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Cuando Kim JunMyeon llegó al Circo de los señores Choi con solo quince años, el lugar no era conocido por ser el mejor de Corea, más bien, todo lo contrario. Su Circo de fenómenos ambulante causaba repulsión allá donde iba. La gente era incapaz de soportar las dos horas de un show lleno de hombres y mujeres con mil defectos genéticos en sus cuerpos.

A JunMyeon le dio demasiada impresión los primeros días, mareándose cuando veía a algunos de los circenses deformes, con extremidades de más y de menos. No quería estar allí, pero era el único lugar al que una persona como él podía acceder. Las personas le rechazaban o abusaban de él, no estaba seguro en ningún lugar.

Inocente de él, creyendo la amabilidad de los Choi, sus promesas de ir a un lugar donde sería tratado con igualdad y respeto. Pobre e inocente hijo de la luna.

Los señores Choi eran empresarios y los empresarios siempre encuentran la manera de conseguir que algo, por horroroso que sea, funcione. Y Kim JunMyeon, el albino más precioso que había visto Corea jamás, fue su pasaporte al retorno de una vida llena de privilegios.

Kim JunMyeon fue toda una atracción durante los primeros meses, era pálido como el más frío invierno y su cabello blanco como la nieve. Pero lo más impresionante no era aquello ni su gélida belleza, sino sus ojos grises. Eran como verse reflejado en un espejo, casi transparentes.

Pero la fama duró poco, pronto, el fastidio de tener que ver al resto de circenses para ver por último al hijo de la luna, aburrió a la gente. Así que los Choi armaron todo un espectáculo a su alrededor, sabiendo bien que el muchacho era lo único que funcionaba en su espantoso Circo. Todo era entorno a él. JunMyeon bailando con las cuatro bailarinas de extrañas extremidades, JunMyeon sirviendo de cebo para el león que domesticaba un gran y musculoso hombre de casi dos metros, JunMyeon utilizado como ayudante para los trucos de escapismo de un brujo barbudo que no llega a medir ni un metro, JunMyeon de diana para el tirador de cuchillos y espadas que solo tenía una mano...

JunMyeon siempre desnudo. Así era como los Choi lo presentaban, como el hijo de la luna. Mostraban su piel nívea sin importar el frío o el calor, dejándole cubrirse apenas con un pantaloncillo para esconder su intimidad, tan oscuro que resaltaba más su tez. La gente suspiraba al ver su presentación, salido de una falsa luna y acurrucado como un animalillo, se levantaba y estiraba su pálido cuerpo, danzando por el escenario descalzo hasta que las bailarinas le acompañan y el show empezaba.

Aquel invierno, tres años después de que JunMyeon llegase, el frio trajo algo diferente al Circo. Eran dos hermanos altos y desgarbados, profesionales del contorsionismo y las acrobacias. Los hermanos Park, ChanYeol y JongIn. Altos, desgarbados e increíblemente bellos, algo fuera de lugar entre los fenómenos de los Choi, que no dudaron en contratarlos.

Pronto los hermanos Park se ganaron el protagonismo del Circo y los Choi vieron su vida solucionada al fusionar sus dos mejores espectáculos, los arrogantes hermanos y el hijo de la luna.

JunMyeon odió ser el adorno de un espectáculo más.

— Los Park han organizado todo un espectáculo que será un éxito, lo estrenaremos dentro de dos semanas y ya están esperándote para ensayar.

Le decía la señora Choi, moviendo sus manos en todas direcciones con entusiasmo, sus ojos brillantes de algo que JunMyeon conocía bien. Ambición. El señor Choi no fue tan agradable, le agarró del brazo con demasiada fuerza y le arrastró hasta la caravana de los famosos hermanos, arrojándole contra el frío metal y provocando un ruido sordo que pronto tuvo consecuencias. Uno de los hermanos, el de tez más oscura, se asomó con cara de pocos amigos a la puerta y les gruñó.

— Aquí te traigo al albino, muchacho. —Dijo el dueño del Circo, señalando con desprecio a JunMyeon.

