64: Vivian
—Son tus amigos —le avisó Gillou en la puerta, después siguió con su camino.
—Mierda —susurró.
Colin abandonó su comida en la mesada de la cocina. Estaba comiendo solo, los demás lo habían hecho hace rato. Ninguno de los dos le avisó que vendrían, eso lo disgustó demasiado. No podía andar por el ático de los Miller como le diera la gana, mucho menos recibir a sus amigos. Debía ser cauteloso porque no quería que lo echaran. ¿Eran capaces de echarlo? Pues Colin los creía capaces de muchas cosas desde que lo pisotearon. Discúlpenlo. Necesitaba tiempo para olvidarse de eso.
Cerca del ascensor, Eugene y Alan estaban esperándolo inquietamente. Colin observó el ramo de girasoles que sostenía Alan, pero no le dio tiempo de pensar al respecto. Eugene lo abrazó con todas sus fuerzas, pudo haberlo exprimido como a un limón. Colin colocó su mentón sobre el hombro de su mejor amigo, frente a sus ojos tenía una viva pintura abstracta y llena de colores que tenía la firma de Emma.
Cerró sus ojos, guardando su llanto para más tarde. Todo era negro, deseaba pintarlo para ella, pero no se creía suficientemente bueno con la brocha. No sabía que, para ella, él era superior a van Gogh. Hacía arte con su buen amor. Dibujaba con sonrisas y pintaba con abrazos. Los te amo iban en amarillo y los besos en color rojo, así formaba el naranja, color que resplandecía cada vez que sus manos rozaban.
—Te quiero mucho —le dijo Eugene. Sinceramente no sabía qué otra cosa decirle. No es lo mismo detenerse a pensar antes de escribir un mensaje que tener a la persona delante. Se aguantó para no llorar, se aguantó hasta que no pudo más. Lloró, tocándole la parte de atrás de su cabeza—. Lo siento muchísimo.
Colin tardó en soltarlo, al menos cuarenta segundos. Lagrimeó en contra de su voluntad. Cuando se apartó, secó su cara con el cuello de su camiseta, sollozando. Alan le apretó el hombro, estaba blanco más allá de su tez, estaba impresionado, quería decirle muchas cosas a Colin, pero no era bueno en el muy complejo asunto de las emociones.
—Las flores no son para ti. —Fue lo primero que se le ocurrió. Le pareció que Colin no lo escuchó, en realidad la broma pasó de largo. Ahora le tocó el brazo para llamar su atención—. Lo siento, Cole. —Se miraron. Alan comenzó a llorar, abrazó a Colin, casi estropeando las flores—. Lo siento tanto. Te juro que, si existiera una forma de regresar el tiempo, hasta me sacrificaría por cambiar el destino, porque no vale la pena vivir en un mundo donde no pueda escuchar la risa de ella a una calle de distancia.
Colin acogió el abrazo de Alan. También estaba impresionado. Alan no lloraba. La única y última vez que lo había escuchado desmoronarse de esa manera fue cuando se emborrachó en el aniversario de la muerte de su madre. Que Alan llorara le hizo terminar de entender que no estaba solo. Tenía a sus dos amigos, a su madre, a su nana, y muy seguramente a sus cuatro hermanos.
—Está bien —pasó a consolar a Alan con esas dos palabras estúpidas. Nada estaba bien. Dio un paso atrás, secándose con sus manos, viendo las flores—. No pueden verla, pero le haré saber que vinieron.
—¿Necesitas algo? —preguntó Eugene. Ya no estaba llorando porque se había tragado, pero era consciente de que el dolor rebosaría cuando subiera al ascensor.
—No. Creo que no. —Necesitaba muchas cosas que él ni nadie podían darle.
—No nos iremos, Cole —Alan seguía llorando, no podía parar, cosas que pueden pasar cuando no te permites llorar cada vez que lo necesitas—. No nos iremos de la ciudad. No te dejaremos, ni a Emma.
Colin asintió. Su boca estaba seca de palabras. Tenía la emoción en su interior, pero no era capaz de transformarla en palabras. No podía decirles: «Gracias. Nadie puede hacerme sentir mejor ahora mismo, pero los necesito». Tal vez, algún día, podría decirles: «Gracias por haberse quedado conmigo cuando los necesitaba». Tomó las flores entre sus brazos. Los girasoles nunca se vieron tan tristes como en ese tiempo de dolor. Los pétalos no le transmitían aquella extraña alegría que antes sentía porque le recordaban a ella. Seguían recordándola a ella, pero a la antigua versión de ella, esa que no sabía si volvería a ver, escuchar, sentir. Como la obra de van Gogh, los girasoles cortados, esa obra siempre le había transmitido melancolía, esa obra representaba su presente. Todo estaba muerto.
