Capítulo 15
Volvieron a la Plaza de España y salieron por la puerta contigua al edificio semicircular. Durante unos minutos permanecieron en silencio, mirándose de vez en cuando, cada uno pensando en sus cosas. Julián la llevó todo recto, bordeando un poco el Rectorado de la Universidad de Sevilla y pasando cerca del hotel de Alfonso XIII hasta llegar a la Fuente de Híspalis, situada en la Puerta de Jerez. Había mucha gente alrededor, otros sentados en los bancos de alrededor y, por si fuera poco, había unos cuantos coches de caballos con sus cocheros, esperando a que algún turista quisiera un paseo por la ciudad.
—¿Quieres que te haga una foto delante de la fuente?
Raquel se sorprendió al oír la pregunta de él.
—¿Qué tal si nos hacemos un selfie los dos con mi teléfono? —propuso ella.
—Como quieras.
Julián sonrió y se acercó un poco a ella. Eso la puso nerviosa, pero ya no podía retractarse. La chica vio como se acercaba mientras sacaba el móvil del bolsillo de su pantalón. Dejó de mirarle para observar la pantalla y tocó sobre el icono de la cámara para que la aplicación se abriera. Lo preparó para que se viera la frontal justo en el momento en el que Julián la cogió por la cintura. Raquel notó un pequeño temblor en todo su cuerpo, pero subió su brazo sin prestar demasiada atención a esa reacción. No obstante, el pulso no le hizo un favor, así que tuvo que cederle el móvil a él. Con la mano izquierda lo cogió, lo alzó y pulsó varias veces al botón de hacer la foto cuando ambos se vieron bien en la pantalla. Cuando Raquel recibió de vuelta su teléfono, observó con curiosidad las fotos mientras sonreía de nuevo.
—Hemos salido bastante bien —comentó ella.
—Cuando estemos tomando algo me las pasas.
Asintió, cerrando todo y bloqueando el teléfono. Luego lo guardó de nuevo en el bolsillo y se puso en camino junto a Julián. Después de caminar por la Avenida de la Constitución, rodearon la catedral y se dirigieron a uno de los bares que había frente a la Puerta de Palos y a la Giralda. Raquel nunca había entrado en alguno de esos bares, ni siquiera había pasado por esa calle, ya que las veces que había salido con sus amigos en otros años siempre habían pasado por delante de la giralda sin prestar demasiada atención a las calles que conducían al barrio de Santa Cruz. El lugar estaba lleno, pero había un par de mesas libres. Se sentaron en una de las que había junto a la pared y un camarero llegó para preguntarles qué querían beber. Ella pidió una bebida sin gas y él una cerveza.
—Mi madre quiere liarme contigo ¿te lo puedes creer? Como si no tuvieras ya una novia o algo...
No sabía cómo había sido capaz de decirlo, pero lo había hecho. «Vaya forma de comenzar una conversación...», se dijo a sí misma.
—¿Habría algo de malo en eso? —preguntó Julián, ignorando lo segundo que comentó.
Raquel no esperó su respuesta y, por si fuera poco, notó que sus mejillas empezaron a arder de forma muy intensa. A pesar del buen ambiente del lugar y de que todas las mesas estaban ya ocupadas, no sentía calor. Por eso supo a ciencia cierta que aquel ardor era debido a lo avergonzada que se sentía tras oír las palabras de Julián.
—Supongo que no —respondió, intentando no titubear—. Lo cierto es que me pareció curioso darme cuenta de eso...
Julián sonrió.
—Debe ser difícil y quizá un poco extraño ¿no? —comentó él. Raquel ladeó la cabeza sin retirar su mirada de él—. Me refiero a saber que tu madre hace lo posible por...
—¡Ah! —Le interrumpió, sonriendo—. La verdad es que sí, es un poco raro ¿no? Que yo sepa, nunca ha hecho algo así antes...
—Creo que ella solo quiere ayudarte, ¿no crees? Para ella tiene que ser doloroso saber que estás, o has estado mal, y no poder hacer nada para ayudarte. Aunque sea para despejarte la mente de los malos recuerdos.
—Tienes razón, es posible que sea eso. —Raquel esbozó una pequeña sonrisa.
En ese momento, el camarero les trajo las bebidas que ambos habían pedido. Durante unos minutos, permanecieron en silencio escuchando algunas conversaciones de su alrededor. Algo había rondado su mente, pero no recordaba en ese instante lo que era. Sin ser consciente de ello, abrió un poco la boca, pero no emitió ningún sonido. Julián se dio cuenta de eso, pero de inmediato vio que ella bebía un sorbo. La observó con detenimiento, centrándose en la forma en la que el líquido entraba a través de sus labios entreabiertos. Cuando volvió a dejar el vaso sobre la mesa, Raquel encontró que sus ojos estaban fijos sobre ella.
