57: Lasaña de camarones
—¿Vas a dejarlo plantado entonces? —Vivian la observó con una mirada rígida.
Emma se encontraba sentada en su cama, sintiéndose como la hija que Vivian estaba regañando por fallarle en algo importante. Quería llorar por la manera dura en la que ella le estaba hablando. Ese tono de voz le clavaba directamente en su sensibilidad, le clavaba directamente en su vulnerabilidad. Quería llorar porque se sentía estrangulada por unas manos desconocidas. Milo le había mandado su ubicación, y la esperaba esa misma noche para cenar. Ni siquiera le había preguntado, solo saludó, mandó la ubicación, y el horario. Las ocho, le dijo. Ahora eran las siete y media. Recibió los mensajes a la seis, mientras pasaba el rato con Vivian, quien la había obligado a responderle a Milo con un nos vemos pronto, pero media hora antes Emma se estaba arrepintiendo. Sentía como un ataque al corazón cada vez que se imaginaba a solas con Milo. ¿De qué hablarían? Se subestimaba demasiado cuando se trataba de él.
Tocaron la puerta en medio de la tensión. Era Esmeralda. Acababa de llegar de sorpresa. No sabía que necesitaba permiso para visitar a su amiga hasta que se encontró con la mirada asesina de Vivian. ¿Qué demonios hacía esa mujer con Emmy? Emma comenzó a temblar. Otra razón más para aumentar la potencia de su crisis de ansiedad. Gael seguía siendo el único en saber que Vivian había regresado a su vida, bueno, hasta que Esmeralda llegó pensando que mirarían películas y comerían helados en su cama.
—¿Qué está pasando? —se asustó al notar la cara pálida de Emma. ¿En qué más iba a pensar? —¿Qué le estás diciendo a Emmy? No deberías estar aquí —cerró la puerta tras ella, viendo a Vivian con una mirada desafiante. Todos perdían la razón cuando se trataba de defender a Emma; ahora, por ejemplo, Esmeralda siempre había sido criticada por su madre porque no sabía defenderse, es que pensaba mucho antes de lanzar un contrataque, pero eso no pasaba cuando la atacada era Emma. Ya saben. Todos sentían la necesidad de protegerla porque era demasiado buena para el mundo, demasiado buena para Vivian.
—Pero ¿quién te crees? Loca. —Vivian se le acercó con prepotencia.
—Basta. —Emma se levantó de la cama, ahora sentía náuseas, terribles náuseas. Se acercó hasta Esmeralda, tomándola de la mano—. No puedes contárselo a Gi —susurró, y Vivian no pudo alcanzar a oír.
Esmeralda le apretó la mano, mirando con rabia a Vivian.
—¿Qué te sucede? —se centró en quien importaba.
—A ver si eres tan buena amiga. —Vivian sacudió su cabeza en señal de desaprobación. Estaba dispuesta a ignorar el odio que sentía hacia Esmeralda para regresar al asunto—. Emma tiene una cita con un hombre guapísimo como de treinta años. Nada de jovencito perdido. La invitó a su apartamento, y la boba no quiere ir porque piensa que su mundo debe girar alrededor del pene de su ex novio Colin Oschner.
Ex novio. Los ojos de Emma se aguaron. La taquicardia se puso insoportable, sentía que vomitaría en cualquier momento. Dio un paso atrás para sentarse en el borde de la cama. Esa noche no quería cenar en el apartamento de Milo, daría lo que fuera por estar comiendo donas de choco en su departamento con su novio Colin Oschner. Ese día despertó y lo primero que hizo fue escuchar la voz de él en audios, después miró vídeos, sentía que sin esos recuerdos pronto olvidaría cómo sonaba su voz cuando le decía mi nena linda. Nueve días sin él se sentían como noventa días en el desierto. Estaba sedienta de su amor, veía oasis en sus sueños, paisajes donde se abrazaban, besaban, reían, y hacían el amor en su posición favorita. Pero ya se había dado por vencida. Colin estaba en la ciudad, a una calle de distancia, no la buscó porque no quería hacerlo, y ella entendió el mensaje. No quería salvar la relación. Él no pasó a la siguiente página, sino que directamente arrancó las hojas de su historia de amor. Debía comenzar a asumirlo.
—¿Quién es el hombre, Emmy? —preguntó Esmeralda.
—Milo Walton. Lo conozco —estaba mirando hacia abajo.
—Lo conoce desde siempre —resaltó Vivian.
—No vayas si no quieres. —Esmeralda tomó asiento a su lado.
—Pésimo consejo —habló Vivian. Esmeralda solo le estaba fastidiando los planes. Estuvo a punto de convencer a Emma antes de que esa perra llegara—. Emma necesita ir. Necesita una distracción, y qué mejor que un multimillonario lo suficientemente maduro para tratarte como una dama. Debes ir con Milo.
—El hombre suena bien —admitió Esmeralda—, pero ¿no te das cuenta de que Emma no está preparada para involucrarse con otra persona ahora mismo? La ruptura es muy reciente. Un clavo no saca otro clavo. Necesita sanar antes de pensar en citas.
—Por favor —bufó—. Cómo se nota que ambas no tienen experiencia en nada. Emma debe verse con ese hombre por muchas razones. Es distracción, está guapo, es multimillonario, y es la mejor venganza hacia Colin. Se retorcerá de dolor al enterarse de que Emma está saliendo con un hombre de verdad. Así como él se largó con la tetona cuando estaban juntos, Emma puede demostrarle que se consiguió algo mejor, y después de la ruptura, porque ella sí es persona decente.
