6

Me ahogo.
Poco a poco mi corazón disminuye sus latidos y mi cuerpo entero esta tan exhausto que incluso dejo de jadear.
Dentro de la cámara donde me metieron hace cerca de media hora el aire es casi inexistente y disminuye a cada minuto qué pasa.
Estoy recostada dentro de un tubo de cristal donde apenas quepo con las muñecas y los tobillos atados a la camilla para evitar que pueda abrirla y dejar entrar el oxígeno.
Alto, balbuceo, pero nada entendible consigue salir de mi boca.
Hay cuatro rostros llenos de curiosidad que han estado observando con atención cada segundo de mi agonía mientras que de algún lado parecen estar cerrando el flujo de oxígeno.
Me duele la cabeza, siento una horrible presión en el pecho y la sensación de asfixia me desespera hasta el punto de hacerme sentir que mis ojos saltarán fuera de mi craneo.
Al abrirse la cámara, el súbito exceso de oxígeno que me llena los pulmones es tanto que me quema las entrañas haciéndome toser, pero eso no les importa y una de las médicas que me estudiaban pone una mascarilla contra mi boca que empeora la sensación de ardor y detenerlos es imposible pues al mantenerme atada no hay manera de resistirme a nada.
-No te duermas -me reprime con una descarga en el estomago que me hace llorar y vuelve a acelerar mi corazón-. ¿Puedes escucharnos?
-La oxigenación ha subido al ochenta y siete por ciento -anuncia otro médico.
-Eso es Madison, sigue respirando... inhala y exhala. No te duermas -repiten antes de que Dawson aparezca para examinar mis ojos con la molesta lamparita que me lastima las pupilas.
-Quítenle esto, que sean sus pulmones los que hagan el trabajo -ordena antes de ser él mismo quien me quita la máscara de oxígeno.
-Deténganse -chillo tan pronto lo hace.
-Pupilas reactivas y estado alerta. La oxigenación está regresando a los parámetros normales -me ignora dictando sus observaciones a alguien en el fondo que parece llevar el registro de todo lo que me hacen-. ¿Qué es lo que sientes? -comienza con el estúpido interrogatorio e inclina la camilla para que pueda sentarme antes de la tensión de los sujetadores se relaje y me deshago de estos de inmediato.
-La cabeza me duele, me arde el pecho al respirar -contesto-, tengo mucho sueño y me siento agotada.
Toman nota a mis palabras junto con los valores que muestran los monitores conectados a mí.
-Bien. Hiciste un trabajo estupendo. Te daré el resto de día para que puedas descansar -asiento a las palabras del anciano doctor-. Quiero que permanezcas en la cama, sin movimientos bruscos y atenta a la frecuencia de los latidos de tu corazón. Tan pronto sientas algo diferente, oprimes el botón de emergencia en la habitación. ¿Entendido?
-Sí, doctor -me obligo a responder.
-Déjenla en observación una hora y luego devuélvanla a su dormitorio -ordena a los internos y luego camina al otro lado de la habitación donde al parecer hay otro grupo de médicos interrogando a otro experimento que no logro ver pero se que está ahí, sufriendo quizás igual que yo.
••••••••••••••••••••••
El ruido de una bandeja estrellándose contra el piso es lo que me obliga a abrir los ojos de golpe cuando parece que comienzo a quedarme dormida y cuando pienso que quizás lo hicieron a propósito para mantenerme alerta, encuentro a otra chica, de tirada en el suelo recogiendo torpemente el material que los médicos estaban utilizando en ella hace tan sólo minutos.
-Lo siento. ¿Te desperté? -se disculpa al encontrarme mirándola.
Tiene un ligero acento británico en su hablar como la mayoría de los científicos en este lugar y su voz es dulce y tranquila, como la de un niña, salvo que ella parece tener mi edad.
-¿Qué color son tus ojos? ¿Cómo te llamas? -pregunta asegurándose de hacer contacto visual con mi reflejo en los espejos que nos rodean como en la sala de pruebas que solía estar en mi casa.
-No creo que debamos hablar -me limito a decir, aterrada de que eso solo me traiga consecuencias.