—¿Cómo amaneció hoy? —Eugene miró más allá de Colin. Se notaba que había gente en el ático, pero no se hablaban, solo se movían de un lado a otro, provocando ciertos ruidos como las almas en pena.
—Bien —gimoteó, cubrió sus ojos con una mano, suspiró despacio. Cuando apartó su mano, sus lágrimas regresaron—. Siento que todos hablamos como si se encontrara muerta. La estamos matando en nuestras mentes, y ella no se quiere morir —pausó. Llorando demasiado, miró hacia atrás para asegurarse de que nadie estaba escuchando. Se acercó más a sus amigos—. Está profundamente lastimada, pero está viva. Come, se baña, hace todo lo que le piden, en medio de su dolor. Sé muchas cosas, pero no sé cómo funciona la mente, no soy un psiquiatra con veinte años de experiencia, pero conozco a Emma, y tengo casi un año de experiencia con ella. No se va a dejar vencer. Llora, se culpa, se llama estúpida, pero lo intenta.
»No sé si es que solo estoy jodidamente empecinado con la idea de encontrar una entrada de luz, viendo esperanza donde no existe. Pero me ponga a llorar a cada hora, y en algún momento he llegado a pensar que la estoy matando, le lloro como si se encontrara muerta, y no lo está. El corazón de Emma está latiendo al mismo tiempo que el mío. Aún estamos vivos.
—Colin —Eugene le tocó el brazo, trayéndolo al presente inmediato—, permítete tener esperanza. Permítete escuchar a esa parte desesperada por encontrar una entrada de luz. Detente, pon luz roja cuando escuches la parte que dice que solo son ideas que creas porque estás demasiado abrumado. Tienes razón. Emma está viva, Colin, y, mientras su corazón siga latiendo, su cerebro se seguirá modificando, y ¿por qué tiene que ser para mal? ¿Por qué debemos imaginarla por siempre rota? ¿Por qué no podemos imaginarla siendo la Emma que conocemos? No estoy siendo un maldito positivista tóxico, Cole, estoy siendo realista.
»No sabemos nada. No sabemos ni lo que pasará en los próximos cinco minutos. Emma está rota ahora, pero no sabemos cómo estará mañana —levantó su índice como un sabio, hizo una pausa como un sabio—. Puede que mañana esté peor, esa es la idea que te está matando, pero... también puede que no. Sé que pensar de esta manera es mucho más sencillo desde mi posición, que tú has pasado tanta mierda que ya no ves chances de que en algún momento mejore, es más, sientes que todo se pone cada vez peor. Pero existen dos hechos, Colin. Uno, muchas personas mueren sin superar a sus demonios. Dos, muchas personas llegan al final del túnel, vuelven a respirar aire puro, y escriben libros que se vuelven Best Sellers del New York Times. No se eligen las luchas, pero se puede elegir tratar de ganarlas, y el hecho de tratar marca la diferencia.
»Y perro, no espero que dejes de llorar o que cambies tus pensamientos dolorosos con respecto a lo que está pasando ahora mismo, solo espero que, en medio de tu duelo, sepas que este no es el final. El final se dará cuando estemos condenadamente tiesos. ¿Lo entiendes? No permitiré que sobrelleves esto solo. Ya no eres ese niño que se siente abandonado, ahora nos tienes a nosotros, y puedes marcarnos a la hora que sea y ahí estaremos. Eres mi hermano.
—Nuestro —le corrigió Alan.
Colin se sacudió las palabras de Eugene cuando el ascensor se abrió a un lado. Esmeralda y Sid aparecieron ahí, también traían presentes para Emma. Esmeralda prácticamente saltó a abrazar a Colin, y sorprendentemente él no se sintió invadido, a Esmeralda la conocía de nombre y nada, pero había sido uno de los abrazos más sinceros que había recibido en mucho tiempo. Jake, quien había escuchado el timbre del ascensor, se asomó a mirar cómo la amiga tímida de Emma soltaba un montón de palabras por segundo frente a Colin, le estaba diciendo que seguía sin creer lo que estaba pasando, que lo lamentaba demasiado, que iba a hacer lo necesario para ayudarlos a los dos, pero sobre todo a Emma. Esa mañana, Esmeralda les había dado su testimonio a los investigadores porque aparentemente era la única que sabía que Emma se estaba viendo con Milo. Aparentemente.
