19: Día en la azotea
—Estás abusando con la comida, Al —advirtió Colin.
—No me arruines el día, Colin —amenazó Alan.
El camarero dejó los platos a un lado de la reposera blanca donde Alan estaba acostado, descansando. ¿Descansado de qué? Tenía una consola de videojuegos en su alcoba de lujo, sus pulgares se estaban atrofiando. Un día en la azotea del hotel era todo lo que precisaba para reposar sus dedos de ganador.
Colin se sentó con sus piernas cruzadas sobre el camastro blanco que estaba ocupando. Pensó en Emma, en que debió haber llegado hace media hora, le preocupaba que se encontrara llorando frente a un espejo mientras se probaba trajes de baño.
Tal vez debamos retroceder un momento para aclarar cómo acabaron frente a la piscina más extravagante de la ciudad, la respuesta es Alan Moore. Alan quería pasar el día en la azotea luego de enterarse que tenía un panorama espectacular del centro, de las torres íconos, estaban a dos calles del Empire State Building, prácticamente eran vecinos, y estaba seguro de que no había mejor lugar para apreciar dicha torre que en la piscina del hotel, con todas las «nenas ricas» y la barra de tragos más excéntrica que había conocido.
Pero para Colin fue raro que Emma aceptara la jornada sin dudarlo, mas sabía lo que estaba pasando, ella quería darle todos los gustos a Alan, como a un niño malcriado, creía que lo merecía luego de tantas penas. Pero ¿cómo fue que Colin aceptó? Tampoco era fanático de las piscinas de hotel, no le gustaba la gente en esa circunstancia. Definitivamente, quizás, también sentía lo mismo que Emma con respecto a su amigo, además, fue él quien trajo a Alan hasta ahí, no podía ignorar sus deseos de pasarla bien, incluso a su modo.
—¿Emma nos abandonó? —preguntó Alan, masticando unos aros de cebolla.
—No. Espero que no. —Es que tampoco estaba seguro, su cerebro estaba minado de inciertos. Y ella tampoco contestaba sus mensajes—. Por favor, si ella aparece, no le pidas que enseñe su traje de baño.
—Amigo, conozco a Emma. Almuerzo con ella más días que tú. No me gusta que me reiteres las cosas como si fuera un estúpido. En el corte de primavera, no se metió a la piscina de la mansión de su tío hasta que todos caímos en coma en una de las salas de estar. Y ahora que engordó, dudo mucho que se muestre.
—Sí, no pronuncies esas palabras frente a alguien más —pidió.
—¿Que engordó? —Lo apuntó con una papa frita rizada.
—Cállate ya —gruñó.
—No los trato de ofender —se estiró para agarrar un refresco enlatado.
—Cállate —repitió, mascullando—, solo cállate.
—De acuerdo, solo porque ahí viene la reina —señaló hacia ella con la punta de su barbilla.
Emma cruzó la puerta transparente, usando un vestido amarillo con mangas, holgado, y con un largor prudente que iba por debajo de sus rodillas; sus sandalias eran gladiadoras largas, con imitaciones de piedras preciosas en colores; tampoco pudo faltar su lente de sol negro. Caminó hasta ellos, aferrándose a su bolso veraniego. Gracias al lente oscuro, fue imposible percatarse de su mirada hiperalerta. Sin embargo, Colin siempre iba un paso adelante.
—Me ocupé de algo. —Así saludó.
—Luces muy hermosa en este día, Em —piropeó Alan.
Colin lo miró con rabia. Se suponía que Alan no diría nada.
—Hice lo que pude —respondió Emma, bajando su bolso sobre el camastro.
—Señorita Emma, ¿cómo está? —saludó un empleado con pantaloncillos y camiseta polo.
—Bien. Quiero una pizza para dos —ordenó, se sentó en el borde del camastro para desabrochar sus sandalias, mientras Colin la observaba a través de sus Ray Ban marrones—. De muzzarella, solo eso.
—¿No vas a beber algo? —preguntó Colin.
—Sí, quiero un refresco sin azúcar —dejó sus sandalias en el suelo y se arrastró hacia atrás para sentarse junto a él, con las piernas cruzadas también.
El empleado obedeció.
—Amigos —pronunció Alan—, anoche me quedé pensando en que en serio podría acostumbrarme a esta vida. Les digo que no echaría de menos juntar los cupones de la cafetería para canjearlos por una rosquilla.
Estaba hablando solo, a la nada.
Pues Emma y Colin se estaba comiendo con miradas. Primero, ella se quitó su lente y se ruborizó cuando él bajó el suyo para guiñarle un ojo; el resto se basó en comunicación telepática que tenía como tema principal lo que hicieron anoche. Estaban recordando lo mismo, en distintos ángulos. Y cuando Emma se dio cuenta que necesitaban parar de insinuarse memorias, se arrodilló para darle un tierno beso.
—Eso prueba que nunca me escuchan —concluyó Alan, colocando una lata de refresco sobre su panza. Cabe resaltar que era el único entre los tres que no tenía una prenda encima, sus complejos eran demasiado débiles al lado de sus ganas de vivir sin limitaciones.
—Yo siempre te escucho, Al. —Emma se sentó mirando la piscina, así podía tenerlos a cada lado. Le sonrió al empleado que bajó la comida sobre el camastro, agarró una porción de pizza y estiró, estiró, estiró del queso hasta partirlo con sus dientes—. Es más, te tengo una sorpresa especial, es para los dos.
—No me gusta cómo suena —confesó Colin.
—¡Eh! Mira a quiénes encontramos, cariño. —Sid apareció en la azotea con su ropa de niño mimado, bueno, así lo describió Alan, pues estaba usando una camiseta polo en rosa pastel, y no se trataba de un desteñido.
Esmeralda se limitó a sonreír de forma abierta. Emma hincó su mirada sobre ésta, no pudo reprimir sus celos por los brazos tonificados de la morena, quien estaba usando ropa de gimnasia, de esa manera posibilitó que la gente admirara sus hombros perfectamente trabajados. Menos mal, Esmeralda no notó que estaba siendo el centro de atención de la prima de su novio, hubiese teñido toda su cara a un rojo intenso.
