6: Una gema rara con toques amarillos
—¿A qué hora llegaste anoche? —J.J. la apuntó con el dedo cuando Emma cruzó la puerta de la cocina con su lindo mom jeans. J.J. se encontraba sentado en la barra, comiendo un largo pan baguette, mientras Jake les preparaba el almuerzo con música de fondo, de la agrupación ABBA, para ser exactos.
—A la medianoche —respondió despreocupada y colocó sus dedos dentro de los bolsillos delanteros.
—Llegó a las doce y cuarenta. —Jake apagó la hornalla que estaba utilizando y giró a verlos. Emma miró el suelo, incómoda porque le pillaron mintiendo por unos cuarenta minutos—. Me quedé esperándola en la sala, pero, como ya soy un anciano decrépito, me quedé dormido en el sofá. Sin embargo, oí cuando esta señorita atravesó la sala, no se percató de mi presencia porque estaba caminando en las nubes.
Emma frunció el ceño.
A la defensiva siempre, querida.
—Pfff —cruzó los brazos—. Claro que me percaté de tu presencia.
—¿En serio? Dime qué traía puesto —le señaló de forma desafiante con un trapo de cocina en la mano. Era el amo de su casa. ¿Holly? Ella seguramente estaba teniendo un día bastante ocupado en la oficina.
—Eh...—«Te freirá en una sartén»—, no me fijé; ah, sí, traías puesto tu pijama. ¿Renovaste tu guardarropa? Porque no recuerdo haberlo visto en el pasado, aunque te veías muy cómodo en él.
—Era un kimono —contestó con sequedad.
—Y por eso no recuerdo haberlo visto antes —rió, golpeando una de sus piernas.
—¡No era un kimono! —la acusó con el índice como si acabara de ganar en un juego de niños—. ¿Qué haría yo con un kimono puesto? ¿Tengo cara de playboy a mis cuarenta años? ¿Por qué nos mientes?
—Y tan descaradamente —añadió J.J.
—¿Ustedes se ofenden? Esperen a que Jane se entere que me andan controlando como si tuviera quince años —dio un paso al frente. Era un yorkshire desafiando a dos rottweilers, pero no tenía miedo.
—Te controlamos porque nos preocupamos. —J.J. se enfureció al segundo de haberla escuchado, incluso soltó el baguette que estaba degustando—. Y no nos preocupa Colin, en realidad, nos preocupa que seas una chica solitaria andando por las calles de una ciudad tan peligrosa a la medianoche.
Emma cerró sus puños, y dijo:
—¿Solitaria? Estaba en el ático de Colin, a, literalmente, una calle de distancia. Nos quedamos charlando en su balcón después de cenar en el restaurante. Estaba con él, y nada malo me puede pasar mientras esté con él, incluso me acompañó hasta aquí y subió al elevador conmigo.
Jake resopló; sintió una sensación desagradable en su pecho.
Preocupación y miedo.
Todo era increíblemente reciente y nuevo.
La noche anterior había sido la primera en la que ella salía con un muchacho, viviendo bajo el mismo techo que ambos, era la primera vez que regresaba al ático tan tarde. Estaban acostumbrados a la Emma solitaria, quien pintaba y resolvía ecuaciones matemáticas en su recámara; la Emma que pasaba sus días corriendo sobre la cinta del gimnasio privado; la que bailaba y tomaba clases de pilates personalizadas solo para ella. Contemplarla marcharse con un muchacho fue una experiencia que los sacó de la zona de normalidad, y ahora tenían que aprender a lidiar con la nueva normalidad.
Emma estaba atravesando los mejores años de su juventud con un hombre a su lado, podían deducir demasiadas cosas que los desatinaban. Les preocupaba que la hiriera, incluso cuando no fuera a propósito. Les preocupara que hubiera sexo de por medio porque no querían que se involucrara profundamente en un romance juvenil impredecible. Pero lo sabían, que ella estaba involucrada hasta la médula, y eso les preocupaba porque no todos los romances a esa edad están destinados hasta el final, no sabrían cómo lidiar con una ruptura.
¿Qué iban a decirle? ¿Cómo iban a sanarla de nuevo?
—Está bien, florecita —respondió.
J.J. lo miró boquiabierto, queriendo decirle «Puto traidor, eres un débil».
Emma se relajó.
—Almorzaré con él en un restaurante. No tardaremos mucho porque tiene que estudiar con sus hermanas, quiero decir, él es el maestro. Las niñas terminan el semestre el diecisiete de junio.
—¿Qué? Acabo de preparar mi última receta de paella —se decepcionó.
—Como la policía española se entere de cómo insultaste su gastronomía con tu receta, vendrán por ti —le advirtió J.J. Emma rió abiertamente y se recostó contra la barra. J.J. añadió—: ¿Adónde irán, Emmy?
—Descubrí un restaurante orgánico, no muy lejos de aquí. Me emociona la idea de comida orgánica.
Porque los últimos nueve meses se basaron en comer chatarra llena de conservantes. Necesitaba recuperar su figura o iba a morir. Entonces, recordó cómo Colin la miró la noche anterior, y todo ese mal sentimiento de verse gorda se aplanó tan solo un poco; no podía sentirse insegura entre sus brazos.
—Ah, sí, las fotos. —J.J. señaló a su padre; cambiaron de tema en cuanto Emma se distrajo por segundos—. Esta mañana despertamos viéndote agarrada de Colin, Emmy. Ahora eres famosa.
Demonios.
—¿Y-ya salieron? —balbuceó.
—Sí, guardé una —respondió Jake.
—¡No quiero verla! —exclamó.
Se rehusaba a mirar lo gorda que debió haber salido.
Oh, hola, inseguridad.
Necesitaba borrar esa escena de su memoria.
Necesitaba silenciar esa voz que la maltrataba en su interior, no quería darle el gusto.
Emma se acercó al altavoz y subió el volumen de la canción, entonces, J.J. gritó en tono fiestero y tomó su baguette para agitarlo en el aire. A continuación, ella se dispuso a bailar Dancing Queen en medio de la cocina mientras hacía sincronía de labios, lo estaba haciendo para hacerle sonreír a su padre, quien se hallaba serio después de todo. Jake no iba a ceder tan fácilmente, por lo que Emma se encontró obligada a aumentar el volumen hasta que les fue imposible escuchar sus propios pensamientos. Era imposible no alegrarse con la sonrisa de Emma, toda persona que la conocía, y quería, lo sabía. Jake se echó a reír.
