47: Un mes horrorosamente vacío

La alarma sonó a las 6:00 a.m. Colin presionó una almohada contra su cara, acostado boca arriba. Lo primero que sintió al cobrar consciencia fue a su corazón malherido bombeando a toda máquina, seguía bombeando a toda máquina, no estaba muerto, había despertado, y con ansiedad. Le dolía toda la tensión acumulada en su mandíbula, y, a través de su dolor, la recordó. Estiró su brazo y consiguió apagar la alarma sin moverse, seguidamente, giró boca abajo, aferrándose a la almohada como si se tratara de ella, su nena, imaginando que recibía caricias en su mandíbula y besos en su cara. Lloró. Mojó la funda con sus lágrimas, deseando su propia muerte, porque todo era más de lo que su cuerpo y alma podían soportar. De tenerla mentalmente entre sus brazos, pasó a revivir la noche del viernes, que se repetía en su mente con neurosis.

Dentro del baño, encendió un cigarrillo en su boca, todavía echando el dolor de su interior a través de sus lágrimas. Tenía los dedos sensibles por haberse mordido las uñas todo el día anterior y sentía dolor en su espalda baja por haberse acostado demasiado tiempo. Estaba destruido, destruido por él mismo. En su mente había tres pantallas; la primera tenía una incógnita: ¿qué iba a pasar si esas mujeres publicaban sus fotos? Aunque sería mejor preguntarse: ¿qué no iba a pasar? Podía imaginar cada detalle del caos que se desataría en su presente y futuro, cómo afectaría cada aspecto de su vida, y de su relación; la segunda pantalla le mostraba el beso, y el toqueteo debajo de su ropa, esa pantalla le hacía sentir un enfermo, pues sentía un desequilibrio cada vez que recordaba que rompieron su burbuja; tercera pantalla: Emma. ¿Cómo iba a contarle lo que pasó? ¿Cómo iba a reaccionar ella? ¿Pondría en riesgo todo lo que habían construido? ¿Cancelarían los planes que hicieron? Estaban a tres días de mudarse, y lo único que tenía eran incógnitas.

Sacó su última reserva de energía para ir a la iglesia con su familia. Cuando en el ascensor Shizu le preguntó cómo había amanecido, le respondió bien, y esas fueron sus únicas palabras. Sus hermanos lo conocían lo suficiente para saber, a través de su expresión facial, que no se sentía bien, por eso no hicieron bromas ni recordaron que Emma había venido anoche. Por otro lado, Theresa lo saludó, pero no le miró la cara, ni siquiera le llamó la atención el tono que Shizu usó para preguntarle cómo había amanecido, estaba en otra, pensando en que ese domingo era el último con Colin hasta nuevo aviso, porque él el miércoles se mudaba con su novia sin estar casados. Y, por último, Bradley, conocía de memoria la cara que Colin ponía cuando estaba afligido, se preguntó la razón de su expresión, ¿no debía estar feliz porque esa semana se mudaba con su noviecita la multimillonaria?

Caminando por el pasillo de la iglesia, observó la crucifixión de enfrente. No lo entendía. Siempre había sido la mejor persona que podía ser a pesar de que muchas veces lo manejara la amargura. Se creía una buena persona. Asistía a misa cada domingo, aunque tuviera sueño, o no hubiese dormido en la noche, no importaba si llovía, cayera granizo o nevara. Dios mío, oraba, oraba, y oraba, y definitivamente nadie lo escuchaba. Tenía un padre que lo maltrataba; y una madre que no aceptaba a quien él amaba; sentía toda clase de dolor gracias a su ansiedad; y el viernes en la noche lo habían incinerado en una maldita hoguera.

¿Por qué tanto sufrimiento para alguien que cumplía con su deber humano y cristiano?

¿Por qué Él no lo escuchaba?

No escuchó la Palabra ni la homilía. Estaba hecho un robot. De pronto, comenzó a temblar, ignoró su síntoma hasta que apareció el mareo junto con el debilitamiento. Se sentó en un momento donde todos se encontraban parados, y se tomó de la frente con una mano.

Mercy, quien estaba al lado, le tocó la cabeza.

—¿Te bajó el azúcar? —le susurró.

Repito: sus hermanos lo conocían lo suficiente.

—¿Tienes algo en tu bolso? —preguntó con sus ojos cerrados.