—Hola, Sid. Y Esmeralda —saludó Colin.
—¡Mm! —Alan limpió sus labios con una servilleta y se sentó, apuntando al que recién llegó de forma repetitiva e insistente—. Hamilton Junior, me presento; soy Alan, amigo de Emma y el segundo de Colin.
—El segundo de Colin, ¿eh? —rió, acercándose para saludarlo con un choque de puños.
—Ya ves, tiene su preferido —se recostó otra vez.
—¿Qué haces, Sid? —preguntó Emma.
—Hamptons. Vamos a Los Hamptons. ¿Se unen? —detuvo a un empleado para robarle la bebida de alguien más, luego, abrazó a Esmeralda de costado—. Pasamos por la azotea para mirar qué hay, nada interesante, en realidad —bromeó, pero el único que rió fue Alan—. ¿Y? ¿Se unen? Jugaremos golf con Jim Walton.
—Otro día —respondió Colin.
Nunca, decía.
—¿Desde cuándo eres amigo de esas personas? —habló Emma.
—Amigos no, Emmy. Son personas que pagan la cuenta y funcionan como contactos —sostuvo a un empleado del hombro para dejar la copa sobre la bandeja que estaba llevando—. Lamento lo que está pasando entre tío Jakey y tu mamá, sé que pediste que no lamentara nada, pero te veo y no lo creo.
Emma negó con su cabeza, y respondió:
—Mi papá está mejor que nunca.
Colin tosió en su mano. Y qué mejor que nunca. Ya andaba saliendo de amigo con Bianca.
—¿De verdad? —continuó Sid—. Tío Jakey es mi ídolo. Quisiera tener su actitud frente a las mierdas de la vida, en serio. Bueno. Entonces, ¿no se usen a nosotros? Vamos en avioneta y hay espacio... —los tentó.
—Otro día —insistió Colin.
—Yo estoy disponible —dijo Alan. A él sí le llamó lo de la avioneta.
—Será en otro momento, Sid —finalizó Emma, dando el veredicto.
—Bien, está bien. Disfruten su día, y carguen todo a mi cuenta —bromeó.
—Adiós, Sid. Y Esmeralda —habló Colin.
—Adiós —contestó Esmeralda.
—Tu primo me cae bien, Emma —comentó Alan.
—Es un buen chico —respondió ella.
—Y su novia está buena —soltó, aún no había aprendido a guardar ciertos pensamientos para él solo.
—Es hermosa. —Emma apoyó—. Se nota que pasa horas en el gimnasio, tonificándose. Yo nunca podría verme tan bien. Y su cabello, quisiera tener un cabello tan brillante, me pregunto qué producto usará.
Colin, quien se encontraba poniéndose una gorra negra de los Yankees, porque le molestaba su cabello largo, miró a Emma, sin que ésta lo notara, pues estaba comiendo esa porción de pizza con mucho deleite. —Tienes razón, nunca serás como ella porque eres perfecta siendo tú —dijo. En realidad, eso no era lo que había pensado primero, mas sintió la necesidad de recordárselo—. Oye, deberían hacerse amigas. Parece buena, se nota que no consigue adaptarse a esta vida, lo contrario a Alan.
—¿Quién me llamó? —Alan interrumpió su conversación con un mesero para ver a sus amigos.
Emma se quitó sus lentes, y giró un poquito para mirar a Colin, sin darle la espalda completa a Alan.
—¿Qué te hace pensar eso? —inquirió.
—Tengo facilidad para leer el lenguaje corporal, ¿tú no? —También se quitó sus lentes, los colocó sobre el camastro, junto a los de Emma—. Deberías seguirla en Instagram, para que note que eres amistosa.
Emma entrecerró sus ojos. No creía que Esmeralda podría convertirse en una amiga, pero sí creía en Colin, en sus razonamientos basados en experiencias de vida. Así que sacó su celular de su bolso y se lo pasó.
—Síguela.
—Oh, hola. —Kayce, en su traje de baño rojo de dos piezas, interrumpió lo que Colin estaba por hacer en la red social de Emma. Le gustaba llamar la atención con su cuerpo, se dejó en evidencia con los triángulos diminutos de sus pechos. Sonrió de oreja a oreja cuando se percató de la presencia de Colin. Fue entonces que ocurrió el drama, se acercó a abrazarlo, precisamente, cuando Emma le pasó a él su lata de gaseosa.
El único afectado en ese espectáculo fue Colin.
La gaseosa de Emma lo bañó con camiseta y todo.
—¡Puta madre! —gritó él, poniéndose de pie.
Hasta los desconocidos de al lado lo miraron.
—Al agua Colin, Colin, Colin. —Alan se burló, no comprendía el trasfondo.
—Guau —dijo Kayce, dando un paso atrás.
—¡Perdón! —reaccionó Emma, se colocó de rodillas para llegar hasta Colin.
Colin tensionó toda la zona de su mandíbula.
Su única camiseta se había empapado mal, de acuerdo, pero su reacción interna se encontraba por encima de lo normal para una situación como esa. Estaba enfurecido de rabia, como un pobre perro utilizado para peleas. El enojo se le fue de las manos. Apartó la toalla con la que Emma pretendía secarlo. Pero escuchar a Kayce fue, sin dudas, la gota que le faltaba para hacer estallar su tanque.
—Te compraré otra camiseta —bromeó.
—Déjame en paz, maldita sea. Vete, vete de mi vista. —No la miró en ningún momento, tomó la toalla para secar el camastro, que se había mojado un poco, pues la mayor parte del desastre se dirigió a su camiseta.
Podía enfurecerse, mas siempre pensaba bien antes de soltar palabras como esas, pero, como pueden ver, su reacción interna se encontraba por encima.
