14: Siempre te voy a cuidar

Era raro que cuestionara su lugar en el mundo, pues siempre creyó que nació donde debía y para lo que hacía, pero esa noche sentía que el mundo estaba patas para arriba, al revés.

Llenó sus pulmones de aire en tanto contaba hasta cuatro, luego, exhaló contando hasta seis. Tocó su reloj, mirando a través de la ventana del vehículo. Esa noche se desconocía.

Pero no todo estaba pintado en negro, más bien, todo se miraba gris como las nubes de las que caían gotas gordas sobre el parabrisas. Gris porque aún tenía lugar para su razón, sabía que no pertenecía, pero, al mismo tiempo, sabía que estaba exactamente donde debía, pues de esa manera estaba trazado en el plan.

Contestó una llamada en cuanto su celular sonó sobre el asiento.

—¿Qué? —dijo.

—Perdón por molestarte.

Era Eugene, y se escuchó sarcástico.

—Me encuentro camino a la cena —contestó.

Se mordió la punta de su pulgar. No morderse las uñas era una condena, pero había pasado desde el sábado sin hacerlo. Cuatro días. Hacía tiempo que no duraba tanto.

—Eso lo explica todo. Seré breve. Solo quiero preguntarte si terminaste de armar el itinerario de Alan. Verás, estoy tan aburrido en mi casa que me dieron ganas de andar de curioso, tengo ganas de envidiar a Al por primera vez —habló seriamente.

¿Malvado? Tal vez. Pero al menos estaba siendo honesto.

—Sí, terminé. —Colin frunció su ceño cuando la camioneta se detuvo, agachó la cabeza para mirar a través del parabrisas, había una cola de autos frente al hotel—. Llegará mañana en la noche, aún no sé dónde dormirá, en el Hamilton, supongo, no tuve tiempo de planear eso. Verás, hoy fue un día ocupado para mí.

—¿Probándote camisas que tu mamá eligió? —le hizo burla, y claro que también se rió.

—Lastimosamente, sí. Dios —suspiró con su expresión fruncida permanente—. Se puso intensa desde que se enteró de la invitación.

—Dime que te puso un traje de pingüino —suplicó.

—N-no. Yo elegí mi ropa, y no sentí ganas de usar un traje. —Se miró la camisa blanca que eligió con un pantalón negro—. El truco está en hacerle creer que aún tiene poder de decisión. Uno de sus publicistas me llamó, debo publicar una foto.

—¿Al menos lo mandaste a la mierda por el fotógrafo de la otra noche? —inquirió.

—No, eso ya se lo dejé en claro a mi madre —respondió.

—Nunca está de más reiterarlo —pensó.

Colin suspiró hondo al notar que solo quedaba un automóvil frente a la camioneta.

—No se siente bien saber que en realidad no eres bienvenido en un lugar.

—Esos culos adinerados no saben que algún día te casarás con Emma.

—Nadie sabe —tragó saliva, en cuanto la camioneta comenzó a moverse.

—Pues, yo sí —le aseguró.

—Demonios —pronunció.

—¿Qué? ¿Qué dices? ¿No lo crees? —preguntó.

Colin colgó sin despedirse cuando la camioneta paró junto a la entrada.

Había una mezcla de fotógrafos con reporteros en cada lado de la puerta principal del hotel, y, como siempre, había un despliegue de seguridad inmenso, sin mencionar que gran parte de los invitados tenía su guardaespaldas personal.

Colin resopló con rabia.

¿Por qué pensó que llegar solo era una buena idea? ¿Por qué no se anticipó al horario de la gala?

«Es que no tienes cerebro, Oschner», se reprendió en su interior.

Un hombre con paraguas del hotel se acercó a la camioneta, señal para que Colin bajara del asiento trasero, le tomaron fotos cuando atravesó el sendero, en medio de toda esa gente, y recibió un golpe de frío cuando cruzó la puerta.

Otro suspiro.

El vestíbulo estaba lleno de invitados que acababan de llegar, saludándose entre sí, aparentando ser buenos amigos, con sus atuendos excéntricos. Oyó cómo los reporteros se alocaron, entonces, curioso, giró a ver cómo un hombre de cabello castaño y bigote, vestido con un impecable traje negro, sonreía a las cámaras, mientras caminaba en dirección a la entrada.

Colin siempre había sido el más importante a donde sea que iba, y se sintió raro ser el menos relevante de la noche, no mal, sino raro. Deseaba que no notaran su presencia de forma habitual.

De acuerdo. Basta de distracciones.

¿Dónde estaba Emma?

Ella estaba bajando por el ascensor desde el piso donde se hallaba la suite presidencial, se quería morir, y leer el mensaje de él no la tranquilizó ni un poco. Estaba sudando en sus manos, a pesar del frío aire acondicionado, y le apretaba su pecho como era habitual en circunstancias como esa.

Acomodó su vestido strapless recto, de piedras plateadas y plumas rosas, de diez centímetros encima de sus rodillas, y llenó sus pulmones de aire antes de poner un pie fuera del elevador.

De verdad, no sabía qué estaba haciendo ahí.

¿Desde cuánto se creía capaz de enfrentar al mundo? ¿De enfrentar a su ansiedad social?

Entonces, se miraron, y, solo por ese acto, se dieron cuenta que en realidad todo estaba bien.

Colin sonrió cuando contempló en directo a esa belleza, que tampoco era una sorpresa porque recibió fotos anticipadamente, incluso las archivó entre sus preferidas, esas que a veces miraba antes de dormir.

Emma lo miró con unos ojos gigantes y cómicos que gritaban: «No sé qué estamos haciendo». Estaba tratando de ser simpática para no caer en su mente pesimista. Si les interesa saber, ella aún no podía creer cómo él se veía con camisas mangas largas y pantalón formal, era como un chocolate que no podía parar de comer, quería más, deseaba ponerlo en su boca para que se derritiera en ella.

Llegó hasta éste, y recibió un par de besos cariñosos en su cara.

Colin la agarró de la nuca, abrazándola por un instante, contacto suficiente para saber que Emma era real, que no era la figura de un ángel que imaginó en medio del quebranto que le provocaba estar en esa situación en la que se sentía desubicado.

—Mi novio luce guapísimo esta noche —susurró Emma, como si le estuviera contando un secreto.

Colin sonrió, y respondió:

—Ese cumplido solo tiene valor cuando viene de ti.

Emma le besó el pecho, donde la camisa estaba desabrochada. Necesitaba que supiera que su corazón latía diferente cuando lo veía tan elegante, que se sentía afortunada en cada aspecto de tenerlo.

—¿Podemos escaparnos por la parte de atrás? —preguntó.

—Podemos, pero no debemos —rió.

Ella suspiró. Él siempre sabía cómo responder.

—Gracias por recordarme que debo enfrentar mis problemas en lugar de huir de ellos. —Emma lo tomó de la mano, y descubrió que esa noche Colin se puso anillos.

—Huir es fácil. Tú no naciste para lo fácil —le habló, poniendo su cara seria.

—Tú tampoco... —le sonrió de forma amplia.

—Por eso nos llevamos bien —alzó la mano, que ella estaba sujetando, para acariciarle una mejilla con dulzura, usando su pulgar, mientras la misma seguía sonriéndole en medio de unos ojos relucientes.

—Me encanta coincidir contigo —colocó una mano sobre la que le acariciaba, y besó la muñeca de él.

—A mí también me encanta coincidir contigo, mi amor —retiró el contacto que estaban teniendo, y miró por encima de la cabeza de ella —. ¿Estás lista? Camino a tu lado, como siempre —volvió a mirarla—. No necesitas repetirlo de nuevo; si alguien hace conversación contigo, y te quedas en blanco, me voy a meter, pero no pienses que hablaré por ti durante toda la noche, no te facilitaré nada, nunca lo hago. No te apures al responder, no estás en una competencia de quien responde más rápido.

Emma presionó su cien con su dedo índice.

—Gracias por recordármelo —le dijo.

—Te amo, también quiero recordártelo —le dio un beso en la frente.

—Pues, yo también te amo. —Se sonrojó, aún se sonrojaba.

—Y estoy benditamente orgulloso de ti, ahora y siempre.

—No. Dímelo cuando haya acabado la noche de forma exitosa.