Emma se tomó de su frente, largando un suspiro.
—Tengo miedo de quedarme sin tema de conversación.
—¿Qué te hace pensar que te quedarás sin tema de conversación? —dijo Vivian—. Mencionaste que el sujeto es interesante, que es doctor en medicina. Tienes demasiadas preguntas para hacerle. Si te quedas sin tema, solo hazle una maldita pregunta sobre su grandiosa vida. Es que ¿acaso tengo que recordarte que gracias a mí ahora tienes a ese modelo como amiguito? Si no corrías el riesgo, no lo tendrías en tu vida ahora mismo, y sé que lo adoras.
Hablando del modelo, Emma lo estaba ignorando con pena. Gillou le había preguntado adónde se había metido anoche, en medio del cumpleaños. Emma desvió el tema con algo al azar, pero ya lo conocía, se lo preguntaría mil veces hasta obtener una respuesta, y ella en verdad le temía a ese acento cuando elevaba la voz. Sabía que se preocupaba, lo sentía en su corazón, pero no quería escuchar todas las razones por las que consideraba que abrirle las puertas a Vivian era una completa locura, así que le tocaba mentirle más tarde.
—Ve con él, después me agradecerás —añadió Vivian.
Emma tomó aire, llenándose los pulmones.
—Solo tengo media hora.
—¿Estás segura? —Esmeralda le tocó el cabello. Parecía que Emma estaba accediendo solo por Vivian, es que eso era exactamente lo que estaba pasando, le estaba haciendo caso como siempre lo hacía.
—Sí —asintió.
—Mami, tranquila, nunca debes llegar puntual a una cita. Tortura un poco al hombre. —Vivian se echó una carcajada, después se puso seria—. Emma, te aseguro que todo saldrá bien. Jamás te arrojaría a los brazos de un idiota. Eres tú la que solita elige a esa clase de tipos. Si algo sale mal, solo llámame.
—Llámanos —le corrigió Esmeralda.
—No sé qué ropa usar —suspiró entre la presión de su tórax.
—Esa es tu parte favorita: probarte cincuenta combinaciones. Ven. —Vivian la animó, tomándola del brazo para llevarla al guardarropa que Vivian denominaba como la tienda de ropa de Emma—. Sé que puedes darme algo mejor que tus vestidos de princesita —se acercó a unos muebles que exhibían joyas de todas clases. No le sorprendería saber que Emma tenía medio millón solamente en joyas, lo peor es que nunca las usaba. Nunca la había visto usar un collar grueso como ése o unos pendientes tan grandes como aquellos. Era una colección absurda.
—El problema es que no quepo. —Emma le habló con una vocecita a Esmeralda. Tenían jeans de distintos cortes en sus manos. Esmeralda la miró a los ojos, mientras Emma veía un skinny jean azul. No le parecía que se encontrara anímicamente bien para una cita, pero no quería preguntárselo de nuevo.
—¿Me regalas esto? —Vivian alzó un brazalete.
La mirada de Emma se enturbió con lágrimas.
—No. Déjalo ahí —se acercó para quitárselo.
Era el brazalete con dije de libro que Colin le había regalado por Navidad.
—Ni siquiera lo usas —avanzó hacia los zapatos, inspeccionándolos.
—A veces lo uso... Lo usaba —se corrigió—. No quiero que le pase nada por eso lo guardo.
—¿Qué podría pasarle? —bufó.
Emma regresó a guardarlo en un estante de vidrio con puerta.
¿Qué podría pasarle? Podría perderlo. Aunque era poco probable que se le cayera porque tenía un encastre perfecto, se sentía más tranquila al tenerlo guardado. Lloraría una semana si algo le llegara a pasar. Actualmente era lo más significativo que guardaba de su relación muerta. Él le dio una pluma para escribir con libertad una nueva historia, pero la había forzado a escribir la palabra fin cuando aún no estaba preparada. La buena noticia es que ahora podía empezar otra obra. Siempre se puede empezar otra obra. Era la protagonista de su chick lit, eso estaba bien hasta cierto punto, no porque necesitaba un compañero para sentirse completa, sino porque un compañero era lo que deseaba. Estaba herida. Necesitaba sanar. Sanar de nuevo. Tenía planes. No se olvidaba del ballet, de la cita con el nutriólogo, de la licencia de conducir. Tenía ganas de descubrir para qué había sido puesta en ese mundo. Pero, dentro de todo eso, deseaba un amor bonito. Actualmente no se imaginaba en los brazos de otro hombre que no fuera Colin, pero en algún momento debía pasar, ¿no? Faith le había dicho que, si deseaba una familia, entonces, tendría una. Y ella quería todo eso, con o sin Colin. Así que el puesto de compañero de vida estaba vacante, pero, mientras tanto, su deber estaba en seguir escribiendo, aunque el primer capítulo de su nueva obra le estaba doliendo.
—Esto. Esto es lo que debes usar. —Vivian alzó un corsé color champaña.
Emma giró a ver la prenda. Nunca había usado ese corsé. En el pasado lo hubiese hecho, ahora no, porque le acomplejaban sus brazos. Quería usar uno de sus vestidos con florecitas, pero ya sabía que no era una opción. Siguió buscando entre las blusas colgadas en perchas, había una blusa color beige con tirantes, era corta, como por encima de la cintura del skinny jean azul, pero la imaginó con un suéter abierto de hilos color rosa, y Vivian estalló de rabia al oír su idea.
—¿Dónde está mi reina de la moda?