Kayce se quedó sin respirar por un segundo. Esas palabras la tomaron sin anestesia. No recordaba a ese Colin en la escuela, definitivamente no, y estaba sorprendida de la forma desagradable. Miró la cara pálida de Emma, quien estaba preocupada, viendo a Colin con unos ojos brillantes, le estaba hablando, diciendo que la camiseta iba a secarse rápido, mas el otro no le respondía. Kayce hizo caso, se fue de ahí, pero en su mente se grabó cómo Colin le mandó a la mierda delante de la patética novia que tenía.
—Cole, Al te puede prestar una camiseta —dijo Emma.
—Oye, sí. —Alan quitó la tarjeta de su bolsillo y se la pasó a Emma.
Colin aceptó la tarjeta, se puso sus zapatillas para irse. No dijo nada, solo se fue a la recámara.
—Pensé que iba a golpear al primero que hablara —habló Alan.
Emma se ocupó de secar todo el camastro.
—Debería aprender a tomar las cosas con calma —añadió el mismo.
—Es tan fácil decirlo —respondió Emma, dejado la toalla sucia en el suelo. Un empleado se acercó para recogerla de forma inmediata—. Me siento culpable.
—Tú no tuviste la culpa, fue esa mujer con tetas dramáticas. ¿Quién es? —se sentó, con los pies sobre el suelo, para mirar a Emma—. Colin la mandó a la verga —rió, burlándose—. Me encanta cuando hace eso.
—Es una compañera de escuela suya, se cree su amiga.
—Pues, Colin acaba de dejarle en claro que no lo es —siguió riendo.
Emma miró hacia la puerta, deseando que Colin se encontrara bien.
Ahora podemos hablar sobre qué estaba pasando realmente.
Colin tenía complejos, muchos. Pero el problema del momento se hallaba ligado con las inseguridades que le producía su cuerpo delgado. Por eso sus cables se soltaron cuando se empapó en gaseosa dietética, lo primero que pensó fue en que iba a necesitar quitarse la camiseta en público. Normalmente, le importaba poco y nada lo que la gente pensaba sobre él como persona, sin embargo, su cuerpo era un tema delicado, sobre todo porque estaba seguro que no podía cambiar; intentaba comer más, pero era inútil hacerlo. Claro que tampoco tenía ganas de hacer ejercicio, toda su pobre energía se dirigía a sus estudios académicos.
Por eso Emma se preocupó. A veces sentían y pensaban lo mismo. Ella también pensó en que él iba a necesitar quitarse la camiseta en público, por eso buscó una alternativa rápida en el guardarropa de Alan. La reacción, lo que Colin le dijo a Kayce, no le sorprendió en lo absoluto, pero tampoco le dio importancia, ni siquiera tratándose de la mujer con la que, aparentemente, tenía poca afinidad desde que se conocieron en aquel restaurante orgánico.
Deseaba que la situación no lo pusiera de malhumor por el resto del día.
Últimamente, sentía que había una nube gris sobre la cabeza de ambos, empezó el martes, más o menos, en la gala, y avanzó hasta la noche anterior, en la que rozaron, y chispearon, después de haber hecho el amor. En la semana anterior discutieron tres noches, dos fueron seguidas, ella las contaba con una casi obsesión. El jueves él estuvo de un malhumor demasiado insoportable.
Diablos. Estaban en pleno inicio de semana y otra vez se miraba pesimista, gris, tormentosa.
Enfocándonos en Colin, él tenía a su corazón trabajando a toda máquina. Eligió una camiseta cualquiera, una blanca. Había una parte consciente dentro de sí que sabía que explotó de manera irracional, que quizás no debió haberle hablado de esa manera a esa mujer, que se comportó como un verdadero imbécil, pero sus pensamientos negros eran superiores en fuerza. Estaba enfadado con el mundo. ¿Qué demonios hacía en la azotea? Ni siquiera Emma estaba cómoda ahí. Necesitaba dejar de hacer cosas solo para complacer a los demás, ir a esa piscina fue una mala idea, no pensaba pisarla otro día, ni por su amigo, ni por nadie.
—McClain —dijo Milo.
Se encontraron en la puerta de la azotea cuando Colin regresó.
Grandioso.
—Hola —contestó, empujó la puerta y se la cerró en la cara.
Milo arrugó su entrecejo.
¿Qué acababa de suceder?
Colin McClain era un completo imbécil. Eso fue lo que Milo pensó. Necesitaba que alguien lo pusiera en su lugar, requería que alguien lo ayudara a encontrar su camino de regreso a casa porque estaba totalmente perdido en un mundo al que no pertenecía. Pobre niño idiota, buscando lugar en la familia de Noah Hamilton.
—Cole. —Emma sonrió al verlo acercándose.
—Mi ropa te queda mejor a ti que a mí —dijo Alan, otra vez acostado en su tumbona blanca.
—Emma. —Milo pasó caminando por ahí, alzó una mano para saludarla sin parar su marcha.
—Hola —respondió Emma, mas no le dio atención, ni siquiera lo miró bien, pues estaba centrada en otro.
Colin se sentó de nuevo junto a Emma, cruzando sus piernas arriba del camastro. Recibió un beso lleno de calidez, y timidez, en su línea mandibular. La miró, agarrándola de su barbilla para darle un beso en la boca.
—¿Estás bien? —Emma le colocó el cabello detrás de su oreja, luego le acarició el lóbulo.
—Caminar hasta la habitación sirvió para calmarme —contestó.
—¿Quieres comer algo? —tocó la rodilla de él con su mano, la dejó ahí.
—No, quiero saber qué sorpresa nos tienes —contestó.
—Ah, eso...—Mal momento, probablemente—. Me demoré porque estaba ocupada comprando boletos.
—¿De? —preguntó.
—¿Nos llevarás a un juego? —inquirió Alan.
