59: Las chicas como ella
Viernes, 02 de agosto.
—Nos estamos aplicando la ley del hielo.
Emma y Vivian se encontraban sentadas en la cama de edredón floreado. Tenían una bolsa negra de compras al lado. Emma tenía una cita importante, era el cumpleaños de Milo, pero no había parado de hablar sobre el maldito encuentro con los amigos de Colin, y el pleito posterior con su papá que terminó con ambos aplicándose la ley del hielo. Después de haber llorado por horas, llamó a Milo para pedirle disculpas por haberlo abandonado. Resulta que, luego de que ella se fuera del bar, él se fue con sus amigos a esperar la medianoche en un club nocturno, pero de todas formas le atendió el celular.
—No te preocupes, preciosa —le había dicho.
Ella le deseó un feliz cumpleaños y él le recordó que debían verse más tarde, sacándole cualquier posibilidad de echarse para atrás. La verdad, se sentía lindo que le hiciera saber que quería que asistiera, pero eso no le sacaba la inseguridad de encima. Los amigos de Milo la intimidaban, ni siquiera los conocía, pero ¿qué iba a hacer en medio de toda esa gente mayor? A veces a ella ni siquiera le vendían alcohol por su edad y tenía que ir a jugar a tener el mismo estilo de vida que ellos, sin mencionar que sus habilidades sociales eran tan débiles como escultura hecha de plastilina.
—Olvídate de esa mierda. Tu papá te debe una disculpa por gritarte frente a su estúpida novia —respondió Vivian. Iba a proceder a decirle que era hora de que se alistara, pero Emma continuó hablándole.
—Yo sé, yo sé que no quieres escuchar esto, pero lo extraño demasiado —se cubrió el rostro con sus manos para evitar ver la expresión de Vivian, quien puso los ojos en blanco—. Tenía la esperanza de que apareciera, ¿sabes? Tenía la esperanza de que apareciera luego de que Eugene le contara todo, pero no, no apareció. Y no esperaba que Eugene me mintiera. Sé que son mejores amigos, mierda, pero no sé, pensé que Eugene me consideraba su amiga también, resulta que está tratando de limpiar el nombre de él.
—Solecito, son hombres —le bajó las manos para que la viera—. Siempre cubrirán sus porquerías. Ya. Avísame si te pasarás el resto de la noche lloriqueando por el penecito o te irás al cumpleaños del tipo que sí tiene ganas de valorarte. ¿Quién llora por un chico cuando tiene a un hombre detrás? Solo tú, Emma.
—Tengo miedo —confesó, aunque no tenía nada de confesión. Siempre tenía miedo en momentos como ése—. Dime de qué hablaré con esas personas. Lo único que tenemos en común es el maldito dinero.
—No le llames maldito al dinero, maleducada. Probablemente serás la única veinteañera en ese lugar, saca provecho de eso. Mira a esas perras y muéstrales tu hermosa cara sin patas de gallo.
—Nada de eso me calma.
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Colin abrió la puerta apenas escuchó el golpe. Estuvo preparado detrás para abrirles.
—Se me ocurrió algo —les dijo, caminando para sentarse en el borde de su cama desordenada.
Ya no se quejaba del dolor. Probablemente la única cosa que no le dolía era su cabello. En el hospital le habían advertido que el dolor persistiría por un tiempo, así que necesitaba dejar de lloriquear. No quería seguir sonando como la pobre víctima. Además, estaba acostumbrado al dolor, en todo sentido.
Eugene y Alan se miraron. No, no le habían dicho que encontraron a Emma, y besando a Milo, en el bar ése del miércoles, tampoco en el bar de anoche. Hablaron mucho al respecto, pero ambos estaban menos preparados para decirle a Colin que Colin para escucharlos. Pero es que estaban haciendo aquello que Emma no hacía, demonios, lo estaban cuidando. En los últimos días Colin se mostró bastante estable. Increíble. Sabían que no dormía por las noches, no porque él se los hubiese contado, es que se le notaba, pero al menos no estaba todo el día tumbado en su cama sin ánimos como un enfermo o un muerto. Esa capacidad que tenía de lidiar con sus problemas les hacía creer que podría lidiar con la noticia de a Emma la coge alguien más, pero ninguno de los dos se atrevía a dar la primera palabra.