—No. Estoy orgulloso solo porque estás aquí, y seguiré estándolo al final de la noche, sin importar como termine. Tienes que aprender a valorar ese primer paso que das, es incluso más importante que el último.

Emma suspiró.

De nuevo, él siempre sabía cómo responder, cómo dejarla sin palabras, cómo hacerla sentir una campeona por acciones tan sencillas como ordenar comida por teléfono. Esa noche no podría acabar en un desastre mientras él caminara a su lado. Estaba esperanzada porque estaban juntos. Colin sabía cómo hacerla sentir a salvo sin limitarla, sabía cómo hacerle entender que estaba ahí como soporte incondicional de algo que ella podía lograr sola.

El salón de la gala se encontraba en el quinto piso, recibieron la gracia de subir sin compañía por el ascensor. Emma se miró al espejo durante el trayecto hacia arriba, odiaba cómo lucían sus brazos con strapless, sin embargo, se animó a usar ese vestido porque su estilista la convenció, ahora odiaba haberse dejado convencer. Miró a Colin, quien le sonrió sin mostrar los dientes, y ella le respondió con una sonrisa forzada. Ambos estaban pensando demasiado, la diferencia se encontraba en que él sabía cómo disimularlo en aquel momento, no quería demostrar lo que le provocaba estar en esa situación, probablemente porque se avergonzaba de sus propios pensamientos, de la idea que tenía sobre no pertenecer a ese grupo social, le avergonzaba porque era consciente de que todo se trataba de una estúpida etiqueta de la que no pudo evitar sentirse afectado.

En el piso correspondiente, caminaron por un pasillo con tanta gente como en el vestíbulo, pero habían pasado desapercibidos. Ambos respiraron profundo, y pausadamente, a medida que se acercaban al salón, eso lo relajó a él, pero no a ella.

Para completar el combo, había una aglomeración en la entrada.

Ninguno sabría explicar lo que ocurrió a continuación, quizás debieron haberse tomado de las manos, lo que sí, en un abrir y cerrar de ojos, se perdieron entre las personas.

La desesperación que sintió Emma podría ser comparada con la de un niño pequeño que pierde a su madre en el supermercado, entró en un estado de alerta. Lo buscó con desespero, pero su estatura no la ayudó para nada. No sabía si caminar, adentrándose al salón, o regresar afuera. Demonios. No tenía su bolso. Maldición. Lo dejó en la jodida suite.

Retrocedió un paso, y un grito profundo la hizo temblequear. Acababa de pisarle el pie a una mujer. De acuerdo. Consideraba que ya había tenido una larga vida, ¿podía morirse en ese preciso momento?

—D-disculpa —giró a verla. Estaba ruborizada hasta en su frente.

—Emma Miller —habló una joven esbelta de piel canela y cabello castaño oscuro, a quien Emma había pisado, era tan alta que la otra necesitó alzar la cabeza para mirarla a la cara.

Esa joven era Mikayla Scheidemann. No intentó disimular la sorpresa que sintió al tener de frente a nada más que su compañera de preparatoria, la que causaba gracia en las demás porque era tan ridícula, tan tonta, tan bicho raro.

¿Emma? Emma empezó con una taquicardia, aunque su exterior estaba paralizado. Estaba frente a la reina de la graduación, a quien todos amaban porque era delgada y rica, la que le había lanzado veneno por años porque no tenía nada mejor que hacer con su miserable vida.

Emma entendía cuán triste debió haber sido la vida de cada una de sus acosadoras como para buscar satisfacción personal en el daño a los demás, pero el perjuicio mental estaba hecho, que ni ser consciente de que las de los problemas eran ellas le borraba las cicatrices.

—H-hola —murmuró.

—Demonios —rió, tomándola del brazo, y apretándolo en medio de una falsa sonrisa—. No cambiaste nada. Escuché de Olimpia que ibas a estar presente, pero no le creí de nada, ya sabes que está medio chiflada. Demonios. Te ves, te ves tan Emma de prepa, mira esa cara regordeta. Qué lindo saber que conservas tu adolescencia, que no envejeciste nada. No bajaste de peso, tampoco subiste. ¡Bravo!

Emma dio un paso atrás para deshacerse del agarre, y pisó el pie de Colin.

—Auch. —Se quejó éste.

Mikayla alzó una ceja.

Mucho menos creyó que Emma iba a presentarse con su novio Colin McClain. Estaba ansiosa por descubrir porqué ese hombre estaba con la rara de la escuela. ¿Acaso eran las hectáreas de dinero? Eso no tenía sentido. Había mujeres tan adineradas como Emma, mucho más interesantes y delgadas. Quizá Emma era fácil de manipular, sí, quizá Emma era dinero fácil, demasiado, porque, vamos, Colin McClain ni siquiera debía estar en esa gala, estaba ahí porque salía con Emma, y ella era como la sobrina de Elizabeth McCartney-Ivanov, imposible que dejaran fuera al novio de Emma.

—Soy Mikayla —extendió su brazo frente a Colin.

Colin miró la cara de Emma. Todo estaba mal. Observó con seriedad a la mano de Mikayla, y no respondió. La educación, la amabilidad, y todos sus valores, se fueron por el escusado de la amargura. Por lo contrario, tomó la mano de Emma, continuando como si Mikayla no se encontrara en el plano.

—Me desesperé porque te perdí —le dijo a Emma.

Emma cogió aire por su boca, y empezó a caminar en dirección a la puerta.

Mikayla sonrió, y gritó:

—¡Nos vemos!

Entonces, Colin siguió a Emma entre tanta gente, resulta que ésta era hábil esquivando personas cuando se trataba de escapar. Salieron juntos del salón, y ella continuó caminando hacia uno de los ascensores del pasillo, donde él la detuvo antes de subir al elevador vacío.

—Dejé mi bolso en la suite —le explicó con frustración.

—¿Quién es esa tipa? —preguntó.

—Nadie. Tengo mi celular en el bolso.

Se metió al ascensor.

Él la siguió, diciendo:

—A veces es una condena conocerte demasiado. Una condena para ti, que no puedes engañarme. Una condena para mí, que me cuesta aceptar que no te causo suficiente seguridad como para contarme qué carajos pasó en los dos minutos que te perdí.

—Es que no pasó nada —lo miró con unos ojos enormes que suplicaban que creyera en su mentira—. Te perdí por dos minutos, y casi acabo en un ataque de pánico porque me sulfuré en medio de tanta gente desconocida. Mikayla no es nada más que una chica que conozco porque su mamá es Walton, nada más.

—No estabas cómoda en su presencia.

—Colin, seamos sinceros, nunca estoy cómoda en la presencia de alguien porque le tengo miedo a la gente —cruzó sus brazos, mirando el tablero del ascensor, que indicaba cómo estaban subiendo de piso.

—No hagas falsas afirmaciones sobre ti —la apuntó con su índice, demasiado enojado.

—Es lo que todo el mundo dice —bufó.

—No. Es lo que tu madre dice, y ella no tiene ni puta idea de quién eres. —Su expresión ceñuda estaba más fuerte que nunca. La rabia que sintió al escuchar que Emma se hablaba de esa manera lo superó terriblemente. Pero ella no le respondió—. Emma, te estoy hablando.

—No lo discutiré en un ascensor —respondió sin mirarlo.

—De acuerdo. Lo discutiremos en la habitación.

Colin se recostó por la pared, viendo el tablero con sus brazos cruzados.

Quería dejarle en claro que no iba a pasar por alto la situación, aunque existiera la posibilidad de que al final ella se negara a discutirlo en la recámara, él nunca iba a olvidar cómo se comportó después de hablar con aquella mujer, apostaba todo lo que tenía a que esa tal Mikayla le dijo algo malo.

En el último piso, Emma se dio cuenta de algo.

—La llave se quedó dentro del cuarto.

Para fortuna de ambos, una mucama se encontraba entregando toallas a la habitación de al lado. Colin se le acercó como todo un caballero, se presentó con amabilidad, y le informó que la sobrina del señor Hamilton se quedó fuera de su recámara, que necesitaban que les abriera la puerta. La mucama reconoció a Emma.

Entraron. Y Emma fue de inmediato a recoger el bolso de mano que olvidó sobre una mesa de noche de la, ridículamente espaciosa, suite presidencial, que hasta poseía un comedor y una sala de estar, la suite era más grande que un departamento promedio en la ciudad. Pero Colin no estaba concentrado en el cuarto, aunque fuera un lujo único de los que no pisaba de forma habitual, solo le importaba una cosa.