No, no por ser la joya del circo el hijo de la luna recibía un trato mejor. Era, precisamente, todo lo contrario. Siempre explotado hasta la inconsciencia.

Park JongIn giró su rostro hacía donde el hombre había indicado, encontrándose con el precioso cuerpo pálido doblegado a los pies de su caravana. Su mirada se volvió oscura y peligrosa, bajando de un salto del transporte para recoger al chico.

— ¡ChanYeol! —Gruñó JongIn, levantando al pequeño cuerpo sin apenas esfuerzo.

ChanYeol apareció de inmediato, su rostro algo confundido por la situación.

— Sujeta. —Ordenó el pequeño, colocando el cuerpo del albino en los brazos de su hermano, que de inmediato frunció el ceño.

— ¿Qué...?

Pero JongIn le había dado la vuelta, acercándose al sonriente y arrogante señor Choi.

— Que sea la última vez que usted maltrate al chico, ¿me oye? ¿Cree que puedo hacer un espectáculo con un cuerpo raquítico y magullado? –Vociferó, empujando con desprecio al hombre, que se puso furioso al instante.

— ¿Cómo te atreves tú a hablarme así, muchacho insolente?

— Mala idea... -Murmuró ChanYeol, negando ligeramente con la cabeza.

Oh, definitivamente fue una mala idea. JongIn se puso aún más furioso y la señora Choi tuvo que llevarse arrastras a su marido, gritándole que dejase de estropearlo todo.

— ¿Está bien? –Preguntó JongIn, escupiendo algo de sangre de un golpe del viejo y gordo pero con buen puño dueño del circo.

— Inconsciente, solo tiene un chichón en la cabeza.

JongIn rodó los ojos y ambos entraron a la caravana, dejando el débil cuerpo albino sobre uno de los colchones.

— ¿Recuerdas eso de ser discretos?

— Lo dejo ahí tirado como si fuera basura, ChanYeol. —Protestó.

— Dis-cre-tos. —Remarcó el mayor, negando con el dedo índice como todo el mandón que era.

Habían pasado solo un par de horas cuando JunMyeon despertó envuelto en unas cálidas mantas y un sólido colchón que le envolvían y le llevaban a un estado de relajación del que estaba seguro nunca haber experimentado. Bostezó perezosamente y abrió sus ojos claros como el agua para encontrarse con un lugar totalmente desconocido. ¿Dónde estaba? Lo último que recordaba era al señor Choi tirando rudamente de él, como de costumbre.

— Hola, bella durmiente. —Una sonrisa amable se colocó en su campo de visión, provocando que él se removiese y tirase de las mantas como si estas fueran un gran y efectivo escudo—. Tranquilo, soy ChanYeol. Park, ¿los hermanos de la actuación? —Preguntó dubitativo, la mirada transparente y evaluativa de JunMyeon le provocó algo de nerviosismo.

— ¿Ha despertado? —JongIn apareció detrás de su hermano, asomando su curioso y moreno rostro por sobre el hombro ajeno—. Vaya... —Dijo con tono sorprendido.

— Sí, ya lo sé. –Replicó su hermano.

Ambos habían visto a JunMyeon un par de veces, sentados al fondo del circo, contemplando el espectáculo. Desde el principio hasta el final. Sabían que era hermoso, pero verle allí con sus curiosos y asustados ojos, tan cerca, tan etéreo y tan vulnerable, era algo totalmente diferente.

— ¿Te encuentras bien? —Insistió un poco ChanYeol ante el silencio del muchacho, preocupándose—. ¿Crees que el golpe haya sido tan fuerte? —Preguntó a su hermano.

— Ese gordo salvaje de Choi... –—JongIn bufó y se encogió de hombros, incapaz de saberlo con exactitud. El albino recordó entonces que había pasado y reaccionó.

— He recibido golpes peores. —La cálida y agradable voz de JunMyeon les sorprendió tanto como su diminuta sonrisa.

Los Park le preguntaron si se encontraba bien, le sirvieron un té y le ofrecieron galletas demasiado dulces par aun paladar poco acostumbrado como el suyo. Le dejaron allí en la cama, viéndole cómodo envuelto en todas aquellas sabanas y él no protesto, respondiendo vagamente a las preguntas que los hermanos le hacían y preguntando él unas tantas otras cosas sobre el espectáculo que planeaban.

