10: En este planeta, y en los otros

La muerte de su abuela era un asunto que Colin guardaba con recelo. Pero en una noche de abril de conversaciones atípicas con Emma, decidió contarle con detalles todo lo que esa mujer significaba.

El cáncer la llevó poco tiempo después de que Rebecca lo terminara, «Se fue cuando más la necesitaba», aunque había tenido meses de preparación psicóloga para esa inevitable partida, el corto duelo que vivió, ya que estaba inmerso en su ruptura con Rebecca, fue desgarrador. «Sentí que había perdido a la única persona que me valoraba; era la única que me demostraba lo orgullosa que estaba de mí, y no lo noté hasta que la perdí». Beatrice, así se llamaba, lo había cuidado en sus primeros años y le había enseñado casi todo sobre el catolicismo. Ella habitó esa casa sola hasta que enfermó, pues Theresa no halló manera de sacarla de ahí hasta que la propia enfermedad la obligó; le gustaba su casa porque le recordaba a su difunto esposo, y solía decir que nunca estaba sola.

No fue hasta mediados del año anterior, cuando Amber le dijo a Colin «Ahora eres un hombre libre» en el momento en que abrió los ojos con respecto a su antigua relación, que éste empezó a recordar a su abuela, no como alguien que se había ido, sino como alguien que le había regalado una de las cosas que lo mantenían cuerdo: la semilla de su Fe. No la mencionaba en voz alta, salvo esa noche de conversaciones atípicas con Emma, porque la guardaba como un tesoro secreto, quizás porque aún no se había recuperado del todo, pero Colin sabía que Beatrice estaba con él, lo sentía en lo más profundo.

Era más abierto con respecto al fallecimiento de su abuelo Thomas, quien dejó el plano mortal cuando Colin tenía ocho años. No recordaba esa muerte como algo doloroso. De hecho, los recuerdos eran borrosos. Lo único que recordaba de forma clara era cómo le había pedido a Dios que se llevara a su abuelo, pues el dolor que le provocaba el cáncer de huesos era insoportable. Aunque era un niño a quien le ocultaban esos detalles desgarradores, él siempre había sido más inteligente de lo que sus padres pensaban. Entonces, Dios se llevó pronto a su abuelo. Y Colin recordaba ese momento como un alivio, porque, con esa ilusión y fe de niño, estaba seguro de que Thomas se encontraba en un lugar mejor, donde no había dolor.

Thomas también le había enseñado muchas cosas en tan corto tiempo; una de ellas tenía que ver con el amor inquebrantable hacia Beatrice, recordaba a sus abuelos como la pareja más pura y honesta; lo segundo estaba relacionado con el esfuerzo en cada tarea que hacía porque todo se construye en base a pequeños esfuerzos diarios.

Y por esa razón, aquella noche del ocho de junio, estaba llevando a Emma a conocer el lugar que presenció cada travesura suya cuando quedaba a cargo de sus abuelos. La casa permanecía intacta porque su familia iba a dormir ahí algunos fines de semana. Theresa nunca se planteó la idea de venderla o alquilarla porque esas paredes guardaban los mejores recuerdos; era el segundo hogar de la familia Oschner.

El vecindario era uniforme; las fachadas estaban pintadas en diferentes tonos de marrón, y cada escalera a los pórticos se hallaba cerrada con un portoncito negro. El Mercedes Benz EQC fue frenando con lentitud a medida que se acercaba a su destino. Emma se asomó por la ventana trasera, lo máximo que pudo antes que la punta de su nariz rozara el vidrio, ella solía decir que el único lugar de la ciudad que le transmitía paz era su ático aislado en la torre de cuarenta pisos. Sin embargo, esa calle en Park Slope era poesía. Los árboles plantados en las aceras formaban con sus copas un túnel sobre la calle. Quizás estaba exagerando, pero sentía que se encontraba ubicada en la calle más tranquila de la ciudad. No había más que residencias alrededor, y la única iluminación llegaba a través de los alumbrados públicos.

—Nos esperará toda la noche. —Colin se refirió al chofer, en tanto abría el portón de forma patosa con una sola mano, pues la otra estaba ocupada con bolsas de papel madera. Emma miró hacia la camioneta, donde el chofer acababa de tirar su asiento hacia atrás, luego, le sacó las bolsas para ayudar—. Gracias.

