3: Ansiedad generalizada

Pareja tóxica.

Amigos tóxicos.

Casi nadie habla sobre familiar tóxico.

Puedes terminar con tu pareja y bloquear a tus amigos, pero ¿qué se hace cuando no puedes terminar ni bloquear a quien contamina tu mente con puro veneno?

Se podría escribir una obra entera para expresar únicamente lo infeliz que su padre lo hacía sentir, mas no aceptaría la propuesta porque tampoco era capaz de aceptar el poder que le confería sobre sus emociones; no era consciente de cuánto se dejaba llevar por lo que éste le decía. Estaba adaptado al ambiente disfuncional, aunque muchas veces le ganaba la cólera o el llanto, no era capaz de darse cuenta que, de algún modo u otro, estaba normalizando el maltrato hacia su persona.

Era como una plastilina que su padre estiraba, maltrataba y formaba a su gusto.

¿Una de las tantas características de la plastilina? Pues, ésta se adapta con facilidad al cambio. Pero Colin no necesitaba adaptarse más; lo que él necesitaba era salir de ese círculo en el cual se encontraba atrapado e inmovilizado porque aún dependía económicamente de su familia.

Amber siempre le decía: «La independencia es un estado mental; no necesitas irte de casa para ser independiente». Él comprendía la premisa, mas aún no hallaba la manera de seguirla.

El reloj digital de la mesa marcó las 6:35 a.m. y la recámara sufrió una embestida; Bradley empujó la puerta con tanta fuerza que ésta golpeó la pared, provocando una grieta en la zona donde chocó el pomo. Explicar cuánto Colin se asustó hasta podría verse innecesario; se destapó y se sentó inmediatamente, tenía el corazón acelerado y la mente abrumada. En la madrugada se había olvidado de programar su alarma y ahora estaba sufriendo las consecuencias.

—¡¿Qué haces durmiendo todavía?! —gritó Bradley.

Los que se encontraban en la sala se quedaron tiesos al oírlo exclamar como un loco... uno muy agresivo; hasta la pequeña Heidi se tapó las orejas con sus manos para no escucharlo; en cambio, las gemelas, se miraron entre sí.

Oh, bendito domingo.

—O-olvidé la alarma. —Colin se levantó inmediatamente, cubriéndose con una sábana blanca, y miró el reloj de paso. La rabia mezclada con temor repercutió en su pecho presionado; la rabia hacia sí mismo por haber fallado, y un temor hacia el ogro que lo miraba enfurecido desde la puerta.

—¿Crees que esto es un hotel de mierda?, ¿que te llamarán desde la recepción para despertarte?, ¿que limpiarán tus platos sucios? —Ya no estaba gritando, mas el tono de voz duro que estaba empleando era más amenazante que cualquier griterío.

Rayos.

Los platos sucios.

Colin rebuscó alguna fuerza que le permitiera hablar; estaba siendo prisionero de un espasmo en el cuello, sí, en el cuello, era un dolor que podría ser descripto como un puño que le comprimía la garganta.

—¿Y-ya no tenemos mucama? —preguntó en un casi susurro.

—¿Qué? ¿Qué dijiste? —sacudió la cabeza de lado a lado, y con el ceño fruncido, como si se encontrara confundido.

Acababa de referirse como lo haría un niño mimado; si tan solo su padre supiera que esa nunca fue su intención, digamos que no razonó antes de soltar la pregunta, un grave error al hablar con Bradley, pues conversar con éste exigía mucha atención, no vaya a ser que malinterpretara tus palabras.

—E-eran como las tres y media, y-y yo solo quería dormir —cambió la respuesta.

Después de colgar la llamada con Emma, decidió hacerle caso a su hambre y recalentó lo que sobró de la cena del sábado, que su familia había dejado en el refrigerador. Colocó los cubiertos sucios en el fregadero y se fue a dormir; limpiarlos ni siquiera pasó por su mente porque toda ella estaba puesta en la idea de que debía despertar pronto; irónicamente, no se acordó que necesitaba un despertador para eso.

—¿Qué hacías despierto a las tres y media? Sabías que debías despertar temprano.

Típico escenario en el que Bradley demostraba que aún se creía dueño de las decisiones de un muchacho de veintitrés años; así funcionaba el régimen Oschner. Horarios establecidos para cada miembro de la familia, a excepción de Theresa, evidentemente, porque eso sería demasiado insano, ¿verdad? La voz de Colin no contaba ni sumaba en ningún aspecto, su edad no importaba, era tan reprimido como cada uno de sus hermanos, protestar no era opción válida para ninguno. Para los niños, eso estaba bien porque casi nadie a esa edad protesta frente a sus padres, quiero decir, asumían sus faltas, y no faltas, como errores, porque los adultos siempre tienen la razón, ¿cierto? Pero, para Colin, esa era una posición frustrante; callar sabiendo que tenía razón, callar sabiendo que su padre no la tenía.

Callar, adaptarse, callar y seguir callándose.

—Me bañé, luego... hablé con Emma por un rato. —No sabía, no tenía idea de porqué le contaba sabiendo que nada de eso le importaba. Tampoco deseaba saber qué comentarios lanzaba su padre sobre su relación con Emma durante las comidas en familia.

«Y ¿esa nueva novia de su hermano de qué agujero salió?».

—Ah, la nueva Rebecca —se rió.

Esa fue una comparación imperdonable e inimaginable.

—¡Brad! —exclamó Theresa desde la sala, se estaba colocando un pendiente en la oreja. Acababa de bajar de su habitación, así que no tenía idea del espectáculo que se armó como bienvenida oficial al hijo estrella.

Bradley abandonó el cuarto sin decirle nada a Colin.

—Voy, cariño.

Colin cerró los ojos cuando oyó el estruendo de la puerta, y tiró la sábana, que le cubría, al suelo; suspiró profundamente y se miró al espejo ubicado en una esquina del cuarto, a continuación, tomó su teléfono.

⠀⠀⠀⠀⠀

Colin: Limpia los cubiertos que dejé anoche

Colin: Por favor, linda

Cathy: Claroooo

Cathy: Y el próximo domingo te despierto yo, bobo

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Sonrió.

Era tan solo el día uno. Necesitaba calmarse y evitar que la mayoría de esas palabras ingresaran por sus oídos o iba a acabar el verano como un bicho aplastado por la bota Caterpillar del hombre que decía ser su padre. ¿Que cómo logró sobrevivir por tantos años al régimen Oschner? Sobrevivió, sí, pero cada año se deterioraba un poco más; Amber trataba de que no fuera así, pero, muchas veces, Colin no colaboraba al sumirse en los comentarios de un hombre que rompía todo lo que tocaba, de un hombre dañado y enfermo.

Se halló obligado a reducir su tiempo en la ducha a diez minutos, y, cuando salió, rápidamente se quitó la tirita de su pulgar, que ya estaba curado. Eligió una camiseta blanca con un pantalón oscuro; encontró unos zapatos negros mientras oía cómo Thomas se despedía: «¡Adiosito! ¡Ya nos vamos, Cole!». Eso lo aceleró más y cogió un cepillo para peinarse hacia atrás. Salió del cuarto, sin embargo, regresó de inmediato al recordar que dejó su teléfono y billetera en la mesa de noche.

Detuvo el ascensor justo antes de que las puertas se cerraran por completo.

—íbamos a dejarte —le dijo Mercy.

—Y luego íbamos a pedir perdón por eso —añadió Heidi.

Colin se limitó a hacerle a un lado a Thomas para ubicarse en el fondo del elevador.

—Shizu está enferma —comentó Theresa con su mirada al frente. Lucía un bello vestido blanco diseñado hasta la pantorrilla—. La cena le cayó mal, así que le dije que se quedara a reposar. Me preguntó por ti.

Ah, le estaba hablando a Colin.

—Le saludaré al regresar. Lo siento. Desperté tarde —le respondió.

—Eso ya lo sabemos —dijo Bradley.

Las puertas se abrieron en la cochera ubicada en el subsuelo, y Colin bajó su mano, pues se encontraba mordiendo la uña de su pulgar derecho, lo normal... en él.

Montaron una camioneta negra, de tres hileras de asiento, manejada por Bradley, aunque, entresemana, conducirla estaba a cargo de cualquiera de los tres choferes de la familia. Mercy, Thomas y Cathy subieron a la hilera próxima a los asientos de enfrente; en cambio, Colin y Heidi, se sentaron en la última.

—Shizu no está enferma —le susurró Heidi.

—¿No? —Colin alzó sus cejas.

Heidi negó.

—Se molestó con papá porque te gritó, entonces, se irá sola a la misa de las nueve —comentó con el mismo tono de voz chismoso—. Mamá nos pidió que no te dijéramos nada porque vas a molestarte. Así que, ¿vas a molestarte ahora? Porque, en ese caso, no digas que yo te lo conté o me regañará, Cole.

Cielos.

Realmente no lo imaginó.

Y que Theresa le mintiera...

¿Cuántas veces más le había mentido en el pasado?

—No te preocupes —le susurró también.

—Siento muchas ganas de llorar cuando papá te grita de esa manera, no puedo acostumbrarme a que lo haga. —Se estaba refiriendo a que sus hermanas lo habían hecho, se habían acostumbrado, no lo malinterpreten, tampoco les gustaba escuchar griteríos innecesarios, pero no sentían esas mismas ganas de llorar de la pequeña. ¿Thomas? Él prefería ignorar el asunto, todo iba mejor en su vida de esa manera.

Colin sintió un dolor profundo en el pecho al escucharla decir que ella sentía ganas de llorar. La comprendía, cielos, sabía cómo se sentía crecer en un ambiente disfuncional y lo lamentaba; deplorara que sus hermanos se encontraran atravesando las etapas más importantes del desarrollo emocional en un clima inapropiado.

La abrazó y le dio un beso en la cabeza para calmarla.

—Que eso no te entristezca —susurró sin despegar su mentón de la cabeza de ésta—, solo está pasando por un mal momento y a veces no puede consigo mismo, entonces, se molesta con todos, conmigo, es su forma de sentirse mejor.