—¿Puedo verla un momento? —preguntó.
Jake permitió que Esmeralda entrara al cuarto, pero no dejó que Sid lo hiciera. Sabía que el apoyo de su familia era primordial para el camino hacia la recuperación, lo había vivido con ella en el pasado, pero también sabía que el contexto podría ocasionarle vergüenza frente a su primo, y no necesitaba otra emoción más, Emma tenía suficientes con las que lidiar.
—Emmy. —Esmeralda dejó sobre la silla lo que traída y se agachó a besarle la frente.
Emma puso una mueca de llanto, pero no lo terminó de soltar. Ahí estaba la persona a quien no le hizo caso cuando le preguntó si estaba segura de querer salir con Milo esa primera vez. Esmeralda se sentó en el borde de la cama para acariciarle el cabello, no se permitió llorar en ese momento, pensaba que eso podría hacerle sentir peor. Ver cómo la gente sufre por ti no debe ser sencillo. La conocía lo suficiente para saber que se sentía culpable por las lágrimas que derramaban por ella.
—¿Cómo te sientes? ¿Te duele algo?
Emma negó con su cabeza, pero no sabía a lo que estaba respondiendo porque ni siquiera terminó de escucharla. Se acordó de Vivian.
—Vine con Sid —siguió Esmeralda—. Estamos contigo para lo que necesites —hizo una pausa—. Fue la peor noticia que recibí en mi vida, Emmy. Te quiero demasiado, y mi corazón siempre está contigo.
Emma parpadeó, regresando a la conversación.
—Cole no me engañó —comentó.
—Oh, Emmy —se inclinó para abrazarla sin apretarla demasiado.
No quería hablar esta vez. Prefería solo... silencio.
Pero Esmeralda sabía que no debía forzarla. La soltó.
—Colin está allá con Sid —le comentó.
—No se ha ido.
—Y aparenta que no se irá. —Por el momento no quería decir más al respecto. Agarró lo que había traído, era una caja de macarrones franceses—. Con Sid queríamos traerte algo, y yo me acordé de la vez en la que nos emborrachamos en la casa de Gillou, y le preguntaste si podía hacer macarrones franceses en ese preciso momento, a las tres de la mañana, solo asumiste que sabía hacerlos —se rio un poquito.
Emma miró la caja, escuchando la dulce risa de su amiga.
—Gracias —habló muy despacio.
—Después de que Gillou te dijera que no sabe hacer macarrones, tú dijiste que debemos volar a París a beber algo tibio mientras comemos macarrones frente a la torre Eiffel. Hiciste que lo prometiéramos. Amenazaste a Gael con un taco de billar para que se uniera. Quiero que te recuperes, Emmy, y cumplamos esa boba promesa de borrachera.
Emma se quedó callada. Lo recordaba.
—No olvidemos la promesa. —Esmeralda abrió la caja con tapa transparente para mostrarle mejor los distintos colores—. No te sientas presionada, Emmy. Esto puede demorar como toda herida emocional, pero cuando estés lista, los tres estaremos esperándote con billetes de avión. —Las miradas se quebraron. Se llenaron de lágrimas que no se completaron, no cayeron—. Y beberemos algo tibio, lo que sea que eso signifique para ti, y comeremos macarrones auténticos. Gillou podrá alardear de porqué Francia es la mejor.
—Italia es mejor, pero no está preparado para esa conversación.
Esmeralda soltó una carcajada, tapándose la boca. Los músculos faciales de Emma se movieron, pero no terminaron de crear una sonrisa. Sin embargo, en su adentro, sintió una calidez momentánea. Se imaginó en Francia con ellos tres, al menos por instante flash, no sabía que esa era una buena señal.
Cuando Esmeralda se estaba yendo del cuarto, Gael entró para tomar su lugar.
—Gael, en cualquier momento nos vamos a París —le dijo Esmeralda, terminando de irse.
Gael frunció su ceño y se acercó a la cama, agachándose para llegar a la cara de Emma.
—¿Qué fue eso, mujer? —preguntó en modo juguetón. Le dio besos en su cachete porque sí.
—Al parecer, hice prometer cosas cuando estaba borracha —cerró sus ojos.
—Dios, sí, sí. El viaje caprichoso a París para comer macarrones —se sentó en la cama, dándole caricias en su frente—. Espero que avises con anticipación. No es cierto. En mi agenda demasiado ocupada siempre habrá espacio para mi hermanita.