—¿Tú aprendiste a andar en bicicleta sobre esta acera? —preguntó a la par que subían las escaleras.

—En parte, sí —sonrió, metiendo la llave en la cerradura—, también iba al parque. Mi mamá me enseñó, y mis abuelos estaban detrás. ¿A mi nena quién le enseñó?

—A tu nena le enseñó su papá, en los Hamptons. Y J.J. estaba detrás —lo recordó con cariño.

Colin abrió la casa y encendió las luces, sin embargo, dejó pasar a Emma primero. Ella inspeccionó con atención a la antesala, en tanto él cerraba la puerta y recogía unas correspondencias del suelo. A la derecha había una consola de madera con una crucifixión encima, y al lado un portarretratos que exhibía una escena de la boda de los abuelos de Colin en una iglesia. De inmediato al vestíbulo, se encontraba la sala de estar, también había una escalera frente a la puerta principal, que dirigía al segundo piso.

Emma esbozó una sonrisa cuando se percató de las fotografías de su novio, que adornaban la sala; desde su primer día de escuela hasta su graduación en la preparatoria, y otras donde de niño se encontraba sosteniendo trofeos y medallas de primer lugar, siempre de primer lugar. Pensó que sus abuelos debieron ser sus más grandes fanáticos, tenía sentido que a Colin le costara mencionarlos.

Colin lanzó unos papeles sobre un mueble y caminó a la cocina a la par que encendía otras luces.

Emma lo siguió.

—¿En qué estás pensando? —le preguntó.

Colin bajó las bolsas sobre la mesada de una cocina sencilla, y respondió:

—Adivina.

Emma se le acercó y lo agarró de la cabeza.

—Eh...—cerró los ojos, fingiendo una conexión sobrenatural con la mente de él—. «Estoy completamente enamorado de Emmy, y quiero hacerle muchos bebés superdotados» —abrió uno de sus ojos para mirarlo, solo quería hacerlo sonreír, pues se puso tan serio desde que atravesó esa puerta.

—Casi. Estaba pensando en que voy a beber un vino de la bodega de mi madre —contestó sin hacer ningún tipo de mueca que indicara su emoción actual.

—¿Cómo que casi? —lo soltó, riendo.

—Te daré tu primera experiencia de picnic —añadió.

—¿De verdad? —juntó sus manos.

—Mis hermanas tienen una manta especial, a cuadros como debe ser —salió de la cocina para buscarla, y en segundos regresó con una manta anaranjada con cuadros blancos—. Lo pensé en el camino hasta aquí.

—Entonces, tienen un jardín —dedujo con entusiasmo.

Colin abrió la puerta trasera de la cocina, y encendió unas luces para enseñarle el pequeño jardín. El césped era verde intenso, estaba claro que un jardinero lo cuidaba diariamente. El perímetro era limitado, sin embargo, había suficiente espacio para convertirlo en una zona de calma. Sobre el pórtico de madera había unos sillones bajo techo, y bajando las escaleras nada más que una parrilla sofisticada en desuso.

Bajó la manta en medio del césped y se alejó para enchufar un cable largo que terminaba en unos focos blancos que colgaban en el pórtico.

Ella no le creyó. Él debió haber planeado cada detalle con meticulosidad.

Emma se sentó sobre la manta, acomodó su vestido floreado y dejó su bolso a un costado. Pero Colin regresó a la casa para buscar algunas cosas, no demoró demasiado, regresó a Emma con las bolsas de papel madera, un par de almohadas, una manta y la botella de vino con una copa.

—Debiste pedirme ayuda, Oschner.

Él bajó todas las cosas y se sentó de forma paralela a ella.

—La reina no ayuda —contestó.

Emma lo miró con sus ojos entrecerrados, y se apoderó de las bolsas de dónde sacó el sushi que compraron en el camino. Abrió el plato de base negra y tapa transparente. La reina no esperaba invitación para comer.

—Me gusta verte calmado —habló con su boca llena y le movió una pierna usando su pie.

—Yo prefiero no recordar la cena del desastre —tomó unos palillos para comer del plato de ella.

Tampoco quería recordar al fotógrafo que contrató el equipo de publicidad de Theresa.

—Pues, yo la pasé bien —dejó el plato a un costado.

