4: Inútil
—Sabía que no iban a estar aquí a las siete —resopló.
Shizu, una mujer canosa, guardó un pastel de manzana en el refrigerador mientras oía como Colin se desplazaba en la cocina de una esquina a otra. «Pobre niño», meditó en su adentro cuando giró a verlo, tan estresado. Le daba rabia, mucha rabia, como Bradley ni Theresa cumplían con sus palabras cuando de Colin se trataba. Observó el reloj colgado en la pared. Eran las 6:55 p.m., aún tenían cinco minutos.
—Normalmente llegan y media —le comentó ésta.
—Pero dijeron que hoy no —paró de caminar y sacó su teléfono sin notificaciones importantes—, por eso le pedí a Emma que viniera a las siete; tenerla esperando solo provocará que se sienta más nerviosa.
—Pues, yo creo que tú serás quien provocará que se sienta más nerviosa. Quieres que Emma se ponga cómoda cuando tú estás caminando de un lado a otro como si tuvieras serios problemas mentales, ya cálmate. ¿Qué es lo que tanto te preocupa? Tu papá no permitirá que Emma lo califique como amargado, será pura sonrisa encantadora, ya sabes cómo me encanta tener invitados en la cena. Brad es otro Brad.
—¡Madre de Dios! —proclamó histérico.
Era Emma.
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Bebita: Estoy esperando el ascensor.
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Colin suspiró entre cortado y respondió:
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Oschner: Te espero frente a las puertas
Emma observó el teléfono que sostenía con sus manos sudorosas; la taquicardia que estaba sintiendo era digna de una sala de emergencias, estaba sudando como si se encontrara girando dentro de un horno microondas, un calor propio la estaba haciendo sudar frío. Bebió una taza de té antes de salir de la torre, erró porque lo que ella necesitaba era una jarra de té con píldoras tranquilizantes. Ahora también estaba sintiéndose patética porque durante el día les anunció a todos «No estoy tan nerviosa por cenar con mis suegros, ya pasé por situaciones más complicadas en el pasado», a lo que su familia le preguntó si estaba segura, entonces, les respondió «Claro que sí, no tendría porqué mentirles», bueno, no solo les mintió a ellos, sino también a sí misma porque su pensamiento fue claro al principio; había pasado por situaciones más complicadas en el pasado, pero, en ese momento, metida en el ascensor que la familia Oschner frecuentaba todos los días, ahí mismo, se dio cuenta que esa era la situación más complicada que había atravesado, por supuesto que no era cierto, pero su ansiedad estaba segura de que así era.
Sacudió su palazzo blanco frente al espejo, y acomodó el pecho de su blusa, que no tenía mangas, era del mismo color que el pantalón. ¿En qué demonios estaba pensando cuando eligió un atuendo completamente blanco? Debió haber elegido el negro para disimular toda esa... gordura. Giró para inspeccionarse el culo, entonces, el ascensor se abrió y sus cejas les expresaron todo a Colin; se quería morir.
Con sus pequeños tacones pisó el ático, y sacudió sus manos a los costados de forma acelerada mientras lo miraba con la barbilla arriba. No estaba controlando su cuerpo ni mucho menos sus emociones, estaba catalogando la situación como si fuera el mismo fin del mundo.
—Ellos no llegaron todavía —le informó Colin.
Emma suspiró profundamente y sacó de su pequeño bolso blanco un paquete de pañuelos, quitó uno y comenzó a secarse las axilas. Típico escenario. Se iba a morir, sus poros sudorosos se lo estaban informando. Colin le quitó el pañuelo, guardándolo en su bolsillo trasero de su pantalón vaquero, y se le acercó para acariciarle el cabello hacia atrás, odiaba verla así, tan fuera de sí.
—Podemos hacerlo otra noche, si no te sientes bien —le propuso ahora, tocando la barbilla de ese rostro completamente colorado por un acaloramiento producto de unas emociones normales descontroladas.
—¡Qué! —gritó estresada.
No iba a extender esa ansiedad.
—Colin —le llamó Shizu.
Emma se paralizó como un animal haciéndose el muerto frente a un predador.
—Es Shizu —le comunicó, tomándola de la mano para adentrarla al ático.
—¿S-Shizu? —balbuceó.
En la sala estaba Shizu, colocando música clásica en un tocadiscos moderno.
—Tu papá odia este disco, pero yo lo amo —comentó Shizu, y volteó.
Sorpresa.
Emma tenía el cuello ligeramente escondido entre sus hombros frente a la mujer mayor oriunda del Japón. Shizu sonrió y frotó el brazo de Colin, viéndolo a los ojos, como queriendo decirle «Es preciosa».
—Y ella es Shizu. —Colin miró a Emma.
