había otros de hacía tan solo veinte minutos.

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Bebita: Desperté para hacer pis

Bebita: Y oye, oye

Bebita: Ya es el 8

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Colin bloqueó su celular, y agarró otra papa.

—Quiero comer una hamburguesa —comentó.

Asombroso.

Jake le detuvo a un camarero para decirle:

—Tráigale a este muchacho la hamburguesa más aceitosa que el honorable cocinero pueda ofrecernos, con dos carnes y que no se olvide de los pepinillos. Quiero que esté tan buena que un vegetariano me escupa en la cara por desear ese pedazo de animal.

El camarero ya estaba harto, tenía que admitirlo.

—En seguida —masculló.

—No puedo comer dos medallones. —Colin le sacudió el brazo. A esa altura ya se encontraba traspirando bajo su camiseta, también tenía sudor junto a su cabello, que alguna vez estuvo bien peinado.

—Un medallón es para mí, tarado. No quiero que el mesero piense que me estoy excediendo —agarró un puñado de papas y llenó su boca de ellos. El problema con este hombre es que no comenzaba a sudar cuando bebía demasiado, sino cuando comía demasiado. Era un puerco sudoroso, así lo hubiese llamado Emma de haberlo encontrado en esas condiciones—. O ¿tú crees que me estoy excediendo? —preguntó con una mirada desperada—. Tienes prohibido mentirme, eso te sacará todos los puntos inmediatamente.

Colin frunció el ceño, y negó con la cabeza.

¿Para qué hizo eso?

Terminó mareado.

—C-claro que no —agrandó sus fosas nasales.

—¡Es que no puedo evitarlo! —se lamentó, tomándose de la frente—. Como para llenar el vacío emocional que me produce mi matrimonio fallido. Llevo años atravesando una grave crisis con mi esposa; esa mujer me odia, y yo no la soporto más. Tengo preparado mis papeles de divorcio, pero jamás se los presenté porque ¡le tengo miedo a la soltería en la tercera edad! —Ahora se tomó de la cabeza, alterado.

—¿Eh? —Colin entrecerró los ojos.

—Me voy a morir en uno de esos refugios para ancianos, olvidado. ¡Voy a morir sin tener idea de cómo se siente tomar viagra! —gritó como si el fin del mundo se encontrara a sus espaldas. Los de la mesa de al lado perdieron el interés por el partido hacía cinco palabras atrás más o menos.

—Pero no digas eso. Tú puedes ser como el sugar daddy de alguien —golpeó el aire con una mano en señal de total despreocupación hacia el triste futuro de su suegro, es que pensaba que estaría bien.

—¿Eso crees? —preguntó esperanzado.

Emma iba a matarlos si los escuchaba.

—Creo que necesitas empezar a soltar esa relación tan tóxica que tienes —sugirió. El Colin sobrio nunca hubiese dicho algo como eso, o sea, estaban hablando de un matrimonio de aproximadamente veinte años, no de un noviazgo juvenil—. No le tengas miedo a la soltería, de seguro luego encuentras a alguien mejor, y no me refiero a una jovencita. Y si no, pues tampoco es el fin del mundo, eso fue lo que aprendí.

—Pero tú encontraste a Emma, imbécil —se enrabió.

—¡Pero aprendí a existir solo y no le tengo miedo! —subió el volumen de su voz.

Oh, Amber estaría tan orgullosa.

—Eres la primera persona a quien le cuento mis planes de divorcio, hijo —llevó una mano a su pecho, luego suspiró profundamente—. Y ahora me siento mucho más liberado. Me diste esperanza, de verdad.

—De nada —respondió con la boca llena de papas.

—Tan agradecido estoy que voy a ignorar el hecho de que te acuestas con mi florecita —asintió.

Colin escupió las papas sobre la mesa.

—Soy casto —aseguró.

—Mis pelotas velludas —contestó, agarrando su bebida.

El Colin ebrio se ruborizó. El alcohol no era anestesia para lo que estaba sintiendo en ese momento. ¿Qué iba a decirle ahora? ¿Cómo asegurarle que no después de haber escupido en la mesa? Demonios. La ansiedad se apoderó de su ser, y los síntomas eran más intensos que cuando se encontraba sobrio, su pierna derecha comenzó a sacudirse bajo la mesa, y podía jurar que iba a quedarse sin respiración.

—Lo importante es que Emma se está desangrando en su cama, y no transporta a una cosa rubia dentro de sí. —Jake se adelantó, y menos mal porque el otro no tenía idea de qué decirle, pues se hallaba temblando y con la cara pálida como si padeciera de anemia—. Escucha, hijo mío, estás hablando con el ex puto hacker de bragas. No me trago ninguna mentira porque yo inventé las mentiras, así que, por favor, no embaraces a mi florecita porque te voy a bajar los pantalones en el Times Square, y será una situación bastante incómoda para los presentes.