—¿Qué se te ocurrió? —preguntó Eugene. Al parecer, los había llamado exclusivamente para eso.
—Quiero decírselo todo a Emma. En realidad, no se me ocurrió a mí. Hablé con Amber hace rato, y me hizo entender que la única forma de salvar mi relación es diciéndole la verdad a Emma, pero toda.
Alan tosió en su puño. Cabe resaltar que ninguno de los sabía toda la verdad.
—Pareces animado, Cole... —señaló.
Es que sí. Un día se estaba ahogando en sus oscuros secretos y al otro día tenía ganas de contarle toda la verdad a Emma. No esperaba que entendieran, tampoco iba a tomarse el tiempo de explicarles sus sentimientos, pero amaneció extrañándola a un nivel exagerado, la pasó mal, maldita sea, después recibió mensajes preocupados de Cohen, y, en medio de la corta conversación que tuvieron, éste le preguntó si en serio pensaba regresar o si ya había descartado todo, incluyendo el posgrado (lo preguntó por su desinterés de las últimas dos semanas), entonces, Colin lo escribió. Regreso antes de que empiece el semestre. Lo prometo. Y sintió como si su alma moribunda hubiese movido una pata. Más tarde, fantaseó sexualmente con Emma. Su libido también se había dopado un poco en los últimos once días de caos. Tenía erecciones, pero no tenía esas erecciones. Fue la masturbación más lamentable de su vida, y eso que había sido casto por casi veintidós años. Durmió toda la tarde. No le hubiese sorprendido que ella apareciera en sus sueños, pero no los recordaba, solo sabía que despertó extrañándola más que en la mañana. Y finalmente llamó a Amber, le dijo que no podía permitirse perder a su nena de esa manera y que estaba decidido a salvar su relación de alguna manera. Vaya respuesta le dio Amber.
—Lo único que puede salvar tu relación es la verdad, pero tienes que decirle toda la verdad, Colin. Ya no más secretos.
Odió escuchar lo que ya sabía. Entonces, le dijo que la verdad lo aterraba de la misma forma que la oscuridad lo aterraba de niño. Seguramente se desvanecería al tenerla de frente. Fue entonces que su tan brillante terapeuta le aconsejó que primero lo escribiera, que incluso podía leerle a Emma lo que escribió. Colin colgó tomando el consejo. Lo escribiría, pero el problema se hallaba en que estaba totalmente exiliado del territorio de Emma. Estaba bloqueado de la vida de ella, en todo sentido.
—Le escribiré algo a Emma, y Eugene se lo entregará personalmente —soltó.
—¿Y para qué putas me llamaste a mí también? —preguntó Alan.
—No te llamó. Tú estabas conmigo y asumiste que debías venir también —le explicó Eugene, pero pronto regresó al asunto—. Perro, sé que este es tu intento número cincuenta de llegar hasta ella, pero no me parece una buena idea, teniendo en cuenta que su familia son como perros pitbulls vigilando su espacio.
—Eugene tiene miedo de que lo derriben a golpes —dijo Alan con sus manos juntas, como si fuese el maestro de la interpretación de palabras.
Eugene no tenía miedo, en serio no. Eugene quería que Colin empezara a renunciar a Emma poco a poco para que después la noticia no lo golpeara en las costillas. Pero el maldito Alan siguió cotorreando.
—Me ofrezco como voluntario para la labor de cartero extremo.
Alan quería servir de algo, ese era el asunto. Colin lo había puesto a salvo cuando estaba en serios problemas, así que deseaba hacer algo por él. Además, no miraba el problema de Emma y Colin como un desastre irreparable, contrario a Eugene. La llamó traicionera en su cara, pero, vamos, se trataba de Emma. Colin debía estar completamente loco para renunciar a ella sin antes darle su verdad.