Mercy no cargaba dulces, pero Shizu sí. Theresa, quien estaba en la fila de enfrente, se dio cuenta de que sus hijos se encontraran hablando al mismo tiempo que el sacerdote, giró para regañarlos, entonces, halló a Colin sentado y completamente pálido. En eso, Bradley giró también, y sintió satisfacción, como al ver algo gracioso en un momento aburrido, Theresa le quitó la llave de su camioneta, y puso de pie a Colin, quien caminó solo porque su madre estaba siendo el motor al sostenerlo del brazo mientras se marchaban.

En la camioneta, Colin subió a la última hilera de asientos.

—La misa no tarda en acabar. —Theresa observó los caramelos que Colin estaba sosteniendo en su puño, tenía unos cuantos en su boca—. Regresaremos pronto e iremos a desayunar —cerró la puerta.

Colin suspiró hondo. No se sentía nada bien, pero al menos sabía que no se iba a desmayar. Dejó el resto de caramelos sobre el asiento y por fin se decidió a mirar su celular, a llamarla, pero, antes, se topó con mensajes de toda clase de parte de sus amigos, que ignoró, por supuesto, solo leyó lo que le importaba.

⠀⠀

Bebita: Fui a verte y te encontré durmiendo. Sé lo que está sucediendo (maldita ansiedad) y no te forzaré para que me cuentes en qué estás pensando desde el viernes. Sabes que siempre estaré a tu lado, incluso si estamos callados. Lo único que te pido es que respondas este mensaje cuando despiertes.

Bebita: Y te amo tanto, pero tanto.

⠀⠀

Emma se sobresaltó, se quitó el antifaz, nunca antes se había destapado tan rápido.

—Amor, Cole.

—Hola.

Emma experimentó alivio y preocupación al mismo tiempo. Visualizó su reloj luminoso. ¿La misa había terminado temprano o no había asistido? Se sentó con su espalda recostada en la almohada. Sintió frío cuando se percató de su tono apático, en cambio, para Colin, escucharla fue como un canto de paz en medio de tanta guerra mental.

—¿Estás bien, bebé?

—Me bajó el azúcar en plena misa.

Emma flexionó sus piernas para abrazarlas, agachó su cabeza, tratando de resistir en una batalla contra el dolor de verlo con el corazón magullado. Colin miró los caramelos, el silencio de Emma se sintió pesado, creía que la estaba decepcionando, pero estaba harto de sentirse un mentiroso.

—¿Hace cuánto que no comes? —colocó su cabello detrás de su oreja.

—No sé —sonó vacío.

—Pero imagino que pronto irás a desayunar rico —se forzó una sonrisa. En alguna parte había leído sobre el poder de la sonrisa para cambiar el propio estado ánimo. Necesitaba cambiar su propia nube gris por brillo. Quería hacerlo sonreír y eso dependía estrictamente de su autocontrol para manejar el dolor.

—Supongo. Lamento haberte hecho ir hasta mi ático porque no fui capaz de decirte que me siento mal. Quería pedirte disculpas por eso —miró hacia abajo, había un chupetín sobre la alfombra del vehículo. ¿Era esa una clase de señal de que todo iba a mejorar? Aún estaba luchando, aún se estaba forzando por ver la cara optimista del problema. Pero su malestar aumentó cuando se inclinó a recoger el dulce del suelo.

—Tus disculpas no tienen cabida. No me pidas disculpas por sentir dolor. No me pidas disculpas por desear una tarde solo. Ni siquiera tenemos que hablarlo si tú no quieres. Me conformo con saber que eres consciente de que me tienes. Siempre me tienes.

—Siempre te tengo.

Emma miró su edredón blanco. Necesitaba pintar una sonrisa y debía fabricar los materiales.

—Ya sé. Esta tarde puedes venir a mi ático y cocinaré para ti.

—Pero mi nena no sabe cocinar.

Emma se mordió su labio inferior. Colin se escuchó cansado, pero con ganas de salir del pozo.

—Pues, tu nena leerá recetas y mirará canales de cocina.

—Qué desastre.

Presionó todavía más sus dientes contra su labio y se acostó de lado, abrazando una almohada.

—Te amo —sonrió.

—Te extraño mucho. —Colin se sentó de costado y recostó su sien contra el respaldo.

Emma se quedó en silencio al principio.