—Boletos de avión para Eugene, Vivian y Jordan —sonrió al final, con una de esas sonrisas con las que le suplicaba a Colin que no se enfadara por haber hecho lo que hizo. Pero Colin no hizo ni un gesto, ni siquiera le interesó, por lo que Emma prosiguió—: Hablé con ellos desde la mañana, lo primero que Eugene hizo fue describirse a sus cursos de verano. Todos me dijeron que sí a la primera. Al principio, tenía planeado solo traer a Vi, saben, pero luego me pregunté por qué no traer a todos si mi tío tiene unos aviones y hoteles.
—Quisiera que mi vida fuera así de fácil —dijo Alan.
Colin pensó que Alan no tenía la menor idea.
—No siento emoción en sus palabras. —Emma vio a Alan, ella había esperado que él brincara por la noticia de tener a su novia en la misma ciudad. Luego del roce con Colin, que tuvo como tema principal la hipotética distancia entre los dos, Emma pensó que quería hacer algo lindo por sus amigos—. Me pidieron una semana para organizar sus vidas, así que programé los vuelos de tal manera que los tres lleguen la próxima semana.
—Gracias, Emma. La mejor noticia del día. —Alan se puso de pie para abrazarla del cuello, claro que estaba feliz, solo que a veces no era lo suficientemente expresivo como hombre que decía tener masculinidad.
Emma sonrió, posando sus manos sobre los brazos que la rodeaban.
—Qué emoción —dijo Colin.
—¿Ya estás bien, Colin? ¿No vas a lanzarnos por el balcón? —Alan soltó a Emma para sentarse otra vez—. La manera en la que mandaste a volar a esa mujer fue épica, deberías informar cuando vas a hacer algo como eso, así preparamos la puta cámara. ¿Hoy es el día de nadar en el Hamilton? Hasta Milo está aquí.
¿Para qué hablaste, Al?
Emma se percató que Milo estaba acompañado de siete personas, una de ellas era Mikayla. Sí, esa Mikayla, la pesadilla de la gala benéfica. La susodicha estaba usando un traje de baño de dos piezas, orgullosa de cómo se marcaban los huesos de sus caderas. Para Emma, fue insoportable sentir envidia por alguien como ella, se preguntó si acaso había notado su presencia, pensó que seguro había echado unas cuántas carcajadas al verla vestida porque era incapaz de sacarse la ropa, tal como un tiempo fue incapaz de ir a la escuela sin una sudadera puesta en plena primavera, pues no quería que los demás miraran su gordura.
Fue entonces que Kayce se acercó a saludar a Mikayla. No sabía que se conocían.
—Estás en la cima Al, disfrútala —dijo Colin.
—¿Qué crees que ando haciendo desde el miércoles? —Alan rió, tomando una botella de cerveza.
Emma apartó su mirada de aquel grupo, girando hacia Colin.
Se sonrieron. Él le dio caricias con su mano en la mejilla.
—Luces guapo con la camiseta de Al. —Ella sonrió, quitándole la gorra para usarla.
—De nada —se metió Alan.
Emma peinó a Colin hacia atrás usando sus dos manos.
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Para resumir el día, digamos que Alan la pasó bien.
Eran las 5:00 p.m. y Alan aún no pensaba despegar su trasero de la tumbona. Emma y Colin ya andaban deseando irse a esa hora, pero ¿cómo iban a abandonar a un amigo? Ese par era fiel con sus amistades, trataban de serlo, pero el día tampoco avanzó mal después del incidente con la gaseosa. Ninguno usó la piscina; en realidad, la piscina estaba de adorno para casi todos los huéspedes, el atractivo de la azotea era beber cocteles en traje de baño en compañía de amigos ricos.
Para las 8:00 p.m., la piscina andaba cerrando. Ya los últimos que quedaban eran ellos, y el grupo de Milo. Oyeron cómo un camarero se acercó a decirles a los otros que era hora de cerrar, esa gente se enojó, no querían irse, estaban pasándola bien, sin embargo, obedecieron las reglas.
Milo pasó frente a ellos, y, otra vez, saludó a Emma de la misma manera que hace rato, pero esta vez lo hizo con un tono de despedida. Mikayla y Kayce miraron de reojo a Emma, hablándose entre sí, lo hicieron a propósito, con intenciones de herirla, pero Colin fue más astuto, distrajo a Emma, hablándole, para que no notara a ninguna, especialmente a la más flaca.
Por medio de esos gestos, Colin confirmó que Mikayla tuvo todo que ver para que Emma se sintiera mal al inicio de la gala, se enrabió porque ¿qué carajos le pasaba para usar a su nena como blanco? Sintió una especie de adrenalina subiendo por sus pies, sintió la necesidad de decirle algo a ese par de imbéciles, pero prefirió respirar, inhaló profundamente y se centró en la buena compañía que estaba teniendo. Ese día ya había pagado un boleto a la mierda, y era domingo, procuraba que los domingos fueran buenos días.
—Al —dijo Colin.
Alan estaba roncando en su tumbona.
—Señorita Emma, ¿necesita algo? —preguntó un empleado.
Emma negó con su cabeza, y Colin le lanzó una almohada a Alan.
—¡Mami! —gritó éste.
—Al, deberías descansar en tu habitación. Bebiste demasiado hoy —continuó Colin.
—Sí, eso... eso es lo que voy a hacer. Buenas noches. —Alan se levantó, tomando una botella de agua, todo sonámbulo, y se fue de la azotea, sin camiseta. Le importó una mierda la política del hotel, era amigo de la dueña, podía andar desnudo por los pasillos si quería.
—Señorita Emma, no se preocupe. Limpiaremos más tarde —informó otro empleado.
—No, nosotros ya nos vamos también —contestó Emma, giró su cabeza para mirar a Colin, quien estaba recostado sobre sus codos en el camastro—. De acuerdo. Limpien luego —miró al empleado, asintiendo.
Los empleados se fueron y, segundos después, las luces dentro de la piscina se encendieron.
Colin estiró su brazo para tocarle un mechón del ahora corto cabello de Emma.
—Nademos —propuso él.