—Disculpa. Mis manos están sudando. —Emma flexionó sus piernas para achicarse más y se arrimó contra Colin. Se castigó mentalmente por haber soltado tal comentario innecesario; en cambio, Shizu, pensó inmediatamente que ella era adorable, sobre todo porque tenía una estatura tan corta junto a Colin.
Shizu golpeó el aire frente a su cara con pinta despreocupada, y se acercó a darle un corto abrazo.
—Tranquila, y bienvenida —Dio un paso atrás.
Colin sonrió con la nariz arrugada cuando se fijó en la calma que invadió el cuerpo de Emma por segundos. Emma esbozó una sonrisa forzosa, así, forzosa, porque no lograba asimilar nada de lo que estaba pasando. Shizu les informó que iba a calentar la cena, aunque Emma no alcanzó a escucharla.
—¿Te soy sincero? Shizu es la más difícil de conquistar —dijo Colin.
—¿Q-qué? —lo miró, estaba temblando.
—Es buenísima persona, pero también es la clase de nana a quien no se le conquista a simple vista, y tú acabas de hechizarla —rió.
No quiso añadir que Shizu siempre detestó a Rebecca, porque no deseaba mencionarla en un momento tan importante, y porque nunca la mencionaban, era como el tema prohibido, y no porque fuera la antigua, sino porque a él le avergonzaba recordar lo enfermo que alguna vez estuvo.
—Lo dices para que me sienta mejor —suspiró.
—Te juro que no —sonrió un poco.
Emma sacudió la cabeza de un lado a otro y recobró su viveza natural. Inspeccionó la sala con la mirada; le pareció interesante que los Oschner fueran la clase de familia que aún coleccionaba un montón de portarretratos en un mueble especial para ello. Emma se acercó sin preámbulos y tomó entre sus manos un portarretratos que exhibía la boda de Bradley y Theresa en una enorme y elegantísima iglesia. Theresa, Theresa entraba en la categoría de mujer que se considera irreal porque su belleza era algo sobrenatural, la manera en la que se conservaba a través de los años no era normal, y su vestido de novia en la foto la había dejado como una princesa de cuentos de hadas. Tomó un segundo portarretratos en el que Colin estaba posando después de haber recibido su Primera Comunión a los nueve años.
Emma sonrió y lo empujó.
—Mírate, hasta pareces buen niño —le tocó el abdomen.
—Porque aún no te conocía —le sacó el portarretratos y lo colocó en su lugar.
Emma rió y apuntó un portarretratos que sobresalía de importancia entre los demás.
—¿Por qué no estás ahí? —preguntó.
La familia Oschner tenía una fotografía con el Pontífice.
—Eh, Colin no estaba disponible en ese momento —respondió.
Lo entendió.
Colin no era Colin.
Emma se acercó y le dio un beso en los labios.
—Te amo —se dijeron al mismo tiempo.
Oyeron cómo las puertas del ascensor se abrieron.
—¡Tengo hambre! —gritó Mercy con un tono que imitaba un animal feroz, quizás un tiranosaurio rex.
Emma sujetó su bolso con fuerza y se apartó un paso de Colin.
—¡Shizu, lamento haberte dejado la responsabilidad de la cena! —exclamó Theresa, lanzando unas carpetas sobre la consola de la entrada, estaba luciendo un hermoso y sofisticado traje negro—. ¡Es que June me llamó llorando, su abuela enfermó y no sé qué más! ¡Tuve que darle la noche libre! ¡Ya sabes!
Theresa se adentró al ático con su tropa de niños (no tan niños). Cada uno de ellos se quedó pasmado al descubrir a Emma en pleno apartamento, no imaginaron tanta puntualidad de parte de la misma.
El chequeo duró un par de segundos por ambas partes; el lado de Theresa se maravilló por lo hermosa que Emma lucía con ese elegante atuendo, aunque la notaron ciertamente diferente en relación a la primera vez que la vieron, tampoco sabían qué era exactamente lo que tenía de más; en cambio, Emma, dedujo en ese par de segundos la rutina de cada uno, pues Cathy lucía fresca con ese cabello húmedo y traía ropa de gimnasia, era obvio que salió de una clase de natación; Mercy sostenía libros, probablemente pasó toda la tarde estudiando en casa de una amiga para los exámenes finales, ya que era una mala estudiante, pero buenísima aspirante a estilista profesional; Heidi cargaba una enorme libreta blanca, quizás pintaba en una academia de artes, y, por último, Thomas llevaba, sobre su hombro, una raqueta de tenis protegida dentro de su respectivo estuche negro.