—No tengo miedo, Alan, es solo que...
—¿Qué? —le interrumpió Colin, poniendo esa cara que ponía cuando estaba demasiado cabreado por algún problema en el departamento de investigación de la universidad—. ¿Es solo que ya basta con el tema? ¿Es solo que suficiente con el jodido asunto? Vete a la mierda, Eugene.
Alan alzó sus manos como un referí de fútbol deteniendo el partido.
—Calma, calma —les dijo.
—Está bien. —Eugene no pensaba decir ni una palabra más. Debió haberse quedado callado, eso pensó, no debió haberle puesto peros a la idea de Colin. Estaba ahí para apoyarlo en absolutamente todo, pero no pensó en eso antes de soltar su estupidez—. Escríbele a Emma. Iré a su ático a entregárselo.
—Vete a la mierda —repitió.
Y ahí estaba, Colin el maldito terco. Eugene lo conocía de memoria. No se llevaban bien.
—Colin —sonrió por puro nervios—, tienes razón al querer hacerle llegar la verdad como sea.
—Ve-te —separó sílabas.
—De acuerdo —levantó sus manos en señal de paz, y dio media vuelta, marchándose.
No quería reclamarle su boba actitud, eso solo lo empeoraría, así que iba a dejar que se le enfriara el cerebro. Lo bueno de Colin el maldito terco es que tarde o temprano siempre se iba. Y él era demasiado paciente, en especial cuando se trataba de su mejor amigo, es que lo entendía, joder, entendía que ése no era Colin el buen tipo. ¿En qué momento y por qué renunció a su idea de convertirse en psicólogo?
Alan suspiró cuando la puerta de la habitación se cerró, dejándolo a solas con Colin.
—Llámame cuando lo tengas, Cole —se marchó también.
¿Qué? Tenía miedo de Colin cabreado.
ㅤ
El auto negro se detuvo frente a un bar ubicado en SoHo, y Emma puso su stiletto negro sobre la acera, bajó despacio, mirando la entrada del local. El auto se fugó apenas cerró la puerta. A través de las ventanas pudo ver a Milo, estaba parado, siempre siendo el centro de atención, mientras bebía un vaso de whisky y se reía con sus amigos quienes estaban sentados alrededor de una mesa. De nuevo náuseas. Se miró disimuladamente en el cristal como si se tratara de un espejo. Vivian otra vez le había reclamado sobre su atuendo poco impactante, Emma pensaba que no sería lo suficientemente impactante para ella a menos que usara un bralette sin chaqueta encima. Sin embargo, estaba orgullosa de lo que se compró esa tarde. Estaba usando un pantalón negro que imitaba al cuero y una camiseta blanca que tenía la firma de Gianni Versace en color negro. Un bolso negro con correa larga, que tenía a Medusa dorada como broche, colgaba de su hombro. Le puso todo su empeño a su maquillaje oscuro y medio dorado. Era poco impactante, pero Vivian no se imaginaba lo increíblemente difícil que era elegir ropa sintiéndose insegura. Había descartado la opción, no, en realidad, nunca fue opción buscar ropa nueva en su guardarropa porque sabía que su culo gordo no cabría en ninguna prenda. Entonces, ahí estaba, siendo una terrible actriz que no lograba meterse en el papel de la amiga de Milo.
Entró, y Milo dejó de hablar.
—Ahí está —les dijo a sus amigos con una sonrisa.