—Eso es lo único que importa —sacó una botella de agua de la bolsa que tenía al lado y se la dio—. En realidad, te compré un refresco, pero luego pensé en que dará cólicos.

—Qué prudente —fingió admiración mientras destapaba la botella.

—Y te compré un volcán de chocolate, para que te haga feliz. Está en la otra bolsa —lo mencionó de forma tan casual e insignificante mientras elegía que sushi agarrar, que ella sintió rabia porque él no se daba cuenta cuando se pasaba de dulce.

—Gracias por preocuparte por mi crisis menstrual —colocó una mano sobre su pecho.

—Ese es mi trabajo —llevó un rollito a la boca, luego alzó la mirada para verla a los ojos. No masticó, se quedó tieso al descubrir que ella le estaba sonriendo—. ¿Qué pasó? —preguntó, y comenzó a masticar.

—Nada.

Nada, solo reiteró en su cabeza que era la mujer más afortunada del planeta. Ojalá él supiera que no era uno en un millón, porque él era único en el millón. Y todavía había noches en las que se preguntaba qué había hecho bien para terminar en los brazos correctos en el momento correcto. Estaba ebria de amor, y, cada día, él le daba un sorbo más para reforzar su adicción. Quería recostarse sobre él para besarlo toda la noche, deseaba escucharlo reír de ella porque era una tonta hechizada por su amor, anhelaba besarle el cuello mientras la respiración de él delataba lo mucho que necesitaba enterrarse en ella.

—Hmm. Casi se me olvida. —Colin sacó de entre la manta un parlante inalámbrico pequeño.

Imposible que no haya premeditado la velada, estaba queriendo mentirle. Ella no aceptaba que lo ideó en unos minutos porque todo era demasiado perfecto ante sus ojos. Él seleccionó una dulce melodía de Frédéric Chopin, y bajó el volumen hasta una ambientación precisa, luego agarró un sacacorchos.

—¿Y mi copa? —inquirió Emma.

Colin rió, y contestó:

—Usted no tiene la edad.

Emma se acercó de rodillas, le robó la copa con vino tinto y la olfateó como un perro. La única vez que había probado alcohol fue en el club nocturno con Vivian, un recuerdo que esperaba borrar cuánto antes. Entonces, se sentó sobre sus piernas frente a Colin, como todo un ritual de iniciación. Él alzó su celular para grabarla, y ella no hizo problema porque sabía que solo era un recuerdo. Era el único que podía grabarla o fotografiarla, y él no desaprovechaba esa condición: toda su galería se llamaba Emma Miller.

—En un primer segmento de mi nena rebelde: alguien beberá alcohol tres meses antes de cumplir veintiuno. Estamos celebrando...—la apuntó.

—¿Nuestro cumplemés? —cerró un ojo.

—Lo otro —susurró tras la cámara.

—¡Emmy ya no toma ansiolíticos! —alzó la copa con entusiasmo.

—¡Eso es! Ya bebe —movió su mano como diciéndole «Prosigue».

Emma acercó la copa a sus labios y dio un sorbo que le hizo cerrar un ojo de forma cómica. No esperaba nada y de todas formas se decepcionó. Colin se echó a reír cuando ella le entregó la copa con una cara que gritaba «¡Esto no es para mí!», entonces, dejó la copa sobre un plato fuera de la manta, y se lanzó sobre Emma para besarla sin pausar la cámara que se quedó grabando el cielo.

Besos húmedos y sonoros era todo lo que se escuchaba por encima de la melodía clásica. Pero de pronto, Colin trasladó sus labios hasta el cuello de Emma, a lo que ésta sintió derretirse como postre helado en verano, abrió sus piernas y lo posicionó entre ellas, entonces, Colin captó la señal, metió sus manos bajo el vestido, y le acarició las piernas, subiendo a las caderas, unió sus labios con una pasión vigorosa y embistió su bulto contra la braga.

Ella gimió y despertó.

Logró salir de abajo del cuerpo de él para sentarse enfrente.

Estaba ardiendo por dentro, su libido viajó al espacio exterior. Sin embargo, no estaba cómoda de la otra forma emocional. Estaba más hinchada que de costumbre, y lloró de rabia cuando se probó ese tercer y último vestido porque nada le quedaba bien en ese momento, ni en otro. Sus emociones fluctuaban de un polo a otro, no estaba en condiciones para tener sexo, aunque deseaba tenerlo.