—Yo también te extraño.

Estaban hablando de sus cuerpos, del coito.

—Cocinaré la comida más deliciosa solo para ti.

—De acuerdo.

—Te amo —repitió.

—Te amo bien. —Pronunciarlo le impidió seguir hablando, pues amarse bien implica no ocultarse cosas, en especial si le afectan al otro, y ahora él le estaba ocultando algo grande. Sin embargo, sentía que últimamente hacía poco y nada bien, pero amarla, cielos, probablemente era la única cosa que le salía a la perfección. Cerró sus ojos y se peinó hacia atrás con sus dedos—. Debo colgar ahora, mi nena.

—Claro. Pero ¿sí vendrás luego?

—Luego.

—De acuerdo. Buscaré una buena receta.

—No tienes que esforzarte por tenerme comiendo de tu mano.

—No quiero que comas de mi mano, quiero que comas a mi lado.

Colin sonrió en medio de su aflicción.

Ella era su verdadero amor del bueno. Ella era la que nunca lo atormentaba. Ella era la que siempre buscaba darle lo mejor. Ella no lo hacía sentir incompleto. Ella le provocaba cosquillas en la panza en lugar de dolores de cabeza. Ella no lo celaba ni manipulaba. Ella no tocaba su dignidad. Ella lo hacía sentir útil. Ella lo amaba bien.

⠀⠀

Colin se encontraba cortando sus panqueques en silencio, mientras el resto hablaba alrededor de la mesa circular del restaurante, estiró su brazo para agarrar la miel. Por encima de sus pensamientos, se oía a Thomas hablarle a su padre sobre sus prácticas de tenis, le estaba contando con emoción lo que su entrenador le había dicho sobre el aumento de su rendimiento, sin embargo, toda la atención de su padre estaba puesta sobre Colin, quien se estaba obligando a comer, pues no sentía hambre a pesar de ni siquiera recordar cuál había sido su última comida ni cuándo la ingirió.

Bradley interrumpió a Thomas de forma grosera, haciéndole saber que no lo estaba escuchando.

—Colin, tu madre dice que te vas el miércoles.

Colin siempre supo que tocarían el tema ese domingo. Tenía que mirarlo, debía mirarlo. Levantó su barbilla lentamente, chocando contra esos ojos, que eran tan intensos en su color celestial, pero que en el fondo escondían pura maldad.

—Sí.

—Y que te mudas con Emma.

—¿Te mudas con Emma? —Cathy no contuvo su impacto. Le pareció desagradable imaginar que ellos mantenían relaciones sexuales, probablemente era la primera vez que miraba a su hermano como un hombre maduro.

—¿Te casarás con ella? —Heidi preguntó desde su más profunda inocencia.

—¿Le propusiste matrimonio? ¿Cuándo? —Mercy arrugó tanto su ceño como su nariz. No podía creer que apenas se estaba enterando. Ella que necesitaba ponerse en forma para una boda tan importante.

—Pero ¿por qué se mudan juntos antes de la boda? —En la mente de Thomas no cuadraba nada. Si se mudaban el miércoles, ¿cuándo celebrarían la boda?

A diferencia de los menores, Shizu entendió que no habría boda y que Colin había elegido convivir con su novia. No podía creer que Theresa no había explotado hasta la fecha.

—No habrá boda. —Theresa clavó una baya azul con su tenedor, pero no la comió.

—¿No? —Mercy se decepcionó.

—No —aclaró Theresa de nuevo.

Colin se ruborizó de la vergüenza. Podía imaginar lo que sus hermanos estaban pensando. Bradley se lo había hecho a propósito, no hubiese permitido que se lo contara a sus hermanos de una manera que no los impactara, quería hacerlo quedar como el mal ejemplo.

Entonces, Bradley siguió hablando.

—No habrá boda porque Emma primero necesita comprobar que no se casará con un inútil.

—Por supuesto que no se casará con un inútil. —Shizu estaba harta. Siempre se decía que estaba harta. Bradley alzó una mano para callarla. Shizu miró a Colin, quien parecía que estaba a punto de ponerse a llorar, mirando su plato todavía lleno. Ahora Shizu se sintió impotente.

—No entiendo —habló Heidi. Nunca había escuchado de una prueba antes del matrimonio.