Eran siete hombres de treinta para arriba que giraron a verla con distintas caras. Algunos sonrieron, otros la vieron como si en algún momento hubiesen apostado a que Milo les mentía. Había cuatro mujeres de la misma edad que ellos en esa mesa larga de madera lustrada, y otras dos en una cuadrada y separada, pero cercana. En pocas palabras, Emma deseó que la tierra le tragara. Caminó encorvada, nadie le creería que hacía ballet desde siempre. Necesitaba que alguien le dijera que aún estaba a tiempo de salir corriendo de esa penosa situación, tomaría esa palabra sin dudarlo. Entonces, todo empeoró, sintió el sudor bajo sus brazos exactamente cuando llegó hasta Milo.
—Hola —lo saludó, pero su voz salió rara.
—Hola. —Milo la rodeó con un brazo y le dio un beso cerca de sus labios.
Emma cerró sus ojos al sentir el contacto. La ansiedad social le estaba estirando los mechones de su cabello. Era el centro de atención en ese momento, y estaba hecha una bola sudorosa. Milo la presentó.
—Es Emma Miller. La sobrina de Jamison —aclaró porque no valía lo mismo que esa mesa con el apellido Miller. La cuenta bancaria del papá de Emma estaba a la altura, pero se perdía con su ascendencia, Emma se perdía con su ascendencia. No tenía la sangre Hamilton. Milo tampoco es que hubiese necesitado recalcárselos, ya todo sabían que se comía a la sobrina de veinte años de Jamison Hamilton.
Todos saludaron al mismo tiempo.
Emma saludó también, alzando una mano. A continuación, hizo aquello que siempre la dejaba en ridículo cuando llegaba a un lugar donde no conocía a la mayoría, le informó a Milo que iría al tocador. Ahí nadie había nacido ayer (evidentemente), se rieron cuando Emma se alejó a pasos desesperados.
—¿Qué haces con esa niña, Milo? —le preguntó uno después de que Emma se metiera al baño.
—Acabarás en prisión, mi amigo —le bromeó otro.
Milo soltó una carcajada.
Emma se encerró en un cubículo del escusado. Abrió su bolso y miró a su celular dentro. No, joder, no. No iba a llamar a Vivian para informarle sobre lo acabada que estaba, ni siquiera a Esmeralda. Contrario a eso, sacó sus Kleenex, y su antitranspirante de bolso cayó al suelo. Lloriqueó, mirando hacia arriba. Todo le salía mal. Comenzó a secar el sudor bajo sus brazos mientras inhalaba y exhalaba fuerte, cada inhalación y cada exhalación impedían que sus lágrimas brotaran. Sus Kleenex se acabaron pronto, no había muchos, y estiró y estiró la tira del papel higiénico. Demonios, no. Náuseas. Levantó su cabeza y se agarró del cuello. Dios existe porque su comida regresó a su lugar. Era una verdadera ñoña. Lloró, fue imposible no hacerlo, pero se obligó a recomponerse. Dios mío. Se escuchaba contándoselo todo.
—Cuando terminamos, usé a Milo para tratar de olvidarte. Fui a su cumpleaños en un bar, y casi termino vomitando mi merienda exactamente la noche en la que no cargué mi cepillo de dientes.
Cerró sus ojos con fuerza. Por más que se esforzara, no lograba imaginar lo que Colin hubiese contestado. ¿Acaso lo estaba olvidando? ¿Acaso estaba olvidando su forma de ser, cómo lo conocía y se anticipaba casi siempre a sus palabras? Usó el antitranspirante, arregló su maquillaje, y sacó una menta de su cartera. Como nueva. Inhaló y exhaló lentamente. Debía regresar. No podía tardar más o pensarían que tuvo un problema. Tuvo un problema, pero no debían pensarlo.
Regresó, pasando por la mesa de las dos mujeres.
—¿Qué edad tienes, chica? —le preguntó una castaña con cejas pobladas. Era tan hermosa que Emma solo pudo preguntarse porqué Milo la había elegido a ella y no a ella. Estaba usando un vestido con piedras en el escote, era negro.
—Veinte —contestó. Vio el asiento vacío de la mesa para cuatro y se permitió sentarse.
