38: Princesa guerrera

Colin se puso de cuclillas al lado de la cama. Emma se encontraba durmiendo de lado, con la boca abierta, tenía el cabello enredado y la sábana blanca le cubría hasta su pecho desnudo. Colin se mordió el labio, calculado su siguiente acción, y se acercó a la cara de Emma.

—Feliz cumplemés.

Emma abrió sus ojos como dos lunas llenas, y rápidamente le dio la espalda, enrollándose con la sábana, se cubrió hasta la cabeza. Colin no se aguantó la carcajada, trató de sacarle la sábana de encima, pero no Emma cedió, la había estrujado con todas sus fuerzas.

—No esperaba que lo recordaras. Fueron días raros, con muchas distracciones —estiró con más energía, hasta que la destapó hasta la cintura—. De acuerdo. Perdón por no mandarte una indirecta anoche.

Giró y se acostó boca arriba.

—Feliz cumplemés número ocho.

Colin esbozó una media sonrisa y se inclinó, recostando sus brazos a los costados de Emma; acto seguido, se dieron un par de besos y después se abrazaron. Ella usó su mano para recorrer toda la espalda de él, cada centímetro con cada vértebra que sobresalía. Lo sujetó de la nuca antes de enterrar sus dedos en el cabello desordenado. Aún tenía el aroma del perfume que usaba, mezclado con tabaco. Emma cerró sus ojos. Todavía no lo había visto fumar. Probablemente lo había hecho al despertar, mientras ella dormía.

—Te amo bien. —Emma le habló cerca de la oreja.

—Te amo bien —le dio un beso en la mejilla antes de erguiste. Tenía un regalo para ella. Despertó con suficiente tiempo para hacer una llamada. De un sillón de al lado, recogió un ramo de girasoles. Emma sintió como si su corazón se hubiese detenido por un segundo, iba a decirle algo, pero Colin se adelantó—: No me mires con esa cara. Tú no necesitas regalarme nada más que tu amor. Feliz cumplemés, otra vez.

Emma sonrió un poco y aceptó el ramo entre sus brazos. Continuó en silencio. No se daban regalos cada mes, pero realmente le sacudió no haber recordado su fecha feliz, ni siquiera lo recordó teniendo en cuenta la fecha de la boda. Pero Colin tenía toda la razón. Fueron días raros. Había tenía su cerebro pintado de drama hasta la noche anterior. Escuchó cómo Colin mencionó que había ordenado el desayuno, pero ella siguió callada, ahora sacando la tarjeta amarilla que se encontraba dentro de un sobre blanco. Podía reconocer esa caligrafía desprolija, acostumbrada a las anotaciones rápidas, en cualquier circunstancia.

Tu amor del bueno me hace bien.

Alzó su mirada y acomodó su cabello detrás de sus orejas.

—¿Vamos a desayunar? ¿Es de mañana todavía? —sonrió, viéndolo, mientras guardaba la tarjeta. Pensaba guardarla bien en su maleta, pues quería llevarla directamente a la caja, que tenía forma de flor rosada, y que escondía como un cofre del tesoro en su habitación. En dicha caja, que no era grande, guardaba todas las tarjetas y notas que Colin le había dado a lo largo de los meses, pero todas.

—No necesitas saber qué hora es. —Colin dejó sobre la cama una bandeja plateada, que contenía dos platos de panqueques con miel y bayas azules arriba, más dos vasos con jugo de naranja.

—Es casi mediodía, ¿cierto?

Colin se sentó a su lado, diciendo:

—Lo nuestro ahora es desayunar al mediodía.

—Me gusta mucho como suena eso. Lástima que en realidad te encanta madrugar.

—No me dejes —la agarró de la mano con dramatismo—. Puedo cambiar.

—No quiero que cambies. Somos la pareja perfecta. Yo duermo toda la mañana, y tú me cuentas las primeras noticias del día, que leíste hace siete horas atrás —dejó el ramo a un lado de la bandeja y alzó la sábana para cubrirse el busto.

—Bueno. Hoy pronostican un día hermoso a tu lado.

—¿Te duchas conmigo después?

—Dios mío —golpeó su frente con frustración—. No puedes decirme esas cosas y luego pretender que coma. Ya no tengo hambre. Te espero en la ducha.

Emma soltó una risita. Clavó una baya con el tenedor y se lo colocó delante de su boca.

—No le mamo a quien no desayuna.

—En ese caso, si quieres también puedo comer el maní picante del minibar.

