Capítulo IX: Secretos

Luke dejó que ella retirase su mano, la inseguridad que de pronto notó en ella lo desconcertó, quizás fue la ferocidad con que la miró, o la necesidad de imponer el repentino impulso que sintió cuando el lobo viejo se acercó a ella.

Su control en ese  momento se había escapado por un breve instante y cuando ella tomó su mano, Luke sintió su cuerpo arder por dentro. Era tal la sensación de su tacto que utilizó toda su fuerza para soportarlo, su bestia en ese momento emergió en un gruñido que retumbó en su mente mientras él intentaba mantener la farsa que habían acordado.

Ahora Kaylee miraba por la ventana, con una especial sutileza, con una aguda concentración. Sus ojos eran azules, un color tan claro que reflejaba una calma interior que Luke sabía que no existía. Él la conocía lo suficiente como para saber que ella no era tranquila, ella era audaz, una chispa que rezumaba energía, una llama que siempre buscaba quemarlo.

—Alguien salió —dijo en voz baja—. No hagas preguntas, finge posar para una foto.

Luke hizo lo que le pidió. La intuición de Kaylee nunca le fallaba, por eso había decidido replegarse en este trabajo, su veloz inteligencia podía resolver esto. Claro que, aún quería retorcer las entrañas de aquel que había intentado acabar con su vida.

La luz de su cámara parpadeó dos veces, después de tomar la foto ella se acercó a su asiento y sacó otra esta vez a ambos.

Al diablo la experiencia de la camioneta, esto le ganaba y por mucho. Después de diez años de abstinencia estar tan cerca de una mujer como Kaylee lo hacía parecer como si fuera un adolescente. La necesidad por su contacto era abrumadora.

"Después de esto, nunca más la volveré a ver" Se dijo a sí mismo mientras la rodeaba con su brazo para atraerla más cerca "La dejaré ir con otro hombre que pueda darle lo que yo no puedo" Porque sabía que estaba vacío por dentro.

—Tenemos un rostro —ella dijo sin alejarse de donde estaba.

—¡Que grata coincidencia! —dijo de manera sarcástica— ¿La matrícula concuerda?

—Claro que sí ¿Por qué crees que tomé la foto?

—Bien detective Kaylee ¿Qué es lo siguiente?

—Tus hackers —dijo pensativa—. Una vez me dijiste que ellos podían hacer cualquier cosa con sus computadoras.

—Sí, tengo a alguien en mente que puede ayudarnos.

—¿Hora de irnos? —Ella alzó su rostro y lo miró a los ojos, el gris ceniza había retornado a su mirada.

—Sí.

Pagaron la cuenta y esta vez, al sentir las miradas amenazadoras de los lobos del bar, Luke la tomó de la mano con firmeza, sintió cómo ella se estremecía y esta vez no era por su contacto. Kaylee era, la mayoría del tiempo, valiente, pero en esa circunstancia ella se acercó más a él, despertando su instinto protector, el puma respondió y con una mirada hacia los lobos en la puerta los hizo hacer un paso al costado.

Afuera la lluvia caía en forma suave, todavía no llegaban los densos chaparrones que pronosticaban, hacía frío. Llegaron a la camioneta, cuando Kaylee comenzó a tiritar.

—¿Estás bien?

—Sí, normalmente tolero muy bien el frío, solo los nervios pueden hacerme sentir así, nunca había estado cerca de lobos ¿Son siempre así de protectores?

—Los cambiantes lobos son sobre protectores, más que cualquier otro cambiante en el mundo.

—¿Es como la ley del lobo?

—Yo diría que es más un instinto con el que nacen.

Ella miró por la ventana, Luke había hablado de más y sabía que su inteligencia no dejaba lugar a preguntas sin responder.

—¿Hay lobos que no tienen ese instinto? —dijo al fin.

Pensó en no contestarle, pensar en eso le provocaba malos recuerdos, pero por otro lado, confiaba en ella, no sabía por qué, pero lo hacía. Decidió darle una verdad a medias.

—Todos nacen con el instinto de proteger, pero en algunos casos, cuando crecen aparecen las desviaciones.