Y todavía quería que sus hermanos vieran a su padre como un padre y no como un monstruo.

No sabía qué futuro le esperaba, solo sabía que, de tener hijos, nunca los haría sentir como basura, como si no valieran o como si todo hubiese estado mejor si no existían. Esas eran tan solo tres formas de sentir que le generaba su padre, desde pequeño, y aún no entendía cómo nunca cayó en depresión.

Lo más desagradable era pasarle la mano como saludo de paz durante la celebración litúrgica. De verdad, Colin sabía que no tenía derecho a juzgar a los demás, pero no podía evitar gritar en su cabeza: «¡No puedo creer que te quedes con los brazos cruzados!»; sí, le gritaba a Dios, porque no sabía qué otra cosa hacer. Habitaba con el hombre más hipócrita de la ciudad, y sí, lo juzgaba; lo juzgaba porque era mala persona y tenía el atrevimiento de llegar puntualmente a la misa dominical.

Bradley le producía toda clase de dilemas.

Entonces, alarma a las 6:00 a.m., misa dominical a las 7:00 a.m., ¿qué seguía en la agenda de la familia? Ah, sí, desayuno a las 8:00 a.m. en el mismo restaurante de siempre con el mismo fotógrafo de siempre esperándolos en la entrada del establecimiento.

Al bajar de la camioneta, Colin tomó a Mercy de los hombros por detrás.

—¿Ordenarás los panqueques más grandes conmigo? —le preguntó.

—Estoy siguiendo una dieta estricta con una nutrióloga. ¿No sabías? —Mercy colocó sus manos sobre las de éste mientras cruzaban la puerta del restaurante.

—Tú no necesitas eso —la soltó para abrazarla del cuello.

—Ahora quiere ser modelo —le aclaró Cathy.

Colin esbozó una sonrisa, y preguntó:

—¿De verdad? Y ¿tú no? ¿Cathy?

—Cole, dime que estás bromeando —le pidió.

—Eh, no. La gente cambia de parecer todo el tiempo —la miró y le estiró del brazo para que se acercara, la abrazó del otro lado—. No sé, pensé en la probabilidad de que por fin coincidieras con Mer en algo. Y no puedo creer que papá accediera.

—Qué equivocado estás. Y no accedió —respondió Cathy.

—¡Pero lo hará! —les habló Mercy con seguridad.

Pues, Colin no lo creía.

Mer, lo siento.

Caminaron hasta la mesa circular ubicada al fondo del salón.

Colin se sentó dándole la espalda al resto de los clientes; por si le tomaran una fotografía, no capturarían nada interesante, ese era su principal truco cuando iba a restaurantes de la ciudad. Pronto, sus piernas comenzaron a sacudirse debajo de la mesa, lo normal... en él, mientras oía la conversación que sus padres estaban manteniendo con sus hermanos, a continuación, sacó el celular de su bolsillo y lo dejó encima de la mesa, no podía verlo, bueno, podía, mas corría el riesgo de hacerle enojar a cierto hombre.

—No puedo creer que mis pequeñas iniciarán la preparatoria en septiembre —comentó Bradley.

—Di y Tom iniciarán la secundaria, Brad —le recordó Theresa.

—Jamás me olvidaría de ellos, Tess —respondió.

Colin desbloqueó el teléfono sin levantarlo y le echó un ojo a la distancia.

—Esta noche podemos mirar una película con Cole —propuso Heidi con emoción.

Colin apartó su mirada inmediatamente del aparato y tosió.

—Esta noche no podré, Di —le dijo.

—¿Desde cuándo tienes planes en verano? —Mercy giró la cabeza para verlo.

Bueno, Mer, desde que tiene novia.

—Cenaré con la familia de Emma —les explicó.

—De la nueva Rebecca —corrigió Bradley, y bebió agua de una copa.

Colin hundió sus dedos en su cabello bien peinado.

—Por favor, no la llames así —se animó a pedírselo.

—Me pregunto si ahora pospondrás la pre-medicina por seguirla a no sé... ¿México? —Bradley alzó sus cejas una vez y golpeó el aire con una mano en forma de disgusto. Jamás lo perdonó por cómo abandonó el pre-grado de química sin más, retrasando los planes que tenía sobre la escuela de medicina. Si tan solo supiera la noticia que le esperaba...—. La pobre chica no tiene idea de con quién se metió.

—Brad —Theresa tomó a su esposo de la mano en señal de «Cariño, es un pésimo tema de conversación; mejor cállate» —, la relación con Rebecca fue algo completamente diferente, hablamos con Amber muchas veces, y...

—Tú hablaste —la interrumpió Colin susurrando.

Bradley lo miró con los ojos bien grandes.

—¿Qué? —inquirió Theresa—. No alcancé a escuchar, cariño.

—Tú hablaste con Amber muchas veces —completó la frase sin alzar la barbilla.

Theresa se quedó boquiabierta por un par de segundos; en cambio, Bradley, alzó una mano para llamar al camarero, quería interrumpir esa conversación, no, quería gritarle a Colin. ¿Lo estaba llamando «mal padre» después de todo lo que había hecho por su educación? Había tolerado verlo llorar como «una niña» cuando Rebecca le terminó. Y pagaba su terapia, que, evidentemente, no funcionaba para nada.

—S-s-sí —asintió Theresa.

—Señor —llegó el camarero.

—Niños, ordenen primero. —Theresa apuntó a los cuatro menores, y se estiró para alcanzar el brazo de Colin, lo acarició dulcemente—. Nos alegramos mucho al enterarnos que estás saliendo con alguien más. La primera vez que mencionaste a Emma, te pedí que no te ilusionaras demasiado porque pensé que aún no estabas preparado —lo soltó y rió de sí misma—. Le llamé a Amber para decirle que conociste a una chica, y que no tenía idea de qué hacer como madre. No quería verte lastimado otra vez... Me desesperé.

—Con Emma todo es diferente —susurró.

Theresa suspiró y asintió.

—Solo quiero que te traten bien —respondió—. Muchas mujeres asumen que los hombres no tienen sentimientos... Ya no quiero verte suplicándole a alguien o mudándote de estado porque le entregaste tu existencia a alguien que jamás te valoró. Siempre pido porque Emma no termine siendo otra Rebecca.

Bradley rompió el ambiente al hablar en todo alto cuando ordenó su desayuno.

Colin no realizó ni un gesto o expresión que delatara lo que estaba pensando; su cara era seriedad pura, su mirada descendió hasta el menú. Theresa... Theresa no conocía ni el 10% de lo que Colin había pasado con Rebecca, aunque ésta se encontraba segura de que sabía todo sobre cada uno de sus hijos.

Amber fue clara y precisa cuando Theresa acudió a su consultorio, esa única vez con Bradley, porque Colin decidió abandonar el pre-grado de química: «Colin acaba de romper una relación tóxica, lo que está haciendo es completamente normal dentro del parámetro de dependencia», les aconsejó que no cedieran a su impulso de abandonar el pre-grado, pero, ya saben, Colin no era Colin cuando estaba con Rebecca.

Pero, realmente, Theresa y Bradley nunca vieron a Rebecca como el problema, aunque la primera se refería a la tercera como la mujer que rompió el corazón de Colin, honestamente, en el fondo, no cabía en su mente que Rebecca fuera una bestia, en primer lugar, porque no sabía toda la humillación que su hijo recibió, ni siquiera pasaba por su mente cómo lo habían pisoteado hasta que nada quedó. ¿Rebecca le rompió el corazón? Sí, como una persona que termina una relación de años, lo normal. El problema era Colin, quien no supo lidiar con esa ruptura. Theresa lo calificaba como «Su pobre bebé sensible» mientras Bradley se refería a éste como «El llorón... Eh, Tom, no seas niña como tu hermano».

Ambos eran ignorantes de la vida de Colin, en realidad, Bradley no contaba, pero, Theresa... Ella demostraba interés, mas no siempre era suficiente, aunque de verdad se esforzaba. Colin era más que su bebé sensible y estudioso, Colin era un campeón, no solo en lo académico, era un campeón de la vida, y ella no tenía la menor idea, de cuántas veces le ganó a la ansiedad. No sabía que el semestre pasado se internó tres veces por migraña o que Emma decidió pintarle las uñas en la última semana de finales porque tenía la esperanza de que no se lastimara tanto de esa manera. Pero Theresa no era una mala madre; Colin nunca se atrevería a pensarlo, si todo lo bueno de él, tenía que ver estrictamente con ella, y también con sus abuelos maternos. Quería a su madre, y no la culpaba por nada. Siempre trataba de ser racional, de pensar en que Theresa lo conocía hasta donde se lo permitía, que no tenía el poder de adivinar su vida. Sin embargo, a veces solo necesitaba escuchar un «Estoy orgullosa de ti, de todo lo que lograste solo» de parte de ella.

—Entonces, si hoy Colin cenará con sus suegros, mañana Emma puede cenar con nosotros —les propuso Bradley como una idea brillante. Ya estaban desayunando, y éste decidió volver al tema anterior.

—¡Oh! ¡Maravillosa idea! —Theresa juntó sus manos con emoción, luego, miró a Colin, quien se encontraba serio mientras seleccionaba cuál de las moras sobre el panqueque se iba a comer—. Ah, y aún no celebramos la graduación, quedamos en que cenaríamos algo rico en honor a ese título, Cole.

Eso habían acordado en la videollamada después de la graduación, mas él nunca lo tomó en serio porque Theresa era una madre ocupada, realmente le sorprendió que lo recordara, que su familia recordara que se graduó. «Quedamos en que cenaríamos algo rico en honor a ese título». Nunca en honor a él, ¿cierto?

—¡Oh! ¡Cole es físico! —se acordó Heidi.

Vaya.

—Ya lo felicitamos ayer, pero ¡qué va! Felicidades, Colinbu —Mercy lo abrazó y le dio un beso.

Colin sonrió forzadamente.

No podía dejar de pensarlo.

Que su padre no lo felicitó.

¿Por qué se torturaba con eso? No tenía razón.