Ella miró hacia la puerta. No había nadie, y uno de los empleados colocó el cartel de cerrado.
—Me compré un traje de baño nuevo en la mañana —comentó.
—Veo que fue una mañana ocupada para ti —se sentó, luego, se quitó la camiseta, despeinándose en el proceso. Sacudió su cabeza para mover su cabello, después miró a Emma—. Quiero calificar tu traje nuevo.
Emma sonrió de costado y alzó sus brazos para que Colin le quitara el vestido.
Era de dos piezas, era todo blanco.
Ella colocó sus brazos frente a lo que alguna vez fue su panza plana, recostó su cabeza sobre su hombro.
—Siempre eres un infinito de diez —dijo él.
—Gracias. Tú siempre eres el más guapo del lugar —flexionó su pierna derecha y la abrazó.
—Me conformó con ser el más guapo para ti. —Colin se levantó, la tomó de los tobillos para arrastrarla al borde del camastro—. El viernes inicia el verano, adelántemelos ahora.
Emma se puso de pie para empujarlo a la piscina con una mano. El agua le salpicó cuando él cayó, rió en voz baja. Seguidamente, acomodó su cabello detrás de sus orejas, esperando a que Colin emergiera. Miró, una vez más, hacia la puerta, antes de sentarse en el borde, con sus piernas dentro del agua. Entonces, Colin emergió con su cabello tapando toda su cara, hizo una mueca de molestia por eso, y se acercó a ella.
Emma abrió sus piernas y Colin se metió en el hueco entre éstas.
—Hola —dijo él.
Ella le destapó la cara, mandando el cabello hacia atrás, luego, colocó sus manos sobre los hombros de él para que la ayudara a bajar. Y se besaron. Emma lo rodeó con sus piernas bajo el agua, y Colin arrimó su espalda a la pared de azulejos. La noche era perfecta. La temperatura del agua era óptima. El paisaje fue pintado exclusivamente para ellos dos. Se encontraban dándose amor, y tenían a todas las torres del centro como testigos de su ilusión. La luna se escondió entre las nubes para observarlos, todos deseaban ser partícipes de lo que estaba pasando. El universo vibraba cuando sus cuerpos se unían en un abrazo, en el coito. El amor que se tenían mantenía al mundo girando. Estaban hechos del mismo polvo.
—Dormí como a las cuatro después de llegar a mi ático. No podía dejar de mirar tu foto —confesó.
Emma se ruborizó, y acercó su mejilla a los labios de Colin para ganarse un beso.
La manera en la que estaba sujetándola de la cintura bajo el agua era excitante. Cada pieza que formaba su masculinidad era motivo de excitación para ella. Desde sus manos hasta su voz, pasando por sus gestos hasta su barba. Le daba ganas de hacer groserías de forma desmesurada.
—Espero que la guardes bien —respondió.
—Es mi tesoro de foto. —La estaba mirando directamente a los ojos.
—Me hace falta una de esas —acarició la espalda de él con una mano.
Colin besó el cuello de Emma.
Podía darle cuántas fotos quisiera.
—Te amo —pronunció él.
—Yo también te amo. Mucho.
Nunca podría explicarle qué tan mucho.
Pero no tardaron dentro del agua, salieron veinte minutos después, veinte minutos traducidos en pláticas.
—Podemos cenar en mi ático —propuso ella, sentada en el borde del camastro mientras secaba sus piernas con una toalla, luego, trepó para llegar hasta Colin, quien se acostó inmediatamente después de salir de la piscina, tenía una mano detrás de su cabeza.
—Todo lo que tú quieras —respondió sin dejar de observarla.
Emma frotó el costado de su cuello con una mano.
Sin dar indicios, acarició el abdomen y pecho de él con sus dedos.
—Sabes que estoy tratando de bajar una erección desde que te quité el vestido, ¿cierto?
Emma rió, mirando el cielo.
—Entiendo, necesitas ayuda.
—Eso no fue lo que quise decir, pero...
Emma mordió su labio inferior en medio de una sonrisa, y subió sobre Colin.
Él se sentó, la rodeó con un brazo. Sonrieron cuando sus labios se reencontraron. Colin usó su mano libre para darle caricias en el muslo. Tenía un enorme bulto bajo el short húmedo, Emma lo sintió de inmediato.
—Bebé —gimió ella, mientras se frotaban encima del traje.
—Si tan solo supieras todo lo que hago mirando tus fotos, Emma —le acarició los labios con su pulgar, estiró el inferior hacia abajo antes de atreverse a desacomodarle un triángulo con la misma mano.
—Cole —pronunció excitada, tapándose el pecho.
Colin le apartó la mano para meterlo su boca.
Emma gimió al cielo, cerrando sus ojos. Todo su cuerpo temblaba cada vez que él hacía eso, nunca podría describirlo. Dudaba sobre cuál era la verdad, no sabía la premisa. No entendía qué era lo que la hacía volar; si la manera en la que él la estimulaba con su lengua y dedos o si era su propia mente, la cual era consciente de que él tenía una fijación demasiado sucia por sus senos. Podía pensar que era la combinación de ambos.
—C-Colin.
No la escuchó.
—Para —insistió, mirando hacia la puerta de vidrio.
Colin paró de inmediato.
Emma se acomodó el triángulo, bajando a un lado.
—No es el lugar —dijo.
—No. Disculpa —pidió.
Lo único que habían hecho era empeorar su erección.
Pero no tenía pensado decir nada el respecto, no era necesario ni importante.
Le acarició la espalda con una mano cuando ella se curvó totalmente.
—Quiero bañarme antes de irnos. Odio esta parte de las piscinas —comunicó ella, refiriéndose al cloro.
—Pidamos un cuarto entonces —respondió, dándole caricias todavía.
—Buena idea —giró su cabeza para verlo.
Y cumplieron con el plan. Pidieron una recámara para que Emma pudiera darse la ducha que tanto quería, se demoró cuánto quiso su capricho. Salió del baño con una bata blanca del hotel, y tocó los pies de Colin para despertarlo, pues se había quedado dormido en la cama, mirando un resumen de baloncesto en la tv.