—No quiero sonar insistente.

Ella bajó su cabeza para mirar su bolso rectangular.

—El problema no es Mikayla, el problema es conmigo misma. Lamento sonar tan disco roto, es que... —¿La verdad? No quería decírselo— odio cómo me veo con este vestido, y-y-y ella luce tan hermosa.

—No sé para qué usas algo que no te hace sentir cómoda. —No le creía, no del todo. Sabía que estaba siendo honesta sobre cómo se sentía con ese vestido, pero estaba seguro de que había algo más.

—Por tonta —pensó.

—No eres ni una tonta, Emma. —Se molestó.

—Bueno —sonrió fingida.

Colin se acercó hasta el ventanal junto a Emma, donde era posible mirar el Empire State Building, iluminado en una tonalidad amarillenta, que se encontraba ubicado a tan solo tres calles del hotel.

A él no le gustaba forzarla, iba a hacerse del tonto, del que no la conocía, cuando solo les faltaba leerse la mente para completar lo conectados que estaban en cuerpo y alma. Iba a fingir todo eso solo para calmarla.

—Tú luces mucho más hermosa que cualquier mujer allá abajo.

—No quiero mentiras en esta relación, Oschner.

Colin despegó su mirada de la ciudad, y giró.

Cayó la conexión por medio segundo, por eso tuvo que mirar a Emma. No descodificó la oración, si hablaba en serio o no, mas se esclareció cuando la miró a los ojos, hablaba en serio. Ella tenía una expresión ligeramente ceñuda, incluso cuando estaba tratando de verse relajada, no le gustaba cuando él lanzaba esos comentarios porque creía que eran mentiras que ni siquiera sonaban lindas.

—De acuerdo —cerró sus ojos por un par de segundos, demostrando que estaba pensando, luego los abrió y tocó su pecho con una mano para empezar a decir—: Quizás para otros no seas la mujer más hermosa allá abajo, pero sí lo eres para mí. Te juro por Dios que es así.

—Dice Dios que debes dejar de jurar en su nombre cada vez que necesitas convencerme.

—La ventaja de nunca jurar en vano es que no necesito esforzarme para convencerte, sabes cuando no puedo sonar más sincero. Y Él sabe que, en situaciones desesperadas, medidas desesperadas —sonrió falso, mostrando su dentadura—. Cada aspecto de tenerte es una verdadera bendición. No sé si deba recordarte que eres la chica que me quedé mirando como tonto, fue atracción a primera vista.

—Está bien. Entiendo que eres una persona con gustos raros —resopló.

—Pues, tú también —enarcó una ceja.

—Bien —desvió su mirada.

—Bien —cruzó sus brazos.

Silencio.

Colin se tomó de su frente.

No se aguantó.

Le sacó el bolso y lo lanzó sobre la cama.

Salvajemente, cogió el rostro de Emma entre sus manos y la besó en los labios como sediento en el desierto.

Ella recordó, no estaba segura de porqué en esa ocasión, que una vez escuchó decir, a su experimentada mejor amiga, que los chicos buenos no saben besar, que mucho menos saben follar. Pobre. No tenía idea. Su chico bueno no faltaba a ni una misa dominical, y en las noches la besaba como si lo hubiesen expulsado del mismo cielo.

De los labios de Emma, Colin pasó al cuello, y del rostro a un recorrido por debajo del vestido emplumando.

—¿Q-qué haces? —Emma preguntó.

Pues, te está acariciando las nalgas con sus grandes manos.

—Quiero enseñarte cuánto me atraes, si me lo permites —rozó sus labios, también las puntas de sus narices. Apretó con fuerza las nalgas que estaba sosteniendo, luego, relajó sus manos con lentitud.

No era el momento, el lugar, ni la ocasión.

De acuerdo, quizás era el lugar, pero el momento y la ocasión no.

Emma respiró por su boca, y asintió con su cabeza, convencida.

Justo cuando pensó que iban a acabar encima de la cama, Colin la sorprendió al ponerse de cuclillas frente a ella, y, en ese momento, comenzó a acariciarle las piernas con delicadeza, desde los tobillos hasta los muslos; alzó el vestido con una mano, y le tocó la entre pierna con un pulgar, sobre la braga rosa pastel, entonces, levantó su mirada para hallarla con los ojos cerrados.

Emma no tenía idea de lo que iba a suceder, de lo único que estaba consciente era de la presión que sentía entre sus piernas, una incómoda sensación que le indicaba que necesitaba más que una caricia encima de su ropa interior. Fue entonces cuando Colin le quitó la braga, acción que la obligó a abrir sus ojos, incluso lo ayudó, alzando sus pies para terminar de deshacerse de la prenda.

Pero ella nunca esperó lo siguiente: Colin la agarró de una pierna para posicionarla encima del hombro derecho de él. De inmediato, le besó la zona íntima, acto que terminó con la espalda de Emma pegada al ventanal, hubo riesgo de caída por esa acción tan inesperada.

Colin sonrió sin despegarse demasiado de su lugar preferido, sabía que iba a disfrutar cada segundo de lo que estaba por hacer, la sujetó de las caderas para evitar más tambaleos, entonces, pegó su boca en medio de Emma, y usó la lengua para estimularle de lado a lado.

Emma gimió y se aferró a una cortina para contenerse, quería gritar hasta que la recepción llamara a preguntar si todo estaba en orden.

—¡E-es ahí! —comunicó.

Oh, oh. Piernas débiles.

Colin tuvo que hacer esfuerzo extra para sostenerla porque ya no tenía apoyo de parte de ella, quien estaba gimiendo con la cabeza hacia atrás, mientras sentía cómo toda la energía de su cuerpo comenzaba a acumularse en un solo lugar, hasta que estalló.

Colin le bajó la pierna, y Emma cayó sobre sus rodillas, ni siquiera él logró detener ese peso que descendió con fuerza de forma involuntaria.

—Corazón —la agarró del mentón.

—¿Ya me morí? —preguntó sin alzar su mirada.

—No... Aún no. —Se puso de pie, luego, le pasó una mano para ayudarla.

Emma suspiró profundamente, ahora estaba relajada.

—Te digo que se sintió como haber pasado al más allá.

—Acuéstate.

No la escuchó, solo ordenó.

—¿Qué?

—En la cama, ahora.

—Sí, señor.

Cuando Colin tomaba el control, Emma perdía la razón.

Adoraba al dios en el que se convertía cuando la dominaba. Ella no sabía que tenía una fantasía con el control masculino en la cama hasta que él se puso rígido en una de esas tantas noches. No era lógico que Colin perteneciera a la Tierra, ni un ser humano podía ser tan dulce y tan dominante cuando se lo proponía.

Se acostó con las piernas abiertas, a mitad de la cama, observando cómo él se remangaba la camisa hasta los codos. De nuevo, la sorprendió, se quitó los anillos y de apoco introdujo tres dedos en el interior de ella.

—¡C-Colin!

Estaba disfrutando cada segundo de tenerla gimiendo por nadie más que él. No podía pensar en otra cosa que no fuera ese pequeño y húmedo coño. Le encantaba hacerle el amor con cortesía y delicadeza, pero tocarla de esa manera lo excitaba de forma grosera. Metió sus tres dedos hasta donde cupieron, e imaginó que su bulto iba a estallar en cuanto sintió cómo el interior de ella lo apretó por momentos.

Cielos, Emma.

No cabría en tu mente imaginar todos los pensamientos que generabas en tu chico, todas las cosas que él pronunciaba en su interior y se las guardaba para sí mismo. Si alguna vez te sentiste poco atractiva frente a sus ojos, déjame decirte que erraste mal. Jamás podría masturbarse pensando en otra que no fueras tú.

—¿Te gusta? —le preguntó.

—A-ajá —respondió, manteniendo sus ojos cerrados.

—Y quieres que te dé —dedujo.

—¡Sí! ¡Sí! —pidió.

Retiró sus dedos y se irguió, pasó a desabrochar su pantalón sin desviar su mirada clavada en los ojos de Emma. Al fin, el momento que llevaban ansiando como locos. Buscó un preservativo en el bolso de ella, no necesitó que se lo informara para saber que estaba ahí.