Emma giró sobre sí misma y tambaleó cuando encontró a Colin detrás.
Así que por eso los otros se rieron.
Ella apagó inmediatamente el altavoz.
¿Por qué se ruborizó? Si él ya conocía a esa Emma, y era su preferida.
—Colin, llegas en un mal momento —pronunció Jake seriamente.
¿Cómo debía tomar eso?
El problema con Colin era que aún no sabía cuándo su suegro hablaba en broma o en serio.
—Eh..., disculpa. Quedé con Emma al mediodía, y no estaba respondiendo mi llamada.
—Es que nos estaba ofreciendo un espectáculo de baile, de seguro te mueres de envidia —le explicó J.J.
—La envidia me consume —contestó.
—Hasta luego —les dijo Emma, asegurándose de que llevaba su teléfono en el bolsillo trasero, entrelazó sus dedos con los de Colin, y tiró de éste hacia la salida, ni siquiera le permitió despedirse como persona.
Subieron al ascensor.
—Hola —se dijeron sonriendo.
Ella se ruborizó y, abrazándose a sí misma, se adhirió al pecho de él; miró hacia arriba para buscar un beso, que el otro le dio con dulzura.
Cuando Colin estaba a solas con sus amigos, Eugene casi siempre señalaba lo cariñosa que era Emma, incluso llegó a preguntarle, en más de una ocasión, qué se sentía saber que una chica lo amaba de esa manera, que siempre buscaba un beso o un abrazo cuando el escenario lo daba; Colin siempre respondía lo mismo: «Se siente como si fueras el rey del mundo, no en el sentido egocéntrico, sino porque sabes que para esa persona eres el rey. No puedo sentirme poca cosa mientras Emma me mire de esa manera, y mientras busque mi cariño como yo busco el suyo». Entonces, Jordan reiteraba «Sabes que todo es color de rosa en el primer año de relación, ¿cierto? Es normal que te mire de esa manera», y Alan le preguntaba «¿De verdad? Con Vivian todo es color sádico».
—¿A qué hora despertaste? —lo abrazó y pegó su barbilla contra el pecho de él.
—A las nueve —le besó la frente.
Emma sonrió ampliamente y metió sus manos bajo la camiseta negra de Queen para acariciarle el pecho, a lo que Colin la agarró de las nalgas para finalizar en un beso que se interrumpió cuando el ascensor llegó al vestíbulo. Se agarraron de las manos y caminaron hasta una camioneta blanca que manejaba un chofer de la familia Oschner; subieron al asiento trasero y Emma se sentó sobre una de sus piernas para poder mirarlo mejor; Colin giró la cabeza y sonrieron al verse, como un par de adolescentes sumergidos en el primer amor.
A él le gustaba afirmar que ella era la primera porque así lo sentía, más allá de la realidad, sus emociones sentían a Emma como la primera mujer en su vida, después de tantas sesiones terapéuticas, sabía distinguir entre un amor bueno y uno malo. Rebecca no contaba porque fue mala, dañina y destructiva; él sabía que no podía borrar el pasado, sobre todo porque la gente le recordaba constantemente que Rebecca fue la primera, mas él elegía pensar que Emma también era la primera, la primera en amarlo bien, la primera orgullosa de sus logros, y la primera en tocarlo con amor y descaro.
—Mi papá aún no miró la camioneta. Me comuniqué con el seguro, pero quieren hablar con la dueña del vehículo, usé todas mis tácticas de convencimiento, incluso les mentí —le comentó—. Te vas a quedar sin novio, deberías prepararte psicológicamente, solo espero que al final encuentres alguien que te valore o tendré que volver a la tierra como alma en pena para sacarlo de tu vida.
—No me resulta gracioso —habló seriamente. Odiaba cuando hacía esa clase de bromas. Aunque una vez la había buscado, la muerte le producía una enorme ansiedad, sobre todo si sus seres queridos estaban implicados—. Pero tampoco dudo que volverías a la tierra porque eres un completo intenso.
Colin rió y se acostó de lado, con la cabeza sobre las piernas de ella.
—Yo nunca te voy a dejar. Ni muerto.
Emma lo miró y hundió sus dedos entre el cabello de él.
—Soy tan afortunada.
—No lo eres; no se trata de fortuna, sino de un plan hecho a la perfección.
Ella tragó saliva y lo tomó de la mano izquierda, ahí, donde estaba el reloj.
Un plan hecho a la perfección.
De acuerdo, pero ¿cómo terminaba dicho plan?
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El restaurante orgánico era famoso por un wrap vegetariano, que le hacía chuparse los dedos hasta al más carnívoro de todos, razón suficiente para que Emma lo eligiera. Lo mejor de todo es que no estaba tan retirado, por lo que les daba tiempo de pasarla juntos un largo rato, incluso de comer un postre dietético, antes de que el maestro Oschner entrara a clase a las cuatro de la tarde con dos alumnas y media; Cathy no necesitaba mucha ayuda, y Thomas no necesitaba ayuda (sí necesitaba, no lo aceptaba). A partir de las cuatro, toda la atención de Colin estaría puesta en Mercy, Cathy y Heidi, sobre todo en la primera, quien demandaba mucha paciencia porque era bastante patosa en la escuela. Emma adoraba esa faceta de hermano mayor, se moría de amor cada vez que éste respondía las llamadas de sus hermanas, diciendo «Hola, linda. ¿Cómo estás, linda?». Emma sabía que Colin daría todo por ellos.
—Iré al baño, no me tardo —dijo éste cuando llegaron a la mesa.
—¿Al baño? —preguntó con cierto pánico.
—No me tardo —repitió, alejándose.
Por favor, no.
—Señorita, ¿qué le traigo para beber? —le preguntó una camarera, minutos después.
Ya sentada, Emma fingió tener interés en el menú para no mirarla directamente.
—Eh..., agua tónica con hielo y limón; también agua normal, que sea Pellegrino.
—En seguida.
La camarera se retiró, dejándola expuesta para que alguien la reconociera.