Emma sonrió y sacudió su cabeza.

⠀⠀

La abrazó por detrás cuando ella terminaba de atarse el cabello, en un estilo cola de caballo, frente a un espejo del cuarto. Emma bajó sus manos hasta los brazos que la rodeaban, y ambos miraron al frente, sin decirse nada. Otro mes juntos. Sentían emoción, claro, pero ahora el cumplemés era más bien una fecha para recordar la noche que hicieron el amor en un colchón tirando en el suelo, de un departamento ajeno, la misma noche en la que él descubrió el poder la voz de ella. El cumplemés mantenía el recuerdo con la misma viveza que el día después del ocho de noviembre de 2018. No necesitaban un día específico para amarse más porque cada día que pasaba lo hacían con mayor intensidad.

Colin le dio un beso en el cuello.

—Podemos quedarnos una noche más.

—Me gusta la idea.

—El hoyo siete tiene buena pinta —le acomodó el escote del vestido turquesa que estaba usando, después miró al frente para ver si lo había hecho bien. Respetaba el complejo de ella como si fueran suyo.

Emma se ruborizó delicadamente. Los sistemas de su organismo carecían de sentido. Aún creían necesario sonrojarla, incluso después de lo que hizo en la ducha. Miró hacia abajo, observando cómo Colin sujetaba el borde de la tela, mientras miraba al frente, tratando de dejarla en una posición que sus rasgos obsesivos aceptaran como bien acomodada.

—Yo esperaba que me cogieras en esta cama.

Colin se quedó quieto. Miró a un costado, donde se encontraba la cama desordenada.

—No lo había pensado.

Y caminó hacia el minibar. Cuando crecía un deseo en un momento como éste, era mejor cortarlo de raíz y sin piedad. Había tenido su bendito momento en la ducha, debía esperar hasta la noche. Emma esbozó una pequeña sonrisa, al menos no era la única que se sentía enferma por desearlo tanto, continuó arreglándose, mientras Colin recogía su celular del bolsillo del pantalón que había usado en la boda. Tenía notificaciones como si llevara una semana sin revisarlas, pero solo les dio atención a las llamadas perdidas de su suegro, eran cinco en total, y la última había sonado hace media hora.

—Corazón —deslizó su pulgar para llamar a Suegro.

—Podríamos usar el campo de golf para algo más que hacer el amor —soltó una carcajada, como si hubiese dado la gran broma del día—. Ya sé. No sabes jugar, pero sí te encanta aprender cosas nuevas.

—Tu papá me llamó cinco veces. ¿A ti también? —bajó su celular cuando lo dirigió al buzón.

—No. Verifiqué mi celular mientras secabas tu cabello. No le hagas caso. Le encanta llamarte por cualquier cosa porque eres el único que no le corta la llamada frente a una pregunta estúpida. Estoy lista para salir, pero no sé a dónde podemos ir. Ya sé. Recorramos el resort hasta encontrar algo, no lo conoces.

—Eh, bueno.

Eran las tres de la tarde. El sol intenso les hubiese quebrado las retinas de no haber sido por los lentes de sol, el de Emma era turqués, y combinaba perfectamente con su ropa y sus sandalias gladiadoras. Colin estaba usando una camiseta blanca con un short clarito a rayas, pero sus gafas estiraban al marrón.

Caminando por sendero de piedras, que se encontraba rodeado por un jardín precioso y lleno de vida, se toparon con montón de gente fina. La única diferencia entre huéspedes del resort, y los huéspedes del hotel en Manhattan se encontraba en la ropa que empacaron. En el resort había mucha ropa cómoda de diseñador, incluso trajes de baño de Louis Vuitton. Pero Dios, Emma no pertenecía a ese mundo, aunque llevara unas sandalias de quinientos dólares, parecía tan distinta al resto, que Colin se enredaba cada vez que trataba de explicárselo a Amber. A Emma le encantaba comprarse lo último de lo último en moda, pero su actitud ante el mundo resaltaba más que su gargantilla de quién sabe cuántos miles.

—Es la madre perfecta para mis hijos.

Esa vez, Amber asintió con su cabeza y le preguntó la razón de su afirmación.

—Porque ellas les enseñaría lo que es ser una persona real.

Emma dio un brinco de emoción que incomodó a unas mujeres que estaban en las tumbonas frente a la enorme piscina. Colin se había quedado atrás, mientras la contemplaba al caminar, que Emma necesitó regresar y traerlo del brazo. En frente había una heladería que servían el mejor helado de chocolate que Emma había probado en sus casi veintiún años de existencia.