Su reina de la moda no se sentía cómoda con su cuerpo. El suéter disimularía sus brazos, el jean le daría algo de molde, si lograba caber en él.
—No puedo ir despampanante. Creerá que tengo intenciones de algo más.
—Me gusta el suéter, Emmy —le apoyó Esmeralda.
El suéter tenía manga tres cuartos, acabó usándolo, y en sus pies se puso unas sandalias de color marrón. No era una cita romántica, era una reunión de dos personas que se conocían desde siempre. Sin embargo, se puso un delineado hermoso en los ojos, resaltando el verde claro de sus iris, pintó sus labios en un tono mate de rosa viejo, y dejó su cabello suelto con su ondulado natural. No era una cita romántica, era una reunión de dos personas que se conocían desde siempre. Sentía que iba a repetirlo durante toda la noche. No le gustaba pensar en términos de cita, mucho menos agregándole la palabra romántica, porque pensaba que, de esa manera, le estaba dando la espalda a su amor por Colin Oschner. No podía decir eso en voz alta, no podía decir eso delante de Vivian, pues lo único que conseguiría era un recordatorio de que Colin le dio la espalda a su amor hace tiempo, cuando aún estaban juntos, y no necesitaba escucharlo de alguien más, ella ya lo sabía, sabía que el corazón de él ahora obedecía a otro ritmo, sin embargo, lo amaba tanto que una cita romántica con Milo tenía sabor a traición, como si los ocho meses no hubiesen significado nada para ella, cuando en realidad podrían ser descriptos en su diccionario como el mejor otoño, el mejor invierno, la mejor primavera, y el peor verano de su vida, y eso que había sufrido mucho en el pasado, pero nada se comparaba con la manera en la que Colin Oschner la lastimó, porque nunca esperó que lo hiciera, había desnudado su alma frente a él, y el final se sintió como si la hubiese pateado en medio de su abdomen, donde antes se sentían mariposas blancas revoloteando.
—¿Adónde vas, maravillosa mujer? —se lo preguntó su papá.
La pilló caminando al ascensor con Vivian y Esmeralda. Emma se acaloró. Su pa no había notado que se escapó en medio del cumpleaños, a diferencia de J.J., quien se había creído el cuento de que Emma necesitó un momento a solas, lejos de tanta gente enfiestada, después de hablar con Bruno sobre la ruptura, ese era el cuento que pensaba venderle a Gillou más tarde. Solo Gael sabía adónde había ido en realidad, pero no tenía idea del encuentro con Milo ni mucho menos de la reunión. Es que nadie podía saber lo de Milo, por eso la temperatura de su cara aumentó cuando su papá la detuvo. La amistad con los Walton estaba más o menos prohibida en su familia, bueno, más o menos no, estaba prohibida y punto. Su papá los odiaba, y no le importaba decirlo públicamente. No le agradaba Milo, aunque no lo conocía más allá de algún que otro saludo, su apellido bastaba para verlo como un saco de mierda arrogante. Además, Milo era mucho mayor que ella, y esa sería otra razón por la cual su papá jamás estaría de acuerdo con esa reunión.
—Saldremos las tres —mintió perfectamente, a pesar de lo gallina que estaba siendo.
Quiso preguntarle a qué hora regresaría, pero se abstuvo a verse como el papá sobreprotector.
—Bien. Cuídate. Cuídense. Si decides quedarte a dormir en otra parte al menos avísame, florecita.
—Solo iremos a un restaurante tranquilo, pa.
—¿Llamaste a Howie? —disimuló su interés maniático. Vivía con el corazón en la boca gracias al idiota que vivía a una calle. No podía estar tranquilo. Sabía que no estaba bien, pero tampoco podía evitarlo.
—Pedimos un auto. Ya nos vamos.
—Diviértete. Diviértanse —le deseó con el corazón.
Emma tomó la mano de Esmeralda, haciéndola caminar al ascensor. Vivian caminaba al otro lado. Parecían las tres mejores amigas cuando lo cierto es que Esmeralda quería pisarle la cara a Vivian, y Vivian quería arrancarle los rizos a Esmeralda. Bajando por el ascensor, Emma solicitó un Uber. El apartamento de Milo se hallaba ubicado en SoHo. Ya eran las ocho. Debió haberse apurado más. Comenzó a regañarse mentalmente. Entonces, un auto negro se detuvo al costado de la acera. Vivian abrió la puerta, empujando a Emma dentro del Uber, poniéndose en la puerta para impedir que Esmeralda subiera.
—De seguro luego te escribe para contarte cómo le fue. —Vivian subió al auto y cerró la puerta.
A Emma no le dio tiempo de mirar la situación; parpadeó y el conductor ya estaba en marcha.
—¿Y Esme? —miró hacia atrás.
—No quiso acompañarnos. Da igual —la tomó de la mano para tranquilizarla.
Emma apartó su mano para secarla contra su jean azul, secó sus dos manos. En su bolso cargaba un antitranspirante de bolsillo y sus siempre pañuelos, pero se había mentalizado para no acabar en el baño del apartamento de Milo, secándose las axilas, y su suéter colgado cerca de la ventila. Como si mentalizarse le sirviese de algo últimamente.
—Toma esto. —Vivian sacó un preservativo de su bolso.
—¿Qué te hace pensar que lo necesito? —frunció su ceño. Acababa de ofenderse, y apenas podía manejar su ansiedad. Se tomó de la cabeza—. ¡Mierda! —exclamó, y hasta el chofer la observó—. ¿Cómo se te ocurre que nos acostaremos? Estás tratando de enredarme entre las sábanas de Milo porque piensas que de esa manera me olvidaré de Colin. Guárdate esa porquería. Demonios.