No se bajó el pantalón, solo lo suficiente para sacar su erección y colocarse el condón; a continuación, se acomodó entre las piernas de Emma, con los brazos a los costados y pegó sus labios antes de penetrarla.

—Te amo —le dijo.

Emma lo tomó de la cara con sus dos manos, sintiéndose completamente llena de él.

—Soy tuya.

Colin mojó sus labios, y miró al frente.

—No, Emma...

—En este momento, sí.

Justo ahí, se vieron a los ojos.

La mirada brillosa de ella le indicó que no podía estar más enamorada, que estaba completamente entregada en cuerpo y alma. En los planes de él no estaba fallarle, pero, en ese momento, con más razón, se dio cuenta que fallarle no era una opción ni por error. Esa mirada se sintió como si Emma acabara de entregarle no solo su cuerpo, sino también su corazón. Al menos por ese corto periodo de tiempo, ambos se pertenecían, porque no había nadie más, aparte de sus corazones, latiendo por igual.

—Siempre te voy a cuidar —declaró.

—¿Me lo prometes? —preguntó.

La mirada de Emma se aguó, y sus labios comenzaron a temblarle.

Colin asintió con la cabeza, y susurró:

—No es que no crea que puedas cuidarte sola, es solo que... el mundo no te merece.

Emma echó lágrimas y tiró su cabeza hacia atrás, riéndose.

—Tengo un pene dentro de mí, quiero llorar como estúpida, y no sé si pueda arreglar mi maquillaje.

Colin le besó el cuello, y, hundiendo sus dedos entre el cabello de Emma, comenzó a mover su pelvis lentamente y de tal manera que resultara placentera para los dos.

Gimieron al mismo tiempo, y ella arqueó su espalda mientras seguía recibiendo besos en su cuello, que la transportaron al sol, todo su cuerpo se calentó y estremeció.

Se besaron en la boca, mezclando sus cálidos alientos, que estaban sedientos de más, alternando los besos con jadeos ruidosos, que sonaban en cada rincón del cuarto.

—Bendita Emma —pronunció cuando chocó contra ella.

—¡Cole! —gritó, cerrando sus ojos con fuerza. La sensación sobrenatural que estaba sintiendo a consecuencia de la fricción le hizo echar más lágrimas de las que hubiese echado por puro sentimentalismo—. ¡A-ahí! ¡E-es ahí! ¡Ahh! ¡L-lo... lo siento venir!

Ambos, ambos lo estaban sintiendo.

Y acabaron en la gloria.

Colin se tumbó al lado, y Emma giró para abrazarlo, recostando su cabeza sobre el pecho del mismo, escuchando el ritmo agitado de un corazón excitado.

Mientras se daban mimos, ambos pensaron en lo mismo, «¡Al carajo la gala!», lástima que ninguno lo mencionó en alto. Se limitaron a darse caricias durante quince minutos, caricias en la cara, en el cabello, que eran acompañadas con besos melosos. En ese tiempo, no hablaron mucho, toda comunicación se dio a través de sus miradas adoradoras, llenas de lustre y asombro, que aún no podían creer que se tenían.

—Te amo —dijeron al mismo tiempo.

Rieron.

—Estoy tan... agradecida por ti.

Le gustaba recordárselo.

Colin la miró fijamente, y pidió:

—Cántame algo.

—¿Qué quieres que te cante? —sonrió, acariciándole el cabello.

—Lo que tú quieras.

Le gustaba improvisar cuando la tomaba en momentos como ése.

Cerró sus ojos y comenzó a tararear una melodía que recordó por una sinfonía que escuchó en la mañana. Colin cerró sus ojos también, y respiró hondo mientras prestaba atención a cada tono que salía del más profundo interior de ella, podía morirse en ese instante y sería un deceso feliz, pues estaba abrazando y escuchando al ángel de su vida.

⠀⠀⠀⠀⠀⠀

Regresaron a la gala tomados de las manos, ya que no necesitaban perderse de nuevo y, además, eran ciertamente empalagosos después del sexo, lo normal.

Una mujer los recibió e indicó que sus lugares estaban ubicados en la mesa número ocho. Emma se tensó, fue lindo lo poco que duró su relajación, suspiró profundo, en tanto seguían a la mujer. Colin le apretó la mano, quería recordarle que estaba ahí, aunque también se encontraba preocupado al imaginar la clase de personas con las que iba a socializar esa noche, lo único que pedía era que no fueran arrogantes porque dudaba de su capacidad para fingir sonrisas.

—Disfruten de su noche —pronunció la mujer, dejándolos en la mesa número ocho.

Emma no supo si alegrarse o disgustarse.

Olimpia Ivanov estaba sentada ahí, en la mesa circular, que tenía el puto número ocho en medio. Emma no sabía qué era peor, sentarse con completos desconocidos o sentarse en la misma mesa que la charlatana número uno. Olimpia era dos años menor que ella, una rubia de cuerpo esbelto y demasiado alta, tanto como Colin, el largor de su cabello lacio llegaba hasta su cintura, era tan preciosa como una supermodelo; no estaba segura porqué, mas a Emma le recordaba a una sirena, de esas hermosas que describen en los cuentos de hadas. Pero lo que tenía de hermosa, también tenía de zonza. Emma la apreciaba porque siempre había sido tan buena con ella, tan considerada, pero creía que mantener una conversación Olimpia era un dolor de cabeza para quien buscaba al menos un grado de inteligencia.

Curioso, ¿no? Que a veces los que menos saben son los que más hablan.

—Madre mía. ¡Emmy! —chilló Olimpia, captando la atención de algunos culos ricos.

El castaño con bigote, el mismo de hace rato, giró completamente para buscarlas con la mirada. Nadie podía creer lo que estaba presenciando. La única descendiente sanguínea del bastardo de Noah Hamilton estaba ahí, emergió de la oscuridad por primera vez, y trajo consigo a ¿un muchacho lindo de Instagram?

—Ho-hola —saludó Emma, estaba sonrojada.

Olimpia se levantó con su sensual tajo largo en color negro, y abrazó a Emma como si fuera la mismísima mejor amiga. A continuación, más chillidos. La misma se emocionó cuando se percató de la presencia de Colin, y lo abrazó. De verdad, eso no fue necesario. Colin necesitaba que respetaran su burbuja personal.

Emma miró ese abrazo desubicado, suplicando porque Colin no se amargara por resto de la noche, pues, más que nunca, necesitaba que le diera una mano para sostener una conversación con Olimpia, y no iba a dársela si dicha persona le caía mal desde el principio.

Así era su Colin, un tanto especial, para no decir áspero.

—Él es... mi novio Colin —susurró.

—¡Eso ya lo sé! —Ahora Olimpia lo agarró del brazo, mirándolo con una amplia sonrisa—. Me llamo Olimpia, soy amiga de Emmy, nos conocemos desde pequeñitas. Lloró la vez en la que le arranqué la cabeza a su muñeca, teníamos como siete y nueve años, ya no volvimos a jugar juntas después de eso.

¿Amiga de Emmy? Pues, lo dudó mucho. Pero Colin no necesitó saber más para catalogar a Olimpia; estaba segura de que se trataba de una charlatana, y apostaba a que incomodaba a su nena, porque incluso lo había incomodado a él con ese abrazo.

—Gusto en conocerte —respondió.

—Por favor, el gusto es mío. Siéntense —pidió, luego señaló a dos jóvenes de cabello negro, que se encontraban sentadas en la misma mesa—. Ella son mis primas Miranda y Lena, nos acompañarán.

—Hola —les saludó Colin, tirando una silla hacia atrás para que Emma se sentara.

Valió la pena suplicarle a la tía Elizabeth para que encontrara la manera de ponerlas en la misma mesa que el novio de Emma. Miranda y Lena tenían dieciocho, nunca hubiesen desaprovechado la oportunidad de compartir el mismo espacio con Colin McClain. Ya querían tomar unas fotos, donde él saliera casualmente de fondo, para publicarlas en sus cuentas de Instagram. No conocían a Emma de nada, pero dudaban sobre si realmente era digna para estar con ese dios tan perfecto.

—Hola —respondieron a unísono con la misma sonrisa coqueta.

Colin se sentó junto a Emma y le tomó la mano.

—¿Todo en orden? —susurró solo para ella.

Emma asintió y le dio un besito en la cara.

—Uy. Qué linda pareja —les dijo Olimpia, llevando una mano a su pecho.