«Mantienen a sus hijos ocupados y hacen coincidir los horarios de sus actividades para que no noten su ausencia. Qué ingeniosos». Emma se avergonzó de su propio pensamiento; no era nadie para acusarlos de esa manera, pero fue lo primero que le llegó a la mente. Entonces, se ruborizó más de la cuenta, porque era una sinvergüenza a la hora de señalar a los demás. No era así normalmente, en serio que no, mas estaba enajenada con todo lo que escuchó de la boca de Colin la noche anterior, que decía que Bradley lo odiaba, Emma ya no podía verlo como otra cosa más que un mal padre... ¡Y odiaba etiquetar!
—¡Emma! —Theresa fue la primera en reaccionar y se acercó como una suegra amorosa. Le dio un abrazo después de preguntarle cómo estaba, no esperó respuesta y tomó a Colin del brazo para decirle—: Llegué a la oficina y todo el mundo me felicitó por ti, me emocioné tanto que hoy destaparé una botella.
Emma se quedó inmovilizada luego de aquel corto abrazo, sintió como si el perfume de Theresa acabara de bailar dentro de su cabeza porque tocó cada rincón de su mente, es que todo en esa mujer era perfecto, y ella... ella no quería pensarlo demasiado porque su autoestima había tocado fondo el sábado (gracias, Marina), e imaginar la calidad de los genes Oschner-McClain le iba a traer grandes problemas. Pero, centrándose en algo más que la belleza inigualable de Theresa, aún no podía asimilar que terminó siendo novia del hijo de la mujer que había admirado desde niña, de la mujer que le había inspirado en más de una ocasión con las entrevistas en las que hablaba sobre el empoderamiento. ¿Cómo fue que terminó ahí?
—Todo sale mal cuando destapas una botella, madre —le recordó Thomas.
La última vez que Theresa destapó una botella de champaña, pues... golpeó con el tapón a un empleado, ocasionándole un chichón. Thomas tenía el deber y la obligación de recordar esa clase de grandes errores.
Cathy se acercó a Emma, y le pasó una mano.
—Hola, soy Cathy.
Una Colin en proceso.
—Hola —le saludó Emma, y logró esbozar una sonrisa que no se viera forzosa ni nerviosa.
—Y yo soy Mer —se metió Mercy, empujando a su gemela a un lado—. Ya sé, somos gemelas idénticas, por lo que estarás preguntándote cómo diantres harás para identificarnos, solo recuerda que yo soy la glamorosa de esta relación amor-odio.
Una aspirante a modelo, estilista y escritora en jefe.
—Es una relación simbiótica —le corrigió Colin.
—¡Cómo te atreves! —le regañó Cathy.
Emma no sabía qué hacer o decir.
Optó por sonreír... como estúpida.
Theresa se dirigió a las escaleras.
—¡Ayuden a Shizu! —les ordenó a sus hijos.
—Yo soy Thomas —habló éste, dejando su raqueta contra el sofá para dirigirse a la cocina.
El niño que deseaba lograr todas las medallas académicas de su hermano mayor.
—Di, ¿no vas a saludar? —le preguntó Colin.
La preadolescente demasiado introvertida para decir «Hola».
Heidi miró a Emma, y se dirigió inmediatamente a la cocina con su libreta y todo.
—Di es introvertida —le explicó Mercy; a continuación, se marchó a la cocina con su hermana gemela.
Y la sala quedó para ellos nuevamente.
—Heidi me odia —soltó Emma.
—Claro que no. ¡Heidi! —Colin la llamó.
Emma lo golpeó con su bolso, diciéndole:
—¡Sh! No la fuerces.
—No te odia. Si la primera vez que se vieron, dijo delante de ti que eres hermosa —le recordó.
Realmente, Colin nunca imaginó que su hermana pequeña reaccionara de esa manera, creyó que con Emma sentía una rara confianza porque esa primera vez sorprendió a todos cuando habló frente a ella.
—Bien. Porque no sé si pueda superar que no le caigo bien a tu mimada —respondió Emma.
—Mi mamá le llama timidez, pero todos sabemos que es algo más —le confesó.
Emma suspiró de forma involuntaria.
—Lo siento —dijo, mirándolo.
—Tranquila. Sé que ella estará bien —contestó.
Siempre admiró el optimismo de Colin.
—¡Dios! ¡Cómo odio ese disco! —exclamó Bradley.
El rey acababa de llegar.
Emma abrió los ojos de par en par. «Si sobrevives a esta presentación, nada puede pararte después», pensó al tiempo en que comenzó a sudar de nuevo. Tragó saliva y miró a Colin, quien transformó su cara medio seria a una cara de seriedad total que espantaba.
Bradley pisó la sala con su elegantísimo traje de director ejecutivo de su propia firma.
Emma se quiso morir, otra vez.
