Capítulo 17
NAOMI
Avanzaron en el bosque durante veinte minutos sin un rumbo fijo. No fue hasta que se aseguraron de que la Torre de los Felinos quedara bastante atrás que se permitieron detener el vehículo para descansar.
Todos los miembros del escuadrón estaban sumamente exhaustos y con el corazón acelerado. El más afectado de todos era Zale, quien había sufrido una preocupante herida en el brazo derecho durante la persecución de los felinos llameantes en la fortaleza.
—Gracias por su ayuda allí adentro —comentó Sky con sarcasmo mientras atendía el brazo de Zale con unas vendas y un frasco que contenía líquido desinfectante que guardaba en su mochila de viajero.
—No nos dimos cuenta de que aún no habían salido de la fortaleza hasta que nos subimos a la carreta —se excusó Aelia.
Aunque hacía mucho calor, Zale temblaba como si se encontrara en medio de una ventisca.
—S-siento que se m-me congelan las ve-venas —expresó Zale, tiritando.
—Usaste mucha magia de agua. Se te pasará en un par de horas —explicó Barak mientras estudiaba el mapa.
Aelia buscó en el interior de su mochila y extrajo una pequeña manta roja. Una vez que Sky terminó de vendar el brazo de Zale, Aelia envolvió el cuerpo del muchacho castaño con la manta, dejando solo la cabeza descubierta.
—Gra-gracias —dijo Zale, dirigiéndose a Aelia y a Sky.
—¿Qué planean hacer ahora? —preguntó Brayden, desde el asiento del conductor.
Mientras el resto de su escuadrón intercambiaba miradas que indicaban incertidumbre, Naomi extrajo de su mochila la copia del mala de Fenrai. Aunque no podía identificar cuál era su posición exacta en el mapa, Naomi supuso que debían encontrarse cerca del límite que separaba los territorios de Vintos y Severia.
—Creo que deberíamos dirigirnos hacia el este. La frontera con Severia no debe de estar muy lejos de aquí —sugirió Naomi mientras les mostraba a sus compañeros el mapa—. El alboroto que causamos en la Torre de los Felinos seguramente debió atraer la atención de algunos vigilantes. No creo que sea prudente volver a internarnos en el bosque.
—Zale también necesita de la atención de un sanador —añadió Sky—. La herida en su brazo podría infectarse si no se trata adecuadamente.
—Esto-toy b-bien —tartamudeó Zale, restándole importancia a la condición de su brazo.
Por su parte, Brayden no se veía muy convencido.
—¿Y qué vamos a hacer si no encontramos otra salida clandestina en la frontera con Severia? —cuestionó él—. La cerca rodea todo el bosque y no será fácil derribar una parte sin llamar la atención de los vigilantes.
—No necesitamos dañar la cerca para escapar del bosque —sentenció Naomi, mirando directamente hacia el cinturón de rubíes que Sky llevaba consigo.
—¿De qué hablas? —le preguntó Barak, frunciendo el ceño.
Naomi apuntó con su dedo índice a la reliquia.
—Ese es el poder de la reliquia —se explicó ella—. En el sótano de la fortaleza, cuando los felinos llameantes nos perseguían por los túneles, Sky hizo que poder del cinturón nos hiciera atravesar una puerta bloqueada.
Sky palpó con las manos la superficie del cinturón.
—Es verdad, pero fue algo involuntario —respondió él después de un breve momento de silencio—. Si les soy honesto, no creo saber cómo despertar el poder del cinturón otra vez.
—Ya lo hiciste una vez por accidente, tal vez, si te concentras lo suficiente, logres hacer que toda la carreta atraviese la cerca. —comentó Aelia.
Sin una mejor alternativa, Brayden volvió a poner en marcha el vehículo y avanzaron un gran tramo hacia el este. Al cabo de media hora, divisaron a lo lejos la larga extensión de la cerca.
Sky no sabía qué hacer con exactitud. Simplemente se acomodó el cinturón de rubíes alrededor de la cadera, se sentó con las piernas cruzadas, apoyó con fuerza sus dos manos sobre el suelo de madera del carromato y cerró los ojos. Permaneció en esa posición durante cinco minutos, visualizando en su mente como el vehículo atravesaba el gigantesco muro de madera frente a ellos.
Naomi sintió cómo la duda comenzaba a invadir la mente del Sky; sin embargo, en ese mismo instante, el cinturón comenzó a emitir un resplandor rojo que lentamente se expandía por todo el cuerpo del muchacho.
—Siento un hormigueo en los brazos —comentó Sky, aún con los ojos cerrados.
—Significa que funciona —respondió Aelia, asombrada.
Poco a poco, el resplandor rojo fue creciendo y cubriendo a todos en la carreta. Naomi experimento un escalofrío que recorría todo su cuerpo cuando aquella manta roja y transparente la cubrió de pies a cabeza.
—No sé por cuanto tiempo pueda mantener esto —confesó Sky mientras unas gotitas de sudor resbalaban por su frente.
—¡Avanza hacia la cerca ahora! —le ordenó Barak a Brayden.
Mostrándose indeciso, el muchacho de cabello plateado sostuvo las riendas y les indicó a los bueyes que corrieran hacia la cerca. Conforme iban avanzando, Brayden hacía que los animales aumentaran la velocidad.
Naomi se encontraba muy nerviosa, pero sabía que no había vuelta atrás. O tenían éxito y atravesaban el muro de madera, o se estrellaban y morían en el intento. Faltaban pocos metros para alcanzar la cerca. Naomi no pudo evitar cerrar los ojos momentos antes de que el vehículo hiciera contacto, y, un segundo después, creyó sentir una ráfaga de aire atravesando su cuerpo.
Cuando finalmente volvió a abrir los ojos, descubrió con alivio que el carromato ya no se encontraba en el interior del Bosque del Este; ahora, el vehículo recorría el camino de tierra que separaba a Vintos de Severia.
Brayden detuvo el carromato con brusquedad. Al igual que Naomi, él y el resto de los pasajeros necesitaron un momento para tranquilizarse. El resplandor rojo había desaparecido, y Sky se mostraba tan exhausto que daba la impresión de haber corrido varios kilómetros.
—Ustedes están locos —dijo Brayden con voz agitada, después de un breve y tenso momento de silencio.
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