—No me di cuenta. —Colin se sentó con sus pies en el suelo, frotó su cara usando sus manos.
—¿Quieres ducharte? —tomó asiento en el borde de la cama.
—Eh, sí —se levantó, dirigiéndose al baño donde entrecerró la puerta.
Emma subió sus piernas sobre la cama, observando la televisión que tenía enfrente. Cambió de canal por uno de música y se tocó el cabello húmedo mientras oía la ducha de fondo. No quería pensarlo. Colin estaba cansado, durmió a las cuatro y despertó a las seis, ni siquiera había descansado.
Miró la puerta, mordiendo su pulgar derecho, luego inspeccionó a su alrededor, a la recámara predispuesta.
—Te tardaste. —Colin la sintió en la puerta de la ducha.
Emma ingresó tímidamente. Nunca antes se habían duchado juntos.
—Quiero que me cojas —pidió, alzando un tono de voz que acompañaba su timidez.
Colin dibujó una sonrisa llena de picardía.
—¿Qué estamos esperando? —Volteó, la sujetó de la cintura con una mano y se agachó a besarle el cuello.
Emma cerró sus ojos, descansando sus manos sobre el pecho de Colin, sintiendo cómo su cuello se llenaba de una energía que se tradujo en su piel erizada. Abrió su boca, sumergiéndose en el ardor que le producía imaginarse en múltiples escenas donde terminaba de la misma manera, llorando de placer, porque eso era lo que quería, satisfacerse tanto que no le quedara más que llorar.
—Mi mente ya hizo tu trabajo —informó.
Colin dejó de besarla y la miró con un ojo cerrado.
—Por eso no soy digno de tu cuerpo.
La colocó de espaldas a él, y usó su pie para separarle las piernas.
Emma inhaló hondo al sentir cómo una mano escaló por su abdomen y descendió por su monte.
—Pero ¿qué tienes en tu mente? —Colin le habló al oído en tanto sentía la humedad entre sus dedos.
Emma tragó saliva de forma desespera e impaciente.
—Fóllame duro, quiero que me lo hagas duro.
Estaba enloquecida, sus palabras lo decían.
Colin remojó sus labios y usó su mano libre para pellizcarle un pezón.
—Colin. —Emma jadeó.
Tenía la mirada brillosa. Su cuerpo y su mente estaban desesperados. En ese momento, las caricias tenían sabor a tortura, pero se trataba de una tortura exquisita. Deseaba ser follada en seguida, sin embargo, esas enormes manos sabían lo que hacían, le gustaba cómo la llenaban de deseo hasta la súplica.
—¿Traes condón? —preguntó él.
—No. Házmelo así —decidió.
Colin apartó sus manos.
—Emma.
—Tomaré una pastilla, no pasará nada.
Él la agarró de un hombro desde atrás.
—¿Colin? —Quiso voltear a verlo, pero fue arrimada a la pared.
Colin guio las manos de Emma hasta los azulejos y le separó las piernas de nuevo.
Él estaba actuando como máquina no pensante porque todo salía mejor cuando no se detenía a calcular cada ángulo. La sujetó de las caderas con una mano, y la penetró, se metió en ella de apoco. Los gemidos se oyeron por encima del agua, por encima de la música en la recámara. Estaban haciendo todo lo contrario a lo que pensaban sobre el sexo, pero lo estaban disfrutando con cada célula.
—¡Cole! —gritó Emma, superada por el placer.
Colin la rodeó con un brazo y la azotó con embestidas.
—¿Esto es lo que querías? —Le habló al oído entre jadeos, doblando la intensidad entre cada movimiento.
Emma mandó su cabeza hacia atrás, toda su cara estaba roja.
—Cole —empezó a lagrimear, bajó una mano para tocarse.
Y Colin le añadió un extra al fajarle los senos.
No duraron mucho, sobre todo ella.
Emma alcanzó el orgasmo con drama, Colin no recordaba otra ocasión en la que la haya oído gemir tanto. Pero esa no era la cúspide del asunto, ni por si acaso, Colin no pudo venirse de la manera en la que hubiese querido, pues las piernas de Emma se adormecieron, se podría decir que pasó algo parecido con su mente.
—Corazón. —Él cerró la ducha, sujetando a su nena con fervor.
—Cole —sollozó.
La cargó.
Subió esas piernas cortas y la cargó tan fácilmente hasta la cama.
—¿Mi nena?
Emma abrió sus ojos, encontrándolo ahí, sentado en la orilla mientras la observa; él tenía parte de su cabello mojado sobre su cara, quizás estaba teniendo ilusiones, pero ella percibió que sus ojos estaban más azules.
—¿Qué pasó? —preguntó Emma.
—Interrumpiste en mi ducha y te saliste con la tuya.
—¿Por qué no estás abrazándome?
—Porque quiero saber cómo estás —le acarició el cabello, viéndola a los ojos.
Emma se sentó para abrazarlo.
—Te amo demasiado.
—Te amo bien, Emmy.
Cerró sus ojos al escucharlo, enganchando sus dedos en la piel de él.
—Quiero que estés bien, Cole.
—Estoy bien —frunció su ceño por la sorpresa que le provocó.
—No, no lo estás —cortó el abrazado, lo tomó de la mano y lo vio.
—¿Por qué tenemos que hablar de eso ahora? —desvió su mirada.
—Porque hacer el amor me pone malditamente emocional. Perdón.
—Amo que te ponga malditamente emocional —regresó a mirarla.
—Déjame cuidarte.
—¿No lo estás haciendo ya?
Emma negó con su cabeza.
—Puedo hacerlo mejor.
—Bien.
—¿Tú me cuidarás también?
