Capítulo 17


De nuevo aparcó frente a la casa parroquial del pueblo de Manuel. Estaba demasiado eufórico como para pararse a pensar en cómo iba a confesarse con su amigo cuando este vería al momento que no había ni una pizca de remordimiento en su mente. Iba a ser un problema, sin duda. Comenzó llamando a la puerta y, tras esperar durante varios minutos, cayó en la cuenta de que era más tarde de lo habitual por lo que Manuel ya no estaría en casa. Se alejó caminando y se acercó a la pequeña iglesia del pueblo. Estaba abierta, lo que indicaba que el sacerdote debía estar dentro.

Entró lentamente, acostumbrando sus ojos a la oscuridad interior. La puerta de la sacristía, al fondo, estaba entornada y le permitía ver que estaba la luz apagada. Quizá Manuel había salido a hacer algún recado. Decidió esperar, seguro de que no tardaría en regresar. Sin embargo, un ruido cercano le hizo girar la cabeza para ver a una mujer entrada en años salir del confesionario. Estaba claro que su amigo estaba en horas de confesión.

Sin pensarlo mucho se arrodilló en el confesionario, dispuesto a abrir su mente y su corazón a Dios con Manuel como intermediario.

— Ave María Purísima —comenzó Mario.

— Sin pecado concebida —contestó Manuel calmadamente al reconocer la presencia de un feligrés.

— Padre, necesito confesión. He roto mi voto de castidad —soltó Mario a bocajarro sabiendo que a su amigo no le cabría duda de quién estaba al otro lado del opaco enrejado de madera.

— ¿Mario? —preguntó su amigo, abriendo la puerta y saliendo al exterior para asegurarse de no estar confundido. El aludido se limitó a ponerse de pie sabiendo que no necesitaba contestar. En cuanto Manuel le vio, echó una ojeada en derredor para asegurarse de que no había nadie más en la iglesia, como así era, y le cogió del brazo para tirar de él—. Ven conmigo a la sacristía.

— Claro —susurró, sabiendo que tampoco podría negarse.

— ¡Dime que he entendido mal! ¡Dime que no acabas de confesar que has roto tu voto de castidad! —exclamó Manuel una vez estuvieron dentro de la sacristía y hubo cerrado la puerta con cerrojo.

— Has oído correctamente —se limitó a responder Mario.

— ¡Joder, Mario! ¡Pero qué coño te pasa! —gritó su amigo acercándose a él para encararse.

— No blasfemes aquí —dijo Mario serio.

— ¿Me estás echando la bronca por cómo hablo después de soltarme que te has tirado a Valeria? —siseó el sacerdote, enfadado.

— No creo que sea necesario ser vulgar. Muchos feligreses te habrán confesado que se han acostado con una u otra y no les has hablado así —intentó calmarle Mario.

— Pero ninguno de ellos era un sacerdote. ¡Joder, Mario! —repitió Manuel sentándose en una silla y echando la cabeza hacia atrás como implorando paciencia—. Vale, voy a calmarme. Quizá he prejuzgado tu comentario. Me has dicho que has roto tus votos de castidad. Puede que hayas hecho cosas con ella, pero sin llegar hasta el final.

— No. Has interpretado bien desde el principio. Me he acostado con ella —contestó sin perder la calma. Sabía de antemano que no se lo tomaría bien por lo que iba preparado para ese arranque de ira y malas contestaciones. Se conocían bien y, aunque ahora hacían esfuerzos por hablar con corrección, hubo épocas en las que no se contenían en el lenguaje soez que usaban. Por eso sabía que, a pesar de que Manuel estaba soltando palabrotas, podía llegar a ser mucho más vulgar. Eso le indicaba que su amigo aún no había perdido del todo el control, solo se había dejado llevar levemente por la situación.

— Mario, por el amor de Dios. ¡Eres sacerdote! ¿Acaso no puedes mantener la polla dentro de los pantalones? —preguntó su confesor utilizando ya palabras más fuertes. Estaba claro que el cabreo se le estaba yendo de las manos a su amigo.