—J-Jake...—Tenía náuseas.

—Shh —se estiró para colocarle una papa en los labios—. Tranquilízate. Quiero que Emma me tenga como su aliado, no como su enemigo, por eso nunca le prohíbo nada, ella es libre de decidir lo que quiere. Y no les voy a prohibir tener relaciones sexuales porque de todas formas lo van a hacer. Voy a fingir demencia por ella, para que no se incomode, pero ten en cuenta que a ti no te voy a perdonar nada.

Colin golpeó la papa de frente a sus labios, y ésta voló hasta la mesa de al lado.

—¿Eso qué significa? —preguntó.

—Que, si le dañas el corazón, te va a caer un huracán —sacudió la mesa.

Colin parpadeó dos veces: «¿Eso no sería un terremoto?».

—Porque sé que mi retoña es la clase de jovencita que solo accedería a intercambiar fluidos cuando ya está extremadamente involucrada. Y hablo en serio cuando digo que no tengo problema en pagar una multa o hacer un servicio social para pagar una pena; ya tengo cuarenta y cinco años, me importa una mierda mi antecedente policial —cruzó los brazos sobre la barriga crecida que tenía por tanta cerveza.

—Le puedo asegurar que su antecedente policial seguirá limpio.

De apoco, su ritmo cardiaco empezó a estabilizarse.

No podía pensar tan razonablemente bajo los efectos del alcohol, más estando en una situación que había disparado su ansiedad a las nubes negras, sin embargo, aún le quedaba un poco de consciencia; engañar a su suegro nunca fue una opción por el simple hecho de que no había forma de hacerlo, era como un anciano sabio que se sabía todas. Y esa advertencia era válida, quizás esa amenaza se le fue de las manos, pero esa advertencia era válida porque era exactamente lo que él haría frente al hipotético novio de su inexistente hija. Además, le gustaba el estilo paternal de Jake, el cómo buscaba tener la confianza de Emma, era un contraste total al lado del estilo Oschner, donde todo se regía a base de reglas estrictas, y algunas veces también injustas.

—Pues, gracias por preocuparte por mí. —Jake tomó su bebida y acabó con la mitad de ella de una sola vez. Ameritaba beber tanto para que al día siguiente no recordara que tuvieron esa conversación—. Ay, no. Hol me va a matar si llego oliendo a adolescente con problemas emocionales.

—Pensé que se había ido del ático —rascó entre su cabello.

—Ay, es cierto —se rió.

—Es bueno que Emma no se haya sentido afectada por eso —pensó.

—Es que siempre es lo mismo, hijo —suspiró.

—Aquí tienen. —El camarero les habló entre dientes, y colocó el plato en medio de ambos; a continuación, tomó las botellas vacías y se retiró.

—Hay que dejarle buena propina —sugirió Colin.

—Sí, sí... Procedo a hacerle una cirugía a tu hamburguesa —sacó el pan de arriba y se apoderó de un medallón grueso de carne—. Por favor, no le digas a Emma que metí mis dedos en tu hamburguesa.

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2:00 a.m. Colin fue al baño por cuarta vez en la última media hora; estiró con fuerza una toalla de papel, y se secó las manos mientras se miraba al espejo con los ojos entrecerrados. Bebió cinco botellas, y no sabía dónde estaba parado, de lo único que era consciente era de su necesidad de llamar a Emma para cantarle una canción de amor por su cumplemés número siete.

Sacó su celular, y vaya sorpresa.

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Mami: Tu padre trancó el ascensor.

Mami: Ve a dormir en el Fiahlo, por favor.

Mami: Y avísame qué harás. Estoy preocupada por ti.

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Colin soltó una risita.

¿Qué era que iba a hacer?

Ah, sí.

Trepó sobre el lavabo y se sentó.

—¿Cole? —respondió Emma.

Colin tosió una vez. A continuación, empezó a cantarle una de Robbie Williams.

And through it all she offers me protection. A lot of love and affection. —Era la canción Angels, y se estaba inspirando en medio del baño de un bar en el centro de Manhattan. Con una suave llovizna al otro lado de la ventana, le estaba declarando su ebrio amor apasionado—. Whether I'm right or wrong.

En la oscuridad de su recámara, Emma se sentó en la cama, y cubrió su cara con la mano que no estaba sosteniendo el celular, así escondió su enorme sonrisa de enamorada. No sabría expresar con palabras lo que Colin producía en ella, acababa de elevarla hasta las nubes con su tonta serenata, y eso que era la segunda vez que la llamaba para cantarle estando ebrio.