—Ya te lo prometí, y no tengo pensado fallar.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
Camino a Lexington 1289, Emma se encontraba hablando sobre Eugene, sobre lo entusiasmado que estaba por pisar la ciudad, entonces, se dio cuenta que Colin pasó al más allá. Siempre se quedaba hablando sola, resulta que Colin tenía una gran facilidad para quedarse dormido en cualquier lugar, y de forma rápida, eso únicamente cuando estaba cansado y su ansiedad lo dejaba en paz.
Se quedó dormido con su cabeza recostada en la ventana. Ella lo miró detenidamente.
—Mi Cole. —Lo agarró del cuello para recostarlo sobre su regazo, hundió sus dedos entre el cabello todavía húmedo—. Yo te cuido —susurró, inclinándose para darle un beso en la mejilla mientras el otro dormía.
Y siguió durmiendo por el resto del camino.
Cuando llegaron a destino, él despertó con una actitud empecinada.
—Howie te puede llevar hasta tu ático —dijo Emma.
—No —contestó, bajando del vehículo blindado—. No me cuesta nada acompañarte hasta arriba. Pediré un auto o llamaré a Caleb, lo que sea.
No quería molestar al chofer de su suegro.
Se metieron a la torre. Y Emma saludó a Archie.
—Buenas noches, su majestad. —Archie alzó un vaso de ¿limonada? al saludarla.
Subieron al ascensor.
Emma abrazó a Colin, pegado su barbilla al pecho de éste para verlo.
—Vas a cenar y luego te irás a dormir —sonó como una orden.
—En el medio voy mirar tus fotos —le dio un beso en la frente.
—¿Sí? No te creo nada —sonrió.
—Bueno. Voy a soñar que miro tus fotos —arrugó su nariz en medio de una sonrisa.
—Tu nena ama mirar tus fotos —confesó.
Colin la agarró del mentón para darle un par de besos en la mejilla.
Entonces, el ascensor se abrió.
Nunca lo hubiesen imaginado.
Ahí estaba, cruzando desde la cocina hacia el balcón, un morocho de cabello rizado, sosteniendo la misma bebida que Archie estaba degustando. El intruso no tenía camiseta, estaba descalzo, y su short floreado se encontraba tan mojado que el agua goteaba sobre el suelo. En el ático se oía reggaetón, era toda una fiesta.
—¡Mi niña! —exclamó el tipo cuando vio a Emma, dejó su bebida sobre un mueble y se acercó a abrazarla con gran escándalo.
Emma se quedó congelada, colocó sus manos detrás de la espalda del muchacho sin tocarlo.
Por otro lado, Colin miró al tipo de pies a cabeza.
—B-Bruno —dijo Emma, aturdida.
Bruno pasó a agarrarla de los hombros.
Tenía una sonrisa tan grande y luminosa, capaz de encender todo el distrito con la energía que transmitía.
También se sorprendió por el cabello de Emma, hasta agarró un mechón con su mano.
—Me encanta —pronunció.
Tenía un acento distinto.
—Me lo corté sola —comentó Emma.
No estaba incómoda, no en el sentido social.
—Él es mi novio Colin.
—Claro, claro que lo reconocí.
Bruno le pasó una mano que Colin estrechó callado, pues se encontraba analizando la situación en silencio. No entendía lo que estaba pasando, y el volumen de la música no estaba cooperando en su esclarecimiento mental. Emma no sufrió cambios, eso le daba a entender que Bruno era bueno, sin embargo, ella no quiso tocarlo al abrazarlo, lo que le decía que tampoco estaba totalmente cómoda con él.
—Soy Bruno —se presentó el joven.
—Jamás escuché hablar de ti —respondió.
Colin... Ya, nada. Déjenlo.
Bruno se echó a reír.
—¡Qué dolor! —tocó su pecho en medio de una mueca de sufrimiento—. Yo le hablo a todo el mundo sobre Emma. Todo mundo sabe sobre Emma.
Y ahí estaba el portugués.
Emma esbozó una sonrisa forzosa. No le agradaba que todo mundo supiera de ella.
—Nuestros papás son mejores amigos. Y la mamá de Bruno es de Río —explicó.
—No me digas —dijo Colin.
—Así es. Mis papás se casan en el hotel, el 7 de julio. Claro que iba a venir antes —habló Bruno.
—Tres semanas antes —calculó Colin.
Emma se colocó frente a él, y preguntó:
—¿Mi papá?
—En el jacuzzi. Vengan. —Bruno señaló hacia el balcón como si fuera el dueño, eso fue lo que Colin pensó. Subieron las escaleras al segundo piso del balcón. Bruno por delante—. Llegué hace dos horas, y lo primero que tío Jakey me pidió fue una jarra de caipiriña porque esta noche estamos celebrando su casi soltería.
—Demonios. Siempre encuentra una razón para armar desastres en el balcón —dijo Emma.
Llegaron a la cima, y encontraron una docena de pizzas tamaño familiar en la mesa del centro. La televisión se encontraba coordinada con la música dentro del ático. Detrás de la sala se hallaba el gigantesco jacuzzi encendido, donde Jake estaba metido, bebiendo cocteles brasileños porque espiritualmente estaba soltero.
—¡Hijos míos! —gritó éste.
—¿Colin? —Bruno le ofreció un vaso de la misma bebida.
—No —respondió. Le faltó el gracias—. Hola, Jake.
—Colin, métete —ordenó el suegro.
—Pa, Colin tiene que irse a descansar... —explicó Emma.
—¡Cállate! Fuiste al hotel y no robaste ni una botella para celebrar mi divorcio —habló ofendidísimo.
—Ni siquiera sabía que íbamos a celebrarlo hoy —excusó.
—Por eso declaro que solo Colin puede comer de nuestras pizzas —lanzó agua para salpicarla.
Emma negó con su cabeza, tomando la mano de Colin para guiarlo hacia la comida.
—Come algo antes de irte —pidió. Quería asegurarse de que cenara.
Colin miró todas las pizzas. Sintió como si acabara de inflarse un globo en su estómago.
—Prefiero comer algo menos pesado en mi ático —respondió.