—¡Emmy!
Por el odio de Lucifer.
Era Aqua...
Y Marina estaba detrás.
Ambas estaban vestidas con uniforme de la escuela.
Era su hora del almuerzo. ¿Se escaparon así no más?
—¿Ordenaste agua? —preguntó Colin.
Emma no sabía a cuál de las partes mirar; si a Colin quien acababa de regresar o a sus primas caminando hacia ellos. Difería con él, sí existía la fortuna, al igual que la mala suerte; porque ella era la mala suerte.
—S-sí... —asintió.
—Gracias —le dio un beso en la cabeza.
—Colin McClain —habló Marina cuando llegaron hasta ellos.
Añadió en su mente «Finalmente nos conocemos» y sonrió como una villana de telenovela. Descubrió algo interesante ese mediodía; Colin era más hermoso en persona, y más alto de lo que aparentaba. ¿Emma habrá hecho algún pacto con el maligno? No encontraba otra explicación para que esa belleza terminara enamorada de aquella cosa.
—Puta madre —susurró Colin, justo antes de alzar la mirada y percatarse que se trataba de Marina, la reconocía porque era bueno recordando rostros, incluso tan solo por haberlos visto en fotografías. Había creído que una desconocida los interrumpió, eso no ocurría con frecuencia, pero cuando pasaba era una verdadera molestia, aunque algo le decía que Marina Hamilton podría llegar a ser un fastidio más grande.
Marina estaba sonriendo; en cambio, Aqua, no tanto. La segunda había notado la cara estresada de Emma; conocía a su prima, toda la familia lo hacía, a veces simplemente no ocultaba sus emociones; también se dio cuenta de que Colin estaba fingiendo comodidad porque lo escuchó susurrar tal grosería.
Emma suspiró.
¿Qué debía hacer para tener una comida tranquila con él? Si no eran ellos mismos perturbándose, eran otros, y lo segundo era mucho peor porque al menos entre ellos sabían cómo sosegarse. Ya no volvería a hablarse favorablemente como en aquella mañana en la ducha: «Colin está de buen humor, eso significa que no lo regañaron por la camioneta, hoy almorzarán felices y todo marchará tranquilamente a partir de ese momento». No malinterpreten, los problemas de Colin no le parecían un fastidio, eso nunca, pero anhelaba verlo alegre y despreocupado, quería que él fuera feliz.
—Ella son mis primas; Marina y Aqua —las presentó.
—Sí, las reconocí, hola —saludó Colin, tirando la silla hacia atrás.
Marina frunció el ceño. Lo había imaginado más entusiasta y agradable, pues hasta su propia madre mencionó que era un buen muchacho, su hermano, Sid, también se refirió a Colin como «Excelente persona» en más de una ocasión. Marina se sintió engañada, desilusionada, pero quería conocerlo.
Aqua no quería estar ahí. A diferencia de Marina, ella sí podía captar cuando estaba siendo un mal tercio; pero apostaba a que Marina lo sabía, sabía que estaban cortando un almuerzo, pero no sentía vergüenza.
—No puede ser. Colin Mc —pronunció una tercera.
Emma presenció cómo una mujer de piel canela, y más curvas que un circuito de carreras, abrazó a Colin como si fuesen mejores amigos que hace tiempo no se veían; la mujer dio un paso atrás, y Emma no necesitó otra pista: esa era la niñera de la familia. Y Aqua no exageró con el tamaño de esos pechos. ¿La sociedad de cirugía plástica aceptaba el tamaño de esos implantes? No la juzgaba, en serio que no, mas sí se sorprendió. Quizá debía empezar a tomar en cuenta los comentarios que salían de la boca de Aqua.
Colin se atontó como a un perro a quien le rocías agua en el hocico. Y Emma sabía, sabía que él odiaba estar en esa situación, pues frotó su barba, después tocó su reloj. No sabía qué hacer con sus manos.
—Hola..., Kayce —pronunció decepcionado, no pudo disimularlo. ¿Qué debía hacer para tener una comida tranquila con ella? ¿Cocinar en su ático? —. Eh, ella es mi nen... novia Emma —se sentó.
Kayce miró a Emma con una brillante sonrisa. No necesitó más que una mirada para deducirla y clasificarla. Rubia insegura con menos autoestima que una adolescente de quince años; lo supo porque Emma estaba evitando mirarla directamente, y, a pesar de haber bailado por tantos años, su postura era pésima cuando se sentía incómoda en una situación, como si tratara de esconderse entre sus hombros. Sin embargo, Kayce ya la conocía por fotografías y ¿cómo no? Si todavía era amiga de sus compañeras de preparatoria, quienes seguían afirmando que Colin era un verdadero bombón. El chisme recorrió cada grupo cuando Rebecca lo terminó años atrás porque «¿Cómo pudo haber terminado con semejante dios?» y Colin volvió a ser tendencia entre ellas cuando comenzó a salir con Emma porque «Demonios, ese hombre se merece algo mejor, se merece una bomba sensual, es pésimo eligiendo a sus novias».
¿Colin se sorprendió? Sí.
¿Le importaba ese reencuentro? No.
Pero Kayce siempre supo que ese reencuentro llegaría, pues manejaba la información de que Emma era prima de esas dos, solo que no creyó que se daría tan pronto, y en ese restaurante cercano a la escuela.
—Soy Kayce, Colin y yo fuimos compañeros en la escuela —se presentó cálidamente. Mucha gente consideraba que Kayce era agradable, lograba encender cualquier reunión con su calidez y entusiasmo.
—Ho-hola —contestó Emma sin alzar la mirada.
La gente energética la intimidaba, especialmente aquella que hacía mucho contacto visual mientras sonreía, a veces haciéndole dudar de la veracidad de su sonrisa. Coral era la única a quien podía tolerar, el resto la ponía ansiosa y provocaba que enredara su lengua cuando en realidad se estaba esforzando por no sonar como una persona sin tantos complejos.
Kayce le sonrió más.
Emma quería comer bajo la mesa.
Y Colin deseaba que las tres se largaran.
—Qué interesante que se conozcan —se metió Marina, enarcando una ceja. Kayce nunca les había mencionado ese dato, o sea, ¿cómo pudo haberse olvidado que fue compañera de Colin por tantos años?
