Capítulo 22: París para tres

Caminamos calle abajo, siguiendo las indicaciones que la chica de recepción me había dibujado, debido a ello, conseguimos llegar a una especie de avenida rodeada de puentes y de museos por todas partes. La torre Eiffel podía verse a lo lejos, caminamos calle abajo, encontrándonos con los primeros puestos de souvenirs. Eran tenderetes retro muy originales, decorados con mucho elemento metálico y telas verdes a su alrededor, algunos estaban oxidados por la lluvia. El dueño de uno de los pequeños tenderetes, que estaba pintando algo, se nos acercó y nos quiso vender una especie de fotografía pintada, en ella estaban la torre Eiffel, y otros monumentos característicos de París, pero ya había leído acerca de la hospitalidad de los tenderos y de que siempre intentaban colocarte cuadros de todo tipo, lo cierto es que las fotos pintadas parecían cuadros y quedaban muy bonitas, pero la realidad era que si comprábamos desde el principio todo lo que se nos antojara, probablemente en un futuro próximo, tendríamos que sobrevivir a base de sandwiches y comidas poco saludables.

Otro dueño de otro de los tenderos, quiso probar suerte también dejando caer el siguiente comentario:

- No sabes lo que dices, Sebastianne, la joven pareja quiere un retrato de ellos solos, ¿me equivocó?- en su mirada estaba viendo una seguridad tal que me dio pena tener que echar abajo su teoría.

- Se equivoca, solo somos buenos amigos- le corregí de su error.

- Amigos, habéis venido a la Ciudad de las luces, también conocida como "La Ciudad del amor"- su mirada lasciva y pervertida me hizo plantearme si era cierto que la gente de Francia era solo hospitalaria o también estaban un poco locas, al contrario que Minerva, que estaba encantada por todo lo que nos estaba sucediendo y sonreía a todos los tenderos.

- Él no sabe lo que es el amor, nunca lo ha vivido- me delató ante aquellos desconocidos, no habían pasado ni veinticuatro horas y ya le había contado uno de mis mayores secretos a aquellos locos.

- A algunos hay que darles más tiempo que a otros- me miraba callado desde la lejanía hasta que se atrevió a hacer un comentario inesperado- . Dile lo que sientes, ella no te va a esperar para siempre.

A mí me molestó su comentario, pero para mi sorpresa, Minerva no se ofendió, se puso colorada como un tomate simplemente. El comerciante siguió con sus comentarios molestos:

- Si él no se decide señorita, le puedo presentar a mi sobrino Fabiénne, estoy seguro de que no es tan guapo como su acompañante, pero es mucho más atrevido y tiene la cabeza en su sitio-me sorprendió ver que ella se estaba pensando su oferta.

- Ella tiene novio, Marcos el médico- dije cuando me cansé de todas aquellas sandeces.

- Ya entiendo- fue raro, pero se limitó a esbozar una sonrisa y a callarse.

Cuando por fin me libré de la excesiva compañía, caminé con Minerva calle abajo continuando nuestro camino, cuando estaba distraído mirando los barcos que atravesaban el río Sena, ella me hizo una pregunta:

- ¿No te cae bien Marcos?- me miraba apenada, no sé si lo que buscaba era mi aprobación.

- Dejémoslo en que no le tengo mucho aprecio de momento- no iba a decirle otra cosa que no fuera la verdad.

- ¿Por qué?- no parecía entenderlo.

- No quiero hablar de tu novio, ¿podemos seguir caminando?- el interrogatorio de Minerva había detenido ligeramente nuestra marcha hacia la torre.

La distracción, no permitió que me fijara en que una bici se acercaba hacia nosotros a toda velocidad, reaccioné lo suficientemente a tiempo como para poder salvar a Minerva, me lancé en su dirección y la aparté del camino, haciendo que ésta cayera al suelo y se raspara la rodilla derecha, yo también me caí, pero me levanté al instante, no me había hecho nada. Ella estaba un poco más cabreada que yo con lo sucedido, se le notaba en la voz:

- ¿Por qué has hecho eso, estás loco?- ¿de verdad que no había visto la bicicleta?

Cuando comprobé en su mirada que no es trataba de una broma, le señalé al chico de la bicicleta que había frenado a unos pasos de nosotros. Al verle, se acercó a él y le tiró de la capucha cuando estaba de espaldas para llamar su atención, entonces le soltó esto:

- ¿Se puede saber qué te pasa?- ella no dijo una palabra más al ver su rostro.

El chico de la bicicleta era un muchacho rubio, de ojos verdes, alto en cuanto a estatura y bastante fornido.