Colin frunció su ceño.

—Deberíamos almorzar antes, ¿no?

Odió la idea. No quería helado. En lugar de tener una noche de pasión, iban a tener una noche de indigestión. A veces Emma mezclaba tanta comida que Colin no entendía cómo nunca había terminado en el hospital por vómito incesante.

—¿Quieres almorzar? Amor, pensé que no. —Emma frenó de golpe ante la puerta transparente. Le puso feliz que Colin quisiera comer después de los panqueques del mediodía—. Podemos mirar el menú de cada restaurante en la aplicación del resort. Dime qué se te antoja hoy —sacó su celular de su bandolera.

—Lo que tú quieras. —Nada, era la respuesta original.

Siguieron caminando mientras Emma leía un menú en alto. Acabaron dentro del lobby porque Colin recordó que ayer había visto una estantería de trofeos que le llamó la atención (los trofeos siempre robaban su atención) y quiso mirarlos de cerca. Todos pertenecían a Noah, tal como lo había imaginado. Había una antigua bolsa con palos, había fotografías. Sonrió al ver a Noah en ellas. Dios. Parecía que seguía vivo. El hombre sonreía de una manera tan única que la cámara había sido capaz de captar la sensación que provocaba en los demás. Colin observó a Emma, quien seguía distraída. Emma no llevaba la misma sangre que Noah, pero eran la misma clase de persona. Por eso Noah murió con su esposa en un accidente de auto provocado, por eso Emma era el blanco de varios. Algunos no toleran tanta luz, tantos colores, en una sola persona. Le invadió un estado de pesadez. Le hubiese encantado conocer a Noah, pero más le hubiese encantado que Emma lo hiciera. Iba a decir algo, pero su celular comenzó a sonar en su bolsillo.

—¿Hola?

Era su suegro.

—¿Estás con Emma?

—Eh, sí...—se alejó unos pasos.

—¿Puede oírme?

—No. Dímelo.

Jake suspiró hondo, y Colin se preocupó más.

—Jamie tuvo una crisis. Estamos en el hospital. Ingirió pastillas y bebió alcohol —hizo una pequeña pausa. Colin escuchó cómo al otro lado su suegro se quebró casi completamente—. Unos minutos más y lo perdíamos para siempre...—sollozó, ahora su silenció se extendió. Colin cerró sus ojos, había presentido que algo andaba mal, no estaba loco—, pero está bien. Los médicos actuaron rápido. Emma es la única que no se enteró. Ya Sid y el resto de la familia lo sabe; regresarán a Manhattan. Estarán mejor en su casa.

—Entiendo. ¿Puedo ayudarte en algo?

—J.J. se lo dirá a Emma. Y quiero que regresen a Manhattan con sus primos.

—De acuerdo.

—Jay sabe dónde guardo los sedantes.

—Cuidaré de ella.

—Gracias, hijo.

Colin colgó la llamada después de haberse despedido. Dio media vuelta hacia Emma, y, a pocos metros de distancia, la visualizó en los brazos de Bruno. Ya se lo había dicho. Bruno se había acercado a decirle que lo sentía, y Emma le preguntó confundida qué había pasado. Colin la agarró del brazo, y Emma soltó a Bruno para buscar refugio entre los brazos de él.

Emma no lloró. Estaba demasiado aturdida como para hacerlo. Ni siquiera pudo llorar cuando J.J. se lo contó con los detalles bien censurados para oídos de ella. Tembló y sintió una presión en su pecho, pero no lloró. Tomó asiento en un sillón mientras Colin empacaba por los dos. En circunstancias dolorosas, él siempre le preguntaba en qué estaba pensando, pero no se atrevió a hacerlo en ese momento. Trató de pensar como ella, y le pareció que obtuvo la respuesta correcta. Emma estaba teniendo una retrospección.

—Iremos a casa. —Colin se colocó de cuclillas frente al sillón donde estaba Emma—. J.J. se irá en otro vehículo con Olimpia y las dos niñas. Me quedaré contigo esta noche. Tu papá regresará apenas tu tío reciba el alta. Como siempre, estamos juntos en esto. Sé que no es la primera vez que Jamie lo intenta, pero siento que ahora finalmente encontrarán la manera de ayudarlo. Estará bien.

—Tienes que orar —susurró, mirándolo a los ojos.