—Sí... —dijo Aqua. Más que nunca, no quería estar en los zapatos de Emma, pues sonaba como uno de esos encuentros que luego traen problemas como «Nunca mencionaste a tu querida amiga Kayce, Colin».
Entonces, la camarera llegó a interrumpir con el agua.
—¿Puedes traer otra silla? —le preguntó Marina.
Emma alzó la barbilla para verla.
¿Otra silla? ¿Cómo para qué?
Las tres se sentaron ahí, en la misma mesa.
—Oh, Colin...—Kayce lo tomó de la mano con mucha confianza—. La última vez que supe de ti fue en nuestro acto de graduación, y qué cambiado estás. Aún más guapo —rió—. ¿También bajaste de peso?
Emma la miró fijamente. Por favor, que alguien le diga que oyó mal.
—Sí... Tanto tiempo. —Colin apartó su mano, y tomó el menú.
—Mi mamá contrató a Kayce —le recordó Aqua a Emma.
Emma abrió la boca para decirle tímidamente algo como «Todavía no entiendo la razón», pero Marina la interrumpió con la cámara de su celular apuntándola, seguramente para publicar una foto que enseñara que estaba comiendo con ella... y con @colinmcclain en Instagram. El ritmo cardiaco de Emma se alocó.
—Marina, ¿qué haces? —inquirió con nervios, su pierna izquierda comenzó a sacudirse bajo la mesa.
—¿Te tomé una foto? Dah —respondió, centrada en su celular—. Deberías aprovechar este verano para volverte activa en las redes sociales, en Instagram, por ejemplo, vuélvete influencer, ya tienes seguidores.
Colin cerró el menú y alzó la mirada.
—Bórrala, por favor. —Emma trató de sonar tan calmada como amable.
—No saliste mal. Calma —aseguró Kayce, pero ni siquiera había mirado la foto.
Entonces, de un segundo a otro, Emma se levantó con notable adrenalina e intentó quitarle el celular a Marina, pero no lo consiguió, pues la segunda se alejó más rápido gracias a sus reflejos. El cuerpo de Colin se alarmó en su asiento, sin embargo, se quedó congelado al no saber qué hacer o cómo reaccionar. Kayce se sorprendió, ¿acaso había acertado con su prejuicio?, ¿Emma era tan insegura?
—Bórrala ahora —ordenó Emma.
—No te ves tan mal —respondió Marina, añadiéndole emoticones a la mención.
—¡Bórrala ya! —Y gritó.
Emma se puso a temblar de los nervios.
—Te está pidiendo que la borres. Hazlo —le ordenó Colin, tenía una cara de hombre que no toleraba a adolescentes narcisistas. Marina lo miró. ¿Una persona puede herirte con una mirada? Colin le dio directamente en el ego—. ¿Ya la borraste? ¿Qué estás esperando? No quiero pedírtelo de nuevo.
Aqua estaba tan avergonzada por el comportamiento de su hermana... mayor.
—Ya —contestó Marina, soltó el teléfono sobre la mesa.
Emma se echó para atrás con el corazón acelerado, notó a Kayce mirándola con cierta lástima.
«Eres una... rara». Eso pensó de sí misma.
—Voy al baño —le informó exclusivamente a Colin.
Emma pasó por detrás de la silla de éste y se alejó rápidamente.
Kayce la miró por encima de su hombro.
Sí, acertó con su prejuicio.
—Ella es... peculiar. —Ahora miró a Colin, sonriéndole.
—Ella es singular, por eso la amo —contestó agriamente, tomó su teléfono como diciendo «Ya no quiero hablar con ninguna y espero que entiendan esta maldita indirecta». Estaba molesto..., y muy preocupado.
Kayce enarcó una ceja.
No recordaba a Colin tan amargado.
Pensó que el noviazgo era para bien.
Emma respiró profundamente, tratando de concentrarse en su inhalación y exhalación. Acababa de quedar en ridículo, ella misma provocó que quedara en ridículo. Y también gritó. ¿Cuántas personas la habrán oído y mirado como bicho raro? Podía imaginar a Kayce hablándole a sus amigas de la escuela «Hoy me encontré con Colin y su novia, quien está completamente loca, encima que es gorda».
Abrió la canilla con la mano torpe y se mojó la cara, también el cuello.
A continuación, sacó su celular del bolsillo trasero.
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Emma: Quiero irme ya.
Oschner: Entendido
Oschner: Preparando plan de fuga
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Emma hubiese reído en otras circunstancias.
Colin sacó unos billetes y se levantó; su plan de fuga consistía en pagar y decir «Hasta la vista, baby». Era un hombre que no andaba con rodeos cuando la situación lo sacaba de sus normalmente pacientes casillas. Alzó la barbilla para observar cómo Emma caminaba totalmente achicada hacia la puerta.
Kayce miró hacia atrás por encima de su hombro.
—Afloja esa correa o terminarás ahorcado, Cole —advirtió, camuflando con una risa que indicaba broma, pero no estaba bromeando, y todos en aquella mesa lo sabían. De mujer con veintitrés años de experiencia a hombre con veintitrés años de experiencia también: «No seas juguete de una jovencita».
Y Colin no respondía a menos que le picara, y ese comentario, definitivamente, no le picó ni un poco. Lanzó los billetes encima de la mesa. Caminando hacia la salida, se cruzó con la camarera, amablemente le informó que ya pagó, y, finalmente, llegó hasta Emma para tomarla de la nuca, se retiraron en silencio.
En la camioneta, el chofer preguntó:
—¿Adónde los llevo?
—Solo conduce —le pidió Colin.
Emma se abrazó a sí misma en tanto miraba al frente; no sabía cómo iniciar, sentía que acababa de arruinarles el día, ni siquiera cruzó por su mente la idea de que la única que pudo haberles arruinado el día era Marina. Y esa culpa no era el único pensamiento agotador dentro suyo, también se sentía ridícula por absolutamente todo lo que pasó en el restaurante; desde el «Ho-hola» a Kayce hasta el «¡Bórrala ya!» que oyó toda persona comiendo en ese lugar. Ojalá Colin lograra percibir cuánto ella es esforzaba por actuar como una persona normal, que no actuaba de esa manera porque quería, sino porque no tenía otra opción. ¿Por qué no podía ser la clase de chica que charla a gusto con una extraña que acaba de conocer? ¿La clase de chica que bromea y lanza comentarios ingeniosos de los que todos en la mesa ríen? Cada mañana despertaba con ánimos de cambiar, mas todo se derrumbaba al pisar el exterior.