Vivian nunca la había escuchado decir más de dos malas palabras en una misma oración.
—No intento enredarte entre las sábanas de Milo, pero esas cosas pasan de repente, Emma.
—Conmigo no —sus ojos se aguaron mientras miraba al frente. No le importó que un desconocido se hallara con ellas—. No pienso tener coito con otro hombre en mucho tiempo, así que guárdate esa cosa.
—Coito —se burló, riéndose un poco.
Emma la miró con enojo.
—Eres la inmadura que piensa que solo se tiene sexo cuando existe penetración. El sexo engloba un montón de acciones más. El coito es algo específico, y no pienso tenerlo con otro hasta que me haga sentir de la misma manera que él me hace sentir. Así que jódete. Jódete con tus burlas.
—Mira quién me da clases de educación sexual ahora —rio.
—Solo será una cena, que ya me muero porque acabe —abrochó el primer botón de su suéter.
—De acuerdo —guardó el condón en su bolso otra vez—. Discúlpame por ofenderte, novicia.
Emma tocó su gargantilla dorada con estrellitas. Novicia. ¿Eso debió ofenderla de alguna manera? Le sacó importancia al tema. No era una cita romántica, era una reunión de dos personas que se conocían desde siempre. Iba a regresar antes de la medianoche, y, claramente, todo iba a salir bien, a pesar de que ahora se encontrara temblando.
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—Ten —le pasó dinero a Vivian para su regreso.
Estaban en la acera frente al condominio de Milo.
—Gracias por preocuparte —lo aceptó sin pensarlo, después miró hacia arriba, a los apartamentos con cortinas de vidrio—. Tú llámame si pasa algo desagradable. Ya sabes. No todos son lo que aparentan.
Lo sabía de memoria, y eso no la tranquilizó, al contrario.
Emma miró su celular, le llegó una respuesta.
—Milo dice que suba.
—Me enorgulleces, boba —la abrazó por un segundo.
Emma metió su celular en su bolso marrón. Luego, giró hacia el edifico, y, antes de meterse, tomó aire como si se encontrara a punto de sumergirse en el agua, a continuación, caminó con la cabeza metida entre sus hombros. El aire acondicionado del vestíbulo le heló hasta la consciencia, pero siguió caminando hasta el único ascensor. El portero no le hizo caso, apenas la saludó, estaba en lo suyo con un crucigrama del periódico, Milo ya le había advertido que una chica rubia subiría a su apartamento. Emma mordió su labio inferior mientras esperaba el ascensor, sus ojos se pusieron llorosos cuando comenzó a subir, hasta que se detuvo en el piso siete, y tuvo que obligar a sus lagrimales a que succionaran su ataque de ansiedad.
Se dio cuenta de que hacía mucho más frío que en el vestíbulo, por eso se agradeció por su suéter. Dio un paso dentro. El suelo era mármol negro. Todo su alrededor tornaba entre negro y blanco, con mucho grisáceo. La sala de estar estaba a un costado, y se oía música en todo el piso, era jazz, un muy buen jazz.
—Tú puedes —se susurró muy despacio, casi no movió sus labios.
Fue entonces que oyó pasos que venían de alguna parte. Milo se apareció delante, estaba usando una camisa blanca remangada hasta los codos, un pantalón negro, y, adivinen, un delantal gris de cocina. Estaba cocinando para ella. Dios. No sabía que él podía hacer eso. Boba. No sabía nada sobre él además de que era doctor en medicina y que era increíblemente guapo para estar soltero. Milo le sonrió sin despegar sus labios, extraño para alguien que vivía enseñando sus dientes todo el tiempo.
—Viniste —habló como si en algún momento hubiese pensado que no lo haría.
—No soy de dejar plantada a las personas —se esforzó por sonreír natural, tenía un brazo cruzado mientras avanzaba hacia él con tranquilidad. El primer segundo era el segundo más difícil, y sentía que lo había superado. Había cocinado para ella, y recién estaban en una primera cita.
—Me gusta eso. ¿Tienes frío? —levantó un dedo.
Emma negó con su cabeza. Era atento.
—Estoy bien.
—Menos mal, porque es mi temperatura ideal —caminó, regresándose al interior—. Emma Miller, me hiciste cocinar para ti. ¿Hueles eso? Pues, así no huele este apartamento todas las noches.
Emma esbozó una sonrisa, una sonrisa real, y lo siguió de inmediato.
—¿Qué cocinaste?
Llegaron hasta la cocina donde los muebles también eran oscuros. Había una enorme mesada en el centro, era de mármol como el piso, encima había una botella de vino tinto con una copa semi vacía.
—Lasaña de camarones —terminó de beber la copa antes de dirigirse al horno.
El corazón de Emma comenzó a latir a toda máquina, y no de ansiedad.
—No puede ser —juntó sus manos, mordiéndose el labio inferior. Estaba metiéndose en el terreno de la confianza—. La gastronomía italiana es mi favorita, y los camarones son mis maricos preferidos. Me parece increíble que los hayas combinado perfectamente. Debe saber riquísima, es que ya huele riquísima.
—Gracias —sonrió—. Y me alegra haberle atinado.
Emma sonrió también, poniendo sus brazos sobre la mesada fría, mientras lo veía sacar la lasaña del horno. Ese no era el Milo con el que se topaba de vez en cuando. Lo admitía, el otro Milo era un poquito arrogante, aunque nunca dejaba de ser agradable. Parecía que la típica arrogancia de los Walton se había quedado fuera del apartamento esa noche.