Colin remojó sus labios y le acarició la cola de cabello con una mano.

—Oremos juntos —propuso.

⠀⠀

—Todo listo —les informó el chofer de la familia Hamilton, cuando terminó de preparar la camioneta de cuatro hileras de asiento. Tenían alrededor de tres horas de viaje por delante hasta la isla de Manhattan.

Sídney y Esmeralda subieron a la última hilera. Marina subió a la siguiente y Aqua se sentó al lado; Kayce miró disimuladamente a Emma, antes de sentarse junto a Aqua. Emma se paró delante de la puerta corrediza de la camioneta, cargaba consigo el ramo de girasoles. No quería subir. Acababa de imaginar un escenario catastrófico en el que todos morían en un accidente. Le dolía el pecho, había pasado media hora, pero ya se sentía agotada. Colin le sacó el ramo para que pudiera subir, y lo hizo, subió, pero se quedó en el medio, no quería estar al lado de las ventanas. Colin subió y dejó el ramo en el otro costado de Emma. El chofer hizo comentarios con respecto al camino, pero nada de lo que dijo tuvo importancia para Emma. Los Hamilton se mantuvieron callados en la primera hora. Nadie habló, ni siquiera había música en la radio.

Emma recostó su cabeza sobre el hombro de Colin, quien se encontraba con su tableta electrónica, jugando ajedrez en línea con un desconocido. De vez en cuando resaltaba en susurros los errores del otro, como si a Emma le interesara aprender, pero, en un momento como ése, le gustaba escucharlo hablar de cualquier cosa que no tuviera que ver con el tema que tenía a su cerebro infestado. Ganó, y Emma salió de la aplicación, deslizó su dedo hasta la galería de fotos. Colin no aguantó su risita al ver una foto en miniatura, la abrió. En la foto, Emma tenía espuma de afeitar en toda su cara. Pasó al siguiente, que era un vídeo del mismo momento; Colin silenció la tableta, y lo reprodujo. Estaban en la residencia universitaria, en el cuarto de él, era él quien se encontraba grabando, se acercó a la puerta del baño, donde ella se estaba poniendo espuma en toda su cara solamente para que la llamara tonta y se riera de ella. Recordaba ese día, lo había catalogado como el peor día de su vida porque había perdido una libreta importante (que después recuperó porque Mónica se la había guardado cuando notó que la olvidó en el departamento). Emma le había insistido en quedarse en el dormitorio, le había dicho que permanecería en silencio mientras estudiaba. Colin sonrió al ver en la pantalla cómo Emma hablaba frente a la cámara, pero siempre mirándolo a él, quien le estaba pidiendo explicaciones al otro lado. El vídeo terminó cuando Emma depositó espuma en su mano derecha y se la aplastó en la cara. Nunca notaban el valor de los momentos que capturaban hasta que lo volvían a ver meses después. La siguiente foto, ella la había tomado en la cafetería del campus, donde él tenía una sonrisa forzada en la que sus dientes estaban manchados con chocolate. Emma hizo zoom en la cara de Colin, no rio, pero lo hizo exactamente para molestarlo.

—Mira al siguiente gran doctor en medicina —susurró ella.

A Colin le sorprendió que hiciera una broma. Sonrió.

—Qué escándalo —susurró también.

—No puedo creer que lo hiciera de nuevo. —Sídney habló para todos. Después de tanto meditarlo, por fin estaba listo para decir algo—. Jamás piensa en su familia cuando toma sus estúpidas decisiones.

Emma se irguió. Colin bloqueó la tableta.

—Pues, a mí me sorprende que te sientas sorprendido —respondió Marina.

—Es un egoísta —bufó.

Lo de a continuación sucedió tan rápido. Emma se sacó el cinturón de seguridad y se arrodilló en el asiento, mirando hacia la última hilera, apuntó a su primo con su índice, mientras Colin la agarraba.

—¡¡Cómo te atreves a llamarlo egoísta!! —gritó tan fuerte, que hasta el chofer se desconcentró del camino por un segundo. Kayce tapó sus orejas con sus manos, el resto solo podía mirar a Emma con cara de susto. Colin le susurró cosas que ella no alcanzó a oír—. ¡¡Son una mierda de hijos!! ¡¡Una jodida mierda!! —empezó a llorar.

—Emma...—Sídney titubeó.

—Vida —Colin trató de sentarla, pero se encontraba dura como piedra.