—Lo sabemos —respondió Colin sin cambiar su mueca tan seria.

Olimpia soltó una carcajada escandalosa, y preguntó:

—¿Dónde se conocieron?

—Universidad, e-en la universidad —susurró Emma.

Comenzó a apretarle el pecho en cuanto se percató que ese par de desconocidas la estaban mirando detenidamente. ¿Tenía algo en la cara? ¿Pintalabios en los dientes? Para Emma, una de las peores sensaciones del mundo era experimentar cómo la presión en su pecho repercutía sobre su garganta, sobre su voz. Sintió como si alguien se encontrara tomándola del cuello, impidiéndole una articulación normal, no podía subir el volumen de su voz, incluso le dolía hablar.

Colin la miró. No todo estaba en orden, lo sabía.

—¿Saben quién se embarazó en la universidad? —preguntó Miranda con aire de chisme.

—Joey Walton —pronunció Lena en tono burlón.

—¡No te creo! —exclamó Olimpia.

—Es verdad, una fuente confiable me mandó una fotografía. —Miranda desbloqueó su celular en busca de dicha prueba—. No se presentó a la gala porque sus padres están ocultándola. El chico tiene sangre Akerman, pero forma parte de los Akerman que entraron en bancarrota el año pasado. Una Walton embarazada de un don nadie, es un verdadero escándalo. Mira la foto. —Se estiró para darle el celular.

Olimpia sintió tanta impresión al mirar la fotografía de la embarazada, que no controló sus brazos, y, con una mano, provocó que un camarero derramara sobre un plato el agua que estaba sirviéndole a Emma.

—Por Dios, señorita Emma. —El camarero moreno era empleado fijo del hotel, y claro que la reconoció. Cada empleado se enteró que esa noche iba a asistir Emma en representación del jefe mayor Jamison.

—D-descuida —lo trató de calmar.

—Fue un accidente —añadió Colin, tomando el plato para entregárselo y agilizarle el trabajo.

—¿Tienes nombre? —El castaño con bigote apuntó al camarero, con el dedo de la mano que sostenía su copa de champaña de miles de euros. Era guapo, era mayor que todos ellos, derrochaba elegancia y estilo, que Lena y Miranda casi borraron de sus mentes la presencia de Colin.

—M-me llamo... Jim, señor —contestó temeroso.

—Tranquilo, Jim —interfirió Colin con un tono de voz agradable—. Olimpia te empujó, fue un accidente, en realidad no tiene importancia. ¿Puedes conseguirme un agua tónica con limón, amigo?

—C-claro que sí. En seguida, señor —contestó, retirándose con el plato.

—Ugh. Ahora me siento culpable —habló Olimpia.

El castaño con bigote esbozó una falsa sonrisa. No podía creer que un don nadie acababa de meterse en sus asuntos. Inspeccionó a Emma, quien se encontraba mirando los platos mientras escuchaba cómo Olimpia continuaba diciendo que era una horrible persona, pese al consuelo de Colin.

—Emma Miller —pronunció el hombre.

Emma alzó su mirada, y saludó:

—Hola... Milo.

Milo, así se llamaba, se acercó a besarle una mano con actitud caballerosa. Para Emma, eso fue incómodo en todos los idiomas, principalmente porque tenía las manos sudorosas; le estaba costando sonreír sin parecer una caricatura graciosa de sonrisa forzada.

¿Qué debía decir ahora? ¿Cómo debía continuar ese momento social? Ah, sí, con su as bajo la manga.

—Él es mi novio Colin —presentó.

Colin y Milo se miraron a los ojos.

—Lo sé. —Milo se acercó a estrechar la mano de Colin—. Milo Walton. —Se presentó sin apartar su mirada del chico por el que todas las adolescentes morían. No le sorprendió que Emma tuviera esa clase de novio, era una niña mimada que gustaba de lo superficial, nada fuera de otro mundo. Sin embargo, esperaba más de la sobrina de Jamison, como un novio de apellido Walton, o McCartney, al menos.

—Hola —saludó Colin, ni más ni menos.

Pensó que Milo era exactamente la clase de persona con la que no gustaría quedarse encerrado en un ascensor. ¿Qué pretendía hacerle a ese pobre empleado? ¿Quejarse de él solo porque derramó agua accidentalmente? De verdad, Colin no se creía el más agradable de todos, tal como Emma pensaba que era, pero le repugnaba el maltrato, siempre intentaba ser la mejor persona que podía a pesar de sus límites.

—¿Están disfrutando la noche? —preguntó Milo.

—¡Milo! —exclamó Mikayla, enfurecida llegó hasta la mesa—. ¿Qué parte de tienes que hablar con la prensa no entiendes? —miró a los demás, a Emma, a Colin, quien ahora tenía la camisa remangada.

¿Por qué a Colin no le sorprendió que esos dos fueron cercanos? Dios, en verdad deseaba tener el poder de leerle la mente a Emma, que todas esas bromas de conexión cerebral entre los dos fueran ciertas, porque era un asco no poder decirle: «Estas personas me desagradan, pero puedo tolerar a Olimpia porque se nota que es buena persona». Era estresante no tener idea de lo que ella sentía en su interior en un momento como ése, sabía que no estaba cómoda, pero necesitaba más especificación.

—Quise saludar a Emma —explicó Milo.

Emma bajó su cabeza. Es que no quería más de Mikayla.

—Evidentemente, todos estamos igual de sorprendidos —dijo Mikayla.

—Emma no necesita ser el centro de atención, no lo requiere para sentirse bien consigo misma. Eso explica lo poco que saben de ella —habló Colin.

—Cole —susurró Emma para que se callara.

—¡Oh, Emma! —exclamó una mujer.

Milo tomó a Mikayla para sacarla de escena.

Suficiente espectáculo.

Emma recibió un abrazo desde atrás de parte de la tía Elizabeth, una rubia de la que no se podía dudar que dio a luz a Olimpia, incluso eran igual de esbeltas. Y, por primera vez en toda la noche, Emma no se sintió incómoda por un saludo que implicara contacto físico.

Elizabeth era una gran amiga de Jake, bueno, eso hasta que Holly puso trabas en esa amistad muchos años atrás; nunca le pareció correcto que su esposo fuera amigo de una mujer a quien éste llamó novia alguna vez, además, Holly simplemente odiaba a Elizabeth, sin embargo, los amigos hacían contacto en tiempos especiales, para felicitarse o cosas así.

—Hola —saludó Emma.

—¿Te gustó mi tarjeta de invitación especial? —preguntó con entusiasmo.

—Sí. —Emma sonrió, tomando la mano de Colin—. Él es mi novio Colin.

—El dolor de cabeza de Jakey, claro. Es todo un placer conocerte, Colin. —Elizabeth rió, y le pasó una mano a Colin, éste la estrechó con una sonrisa obligada, pero bastante creíble si no lo conocían de nada.

—El placer es mío —habló en un tono respetuoso.

—Olimpia, no bebas —apuntó a su hija.

—Mami, ¿no tienes cosas que hacer? —inquirió Olimpia.

—¡Elizabeth! —exclamó un hombre desde lejos.

Elizabeth resopló, y les dijo:

—Sí, tengo cosas que hacer. Pero me enteraré si bebes algo, Olimpia.

Olimpia esperó a que su madre se fuera para decirles a Colin y Emma:

—Mi mamá es algo anticuada.

—Oh —contestó Colin.

—¡Ah! ¡Emma! ¿Por qué Sid no asistió con ustedes? Me enteré que está en Nueva York —siguió Olimpia.

—Ehm... Sid tiene novia ahora... Es muy bonita, por cierto. —Emma admitió sin alzar la mirada de sus manos—. Pero creo que ella lo cambió de alguna manera, él no quería asistir, ni ser el centro de atención.

—¿Y J.J.? ¿Tiene novia? —inquirió.

—N-no. J.J. tampoco es amigo de la atención, ya sabes. No quiso asistir.

—O sea que está soltero —pronunció.

—Eso fue lo que dijo, Olimpia —habló Lena en tono burlón.

Emma abrió su boca, pausó un par de segundos antes de decir:

—J.J. no quiere amoríos. Siento que, si llama novia a una mujer, será porque planea llamarla esposa después. T-tiene muchas amigas, pero solo son amigas.

Olimpia sonrió, y respondió:

—Quedan pocas personas así. Él siempre me pareció lindo...