—¿Me sigues? —le habló éste, dirigiéndose al comedor que tenía una vista maravillosa de SoHo. Llevaba consigo la lasaña y la botella de vino. Había cubiertos para dos en la mesa. Había preparado todo para ella.
Emma dejó su bolso en una silla frente a la mesa de vidrio del comedor.
—Oh. No bebo vino —informó cuando Milo trató de servirle una copa.
—¿Entonces? —la miró a los ojos con la botella en su mano.
—Agua —le dio vergüenza pedir algo que él necesitaba buscar en otro lugar, pero supuso que en algún momento la hubiese traído de todas formas. Era agua.
—Claro. Siéntate —apuntó una silla que estaba a la derecha de la cabecera, luego se fue en busca del agua. No demoró ni quince segundos en regresar, y tomó asiento en la punta—. ¿No quieres algo más?
—No. Estoy bien. Gracias —colocó su cabello detrás de sus orejas, y observó la lasaña.
—¿Comes mucho?
Emma sintió una sacudida, lo miró a los ojos.
—¿Qué?
—No sé qué cantidad servirte —se rio de él. En su mano tenía un utensilio para cortar la lasaña.
Claro. Solo quería saber cómo gustaba su porción.
—No te preocupes. Yo la corto —tomó la espátula, rozando sus manos. Demonios. Eran enormes, las manos de Milo eran enormes. Ambos se sonrieron, pero Emma, más bien, por la incomodidad del roce.
—Toda tuya. —Milo alejó su mano.
Se sirvió más vino mientras Emma cortaba la porción de lasaña más pequeña que comería en su condenada vida, y el problema no estaba en la pequeñez del cuadrado, sino en que ella comía demasiado cuando de pasta se trataba, después casi siempre terminaba desabrochando los botones de su jean delante de Colin. Podía escucharse y escucharlo.
—No conoces el placer de desabrocharte el pantalón después de comer demasiado.
Colin se rio de ella al escucharla.
—El otro día me dijiste que no sé del placer de desabrochar un sostén después de un largo día.
—Es verdad —lo recordó—. Se siente igual.
—Bueno. Te equivocaste. Sí sé de ese placer —extendió su brazo para acariciarle la panza inflada, con su mano, en círculos. Emma abrió su boca mientras él se reía.
Cielo azul.
Extrañaba con locura a su Colin bromista caliente.
—¿Me calificas con piedad? —Milo la arrastró fuera de su nube favorita, que era su favorita porque en ella soñaba libremente con Colin—. Aprendí la receta hace tiempo. La saqué del cajón por Emma Miller.
—Te califico con piedad —rio despacito. Agarró un tenedor. Diablos. Había superado la vergüenza de comer en público, sin embargo, la mirada expectante de Milo la sacudió otra vez. Pero... joder, la lasaña sabía... sabía como a manjar de dios. Masticó, y masticó, cubrió su boca con su mano para decir—: Delicia.
—¿De verdad? ¿Emma Miller no está jugando con mi corazón? —sonrió como siempre. Agarró la espátula para servirse una enorme porción en su plato—. Te creo porque me esforcé bastante. Por ti.
Emma sonrió, aún con su mano frente a su boca.
—No entiendo cómo no has conquistado a nadie con tu talento culinario.
—Pues no cocino para nadie, solo para Emma Miller.
Emma terminó de tragar. Por detrás de su mano, sus mejillas se sonrojaron demasiado. Milo ya se encontraba coqueteando. Entraron a la zona de coqueteo. Dios. Esperaba que él no creyera que ella lo dijo con esa intención. No, no, no. Si un hombre tenía el poder de conquistar su paladar, ese era Colin con su soufflé de verduras. Bajó su mano, mirando su plato. Milo sonrió con picardía, sabía que acababa de ponerla nerviosa, tosió una vez para cortar el silencio, y siguió hablando.
—¿Te gusta el jazz?
—Sí —agarró el tenedor de nuevo, siguió mirando su plato—. Me gusta el jazz, pero más me gusta la música clásica. Chopin especialmente. Es mi compositor favorito. Su música es... no sé.
Sintió como si su tórax se hubiese comprimido al recordar las nocturnas del maestro Chopin. Pensó en cómo erizaban su piel cuando les prestaba atención, también se acordó de cómo las escuchaba con su amorcito. Supo que estaba frente al hombre de sus sueños cuando, un domingo, camino a Santa Mónica, coincidieron en que la música clásica es majestuosa. Oh, no... Las lágrimas se asomaron a su mirada. La música, las nocturnas, Colin. Esos tres tenían el poder de hacerle brillar los ojos. Otra vez sintió lo quebrada que estaba. ¿Qué hiciste? ¿Dónde botaste tus promesas? Ella quería recordártelas. Quizás te olvidaste de que juraste despertar cada mañana a su lado.
El mayor delator siempre serán los ojos, y sus ojos ahora estaban marchitos.
—Lo siento —habló antes de que Milo pudiera preguntar—. La música clásica me eleva a un nivel superior, y yo soy una llorona, de verdad que lloro mucho, es mi mayor defecto. La música clásica mueve mis emociones, solo pensar en ella me mueve.
—Es la primera vez que escucho algo como eso —contestó interesado.
—Pues —tragó saliva—, también juego a ser bailarina.
Milo levantó sus cejas, preguntando:
—¿Como de ballet?
—Sí, pero no soy buena, por eso digo que juego.