— También soy un hombre. No podemos olvidar esa parte —le recordó Mario sabiendo que no era una buena excusa, que se limitaba a echar balones fuera, intentando desviar la atención.

— Yo también soy un hombre y algunas feligresas se han acercado a mí llegando a extremos que ni te imaginarías para tentarme. Pero no he caído. Si yo puedo mantener mis votos, tú también deberías poder —le acusó su amigo.

— Sé de sobra lo que intentaron, te recuerdo que yo soy tu confesor, al igual que tú eres el mío. Y confesaste que te empalmaste con sus insinuaciones —mencionó Mario. Sabía que se estaba extralimitando, pero quería hacerle ver que uno podía tener deslices. Que, a veces, las hormonas te gobiernan.

— Sí. Me la pusieron dura, pero no pasó de ahí —se defendió ahora Manuel.

— Vamos a ver, insisto en que soy tu confesor. Sé de sobra que has llegado a tocarte un par de veces —le recordó Mario, dejando claro que se acordaba de esas ocasiones en las que había sido él mismo el que había regañado a su amigo por dejarse llevar.

— Y yo insisto en que no pasé de eso. No es comparable con lo que acabas de hacer. Creía que no ibas a continuar con esto para no haceros daño mutuamente. ¿Qué ha pasado, Mario? —suspiró su amigo, sentándose de nuevo, dispuesto a escucharle.

— Es cierto que no tenía en mente lo ocurrido. Dejé de lado los sentimientos que Valeria despierta en mí durante un tiempo, pero la nueva carta del tal X me dejó descolocado. Planteé de nuevo la posibilidad de servir de cebo, aunque la inspectora se negó. Sin embargo, la posibilidad me hizo sentir humano, ver la cercanía de la muerte tan pronta me hizo sentir vulnerable. No me estoy escudando en eso, pero tuvo mucho que ver en que, cuando ella estuvo cerca de mí, soltase el freno y me dejase llevar —explicó el sacerdote, cabizbajo. Era cierto que, ahora que le ponía voz a lo ocurrido, sentía cierta culpabilidad por no haberlo parado. Con Manuel al lado, se identificaba otra vez como el sacerdote que era y sus pecados de la noche comenzaban a carcomerle por dentro.

— Bueno, ha sido una vez y está claro que te arrepientes —dijo en voz baja su confesor, resignado.

— Lo cierto es que... han sido cuatro veces —confesó Mario sin levantar la vista del suelo todavía.

— ¡Cuatro! ¡No me jodas, Mario! —exclamó su amigo, levantando la voz otra vez y mirándole enfadado y frunciendo el ceño.

— Pensé que, ya que el daño estaba hecho, no importaba —continuó excusándose.

— Esto no funciona así. Recalco que eres sacerdote, no un seglar común que prefiere permanecer ajeno a las normas de la religión que profesa. Sabes de sobra que no es una excusa válida para nadie y, menos aún, para ti —dijo Manuel, intentando mantener una calma que, obviamente, se le escapaba entre los dedos.

— Creo que lo mejor sería que otro sacerdote se hiciese cargo de mi parroquia hasta que yo logre aclarar mis ideas —sugirió a su amigo, buscando una salida a su situación—. No me veo capacitado para atender a mis feligreses cuando no consigo permanecer en estado de gracia. Sería mejor enviar a otro.

— ¿Hasta este punto hemos llegado? Porque entiendo por tus palabras que esta situación no acaba aquí. Que ves que vas a seguir cayendo, si no, no pedirías un remplazo —suspiró Mario, resignado, dándose cuenta de la gravedad de la situación.

— Si te soy totalmente sincero, necesito esto. Necesito saber qué hay entre los dos. Si lo ignoro, me pasaré el resto de mi vida pensando en lo que podría haber sido y no fue. Explorando nuestra relación veré hasta dónde puede llegar, seré capaz de tomar una decisión consecuente con la realidad. Si veo que puede seguir adelante y, aun así, decido continuar como sacerdote, no habrá nada que pueda recriminarme a mí mismo. Será una decisión tomada con todas las consecuencias. Y, si veo que no llega a ningún lado, volveré a mi lugar sabiendo que no dejo ninguna posibilidad inconclusa —explicó el sacerdote calmadamente, intentando expresar cada una de sus cavilaciones interiores.