Colin tenía mucho de Theresa, pero, con ese cabello rubio y esos ojos azules, cualquier persona señalaría el notable parecido que tenía con Bradley. Y Emma ya lo sabía, quiero decir, fotografías aquí y allá, pero tenerlo de frente fue impactante para su sistema visual. Qué ironía de parte de la naturaleza, que Colin tuviera los mismos azules intensos del hombre que le hacía la vida imposible, una desgracia.
Entonces, la sonrisa encantadora de Bradley apareció.
—Qué placer conocerla, señorita Miller.
Colin tensó su mandíbula con fuerza y contuvo su agobiante suspiro.
—Eh..., e-el placer es mío —contestó Emma.
Esa respuesta funcionaba en las películas.
Emma buscó y tomó la mano de Colin.
Bradley observó esa acción.
Ya sabía que su hijo le habló pestes sobre él a Emma, lo conocía como a la palma de su mano, sabía que se lamentaba con ella porque era un débil que no soportaba un par de palabras duras para enderezarlo, por lo que el cerebro de Emma ya estaba programado para odiarlo. Emma era joven y bonita. ¿Qué rayos estaba haciendo al lado del enfermo que él tenía como descendiente primero? ¿Dinero? Negativo, Emma era algo así como mitad Hamilton. ¿Fama? Poco probable, Emma mantenía un perfil bajo en las redes sociales. Bradley no encontraba ni una razón para que Emma anduviera con Colin. ¿Lo notaron? Jamás pensó en la probabilidad de que quizá, realmente, Emma se encontrara perdidamente enamorada de Colin.
Bradley juntó sus manos con un golpe de palmas.
—Qué emocionante será charlar durante la cena —le dijo. Emma se quedó muda. Charlar, charlar, charlar. Nada más divertido que charlar con Bradley Oschner—. ¡Tessa! ¡Ya es hora de comer!
—¡Gracias a Dios! —gritó Mercy desde la cocina.
Bradley dejó su saco sobre el sofá y se dirigió al comedor.
Emma volteó a mirar a Colin.
—¿Tienes hambre? —le sonrió, tomándolo de la cintura.
Mala, terrible, horrible pregunta.
—Me quiero morir —informó él.
Y era poco habitual que pronunciara esa frase.
Shizu le advirtió, que iba a ponerla ansiosa con su actitud.
—A comer. —Theresa apareció por ahí y cogió a Emma de los hombros por detrás para hacerla caminar hacia el comedor—. Espero que te guste la comida italiana, Emma, en esta familia la amamos, solo que yo soy celiaca, pero no hay receta que no tenga su versión libre de gluten hoy en día. Oh, qué emoción que estés con nosotros. Estamos realmente felices de que hayas aceptado la invitación —la soltó frente a una silla y le pidió que tomara asiento, por favor, luego, se dirigió a sentarse a la derecha de la cabecera.
Emma plantó su mirada en tanto despliegue de comida, y se sentó en la silla que Colin alejó de la mesa para que ella precisamente tomara asiento. Entonces, hizo una mirada rápida de las ubicaciones en la mesa de doce lugares, Bradley se encontraba en la cabecera, evidentemente, mientras Theresa a la derecha de éste; Thomas al lado de su madre; le seguía Mercy y Shizu; a la izquierda de Bradley se sentaba Cathy; a continuación, Emma estaba ocupando el asiento que normalmente pertenecía a Colin, quien esa noche se sentó en la siguiente silla y, por último, estaba Heidi, quien en la comida siempre se sentaba al lado de Colin.
—Qué bien se ve esto. —Bradley frotó sus manos.
—Es mi turno —les dijo Mercy.
¿Turno de qué?
Los niños cerraron los ojos e inclinaron la cabeza, también Theresa y Shizu.
Emma miró a Colin, quien recostó sus codos sobre la mesa y cubrió su rostro usando sus manos; en ese momento, se le olvidó que Emma no era cristiana, que estaba perdida sin tener idea de qué hacer, se le olvidó porque estaba tan estresado al anticiparse a los hechos.
Mercy tosió, esclareciendo su voz, y Emma agachó su cabeza para verse las uñas; ella y Bradley eran los únicos con los ojos abiertos, aunque el segundo también estaba mirando hacia abajo, hacia los cubiertos, aguardando a que Mercy hablara.
—Dios mío, te agradecemos por esta apetitosa cena, que me hará romper mi dieta estricta —suspiró, lamentándose, pero sin dejar la seriedad—, bendice estos alimentos y a las personas que los prepararon. Te pedimos que recuerdes a los que no tienen qué comer. Ah, y gracias por permitir que hoy Emma esté cenando con nosotros, sin más que decir... Amén.
Su familia respondió con otro amén mientras Emma ardía del rubor.
—¡Comamos! —exclamó Mercy.