—Perdón. Me emocioné —pidió Colin y se sentó también.

Emma sintió cómo todas esas palabras sin decir estaban comprimiendo su garganta.

«¿Sientes que hago lo suficiente?»

—Fuimos dos —respondió.

Colin tomó aire como una manera disimulada de relajarse para bajar esa media erección.

Debió haberla parado en cuanto abrió las piernas, pero solo pensó en sí mismo, pues aún no se había quitado las ganas que le tenía desde hacía un mes. En el fondo de esa excitación, sabía que ella no se sentía del todo bien, pues ya se conocían de sobra, por lo que solo pudo llamarse idiota.

Es que se moría por arrancarle cada una de las prendas, de sostenerla entre sus brazos para devorarla como a un platillo exótico. Hacerla suya en el sexo era algo trascendental, pero ella tampoco se quedaba atrás; sabía qué exactamente hacer para enloquecerlo, y no había cosa que lo calentara tanto como cuando ella ponía esa cara de falsa inocencia porque, mierda, ella en el fondo sabía que era la reina de su cama, al percibir todo lo que provocaba en el interior y que salía al exterior en forma de gemidos.

—Te amo —pronunció él.

—Feliz séptimo mes —habló en voz baja.

Colin miró el cielo, y luego la observó de nuevo.

—Encontrarte fue lo mejor que me pasó en la vida, mi Emmy.

Ella se sonrojó. Le pasaba cada vez que él pronunciaba «mi Emmy» porque su apodo nunca había sonado tan hermoso en otra boca, y no se lo decía todo el tiempo, pues descubrió lo que para ella significaba que la llamara de esa manera y no quería gastarlo.

—Esa soy yo —recostó su cabeza sobre su hombro derecho.

Él sonrió arrugando su nariz, y la tomó de la muñeca para traerla a sus brazos.

—Te amo —habló Emma en medio del abrazo.

—Pero yo lo hago más fuerte —aseguró, con sus ojos cerrados.

—Eso me recuerda al regalo de Eugene —se apartó.

—¿Regalo? ¿Qué regalo? —frunció su ceño por su naturaleza (quiero decir, su naturaleza era tener el ceño fruncido). No quiso hacer suposiciones, iba a dejarse sorprender por las estupideces de su mejor amigo, porque estaba seguro de que era eso: una gran estupidez.

Emma agarró su bolso rectangular, mientras Colin bebía su copa de vino, quitó de ahí una hoja de papel doblada en cuatro partes, también sacó su celular, lo que le recordó a él que había dejado el suyo con la filmadora encendida; Colin bloqueó su teléfono sin parar de mirar la hoja que Emma estaba desdoblando.

—¿Qué es? —insistió.

—En la tarde recibí un mensaje de Eugene —comenzó a explicar, y desbloqueó su teléfono para leérselo—. «Feliz séptimo mes a mis padres. Hablando en serio, feliz séptimo mes a mis más grandes amigos. Emmy, espero que Colin siempre te trate como lo mereces, reina. Adjunto un examen para que puedas calificarlo, y si reprueba, con gusto lo voy a enderezar con mi látigo. ¡Te quiero mucho!».

—¿Hizo un examen? —preguntó con una amargura seca.

—De diez preguntas —respondió con entusiasmo, sus enormes ojos delataban cuán divertido le pareció la idea, hasta las imprimió antes de salir de casa—. Aún no las leí porque también quiero sorprenderme, pero arriba pone: «Son preguntas básicas que Colin debe conocer las respuestas. ¿Que qué tanto tiempo libre tengo antes de mis cursos de verano? ¡Estoy peinándole al gato de mi tía abuela por tres dólares!».

—Algún día tendrá novia y me voy a vengar. De seguro pregunta a qué hora naciste —bufó.

Emma rascó su barbilla.

—Ni siquiera yo sé a qué hora nací. Ay, Dios. Me encantaría que Eugene se consiguiera una novia, le vendría bien un poco de amor. Él cree que no me doy cuenta, pero se le nota el rencor hacia las chicas.

—Pues, sí —confesó—. Pero yo no le llamaría rencor, creo que les tiene miedo y por eso finge que ama su soltería. Lee la primera pregunta. No he reprobado ni un solo examen en mi vida, y no comenzaré ahora; además, Emma Miller es mi asignatura preferida. A veces siento que me quiero follar a la maestra.