—Deberías escribirle —sugirió Colin.

Emma lo miró con unos ojos enormes.

—¿Eso piensas? —preguntó Olimpia. Una mirada de esperanza surgió en ella. Estaba tratando de no sonar tan evidente, pero acababa de delatarse sin esfuerzo. J.J. siempre le pareció lindo, y más que eso.

—Eh, sí. Está soltero, no veo razón para no hacerlo —habló Colin, esquivando la mirada penetrante de Emma. Quizás estaba hablando sin tener en cuenta todos los puntos. Tosió falso—. ¿No tienen hambre?

—¿Tú sí? —preguntó Emma, poniendo sus ojos en blanco.

—Le mandaré un mensaje a J.J. —anunció Olimpia, mordiéndose el labio inferior—. Uf. Tengo que retocar mi lápiz labial. —Se puso de pie, cogiendo su bolso de mano—. ¡No conversen sin mí, chicos!

Emma giró en su asiento para observar a Colin con sus ojos entrecerrados.

—¿No debí decir eso? —preguntó él con un susurro.

—No puedo enojarme contigo —cubrió su cara con sus manos.

Colin sonrió.

—Ese es mi superpoder —bromeó.

—Te amo —rodeó su rostro con sus manos, viéndolo directamente a los ojos, con una mirada que expresaba desde amor hasta vulnerabilidad. Aún tenía presente lo que pasó en la alcoba, cómo le provocó el llanto a través de las más sinceras palabras.

Colin se inclinó a darle un besito en los labios.

—Te amo como loco.

Señoritas, ¿aún pensaban tomarle una foto casualmente al muchacho? Pues sí. Sin embargo, se dieron cuenta que Colin estaba más enamorado de lo que la gente comentaba, pues tenía unos ojos resplandecientes cuando miraba a su nena; mantenían conversaciones cerradas entre los dos, ninguna de ellas podía escucharlos, principalmente porque Emma hablaba en casi susurros, pero, al parecer, era graciosa, ya que hacía reír a Colin con entusiasmo, con unos ojos adorables que se entrecerraban entre carcajadas. Ni Lena ni Miranda iban a mentir cuando sus amigas le preguntasen sobre Colin, pensaban decirles que el hombre estaba hechizado por una mujer más baja de lo que aparentaba en fotografías.

Así pasaron las horas. Entre conversaciones y subastas de artículos de colección para gente exageradamente rica. Más de un fotógrafo se les acercó con ganas de retratarlos para un artículo, pero Colin fue el vocero de ambos, rechazándolos lo más educadamente posible. Sin embargo, ellos sí se tomaron más de una selfi, el aburrimiento les ganó en la quinta ronda de subastas. Olimpia los invitó a un after party, donde todos los jóvenes, y también adultos con almas de jóvenes, iban a reunirse luego de la última subasta de la noche. Se negaron, claro. Así que la noche de ambos terminó a las once, temprano.

—Demonios. Tengo que hacer pipí —comunicó Emma.

Estaban parados en el vestíbulo, esperando al chofer de ella.

—No es otro de tus trucos, ¿cierto? —preguntó Colin.

—Prometiste ya no recordarlo. —Se enojó.

—Perdón. Ve. Te espero exactamente aquí —aseguró.

Emma le entregó su bolso de mano, y se apresuró camino al baño.

Colin colocó el bolso debajo de su brazo, y sacó su celular para mirar las fotografías que se tomaron durante la noche, hizo zoom en la sonrisa de ella. La consideraba tan hermosa. Tenía el privilegio de amarla, y ser amado por ella, de fundirse en su interior y alcanzar la plenitud del placer. Esbozó una sonrisa cuando encontró una fotografía, donde se hallaban en la residencia universitaria, besándose en la cama de ella, durante su cumplemés número cuatro.

—McClain —habló un hombre.

Colin alzó su mirada con su ceño fruncido.

Era Milo.

—¿Los veo en la fiesta? —le preguntó. Iba camino a la salida con sus familiares y amigos adinerados, un par de mujeres caminaban a sus costados.

¿Qué edad tenía Milo? Colin no lograba deducirlo. ¿Más de treinta? ¿Será?

—Eh, no, no. Tenemos otros planes —respondió.

—Qué mal. —Milo le miró los tatuajes. Por lo general, pensaba que los tatuajes dicen demasiado de quienes los portan, sin embargo, no lograba descifrar, en profundidad, qué clase de persona era Colin, además de un don nadie con aire de buen samaritano. No le caía bien, eso seguro. Siguió caminando.

Y Colin volvió a lo suyo, sin darle importancia a lo que acababa de ocurrir.

Minutos después, Emma apareció y lo abrazó por detrás.

—¡Cuidado! —exclamó para asustarlo.

Colin tambaleó del susto, y respondió:

—Odio cuando haces eso.

—Lo sé, pero esta vez fue necesario. Vámonos —le besó la espalda.

Dentro del automóvil blindado, Emma preguntó:

—¿A qué hora llega Al?

—En la noche, como a las siete —giró a mirar cómo ella estaba entretenida con su celular.

—Mi papá quiere saber dónde estoy. Le voy a decir que seguimos en el hotel —comentó.

—No, no le mientas —pidió.

Emma alzó su barbilla para mirarlo a los ojos.

«¿Qué?».

Colin continuó diciendo:

—Quiero ganarme su confianza. Si le mientes, me incluyes.

—D-de acuerdo... Le voy a decir que vamos camino a tu ático.

—Gracias.

El plan consistía en pasar el rato en el balcón. Les gustaba cuando se sentaban a charlar de lo que sea. Siempre tenían algo que contarse. A veces también sucedía, en la universidad, que Colin estaba cansado, en esos casos, le gustaba recostarse en la cama para escucharla hablar, limitándose a asentir con la cabeza, él podría escucharla hablar por horas.

Colin le aseguró que el ático iba a estar a oscuras porque su familia acostumbraba dormir temprano, sobre todo sus hermanos, pero se toparon con la sorpresa de hallar a Theresa bebiendo cocteles con Bianca, ahí, en la sala. Las dos mujeres se emocionaron cuando los vieron llegar, es que ellos habían sido uno de los temas de conversación, todo lo que implicaba la gala era un tema de gran importancia.

—¡Qué hermosos! —les habló Theresa.

—Un vestido acertado —opinó Bianca.

—G-gracias —respondió Emma.

Trató de sonreír naturalmente.

—Hola, Bianca —saludó Colin, luego informó—: Estaremos en el balcón.

—Mm, Cole. —Theresa tragó su bebida, y apuntó a su hijo—. Anya se comunicó contigo, ¿cierto? Piensa que no comprendiste lo que te pidió. Esperaban que publicaras una fotografía con Emma, en un post.

Colin frunció su ceño, y replicó:

—El trato era publicar una foto, nada más. Y eso fue lo que hice.

—Publicaste una copa de vino en tu historia —contestó de forma pacífica.

—¿Tenías que publicar una foto de los dos? —susurró Emma.

—Te pedí que dejaran de meterse en mi relación —siguió Colin, sin darle atención a la pregunta de Emma.

—Cole, somos familia, y debemos apoyarnos en todo sentido —respondió Theresa.

—¿Q-qué? —arrugó su frente, eso terminó de cabrearlo—. ¿Qué pretendían?, ¿que publicara una foto en una gala donde ni siquiera debí asistir? Dime porqué nunca recibiste una invitación, tú que eres la reina de los eventos. ¿Sabes por qué? Porque ni siquiera tú perteneces ahí. No hagas esto más incómodo, madre.

—¿Incómodo? —preguntó Emma.

En aquel momento, Jake apareció en el ático, y todo pareció congelarse por un segundo. Lástima que Emma se hallaba tan confundida con las palabras de Colin como para darse cuenta de que su padre acababa de reencontrarse con su antiguo amor de preparatoria. Jake y Bianca se miraron, fue incómodo, ninguno de los dos esperó reunirse después de tantos años, y en ese escenario. Ella enarcó una ceja, limitándose a beber de su coctel, no iba a ser la primera en saludar, él estaba equivocado si lo pensó así.

—¿Qué haces aquí? —Emma se enfureció, pero casi todo se debía a que él había llegado en un muy mal momento—. ¿P-puedes irte? Necesito hablar con Colin. Ni siquiera sé qué haces aquí, papá.