Querían envolver a JunMyeon en cintas de colores y subirle por el aire para hacerle volar mientras ellos danzaban a su alrededor, tanto en tierra como en el aire, con sus miles de movimientos de contorsionistas.

JunMyeon dijo que sí por miedo a las consecuencias de su negación, aunque no sabía si estaba más asustado de las alturas o de los castigos.

— Bueno, creo que es hora de que me vaya. —JunMyeon desvió la vista a las ventanas, la noche ya estaba oscura.

— ¿Cuál es tu caravana? —ChanYeol, el hermano mayor, era charlatán y avivado, sonreía todo el tiempo y le transmitía mucha tranquilidad.

— Oh, yo no tengo caravana. —Los hermanos se miraron con el ceño fruncido.

— Entonces, ¿dónde duermes? —JongIn era más serio y silencioso, pero a JunMyeon le gustaba también.

— En la carpa del circo.

Él no tenía ningún lugar, llego desamparado y los Choi le desterraron a un cuartucho que se usaba a veces como trastero y otras tantas como camerino, por lo que JunMyeon nunca estaba lo suficientemente cómodo o tenía algún tipo de intimidad.

— ¿Y cuando la carpa se desmonta? —Curioseó ChanYeol, no muy convencido de las respuestas de JunMyeon, quien se sonrojo violentamente y bajo la mirada ante esa pregunta.

— Oh... -Murmuró JongIn, chasqueando la lengua con disgusto.

— En otras camas. —Confesó en voz baja, levantándose dispuesto a irse de una vez.

JongIn suspiró cuando su sospecha se hizo cierta.

— Este circo es un infierno.

Y lo era, nadie mejor que JunMyeon lo sabía. Maltratado, explotado y abusado todo el tiempo con tal de conseguir algo de comida y lugar para dormir.

ChanYeol le tomó por los hombros, negando con la cabeza y volviendo a conducirle a la cama.

— Tú te quedas aquí.

— Pero...

— Aquí. —Ordenó, y JunMyeon no tuvo el valor para protestar.

En las horas siguientes tuvo que ver como los hermanos improvisaban una nueva cama con una vieja colchoneta y cocinaban algo de comida decente que JunMyeon no llegó a probar, pues la calidez de las mantas y la tranquilidad del lugar le arrastraron a un sueño cómodo y pacifico por primera vez en mucho tiempo.

Cuando despertó por la mañana, JunMyeon seguía envuelto en las mantas y los hermanos dormían casi en el otro lado de la caravana. Aún llevaba toda su ropa puesta y se sentía realmente descansado, por lo que significaba que al menos sobreviraría un día más.

La cocina de lugar era bastante pequeña, pero hizo su mejor esfuerzo para sin mucho ruido cocinar un desayuno medianamente decente. Estaba hambriento y odiaba sentirse como un inútil, por lo que cocinar para aquel par de hermanos extraños era la mejor manera de dar gracias que tenía por el momento. El olor de la comida no tardó en despertar a los jóvenes, que se desperezaron y acudieron a la pequeña mesa que quedaba cerca de la cama donde JunMyeon había dormido.

— ¿Has descansado bien? —Preguntó el hermano menor, sonriéndole somnolientamente.

— Sí, espero que no les haya molestado que cocinara algo...

— Oh, no, JunMyeon. Siéntete en tu casa. —ChanYeol le restó importancia con un movimiento de mano y una de sus grandes sonrisas, así que hizo su mejor esfuerzo por sonreír también y dejar de sentirse intranquilo.

JunMyeon no está acostumbrado a tanta amabilidad, pero se deja hacer por los dos muchachos. Le llevan a la carpa y le explican mejor en qué consistirá el número, le muestran algunas acrobacias y trucos de contorsionismo y luego le piden que debe estirar un poco los músculos para calentar y no dañarse. Mientras JunMyeon hace los ejercicios dictados por ChanYeol, JongIn le explica el proceso de las telas acrobáticas.