Cole, ¿qué dices? —preguntó Cathy, demasiado emocionada por la idea de conocer oficialmente a la chica que tenía loquísimo a su hermano—. ¡Podemos pedir comida italiana de ese restaurante nuevo!

—Rayos —murmuró Mercy por lo bajo. Comida italiana, dieta estricta sin harinas, mala combinación.

—Es lo justo. —Thomas expresó su pensamiento mientras comía cuidando a su ropa limpia del jarabe.

—También podríamos ordenar un pastel de manzana. —Heidi suspiró enamorada de la idea del postre. Cathy la apuntó y se levantó para recostarse sobre la mesa hasta llegar a ella, entonces, chocaron puños.

Diablos, quiero decir, Dios mío.

Colin alzó su mirada y encontró a un público expectante.

—Debo preguntarle primero —les respondió.

—Vamos, eres tú el que no quieres presentárnosla —dijo Bradley.

—Prometemos portarnos bien. —Mercy juró en nombre de sus hermanos mientras comía un pedazo de panqueque que robó del plato de Thomas—. Queremos conocerla. Por el amor de Dios, es la primera novia decente que tienes. Es tan ridículamente rica, no somos nada a su lado, es todo lo contrario a la otra babosa.

—¿Dijo babosa? —preguntó Cathy.

—¿Dijo que no somos nada? —inquirió Heidi.

—Mer, no nos interesa el dinero —le recordó Theresa.

—A ustedes —contestó Mercy, y alzó sus manos como una barrera que los dividía.

Bradley se echó a reír.

—Entonces, ¿Emma cenará con nosotros mañana? —Thomas se impacientó. No había algo que odiara más que cuando su familia se iba por las ramas, gracias a Mercy, cuando él quería conocer la respuesta.

—No sé... Quizá —respondió Colin de forma exclusiva para su hermano menor.

—Lo tomaré como un sí —asintió Bradley.

¿Hay alguien ahí arriba? Porque aquí abajo hay alguien que necesita ayuda.

⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—Emmy, tss, Emmy —susurró J.J. en la penumbra de la habitación cuando el sol se encontraba en la cumbre del mediodía. Resopló al no recibir respuesta, pues Emma se hallaba plácidamente dormida con un antifaz color champaña que decía «Shh... Sueño de belleza».

Plan A, tratar de despertarla con amor.

Plan B, no lo pensó, en realidad, pero se agotaron el «tratar» y el «amor».

—Emma —la empujó.

Emma se sobresaltó en la cama y alzó la máscara antifaz sobre su cabeza.

—No te quiero porque estaba soñando lindo —le dijo.

—¿Estabas soñando con tu hermano? —sonrió y pulió sus uñas contra su camiseta, luego las miró.

—N-no. —Emma se sentó y le tomó un segundo recordarlo con exactitud; soñó con un día de clases normal, todos estaban ahí, y por eso fue lindo—. ¿Qué hora es? —lo miró— Porque tengo sueño aún.

—Treinta minutos del mediodía —tosió una vez y se sentó en la orilla de la cama—. Te desperté para contarte que fui a la recámara de nuestros apreciados padres en busca de limosna, entonces, encontré a nuestro obeso, cara de marmota, progenitor, durmiendo todavía; de no ser por sus ronquidos, hubiese pensado que se murió durmiendo. Quería saber, dulce Emmy, si estás dispuesta a despertarlo conmigo.

—¿Me despertaste para despertarlo? —se quejó.

—Escucha, esta mañana papá debió haber asistido a una reunión de la empresa; escuché por ahí que mamá lo mandó a la mierda. Ahora estamos en veda de alcohol por tiempo indefinido. Y ¿sabes qué? Conseguí pistolas de agua y ¡cerveza! —alzó del suelo un paquete de latas Heineken—. No me abandones en esta guerra completamente necesaria y madura. Por favor. ¿Recuerdas cuando hace tres años mamá cortó todas mis tarjetas con tijeras y papá me despertó lanzándome billetes del Monopolio?

¿Dijo «veda de alcohol»?

Holly, gracias por ser tan... tú.

—No, Jake —frunció el ceño y se acostó de nuevo.

—Yo sí, y me sigue doliendo porque ese día planeaba comprarme un dragón barbudo. Emma, levántate—se puso de pie y, sin reunir mucho esfuerzo, la sacó fuera de la cama con agilidad—. ¿Qué pasa? Antes eras buena onda; me jodería saber que el noviazgo te cambió, eso le quitaría todos los puntos a McClain.

Consideraba que seguía siendo buena onda, solo que no podía expresarlo en ese momento, en ese día, a esa hora, en ese segundo, porque se puso malditamente ansiosa luego de escuchar sobre la veda de alcohol, pues recordó el juego, recordó a su padre, tan considerado con las emociones de los demás (sarcasmo), y, finalmente, recordó a su Colin. De pronto, comenzó a sentir un nudo de dolor en el cuello; también recordó que estaba hecha un rinoceronte con papada, recordó que se encontraba a días del verano y que era temporada de bañadores, recordó que se odiaba y pensó que pagaría lo que sea por una pócima que le cambiara el aspecto. ¿Quién podría ser buena onda con tantos pensamientos negros atravesando su mente como basura espacial? Un momento. ¿Colin también lo habrá notado? ¿Habrá notado que subió de peso? ¿Por qué nunca se dignó a decírselo? Esa noche no pensaba cenar, pero, de todas formas, se le cerraría el apetito después de escuchar la primera broma de su padre hacia Colin.

—Es Oschner—le informó.

—No me sale decirle así —se sinceró.

—Y sí soy buena onda —se agachó a recoger una pistola de agua.

Sucedió que J.J. no le mintió; había una cara de marmota roncando en medio de una penumbra deprimente. Si la cara de marmota se encontrara consciente en ese momento, estaría maldiciendo al creador del Oktoberfest y, ya que estaba, también al creador del día de San Patricio, quien sea que haya sido, suponía que debió haberse tratado de un duende alcohólico. No sabía nada sobre el origen de esas celebraciones, pero ¡cómo le gustaba formar parte de ellas! «Adiós, Holly. Me voy a Múnich por un mes».

J.J. abrió las cortinas y Emma se paró encima de la cama con los pies descalzos, entonces, la cara de marmota se destapó, listo para mandarle a la mierda a quién se atrevió a despertarlo en un momento donde su resaca mandaba sobre su cuerpo y alma; fue cuando recibió un chorro de cerveza en la cara.

—¡Feliz veda de alcohol! —gritó Emma con la pistola en la mano.

J.J. soltó una carcajada.

—¿Cómo pudiste? —Jake se secó el rostro con las sábanas, y con un pie la empujó para que cayera sobre la cama, ésta rebotó sobre el colchón y sufrió cuando J.J. se tumbó encima de ella, gritó ahí debajo.

—Emmy fue la de la idea, pa —le acusó J.J. —. Yo le dije: «No, Emmy, no podemos hacerle eso a nuestro radiante y venerado padre, quien cambió nuestros pañales con tanto amor y compasión».

Jake lo miró con el ceño fruncido y le contestó:

—Agradezco profundamente nunca haberte cambiado los pañales.

—Y Emmy dijo: «Nadie impedirá que le dé una lección a ese cerdo inútil. Ja, ja, ja» —rió malvadamente.

—Eso suena como algo que ella diría —entrecerró los ojos.

—Está endemoniada —asintió.

—Hijo, creo que estás asfixiándola de verdad —la apuntó.

J.J. se echó sobre la cama y Emma alzó su cabeza; tenía toda la cara colorada.

—Vi la luz y escuché una voz —les comentó seria y lánguida.

—¿Qué decía? —preguntaron a unísono.

Emma se incorporó, sentándose, y acomodó su cabello hacia atrás.

—Que la única manera que tienen de salvarse del infierno es tratando respetuosamente a Colin.

Ambos hombres se miraron entre sí.

—En ese caso, estoy emocionado por conocer a mi querido cuñado. —J.J. rió alto y cogió la pistola para dispararse un chorro de cerveza en la boca. Emma refunfuñó al escucharlo tan sarcástico, totalmente listo para mofarse de Colin; y ella sabía, sabía que su hermano podía ser más desconsiderado que el maestro.

—Pues, yo no me arriesgaría —le advirtió y cruzó los brazos con enojo. Lo que no sabía era porqué diantres estaba tratando de llegar a ellos por medio del cielo y el infierno. ¿En qué estaba pensando? —Está bien. Les hablaré con plena honestidad, a ver si con eso terminan de comportarse como imbéciles.

—Y acaba de llamarnos imbéciles. —J.J. se sentó y codeó a su papá para que dijera algo también, pero éste optó por quedarse callado mientras esperaba lo que Emma tenía para decir—. ¿Y bien? No tengo todo el día, Emma. ¿De qué vas a hablarnos con plena honestidad? ¿Colin tiene algún retraso que le impide entender sarcasmo fluido? Porque también puedo ser bastante directo, si el pobre lo requiere.

—Colin tiene ansiedad generalizada.

J.J. se quedó callado, y toda su cara burlona se transformó a seriedad.

—Él está bien —prosiguió, viendo las sábanas—. Es una persona completamente funcional; siempre demostró que puede más que sus pensamientos, y sí —los miró esta vez. Ambos creyeron que se iba a poner a llorar en ese momento—, J.J., entiende sarcasmo fluido. No puedo creer que deba contarles esto para que sean niños buenos esta noche. Él está ansioso por conocerlos, más allá del significado de esa expresión, y solo quiere caerles bien; no sé cuántas veces lo repitió desde que empezamos a salir, que no espera que lo quieran, que solo quiere caerles mínimamente bien porque, en caso contrario, no sabría qué hacer. Así que esta noche no quiero chistes sobre su aspecto ni su forma de hablar o de lo que sea.

Hubo un silencio de cinco, cuatro, tres, dos...

—B-bueno —J.J. se quedó perplejo—. Tampoco se mira como un muchacho con problemas, Emmy.