Colin se quedó quietecito, era un cachorro asustado.

—Pues, vine a buscarte —le explicó Jake. Le salió el tiro por la culata; fue pensando que iba a incomodar a ese par, pero el único incómodo en ese escenario acabó siendo él mismo—. Hola, Bianca. Y Theresa.

Ups.

Casi se olvida de la dueña de casa.

—Hola —respondió Bianca.

—Oh, Jake. Qué agradable sorpresa —habló Theresa.

—Papá —masculló Emma.

—Jake, siéntate —pidió Theresa.

—N-no, no. Esperaré a mi retoña en la camioneta. No te preocupes —dijo, tan absorto todavía, con más de la mitad de su mente puesta únicamente en Bianca O'Donellver, en que ella se encontraba tan hermosa como siempre, y que él estaba dramatizando el papel de un descuidado y gordo marido olvidado—. Adiosito.

Se fue antes que pudieran detenerlo. Emma y Colin tuvieron razón en algo, en que nunca se estará preparado para desempolvar recuerdos de un antiguo amor de la escuela que pudo haber sido más.

Emma miró a Colin.

Ay, hombre.

—Hablemos en mi recámara —sugirió él.

Se dio cuenta que no tenía escapatoria. ¿Cómo pudo haber sido tan descuidado en su palabra? «No hagas esto más incómodo, madre». De verdad, ¿cómo no se le ocurrió que era el peor momento para enfrentar a su madre? Había ocultado su malestar frente a Emma de manera exitosa hasta ese instante.

—Puerta abierta, Colin —advirtió Theresa con un tono de voz cantor.

¿Puerta abierta? Colin la cerró en cuanto Emma se metió.

—Dijo puerta abierta —señaló Emma.

—Malinterpretaste mis palabras —explicó, tirando su celular sobre la cama—. Con incómodo me refería a que el escenario frente a Bianca era incómodo, ya sabes, no la conozco. Eso, eso fue lo que quise decir.

—Repítelo, pero ahora mírame a la cara —cruzó sus brazos.

«Puta madre», pensó Colin.

Sentía que estaba luchando en medio de arena movediza y que con cada palabra se hundía más. No podía ocultarle algo a su nena porque ella tenía un don que le permitía descubrir la profundidad de cada palabra, de cada acción. ¿Una condena o un alivio? Cincuenta y cincuenta. Un alivio porque no necesitaba decir mucho para que ella supiera que le pasaba algo, una condena porque no podía ocultarle nada. A veces bromeaba con Emma, le decía que ella poseía un olfato súper desarrollado con el que lograba olerle el estrés, mejor dicho, el sudor que producía por el estrés.

—Me sentí raro —confesó.

—¿Cómo raro? —se acercó.

Había un montón de formas de sentirse raro, ella lo sabía.

—No me mires con esa cara, Emma —pidió.

Emma tenía una ceja arriba, expectante.

—¿Cómo quieres que te mire? —Ahora frunció su ceño—. Estoy, estoy enfadada. Tú sabes perfectamente que respeto tus sentimientos, que respeto cuando en verdad no quieres hablar sobre lo que te pasa. Pero, demonios, no querías acompañarme a esa gala. No puedo creer que no lo noté, que estabas incómodo.

Estaba enfadada con él, con ella misma. Porque él no se sintió capaz de confesarle cómo se sentía, porque ella no se percató de cómo él se sentía. Cubrió su rostro con sus manos, necesitaba respirar.

—Sí quería acompañarte —aclaró Colin.

—Por obligación —lo miró, se sentía frustrada.

—Eh, no —respondió tranquilo—. Me creo capaz de poner límites, te hubiese dicho que no si realmente no deseaba ir. Me ilusionó acompañarte en algo tan importante para tu familia. Pero sí, fue incómodo en cierto momento, no pertenezco a la gran élite, Emma. Me sentí como un intruso, un impostor, eso es todo. Y ya sabes cómo son los publicistas de mi madre, como usan a mi familia, ahora también quieren meter a mi relación. No iba a publicar una fotografía de nosotros en la gala como si yo perteneciera a ese lugar.

Emma negó con su cabeza.

—Es estúpido.

—No esperaba que lo entendieras.

—Sí lo entiendo. No debimos ir a esa gala.

—No, no lo entendiste. Porque eso no fue lo que quise transmitir.

—Entonces, hazme el maldito favor de hablarme directamente.

¿Se alteró? Demasiado. Porque no la pasó bien durante esa gala, sobre todo en el inicio, en el encuentro con Mikayla, se hubiese ahorrado demasiado si Colin le hablaba honestamente desde un principio. Ahora quería llorar, pues le había hablado mal, eso pensó. Lo inspeccionó, se veía aturdido por su propia mente.

—Cole, perdóname.

Una gota cayó sobre su mejilla, le siguió otra. Hablarle mal le producía más daño a ella que a él, sin embargo, el llanto tenía un sentido más profundo; se sentía mal consigo misma, y no había sexo o palabras dulces que le quitaran de la mente lo mal que se sintió al oír las palabras de Mikayla.

—Está bien —respondió él.

Colin se acercó, y se abrazaron, por largo rato, en silencio.

—E-entiendo cómo te sientes —dijo Emma, apartándose de pronto. Secó sus lágrimas y acomodó su cabello hacia atrás, mirándolo como si quisiera demostrarle que no falló, que lo comprendía. Entonces, añadió—: La familia Walton tiene fama de actuar con malicia, y es cierto, bueno, no todos son así, pero, algunos, pues... no son tan buenas personas.

»Solo, solo olvidemos esto, Cole, olvida la gala, la estupidez de la gran élite y no sé qué más —lo agarró de las manos, llevándolas a su rostro, es que necesitaba sentir ese cálido tacto—. Solo soy Emma, tu nena, la estúpida que cuenta hasta cien mientras tú te escapas de mi libido corrompida. Esa gala, esa gente tan egocéntrica y rica, esa gente no me identifica. Solo olvídalo, olvídalo, Cole. Te lo suplico, amor.

—Nunca insinué que fueras como esa gente. Y no me gusta que digas que solo eres Emma porque eres Emma. Tampoco pienso olvidar la gala, la pasé bien contigo, mi amor, en serio —le habló sin soltarla, acariciándole el rostro con sus pulgares—. Te amo, y me enorgullece que, a pesar de que tengas tanto, seas tan dulce, tan sencilla. Tu corazón humilde es tan solo una razón para amarte.

—También te amo. E igualmente la pasé bien contigo —susurró como si no quisiera que alguien más se enterara de qué tan bien la pasaron... sobre todo, en la recámara.

Colin la abrazó de nuevo.

—Tu papá está esperándote —le recordó.

—Rayos, sí —dio un paso atrás, y frotó su cara en un intento por borrar cualquier rastro de llanto—. Discúlpame, discúlpame por hablarte así. Me desbordé de rabia, es todo. No mereces que te traten mal.

—Emma...

Emma sacudió sus manos, mirando el techo.

—Quiero llorar, quiero llorar mucho porque te hablé feo —anunció, sin poder mirarlo de la vergüenza.

—Ey —la arrolló entre sus brazos, e hizo que se sentara en la cama. Entonces, ella comenzó a llorar, situación que lo descolocó porque él había pensado que todo estaba finiquitado, que podían despedirse.

—Yo n-no... no soy Rebecca —sollozó, y se apartó para cogerlo del rostro entre sus pequeñas manos. Colin trató de disimular su cara de pasmo—. Mereces que te hablen lindo, mi Cole. Tienes suficiente con tu papá, no mereces que te traten mal. Ya sufriste mucho con esa otra mujer, quiero amarte.

Ella estaba atravesando por un ataque de ansiedad, y él lo sabía, por cómo armó ese drama gigantesco en su cerebro por algo tan pequeño y normal como fue perder la paciencia. Hasta metió a Rebecca. Pero lo que no sabía era qué había detrás de toda esa crisis, qué fue lo que la arrastró hasta el llanto. ¿La presión de la gala?, ¿de no sentirse bonita?, ¿de hablar con tanta gente desconocida? Colin creía eso.

—Emma, usaste la palabra maldito en una frase, no me heriste —sonrió, tratando de demostrarle que de verdad estaba bien—. Tú nunca me hieres, tú me cuidas y me das mucho amor. No deberías llorar por eso. —Se las ingenió para acostarla, y acostarse, mirándose cara a cara—. T-tú, tú no eres esa mujer, ni eres parecida. ¿Sabes por qué lo sé?