—¿Por qué me miras así?
No fue consciente de que lo había preguntado en voz alta hasta que vio la sonrisa de Julián.
—No eres consciente de la magia que desprendes ¿verdad? —Aquella respuesta la pilló desprevenida. ¿A qué magia se refería? No tuvo que esperar mucho para saberlo, pues Julián volvió a hablar tras la pequeña pausa que hizo—. Soy consciente de que llevas un tiempo sufriendo por una situación de la que no tuviste culpa y sé que por eso te sientes algo insegura, pero no deberías. Estoy seguro de que cualquiera que te mire quedaría encandilado con tu belleza y posteriormente hechizado por tu forma de ser.
Ella abrió tanto los ojos que creyó que se le saldrían de las cuencas. ¿Eso era lo que pensaba sobre ella? «¿A él también le pasará eso que dijo?». Se tapó la boca tras pensar aquello, como si pudiera ser capaz de que aquello pudiera ser verbalizado.
—¿Ha pasado algo? —preguntó, preocupado.
—No, no, tranquilo —Sonrió.
Él bebió un poco de su cerveza y, tras tragar y dejar su vaso sobre la mesa, suspiró. Era la primera vez que ella se fijaba en ese gesto y, de nuevo, se sorprendió. Descubrió con ese suspiro que no quería quedarse solo en la superficie.
—¿Cómo supiste que querías ser fotógrafo? ¿Fue algo que sabías desde que eras pequeño o surgió de alguna manera? ¿O es un tema de conversación demasiado aburrido?
—Para nada. Me gusta hablar de ello, y si es contigo ya ni te cuento... —Sonrió, haciendo una pausa para contemplar la reacción de ella, que se mordió un poco el labio inferior. «¿Cómo puedo estar conteniéndome tanto con ella?», pensó antes de retomar la conversación—. Nadie en mi familia ha sido fotógrafo antes, al menos que yo sepa. De hecho, hasta los quince años pensaba que quería ser policía o bombero. Lo típico ¿no es así? —Volvió a sonreír, haciendo otra pequeña pausa en su narración—. Sin embargo, a esa edad mi madrina me compró una cámara bastante buena y, aunque al principio no sabía ni como usarla, más adelante se convirtió en una especie de extensión de mi cuerpo. En mis ratos libres solo pensaba en hacer fotografías, no me importaba a qué o a quién. Y al poco tiempo ya supe que quería dedicarme a ello profesionalmente, porque era algo que disfrutaba muchísimo. Además, es una buena forma de conocer gente, aunque en muchas ocasiones son clientes a los que solos ves una vez en la vida.
Raquel había permanecido atenta a todo lo que él decía. Hablaba con una pasión sobre la fotografía que sintió verdadera envidia de él. A ella le gustaba bastante el arte, pero había estudiado su carrera simplemente para aprender más. Después sería restauradora de obras de arte si conseguía demostrar que era buena en ello, pero seguramente tendría que ganarse la vida con algún otro tipo de trabajo.
—Y tú ¿a qué te dedicarás cuando termines tu grado?
—Quiero ser restauradora de obras de arte. De hecho, haré mi mejor esfuerzo por conseguir posicionarme como una de las mejores, pero sé que me queda mucho trabajo por delante y que será difícil... También he pensado en vender mis dibujos, o al menos intentarlo.
Él volvió a ver el brillo en los ojos de Raquel, la emoción en su voz, al hablar de lo que le apasionaba.
—Estoy seguro de que darás lo mejor de ti para conseguir lo que te has propuesto. Llegarás lejos, ya lo verás —aseguró Julián.
Los dos terminaron sus bebidas poco después, tras seguir conversando y conociéndose el uno al otro. Cuando pagaron la cuenta y salieron del lugar, él le preguntó:
—¿Quieres que vayamos a otro sitio o prefieres que volvamos?
Raquel miró al cielo y después la hora en su móvil.
—¿Estaría bien si retomamos lo del otro día en tu casa? Por algún motivo, me gustaría pasar más tiempo contigo... —«A solas», pensó, temiendo haberlo dicho en voz alta, como ya había sucedido anteriormente.
—¿Te refieres a volver a mi casa? —Ella asintió—. Está bien, volvamos. Pero no vuelvas a huir, no hay necesidad de hacerlo.
Y, tras decir aquello, sonrió antes de que ambos se pusieran en marcha de nuevo.
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