Afuera, Colin tocó el hombro de Esmeralda, y señaló hacia el balcón. Subieron por las escaleras y se sentaron en el sofá de los besitos. Pero, mientras subían, Esmeralda se había preguntado qué le había pasado al rostro de Colin. Cuando se sentaron, Colin sonó desesperado.
—¿Cuál fue la última conversación que tuviste con Emma antes del suceso?
Esmeralda parpadeó dos veces. ¿Quería que le repitiera lo que les había contado a los oficiales?
—Pues, ella me mandó un mensaje esa noche, pero no fue una conversación.
—¿Cuándo fue la última vez que se vieron? —se tensó en el sofá, apretando inconscientemente con una mano el borde del asiento. Su mirada llorosa expresaba desesperación—. Necesito escuchar cómo estaba, cómo se veía. Dime que estaba feliz, dime que fuiste tú la última que la escuchó reír. Descríbeme su sonrisa en ese momento. Dime si te hablaba de mí.
Esmeralda soltó una lágrima. Lo tomó de la mano, siempre mirándolo a la cara.
—Ella te ama de la manera más increíble que yo haya visto —pronunció claramente—. No estaba bien por la ruptura, pero nunca perdió su sonrisa. La última vez que nos vimos fue el jueves, noche siguiente de su primera cita con ese tipo, y parecía feliz de tener su atención. Solo quería olvidarte. Pero esa no es la sonrisa que quiero recordar hasta volver a verla. Si tengo que reproducir una imagen en mi mente sería la del cumpleaños de su papá. Emma estaba verdaderamente feliz esa noche. En el fondo siempre dolida, pero se había reído hasta ponerse roja; había hecho bromas tontas; había bailado con Gillou.
»Aún no puedo entender porqué le hicieron esto a la única persona que nació con el cielo ganado. No la sobreestimamos. Todos en este ático sabemos que vive para repartir amor a los que ama, y nunca le haría daño intencional a nadie, ni siquiera a quien le caiga mal.
Colin frotó su rostro con sus manos en señal de cansancio. Había decidido ya no mutilarse la mente con la pregunta ¿Por qué? ¿Por qué ella? Terminaría con su pequeño trozo de cordura si seguía con eso.
—Tuve un presentimiento del que nunca hablé con nadie. Me enteré que ella estaba viéndose con ése, gracias a mis amigos que la encontraron en un bar. El día antes del suceso, me desperté con un ataque de pánico en la tarde —gimió inconsciente, sobándose el pecho que le empezó a empujar—. La soñé con él, y me desperté completamente fuera de mí mismo. Tenía una sola idea. Necesitaba decirle que lo dejara porque es un degenerado.
»Sé desde antes que es un degenerado porque una vez lo encontramos en el hotel, y él le miró el escote como un enfermo. Joder. Yo sé que muchos la miran, y a todos les quiero sacar los ojos, pero él me dio una sensación distinta, por encima de mi rabia normal. La miró sin disimulo, fue entonces que supe que no era una buena persona.
»Me desperté con un ataque de pánico que me imposibilitó salir a buscarla en ese preciso instante.
Esmeralda miró hacia abajo. Iba a decirle que no debía sentirse culpable, pero Colin añadió:
—Tal vez nuestros cerebros sí están conectados. Lo presentí.
—Yo... —Tenía dolor en medio de su cuello, tragó saliva antes de continuar— pude haber hecho algo más que sentarme a ver cómo se preparaba para salir con él. La primera vez que la invitó, el miércoles, Emma no estaba segura de querer aceptarlo, es más, demonios, Emma no lo hubiese aceptado de no haber sido por esa loca.
Colin sintió un desesperante hormigueo en las plantas de sus pies. Estiró del cuello de su camiseta blanca como si necesitara aflojarla. Comenzó a sudar bajo sus brazos. Toda su cara lo delató. Le presionaba el pecho como si alguien acabara de soltar un ladrillo gigante sobre él.
—¿De quién loca estamos hablando precisamente?
—Vivian. No la puedo llamar de otra manera.
Colin tapó su cara pálida con sus manos sudadas.
—¿No se fue de la ciudad? —preguntó con una vocecita que entre cada palabra se apagaba más.