Emma levantó la barbilla y encontró a Mercy asaltando una bandeja de espaguetis.
—Emma, sírvete lo que quieras —le animó Theresa.
—Sí..., gracias.
Colin tomó el plato de Emma para servirle una porción de lasaña; lo hizo porque era atento y, sobre todo, porque sabía que ella se encontraba en una posición demasiado incómoda como para servirse comida sin que le temblequearan las manos. Colocó el plato frente a ella, y lamió la salsa que manchó su dedo, apetecible, mas no lo suficiente, tomó una pequeña porción de espaguetis para colocarla sobre su plato.
De pronto, Bradley golpeó la mesa, y Emma se sobresaltó.
—Cómo odio este disco. ¿Quién lo puso? —les interrogó.
—Yo lo puse, y debes aprender a apreciar la música —respondió Shizu.
—La ópera me pone tenso. Shizu, estás ganando que lance tu disco a la basura.
—A mí me gusta —comentó Thomas.
—Eh, Emma, me encanta tu ropa. Iba a decírtelo cuando llegué —señaló Theresa.
Emma se miró la blusa.
—Gracias —contestó, casi susurrando.
Al menos acertó con la ropa.
Mercy alzó sus manos y comenzó a calcular con los dedos.
—Llevan siete meses, ¿cierto? —les preguntó.
—Cumplimos siete meses el ocho —contestó Colin, quien se hallaba enrollando muy lentamente los espaguetis en su tenedor, sin levantar mucho la barbilla. No quería hacer nada que provocara a Bradley.
—Uf. Siete meses con Cole —bromeó Cathy.
—Bueno. Rebecca lo aguantó por años hasta que no pudo más —les recordó Bradley.
Oh, cielos...
Emma sintió una presión en su pecho, una rabia, un impulso.
—Ella nunca lo amó —soltó.
Todos levantaron sus miradas para verla.
Sorprendente.
Demasiado sorprendente.
Colin tosió una vez, iba a cambiar de tema, pero la sorpresa continuó.
—Entonces, tú sí lo amas. —Bradley le estaba sonriendo, mas era puro cinismo.
—Colin es lo más importante que tengo, además de mi familia —contestó con firmeza.
Hubo un silencio a continuación.
Bradley se quedó callado.
—Me invitan a la boda, chicos —les pidió Mercy.
Emma sonrió y, con disimulo, posó su mano izquierda sobre la pierna temblorosa de Colin. Ninguno de los dos podía creer que ella acabara de enfrentar de esa manera a Bradley; en verdad, es que se enrabió tanto al escucharlo mencionar a esa mujer que marchitó a su dulce Colin. Emma se encontraba sintiendo una palpitación intensa en su cuello, como una extraña adrenalina. Pero fue un impulso del que no se arrepentía.
—No me cabe duda de que Colin siente lo mismo —mencionó Theresa con una sonrisa. Colin seguía serio, no había forma de robarle una sonrisa, es que odiaba esa situación—. Y Emma, Colin mencionó que planeas dedicarte al negocio de tu familia, que esperas ser la segunda Holly Balmer.
—Emma no será la segunda Holly Balmer porque será la primera Emma Miller —habló Colin, al fin, aunque su tono de voz estaba lejos de sonar agradable, más bien, se escuchaba demasiado irritado.
Emma esbozó una sonrisa por obligación.
—Realmente..., toda mi vida admiré tu trabajo —se atrevió a decir.
—¡Qué honor! —Theresa se emocionó, aunque eso ya lo sabía porque Colin se lo mencionó en una ocasión, que Emma la seguía de toda la vida—. Ah, se me acaba de ocurrir una idea espectacular. ¿Por qué no vas a visitarme en la oficina de Avant-Garde? Sería genial, muy genial, mis hijas nunca lo hacen.
—¿En qué momento esperas que lo hagamos, madre? —inquirió Mercy.
A Emma se le cortó la respiración por un instante.
Theresa era su ídolo.
—A Emma le encantaría —pronunció Colin.
—¿De verdad? —Theresa se entusiasmó.
—P-podría ir —respondió Emma.
—¿Qué te parece el jueves? —le propuso Theresa, rápidamente.
¿Jueves?
¿De esa semana?
¿Ese jueves?
—Ahí estará por la tarde —finalizó Colin.
Él deseaba que se llevaran bien.
—¡Muy bien! —dijo Theresa.
Emma pellizcó la pierna de Colin, a lo que éste rió por lo bajo.
—¿Qué curso tomarás este verano, Colin? —preguntó Bradley mientras se servía más espaguetis con salsa carbonara—. Haymitch me comentó en la mañana que su hijo se irá a Londres a tomar un curso, entonces, me di cuenta que tú nunca mencionaste la inscripción a uno.