—Eres valiente para venir sola —le habló la otra, era pelirroja, su estilo era demasiado brillante, y otra vez Emma se preguntó porqué Milo la había elegido a ella y no a ella.
—A tu edad estábamos enamoradas de Nicholas Walton —comentó la castaña.
Dios. La estaban viendo como la jovencita enamorada del hombre maduro.
—Diablos, sí —la otra se rio. Aparentemente eran mejores amigas—. Nos acobardábamos cuando Nicholas estaba cerca. En la gala siempre decíamos que nos acercaríamos a él, eso jamás pasaba, chica.
¿Le estaba hablando a ella? ¿Ella era la chica de la noche? No entendía. Entonces, un camarero se acercó a ellas, y Emma suplicó porque no le pidiera enseñar su identificación. El hombre le preguntó que deseaba ordenar, entonces, ella se arriesgó pidiendo un daiquirí de fresa, y zafó sin ser inspeccionada.
—Entonces, sales con Milo —señaló la castaña.
—No, solo somos amigos —explicó, y la carcajada de Milo retumbó en sus orejas, se estaba riendo de algo más en la otra mesa—. Nos conocemos desde siempre, pero no nos conocemos realmente. No sé si eso tiene sentido para ustedes —se ruborizó. Estaba hablando lento para no enredarse. Tenía el corazón perturbado, pero se sentía un poco más tranquila. Le calmaba cuando los demás creaban conversación, ya que ese era su mayor inconveniente a la hora de socializar con extraños.
—Entiendo. Milo pasó de ser tu conocido a tu amigo —tomó su copa de Martini y sonrió en el borde antes de beberla—. Ahora se están conociendo con mayor profundidad.
—Y mira —apuntó la pelirroja con su dedo—. Apareció la que se morirá cuando se entere que Milo se está viendo contigo, querida.
Emma miró por encima de su hombro. Una rubia glamorosa con vestido corto estaba saludando a Milo con besos y abrazos de amiga. También se veía mayor. Los demás la saludaron a lo grande, como si fuese la invitada especial. Emma regresó a mirarse las manos que tenía encima de la mesa. Jamás podría competir contra una mujer como esa. No entendía por qué demonios Milo la había elegido a ella y no a ella.
—Milo y yo no vamos en serio —soltó.
—Tranquila. Hanna es la que no lo supera —comentó la castaña.
No lo entendía. ¿Milo había salido con esa mujer?
—Señorita. —El camarero vino velozmente con el daiquiri de fresa.
Emma lo bebió. Quería beber hasta que le importara un poco menos que los demás hablaran sobre ella. Refugiándose en alcohol. Era una ñoña. Al menos parecía que había encontrado dos compañeras. Las dos fueron agradables el resto de la noche, jamás mencionaron sus nombres, pero le hablaron demasiado, a cada rato mencionaban recuerdos que iban acompañados de la boba frase a tu edad como si fuesen unos fósiles al lado de ella.
—¿Cómo va el sexo con Milo? —preguntó la castaña de repente.
Emma casi se atoró con su segundo daiquiri de la noche.
—No tenemos eso. Les dije que el miércoles fue nuestra primera cita —su cara hirvió.
—Ah, y tú no te acuestas en la primera cita —se rio la pelirroja.
Emma se ruborizó todavía más.
—N-no, no.
—Pero ¿sabes quién sí se acuesta en la primera? —le susurró la otra con misterio, tapándose un poco la boca para que nadie leyera sus labios—. Hanna.
Emma se frotó su nuca, recordando con vergüenza cómo se había excitado durante el primer beso con Milo. ¿Será que él había pensado en sexo también? Asumir que sí la ponía más nerviosa. Entonces, la voz de esa Hanna cantando la canción del cumpleaños, mientras cargaba un pastel con velas encendidas, le sacudió hasta los intestinos. Bebió de su daiquirí. Milo se había acostado con esa mujer, y ella no entendía por qué le importaba tanto. Ah, sí, porque el sexo había arruinado su relación con Colin de alguna manera. No le dio lo necesario y terminó comiendo en otro lado. Se puso de pie obligadamente para ir junto a Milo, quien estaba sentado en una de las cabeceras. Alguien le había hecho espacio para que ella se metiera, y Milo la tomó de la cintura con una mano. Algunos de sus amigos pensaron lo mismo. Emma era su regalo.