—Ese es el asunto; la mayoría de las personas no se miran con problemas, Jake, por eso es importante ser amable. Y no tienen idea de cuánto me enoja que ambos actúen tan maliciosos solo porque están en el rol del padre y del hermano celoso. Colin tiene el corazón más noble del mundo, y lo amarían si tan solo le dieran la oportunidad de conocerlo; es tan dulce y gracioso a su modo, y siempre sabe qué decir.

No solo estaba enojada con ellos, sino también consigo misma, porque no buscó otra manera para hacerlos entrar en razón, fue directamente a lo más sencillo, a lo que sabía que funcionaría, a lo que Colin escondía. Le tomó un segundo darse cuenta que le desagradaba la idea de que él le contara a su familia lo que pasaba por la mente de ella. Era íntimo y personal. Hablar sobre salud mental no le parecía motivo de vergüenza, para nada, pero, a pesar de todas las veces en las que había escuchado que no debía sentirse mal por un pasado que no eligió, igual lo hacía; las secuelas del pasado la avergonzaban. Le inquietaba imaginar que la familia Oschner descubriera su realidad, no quería que la vieran como la vulnerable novia de Colin, quería caerles bien a las hermanas adolescentes de éste, y que no la miraran como una extraña, tal como su familia ahora iba a hacer con él... o eso era lo que ella creía. Rayos. No deseaba imaginar lo que Colin le diría si se enterara que ahora la familia de ella lo miraba como un ansioso, se enojaría y ella no sabría cómo remediarlo. Fue una tonta, más que eso, actuó con egoísmo.

—Está bien, florecita —habló Jake en tono bajo.

Emma alzó su barbilla y enseñó su mirada llena de aflicción.

—Le hablaré respetuosamente a Colin porque no me quiero ir al infierno —añadió el mismo. Ella esbozó una pequeña sonrisa, pues él no estaba sintiendo lástima hacia el pobrecito ansioso, conocía a su padre, y él la conocía a ella. Él sabía que su hija odiaba cuando su familia, es decir, los Hamilton, demostraban lástima hacia ella; Jake sabía que Emma sentiría lo mismo si ellos dos expresaban un sentimiento como ése hacia Colin—. ¿Y bien? Jake Miller...

Ambos miraron a J.J.

—Pues, recordé que esta noche miraré el juego en casa de Melissa —tosió una vez en su mano.

—Hoy se llama Melissa —le recalcó Emma a su padre.

—Anoche fue Lissa, hoy Melissa y mañana Clarissa. Son trillizas, de Ámsterdam, específicamente, y a las tres les gusta el irresistible ser que es tu hermano —añadió Jake, guiñándole a Emma con complicidad.

Emma se echó a reír y J.J. puso su mirada en blanco.

J.J., el único hombre soltero que Emma conocía que no se sentía genial por tener una cita diferente cada noche. ¿Que porqué tantas citas cuando al final se sentía incómodo frente a su familia por esos comentarios? Pues, quería novia y no la hallaba, quiero decir, hallaba muchas interesadas en ocupar el puesto, mas no hallaba a la que encajaba. En todas sus citas, sin excepción, se sentaba a bostezar mientras escuchaba conversaciones que no le causaban gracia o ninguna clase de emoción en realidad. Cumplía treinta el año que entraba y estaba a nada de crearse una cuenta en Tinder. Anoche les había dicho que perdió toda esperanza, pero anoche fue anoche, estaba listo para otra decepción con Melissa.

—Quizá Melissa sea la indicada —le animó Emma, al final.

—Sí, tienes razón. Quizá Melissa me haga reír esta noche...

Pobre hombre.

—Este... ¿Se puede saber cómo fue que ustedes dos se enteraron que no se podrá beber alcohol bajo este techo por tiempo indefinido? —les preguntó Jake.

Emma miró a su hermano; sí..., también quería saber cómo fue que se enteró.

—Archie me detuvo en la entrada para mirar el interior de mi mochila —les explicó J.J. Archie era el encargado de la torre, también era un gran socio de J.J., pero las órdenes de la señora Balmer se encontraban por encima de cualquier amistad—. Mamá le dio la orden de revisar nuestras pertenencias antes de subir para que no metamos alcohol por contrabando, entonces, ahí me contó que éste viejo discutió con ella, y que el alcohol estaba en el medio.

—Qué extremo —pensó Emma.

—Admito que fui medio irresponsable al no asistir a una reunión pactada, pero, más que eso, su madre cree que necesito bajar de peso —suspiró la víctima de los traumas de su esposa—. ¿Qué dicen ustedes? Para mí, la opinión de Holly, con respecto al aspecto físico, no cuenta, porque saben que tiene sus traumas del pasado. ¿Qué dicen? ¿De verdad me estoy volviendo un feo esposo gordo y alcohólico?

—Si eso dice sobre ti, ¿qué dirá de mí? —se preguntó Emma.

Hablar sobre gordura era un tema prohibido frente a Emma.

Ups, Jake.

—De mí, dice que no tengo novia por eso. —J.J. tomó las riendas luego de darse cuenta que su padre erró sin querer—. Ejem. Quizá mi cuñado preferido quiera pasarme su rutina de ejercicios, pienso yo...

Ahora era su cuñado preferido.

Emma se quedó callada, y había muchas razones.

—Me importa una mierda verme como su madre me ve —dijo Jake, y salió de la cama, quejándose de un fuerte dolor de espalda—. Son casi la una de la tarde y mi panza pide a gritos comida grasa. ¿Qué ordenaremos? ¿Nos haremos de los fitness y en la noche nos destruimos con pizza? ¿Quién vota «sí»?

Comúnmente, la familia Miller comía demasiada basura. Emma se cuidaba, y mucho, porque tenía tendencia a reventar por cualquier exceso; su metabolismo y constitución física eran una maldición. Bailar, hacer pilates y correr en cinta eran tan solo tres maneras por las que lograba mantenerse en forma y liberar toda esa energía ansiosa que la incitaba a comer en exceso. Pero no recordaba ninguna noche del semestre que no terminara cenando comida chatarra con Colin, y se odiaba por eso. Entonces, en ese momento, se dio cuenta que estaba saliendo con un muchacho que podría considerarse todo lo contrario a ella porque ¿a quién diablos se le olvida comer durante el día? Pensamiento innecesario desbloqueado: Alan siempre decía que todo el mundo se ve gordo al lado a Colin, aunque realmente no lo sea. ¿Ella también? ¿Eso era lo que la gente iba a ver ese verano? ¿A la petiza y gorda novia de Colin McClain?

—Señor, ¿qué hubiese sido de mí si usted no me adoptaba?

La pregunta de J.J. la bajó de las nubes huracanadas.

—La pregunta es: ¿qué hubiese sido de mí si no te adoptaba? —lo apuntó.

—Emma tendría un hermano menor igual que ella, suponiendo que hubieran buscado otro mocoso con mamá —contestó—. Lo pienso todo el tiempo, a mí me hubiese gustado tener un hermano insoportable.

—¿Sid? —le recordó Emma.

—Emma, Sid no es insoportable, Sid es imposible —le respondió.

—Responderé la pregunta que dejaste tirada en el suelo: mi vida sin ti hubiese tenido un vacío y, aunque ame a tu hermana sobre todas las cosas, necesitaría que alguien comprara un Nerf para llenarlo de cerveza.

—Y que te fastidiara aún con veintinueve años —añadió Emma.

—Que siga viviendo a costa mía a esa edad —la apuntó.

J.J. cruzó los brazos.

—Me quedaré con la parte en la que dijiste que sentirías un vacío sin mí.

Emma rió, y abandonó la recámara segundos antes de que J.J. la siguiera para ordenar comida.

Se encerró en su cuarto para comenzar a alistarse y enfrentar el día, pero, antes de entrar al baño para asearse, tomó su teléfono y se sentó en la orilla de la cama con las piernas arriba. No había nada de él.

⠀⠀⠀

Emma: Hola, bombón

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Pero los minutos pasaron y no contestó. Entonces, se dio cuenta que tenía un mensaje nuevo de alguien a quien ignoró la noche anterior; ignorarla no fue su plena intensión en realidad. La pilló en mal momento.

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Vi: Sí, ignora mis mensajes preocupándome por tu trasero huesudo

Emma: Mi trasero ya no es huesudo.

Emma: Me di cuenta que engordé.

Vi: Todo es culpa de la cosa que tienes a tu lado

Emma: Qué??

Vi: Que Colin te engordó para que nadie más te mire, boba

Emma: Él no haría eso

Vi: JODER EMMA ES BROMA

Emma: No sé qué hacer

Vi: Yo sí sé qué puedes hacer: mantén la boca cerrada a menos que sea para comérselo a Colin jajjajajs

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No le causó gracia.

Ni un poco de gracia.

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Oschner: Ey hola

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«Y ¿a éste que le pasa», pensó.

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Emma: Estás en tu casa??

Oschner: No.

Oschner: En Brooklyn

Oschner: La amiga de mi mamá es artista y vinimos a su exposición

Oschner: También es el cumpleaños del primo de mi papá, y lo está celebrando en su casa cerca de aquí, almorzaremos ahí. Me pudre porque no soporto a mis primos y sabes que no puedo fingir sonrisas

⠀⠀⠀

Pues sí, lo sabía.

⠀⠀⠀

Oschner: Quiero dormir

Emma: No estás feliz? Porque estás con tus hermanitos

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Estaba buscándole la vuelta, buscándole algo bueno.

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Oschner: Sí, claro

Emma: Todo bien con tu papá?

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Emma se mordió el pulgar mientras esperaba la respuesta.

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Oschner: Normal... Lo de siempre.

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¿Qué significaba eso?

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Emma: Bueno. YA TE QUIERO VER.

Oschner: Te amo, pero quiero que sepas que voy a cortarme el cabello

Emma: NOOOOOO.