—¿Qué no entiendes, princesita? ¿Por qué Emma necesita comprobar algo que se nota a leguas o por qué tu hermano es un inútil? —sonrió con una dulzura cínica hacia su hija más pequeña.

Colin apartó su plato, diciendo:

Tú ganas.

Todos lo miraron. Estaba llorando.

—Cole. —Theresa lo tomó de la mano con el corazón destrozado.

—Después de tantos años tratando de nadar contracorriente, tú ganas —retiró su mano y se puso de pie—. Es verdad que soy un completo inútil, un maldito error, no valgo nada. Lo reconozco, y tú ganas.

El corazón de Bradley comenzó a latir de prisa, ahora se sentía vivo y en la cima del mundo. Los más jóvenes sintieron ganas de llorar, nunca iban a acostumbrarse. Colin se secó las mejillas con la manga de su camisa blanca, recogió su celular de la mesa, rozando con la mirada rota de Theresa, y se marchó.

⠀⠀

—No te preocupes. Le subiré el ánimo esta noche. —Emma habló al teléfono, subiendo al ascensor con una bolsa de papel del supermercado. Nunca antes había ido al supermercado sin su papá, pero quería cocinar su básica salsa de espaguetis con productos frescos—. Cocinaré para él. La verdad, se trata de mi táctica para que cene esta noche. Si me contó que le bajó el azúcar significa que realmente se sintió mal.

—Pienso lo mismo. Él no habla de eso a menos que esté demasiado mal —dijo Eugene.

No había tenido comunicación con Colin, ninguno de sus amigos había tenido, así que Emma era la única fuente de información que tenía sobre su mejor amigo. Emma le había contado con detalles todo lo que había pasado desde anoche, pero no mencionó la razón por la cual Colin estaba desecho, porque ni ella misma lo sabía, lo que le hizo pensar que la crisis ya no tenía que ver solo con aquellos mensajes raros, debió haberse mezclado con algo más, que la hizo lo suficientemente grande como para aplastarlo.

—Tal vez al final decida contarme qué le está pasando.

—Siempre termina contándote, Emmy.

—Sí. Pero sigo pensando que su papá es el eje central.

—Probablemente lo sea. Ese idiota lo está enfermando.

—Por eso me alegra que nos vayamos antes —se inspeccionó al espejo, con el vestido floreado que estaba usando—. Hace semanas que quiero sacarlo del techo de su papá.

—Vendrán cosas buenas, Emmy. Lo presiento.

Emma sonrió un poco. El optimismo de Eugene le hizo sembrar mayor esperanza. A continuación, la compuerta se abrió en el piso, y vio a su plan de la noche arruinado, había música en el ático y escuchó risas provenientes de la terraza, se despidió de Eugene, y guardó su celular en su pequeño bolso cuadrado. Desde la sala olió la barbacoa y pudo visualizar a toda su familia reunida, riendo, hasta Olimpia se hallaba presente. Entonces, decidió pasar primero por la cocina para dejar la bolsa del super, ahí encontró a Bruno.

—Emma —sonrió enorme.

Hacía dos semanas que no se veían. Emma hasta había pensado que Bruno se regresó a Brasil.

—Hola —dejó la bolsa sobre la mesada.

—¿Cómo estás? —agarró dos six pack de botellas de cerveza y los metió al refrigerador. No esperó la contestación de Emma, continuó hablando—: Tío Jakey me invitó a su barbacoa especial. Me dijo que no me atreviera a llegar sin cerveza, específicamente Stella, que me mandaría a la licorería a comprarla de todas formas. Así que, acabo de llegar también.

—Son para Colin —pensó en alto. Ellos esperaban que ella lo invitara.

Bruno frunció su ceño con la cabeza metida en el refrigerador.

—¿En serio? —regresó a mirarla con la expresión relajada.

—Sí. Ellos prefieren Heineken. —Y con ellos se refería a su papá y a su hermano—. Cole la Stella.

El plan del domingo en la noche de Bruno no implicaba hablar sobre qué puta marca prefería Colin, mucho menos comprarle cerveza. De haberlo sabido, habría recorrido todas las licorerías de Manhattan en busca de una jodida cerveza Antarctica, aunque le llevara toda la noche, a ver si el imbécil estaba conforme.

—Ah. Tu papá no mencionó esa parte.