—Siento que debes ser muy buena.
—No. Absolutamente no —partió un trozo de lasaña, pero no lo comió.
—Yo digo que sí. ¿Qué más haces?
—Eh... —miró el ventanal, tomó aire, mientras buscaba la respuesta correcta. No había respuesta incorrecta, era su respuesta, era correcta por eso, pero su mente estaba maquinando de prisa—. Pues, me gusta pintar, y dibujar. —No quiso mencionar que a veces hacía matemáticas por gusto, pero ya menos en los últimos tiempos porque le aburrían un poco—. Nací para el arte. —Nunca en su vida habló tan segura.
—¿Y estudias arte?
—No. Abandoné la universidad, pero no estudiaba arte. Me gusta cada expresión de arte, digo, ¿a quién no? —sonrió de costado. Aún se estaba acordando de Colin, porque él era la única persona que ella conocía que entendía lo que el arte provocaba en su persona, nadie más lo hacía, no de una forma perfecta.
—Entonces, bailas; pintas; dibujas.
—Y canto.
Mierda, mierda, mierda.
—¿Cantas? —sonrió.
—En mi ducha —bromeó.
—Pero sí cantas.
—No de esa manera —se sonrojó.
—¿De qué manera estamos hablando? —rio.
—No tengo un coach. Sí... canto... bien, dicen. —No le gustaba a dónde se estaba dirigiendo esa conversación. Se odiaba por haberlo mencionado. Es que no aprendía a quedarse callada. Era demasiado estúpida—. Pero solo canto para... —él— mi familia.
—Estás llena de talentos, Emma Miller —finalmente le dio un bocado a su lasaña.
—Tú juegas golf —señaló. Le urgía cambiar de tema.
—Es lo que hago bien —habló entre mordidas.
—No. También cocinas bien —sonrió.
—Sí, pero tarde o temprano debo empezar mis años de entrenamiento —se refería a la formación médica especializada—. ¿Sabes? Cumplo 30 el viernes. ¿Irás a mi fiesta de cumpleaños, Emma Miller?
Y ahí estaba la edad exacta de Milo. Era nueve años mayor que ella.
—¿Tendrás una fiesta? —tocó su gargantilla. No quería ir.
—Algo tranquilo en realidad. En un bar. Con amigos. Irás, claro.
Emma tragó saliva, asintiendo levemente con su cabeza.
—No esperaba que dijeras que no. —Milo sonrió, y después señaló el plato de ella—. Come ¿o en realidad no te gusta lo que preparé para ti? No diste otro bocado desde hace cinco minutos. ¿Me mentiste? —borró su sonrisa, pero tampoco se puso tan serio, más bien, se puso indignado.
—N-no te mentí —tartamudeó—. Me entretuve con la charla. En verdad es la mejor lasaña casera que he probado en mi vida. Muy buena receta —agarró un gran trozo con el tenedor y se lo llevó a la boca. Ahora se sentía una boba, de nuevo. Había preparado todo eso para ella, y ella era una verdadera estúpida.
—Bien. Te creo —tomó su copa de vino—. Pero no soporto las mentiras.
Pero no le mintió, demonios.
—A nadie le gustan —contestó cuando terminó de tragar.
Solo pudo pensar en el mayor mentiroso que conocía.
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Emma guardó asiento en el sofá gris de la sala, frente a una pantalla plana que mostraba el fuego ardiente que simulaba una chimenea real, dejó su bolso a su costado, y bebió del vaso con agua que tenía en su mano. Era la primera vez que no terminaba llena después de cenar comida italiana. Tuvo intenciones de mirar su celular, quería contarles a sus amigas que le estaba yendo genial, pero Milo regresó de buscar su botella de vino, la misma botella de vino. Se sonrieron cuando él se sentó a su lado. En verdad le estaba yendo genial. Hablaron demasiado durante la cena. En ningún momento sintió que no encajaban, aunque tenían gustos distintos, y veían el mundo con ojos distintos (de veinteañera y treintañero), la conversación fluyó de una manera en la que Emma solo pudo suspirar de alivio. Ocuparon mucho tiempo hablando sobre golf, por ejemplo, que era algo que apasionaba a Milo, y que ella sabía suficiente para no sentirse perdida. Le hubiese gustado preguntarle sobre la escuela de medicina, hubiese sido un tema interesante, pero no podría hablar sobre eso sin escuchar la voz de Colin en su cabeza. Rieron, sí, rieron, porque Emma se animó a hacer una broma cuando hablaron sobre la fraternidad entre las familias Hamilton, McCartney, Walton. Milo la llamó graciosa en ese momento, entonces, Emma se dio cuenta de que no había escuchado a Colin decir graciosísimo desde que pisaron la ciudad. Casi se le aguaron los ojos al pensar que en Nueva York nada le resultaba graciosísimo. La ciudad de Nueva York no era el hogar de Colin, era el hogar de sus traumas, y nada puede ser graciosísimo ahí.
—Entonces...—dijo Milo.
Las manos de Emma reposaban sobre sus piernas, y no estaban sudadas.
—¿Entonces? —sonrió.
—No quieres cantarme una canción —se estiró para dejar su copa sobre la mesita.