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Y él ya no respondió. ⠀⠀

Las horas pasaron a un ritmo flemático; inaguantable y latoso para un corazoncito colmado de inquietud como el de Emma, y apostaba a que Colin se sentía de la misma manera. Se había acordado de verificar la hora cada treinta minutos con exactitud, y la lentitud era clara para su paciencia excesiva. Era agotador. Tener los mismos pensamientos recurrentes era agotador. Ya había hablado con ese par de niños tontos; en teoría, no tenía razón para preocuparse, mas su cerebro siempre encontraba otra razón para hacerlo. Y ¿si a Colin no le caían bien ellos? Porque estaba tan acostumbrado a un ambiente familiar serio, y ¿si tendría que fingir que les caía bien solo por ella? Tendría mucho sentido, que los odiara a primera vista.

Salió de su recámara a las 9:40 p.m., arreglada con un vestido suelto hasta la pantorrilla, con mangas cortas, era blanco con estampado de florecitas amarillas. Alterada, se plantó en la sala, y Holly la inspeccionó por encima de sus lentes, ésta se encontraba sentada en un sillón de la derecha mientras contestaba correos electrónicos en su computadora, en ropa de dormir elegante, le acompañaba una copa de vino tinto porque ella sí tenía permitido deleitarse con una copa de alcohol. Jake se hallaba sentado en el diván paralelo; mirando el resumen de un partido de baloncesto interminable, había comido pizza como si se hubiese a acabar del mundo, y la prueba se encontraba en la mesa del centro; un cartón aceitoso y latas de Coca-Cola vacías. Holly no le había dirigido la palabra Jake desde que se sentó en ese sillón, y viceversa, pero Emma no prestó atención a esa situación tan tensa. ¡Estaba muy nerviosa!

—Colin está abajo —les informó.

—Pensé que no vendría —habló Jake, bajando el volumen de la televisión.

—Yo no sabía que vendría —dijo Holly, indignada porque creía tener derecho a saberlo también.

—Su familia lo secuestró todo el día, yo también pensé que no vendría. Por favor, no comenten nada fuera de lugar —juntó sus manos y tomó aire como si se encontrara ahogándose—. Es importante para mí; Colin es importante para mí, y quiero que se sienta cómodo en este ambiente tan inusual para él.

—¿Qué? ¿Su familia no come pizza mientras mira la televisión? —le preguntó Holly.

Jake solo pudo notar algo: Emma acababa de decir explícitamente que Colin era importante para ella.

Yendo abajo, Colin atravesó las puertas de la torre con la misma ropa de la mañana.

—Joven. —Archie lo detuvo.

Colin parpadeó dos veces y retrocedió.

Estaba atontado.

Así se acercó al moreno cuarentón.

—Me llamo Colin Oschner y...

—Ah, sí. Eres el novio de Emma. Pensé que no vendrías —lo interrumpió.

¿Qué?

—Voy a subir —le respondió, y siguió con su camino.

Archie no se opuso.

Colin presionó el botón del ascensor, y dio un paso atrás para observar cómo los números de arriba retrocedían. Con el ceño fruncido, colocó una mano sobre el borde del marco y se recostó por ahí, viendo el suelo. Estaba pensando en todo y a la vez en nada. Le daba rabia haber llegado de Brooklyn hacía cinco minutos porque a su padre se le antojó quedarse a mirar parte del juego en casa del primo; le daba cólera haber aguantado a sus primos durante toda la tarde y no haber podido escapar de ahí porque su padre le hubiese reclamado después. Le irritaba saber que seguía con la misma ropa de la mañana, sucio y contaminado con el aire. Le daba cólera llegar tarde al ático de Emma, eso hablaba demasiado bien de él, ¿cierto? Hablaba sobre el compromiso que tenía hacia su relación; el señor Miller ya debió haberle quitado todos los puntos. Y el sueño que tenía, Dios mío, le ardía los ojos por el cansancio de semanas.

—¡Archie! ¡Vaya juego de mierda! —gritó alguien detrás.

—Un empate de serie no está mal —le respondió Archie.

—Yo siempre digo que pudo haber sido peor. —J.J. golpeó su puño contra el del encargado, luego se aseguró de sostener con solidez las cajas de pizza que traía junto con bebidas que se encontraban arriba.

Archie dejó que su socio se llevara una sorpresa, y no dijo nada.

El ascensor se abrió y Colin entró, mas detuvo las puertas de inmediato cuando se percató que un repartidor de pizzas iba a quedarse fuera. J.J. ingresó cuidando las latas para que no cayeran al suelo, no miró a quien fue tan amable de ayudarlo.

—¿Piso? —preguntó Colin.

—Cuarenta, por favor —contestó J.J.

¿C-cuarenta?

J.J. alzó su mirada y se encontró con una cara pálida.

—Colin Oschner —le dijo.

¿Ya le salía decirle así?

Colin se exaltó.

—Dios mío. Disculpa. ¿Necesitas ayuda? —le quitó las latas de refresco y otras de energizante para echarle una mano. Se quedó quieto por un momento, mirando la pared, como reorganizando su pobre mente, y le pasó una mano que el otro estrechó—. Disculpa. No te reconocí.

«Pobre cosa ansiosa». Fue lo único que pudo pensar J.J.

Después que Emma les haya hablado con «plena honestidad», J.J. no había parado de pensar en Colin como «la pobre cosa ansiosa» que enamoró a su hermana hasta la médula.

—¿Sabes Clarissa? Hoy conoceré oficialmente al novio de mi hermanita, y me enteré que tiene ansiedad. ¿Por qué tenemos que pensar tanto?

—Me llamo Melissa.

Ups.

—No te preocupes, amiguito —respondió.

¿Amiguito?

Colin tosió una vez y se paró mirando las puertas.

No lo digas.

No lo digas.

—Tienes cara de que no duermes hace cinco años —le dijo J.J.

No se aguantó.

Lo único que le faltaba; no haberse bañado y lucir como un drogadicto que no duerme hacía cinco años. ¿Con esa pinta de mierda iba a presentarse frente a la familia de Emma? No tenía vergüenza, ¿cierto?

—Disculpa. No duermo bien hace noches, por los finales, y la preocupación que conlleva.

—Bueno. No necesitas disculparte; yo tengo una cara de mierda y no me ando disculpando con quien tenga la desdicha de mirarme —se rió. Estaba tratando de sonar lo más amigable posible. En verdad, bajo todo ese humor tonto, y a veces burlón, se hallaba una criatura empática porque Emma lo hacía así.

Colin pretendió que eso le dio gracia.

—Bienvenido a mi dulce hogar —le dijo J.J. cuando las puertas se abrieron en el ático, y se encontraron con la mirada de pánico de Emma—. ¡Traigo una entrega de pizza con bebidas, y un novio para Emma!

—¡No te voy a dar propina! —gritó Jake desde la sala.

Colin traía consigo una cara que detonaba aflicción y Emma no fue capaz de notarla, ya que estaba alterada en sus cinco sentidos; ésta le sacó las latas y las colocó encima de las pizzas, seguidamente, lo tomó de la mano para arrastrarlo hasta la sala principal. Ambos tenían las manos sudorosas; pero la derecha de él tenía un plus porque también estaba temblando. Holly se sacó los lentes para visualizar al «moja bragas de adolescentes», que Theresa McClain tenía como descendiente, lo admitía, el muchacho tenía demasiado encanto, lo que no sabía era cómo o porqué estaba con Emma; no tenía sentido alguno.

—¿Y bien? —habló Holly.

—Él es Colin, y ahora nos iremos al balcón. —Emma estiró del brazo a éste. Se dio cuenta que había pasado toda la tarde inmersa en sus pensamientos ansiosos, e inservibles, que nunca se planteó qué exactamente iba a decir cuando pasara. Toda su cara era fuego ardiente donde echar malvaviscos.

Por primera, y única vez, Colin se encontraba tan avergonzado que ni siquiera podía saludar.

—Aguarda un momento... —Jake se levantó del diván, deteniéndola al señalarla con un dedo índice de forma arbitraria, inspeccionó a Colin de pies a cabeza, y se le olvidó el disimulo. Colin quería, precisamente, despertar de esa pesadilla, porque era la segunda vez que el padre de Emma lo miraba de esa manera, inspeccionando ¿qué?, ¿su aspecto?, ¿su ropa?, ¿su existencia? —. Que ni nos saludamos.

Colin reaccionó y soltó la mano de Emma.

El momento requería una grosería monumental: verga.

Frotó su mano derecha disimuladamente contra su pantalón para secársela, y la colocó frente a su suegro. Se estrecharon. Sabía que era el momento exacto para hablar, pero las palabras no salían.

—Lamento venir tan tarde, es que mi padre tuvo otros planes.

«¿En serio? ¿Esa es tu manera de saludar?». Colin estaba preparado para recibir la peor calificación; mentira, no estaba preparado, y por eso su corazón era una bomba que latía con taquicardia intensa.

J.J. soltó a las pizzas sobre la mesa del centro. Un ruido que los interrumpió.

—Colin es buena onda, detuvo las puertas del ascensor sin conocerme. ¿Tú haces eso, pa?

—Cuando amanezco amable, sí —respondió Jake.

Emma se encontraba a punto de reventar de nervios.

—Eh, señora Miller... —Colin se inmutó al percatarse de Holly.

—Balmer —le corrigió.

Demonios.

Ya arrástrenlo al infierno mejor.

—Me niega como su esposo —bromeó Jake, incluso cuando se hallaba psicológicamente distanciado de su señora esposa. Holly no produjo ni una minúscula expresión que diera a entender sus emociones en aquel momento, era una jugadora de póquer profesional (no, no lo era, pero podría serlo de maravillas).

—No se vayan al balcón de los enamorados todavía —les pidió J.J.

Jake se acercó a ese par y los guio hasta el sofá del medio; prácticamente, los empujó para que se sentaran ahí. Emma a veces necesitaba esa clase de presión porque no funcionaba voluntariamente.

—No sé porqué están tan nerviosos —les dijo.

—Porque ustedes son de carácter especial —contestó Emma.

—Qué halago. —J.J. tomó una rebanada de pizza y se sentó en el diván, alzó sus piernas sobre la mesa del centro, y le golpeó la pierna a su padre para que le pasara una lata de refresco—. Carácter especial suena a algo notable; de seguro Albert Einstein tenía un carácter especial. Ejem, Colin, ¿qué me dices tú?