Colin la miró y la agarró de la nuca otra vez.
—Tu prima es egocéntrica, solo ignórala.
Lamentaba tanto que ella tuviera que atravesar por situaciones tan desagradables; deseaba que ella pudiera entender que el número de la báscula o un reflejo en el espejo, incluso una fotografía, no decía nada sobre quien era realmente. Y él no era ciego, podía percibir la realidad, ella había aumentado de peso en los últimos meses, mas eso no significaba nada. A veces se engorda, otras veces se adelgaza sin desearlo, pero seguían siendo las mismas personas. Ojalá pudiera decirle: «¿Sabes qué? A mí me hirió que me preguntara si bajé de peso», pero sabía que ella no comprendería, quizá incluso lo empeoraría, porque no entendía que lo opuesto a gordura también puede llegar a ser un complejo horrible, y no es que careciera de empatía para entenderlo, sino porque él tenía lo que ella siempre deseó: un metabolismo rápido y una ansiedad que le quitaba lo apetente en lugar de aumentarle.
—Quise golpear la cabeza de Kayce contra la mesa cuando te preguntó si bajaste de peso en los últimos cinco años —giró la cabeza para verlo con seriedad.
Colin se echó a reír.
—Qué salvaje eres, mi nena —contestó.
Emma se arrodilló en el asiento y le tocó el pecho seductoramente.
—Y qué cambiado estás. Aún más guapo —le habló con una voz que imitaba a la chica.
No lo malinterpreten, no estaba celosa, esa mujer le cayó mal por alguna razón que quizá no era la más válida: le chocaba las personas confianzudas. De presenciar ese remedo, Kayce hubiese afirmado que Colin estaba siendo juguete de una jovencita, quizá les escribiría a sus amigas «Rebecca debe estar muriéndose de risa por cómo Colin pasó de salir con una mujer a salir con una tonta». Colin amaba a esa tonta, especialmente porque le encantaba que ella le hiciera reír, y era tan complicado provocarle la risa.
—Creo que ella no habla así —soltó una carcajada corta.
Lo tomó de las manos.
—Aún recuerdo cuando jugabas baloncesto —continuó, colocando las manos de él sobre sus senos.
—Sí..., a mí tus pechos me recuerdan a eso —los apretó.
Emma le apartó las manos y lo abrazó del cuello, diciendo:
—Me siento mal por juzgarla porque no solo me siento mala persona, sino porque también me siento ridícula por burlarme de ella para olvidar lo horrible que me siento conmigo misma.
—Sé mala persona —le susurró al oído como lo haría el mismo diablo.
Emma se apartó y le acarició el cabello con una mano.
—Kayce es una persona insoportable, hasta preferiría sentarme con Coral en un vuelo de Nueva York a Ciudad del Cabo en lugar de aguantar a Kayce por cinco minutos más. Me cayó mal y espero no volver a cruzarme con ella en la vida, pero lo dudo porque mi tía tiene una tuerca en lugar de cerebro.
—Me gusta mi nena mala —echó la cabeza hacia atrás sin dejar de mirarla.
Emma lo cogió del cuello, y preguntó:
—¿Quieres que te hable sucio?
—Quiero que me ahorques —respondió como entregado al agarre.
Emma rió y lo soltó, acercó su cara para recibir un beso en la mejilla.
—¿Comemos sushi? —preguntó él sin alzar la cabeza.
—Solo tengo una respuesta para eso —contestó.
Hallaron un restaurante japonés no muy lejos de donde se encontraban al principio. Al final, lograron tener una comida tranquila, solos, y sin ninguna clase de interferencia. Ocuparon un asiento acolchonado color granate y las siguientes horas se basaron en conversaciones ocurrentes; Emma era ocurrente, lo único que Colin sabía hacer era mirarla embobado con una sonrisa que arrugaba ligeramente su nariz.
—El sábado deberíamos hacer algo especial porque el mes pasado no le dimos atención a nuestro medio año —recordó Emma. Colin le robó un beso en los labios, pero ella continuó, ignorándolo—; en realidad, estoy buscando una buena excusa para despeinarte.
Ahora ella le robó un beso, luego le sonrió con emoción.
—Se me ocurrirá algo especial —sonrió Colin también, enseñándole todos sus dientes de enfrente con naturalidad, la agarró de la cabeza con sus grandes manos—. Tú solo dime qué se te apetece comer.
—Podríamos comer una pizza en mi balcón, y se convertiría en algo especial para mí solo porque eres tú —le acarició la barba de tres días—. En realidad, no tienes que buscar nada especial, no fue una indirecta para ti, solo fue un recordatorio porque no quiero pasar por alto ningún día, cumplemés o no. Estoy feliz porque eres mío, y no de forma posesiva, me refiero a que estoy feliz porque me amas como yo te amo.
—Pero tienes razón —borró su sonrisa para reemplazarla por una seriedad que acompañaba sus palabras—. Mi corazón siente que te pertenece; nunca nos han tratado tan bien en otro lado.
Emma lo tomó de la mano y entrelazó sus dedos.
—Ya quiero que sea el sábado para hacerte el amor de nuevo —confesó en un susurro.
Ahora Colin la agarró de la nunca para unir sus labios.
⠀⠀⠀⠀⠀
La regresó al Crystal Empire a las 3:30 p.m., y subió con ella hasta el ático porque necesitaba usar el baño. Jake, quien se encontraba sentado en el balcón, percibió intrusos e inmediatamente se metió al ático donde los halló dándose besitos como despedida, dio un solo aplauso ruidoso para asustarlos; y consiguió su objetivo. Ambos temblaron por igual, sin embargo, hubo una competencia de quién se ruborizaba más, digamos que Emma ganó, pero Colin era el más avergonzado entre los dos. Jake anhelaba poder decirle a su familia: «Ya me acostumbré a ver la cara de Colin, no me produce nada», pero no, ver la cara de Colin aún le producía cierto temor hacia el indefenso corazón de su florecita, aunque, en ese momento, el más temeroso era Colin con su expresión de haber visto un fantasma.