—No —se preocupó por el estado de Colin, pero sintió que él debía saberlo—. Estuvo con Emma en todo este tiempo. Mencionó que apareció el domingo, el domingo anterior, cuando esperaba tu llegada. Intenté advertírselo. Odié encontrarla en su habitación. Bueno. Le he dicho a los oficiales que Vivian era la otra persona en saber que Emma se veía con ése, que podría brindarles mayor información porque Emma, después de su segunda salida con Milo, prácticamente me dejó de contar sobre lo que estaba pasando, ni siquiera entró en detalles sobre el cumpleaños de Milo, que había sido el viernes.
»Estoy segura de que con Vivian ha estado hablando, porque, aunque Emma no quisiera hablar, esa mujer sabe cómo sacarle las palabras. Esa loca es una de las peores personas que he conocido . . .
Esmeralda quiso añadir más ofensas hacia Vivian, pero Colin se puso de pie. Primero se despeinó con sus dedos, luego se estiró un poco del cabello, largando un suspiro. Cada detalle era como encender un fuego más en el infierno. ¿Por qué? ¿Por qué pensó que esa imbécil se iría fácilmente? Era un parásito.
—Gracias por decirme todo esto.
No esperó a que Esmeralda respondiera, se marchó bajando las escaleras. Recogió los girasoles que había dejado en la sala y se dirigió a la recámara. Le hizo una señal a Gael para que los dejara solos.
Avanzó hasta la cama. Los ojos de Emma brillaron cuando se encontraron con los girasoles. Colin sabía lo que ella estaba pensando, lamentó reventar su burbuja.
—Vienen de parte de Eugene y Alan —colocó las flores sobre la silla, y se sentó en el suelo junto a la cama, apoyando su brazo sobre el colchón, donde ella estaba muy próxima a él. Le acarició el cabello, cerca de la oreja. Todos le daban caricias, pero ninguna tenía esa energía rica—. ¿Quieres que te compre girasoles? —le tocó el lóbulo de su oreja con suaves caricias.
Emma cerró sus ojos, agarrándolo de la mano que la estaba mimando.
—Quiero que te quedes conmigo.
—No me iré a ninguna parte —le aseguró, pero no supo si lo escuchó, incluso de frente—. Emma.
—Dime Emmy —suplicó, frunciendo su ceño con sus ojos cerrados.
Estaba sensible. Todo la ponía sensible. Bueno. Más sensible.
—Emmy —se arrodilló para acercarse más.
Emma abrió sus ojos, y unieron sus labios en un pequeño beso.
—Quiero que me compres girasoles
—Te compraré los girasoles más hermosos, más grandes, y más amarillos si eso es posible.
Colin miró sobre su hombro, a la mesa de noche, donde estaban los macarrones.
—Esme te trajo macarrones —señaló. Agarró la caja y la acercó a Emma—. Comamos. Elige uno.
Emma alzó su barbilla para mirarlos mejor. Aparentemente la elección del color era primordial. Se decidió por uno azul. Le encanta el azul en los macarrones franceses, también en el cielo, y en los ojos de él. Colin eligió uno rosado y, en ese momento, al mirar los colores que el mundo diferencia como masculino y femenino, por razones que no entendía, pero ese no era el punto, se preguntó: ¿qué hubiese sido? ¿Niño o niña? Su comprensión sobre la mente humana se reducía a nada, pero se dio cuenta de que no había elegido ese color al azar. Hubiese querido una niña. Lo hubiese querido con todas sus fuerzas. Es más, no tenía ni una sola prueba, pero estaba seguro de que hubiese sido niña. De aquellas certezas sin evidencia. Hubiese sido como Emma. Como su nena linda. Tampoco lo hubiese recibido mal si se hubiese tratado de un niño. La verdad, le hubiese encantado tener a alguien con quien consentir a Emma.
—Cole. —Emma sostenía en una mano a su macarrón mordido. Estaba mirándolo a él. Sabía que se había perdido en su cabeza.
Colin reaccionó, mordiendo la galleta, después miró a Emma como si nada hubiese pasado por su mente, incluso actuó un gemido por la supuesta gran sabrosura del macarrón. No iba a permitir que supiera lo afectado que estaba por el aborto espontáneo, por el momento no.
—¿Te gusta? —preguntó mientras masticaba.
Emma asintió con su cabeza, después le dio otro mordisco al resto.
Colin observó los girasoles, traían una tarjeta como lo había visto hace rato. La agarró para leerla.
—Te queremos, pero demasiado. Eugene y Al —colocó la tarjeta frente a la cara de ella. Emma la tomó, pasó su pulgar por la tinta negra que se había corrido un poco, mientras Colin terminaba de tragar, y mirar los girasoles, entonces, se percató que había otra tarjeta entre las flores. Venía en un sobre. Estaba escondida con la esperanza de que llegara a la chica correcta—. Te escribieron algo más —rompió el sobre.