—¿D-disculpa? —parpadeó dos veces.

¿De qué se perdió?

—¿Dices que tengo un carácter especial? —le preguntó.

—No respondas —le interrumpió Jake, sentándose al lado de J.J., se estiró para agarrar una rebanada aceitosa con pepperoni arriba. En eso, Emma tomó la mano de Colin, y recostó su brazo sobre la pierna de éste. Toda la familia prestó atención a esa acción. Jake tosió, tratando de volver a la Tierra, esa acción tan insignificante lo llevó a dar un paseo por el espacio exterior de lo equívoco—. Anoche Emma nos mencionó que estás trabajando en una investigación, que por eso llegaste tarde a la ciudad, una lástima porque pensaba invitarte a celebrar que ella superó su primer año mucho mejor de lo que esperábamos, quiero decir, siempre supimos que iba a lograrlo, pero superó nuestras más altas expectativas.

Emma suspiró y su pierna izquierda comenzó a moverse inquietamente; sentía que su padre se estaba refiriendo a ella como si fuese una incapacitada. Se había abstraído toda la tarde en pensamientos preocupados, temiendo que éste mencionara alguna broma tonta que la avergonzara, bueno, en ese instante, se sentía más avergonzada de lo que hubiese estado frente a cualquier broma inapropiada.

Colin se percató de la pierna inquieta, pues golpeaba la suya, así que, con mucha sutileza, frenó el movimiento al colocar las manos enlazadas sobre ésta. Alguien estaba más nervioso que él, vaya.

—Eh, sí... —Él asintió para su suegro, aunque, increíblemente, no tenía idea de cómo seguir la conversación, pues perdió sus ideas al distraerse con la pierna, que ya no se sacudía, al menos eso—. Emma no pertenece a este mundo. Cada vez que me encuentro en una situación estresante, me pregunto «¿qué es lo que Emma haría?» —rió de sí mismo, probablemente de los nervios— porque no conozco otra persona tan poderosa y resiliente como ella. A veces solo quisiera que se viera a través de mis ojos.

Emma se sonrojó intensamente.

Momento para un suspiro interno.

¡Qué hombre más de ensueño!

J.J. detuvo una rebanada frente a su boca abierta; Holly cerró la computadora y miró por encima de sus lentes a la pareja; en cambio, Jake, sintió una rarísima sensación en el tórax, y no, no era un ataque cardíaco, ya que no era una sensación dolorosa, más bien, era como un cosquilleo gratificante de dicha y felicidad porque ahí estaba esa mirada de amor.

Jake no tenía una vasta experiencia en el romance, los matrimonios que se encontraban a su alrededor eran un fracaso, mas conocía esa mirada de alguna parte, rayos, sí, era la mirada que se hallaba en su padre, Noah, cuando hablaba sobre su madre, Sídney. Se sintió incómodo, muy incómodo consigo mismo, porque acababa de comparar automáticamente a un muchacho, que no conocía de nada, con su padrastro, a quien siempre quiso y respetó, no solo porque le crió y dio todo el cariño que su padre biológico jamás le proporcionó, sino también porque siempre trató a su madre como a una reina, hasta minutos antes de que el accidente automovilístico acabara con ellos. Maldición. No quería creerle; una parte de su mente le decía «De seguro usa el mismo repertorio sucio con la familia de cada chica con quien sale» mientras que la otra le afirmaba «Claro que está hablando con sinceridad, míralo, se está apunto de cagar encima, es imposible que esté usando un truco contigo».

—Todos quisiéramos eso, que se viera a través de nuestros ojos —le respondió.

Emma suspiró entrecortado.

—¿Cómo te fue con Melissa, J? —inquirió ella.

Cambiar de tema era lo más apropiado.

—Le dije que pienso en la castidad hasta el matrimonio —le contestó seriamente.

Jake volteó a mirarlo, y resumió:

—O sea que te sedujo, la descarada.

—Sentí pánico en ese momento —confesó— porque eso iba a comprometerme doblemente. Mañana tengo una cita de día con Yoli porque, como es lunes, de noche tengo jockey de fantasía con mis amigos.

Holly se rió, preguntando:

—¿Quién se llama Yoli? ¿Es su nombre real?

—Yoli es una supermodelo tailandesa —contestó J.J. con orgullo.

—Mi hermano está buscando esposa —le explicó Emma a Colin, ambos se miraron.

—Esposa no —desmintió J.J. —. Ando en busca de una mujer agraciada que quiera recorrer el mundo a mi lado porque ya me cansé de hacerlo solo —le aclaró a Colin, quien asintió siguiendo la conversación.

—¿Qué estudias, Colin? —interrumpió Holly.

El tono de voz se escuchó como un disparo en la sabana.

Holly era una cazadora dispuesta a quitarle la piel al animal que estaba sentado en su costoso sofá blanco. Ella era consciente de cuán perfecto era Colin McClain para el mundo adolescente, y se iba a encargar de averiguar qué tan perfecto era en realidad; de hecho, ya le había encontrado un defecto hacía meses atrás. «Era pésimo eligiendo pareja» porque su hija era un dolor de cabeza insoportable.

—Pero ya hablamos de eso una vez —confesó J.J.

¿En serio?

—Pues, no les presté atención. —Holly se estiró para dejar la copa de vino encima de la mesa de centro.

Era mañosa como una viuda negra; la diferencia se encontraba en que las arañas venenosas no atacan de forma espontánea a los humanos, y atacar a otros sutilmente era como el pasatiempo de Holly Balmer.

Emma mordió con fuerza y se le adelantó a Colin, diciendo:

—Cole ya es licenciado en física, aplicará para un máster en nuestra universidad, luego de eso tomará los cursos de pre-medicina en Cambridge, y no me cabe duda de que entrará a la escuela.

Holly alzó sus cejas.

—¿A cuál? —inquirió.

Colin abrió la boca para responder, mas Emma lo interrumpió de nuevo:

—Apunta a Harvard prioritariamente, aunque también piensa aplicar a Princeton y a Stanford.

—Un muchacho con grandes ambiciones. Sin embargo, no entiendo la parte en la que abandonaste tu segundo año del pre-grado en química para empezar de cero en una licenciatura de física, Colin —miró directo a éste, dándole a entender a Emma que estaba tratando de dialogar con su novio—. Ah, de pronto recordé la conversación que tuvimos un sábado sobre el brillante novio de Emma —rió, mirando el techo.

A Emma ya le dolía la mandíbula de tanto apretarla.

—Eh... —Colin tragó saliva—, me desvié de mi meta por asuntos personales, pero realmente estoy feliz de haberlo hecho porque de esa manera pude conocer a Emma. En septiembre inicio un máster de dos semestres en física teórica. Mis amigos me preguntan si acaso no tengo noches en las que quiero llorar porque, en teoría, con el tiempo que ando perdiendo en California, ya hubiese estado con un pie dentro de la escuela de medicina, quiero decir, son ellos los que dicen que ando perdiendo tiempo, claro, porque a mí me encanta lo que estoy estudiando, por eso opté por el máster.

»Soy consciente de que quizá tenga razón, si no me desviaba del camino, ya estaría lejos, pero no me cabe ninguna clase de arrepentimiento porque tengo a Emma conmigo. Los planes de Dios son perfectos y me gusta pensar que Emma siempre se encontró en su plan hecho para mí. Es tan dulce y tiene un corazón enorme. Toda mi vida supe afrontar solo a mis problemas e incertidumbres, de hecho, estoy acostumbrado a que así sea, sin embargo, con Emma aprendí lo lindo que es tener a alguien que crea en ti de la manera en la que ella cree en mí, y nunca me sentí tan bendecido como ahora. Ella me hace bien.

No había forma de impedir el rubor en la cara de Emma.

Una palabra: shock.

Toda la familia de Emma entró en shock.

Quedaron confundidos y atontados después de escucharlo. Pero empecemos por el organizador de esa reunión, el señor Jake Miller, éste estaba seguro de que nada más podía sorprenderlo después de haber escuchado a Colin en Venice Beach, y, hacía minutos atrás, cuando mencionó su deseo de que Emma se viera a través de sus ojos; imaginó esas palabras como el tope de romanticismo que el muchacho les podía ofrecer, lo que no sabía era que Colin siempre lograba superarse a sí mismo en todo sentido. ¿Los planes de Dios? ¿Se sentía bendecido? ¿Ella le hacía bien? ¿Acaso era la reencarnación de algún poeta? Shakespeare, ¿eres tú? No hablaba en serio; él se las ingenió para nunca leerlo en preparatoria. Eh, volviendo al tema, en ese momento, se dio cuenta porqué Emma les pidió que no se burlaran de él por su aspecto ni por su manera de hablar. Emma hablaba malditamente en serio cuando le mencionó en noviembre que Colin era creyente, pero no lo imaginó como esa clase de creyente; esperaba que también creyera en la castidad hasta el matrimonio. Ah, sí, a lo que iba, qué doloroso admitirlo, pero Colin había aprobado la prueba del nuevo yerno, que acababa de inventar, sin embargo, aún le faltaba conseguir estrellas para adornar el mérito, y no estaba dispuesto a regalárselas; Colin iba a necesitar ganárselas.

Pasando por el hermano celoso, J.J., sí, también se detuvo frente a los planes de Dios, aparentaba una tontería, pero era realmente destacable en medio de una familia donde nunca se mencionaba nada referente a creencias de esa índole, al menos no con seriedad, siempre de manera jocosa. Conocían mucha gente entregada a diferentes religiones, pero había un cristiano ahí, tomando la mano de su hermana, hablando sobre los planes hechos por una Divinidad perfecta de la cual no había pruebas certeras de su existencia, según cómo pensaba, y la cereza del postre se hallaba en que Emma formaba parte de ese plan. Era tan increíble que rozaba lo absurdo, eso sin mencionar que hablaba sobre Emma como un perfecto enmarañado en las sogas del amor. No quería creerle, no necesitaba caer en eso, pero era imposible no hacerlo cuando Colin les hablaba con ese tono de voz tan sereno que solo una persona que se encuentra hablando con el corazón logra emitir. No, el muchacho seguía en periodo de prueba.