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Eran cerca de las cuatro, Milo estaba parado en la acera del bar, despidiéndose del último de sus amigos, el hombre tocó dos veces la bocina de su camioneta como despedida final, y Milo levantó una mano como respuesta, después giró a verla. Emma se estaba agarrando de su codo derecho, con dos daiquiris recorriendo sus venas, pero no estaba acelerada como normalmente le daba cuando consumía alcohol. Se sintió mareada en algún momento, pero fue hace horas. Iba a ir al apartamento de Milo, él se lo había dicho cuando salieron del bar hace cinco minutos. No lo pensó, solo asintió, tampoco lo hizo por obligación, quería acompañarlo a pesar de la hora. Regresar a su ático supondría quedarse despierta hasta las siete mientras pensaba en todas las razones por las que nunca debió ilusionarse con Colin Oschner, y estaba cansada de pensar en él a cada maldita hora, se merecía un momento de descanso.
Pisó el apartamento de Milo y se heló. Hacía demasiado frío. ¿Qué problema serio tenía con eso? Porque ella no sentía frío fácilmente. Avanzaron en silencio hasta la sala de estar en penumbras. Oyó cómo Milo soltó la llave de su camioneta sobre un mueble, y no encendió la luz. Ella se sentó en el sofá. No sabría explicar lo que le estaba pasando, pero no le importaba que se encontraran a oscuras. La luz de afuera se metía gracias a las cortinas de vidrio, haciéndole sombra a los muebles. Entonces, él se ubicó a su lado, y la besó. Sería una gran mentirosa al decir que no lo acompañó para eso. Abrió su boca, dejándolo entrar, y apretó sus piernas con fuerza, oprimiendo su centro. Milo atacó el botón del pantalón de cuero falso, lo desabrochó de una vez y metió su mano, acariciándola sobre la braga blanca, entre besos. Emma gimió en la boca de él, provocándole una sonrisa, su entrepierna palpitaba por atención. Quería, no, necesitaba más.
—Milo —alejó su cara.
—Hermosa —sacó su mano del pantalón y le acarició el cabello suelto, mirándola a los ojos.
—Necesitas saber desde ahora que no tendré...
Coito.
—Penetración. No.
Contigo no.
Milo dibujó una media sonrisa en su rostro. No estaba contento, pero se moría por descubrir qué clase de sexo daba Emma Miller.
—De acuerdo —asintió con la cabeza una vez. Regresó a tocar el botón desprendido del pantalón. La tenía donde quería en ese momento—. Quítate el pantalón.
—Tú también —le dijo sin detenerse a pensar.
Milo se rio, pero Emma no lo tomó mal. Se bajaron los pantalones sin moverse del sofá, pero él no terminó de quitarse el suyo, quedó sobre sus tobillos. En bragas, Emma se sentó sobre el bulto, que parecía demasiado grande. De hecho, se sorprendió tanto que su corazón latió a todo dar. No lo pienses. Maldición. Era distinto al que conocía. Agarró a Milo de su mandíbula y regresó a besarlo con la misma fuerza. Estaba malditamente excitada. Sentía la erección contra su entrepierna, parecía como si estuviese queriendo llegar al interior de ella. Cerró sus ojos con fuerza. Colin. Colin maldito Oschner. Comenzó a frotarse en Milo como si quisiera desgastar su braga. Dejó de besarlo. Gimió, gimió. Escondió su cara entre el cuello y hombro de Milo, quien no paraba de reír en silencio. Emma Miller se calentaba más fácil y rápido que un horno. ¿Quién lo hubiese predicho? Cada vez se movía con más intensidad, con más desesperación. Sus mejillas estaban rojas al igual que su cuello y escote. Podía venirse en cualquier momento.