Emma suspiró. La situación no estaba bien. Abandonó su bolsa en la mesada y se dirigió al balcón. Ni siquiera estaba recordando que su hermano no sabía aún sobre la mudanza. La recibieron como si fuese una cumpleañera a quien debían gritarle sorpresa, pero no gritaron sorpresa.

—¡Emmy! —gritó Gillou.

Bianca también estaba.

—¡Llegó la sinvergüenza! —J.J. se le acercó con ganas de cargarla sobre su hombro como a una bolsa, pero Emma usó sus manos como barrera, se encontraba usando un vestido, y hasta Gael estaba presente, pero eso no detuvo a su hermano, quien de todas formas la cargó, y le estiró la falda hacia abajo.

Olimpia dio aplausos cortitos, diciendo:

—Nos reunimos para darte una linda despedida.

—Desde ahora, julio será un mes horrorosamente vacío —habló Jake, sosteniendo una botella.

Nadie dijo que soltarla sería sencillo. Era el hombre más feliz de la ciudad porque su florecita estaba llena de vida, pero, a su vez, dejarla ir le provocaba un dolor de pérdida. Le había prometido a Bianca que esa noche no haría esa clase de comentarios deprimentes, pero realmente se le había escapado ése.

—¡Pero si el 30 cumplirás años! —Gillou recibió un golpe en la frente de parte del casi novio de su madre. Cumplir años ese mes le hacía todo mucho más pesado al pobre papi suegro. No pudo haber nacido en agosto, ¿cierto? Su amada madre tuvo que haber roto bolsa precisamente el penúltimo día de julio.

—¿Puedes bajarme? —Emma le dio golpecitos a J.J.

J.J. la bajó, mientras decía:

—Mereces que te eche en el jacuzzi. Le rompiste el corazón al anciano —apuntó a su papá, quien levantó su botella al escuchar cómo lo había llamado—. Es que no podías esperar para mudarte en agosto, ¿cierto? Te ausentarás en su cumpleaños. ¿Y sabes cuántos años cumplirá?

—Omite esa información, hijo. Por favor.

Emma bajó sus manos. Temía que alguien señalara el cumpleaños de su padre en algún momento. Sí... Iba a ausentarse, porque no pensaba regresar a la ciudad en mucho tiempo, pero, ey, pensaba hacer una videollamada creativa con globos, incluso había pensado en destapar una botella exactamente cuando su papá contestara. Bruno apareció en escena, saludando. Emma no supo qué decir para defenderse, pero el mismo J.J. la salvó, después de primero haberla condenado.

—Estamos demasiado felices por ti.

Emma esbozó una sonrisa. Bruno no entendía qué demonios estaba pasando.

—Y era broma. No necesitas esperar hasta agosto para mudarte —continuó J.J. —, no necesitas esperar nada. Es tu vida, Emmy. Estás viviendo tu vida. No quiero recordar momentos tristes —sus ojos se aguaron, y los de Emma también—, no en un momento como este, pero verte haciendo planes tan grandes nos llena de orgullo a todos. Te quiero, Emmy. Te quiero de la manera más real que un niño, que ni siquiera sabe hablar tu idioma correctamente, puede quererte. Y no soy egoísta. Quiero verte feliz, y si mudarte con Colin te llena el pecho de felicidad, múdate en este preciso instante, florecita.

Emma lo abrazó, lo abrazó con todas sus fuerzas.

Bruno sintió temblar en ese preciso instante. Ella se iba a mudar con su novio idiota. Y él estaba ahí para celebrarlo sin siquiera saberlo. Esa barbacoa tenía la única finalidad de celebrar que Emma había tomado unas de las decisiones más importantes de toda su vida. Viéndola sonreír entre lágrimas dispersas, abrazando a su hermano y a su papá, Bruno finalmente se rindió. No podía seguir esperando algo que no llegaría jamás. Emma estaba enamorada de alguien más. Necesitaba aceptar y soltar. Así, en un momento donde ella se encontraba hablando con Gillou y Gael, Bruno se acercó para abrazarla con todo su amor.

—¡Vino el honorable! —exclamó J.J.

Emma soltó a Bruno inmediatamente, y giró. Colin tenía una cara de no querer estar ahí, pero eso no fue precisamente lo que llamó la atención de Emma. Las ojeras. Dios. Estaba completamente marchito. Roto, herido, maltratado. No se dio cuenta de que empujó a Bruno para abrirse camino hasta él. Todos se quedaron callados cuando Emma lo tomó del brazo, sacándolo de la escena para dirigirse a su habitación.