Y por fin, Holly. Ella era la más sorprendida entre los tres... o quizás no tanto. Sabía que el muchacho escondía algo, un gusto particular o una convicción diferente, que le hiciera optar por Emma como alguien a quien se puede amar en el sentido romántico. Sabía que las personas de la categoría de Colin siempre hallaban lo bueno en lo malo; entendió que el muchacho estaba esperanzado porque Emma terminara de sanar emocionalmente porque, en caso contrario, sin esa alma de hombre bueno, jamás hubiese tolerado a Emma. No era un secreto que a la familia de Theresa le gustara hablar sobre Dios, sin embargo, familia cristiana no asegura que cada miembro salga con la misma creencia, bien, ese no era el caso de Colin, evidentemente. Punto número dos, todas esas palabras de chico romántico la hubiesen enternecido de no ser por su corazón negro de Maléfica, pero sí, le daba una estrella de mérito porque sabía que Jake iba a caer; conocía a su esposo, tenía la mala costumbre de entregar su confianza, exactamente como Emma.

—Qué dulce —le dijo Holly con una sonrisa fingida.

El corazón de Emma latía a velocidades extraordinarias por el amor y la preocupación; amor hacia Colin y cada palabra que salía de su boca, y preocupación porque temía que eso que ella tanto amaba de él fuera razón para que su familia se echara a reír más tarde. Su padre era un padre amoroso, y las demostraciones de afecto hacia ellos nunca faltaban, sin embargo, no estaban acostumbrados a un agente externo que hablara con tanto detalle en un tono poético e inteligente. Colin era precisamente la clase de persona de quien J.J. se burlaría por su forma de hablar. Y su madre, rayos, ni siquiera podía imaginar las cosas que pasaban por su mente con respecto a Colin, pero apostaba a que no le caía bien.

—Este... Muchas felicidades, Colin. —Jake abrió una lata de Coca-Cola y la alzó en modo brindis antes de beberla; se suponía que no podía consumir alcohol porque estaba gordo, bueno, un paso a la vez—. Me parece sumamente impresionante que hagas un máster a los veintitrés años, quiero decir, no es nada nuevo, mucha gente lo hace, pero no deja de ser impresionante porque se necesita un gran cerebro, encima en física teórica. ¿Qué sabes tú de física? —le preguntó a J.J., y le golpeó la panza de sorpresa.

J.J. soltó su celular y miró a todos, preguntando:

—¿Física como educación física? —miró a su padre.

—Evidentemente, no sabe nada de física... ni de educación física. —Jake le habló a Colin, casi susurrándole, como burlándose de J.J., a lo que Colin simplemente sonrió—. En serio, felicidades.

Vaya.

Qué... considerado.

—Eh, gracias... Aprecio mucho que lo mencionaras —respondió.

Jake tosió una vez, y dijo:

—Bueno. Colin, come algo.

Colin miró la pizza entera y negó.

—No tengo hambre, gracias.

—¿Cómo no? Come algo —insistió J.J.

Emma lo miró y lo entendió en seguida, iba a decirles que Colin ya comió, que no insistieran, mas éste se adelantó y seleccionó una rebanada sin ingredientes arriba. He aquí lo que ocurre cuando tienes a la familia de tu novia ofreciéndote comida; la presión de aceptarla, aunque el apetito se encontrara muerto.

—¿Emma? —J.J. la apuntó, luego señaló la pizza.

Rayos.

No encontró otra opción más que comer una rebanada también.

—¿Miraste el juego, Colin? —inquirió Jake.

—Eh, sí, una parte —respondió mientras buscaba la manera de tragar ese pedazo tan grande que eligió.

—¿Juegas? —le preguntó J.J.

—Colin fue la estrella en su prepa —comentó Emma.

—Eran otros tiempos —añadió éste.

—Ya no sigue el baloncesto como antes, pero le gusta y mucho —dijo Emma.

No se estaba dando cuenta que se encontraba hablando por él, y era la primera vez que lo hacía, pues normalmente era él quien hablaba por ella; tampoco es que Colin lo necesitaba, más bien, Emma no le estaba dejando hablar porque inconscientemente creía que ese era el mecanismo correcto para defenderlo de su familia.

—¿Qué? ¿La universidad no te permite disfrutar de la vida? —le interrogó Jake.

No, era su papá.

—Creo que disfruto de la vida a mi modo —respondió.

Emma entró en doble alerta: Mal tema de conversación.

—Un modo poco convencional —sugirió J.J.

—Nos iremos afuera. —Emma se puso de pie; ya bastaba de presión, ambos necesitaban tomar aire. Dejaron sus rebanadas, sin terminar, sobre el cartón, es que ninguno las deseó—. Con permiso, amigos.

Colin se levantó y abrió la boca porque sintió la obligación de decir algo.

—Anda con la malcriada. —Jake golpeó el aire como dando a entender que no tenía importancia que se fuera al balcón—. ¿Ya te acostumbraste?, ¿a cumplirle todos sus caprichos? Porque Emma es una reina, y tenemos la obligación de darle lo que quiere cuando quiere. Te echaremos, si es que acaso nos enteramos que no la complaces como nosotros lo hacemos.

—No está hablando en serio —masculló Emma, y lo tiró del brazo para que caminara.

—Yo nací para complacerla —bromeó Colin mientras era arrastrado hacia el balcón.

—¡Madre mía! ¡Este chico lo entendió todo! —gritó Jake.

Emma cerró la puerta corrediza con fuerza e inmediatamente se dirigió a las escaleras de la terraza del segundo piso, mientras Colin la seguía en silencio, luego, buscó un control para encender una chimenea falsa que se encontraba bajo la enorme pantalla curva.

—Quiero que sepas que mi familia se comportó impecable —comentó, apretando un botón del control, a continuación, giró a verlo, encontrándolo sentado en el sofá con la cabeza tumbada hacia atrás y los ojos cerrados—. Cole, no te preocupes, ellos te adoraron, los conozco lo suficiente, les caíste bien de entrada.

—¿De verdad? —le preguntó sin abrir los ojos.

Emma juntó sus manos y miró hacia abajo para verse las uñas.

No estaba así por eso.

Ella se sentó a su lado lentamente, y él la miró, entonces, ésta finalmente pudo notar esa mirada agotada.

Emma seguía sin saber cómo tocar el tema, tampoco sabía qué maniobra usar en ese momento. Lo meditó por un par de segundos, y se sentó sobre éste, cara a cara. Colin sabía que ella hacía eso en dos ocasiones, que eran polos opuestos entre sí: cuando quería seducirlo o cuando quería hallar una respuesta y que él no pudiera mentirle porque su expresión facial marcada era una de sus grandes desgracias, su cara no podía fingir cuando algo le pasaba, sea bueno o malo. Entonces, qué mejor manera de interrogarlo que teniéndolo cara a cara. Para rematar, Emma lo tomó de la mandíbula para acariciarle las líneas delicadamente mientras se miraban. A pesar de eso, Colin miró hacia abajo, juntó sus manos frente a ella para inspeccionar como su pulgar derecho había sanado, no quería verla, mejor dicho, no quería que lo viera. Se estaba odiando porque esa no era manera de empezar su verano.

—¿Vas a...

—Estoy en modo ahorro de energía —le interrumpió la pregunta que anticipó desde que ella se sentó sobre él. «¿Vas a decírmelo?». Cómo odiaba esa pregunta no tenía nombre—. Necesito dormir un mes.

—Pero hazlo —le suplicó, levantándole la barbilla con las manos para que la mirara—. Te odiaré, si mañana recibo un mensaje tuyo a las seis a.m. «¿Sabes qué? Acabo de despertar y ya no puedo dormir».

—Dios, tengo que dejar de ser tan predecible —se rió.

—No eres predecible, yo te conozco —le siguió la mirada.

—De acuerdo —se puso serio.

—Tienes algo que contarme, hazlo.

Ya no quería rodeos.

—Eh, sí, tengo una propuesta en realidad.

—No quiero escucharla.

—No me...—empezó a decir, a lo que Emma se tapó las orejas usando sus manos, todo con una mirada de entera compostura. Colin rió, tomándola de los antebrazos para destaparle, entonces, comenzaron una lucha —. No me... No me cortaré el cabello... —continuó, riendo, y por fin le capturó las manos—. No me cortaré el cabello, si tú me das la clase de amor que un graduado estresado necesita. Te extrañé mucho.

—No me compras —negó y observó cómo le sostenía sus manos.

De pronto, la broma dejó de ser divertida para el mismo bromista.

—Tengo miedo de mi papá porque sé que no aceptará que aplique para el máster.

Por fin, lo soltó. Al menos lo intentó, desviarla con bromas, con tonta seducción, siempre era lo mismo, y siempre terminaba contándoselo, porque Emma jamás cedía a sus boberías, aunque en serio amara al «Colin bromista tonto».

—¿Qué es lo peor que puede decirte? —continuó acariciándole la cara con ternura y amor.

Colin movió la cabeza para que lo soltara y bajó la barbilla.

—Cada año se pone peor, no sé si es la edad o solo va evolucionando —respondió, tocándole los botones delanteros del vestido—. Hoy, en el cumpleaños, les presumió a todos sus primos que me gradué con el honor máximo cuando en realidad nunca se tomó el tiempo de felicitarme, solo lo ignoró porque nada de lo que hago está bien, y yo no sé cuánto más pueda aguantarlo porque todo tiene su límite, incluyéndome. Mi familia piensa que no me duele porque eso es lo que les hago creer, pero lo cierto es que me siento fatal. No sé porqué me odia tanto —la miró con los ojos lacrimosos—, no lo entiendo.

—Cole, no creo que él te odie. Nadie podría odiar a alguien tan puro como tú —le acarició debajo de los ojos con sus pulgares, ahí, donde se encontraban las marcas de cansancio físico y mental. Estaba sorprendida porque nunca antes le había mencionado a Bradley en más de una breve línea, nunca antes había pronunciado que se sentía odiado por parte de su propio progenitor. ¿Tan malo era Bradley con él?