—Florecita, creo que tu novio se cagó encima.
Emma miró la cara asustada de Colin, y le tomó la mano disimuladamente. Ese contacto físico le permitió a Colin reaccionar; tenía que aprender a disimular lo mucho que le aterraba su suegro, aunque el hombre había sido realmente amable con él desde el primer momento en que pisó ese ático, sin embargo, sentía que, ante el primer paso en falso, iba a enseñarle las garras.
Colin tosió una vez para aclarar su voz, y dijo:
—Señor Miller, yo...
—Tú vas a mirar el cuarto juego conmigo el sábado —le interrumpió.
—No —se interpuso Emma sin dudarlo.
Colin abrió la boca, mas no sabía qué decir.
¿Mirar el cuarto juego con él?
¿Se refería a mirarlo solos los dos?
¿Cómo en una de esas salidas que finalizan con el suegro odiando aún más al novio de su hija?
No estaba preparado.
Emma, sálvalo.
—El mundo no se va a acabar si no pasas un viernes por la noche con tu novio —respondió Jake, colocando sus manos en su cintura. Emma no se iba a salir con la suya porque Colin sabía a quién obedecer en ese momento—. Vamos a mirar el juego fuera de casa, es más, anótame tu número.
Colin tocó su reloj.
—Eh, claro —asintió.
Emma observó cómo Colin se registraba en el teléfono de su padre.
¿Qué clase de castigo estaba viviendo? Eso le pasaba por haber sido mala persona en el coche.
—Ah, florecita, mañana tienes cita a las cuatro con Wundt —le informó.
—¿M-mañana? Theresa me invitó a su oficina para las... tres.
Las horas pasaban, el tiempo se acortaba, y cada vez estaba más cerca del jueves a las 3:00 p.m.
No quería ni recordarlo.
Había pasado todo el día evitando mencionarlo.
—Pues, será una visita muy breve.
¿Eso estaba a su favor o en su contra?
Menos tiempo con Theresa, a favor.
Theresa podría tomarlo como una falta de interés hacia conocerla, en contra.
—Está bien. Yo le informaré a mi mamá que no tendrás mucho tiempo —Colin le pasó el teléfono a su suegro, y colocó una mano sobre el hombro de Emma— o pueden pasarlo para otro día, eso puede ser.
—¡No! —exclamó Emma.
No quería prolongar su ansiedad.
—De acuerdo —se metió Jake, enarcando una ceja y diciéndose en su interior: «Ese grito no fue extraño, tú eres extraño». Guardó su celular en el bolsillo trasero de su vaquero negro—. Hoy iré a visitar a mis hijos, cenaré con Jamie. ¿Te unes, Emma? Comeremos en una sala libre de alérgenos, te lo aseguro.
—No, pero dile a tío Jamie que me equivoqué: Aqua y Marina sí necesitan una niñera —cruzó los brazos.
Jake entrecerró los ojos, y le preguntó a Colin:
—¿A qué se refiere?
Colin abrió la boca, mas Emma se adelantó.
—Aqua y Marina salieron de la escuela para almorzar y me las encontré; estaban con una mujer, que Aqua había mencionado el sábado que es la niñera. ¿Por qué Aqua y Marina necesitan una niñera?, ¿tan inmaduras están? —suspiró con frustración al recordar a dicha confianzuda.
Odiaba cuando salía esa parte, humanamente normal, que criticaba a los demás porque ella sabía el poder que tiene una crítica destructiva sobre los demás.
—Este..., sí, tu tía Heidi mencionó que contrató a una mujer para que le haga compañía a Aqua y Marina, especialmente a Aqua, porque está pasando por momentos difíciles en su adolescencia, necesita que alguien mayor le dé su hombro, sabes que tu tía tiene demasiadas cosas, aún tiene dos niñas pequeñas, y Sídney y Coral no son el mayor apoyo que tiene, son pésimos hermanos mayores, a decir verdad...
Pero ¿saben quién sí era un ejemplo de hermano mayor?
—Bueno. Eh, yo me tengo que ir —les interrumpió Colin—. Mis hermanas llegan a casa en cualquier momento, y debo ayudarles a estudiar. S-señor Miller, puede escribirme si me necesita para lo que sea.
—No dudes que te escribirá. —Emma puso la mirada en blanco, y recibió un último abrazo de despedida, bastante breve, en realidad. Jake los observó con atención, con unos ojos enormes y las manos juntas—. Puedes tomarnos una foto, te durará más, pa —masculló en medio de una falsa sonrisa.
—¿Por qué no lo dijiste antes? —Jake sacó su teléfono y Emma empujó a Colin hacia el ascensor—. Ey, yo iba a tomar una foto. —No hablaba en serio, y Colin seguía sin distinguir entre sus bromas y en serios.
⠀⠀⠀⠀⠀
En la recámara confortable, superior a cualquier miembro de la realeza, Colin se encontraba sentado sobre la alfombra, con el mentón pegado a la cama, mientras miraba la libreta de Mercy, quien estaba sentada precisamente sobre la cama, mirándolo con nerviosismo; éste la observó a los ojos sin alzar su cabeza, y ella le sonrió forzadamente en un intento por ocultar sus verdaderas emociones.
Él se acomodó a su lado, en la cama, y tomó aire antes de hablarle con una paciencia casi celestial y honesta.
—Linda, te pedí que le prestaras atención a los signos.
—Le presté atención a los signos, Cole —tocó la libreta con un dedo, luego suspiró con cansancio y frustración; llevaban cuarenta minutos en la misma ecuación matemática, la hoja ya estaba gastada de tanto borronear, y Colin no quería facilitarle la tarea aún; creía que ella podía hacerlo sola, creía en ella.
—Yo sé que puedes hacerlo mejor —la animó.
Mercy se agarró del cabello.
—¡Pero ya me cansé! No puedo hacerlo.
Colin miró a Heidi, quien se encontraba haciendo su tarea de lengua con él, y le hizo una seña para que saliera del cuarto un momento. La pequeña tomó sus libros y se fue sin hacer ruido. Entonces, la atención de Colin regresó a Mercy, quien estaba respirando agitadamente mientras veía la pared decorada con cuadros de moda, una pierna le temblaba sobre la cama, sus emociones la estaban sobrepasando.