-¿Por qué no? -me cuestiona.
-Porque no dijeron que lo hiciéramos.
-Pero tampoco dijeron que no -contesta y ésta vez termino fulminándola con la mirada.
Una enorme, perfecta y tan resplandeciente sonrisa que sería capaz de iluminar todo el lugar por si sola se apodera de su rostro.
-¡Hola! -chilla poniéndome la piel de gallina ante lo escalofriante que resulta su actitud.
-No hables. Me meterás en problemas -le advierto y cómo si fuera a propósito la puerta se abre y a la habitación entra el mismísimo director de este lugar.
Suspiro.
-Vaya, vaya, pero si que tenemos aquí -canta mientras la chica de inmediato se pone tan rígida como una estatua y coloca sus manos detrás de su espalda como un clásico soldado, listo para atender a cualquier indicación-. ¿Ya conociste a Madison? -le habla a la extraña quien sonríe cuando el hombre se para detrás de ella y coloca las manos sobre sus hombros como si fuera a darle un masaje.
El simple acto de dominación que ejerce sobre ella me hace temblar y el hecho de que ella continúe sonriendo como si nada, solo lo empeora.
-Tiene miedo -señala la chica que no me quita los ojos de encima.
Vanderbilt suelta una risa fingida.
-Lo sé. Tiene mucho que aprender de ti -le contesta y ella asiente con orgullo.
-Como los niños -señala.
-Como los niños -concuerda el médico que al fin la suelta y se me acerca para tomar mi expediente que mantienen a los pies de mi cama-. Madison, ¿cómo te sientes? Escuché que lograste una recuperación del cien por ciento. ¿No te parece esto increíble? Lo que podemos hacer en este lugar...
-Ciencia -anuncia la chica y sus ojos brillan como si fuera del amor de su vida de quien hablara.
-No puedo esperar para comenzar esta investigación que tenemos para ti -agrega el médico-. Hay tantos científicos apostando por ti. Tantas oportunidades que tenerte nos han abierto...
Se acerca y como todos hacen siempre, revisa mis malditas pupilas como si pudieran leer lo que pienso a través de ellas.
-¿No lo crees, Alice? -le pregunta a la chica que de inmediato asiente como si fuera su tonta marioneta.
Alice.
-Te presento a mi pequeño gran éxito-anuncia el médico cuando la chica vuelve a acercarse-. Ella te convertirá en el sujeto prefecto para nosotros, ¿cierto?
-¡Sí! -chilla la chica mientras lo único que hago es permanecer en silencio.
Alice me gana por unos centímetros, es mucho más delgada que yo y su piel es tan blanca que casi parece transparente. Su nariz es delgada y respingada como la punta de una montaña y su cabello lacio y café claro, cae como una cascada hasta su cintura.
Rosie interrumpe nuestro incómodo encuentro empujando el carrito con nuestras asquerosas cenas que Vanderbilt no desaprovecha para anunciar como el momento ideal para que nos conozcamos y luego decide dejarme a solas con su atemorizante creación.
La comida es tan desagradable como siempre. Una masa insípida y grumosa llena de proteínas y verduras y un vaso de agua para acompañarlo.
Hago mi mejor esfuerzo por comerme todo en mi plato y mientras lo hago no puedo evitar sentir durante todo el tiempo la mirada de la otra chica sobre mi que me observa con atención desde el otro lado de la habitación y la verdad es que ya tengo suficiente con las decenas de ojos que sé, sin lugar a dudas, nos estudian detrás de los espejos.
-¿Te molesto? -ladro.
-No -responde ingenua metiendo una cucharada de la asquerosa comida a su boca-. ¿Qué color son tus ojos? -repite.
-¿Qué color parecen? -replico y de pronto la tengo a menos de cinco centímetros de mi cara. Retrocedo de inmediato-. Espacio personal -reclamo mientras ella me continúa analizando con curiosidad.
-Intento decidir el color -señala y luego, sin preguntar se sienta en mi cama.
-Bueno son verdes y se nota a kilómetros, ahora vete antes de que...
-Creo que el tono es alfa veintisiete b cuarenta y cuatro -agrega dejando mi mente hecha un nudo ante lo técnico de sus palabras.