—¡Tú y Coral son una mierda de hijos! —continuó—. Lo único que les importa es tomar el avión de mi tío para alejarse de él lo más que puedan, lo llaman solamente para pedirle dinero, y cuando están con él lo único que hacen es fingir que no existe. Cuando hace años propusieron el centro de rehabilitación, no lo hicieron porque les preocupaba, ¡lo hicieron para mantenerlo alejado a él y a sus malas vibras! Son una mierda. ¡Una mierda! ¡¡Una mierda!!

Colin se inclinó hacia el chofer, pidiéndole que se detuviera en aquella gasolinera.

—E-eso no es cierto —habló Sídney.

—¡Lo ven como un maldito estorbo! ¡Exactamente como me veían a mí! —Emma cubrió su rostro, sentándose sobre sus rodillas y rindiéndose al llanto de una manera que sacudió hasta lo último de cada uno. Colin abrió la puerta de la camioneta, y bajaron los dos. La puerta se cerró, y Emma lo abrazó, llorando sobre su pecho, al lado del vehículo, mientras todos los de adentro la miraban atontados—. ¡Lo siento tanto!

Lamentaba arruinarle el día. Lamentaba arruinarles el cumplemés.

—No lo hagas —le habló al oído. No quería que nadie más escuchara—. Lo merecía. Pero no eres un estorbo, nunca lo has sido. Tampoco Jamie. Respira conmigo. Jamie estará bien, y estoy seguro de que ahora Sid pensará mejor antes de hablar. Está bien. Eres su prima mayor. Alguien debía decirle que se está comportando como un idiota. Pero ahora solo respira conmigo. Ya no tienes quince años, quiero que sueltes el pasado. Tienes casi veintiuno, eres mi princesa guerrera, una resiliente, que supera cualquier obstáculo; y pronto nos mudaremos juntos a un departamento donde nada malo podrá penetrar. Te necesito conmigo, en el presente, ilusionándonos con un futuro brillante.

⠀⠀

Minutos después, abrió la puerta de la camioneta y todos brincaron asustados. Pero solo sacó su mochila, cerró de nuevo, y con Emma caminó hacia el café de la gasolinera. El chofer se acomodó, y Marina le ordenó a Sid que se disculpara o algo. En el café, Colin compró una lata de Coca-Cola y también agua; se sentaron en un asiento acolchonado frente a una mesa, y él buscó en su mochila las píldoras sedantes.

Emma tomó una sin decir nada. La necesitaba, y no se sentía culpable por eso. Colocó sus codos sobre la mesa y escondió su rostro entre sus manos. Colin le desató el cabello y le dio caricias en la cabeza para relajar la presión.

—Yo me sentiría exactamente como tú.

—Quiero que sepa que yo sí lo entiendo.

—Entonces, llamémoslo —sacó su celular.

Llamó a su suegro, y él respondió en el segundo intento.

Hijo.

—Emma quisiera hablar con Jamie, si eso es posible —frotó su frente con sus dedos, entonces, miró hacia arriba, y notó que Sid se encontraba bajando de la camioneta.

—Eh...—Parecía que no estaba seguro de que si era posible hablar—, s-sí. Pero no puede hablar mucho. Puede escucharla. Eso le hará bien. Solo espérenme un segundo.

—Claro, sí.

Emma tomó el celular y lo puso en su oreja. Sid se detuvo en medio del café, no quería interrumpir, con quien sea que ella estuviese hablando. Emma escuchó murmullos al otro lado, una puerta abriéndose, y después a su papá explicándole a su tío que ella quería decirle algo.

Princesa —habló Jamie.

—Te adoro con toda mi alma.

Pero Jamie no respondió. Comenzó a llorar al otro lado.

Ninguno de sus hijos lo había llamado, solo Emma.

—Sé cómo te sientes. Necesitaba que lo supieras. Me diste un gran susto.

—Florecita —Jake le sacó el celular a Jamie, quien ya no podía seguir. Emma oyó de nuevo cómo una puerta se abrió—, ¿estás bien? Tu tío se pondrá bien. Estamos esperando al jefe de psiquiatría. Necesito quedarme a hacerle compañía a tu tía. Todo estará bien, ¿de acuerdo? No te preocupes. Quédate con tu hermano y con Colin en estos días. Bianca me dijo que irá con Gillou a verlos en cualquier momento.

—Estoy bien.

—Lo imaginé. Eres mi niña fuerte.

Emma miró sus manos, diciendo:

—Te amo, pa.