La primera vez se dio cuando salió a beber con sus amigos, en una de esas «Noches sin vaginas», así las llamaba Alan, pues eran noches en las que Emma y Vivian no estaban presentes, en las que los muchachos se sentaban a comer, beber y hablar sobre quién sabe qué. Colin asistió a dicha noche casi por obligación, es que no acostumbraba beber, eso suponía un problema para asistir a clases al día siguiente; además, no era fanático de pasar una noche escuchando las vulgaridades de Alan y Jordan cuando bien podría pasarla al lado de Emma. Sin embargo, se embriagó como Dios le mandó, y a las 3:30 a.m. la llamó para cantarle I Don't Want to Miss a Thing de Aerosmith, incluso le lloró porque «La amaba mucho y no podía creer que correspondiera a su amor». En fin, el alcohol y sus efectos sobre las personas enamoradas.

—¿Cuánto bebiste, Oschner? —le preguntó cuando éste terminó.

—Solo recuerdo que me llamo Colin, que estoy enamorado de ti, y que me encantan los espárragos —miró, sin levantar la cabeza, a un hombre que se metió al baño, menos mal que se encerró en uno de los escusados. De igual manera, Colin se bajó y tambaleó cuando tocó el suelo, estaba demasiado mareado.

—Te amo —pronunció de forma clara.

—Voy a llorar —se tomó del puente de la nariz.

—Colin —rió.

Y comenzó a llorar.

—Es que me siento tan bendecido —habló con la voz inmersa en el llanto.

Emma tomó una almohada y la abrazó.

Yo también —respondió.

—Eres mi ángel —continuó.

Ella suspiró.

Ella diría que él era su ángel.

—Cole, vete a descansar —pidió con cierta preocupación.

Colin secó sus lágrimas, y se repuso de su momento dramático. Cobró seriedad por tan solo un segundo; Bradley iba a cantarle una hermosa canción de amor también, debía empezar a preparar sus emociones.

—Hablamos luego —colgó tan de pronto.

Regresó con Jake, quien se encontraba comiendo papas fritas todavía.

—Será mejor que me vaya, mi papá me dejó fuera del ático —comentó.

—¿Estabas llorando? —arrugó la nariz.

—Eh, no —sacó su billetera para pagar la extensa cuenta con unos cuántos billetes.

—Olvídalo, hijo. Te informé al inicio que esta noche pago yo —deslizó esos billetes sobre la mesa hasta dejarlos frente a Colin, y sacó una tarjeta de crédito, luego, alzó un brazo para llamar al camarero—. Además, ¿cómo es eso que tu papá te dejó fuera del ático? Bradley ya no me parece tan buena onda.

—Mi padre tiene sus momentos. —Ni ebrio podía hablar mal de Bradley, sabía lo que podía pasarle.

—Pues, ahora ya no me cae bien. Y te voy a adoptar esta noche; vas a dormir en nuestro ático —sonó a una precisa orden—, pero solo porque Emma está menstruando. No pienses que soy demasiado genial.

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Emma sintió un cuerpo gateando bajo las sábanas, desde los pies de la cama hasta las almohadas. Colin se acomodó a su lado, y apartó unos mechones suyos que le estaban molestando en el área de la cara, entonces, cerró los ojos y suspiró hondo, entregándose al descanso. El olor que expedía era suficiente para alcoholizar a quien lo inhalara; Emma volteó en su lugar, y sintió cómo el aliento de Colin le llegó hasta las entrañas. El Colin ebrio era una cosa sinigual, le provocaba desde risa hasta una rara ternura.

Hundió sus dedos en el costado del cabello sudoroso de él, ahí, cerca de la oreja.

—No debes estar aquí, Cole —susurró con dulzura.

—Yo sé, yo sé. —Su aliento era pura cerveza, no abrió los ojos en ningún momento—. Mi papá me dejó fuera del ático, y tu papá me adoptó esta noche; se supone que debo dormir en tu sofá, pero no quiero.

Emma se acercó lo suficiente para darle un beso en los labios.

—Me alegra que se hayan caído bien —se acostó boca arriba, mirando el techo.

Entonces, Colin deslizó una mano y la metió bajo la blusa de Emma, acariciándole el abdomen.

—Estoy menstruando, no estoy embarazada —rió.

—¿Sabes? Quiero que mi hija se llame Olivia, y que sus iniciales sean O.O.; sería sencillamente genial —comentó sin dejar de tocarla.

Emma le apartó la mano, y se acercó a abrazarlo, a pesar del olor que traía; colocó su mejilla contra el pecho de éste, y se unieron. Era la primera vez que Colin mencionaba algo como eso, así, de forma tan específica, y a Emma le tocó el corazón, pues le gustaba saber que ambos tenían los mismos planes, incluso si nadie podía asegurarles que estarían presentes en el plan de cada uno, o si lo obtendrían por separado. Por esa razón, declinaban hablar al respecto, por eso se centraban en el aquí y ahora.

—¿Cuánto bebiste, Oschner? —inquirió con la cara pegada a la camiseta de éste.

—Lo suficiente para meterme a tu cuarto a escondidas de tu padre —susurró.

—Él sabe que estás aquí —despegó su cara.

—Ya lo sé —contestó. 

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