Emma abrió su boca. De nuevo, sudor. Para ella, cantar equivalía a quitarse la ropa. El canto era una de las formas en las que se comunicaba su alma. Cantaba y tarareaba mucho en su día a día, en medio de situaciones cotidianas, pero no iba por la vida cantándole personalmente a quien se lo pedía, a menos que se llamara Colin Oschner y fuera un rayo de sol con ojos color cielo. Él siempre había sido su excepción para todo. Podía cantarle en cualquier momento, ni siquiera necesitaba pedírselo, pero, cuando se lo pedía, ella respondía con gusto. Amaba cantarle, especialmente cuando él no podía dormir, recostaba su cabeza sobre el abdomen de ella, y ella le cantaba la primera canción que se le ocurría, le gustaba observar cómo la espalda de él indicaba que estaba respirando con tranquilidad mientras ella les daba amor a sus sentidos.
—No es eso —respondió.
—Te preparé una lasaña de camarones. Esperaba que tú hicieras esto por mí —la vio directamente a los ojos con una mirada turbia. No estaba acostumbrado a que le negaran algo. Quería escuchar el talento de Emma Miller. Quería saber si era tan muñeca multifacética como decía ser—. Está bien. Lo entiendo.
—¡No! —lo agarró del brazo, viéndolo a los ojos también. Era el primer contacto directo que hacían. Estaba desesperada porque Milo supiera que apreciaba lo que esa noche hizo por ella—. Cantaré para ti.
—De acuerdo —sonrió satisfecho.
—Solo deja que me prepare mentalmente —sonrió nerviosa. Tenía el corazón en la tráquea.
—Te espero —aclaró su garganta.
Pudo escucharlo, imaginarlo.
«Puedo esperar a mi nena»
Emma inhaló profundo. Pensó en una canción. La tenía. No lo pensó ni por un segundo. La melodía llegó a su mente al instante. Cerró sus ojos. Estaba nerviosa. ¿Y si se reía de ella? Al carajo. Iba a hacerlo. Él le había preparado una lasaña de camarones, y ella iba a cantarle. Llevó una mano a su pecho, cerca de su cuello, sintiendo su gargantilla de estrellitas. No abrió sus ojos en ningún momento. Respiró de nuevo, y empezó. Milo abrió sus ojos exageradamente. ¿Una de Mariah Carey? ¿En serio? Emma le empezó a cantar Without You. No, no le estaba cantando a él, le estaba cantando a la foto mental que tenía de Colin Oschner, por eso perdió los nervios. No estaba sentada en ese sofá, estaba frente al amor de su vida, aquel que perdió, aquel que amó por encima de muchas cosas, aquel que la abandonó. Pero, contrario a lo que decía la canción, podía vivir sin él, sin embargo, prefería vivir con él, porque de eso se había tratado su amor, de una elección, ambos se habían elegido, pero por tiempos distintos, él la eligió temporalmente, y ella lo eligió para siempre. Ahora debía borrar lo escrito, debía tomar otra decisión, debía elegir seguir sin él, y dolía, dolía más que una cuchilla raspándole el corazón. Cantó el estribillo a todo pulmón, llenándose de lágrimas que no se ocupó en retener, y, cuando Milo creyó que se detendría, siguió cantando el resto de la canción. Frunció su ceño, mientras echaba lágrimas, y se agarró con fuerza del pecho. Ojalá pudiese escucharla, como una última canción. Su historia de amor estuvo repleta de colores, y de música. Colin el ebrio cantante de canciones de boda, por ejemplo. Frédéric Chopin. Mariah Carey. Sacaría a Mariah Carey de su playlist por un buen tiempo, y Andrea Bocelli no sonaría en su boda después de todo.
Terminó la canción llorando, entonces, regresó al sofá. Estaba con Milo, no, estaba llorando frente a Milo. Cielo hermoso. Se obligó a abrir sus ojos. Milo la estaba viendo con compasión, como arrepentido de haberle pedido que cantara. Emma se secó la cara con las mangas de su suéter. Estaba emocionalmente agotada. Las últimas dos semanas habían sido una completa locura sin descanso.
—Disculpa. ¿Mencioné que lloro mucho? —Emma terminó se secarse y acomodó su cabello detrás de sus orejas. No lo estaba mirando a la cara, no podía hacerlo. Estaba esperando el momento exacto para agradecerle por la cena a irse corriendo.
—Él no merece tus lágrimas —la tomó de la mano.
Entonces, Emma lo miró a los ojos.
—Me engañó. No tuvo piedad.
—¿Cuántos años tiene? ¿Veintidós? ¿Veintitrés? Déjalo ser. No es un hombre, porque un hombre cuida de su mujer, y él solo te dañó como todo un niño inestable. Me parece que tú le cambiabas los pañales —le soltó la mano para avanzar a su cabello, le acarició el cabello, mientras Emma miraba hacia abajo—. Déjame tratarte como te mereces, Emma.
Emma se quedó sin aliento. Levantó su barbilla para verlo. Estaban demasiado cerca. Milo acercó su cara y Emma unió sus labios. Se besaron. Con vigor. Emma cerró sus ojos con fuerza, al principio creyó que lo estaba besando a él, pero no, pronto su mente confundida notó que los besos tenían otro sabor. Milo la agarró de la cintura, acercándola más, el agarre se sintió importante, sólido, ardiente. Besaba rico, pero no es que ella hubiese imaginado algo distinto. Que Milo fuera mayor le prendía y demasiado. Que la besara con experiencia le prendía y demasiado. De pronto se preguntó cómo debía follar, cómo debía darle placer a su mujer. Joder. Quería... un bocado. Emma visualizó una enorme señal de pare. Cortó los besos de una vez, agarrándose de su gargantilla, estaba demasiado avergonzada de sus pensamientos, por eso no pudo ni mirarlo. Quería llorar mucho. En seguida se dio cuenta de que solo fue un instante. No quería un bocado.