Botón de pánico.
Emma se movió inquieta en su asiento, y miró a Colin de reojo.
—N-no tomaré cursos este verano —respondió sin verlo.
—¿Disculpa? —Bradley tosió y lo miró fijo.
—Quiero descansar —continuó sin alzar la mirada.
—¿Descansar? ¿Cómo? ¿Hasta que te acepten en el programa?
Dios mío.
Código rojo.
Emma comenzó a sudar.
Colin soltó sus cubiertos y lo miró, diciendo:
—Aplicaré para un máster de dos semestres en física teórica, y le ayudaré a Cohen a terminar su investigación, luego aplicaré para el programa de pre-medicina. Sé que eso no es lo que esperabas, pero ya tomé mi decisión. Cohen me dará una generosa carta de recomendación para la escuela de medicina, al igual que los demás profesores para quienes trabajé en los últimos cuatro años —siguió mirándolo.
Bradley soltó una carcajada.
—¿Es una puta broma? —preguntó.
Theresa se tapó la boca.
—No —respondió Colin, listo para recibir los gritos de su vida.
Emma le tomó la mano por debajo de la mesa.
—Perfecto, Colin, este es el momento en que te recuerdo quien te paga los estudios, y no pienso pagar por un máster de mierda de una profesión de mierda. ¿No te parece suficiente dos años de atraso? No puedo creerlo —apartó su plato con brusquedad. Emma saltó en su asiento por el susto, es que Bradley era tan violento en cada una de sus acciones—. Eres tan inútil que ni siquiera puedes tomar una sola buena decisión, maldita sea. No pagaré ese máster. Aplicarás al programa, no tienes otra opción, Colin.
—Yo se lo pagaré —se metió Theresa.
¿Qué?
—Tessa —Bradley la miró con la mandíbula tensa—, no accedas a sus delirios.
—Él quiere hacer el posgrado, Brad —masculló, ya estaba avergonzada frente a Emma.
De pronto, Bradley se puso de pie de forma violenta con una servilleta de tela en las manos. Los hermanos de Colin se encontraban mirando sus platos, avergonzados porque estaban delante de Emma, aturdidos por las palabras y el tono de voz de su padre. Shizu suspiró entre cortado. Theresa se hallaba completamente achicada en su asiento. Emma... Emma deseaba poder sacar a Colin de esa situación.
—Me avergüenzas, cada cosa que haces demuestra lo bruto y desconsiderado que eres con tus padres. Eres un inútil, Colin —le lanzó la servilleta—. No puedes hacer nada bien, ni siquiera tomar una decisión.
Colin se levantó.
—No soy un inútil —le respondió.
—Cole, siéntate —murmuró Shizu en una orden. Ella siempre lo defendía cuando tenía oportunidad de hacerlo, y también cumplía el rol de tranquilizarlo cuando rara vez éste se atrevía a contestar a Bradley.
Bradley se echó a reír, era consciente de que no podía decir mucho frente a Emma.
—¿Sabes qué? Desde esta noche ya no existes para mí —informó.
—Brad, no hagas esto —le suplicó Theresa.
Pero si ya lo había hecho, Theresa.
—Buen provecho a todos. Emma, espero que pronto vuelvas a visitarnos, nos encanta cenar con invitados. —Bradley golpeó la silla contra la mesa al arrimarla y se retiró del comedor, dejando un silencio.
Colin movió los cubiertos que estaban delante de él, y se marchó, sin decir nada.
Realmente, le pareció innecesario ofenderse o herirse por algo que siempre esperó; siempre esperó una escena como esa. Bradley se esforzó por no enloquecer frente a Emma, y Colin le dio un punto de mérito por eso, porque se había reprimido como en ningún otro momento familiar. ¿Qué? ¿Que eso no fue precisamente reprimirse? Emma acababa de conocer al Bradley medianamente calmado, y no tenía idea, que había otra versión apta para mayores de edad.
A Colin le pareció innecesario ofenderse o herirse, pero sus emociones, esa noche, no hablaban su idioma y no le entendieron. «¡Ya no puedes permitir que te afecte!», pensó con una sensación en su pecho que equivalía a un grito interior. Ya no sabía cómo debía hablarse a sí mismo.
Emma acomodó su cabello detrás de sus ojeras.
—Hablaré con él —les dijo a los que seguían sentados alrededor de la mesa.
—Emma, no conseguirás mucho con Colin alterado —contestó Shizu.
Demonios.
¿De esa manera apoyaban a Colin? ¿Dejándolo solo por la excusa de que se encontraba alterado y necesitaba calmarse precisamente solo?
Emma se puso de pie y tomó su bolso colgado en la silla.
—Eh... ¿Tienen agua con gas o agua tónica? —les preguntó tímidamente.