«—En la cama. Ahora.
—Sí, señor.»
En su mente, estaban haciendo fricción entre sí. El cuerpo, y el hombre, que estaba montando no se parecían en nada al que conocía. El que conocía gemía alto, mierda. Se tapaban la boca de forma mutua cuando tenían sexo en su dormitorio de la residencia. En su mente lo escuchaba claro. Lo escuchaba jadear, lo escuchaba gruñirle al oído porque estaba conteniendo sus fluidos a más no poder, lo escuchaba hablando duro, dominándola con un par de palabras.
Milo la agarró de la cara.
—Di mi nombre —le apretó los cachetes calientes, obligándola a mirarse.
Conocía a las chicas como ella. Despechadas por el noviecito.
Emma no paró de moverse, de hecho, comenzó a hacerlo más y más rápido. Ya sabía que estaba sobre el bulto de Milo, ahora sabía que estaba. Abrió su boca y frunció su ceño como si estuviese sufriendo, no estaba sufriendo, todo lo contrario, acababa de venirse.
Milo le movió la cabeza de lado a lado, apretándole los cachetes con más fuerza.
—Si tienes el atrevimiento de frotarte en mí, ¡al menos gime para mí!
Los ojos de Emma se aguaron por el grito y por la intensidad del orgasmo juntos.
Se bajó de Milo, a un lado, en el sofá, y tomó su pantalón.
—No me hables así —sacudió la prenda para desdoblarla.
Milo se agarró de su puente nasal con estrés.
—¿Qué haces? —le sacó el pantalón que estuvo por ponerse.
Emma sollozó, su cabello le cubría su cara.
—¿Estás llorando? —Milo le apartó el cabello para comprobarlo.
—Devuélveme mi pantalón. Por favor —se secó las lágrimas con sus manos.
Jamás se había sentido como la damisela en peligros de Colin, pero esa noche necesitaba que la rescatara. Necesitaba que derribara esa compuerta para llevarla consigo. Necesitaba que la hiciera recostar sobre su pecho y que le cantara algo.
Milo la agarró del brazo, trayéndola contra su pecho.
—Discúlpame. No sabía que lo tomarías de esa manera.
Emma, acurrucada contra Milo por pura inmovilidad mental, recogió su pantalón y lo apretó fuerte. Se obligó a dejar el llanto atrás, a ocultar su dolor como siempre. Colin ya no formaba parte de su vida, ella lo había decidido así, después él se unió a la decisión, ahora debía aguantarse. Salió de los brazos de Milo, terminando de secarse. Milo acababa de lastimarla también, aunque no haya sido a propósito, sintió cómo tocó su dignidad, algo que nunca le había pasado en la intimidad.
—Tengo que irme ya —metió sus piernas en el pantalón y se puso de pie para subirlo.
—Lastimosamente no puedo obligarte a que te quedes —le bromeó desde el sofá.
Emma se quedó callada. Le dolía mucho. Todo.
—¿Estamos bien? —Milo la agarró de la mano en cuanto ella terminó de abrocharse.
Emma lo miró a la cara, respondiendo:
—Sí. —De forma seca.
—¿Te llevo? —preguntó, pero tampoco hizo un movimiento para subirse el pantalón.
—Pediré un auto. No te preocupes —apartó su mano de la de Milo, y recogió su bolso.
—Está bien. Mándame un mensaje cuando llegues a tu casa. No lo olvides.
Emma asintió, esbozando una media sonrisa actuada.
—Dame un beso —le pidió Milo.
Emma se agachó y recibió un pequeño beso en los labios.
Bueno. Aquí estamos.
Colin despertó. ¿Demasiado tarde o en el momento exacto? Milo Walton y todas las bandejas rojas que salieron a relucir en este capítulo. Definitivamente, Emma necesita alejarse de él, pero ¿lo hará?
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