— Estás poniendo a Dios en segundo plano y a ella por delante —le recriminó su amigo.

— No, estoy poniéndome a mí por delante. Creo que no puedo servirle correctamente si esa parte de mí que me hace humano está siempre en conflicto con mi parte como sacerdote. Dios no es mi segundo plato, como tú indicas. Solo valoro la posibilidad de que pude haberme equivocado y que, quizá, debería servirle como seglar. Tengo que abrirme a este cambio para saber si amo más el sacerdocio que a Valeria. Lejos de ella es fácil ser sacerdote, pero a su lado... es ahí donde debo decantarme por continuar siendo lo que soy o dejarlo. Si estando con ella, decido que el sacerdocio es más importante para mí, la decisión estará clara —expuso Mario.

— ¿Entonces vas a continuar acostándote con ella? —preguntó su amigo, mirándole a la cara sin dejar de fruncir el ceño. La repuesta a su pregunta fue el largo y esclarecedor silencio del sacerdote—. Espero que seas consciente de que, si esto sale a la luz pública, tendrás un serio problema. Dañarás tu imagen de forma irreparable y te enviarán al ostracismo si no dejas el sacerdocio.

— Lo sé. Correré el riesgo.

— Te has enamorado de ella —dijo Manuel, señalando lo obvio.

— Es posible que sí —estuvo de acuerdo Mario.

— ¿Sabes que será una decisión muy dura y difícil de tomar? —le recordó su amigo.

— Sí, soy consciente de ello. Ya me está costando tomar estas decisiones y no me estoy jugando todavía el alzacuellos. Pero no puedo dejar de pensar que Dios ha puesto a Valeria en mi camino por algún motivo. Y aún no sé si es para indicarme que este no es mi lugar o para reforzar mi fe y mi confianza en lo que hago. Tengo que saber cuál es la respuesta —respondió el sacerdote.

— De acuerdo. Haz lo que creas conveniente. No puedo impedírtelo, eso está claro. Ya eres mayorcito para saber lo que te haces. No me parece correcto y no lo apruebo, eso te lo dejo bien claro desde ya —le indicó su confesor, señalándole con su dedo acusador como hacía siempre que necesitaba imponer su autoridad—. Ni siquiera tengo claro qué penitencia ponerte ante tu tremendo pecado. Te mandaría usar un cilicio si no fuese porque se prohibió hace tiempo y porque me parece insuficiente para ti.

— No seas tan duro conmigo. Ya lo estoy pasando fatal con mi conciencia martirizándome constantemente —pidió Mario, sabiendo que esa última frase de su amigo había sido una broma. Eso le indicaba que estaba menos enfadado y comenzaba a aceptar la nueva situación.

— Sabiendo tu gran compromiso con el sacerdocio durante todos estos años, puede que tus remordimientos sean suficiente castigo para ti. Aunque, por si acaso, te voy a poner a rezar durante la siguiente hora —dijo Manuel mostrando un atisbo de sonrisa.

— Rezaré lo que me mandes —respondió sonriendo.

— Bien, hablaré con la diócesis para que te mande un sustituto. Mejor que lo haga yo que soy tu confesor —continuó su amigo.

— Prefiero hacerlo yo —pidió Mario.

— No voy a decir nada sobre tu situación sentimental con la inspectora. Son conscientes de tu situación por las amenazas y los asesinatos. Me limitaré a contarles que te veo demasiado preocupado y nervioso por todo ello y que necesitas ayuda. Lo haré yo —insistió Manuel a lo que Mario solo pudo asentir, aceptando que se encargaría su amigo de echarle ahora una mano.

— Gracias —se limitó a decir.

— Más te vale solucionar pronto tus problemas. Esta situación no puede alargarse demasiado en el tiempo o se darán cuenta —aconsejó.

— Quizá no llegue a decidir —recordó Mario, haciendo referencia al asesino. Ante ello, ambos quedaron en silencio, mirándose preocupados y conscientes de que su disyuntiva amorosa no era lo más importante.

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