—Eso lo dices porque estás conmigo en una relación, la gente en realidad no me soporta y lo sabes, Emma, sabes que nadie que tenga una conversación conmigo quiere volver a hablarme después.

—Dime qué demonios te dijo ese hombre para que hables así de ti mismo, Colin —se alteró, sí.

—Es que no hago nada bien, Emma. Y no sé en qué momento pensé que el máster era una buena idea, él cree que aplicaré al programa de pre-medicina, y no quiero hacerlo todavía. Quiero hacer ese posgrado, aunque todo el mundo me diga que es una pérdida de tiempo. Quiero ayudar a Cohen en los últimos detalles de su investigación, es importante para mí, pero mi papá nunca me entendería, Emma.

—Tienes que dejar de hacer todo aquello que él considere correcto porque no tiene la menor idea de qué es lo correcto para ti, nunca la tuvo —le peinó el cabello hacia atrás mientras se veían a los ojos—. Yo solo quiero que seas feliz, mi bebé, y si aplicar para ese máster te hace feliz, entonces, te apoyaré hasta el final, te taparé las orejas para que no escuches toda la mierda que él te dirá —lo abrazó del cuello con un brazo, recostándole la cabeza sobre su pecho, en tanto le acariciaba la mandíbula con la mano libre—. Y te voy a cantar, y te voy a mimar, en tus noches más estresantes voy a estar, seré la primera en la fila cuando te toque presentar tu trabajo final. No quiero que de nuevo empieces a pensar que eres insoportable o que nada haces bien porque eso no es verdad, y lo sabes, no escuches a tu papá, Cole.

Colin cerró los ojos mientras se aferraba al pecho de Emma.

—Quisiera ser el hijo que tanto anhela —susurró.

—Colin...

—Ellos quieren que vayas a cenar mañana.

No iba a decirle que Bradley fue el de la idea.

Emma tragó saliva, y respondió:

—Está bien, Cole. Iré. No te preocupes por eso.

—Son muy diferentes a los que están abajo —le anticipó.

—Cole, los que están abajo son un espécimen sinigual. Yo sé que tu familia no se compara con la mía, y está bien, no necesitas adelantármelo porque ya lo sé, mi amor —lo soltó para mirarlo de nuevo.

—Discúlpame por no estar besándote en este momento.

—Besar no es la única forma de demostrar amor. ¿Sabes qué haremos ahora?

—Me encantaría saberlo.

Emma se echó a un lado sobre el sofá y extendió sus piernas, a continuación, palpó su pecho como una invitación, a lo que Colin suspiró con profundidad, acostándose hacia el lado de los almohadones, con la mitad de su cuerpo encima de ella, usando ese pecho como una almohada, cerró los ojos. Un gran alivio.

—Te amo —le dijo ésta en tanto le acariciaba el cabello.

—Esta es mi posición favorita —respondió, entregándose al sueño.

Emma sonrió, y dijo:

—Me mojas como en ninguna otra.

—Perdón...

Se refería a la saliva que salía de la boca de Colin mientras dormía.

—Me acostumbré hace meses —le respondió.

—Te extrañé...

—Ya estamos juntos de nuevo.

—Me gusta tu vestido porque te deja más hermosa de lo que ya eres.

Marina no estaría de acuerdo con eso.

Cielos.

Mal momento para recordarla.

—Me da gracia cuando empiezas a decir un montón de cosas al azar mientras poco a poco te quedas dormido —sonrió, a pesar de sus inseguridades. Le daba gracia porque era cierto. Siempre hacía eso.

—Y yo que no me baño desde la mañana.

—Lo sé, traes tu pantalón de iglesia.

—Oré como condenado a muerte porque temía que tu padre me matara precisamente.

—Nunca pensé que le caerías tan bien, quiero decir, tú le caerías bien a cualquiera, pero a mi papá le encanta hacerse del rogar, realmente lo impresionaste —enarcó una ceja, pensándolo detenidamente.

—Despiértame a la medianoche, corazón.

Medianoche no.

Eran las 11:30 p.m. cuando Jake subió a la terraza y los encontró durmiendo en la misma posición. Colin aparentaba estar bajo los efectos de alguna sustancia porque se miraba 49% muerto, estaba abrazando a Emma como si quisiera impedir que se escapara mientras él dormía, sus dedos se encajaban sobre el vestido como un gancho. Emma, por su parte, tenía los dedos metidos entre el cabello de él, mientras dormía boca arriba. Jake se acercó al sofá, no sabía qué pensar de esa escena, le tocó los pies a Emma.

Ella abrió los ojos y lo miró, se sonrojó automáticamente.

—Colin tiene que irse —le susurró su padre.

—¿Qué hora es? —frunció el ceño.

—Once... y media. Bloquearé el elevador —tosió una vez.

—Nunca bloqueas el elevador —se quejó en susurro.

—Hoy tengo ganas de bloquearlo. Tiene que irse —la apuntó y se fue.

Emma inhaló profundamente y miró hacia abajo.

—Oschner —lo movió.

Colin despertó e inmediatamente se sentó, miró a su alrededor y curvó su espalda, colocando sus codos sobre sus piernas, frotándose los ojos con las palmas.

—¿Qué hora es? —preguntó.

—S-son casi medianoche —se sentó de rodillas al lado de él.

Se irguió para mirarla y la tomó de la mandíbula con una mano para darle besos en el cuello.

—Me siento como drogado —le confesó cuando se apartó para verla a los ojos. Efectivamente, necesitaba dormir un mes para que esa mirada recuperara su viveza, se veía más cansado que hace rato.

—Por favor, duerme toda la mañana —le suplicó.

—Trataré.

—Eso me basta.

Colin apretó sus labios contra los de Emma, y se levantó.

En la sala dentro del ático, Jake se encontraba mirando la televisión con las piernas encima de la mesa. Era un viejo chismoso porque, cuando se percató que ellos iban a entrar, corrió a esconderse en un pasillo y los observó con atención, sacando su cabeza a un costado como todo un buitre, se las ingenió para acercarse cuando ambos se colocaron frente al ascensor y miró cómo Emma abrazó a Colin, quien cerró sus ojos. A continuación, se miraron, y ella lo acarició a los costados de la cabeza, en el cabello.

—Yo sé que es tan fácil decirlo, pero, por favor, no lo escuches, Cole.

—No sé para qué te lo conté —suspiró y frotó su cara—. Estoy acostumbrado a esto, y no tienes que preocuparte. Normalmente no tiene tiempo para su familia entre semana, así que mucho menos le da importancia a mi presencia. Mañana irás a mi casa, y el lunes te llevaré a cenar, solos, sin problemas.

Emma suspiró.

«No sé para qué te lo conté». Rayos, hasta le producía rabia cómo él era a veces.

—Está bien. —Las puertas se abrieron al lado—. Mándame cualquier emoticón antes de dormir, solo quiero asegurarme que estás a salvo en tu cama.

Y un beso final.

—Ya quiero que sea mañana para verte de nuevo —le dijo éste cuando presionó el tablero del elevador.

—Duerme toda la mañana —lo apuntó con severidad.

Y adiós.

Las puertas se cerraron.

Emma se dirigió a su dormitorio y brincó del susto al encontrarse con su papá en la sala.

—¿Estabas ahí hace cinco minutos? —le preguntó.

—Ejem..., no —la miró despreocupado—. Fui a la cocina a recalentar pizza. ¿Quieres? —levantó la rebanada que estaba comiendo. Definitivamente, estaban sacrificando el alcohol en vano.

—No.

—Me encantaría decirte que odio a Colin.

Emma esbozó una sonrisa ilusionada y juntó sus manos.

—Pero no puedo —añadió— porque parece un buen muchacho. Eso sí, tendrá que ganarse la estrella —mordió la rebanada, y Emma lo sorprendió abrazándolo desde atrás por el cuello, se quedó paralizado.

—Te quiero.

En ese momento, Emma recordó lo afortunada que era por tener un padre tan bueno y amoroso.

—Te amo, florecita. Mereces alguien que te baje las estrellas cada noche, no menos que eso.

—Ya tengo alguien que me baja las estrellas cada noche, Oschner puede ocuparse de bajarme la luna —bromeó, no hablaba en serio. Ella no necesitaba que Colin le bajara la luna, solo quería su amor.

Jake quería echarse a llorar como la clase de padre llorón de quien se burlaría.

—Hasta mañana —le dijo Emma al soltarlo.

—Una última cosa —reprimió sus lágrimas para girar a verla.

—¿Qué?

—¿Él está bien? Quiero decir, se notaba cansado.

—Ah, sí...—Bueno, cualquiera lo hubiese notado—. Le entregó todo a su pre-grado, y ahora necesita descansar. Estará bien en un par de días. Lo académico es algo demasiado importante para él.

—Ya lo noté. U-una pregunta más.

—Bien.

—¿Crees que deba comprarle un babero como regalo de graduación? —le preguntó seriamente.

—¿Q-qué? —Emma entrecerró la mirada, buscando en el fondo de su mente alguna imagen de Colin manchándose con salsa de pizza durante el tiempo en que estuvieron sentados en la sala del ático. No recordaba ningún momento como ése.

Jake le apuntó el pecho.

Emma no se miró; contrariamente, subió una mano para tocarse la ropa.

Estaba húmeda.

—Eso le pasa cuando está muy cansado —comentó.

—¿Cómo lo sabes?

—¿Qué cosa? —Ya estaba sonrojada.

—¿Cómo sabes que puede producir el lago Ness cuando está muy casando?

Emma comenzó a temblar en su lugar.

—Ignórenme. —J.J. apareció con un par de pantuflas y ropa de dormir de algodón, caminando delante de Emma—. Voy directo a calentarme una taza de leche. ¡Ah! Por poco lo olvido —se golpeó la cabeza, deteniéndose frente a los ojos de su padre—. ¿Cómo se llama el vendedor buena onda de Mercedes? —colocó las manos en sus caderas, tapando por completo a su hermana menor con su enorme espalda.

Jake empujó a J.J. a un lado, pero la cobarde había escapado.

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