—Yo también te amo, florecita. Abraza a Colin por mí.

Emma esbozó una media sonrisa apagada.

Cuando Emma colgó, Sid se acercó.

—Emma, discúlpame —juntó sus manos. No podía mirarla. La vergüenza que estaba sintiendo lo superaba, sobre todo porque todo ocurrió delante de su nueva novia—. Tienes razón. A veces preferimos ignorar a mi papá, y no está bien. Pero en aquel tiempo nadie pensaba que eras un maldito estorbo. Éramos unos tontos adolescentes, Coral y yo, pero nos preocupábamos mucho por ti. Siempre quisimos verte bien.

Emma no respondió. Le dolía.

—Fue una falta de respeto hacia ti. Y lo siento muchísimo.

—Tienes que aprender a callar, Sid.

—Lo entendí. Todos lo entendimos.

Emma acomodó su cabello sobre uno de sus hombros.

—Llámenlo ahora. Y díganle que lo aman mucho.

⠀⠀

Cuando regresó a la camioneta, se encontró con sonrisas de alivio, que solo ignoró. Kayce le tocó el cabello con cariño y le llamó hermosa cuando le preguntó si necesitaba algo, pero Emma no le respondió; no porque se trataba de Kayce, es solo que poco a poco el sedante fue haciéndole efecto, y ya no tenía sus sentidos bien puestos. Pero no durmió inmediatamente. Recostó su cabeza sobre el hombro de Colin, pero pasó la siguiente hora con sus ojos entrecerrados y ardiendo de sueño, lentamente comenzaron a cerrarse, parpadeó, no quería rendirse sin luchar por unos minutos más; estaba entretenida mirando los condominios en alquiler que Colin se encontraba explorando en una página web desde su tableta. Colin acabó poniendo Boston en la barra, pero Emma se había quedado completamente dormida para eso.

El chofer pasó por Crystal Empire antes de dirigirse a la casa de los Hamilton, ubicada en la Quinta Avenida. Colin cargó su mochila, el ramo, y sostuvo a Emma adormilada. Ya eran cerca de las ocho cuando cruzaron la puerta, y Archie fue amable, lo ayudó a cargar el gran ramo hasta el ascensor. En el ático vacío, la acostó en el sofá de la sala, pues no quería que se encerrara en su recámara tan temprano. Pero, en su recámara o no, Emma siguió durmiendo de la misma manera. Colin se frotó su rostro cuando tomó asiento en el diván, recibió un mensaje de J.J. preguntándole dónde estaban.

⠀⠀

Colin: Acabamos de llegar. Emma está durmiendo.

J.J: Fantástico. Estaba preocupado por ella. Tardaré un poco más en la casa de mi tío, es que Sid a veces no tiene cerebro. Ordena comida.

Colin: No te preocupes. De seguro Emma duerme hasta mañana.

J.J: De seguro. Me quitas una preocupación de encima. En serio gracias.

Colin: Por favor, no lo agradezcas.

⠀⠀

Colin presionó enviar, y lentamente cayó de costado en el diván blanco. Se permitió descansar sus ojos, y suspiró también. Aún podía escuchar cómo Emma le gritó a Sid. Cielos. No recordaba que Sid fuera tan inmaduro y egocéntrico. ¿Cómo se le ocurrió llamar egoísta a su padre suicida frente a alguien que alguna vez había tratado de quitarse la vida? Observó a Emma, desde su misma posición en el diván. Ni siquiera su propia familia la merecía. Era demasiado buena para todos. Siempre fantaseaba con escapar juntos, en algún pueblo europeo, donde el queso y el vino como pan de cada día. Pero escapar no resolvería nada, ni los haría felices a largo plazo. Realmente deseaba ser ese gran doctor en medicina. No pudo haber nacido para otra cosa que no fuera salvar vidas, y crear otras a partir de su amor con ella. Solo necesitaba resistir un poco más al lado de su padre, después no volvería a verlo nunca más. Y con respecto a Emma, preocuparse por el futuro de ella no entraba en su psique, porque no creía que fuera una débil, al contrario, la visualizaba en la cima de lo que sea que decidiera hacer después de graduarse. Emma iba a superar sus traumas, lo presentía en su pecho ardiente de emociones.

¡Mis bebés y sus ocho meses! 

¿Cómo les ha sentado este capítulo? Sid... Bueno. Sin comentarios con respecto al chico. 

¡Háblame de tu parte favorita! 

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