—Quiero saber qué te está pasando —le pidió Emma después de trancar la puerta.

—Nada realmente importante —contestó con indiferencia hacia sus propias emociones.

Emma se tragó sus lágrimas. Buscó su otro bolso, de donde sacó las dos medallas.

—¿Esto tampoco es importante? —las levantó.

Colin se sentó en el borde de la cama, odiándose por haberse permitido mostrarse esa noche.

—No sé qué quieres que te responda, si las encontraste en la basura.

—¿Qué pasa? —se sentó a su lado, sonó desesperada.

—Nada —insistió.

—¿Tu papá te hizo esto? —lo agarró de la mano.

Colin miró al techo. No se permitió llorar.

—Ya le di su medalla de vencedor.

—Cole —lo abrazó, colocando la cabeza de él sobre su pecho.

Colin parpadeó, mirando el reflejo de ambos en el ventanal, y echó una lágrima.

—Todo está negro.

—Entonces, deja que lo pinte para ti.

—Eso no funcionará esta vez.

Emma cerró sus ojos.

—Necesitas descansar. Descansar de verdad. Déjame avisarles que dormiremos temprano.

—No les digas nada.

—No les diré nada, mi bebé —se puso de pie nuevamente, pero no se fue de inmediato. Lo observó boquiabierta, quería decirle algo, pero se quedó en blanco al dimensionar la manera en la que el aspecto de él reflejaba todo el dolor que estaba soportando. Se sacudió cualquier pensamiento al respecto—. Tú solo acuéstate, ponte cómodo, y regreso en seguida.

De nuevo se quedaron callados cuando Emma apareció en el balcón, se estaban preguntando qué será que le estaba pasando a Colin. Estaban preocupados. Todos habían notado esa cara con esas ojeras.

—Colin está enfermo y debo atenderlo. Tal vez el martes podamos organizar otra barbacoa.

—¿Qué le pasa? —preguntó Olimpia, llevando una mano a su pecho.

—Migraña —sus ojos se aguaron.

Estaba mintiendo, ellos lo captaron.

—De acuerdo...—Jake dedujo que Colin estaba atravesando una especie de ataque de ansiedad, es que recordaba la vez en la que Emma les advirtió que el muchacho padecía de ansiedad generalizada, aunque siempre había pensado, solo diciéndoselo a Bianca, que Colin padecía de unas cuántas cosas más. «No lo digo en mala onda, pero se me hace que tiene más de un problema»—. Llévate unas costillitas.

—No te preocupes. Buscaré algo en el refri —se marchó.

Todos se miraron.

En el refrigerador, halló emparedados de jamón, que una mucama siempre les dejaba preparados; recogió dos botellas de agua y una lata de gaseosa, llenó sus brazos y cruzó por la sala, siendo observada por su familia, hasta que desapareció en el pasillo. Lo halló acostado, no habló al principio, trancó la puerta con llave y dejó toda la comida sobre la cama, a continuación, se sentó sobre sus rodillas, a los pies, sobre el colchón, y le sacó los zapatos junto con los calcetines, le dio masajes en los pies.

—Necesitas cenar.

—Hoy no quiero cenar.

Dejó los pies y gateó hasta el medio, de nuevo se sentó sobre sus rodillas, al costado de él.

—Cenemos juntos —sacó por la mitad el papel que envolvía los emparedados y le dio uno.

Mordieron al mismo tiempo.

Colin ni siquiera sentía ganas de mover su mandíbula para masticar. Emma llevó su cabello detrás de su oreja, mirando su emparedado, que sabía delicioso, pero que no estaba disfrutando. Debía hallar un tema que le permitiera a él cenarse ese emparedado, es decir, debía distraerlo de su mente con algo grande.

—Planeemos algo bonito para mañana.

—No se me ocurre mucho —lo estaba intentando.

Emma lo agarró de la pierna con emoción, también lo estaba intentando.

—Podemos ir a Coney Island para cerrar nuestro verano. Al parque de atracciones.

—Si tú quieres.

—Podemos ir de tarde y cenar algo rico. Ganaré un osito de peluche para ti —sonrió.