-Debo comer -repito y ella asiente mientras continúa sin quitarme la mirada de encima.
Sus ojos también son verdes, como si utilizaran eso para destacarnos del resto, solo que a diferencia, los suyos son del color de una aceituna y al alejarse, toman un tono casi tan café como su cabello.
-Son alfa dieciocho b veintidós -anuncia y cuando consigue de nuevo mi atención, sonríe-. Es el color de mis ojos, lo sé de memoria. Sé muchas cosas.
-No me importa -contesto.
Por un momento, su actitud me recuerda a la de un niño, terco y necio en búsqueda de respuestas acerca de todo lo que sucede a su alrededor pero con un toque orgulloso como si fuera una sabelotodo.
Si soy honesta, me aterra la manera en que actúa esta chica, como si estuviera completamente de acuerdo con lo que hacen aquí.
Como si fuera...una de ellos.
-¿Puedo ver tu código? -pregunta cuando me meto un pedazo de no sé qué a la boca y al entender que no se rendirá, termino extendiendo mi mano para mostrarle lo que quiere. Los horrendos números cautivando su atención de inmediato.
-¿Puedo ver el tuyo? -pregunto cuando logro tener un vistazo del suyo cuando levanta la mano y sin dudarlo me lo muestra. El comienzo es exactamente igual al mío, pero a comparación del mío los números esta vez sí cambian-. ¿Cuarenta y uno?
-Ese es mi número -sonríe.
-¿Sabes qué significa? -pregunto y esa escalofriante sonrisa en sus labios se engrandece.
-Experimentación psicológica -contesta y no me sorprendería ni por un segundo que tenga razón.
Han experimentado tanto con su mente que la chica está completamente loca.
-¿Cuánto tiempo llevas aquí? -susurro.
-Tan sólo unas horas -contesta.
-¿En el Centro?
-¿En el centro de qué? -me cuestiona haciéndome fruncir el ceño-. ¿Estás molesta?
-¿Dónde vives? -pregunto.
-Mi dormitorio es el trescientos veintiocho, pero no tienes permitido entrar. Es un regla. Los experimentos no pueden entrar en otro dormitorio.
¿Pero sí nos dejan convivir en una misma habitación?
-¿Cuántos años tienes? -inquiero.
-Veintiuno -responde.
Imposible que esta chica sea mayor que yo. Si no la tuviera frente a mi ahora juraría que tiene la misma edad de Alison.
-¿Tienes idea de quién era el hombre que estaba aquí antes? -pregunto.
-Sí, el doctor Vanderbilt -anuncia.
-¿Naciste aquí?
-En la sala de partos. Haces muchas preguntas -ríe y el estrés me lleva a cubrirme la cara-. ¿Te duele algo? -inquiere.
-No. Estoy... estoy bien -titubeo-. Alice, ¿alguna vez has salido de aquí?
¿Algún día saldré yo de aquí?
-He estado en otras salas de pruebas hay cientos de ellas...
Oh, Dios...
-¿Estás enferma? -pregunto y ella sacude la cabeza.
-Tuve cáncer -responde llamando de inmediato la atención.
-¿Tuviste?
Las palabras de Vanderbilt vuelven a mi mente.
«Nuestro pequeño gran éxito».
-T-tú fuiste...
-La primera -completa con una nueva sonrisa llena de un orgullo real y palpable en su rostro.
-¿Cómo sigues con vida? -pregunto llena de confusión.
-Aún me estudian -responde como si supiera que está destinada a morir una vez que eso acabe -. Deben asegurarse de que el tratamiento no tenga efectos secundarios con el paso del tiempo. Soy el sujeto más antiguo -agrega recordándome aquel argumento que mi madre intentó utilizar para terminar con los experimentos.
Ahora es más que obvio que no iba a funcionar, el mismo Centro rompe sus reglas. Mantienen aislados a sus experimentos de por vida para asegurarse de que no fallen.
Es... es incluso peor de lo que pensaba.
-¿Estas bien con ello? -pregunto y ella asiente orgullosa.
-La Ciencia es la razón por la que estoy viva.

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