Ella se ruborizó.

—Primera pregunta —tosió una vez en su mano.

Él largó una carcajada y dejó la copa a un lado.

Entonces, Emma abrió su bolso de nuevo.

—No puedo creer que haya olvidado traer una pluma —removió el interior, y al final sacó un pintalabios rojo—. Sacrificaré mi nueva adquisición. Primera pregunta: ¿cuál es mi color favorito? —alzó una ceja.

—Amarillo, todos lo saben. Apuesto a que esa fue una pregunta de broma —suspiró.

Ella tildó la pregunta con una palomilla en pintalabios.

—¿Cuál es mi comida favorita? —preguntó sin apartar su mirada de la hoja.

—Es una respuesta bastante amplia porque te encanta la pizza, vivirías a base de pizza. Sin embargo, también te encanta todo lo que venga del océano, eres fanática de los camarones y del salmón —respondió como si se encontrase exponiendo frente a un auditorio.

Emma sonrió.

Estaba en lo correcto.

—¿Cuál es mi película favorita? —lo miró.

—Mujer Bonita, dah.

Ella rió en silencio, y lo puntuó con un check.

—¿Prefiero el verano o el invierno? —cerró un ojo, viéndolo.

Colin detuvo la copa frente a sus labios para responder:

—El verano, porque la playa es tu lugar favorito.

—Mi lugar preferido eres tú, mi amor —corrigió.

—Qué falta de seriedad. Estamos en medio de una prueba —negó con su cabeza.

Emma no contuvo su risa antes de seguir.

—¿Cuál es mi pasatiempo favorito?

—Y de nuevo otra pregunta compleja —tosió una vez, y lo premeditó—. Te gusta todo lo que tenga que ver con el arte, ya que te expresas de esa manera. Te gusta bailar, amas bailar, en un estudio de danza o en tu recámara, te encanta. Amas pintar y dibujar, haces bocetos de prendas que a nadie le muestras. Cantas en la ducha, lo considero un pasatiempo. Te gusta leer libros de temas serios, sobre todo con lo que respecta a la salud mental. Antes te encerrabas en las matemáticas, pero hace poco descubriste que hay un montón de cosas por vivir cuando desvías la mirada del libro.

—Te mereces un punto extra por tan completa respuesta —lo señaló con el pintalabios.

—Ojalá todos mis maestros fueran así de considerados —colocó la copa a un lado—. Y la verdad es que no sé porqué estamos haciendo esto si yo sé todo sobre ti. Vamos, pasa a la última pregunta. ¿Qué dice?

Emma alzó el papel, y leyó la última:

—¿Cuál es mi...

—¿Tu qué? —enarcó una ceja.

Ella negó con su cabeza en medio de una sonrisa llena de gracia.

—¿Cuál es mi posición favorita?

—Pff. Qué fácil. El misionero. No. La flor de loto. No, no, no. El misionero, ¿no?... —entrecerró sus ojos.

Olía a quemado. Ah, sí. Era el cerebro de Colin.

El navegador no pudo encontrar la página.

El ordenador se congeló.

El sistema de reinicio no respondía.

Emma abrió su boca con indignación. Y una ventana de alarma apareció en la pantalla.

Error, error.

—Voy a reprobarte —comunicó con severidad, alzó el pintalabios para la nota final.

—¡No, no, no!

Se impulsó sobre ella como si toda su excelencia académica dependiera de esa prueba hecha por un aburrido. Comenzaron a luchar por ese insignificante pedazo de papel. Y no subestimen a Emma, era diminuta debajo de Colin, sin embargo, era bastante hábil en sus movimientos de defensa, aunque su risa eufórica la estaba poniendo en desventaja.

—¡La respuesta es la puta flor de loto! —gritó Colin.

La rabia infestó hasta el último pelo de su cabeza.

—¡Emma! ¡No lo pensé! ¡Pero esa es la respuesta! ¡Es la flor! ¡No me repruebes! ¡Emma! ¡Emma! ¡Emma! ¡No seas así! ¡Emma! ¡Por favor! ¡Dios! ¡Qué graciosa eres! ¡Emma! —siguió luchando contra ese frijol.

Qué escándalo.

Colin reprobó una prueba.

Llamen a la policía del intelecto.