—Suena tentador. —Su voz no acompañaba el contenido de su discurso. Sonaba apático, amargo, distinto al entusiasmo que Emma le estaba dando. Le dio otro mordisco al emparedado, que en el fondo no le sabía mal, pero su estómago enredado le estaba suplicando parar—. Ya no quiero más. Ya me llené.

—Sé que puedes darle otro mordisco.

—No quiero más.

Emma abrió su boca y miró el emparedado de Colin. No había comido ni la mitad.

—De acuerdo. Bebe agua —le pasó una botella y tomó el emparedado para dejarlo sobre la mesa.

—Discúlpame por arruinarte la noche. —Tenía su mano sobre la tapa de la botella. No podía dejar de pensar en que ennegreció la barbacoa familiar de ella—. Pensé que solo estaríamos tú y yo, así entendí.

—No arruinaste nada —abandonó su emparedado sobre la mesa y se acercó a acariciarle la cara, mirándolo con ojos de amor—. También pensé que estaríamos solos. Estaba por llamarte para informarte sobre el cambio, supuse que no estarías cómodo. No creas que arruinaste algo. Les dije que tienes migraña, y ellos son increíblemente comprensivos, deben serlo, teniendo a alguien como yo en la familia. Deben ser.

—¿Teniendo a alguien como tú? ¿Qué significa eso? —hundió sus dedos entre el cabello de ella, al costado, viéndola con ojos cansados, pero con suficiente fuerza para contemplarla como la primera vez.

—No hablemos de mí —agachó su cabeza para darle un beso en los labios.

—Tampoco de mí —pidió.

Pero Emma quería hablar de él, quería saber qué le había pasado en esos días.

—Está bien. Me ducharé, y después podemos descansar —giró la cabeza para mirar el reloj de la alcoba. Recién estaba alcanzando las ocho, ni siquiera había llegado la puesta del sol, y ya se iban a dormir, supuestamente, Emma estaba bastante segura de que no dormirían esa noche.

—Bien.

Pero Emma se llevó una sorpresa cuando salió del baño. Colin estaba acostado de lado, tratando de dormir, tenía sus piernas flexionadas en posición fetal, es que hasta el aroma de las sábanas de Emma se sentía bien, porque olían a ella, su dulce nena, pero, aunque sus párpados se encontraran cayendo del cansancio, no podía apagarse por un rato, no podía dejar de pensar en las fotos, en el beso, en todo eso, sobre todo ahora que se encontraba con ella, pensaba que tenía la obligación de contárselo todo antes del miércoles, pero tenía mucho miedo, ni siquiera sabía por dónde empezar. Emma se paró al costado de la cama, pensando, recogió su cabello de forma desprolija con un elástico, y subió a la cama con su holgada ropa de dormir de seda, seguidamente, lo desvistió hasta dejarlo en bóxer. Colin tomó posición, colocando su cabeza sobre la panza de Emma, y la abrazó fuerte, mientras recibía caricias por lo largo y ancho de su espalda. Emma pasó sus dedos con delicadeza por las vértebras superiores que sobresalían en la piel, esa noche se permitió temer, iba a llevarlo a un especialista, así tuviera que arrastrarlo ella misma.

La sacó de sus pensamientos con caricias alrededor de su ombligo, por debajo de la blusa. Quería tocarla, no de forma sexual, quería sentir el calor y la suavidad de su piel contra la de él, y ella lo entendió, cielos, ni siquiera le habló, pero le entendió. Emma se recostó sobre sus codos, como señal para que se apartara un momento, y se quitó la ropa, quedándose únicamente en bragas. Entonces, se abrazaron. Ella acercó su cabeza al pecho de él, y él la protegió entre sus brazos, fingiendo que no era al revés. Ella lo estaba protegiendo a él, y probablemente ella no tenía idea, no tenía idea de que el mundo se le estaba cayendo encima, que su relación era lo único que seguía en pie. Como siempre. Necesitaba que alguien le dijera que iban a superarlo, porque su corazón estaba sangrando en su mano, muriendo de cansancio, perdiendo la esperanza, llorando de dolor.  

¡Hola! Espero que estén bien, independientemente a la tristeza de este capítulo. 

¡Cuéntame cuál es tu escena favorita y cuál es la que más te entristeció!

¿Cómo va el optimismo? ¿Creen que Colin le contará todo a Emma en el siguiente capítulo? 

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