—Thomas, tráele una botella a Emma —ordenó Theresa. Thomas se dirigió inmediatamente a la cocina, ninguno de los hermanos se atrevía a hablar, ni siquiera la mismísima Mercy—. Emma, lamento tanto que presenciaras esta discusión; para Bradley, es importante que Colin priorice ciertas cosas, solo queremos lo mejor para cada uno de nuestros hijos, y se enrabió porque es la segunda vez que Colin abandona sus planes.
«No los está abandonando, solo los está posponiendo», pensó Emma mientras asentía ligeramente para darle a entender que la entendía; Emma entendía que Theresa no comprendía nada, que estaba medianamente del lado de Bradley, aunque deseaba que Colin fuera feliz, diciendo que pagaría el máster.
—Aquí tienes, Emma. —Thomas le entregó una botella de agua tónica.
—Debe estar en la terraza —le dijo Mercy sin despegar su mirada de la comida.
Emma asintió y se retiró tímidamente del comedor en dirección a la terraza; lo ubicó ahí, a través de las ventanas, estaba sentado en un sofá que miraba la ciudad. Ella empujó la puerta de vidrio y él giró el cuello para descubrirla, mas no se dijeron nada en el momento. Emma se sentó al lado de Colin, sobre una de sus piernas, y soltó el bolso a un costado; acomodó su cabello en silencio y descendió su mirada.
—Me enorgullece que sepas que no eres un inútil —susurró.
Colin no respondió, se limitó a mirar fijamente hacia el horizonte.
—Te traje una botella de agua, por si te sientes malito —añadió la misma.
—Mi dolor de mandíbula acabará conmigo —susurró sin dejar de mirar al frente.
Emma reaccionó de inmediato, alzó su segunda pierna para sentarse sobre sus rodillas y le obligó a que se recostara contra el cojín del respaldo, le acarició la cara placenteramente y luego se ocupó de masajearle bajo el lóbulo de la oreja. Colin resopló entrecortado con los ojos cerrados, pero, pronto la detuvo, como si acabara de recordar algo; apartó las manos que lo estaban mimando y solo se irguió.
—No puedo fingir que todo está bien —le dijo.
—Nadie está fingiendo eso, al menos yo no —respondió Emma.
—Perdón por usarte como escudo —continuó sin verla, ahora con su voz acabándose.
—¿Qué? —arrugó su frente.
—Yo sabía que él iba a reaccionar mal, que iba a querer estrangularme con sus propias manos, por eso te usé como escudo esta noche, porque sabía que no iba a gritarme, si tú estabas presente. No tienes porqué presenciar esta clase de conflictos míos y ponerte en medio fue un acto cobarde de mi parte.
—Cole, está bien lo que hiciste, mi amor —se le acercó y lo tomó de las manos, aunque éste siguió negándose a mirarla y ella sabía la razón—. Si quieres llorar, hazlo, porque tienes todo el derecho a llorar de rabia, frustración y tristeza. Tu papá y sus etiquetas de mierda, como «llorón» o «niñita», se pueden ir al demonio. Cole —insistió, inclinando la cabeza a un lado en un intento por mirarlo a la cara—, ¿estás?
—Quiero vomitar —contestó en la misma posición.
Emma destapó la botella y se la pasó.
Colin bebió en silencio mientras su estómago era un nudo comprimido que le provocaba náuseas dispersas, tenía taquicardia, pero no necesitaba mencionarlo en voz alta porque Emma ya lo sabía. Lo único que él podía pensar era en lo estúpido que fue al haber puesto a Emma en medio de ese problema.
—Yo también me siento a salvo cuando estás cerca —confesó ella, y él finalmente la miró; enseñándole esos ojos lagrimosos que se estaban aguantando para no soltar—. Siento que nada malo puede pasarme mientras estás a mi lado, por eso me gusta tomar tu mano cuando estamos en la calle. Está bien que usaras mi presencia para decirle a tu papá lo del máster porque es algo que yo también hubiese hecho.
Sin más, Colin dejó la botella en el suelo y se cubrió los ojos con las palmas de sus manos. Emma sintió un dolor en el pecho, de esos que provoca cuando ves llorar a quien amas. Lo tomó del cuello para traerlo hacia sus brazos y él lloró sobre el regazo de ésta con un desconsuelo que demostraba que ya no podía más, que era infeliz bajo el techo que supuestamente debía ser su fuerte contra los enemigos. Emma metió sus dedos entre ese cabello y lo acarició suavemente mientras escuchaba los sollozos que salían.
En esa posición, durante siete minutos.
Fue un llanto desgarrador.
Pero, de pronto, Colin se incorporó.
—Lo siento tanto —dijo.