—Sabes que puedes hablarme de lo que sea, Mer.
Lo miró a los ojos y confesó:
—Me siento una tonta.
—No eres una tonta, cariño. ¿Quién te dijo eso? —dejó la libreta a un lado.
—Todo el mundo me lo dice indirectamente, Colin —se cubrió la cara con las manos—. Cuando estamos cenando, mamá y papá solo preguntan «¿Cómo te va en la escuela, Mercy?» porque saben que nací sin cerebro, mis maestros los llamaron este semestre para una entrevista. Soy la peor en la clase de matemáticas; no resolví ni un solo ejercicio correctamente en la primera prueba. Y yo lo intento, Cole —lo miró de nuevo, con los ojos llenos de lágrimas—, intento ser al menos 1% de lo que tú eres, de lo que Cate y Thomas son, hasta a Heidi le va mejor en la escuela. Soy la decepción académica de la familia, es que no me gusta, Colin, y ¿sabes qué? Bianca O'Donellver quiere representarme, pero papá no firmará ni un contrato mientras me vaya de esta manera en la escuela, y no sé qué hacer, Cole, no sé qué hacer.
—Mer —le acarició el cabello—, que no tengas las mismas habilidades que nosotros no te hace una tonta, linda. Eres tan brillante como Cate, solo que tu escenario está en otra parte, no en la escuela. ¿Sabes qué es lo que más odio del sistema escolar? Que le hace creer a personas como tú que son un fracaso porque no pueden resolver una estúpida ecuación de mierda. Yo jamás he dudado de ti, calabacita, serás la mejor modelo o estilista, serás la mejor en lo que sea que te propongas, Mercy. Y si algún día sientes que nadie a tu alrededor confía en ti, si algún día te encuentras dudando de ti misma, ten en mente que siempre habrá alguien orgulloso de ti, donde sea que ese alguien se encuentre.
—Por favor, dime que estás hablando de ti —suplicó.
—Obviamente —la estiró de la muñeca para envolverla en un abrazo—. Y también Dios; si alguien tiene la responsabilidad de que no tengas habilidades matemáticas, ese es Él, porque te hizo con cualidades únicas para que brilles de forma única. Ya sé lo tedioso que es estudiar, Mer, pero debes aprobar ese examen, y yo te voy a ayudar, así tenga que madrugar contigo.
Alguien tocó la puerta en ese instante, y la abrió.
—Cole, debemos hablar. —Era Theresa.
—Eh, sí.
No podía morir esa noche por dos razones: uno, necesitaba que Mercy aprobara ese examen como sea; dos, no se despidió correctamente de Emma. Salió de la recámara, frotando sus manos entre sí de forma ansiosa, y se topó con Cathy en el camino.
—Ve a preguntarle a Mer si necesita ayuda —le pidió.
—Pero tengo que estudiar ciencias, Cole —negó, sostenía un libro entre sus manos.
—No me importa. Pregúntale si necesita ayuda, y hazlo de buena gana —ordenó.
La dejó en el pasillo, y finalmente se metió a la recámara matrimonial.
—Cierra la puerta —pronunció Theresa.
Colin obedeció, tomó aire antes de abrir la boca para excusarse.
—¿Cómo está Mer? ¿Crees que apruebe? —le interrumpió Theresa mientras se quitaba unos enormes pendientes dorados—. Estoy preocupada porque mañana me reuniré con Bianca en la oficina, yo quiero que Mer sea feliz, Colin, pero tu papá no aceptará nada de esto a menos que ella apruebe ese examen.
¿Era eso?
—Mer necesita que crean en ella —contestó.
—¿Eso es un sí o un no? —lo miró.
—Más bien, es un no sé. Mer siente que tiene la obligación de ser como Cate en la escuela, se siente una tonta por no tener las mismas cualidades académicas, y eso empeora su desempeño porque ni siquiera piensa que puede hacerlo bien; quizá si ustedes le demuestran que confían en ella, la historia podría ser distinta. Con respecto a firmar en la agencia de Bianca, negarle esa oportunidad podría empeorar su motivación, madre, yo le daría esa oportunidad, se lo merece porque realmente lo intenta. También quisiera que busques una especialista en el área del aprendizaje para descartar cualquier trastorno.
Theresa suspiró y se sentó en el borde de la cama.
—¿Cualquier trastorno? —preguntó.
—Del aprendizaje —especificó.
Theresa se preguntó «¿Qué haría sin Colin?».
—Me sorprende que sus maestros no lo sugirieran —añadió éste.
—Lo sugirieron, pero Mer ya va a terapia —lo miró con ingenuidad.
—Chris no está especializada en el aprendizaje, madre.
Otra vez «¿Qué haría sin Colin?».
—D-de acuerdo. Mañana le pediré a Presley que busque una especialista.
—Yo puedo buscar una, si quieres —se ofreció.
—¿Lo harías? —suspiró aliviada.
—Eh, sí. En la mañana no tengo mucho que hacer.
—Te lo agradezco, cariño.
—Bien. —Colin giró para escaparse del cuarto, o sea, aún no había encontrado las palabras exactas porque decirle «Por cierto, ma, choqué tu camioneta anoche» no le parecía lo más apropiado.
—El seguro se llevó mi camionera al mediodía, y tu papá no se enterará de lo que pasó —le informó.
Joder.
Colin volvió a mirarla.
—Te juro por Dios que iba a decírtelo esta noche, pero estaba buscando las palabras correctas porque no quiero que te enfades conmigo, no quiero que papá me ahorque con sus propias manos, estaba teniendo una pésima noche, y no sé qué me pasó, solo pisé el acelerador y terminé matando el faro derecho. Llamé al seguro, pero me dijeron que necesitaban hablar con la propietaria. No fue mi intención, madre, y, y, la próxima vez seré más cuidadoso, te lo prometo.
—Cole, solo es una camioneta. Me alegra que solo haya sido el faro, que tú estés bien —lo calmó con su dulce voz compresiva—. Ya Tony nos explicó todo lo que pasó, que el hombre del Cadillac lo entendió.
—¿Tony? —frunció el ceño.