—¿Desviaciones?

—La pérdida de los vínculos, de los lazos afectivos, de las lealtades, cuando la desviación surge del animal se vuelven salvajes y se alejan del clan para siempre. —Eran muy infrecuentes los casos de ese tipo—. Cuando la desviación surge del humano, es más peligrosa, seguirán sus deseos sin importar lo que cueste, sus ambiciones, su codicia, se vuelven sus leyes, harán cualquier cosa para obtener lo que quieren, sin importar si alguien muere o sufre, ellos no pueden generar vínculos afectivos con nadie.

Luke conocía muy bien este tipo de desviación, pues tres de ellos le habían quitado lo que más quería en el mundo.

—¿Existen desviaciones entre los pumas?

—No que yo sepa. —Podían ser solitarios, pero seguían conservando su humanidad—.  Ahora, necesito enviar esa fotografía por un correo cifrado, necesito que busques un CiberCafé. 

—Olvídalo, la seguridad en esos lugares es una basura, necesitamos una red de conexión privada y segura.

—Tienen contraseña.

—Hace falta más que una contraseña para detener a un hacker.

—Estás siendo un poco paranoica.

—Sólo estoy buscando la opción más segura.

—¿Y cuál es?

—El hotel Blue Diamond, tiene una red de conexión de Internet de última generación, muy segura.

—Está bien, dime dónde queda.

El hotel era uno de los edificios más grandes de la ciudad, tenía una reseña de cuatro estrellas de cinco, según una revista de turismo nacional. El interior era brillante, todo estaba cubierto con azulejos blancos y relucientes, un candelabro brillaba en el techo, mientras que al fondo, había una mesa de mármol que hacía de recepción.

Ambos ignoraron a los lobos jóvenes que estaban sentados en las bancas cerca de las paredes laterales.

—Bienvenidos al hotel Blue Diamond ¿En qué puedo servirles? —Dijo una mujer anciana de pelo blanco.

—Necesitamos una habitación.

—Oh, sólo me quedan espacios en la sección de suites matrimoniales.

Kaylee lo miró por un momento, él se limitó a asentir aunque por dentro maldecía su suerte.

—Nos quedaremos en una suite.

La mujer recogió una llave y los guió hacia el ascensor izquierdo, que los condujo hasta el quinto y último piso.

—Su habitación es la número seis, al entrar verán una lámina con los números de servicio y el código de acceso a Internet, pasen una buena noche —Dijo sonriendo mientras las puertas del ascensor se cerraban.

La habitación no era muy lujosa, una cama tamaño King Size ubicada al lado de la puerta del baño, enfrente había una pantalla grande de televisión, un ventanal con cortinas color beige al final y un par de sillones individuales del mismo color junto a esta.

—Tomaré un baño, ten —Kaylee le entregó su celular—. Envía la foto a tu celular por Bluetooth ¿Sabes cómo hacerlo?

—Sí, ve yo me encargo de esto.

Ni bien ella cerró la puerta del baño, Luke encendió el aparato, la pantalla se iluminó y la imagen de un leopardo de las nieves apareció junto con los iconos de sus aplicaciones, era ella en su forma animal. Buscó la fotografía en la galería y en tan sólo veinte segundos la envió a su teléfono.

Cuando iba a apagarlo, accidentalmente deslizó su dedo y otra imagen apareció en la pantalla, era de él a la distancia en el bosque, estaba de perfil con su uniforme de guardián.

Una frase le llamó la atención.

"¿Me amarás algún día?" Eran palabras simples, pero él podía percibir la emoción en cada una de ellas. El anhelo casi palpable.

De pronto Luke reconoció que lo que Kaylee sentía por él no era un simple capricho, era algo más profundo, verdadero.

Un calor envolvió su corazón, su bestia interna subió a la superficie, su necesidad de aislarse de todo contacto afectivo se desvaneció en ese instante. Porque esa mujer, con su actitud inquisitiva y esos hermosos ojos grises, había llegado a su corazón.

Pero Luke no sabía si podía recibirla.

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