El desconocido se giró en nuestra dirección al escuchar los gritos de Minerva y dijo:

- Disculpa, no te había visto- creí que mi amiga le iba a echar la bronca, pero al ver su rostro se quedó paralizada.

- ¿Y tú eres?-quise interrumpir la mirada permanente que tenían fijada el uno en el otro.

- Hola, soy Lucienne, ¿sois extanjeros, verdad?- ¿cómo lo sabía? ¿Será por mis pantalones con barras y estrellas, se deberá mi amor por la libertad, estaba intrigado en conocer de qué forma iba a meterse con nosotros?- Minerva seguía embobada.

El rubio descansó para que el aire entrara de nuevo en sus pulmones y una vez recuperadas las fuerzas dijo:

- Lo sé por el acento de ella, hace poco hice un intercambio a España , me gusta mucho ese acento tan característico y propio de vosotros los españoles- ¿desde cuando soy español?

- Te estás equivocando, la medio española es ella, aquí un servidor es de Canadá- me sentía ofendido no engañemos a nadie.

—Disculpa, amigo, no quería ofenderte, todo lo contrario, era un cumplido, de los canadienses solo sé que son todos muy rubios—¿está de broma?

En ese preciso instante me señalé mi cabello, que por si no lo había notado al hacer su comentario, es negro. Lucienne solo tenía ojos para mi amiga, lo sé, porque al hablarme no se había dirigido a mí, estaba todo el tiempo pendiente de que los ojos de Minerva se quedaran focalizados en su persona.

Ignorando mi indicación, el rubio hizo el siguiente comentario:

—Me sigue sabiendo mal, me gustaría disculparme por mi comportamiento, ¿puedo invitaros a mi casa? ¿Habéis probado la comida parisina? —¿estaba insinuando lo que creía que estaba insinuando?

—Lo siento, Lucienne, pero ella y yo ya teníamos unos planes, ¿verdad, Minerva? —intenté buscar su aprobación, pero su mirada no miraba en mi dirección.

—Bueno, en ese caso, ¿me dejáis ir con vosotros? —ese aire de paso de todo que tenía, su seriedad, ese cabello rubio desmelenado salvaje, nada en él me inspiraba confianza.

Estaba a punto de darle la negativa, cuando se me adelantó mi amiga:

—Claro, qué mejor que tener un guía que conoce la ciudad, estamos encantados de que nos acompañes, ¿verdad, Douglas? —ahora sí encontró la dirección de mi mirada, una mirada que estaba pensando en tirarse por el puente con camiseta y todo ante aquella invitación tan gratuita.

En mi mente, esto es lo que quería decir:

>>No, no lo conocemos de nada y no quiero que nos acompañe—sonaba tan perfecto.

Y esto fue lo que en realidad dije:

—Claro, porqué no, cuantos más seamos, mejor nos lo pasaremos, además, es cierto que no sabemos movernos por aquí—en resumen, en nuestra mente todos somos valientes.

—Genial, dejo mi bicicleta aparcada en la entrada del puente y os guío—comentó el chico con una sonrisa de oreja a oreja.

—Te esperamos—estaba planteándome si retirarle la palabra a Minerva, como ella me había hecho a mí, ¿sería lo justo no?

Estuvimos esperando aproximadamente unos veinte minutos a que Lucienne viniera. Cuando vino parecía expectante:

—Bueno, ¿en qué dirección ibais? —preguntó con la certeza de que habría mejores caminos, se lo notaba en su mirada desafiante.

—Íbamos calle abajo—le explicó Minerva.

Lucienne dirigió un dedo hacia su mejilla mientras pensaba, cuando ordenó todas las palabras en su mente soltó:

—Conozco un camino más rápido, seguidme—salió corriendo por la calle lateral, haciendo gestos con las manos para que lo persiguiéramos.

No tenía ganas de correr, pero Minerva agarró mi mano y me arrastró en la dirección del rubio, que corría por la calle lateral como si se tratara de un ladrón perseguido por la policía.

En el final de esa misma calle giró a la derecha, luego continuó recto, y, finalmente, hizo un último giro hacia la izquierda. Una vez realizados los pasos a la perfección, nos encontramos de frente la majestuosidad de la torre, brillando con el sol como un gigante de hierro.

Tanto Minerva como yo, nos quedamos ojipláticos, era una maravilla contemplar aquel monumento, sin embargo, Lucienne, estaba mirando aquello como si fuera un viejo juguete de los que todos tenemos en nuestro cuarto y hace mucho que no usamos. Tan concentrado estaba en hacerle fotos a la torre con mi móvil, que no me percaté que nuestras manos seguían juntas, cuando lo hice las separé al instante, intenté que la vergüenza que me había embargado en ese momento no saliera a la luz, aunque el color escarlata de mis mejillas me delataba.