—El fotógrafo —explicó.
¿Qué demonios?
—¿Por qué? —se acercó a ella.
—¿Por qué se llama Tony? —bromeó.
—No, ¿por qué sabes que se llama Tony y por qué te dio explicaciones? —masculló, no se dio cuenta que estaba apretando su puño derecho hasta ponerlo colorado. De pronto, comenzó a sentirse acalorado.
—Mis publicitas creyeron correcto el contratar a un fotógrafo, y acertaron, pues hoy llovieron llamadas en mi oficina, pero no declaré para ningún medio —comentó.
—¿Y lo dices tan tranquila? —bufó. Quería gritarle a su propia madre; suspiró profundamente, concentrándose en su respiración, buscando la calma en su interior—. Madre, eso fue lo más desconsiderado que has hecho conmigo, y mira que siempre encuentras la manera de arruinarme, y ahora te lo digo de frente. Ya no me metas en tu lado mediático. No hay cosa que Emma odie más que le tomen fotos sin su consentimiento, se me caerá la cara de vergüenza si ella llega a enterarse de esto.
Theresa lo miró directamente a los ojos.
—¿Sientes que yo te arruino? —preguntó.
Colin despeinó su cabello con frustración y miró el techo, diciendo:
—Ya tengo veintitrés años, y puedo decirte claramente que no quiero formar parte de tu lado mediático. No me arruinas, discúlpame que usara esa palabra incorrectamente. Quiero una relación íntima con Emma, sobre todo porque ella no es esa clase de chica, madre, ella usaría una bolsa de papel en la cabeza para que no la vean. Ya no me metas en tus asuntos publicitarios, quizá para ustedes estoy saliendo la sobrina de Jamison, pero para mí es Emma, y no quiero que usen mi relación para lucrar.
—D-discúlpame.
—Te disculpo, pero ojalá aprendas a ponerte en mi lugar —abrió la puerta y chocó contra el pecho de Bradley, quien fingió que Colin no existía, se metió a su recámara y la cerró con fuerza, con ira, con rabia.
Colin bajó por las escaleras camino a su habitación, y, en el trayecto, Shizu le preguntó cómo estaba, mas la ignoró entera. Discúlpenlo, es que necesitaba enrabiarse a solas en su cuarto. Iba a cerrar la puerta, entonces, Shizu lo detuvo, entró sin permiso y lo miró con los brazos cruzados, ciertamente enfadada.
—No estoy de humor, no estoy de humor —informó agriamente Colin.
—Yo tampoco —se dirigió al escritorio y sacó una cajetilla de cigarrillos del cajón.
Colin frunció doblemente el ceño.
—¿Y eso qué hace ahí? —preguntó.
—Estaba en tu baño, escondido.
Colin se rió abiertamente.
—¿Ahora también revisan mi baño? ¿Rebuscaste en la papelera? ¿Encontraste algo interesante, Shizu? Espero que no hayan encontrado los porros armados.
—Suenas como un estúpido adolescente. Y el cigarrillo lo encontró June, nuestra mucama, exactamente cuando yo entré a tu baño porque quería preguntarle algo. ¿Sabes qué pasará si tu padre se entera de esto? Te echará a la calle, Colin, y no lo pensará dos veces —lo señaló con la cajetilla en la mano, demasiado enrabiada para hablarle con paciencia—. Pero yo no me preocupo porque tu trasero termine en la calle, es más, te lo mereces por mentiroso, lo que a mí me preocupa es que no pienses en tu salud porque a la larga terminarás mal.
—¿Mentiroso? —bufó.
—Le hiciste creer a tu familia que lo habías dejado —lo regañó.
—Lo siento por no pensar en ustedes en cada cosa que hago. Mi error —le sacó la cajetilla, guardándola en el bolsillo trasero de su vaquero—. Estoy harto de que todo el mundo espere correcto de mí, y ni siquiera lo esperan por mí, sino por ustedes. ¿Crees que mi padre me echará porque se preocupa por mí?, ¿porque no quiere que termine enfermo como mi abuelo? Yo le importo una mierda, Shizu.
—No a todos nos importas una mierda —le recordó en tono débil, bajo, herido.
Colin tragó saliva.
—De seguro a Emma tampoco le gusta que fumes —añadió.
Emma...
Ella ni siquiera lo sabía.
—Déjame solo, por favor.
—Tu papá no sabe cuánto vales, y siento lástima por él. —Shizu se fue después de soltar esas palabras, que desde el lunes deseaba decírselas, no había encontrado el momento correcto hasta ese instante.
La puerta se cerró, y Colin se sentó en la cama.
Sacó su teléfono. No tenía mensajes nuevos desde hacía más de cuatro horas.
⠀⠀⠀⠀⠀
Colin: Los publicistas de mi madre contrataron a ese fotógrafo.
Eugene: QUÉ
Colin: Crees que deba decírselo a Emma?
Eugene: No le afecta no saberlo...
Eugene: No creo que sea algo de lo que DEBAS decirle
Colin: Sí, eso pensé
Eugene: Por cierto, Alan no me responde desde el lunes... Me preocupa un poco.
Colin: Odio sentir que no tengo el control de mi alrededor
Eugene: Es que no lo tienes, Cole
Eugene: De lo único que tienes control es de ti mismo
Eugene: Tienes la opción de decidir entre lo que te afecta y lo que no
Eugene: Sabes qué es lo que haría yo en tu lugar? Mandaría a la mierda a todo el mundo. Que te importe un nabo, Colin. Tienes el amor de Emma, tienes inteligencia y también dinero.
Eugene: Eso no te parece suficiente?
Eugene: Tu familia ya no va a cambiar, tu papá es UN ENFERMO, y disculpa que te lo diga de esa manera
Colin: Sabes
Colin: Siento en mi pecho una energía sobrehumana cuando pienso en Emma
Colin: Me tiene besándole los pies
Colin: Y no se da cuenta
Eugene: Te ordeno a que sigas besándole los pies en lugar de frustrarte por los padres que te tocaron
Eugene: Emma es oro
Colin: No, el oro es común. Ella es una gema rara con toques amarillos
Eugene: Qué profundo
Colin: Y me hace suspirar
Eugene: Puedo sentir ese suspiro, mi hermano
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