Emma dejó la tarjeta sobre su cama, esperando que Colin le leyera la carta. Lo miró expectante.
—Dice: hay personas que llegan a tu vida a fastidiarte, pero también hay personas que llegan a tu vida como luces brillantes —se detuvo un momento. Era la caligrafía de Alan porque conocía la de Eugene, y esa no era—. Por ejemplo, Colin llegó a mi vida como un ángel. Lo sé. —Suspiró hondo, y continuó—: Yo era un chico sin ninguna figura masculina a quien seguir, y, de pronto, llegó él, quien es lo más cercano que tengo a un hermano mayor. Sé que a veces lo saco de sus casillas. Nunca nadie ha sido tan comprensivo conmigo. Pero esta carta no está hecha para resaltar lo increíblemente paciente que resultó ser Colin Oschner contra todo pronóstico.
»Escuché que a veces es más sencillo escribir que pronunciarlo. —La vio. Emma estaba oyendo con mucha atención, contemplándolo al leer, porque se trataba de una de esas acciones cotidianas que lo hacían ver más hermoso—. Emma: cuando mi mamá me dejó, la vida se me vino encima. No se quedó el tiempo necesario para transmitirme su Fe, porque ella creía, pero yo estaba demasiado enojado como para prestarle atención a sus palabras llenas de esperanza. Trato de no culparme. Ella se estaba muriendo. ¿Qué esperanza podía sembrar en mí? Pero tengo un secreto. Le he hablado desde el primer instante en el que me dejó, nunca sentí que me escuchaba, hasta que te conocí, hasta que uní todos los puntos.
»Ella te envió a mí. Tal vez también envió a Colin. Tal vez me estoy arriesgando demasiado. Tal vez solo tengo la necesidad de sentirla cerca de mí. Jamás he tenido una sola amiga en mi vida, y de pronto tengo a la mejor de todas. Es probable que el sentimiento no sea mutuo, que seguramente tú sientas más conexión hacia Eugene por razones que entiendo perfectamente. Pero yo te quiero de una manera extraña. No quiero que nada malo te pase jamás, y mi corazón se rompió en cientos de pedazos cuando me enteré que estabas sufriendo porque tú no mereces nada de esto.
»Solo quiero hacerte saber que estoy contigo, con Colin. Y que desde hoy le pido a mi mamá que te cuide tan bien como me cuida a mí.
Colin dobló el papel, regresando a mirarla. Emma tenía los ojos llorosos, pero no parecía que iba a llorar, no ahora. Sin embargo, estaba cargada de emociones que no podía expresar con palabras en ese momento. No era consciente al nivel superficial, pero se sentía amada, acompañada, por todos, hasta por el mismo Alan. Colin le acarició el brazo, la mejilla, la oreja y el cabello. Emma era el ángel de todos los que la conocían y querían. No era celoso. Podía compartirla un poco, pero le gustaba saber que al final del día era su exclusivo ángel de alas amarillas.
—¿Cómo te sientes? —le habló despacio.
Emma se quedó callada.
Se sentía de formas distintas.
Cansada, triste, furiosa.
—Emmy.
Emma le prestó atención.
—¿Dejaste que Vivian regresara a tu vida?
Ahora los ojos de Emma se terminaron de llenar, cubrió su cara con su mano.
—Lo siento tanto, Cole —lloró.
—No. No lo hagas. Nunca lo hagas —se acercó, sacándole la mano para rozar sus narices. Sabía lo que estaba pasando. Vivian lo lastimó a él, y grande, ahora Emma se sentía culpable por haberla admitido de nuevo en su vida. Emma sollozó, a lo que Colin le apretó la mano—. Vamos a ordenar este desorden juntos, ¿recuerdas? No permitiré que pases ni un solo día sintiéndote culpable por esto o aquello. Te amo.
—Pero yo no te amé bien.
—Emmy —se levantó del suelo para subir a la cama y protegerla entre sus brazos. La meció como a una bebita—. Tenemos una vida para remediarlo todo. Este no es el final, corazón. Vamos a estar bien. Mi nena va a estar bien.
¡Hola! ¡Hola!
Dos capítulos más para que se acabe todo.
Repito.
¡Dos capítulos más para que se acabe todo!
¿Cómo se sienten?
¿Teorías sobre el final de este segundo libro? ¡Quiero leerlos, de verdad!
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