—No acepto tus disculpas porque no tienen cabida. —Emma lo tomó de la mandíbula entre sus manos y se miraron a los ojos, el otro continuaba echando lágrimas—. Eres lo más importante que tengo, Cole.
—Sí, sí, sí tienen cabida porque te descuidé, todo el mes de mayo te descuidé, y tú eres increíblemente paciente conmigo, que a veces siento que no te merezco —frotó su nariz con una mano y se le aproximó más a ella—. Otra no aguantaría, Emma, no soportaría todo lo que tú soportas conmigo. Ya casi será un mes desde que no te toco, y no es que no quiera, mi nena, es que no puedo con todo, y decidí prestarles atención a otras cosas en lugar de a ti, y por eso te estoy pidiendo perdón, por ser un novio de mierda.
—Colin...
—Y ahora te estoy llorando —No le dejó hablar—, llorando en tus brazos en lugar de estar pasando un bendito primer lunes de vacaciones haciendo cualquier cosa menos esto. Si tan solo pudiera huir de aquí y llevarte conmigo, lo haría.
—Colin, Colin —lo agarró de las muñecas para capturarlo, y de esa forma llamar su atención, se sentó sobre él para enfocarlo—. Escúchame a mí, no le escuches a tu ansiedad, escúchame. Cuando acepté que me llames novia, lo hice con consciencia; yo siempre supe de la persona ocupada que eres, y ahora lo entiendo más que nunca, mi amor, ahora que conozco el calibre de tu papá, sé porqué le dedicas tanto tiempo a tus estudios. Una relación no se basa en estar todo el tiempo disponible para la otra persona, Cole, es verdad que muchas veces te extrañé demasiado, tanto como tú a mí, pero verte recibir el honor máximo en tu graduación, cielos, no tienes idea de lo orgullosa que me hiciste sentir, cada sacrificio valió la pena, solo quería gritar «Ese es mi chico» —tragó saliva y se acercó a rozar sus labios—. Yo esperaré el tiempo que sea necesario porque eso es exactamente lo que tú harías conmigo, ¿verdad?
Colin asintió, viéndola con una mirada entre reconfortada y todavía rota.
—Yo le esperaría toda la eternidad a mi nena —contestó.
—Ya nos vamos entendiendo. —Emma le presionó la punta de la nariz y sonrió antes de abrazarlo del cuello con todas sus fuerzas. Colin también la abrazó, pegando su nariz contra ella para llenarse del aroma de su nena, cerró los ojos, sintiéndose a salvo entre los brazos de Emma.
—No me cortaré el cabello —comentó en medio del abrazo.
Emma rió y se apartó, mordiéndose el labio inferior.
—Eso se merece... —comenzó a bailar sobre él mientras canturreaba— un baile porque Cole es el mejor novio del mundo, también el más inteligente, y no se cortará el cabello porque su novia es una caprichosa que baila para canalizar su energía sexual.
Colin escupió de la risa y Heidi abrió la puerta del balcón; Emma se quedó helada con sus brazos arriba, luego, se echó a un lado encima del sofá. La niña sostenía un plato con pastel de manzana y dos tenedores, fue obligada a llevárselos, sentía mucha vergüenza frente a Emma, algo casi paralizante.
—Ey, pequeñita —habló Colin.
—Shizu quiere que comas el postre —se acercó inmediatamente y le pasó el plato.
—Gracias, linda —lo agarró, mas no iba a comerlo.
Heidi se escabulló antes de que pudiera detenerla.
Emma tomó un pedazo de pastel con el tenedor y lo llevó a su boca.
—Mmm —gimió y le quitó el plato.
—Esta mañana reservé para un restaurante —comentó, viéndola comer.
—Oh, rayos —tapó su boca porque estaba demasiado cargada y colocó el plato a un lado cuando terminó de tragar—. Mañana vamos a celebrar tu graduación. ¡No lo olvidé! —lo agarró de los antebrazos y se aproximó a su cara—. Estoy emocionada porque hace semanas que no comemos a solas, y te amo. —esto último pronunció con los ojos enormes, que le causaban gracia a Colin cada vez que se expandían.
—Yo también lo hago; te amo —le limpió una crema blanca que se quedó en la barbilla de ella.
Emma unió sus labios, sin más, cuando Theresa frenó de golpe ante la puerta, pues iba a ofrecerles más comida, y no pudo evitar recordar a Rebecca, aunque hacía años que no la veía, había sido la primera novia de Colin, la primera que él había traído a casa para presentarla frente a su familia. Y todo con Rebecca salió mal. ¿Qué debía esperar de alguien a quien conocía de nada? Le asustaba imaginar que lo lastimaban otra vez porque solo ella sabía cuán sensible era Colin, es que había pasado tantos dramas con él.
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