—Come una de queso solo —animó. Eligió una rebanada con champiñones y se sentó en el sofá a comerla.
—¿Cuándo fue la última vez que nos vimos? —Bruno se paró junto al sofá, se hubiese sentado de no haber sido por su short mojado—. No me digas que fue hace dos años.
—En febrero se cumplió un año —contestó Emma mientras masticaba.
—¿Un año? Pero tienes razón —frotó su barbilla, luego miró hacia el jacuzzi—. Imagino que ahora no nos pondrás excusas para no ir al carnaval, tío Jakey. Alquilaré el mejor camarote si prometes ir el próximo año.
—¡No me recuerdes mi pasado de prisionero, hijo de Arthur! —exclamó.
—Ahora es un hombre libre. —Emma soltó una risita.
—Entonces, asumo que nos reencontraremos en febrero. —Bruno sonrió; a continuación, le dio un sorbo a su coctel—. ¿Te animas a ir con ellos, Colin? ¿Alguna vez fuiste a Brasil?
—No. —Colin se había sentado en un sillón junto a Emma.
—¿No qué? —rió.
—Nunca fue a Brasil —dijo Emma.
De pronto, J.J. escaló hasta el balcón.
—¡Bruno! —sonrió enorme, se acercó y lo cargó sobre su hombro.
Emma se echó unas risas por la reacción de su hermano.
J.J. bajó a Bruno, y se saludaron con un saludo de manos especial.
—Te extrañé mucho —dijo Bruno—. Todo el tiempo vas de vacaciones a playas europeas. La distancia no es un problema para ti, eso me quedó claro. Y yo que vine a visitarlos. Dejé todo para venir hasta ustedes.
—Discúlpame —agarró una rebanada de pizza—. Ando buscando chica por continente. Si no hallo nada en Europa, te prometo que voy al sur de América. Oh, hola, Colin. No me di cuenta que estabas con nosotros.
—Hola —saludó apenas.
—Te emocionará saber que Bruno paga el camarote del próximo carnaval —le dijo Emma a J.J.
—¡Me gusta! ¡Me encanta la idea! —habló J.J. mientras masticaba su comida.
Colin se puso de pie.
—Ya me voy —informó.
—¡Nooo! —gritó Jake con dramatismo.
Emma dejó en la mesa lo que sobraba de su rebanada.
—Cole se irá a cenar comida sana —dijo antes de levantarse.
—Pero si está demasiado flaco —señaló Bruno.
—Es lo que yo digo todo el tiempo. Un día soplará un viento tan, pero tan fuerte, que tendremos que buscar a Colin en la cabeza del Cristo Redentor —sostuvo Jake, quien ya estaba bastante golpeado por el alcohol.
J.J. soltó una carcajada, al igual que Bruno.
—Imbéciles —pronunció Emma, fuerte y claro.
Colin se puso rojo, y no de la manera en la que Emma lo hacía sonrojarse. Estaba ¿avergonzado?, no, más que eso, deseaba desaparecer de la escena como por arte de magia. Vamos, solo fue una broma. Ojalá tuviera la capacidad de pensar de esa manera. De rubor pasó a pálido. Perdió su sentido de percepción por un par de segundos, no se dio cuenta de cómo acabó bajando las escaleras con una Emma totalmente cabreada. El cansancio que estaba arrastrando más ese chiste estúpido pusieron a su mente en otro plano.
—Lo siento tanto, Cole. —Emma tenía una mirada brillosa de lo avergonzada que estaba de su familia. Se pararon junto al ascensor en una terrible despedida—. Son unos imbéciles. Mi papá sabe, él sabe que no debe hacer esta clase de chistes, pero, ¡ah!, discúlpame. Se pasaron. No sé qué debo hacer para arreglarlo.
Quería ponerse a llorar.
Le dolía el dolor de Colin. Sufría cuando él no comía; se quejaba de migrañas; cuando le bajaba el azúcar o se hablaba mal a sí mismo con respecto a su físico. Las personas no tenían idea de lo mucho que batallaba por terminar un plato, porque su mente ya se encontraba predispuesta a que la comida le iba a caer mal.
—Nada. No debes hacer otra cosa más que olvidarlo. Haré lo mismo —presionó el botón.
—Lo siento —lo agarró de su camiseta.
—No me pidas disculpas —miró cómo los números del tablero iban subiendo.
—Pero es mi familia —insistió.
—Mañana... es la graduación de mis hermanas —comentó.
—Iré —lo cogió del brazo, mirándolo directamente a los ojos.
Ni siquiera lo había dejado terminar.
—En el desayuno me pidieron que estés presente. Cate dará un discurso de mejor graduada.
—Estoy tan feliz por ella. —Emma le estaba apretando el brazo, su mirada seguía llena de vergüenza.
Se hallaba tratando de hacer las cosas bien, por eso aceptó sin dejarlo hablar, quería remediar la situación. Colin había cruzado a la otra acera con respecto a lo que pasó allá arriba, Emma quería cruzar a su lado, por eso estaba sonando desesperada.
—Te enviaré los detalles en cuanto llegue.
—Lo esperaré. Te amo.
Colin pasó una mano por su reloj, mirando hacia el balcón por encima de la cabeza de Emma.
—Tú eres la única que puede herirme. Los comentarios del resto no me importan.
Un poco más y creía en sus propias palabras.
—Pero yo no voy a herirte —posó su mano sobre la mejilla de él.
—Ya sé, mi amor.
Si lees esto en tiempo real... ¡Feliz día del libro! ¡Los quiero mucho a todos! Y esta actualización no es más que un modo de celebración. Espero que les haya gustado este regalo de mi parte.
Por otro lado, qué capítulo. No voy a dar comentarios al respecto, ¡quiero que ustedes me cuenten qué les pareció! Hubo un viaje a la mierda; hubo escena amorosa; hubo aparición de nuevo personaje. ¡Cuéntenme algo al respecto!
¡Nos leemos pronto!
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