¿Emma? Ella quería hacerse encima por la risa. Y quizás también se le escapó un flujo. Pero al menos estaba obteniendo la serotonina que necesitaba para sentirse mejor con su miserable menstruación.

Ahí el problema estaba en Colin y en su intolerancia a la frustración. Era un mal perdedor, y ambos eran conscientes de que se trataba de un defecto importante. Sin embargo, Emma no logró contenerse. Cualquiera pensaría que Colin acababa de reprobar una prueba de vida o muerte, su reacción fue épica.

Ella consiguió girar debajo del cuerpo de él, y dibujó una equis encima del papel apoyado sobre la manda. Entonces, Colin le arrebató la prueba y rompió el papel en dos, anulando, según su lógica, esa tonta prueba del demonio. En su mente obsesiva no cabía tomarlo como una broma o un juego como muchos.

Emma giró para acostarse boca arriba.

—Tonto.

—Es una prueba de mierda —se arrodilló e hizo una bola con el papel, alejándose de ella.

—Y tú eres el mejor novio del mundo —se recostó sobre sus codos para verlo.

Esa mirada brillosa le indicó que ella hablaba en serio.

Emma no disfrutaba teniéndolo estresado por mantenerlo todo bajo el nombre de la meticulosidad, y siempre le hacía saber que no necesitaba bajarle el cielo.

Sabía que nunca hallaría otro como Colin.

Le hacía sentir las mismas mariposas en el estómago desde hacía siete meses.

A veces solo quería envolverlo entre sus brazos, cantarle una canción y hacerle entender que no necesitaba cumplir con todo, que él estaba a salvo entre sus brazos, en una relación que trataban de mantenerla siempre sana porque aún tenían tanto que aprender juntos.

—Oye —insistió porque no le respondió.

—Es la flor de loto —reiteró.

—Yo sé que lo sabes. Me estaba divirtiendo contigo —aclaró.

—Esta noche, antes de dormir, no me olvidaré de decirle a Eugene que es un imbécil. Con permiso, comeré tu volcán de chocolate —se apoderó de la bolsa y sacó el postre que se encontraba dentro de una pequeña caja blanca—. Este mal momento permanecerá por siempre en mi memoria. Me golpeé.

Emma sonrió al verlo comer ese postre.

—Vamos, pregúntame algo sobre ti —lo animó, sentándose frente a él.

—No estoy de humor. —Y habló en serio.

—Prefieres el invierno porque adoras la nieve. Tu comida preferida engloba toda la gastronomía italiana. Tu pasatiempo estrella es leer, ya sean revistas de investigación científica o libros sobre filosofía, eres la clase de persona que lee las botellas de champú.

Colin sonrió de costado sin mirarla, mientras hundía la cuchara en el volcán.

—Leo los componentes, es una obsesión —confesó.

—Eres la primera persona a quien llamaría si necesito comprar productos de limpieza —bromeó.

—Shizu me llama cuando está comprando productos de limpieza —arrugó su nariz y negó con su cabeza. Emma se echó a reír porque sabía que hablaba en serio. Entonces, Colin añadió—: Te amo, mi nena.

Emma sonrió, y se puso de pie.

—Baila conmigo —pidió.

—No tienes que pedírmelo dos veces —dejó el volcán a un lado y se levantó.

Colin colocó su palma hacia arriba y Emma la tomó. La dulce y rítmica melodía de Nocturno Op. 9 n.º 2 les dio lo necesario para convertir ese momento en algo mágico. Se balancearon sobre la manta como en una pista de baile, mirándose a los ojos, esos que se delataban solos al brillar con ilusión bajo la luz de la luna. No había testigos ni fotógrafos, solo ellos dos, amándose de la forma más intensa y sobrenatural. Sus corazones resplandecían al igual que sus pieles ante el contacto. Mentalmente, estaban fuera de ese plano, en uno donde solo existían ellos dos.

Él la hizo girar de forma ágil, y ella finalizó abrazándolo.

Se abrazaron, encajándose.

Emma podía sentir el latido del corazón de su novio, palpitando lejos de lo normal, contra la cabeza de ella. Colin estaba consumiendo la droga que lo fortalecía, era normal que su ritmo cardiaco aumentara, si se encontraba protegiendo entre sus brazos a quien más amaba en este planeta, y en los otros. 

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