—Verte en la gala despertó atracción en mí. Me gustas, Emma. Y mucho —se tocó los labios.
Emma se sentó sobre sus rodillas, acercándose de nuevo.
—¿Por qué te gusto? —le susurró a la altura de su cara.
—¿Por qué no me gustarías? —le dio un dulce beso en los labios y también en la mejilla.
Emma alzó lentamente su mano derecha y le acarició el rostro con sus dedos, queriendo conocerlo. Milo sonrió como si fuese gracioso, pero Emma tenía una cara seria. Era importante. Sentirlo era importante. Conocer cada detalle era importante. Contempló las pecas en la nariz y en las mejillas, distinto al rostro sin lunares que conocía. Miró el bigote que Milo mantenía como marca personal, distinto a la barba de pocos días que a ella adoraba. Los ojos eran marrón chocolate, no estaban mal, pero no eran del azul del mar, no tenía motivos para navegar en ellos. Milo tenía unas facciones atractivas, masculinas, pero su mandíbula no tenía un ángulo perfecto, tenía uno, pero estaba acostumbrada a otro. Su cabello era castaño, no era largo, probablemente demasiado corto en comparación al cabello que ella amaba acariciar con sus dedos. No era él, no era Colin, no era su Cole, no era Oschner, no era su amor. Le acarició la frente con suavidad y se inclinó a besarlo en los labios. No era Colin, pero tal vez podría acostumbrarse en algún momento. No sabía si algún día se enamoraría de nuevo, con la misma fuerza, con la misma ilusión, en realidad, sentía que su próximo amor se basaría en acostumbramientos. Acostumbrarse a otros labios, a otros abrazos, a otras palabras, a otras clases de caricias en la cama. No era Colin, pero podría acostumbrarse.
—Iremos despacio. —Milo sabía que eso era lo que Emma necesitaba escuchar. Emma asintió sin verlo, su cabeza estaba abajo. Milo tosió una vez, para después preguntar—: ¿Puedes mirarme al menos?
Emma abrió su boca. Lentamente alzó su mirada.
—Estoy nerviosa.
Y sonrojada. Estaba muy sonrojada.
—Comprendo —le acarició la barbilla con su pulgar.
—Tú también me gustas —lo agarró del brazo, viéndolo con ojos lagrimosos.
—Qué bien —sonrió, regresando a besarla en la boca.
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Más tarde, cerca de las once, la acercó hasta su ático en una camioneta color plata. Aparcó frente a Crystal Empire, y, cuando ella trató de abrir la puerta del vehículo, él la detuvo, no comprendió la situación hasta que lo vio bajar para abrirle la puerta como si se tratara de la reina. Emma sonrió, ruborizada. Una sensación nueva, agradable. Milo cerró la puerta y recostó su espalda contra ésta.
—Espero saber de ti mañana. No desilusiones a mi corazón, Emma Miller —le dijo.
Entonces, en ese preciso momento, un automóvil negro aparcó a pocos metros de la camioneta. Alan descendió primero, sus ojos casi salieron de lugar cuando vio a Emma besando a Milo Walton en plena acera. Eugene se deslizó en el asiento hasta la puerta, pero fue brutalmente empujado al interior por Alan. Eugene soltó groserías con mucha rabia, entonces, con sus dos manos, Alan lo agarró de la cabeza para hacerlo mirar la escena. Emma sonrió, con esa dulce timidez que la caracterizaba, cuando sus labios se separaron de los de un hombre mayor que ella, agregó un breve abrazo, y se metió a la torre, demasiado sonriente para que ellos trataran de convencerse de que por dentro estaba triste. Emma le había puesto el punto final a su historia de amor con Colin. Eugene no podía creerlo, ni teniendo la evidencia frente a sus ojos. Le apretó el pecho. No era común que sintiera ansiedad, era un muchacho medianamente libre de las ataduras mentales, pero, joder, se trataba del corazón de su mejor amigo, hasta sintió ganas de llorar, solo podía sentir desilusión y mucha rabia.
—Pero ¿quién putas es ese imbécil?
—Amigo mío, ése imbécil es Milo Walton.
¡Hola! ¡Hola!
Eh. ¿Y si hacemos como que nada de esto pasó? Podemos decir que acaban de tener una pesadilla con su historia y pareja favorita, y que cuando despierten anunciaré el capítulo en Instagram, donde cada palabra en realidad es color amarillo. Lo siento. No podemos hacer eso. ¡Enfrenten la realidad! *Los agarra del hombro, sacudiéndolos*.
La primera vez que Emmy le cantó a Cole eligió la canción When I Saw You de Mariah Carey. Hoy Emmy decidió cantar Without You, también de Mariah. WISY la eligió por la letra que representa lo que sintió desde la primera vez que lo vio. Con WY, más bien, se dejó llevar por el sentimiento de una ruptura amorosa reciente, además, ¡es un clásico de Mariah! ¿Quién no la conoce?
Personalmente estaba emocionada por esa escena porque la música significa todo, y mucho más, para Emmy, y, aunque ella la viva de forma distinta, ambos la disfrutaban juntos.
En fin... ¿Qué opinan de Milo ahora mismo? Capítulo 57.
¿Emma seguirá viéndolo o no?
Aparentemente Eugene y Alan decidieron buscar a Emma (bueno, más que evidente). ¿Será que Colin estaba enterado? ¿Le contarán a Colin lo que hallaron en su búsqueda? ¡Cuéntenme!
Quédate para averiguar si acertaste. Je, je.
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