ChanYeol y JongIn le preparan las telas y las pasan por su cuerpo delicadamente, atándole a pesar de que no van a hacerle volar aún. Primero, le enseñan los movimientos que realizará en el aire. JunMyeon es un gran aprendiz, así que en dos días ha retenido y ejecutado la coreografía que JongIn ha preparado para él y al tercer día, ChanYeol está subiéndole por los aires, dándole ánimos desde tierra firme y esperando para ver su ejecución. Es un caos, le da demasiado miedo y no dura ni una hora allí arriba, pero mejora con los días.

Pasa todas las mañanas con los hermanos practicando su número, ya puede volar con las telas y hacer la coreografía acrobática y ha aprendido con rapidez el número del suelo, atreviéndose incluso con un ejercicio contorsionista como es el Split. JongIn y ChanYeol son pacientes con él, le animan y le adulan y JunMyeon siente su pecho y su autoestima crecer junto a su compañía. Son circenses de verdad, apasionados de su trabajo, artistas increíbles. Danzan y doblegan sus cuerpos al son de la música de una manera tan bella y atrevida que el corazón del albino late desbocadamente cuando los ve desde arriba, subido en sus telas.

Pero todo lo maravilloso que ChanYeol y JongIn construyen para él, tratándole con mimo y cuidado, desaparece en cuanto deja la carpa y va a los ensayos de sus otras actuaciones. Allí vuelve a ser un objeto de adorno, vapuleado y agredido sin cesar. Recibe bofetadas y empujones con más furia que nunca, es acorralado en cuanto se descuida y siente que la vida que los hermanos le dan durante un par de horas de la mañana y las últimas del anochecer, se le escapa con actos como aquellos.

JunMyeon ya no lo resiste más.

Quiere irse de allí.

Y el señor Choi lo sabe.

Lo ve en el brillo de sus ojos transparentes, lo ve en su andar decidido a pesar de los golpes y los abusos, lo ve en la diminuta y blanca sonrisa que se instala en sus labios heridos cuando camina a la caravana de los Park y no está dispuesto a permitirlo. Nadie de su pertenencia escapa de sus garras, jamás.

JunMyeon está a un paso de entrar en terreno seguro, de estar a salvo. Los Park le cuidan y protegen tanto como pueden, le esperan despiertos y salen en su busca si tarda más de lo acordado. Por primera vez en su vida, JunMyeon se siente querido.

Y el sentimiento es hermoso, le llena el pecho de una calidez irreconocible y le hace querer seguir vivo.

JunMyeon ya puede escuchar las escandalosas risas de los Park, sonriendo por ello. Si apresura un poco el paso y estira su mano, ya está abriendo la puerta de la caravana, pero un ruido sordo detiene el tiempo y siente como su cuerpo pierde fuerza y determinación, cayendo desplomado al suelo. Un dolor insoportable le atraviesa la espalda y el pecho y cuando se toca con las manos, la sangre roja, espesa y caliente contrasta con su pálida piel.

Se está muriendo.

Lo sabe porque el dolor le ensordece, lo sabe porque los Park han aparecido frente a él y tratan de detener la hemorragia, pero es imposible. Lo sabe por sus miradas, que le dicen adiós mientras sus ojos transparentes se van cerrando poco a poco y la vida abandona su albino cuerpo.

Lo sabe porque la Luna le espera. No hay marcha atrás. 

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             >> ¡Hola! ¡Esta es Nica desde Puzzle! Mi primer reto en la comunidad fue como realmente un rETO. ¡Tuve que matar! Si ustedes me conocen, saben que yo no mato nunca de los jamases ;; soy bien pero bien fluffie. Pero por eso decidí entrar aquí y probar nuevas experiencias, para motivarme a escribir más y mejor. ¡Espero que les haya gustado este intento de FreakShow! 

Denle mucho amor y también a los retos de las demás integrantes, son realmente fabulosas, ashjdhdsf. Y Galleto, Galleto también es fabuloso. ¡Denle amor a nuestro único hombre escritor!

¡Nos vemos en los comentarios y con más historias próximamente! ♡

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