—¿Subimos? —dijo Lucienne contemplando la escena en silencio.

Minerva se separó aún más, caminando en dirección a la torre:

—El que llegue primero a arriba se salva de hacer la cena—dejó caer Lucienne, que, cada vez me caía peor.

Y ahí estaba, ella lo sabía, él lo sabía y yo lo sabía, la carrera había comenzado desde el segundo en que pronunció esas palabras, la adrenalina corría por nuestros corazones, ya no había nada que hacer.

La que llevaba ventaja era la castaña de ojos marrones, que se nos había adelantado y había cogido el ascensor cerrando tras de ella, aún así, sabiendo que lo más probable era que ella llegara la primera, corrí en dirección a las escaleras aún con esperanza. La esperanza de ganar, la perdí, cuando noté como mi respiración se aceleraba con cada paso, porque aunque era normal, ni muy fuerte ni muy débil, el haber estado tanto tiempo encerrado me pasó factura, y lo que definitivamente me determinó a pensar que perdería fue que contemplé como Lucienne subía las escaleras con la agilidad de un gato y la velocidad de un guepardo, haciendo parkour y saltando por cada esquina.

Lucienne iba a llegar el primero, le quedaban pocas escaleras, y, Minerva no iba ni por la mitad del segundo ascensor, pero, cuando yo ya le proclamaba ganador, el rubio se paró en seco, ralentizando su paso, cediéndole el tiempo justo a Minerva para alcanzar la victoria desde el ascensor, siendo la primera en llegar a la cima, lo que me indicaba que iba a tener que cocinar con el tipo ése, que no conocía de nada y que se nos había acoplado a la cena sin ser invitado.

Llegué el tercero evidentemente, lo que no llegaba a comprender era por qué Lucienne, que había llegado sobrado a la cima, se paró en seco, tenía claro que se lo iba a preguntar en la cena.

Mis reflexiones fueron interrumpidas por Minerva, que dijo:

—Saca el móvil, vamos a hacernos fotos de todos los colores—estaba muy animada.

Nos hicimos fotos, tanto ella y yo juntos, como ella y Lucienne, como Lucienne y yo, como los tres juntos. Contemplamos un rato el paisaje, los puentes formaban un dibujo magnífico, entiendo por qué le dicen la ciudad de las luces. Lucienne, nos contó que la torre actuaba como un faro, por las noches iluminaba el horizonte de París, era algo así como un punto neurálgico centralizado.

Tras escuchar sus historias de la torre, nos disponíamos a irnos cuando Minerva se me acercó y comentó:

—Ponte ahí, es la posición perfecta para que tus ojos brillen ante la cámara—me quitó el móvil del bolsillo introduciendo su mano, y, aunque lo noté, no dije nada.

—¿Cómo pueden brillar unos ojos tan oscuros como los míos? Son demasiado simples—era la pura verdad, mis ojos no eran verdes como los del parisino.

Entonces ella se rió, se echó para atrás escondiendo su rostro tras el móvil y mencionó:

—Tienes una manchita clara al final de la pupila, cuando te da la luz, tus ojos marrones oscuros brillan, son especiales, porque no todos los marrones oscuros son iguales—me sonrió o eso me pareció ver.

Hizo la pertinente foto y luego me la mostró, ella tenía un Huawei P8, la foto tenía una resolución mucho mejor que la de mi anticuado Samsung, y además al parecer podía ponerle unos efectos muy chulos. Cuando vi la foto no me reconocí en ella, me quedé con la boca abierta, cosa que ella pareció notar:

—Tienes mucho más dentro de lo que le quieres mostrar al mundo, Douglas, déjalo salir—¿sería verdad?

A continuación, puso el móvil en modo vídeo y comenzó a grabar mientras narraba:

—Estamos por fin en París, ahí delante tenéis al matemático más aburrido del universo, saluda a Instagram, Douglas—me señaló con el dedo índice por delante de la cámara.

Yo, me limité a hacer el pertinente saludo y sonreír. Tras grabarme se dirigió al rubio y continuó con la narración:

—Y ahora, el parisino que casi nos atropella con la bicicleta, saluda con la mano, Lucienne—el otro no necesitó que se lo dijeran dos veces para imitarme.

Nada más que termino de grabarnos a los dos dijo lo siguiente:

—Hoy me siento afortunada, voy a tener a estos dos chicos guapos cocinando para mí, ¿alguna los quiere mañana? Hoy ya están ocupados—tras hacer semejantes declaraciones, dejó de grabar y se acercó a nosotros.

—¿Tenéis hambre? —se me adelantó Lucienne, estaba demasiado lento.

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