—¿Porque tu pene responde correctamente? —sollozó.

Colin se echó a reír, acostándose boca arriba por un momento. Es que esa fue una buena señal, por eso se permitió reír. Emma no estaba bromeando, pero tampoco estaba hablando con una nube gris encima.

—En parte, sí —regresó a mirarla, y le acarició entre el cabello con su mano—. Ya ni me acuerdo lo que iba a decir, solo tú puedes provocar eso en mí. Pero se siente rico poder hablar contigo, de forma directa, de dialogar sobre lo que nos pasa o no nos pasa. Me calma saber que no hay nada que no podamos resolver juntos, porque eres tan empática y madura, pienso que tenemos todos los pilares fundamentales para sostener nuestra relación, desde la escucha hasta la confianza. Mi alma es feliz contigo, mi nena.

—¿Eso crees? —secó lo último que le quedaba de lágrimas.

—Totalmente. Muchas cosas me alteran, nuestra relación no es una de ellas. Puedo dormir tranquilo sabiendo que no hay situación que no podamos superar juntos. No hay otra como mi nena —sonrió, acercándose a la boca de Emma para darle un beso—. No te sientas mal por ser humana —susurró.

Hubo un silencio mientras se miraban.

—¿De acuerdo? —preguntó él.

Emma asintió con la cabeza.

—Genial —continuó Colin—. Mañana tengo cita con Amber, lo primero que pienso decirle, al pisar su consultorio, es que estoy feliz porque follé.

Entonces, Emma recordó que el domingo se había propuesto encender su relación, tal como su mejor amiga le había aconsejado. ¿El sexo lo hacía feliz? Pues a ella igual. Necesitaban hacerlo más seguido.

—Estás loco —sonrió.

—Por ti. Pensé que ya lo sabías —subió sobre el pecho de ella para besarle los labios.

Le dio besos de despedida con sabor a calma, quizás con un toquecito de alcohol. Esa noche iba a dormir tranquilo sabiendo que habían hablado. Sabía que ella no tenía ni un solo parecido con esa otra mujer porque podían hablar y escucharse. Era mágico. Pues no, no tenía nada de mágico, así deberían funcionar todas las relaciones, sin embargo, era mágico para él, porque era su primera vez en una relación verdadera, por eso todo se sentía tan fuera de su mundo. Iba a dormir con una gran sonrisa.

Emma salió de la torre, con la suerte de no haberse topado con Theresa ni Bianca porque ambas salieron al balcón, tampoco se preocupó por despedirse, aunque su mente ansiosa le sugiriera que lo hiciera como muestra de educación. ¿Educación? Había llorado como una tonta, no necesitaba que notaran sus párpados hinchados, tenía suficiente con tener que explicarle a su padre que no había pasado nada malo.

Necesitaba calmarse y borrar la escena con Mikayla de su mente. Pensó en que no volvería a tenerla de frente, debía superarlo, mejor debía pensar en Colin, en cómo hicieron el amor tan exquisitamente, en las palabras que él le dio durante el proceso, y cómo acabaron abrazados después de haber tocado el éxtasis de placer. «Esas son las cosas en las que debes pensar... Un momento. ¿En serio acabas de llorar frente a él como cierre de la noche? ¿Cómo pudiste?», se regañó. Siempre encontraba una razón para invalidarse.

Solo... solo quería presionar el botón de su control remoto para silenciar su voz interior.

—Perdón. Necesitaba solucionar un asunto con Cole —explicó cuando subió al asiento de enfrente, su padre conducía esa noche, y no lo miró directamente, pues estaba tratando de ocultar su rostro lloroso.

—Ordené pizza, pasaremos a retirarla ahora. ¿Quieres comprar helado? —preguntó, enfocándose en la camioneta, en conducir fuera del perímetro de la torre—. Pararemos en un minisúper a buscar cerveza. Pasé a recogerte porque me sentía solo en el ático, y ahora se me ocurrió comprar comida, ¿qué dices?

—Eh...

Emma no quería pensar que él se sentía siempre abandonado, sin embargo, era lo más probable. J.J. con sus amigos o citas; Holly con su adicción al trabajo; ella en la universidad o cenando con Colin. Su padre pasaba más tiempo a solas que en compañía, quizás por eso adoptó cinco caniches, ahora tenía sentido. Él tenía amigos, pero ¿su esposa lo dejaría salir con ellos en libertad? Eso solo le traería más problema.

—Solo debías mandarme un mensaje, pa —contestó.

A Jake no se le ocurrió mirarla en ningún momento, un gran alivio.

—¿Dos pizzas está bien? —inquirió.

Un momento.

Esa falta de bromas y reclamos porque ella se demoró.

Esa necesidad compulsiva de comer basura.

Oh... Cielos.

¡¡Bianca!!

Emma abrió sus ojos de par en par, y respondió:

—Sí, está bien. Podemos mirar una película.

La misma sacó su celular del bolso de mano.

⠀⠀⠀⠀

Emma: SE ENCONTRARON.

Emma: MI PAPÁ Y BIANCA SE ENCONTRARON.

Oschner: ES CIERTO

Oschner: DIOS MÍO SANTO.

Oschner: CÓMO ESTÁ? QUÉ TE DIJO?

Emma: QUE VAMOS A COMER PIZZA Y HELADO

Oschner: No lo conozco a él, pero sí te conozco a ti... Comida chatarra, teniendo en cuenta que no falta nada para la medianoche, ese hombre está teniendo una crisis.

Emma: También compraremos cerveza

Oschner: Confirmado. No estaba preparado para volver a verla.

Emma: Fingiré demencia

Emma: O debería decirle algo?

Oschner: Eh..., dile algo. Pero cuéntamelo todo.

Emma: Claramente

⠀⠀⠀⠀

Emma bloqueó su celular, luego miró al frente.

—Pa...

—No sabía que Theresa y Bianca son amigas —lanzó, tan concentrado en su camino.

No podría describir lo que estaba sintiendo. Bianca lucía más hermosa que nunca; ¿qué habrá pensando al verlo después de casi treinta años? Todo gordo, interrumpiendo en áticos porque se sentía solo, eso último ella desconocía, pero a él le daba vergüenza de todas formas. Aprendió una gran lección esa noche: no debía meterse donde no lo necesitaban.

Emma rascó su cuero cabelludo, y preguntó:

—¿No recuerdas que te hablé de eso? Fui a la oficina de Theresa el jueves, y me encontré con Bianca en la recepción. La llamaste arpía porque te conté lo que dijo sobre ti, que nadie en tu escuela esperaba que te enamoraras de una sola mujer. La puse en mi lista negra, ¿recuerdas? —miró de reojo a la cantidad de mensajes que le estaban llegando de parte de Colin—. Dijiste que la recuerdas porque ahora es famosa.

—Ya, sí —respondió con la sequedad de un desierto en su boca.

—Supongo que sí es gran amiga de Theresa, además, una de las hermanitas de Cole se unió a la agencia de Bianca el fin de semana, tal vez eso tenga algo que ver también. —Se atrevió a mirarlo.

—Ah. ¿Bajarás al minisúper conmigo?

—Q-quizás.

Estaba sorprendida. Siempre era raro escucharlo tan serio.

⠀⠀⠀⠀

Oschner: Qué dijooo

Emma: No mucho... Está en shock.

Emma: Que no sabía que tu mamá y Bianca son amigas...

Oschner: Miente!!!!

Oschner: Tú le contaste que encontraste a Bianca en la oficina de mi madre

Emma: Lo sé

Emma: Se lo recordé, no dijo más

Emma: Hablamos mañana. Alguien se siente abandonado, por eso me buscó

Oschner: Ay, no. Dale mucho amor. 

¡Hola! ¡Hola! No me había dado cuenta del largor del capítulo hasta que lo pasé a Wattpad. 

¡Cuéntenme con emojis qué les pareció!

Y de verdad me gustaría saber cuál fueron sus partes preferidas. 

Por cierto, ésta vez les pido encarecidamente que no olviden dejarle un voto a esta humilde escritora. ¿Me lo merezco esta vez o no? No me gusta suplicar por estrellitas, pero me haría muy feliz recibirlas. Gracias :) 

¡Los quiero mucho! Hasta la próxima. 

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