53

Mi día comienza con una inesperada visita y mientras camino por los grises pasillos entre las horribles celdas que conforman el reclusorio lo único que hago es mantener la mirada fija en los horribles zapatos que me dieron mientras las cadenas que mantienen mis manos y pies atados para alentar mis pasos, tintinean mientras avanzo.

La sala de visitas está helada y solo 5 de las 10 mesas metálicas que están dentro se mantienen ocupadas. Otros 5 reclusos conversan con sus familiares y un solo Raymond Vanderbilt me espera de pie y con traje junto a la mesa que nos asignan y a la que me sujetan como a una bestia antes de recitarnos las reglas.

—Tienen quince minutos. Manténganse todo el tiempo al menos a un metro del otro. No se toquen y conserven las manos visibles en todo momento. Su visita podrá ser suspendida de incumplir alguna de las normas. ¿Quedó claro? —anuncia el malencarado oficial y cuando asentimos solo mira a Vanderbilt—. Si tiene problemas presione el botón bajo la mesa y vendremos enseguida.

—Estaré bien —concuerda el hombre dejando que el molesto policía se retire al fin.

—¿Qué puedo hacer por ti? —inquiero tan pronto se sienta a interrogarme

—Luces terrible —señala.

—Supongo que es lo qué pasa cuando llevas casi veinte días en este lugar —contesto peinando la sucia barba que he mantenido los últimos días con la yema de mis dedos.

Para el final del año quizá logre pisarla al andar por su estúpida política libre de cuchillas que, ahora que lo pienso, quizá sea lo único que me sigue manteniendo con vida.

—¿Lo disfrutas?

Bufo en respuesta.

—No, claro que no —ríe.

—¿Cómo fue tu audiencia? —inquiero.

Insoportable. Solo cientos de ellos señalando lo terrible que fui todos estos años —comenta— y recordándome lo manchadas que tengo las manos y como debo pudrirme en el infierno por todo ello...

No puedo negar nada de eso.

—¿Cuánto tiempo te dieron?

Vanderbilt se acomoda en el incómodo banco duro y helado y después carraspea la garganta como si realmente le costara seguir hablando.

—Nada, salvo una llamada de advertencia —anuncia—. Sin contar los miles de millones que comprometí a destinar para el tratamiento de los niños hasta su reinserción social... lo que quiera que eso signifique —agrega frotando el puente de su nariz.

—¿Es en serio? —alzo las cejas.

—Intentamos hacer lo mismo por ti... Foley está trabajando de la mano con los fiscales para negociar algo... en lo que a ellos concierne, únicamente hacíamos nuestro trabajo. Te aseguro que los padres de ninguno de los niños que hemos salvado de Cáncer o los miles de ancianos que hemos liberado de las manos de la Diabetes nos quieren tras las rejas. Estamos reuniendo sus testificaciones para librarte de esto.

—Pero yo maté a la niña —apunto—, bajo tus órdenes yo metí a esa niña en la bañera y la dejé ahogarse... yo lo hice.

—Estamos trabajando en ello...

—Me alegro, siempre supe que podía contar contigo. Hazme un favor y no vuelvas a aparecerte por aquí, ¿de acuerdo? —concluyo a lo que el únicamente responde apretando los puños —¡Oficial! Estoy listo para volver. No quiero ver a este hombre de nuevo.

—Hoffman... —advierte Vanderbilt.

—Se acabó. Ellos ganaron, te advertí que lo harían sin importar lo que hiciéramos y pasó. La única diferencia es que yo acabe aquí y tú vivirás una relajada vida muy lejos de aquí. ¡Te felicito, doctor! Me alegra que hayas cumplido tu sueño. Ahora lárgate de mi vista antes de que decida matarte también, ¿eh? Por que eso es lo que hago. ¡Soy un asesino! ¡¿Me oyen?! —grito atrayendo la atención del resto de los presentes en la sala—. Cuiden a sus niños, porque soy un maldito asesino de niños —agrego soltándome en risas al final cuando los oficiales llegan y me obligan a callarme mientras se llevan a Vanderbilt y me escoltan de vuelta a mi celda.

Hace bastante tiempo no dormía así de bien. Anoche por primera vez, no hubo pesadillas, no tuve dolor, no pasó nada. Simplemente silencio, calma y la oscura y reconfortante sensación de mis ojos descansando.

Me siento tan bien que me incluso me sonrío en el espejo luego de lavarme la cara. El movimiento de mi muñeca cuando me decido por colocarme una par de aretes, me hace percatarme nuevamente del código que permanece en mi piel.

«Hey, yo he visto esto antes. Yo lo tenía ¿por qué lo copiaste? ». La voz de Alison viene a mi mente de nuevo y para mi sorpresa, el tonto pensamiento esta vez consigue traer una media a sonrisa a mi boca cuando recuerdo la boba respuesta que le di ese día.

El código que nos unió y luego nos rompió en mil pedazos cuando te fuiste.

—La justicia, te queda bien, señorita Perfecta —Dylan me sorprende apareciendo detrás de mí en el espejo. Viste un elegante traje y con la espantosa barba que tenía al fin fuera de su rostro.

—Podría decir lo mismo de ti —le sonrío terminando de colocarme el par de arracadas en mis oídos y camino hacia él—. Me gusta el traje.

—Y a mí... —dice tomando mi mano para hacerme dar una vuelta y luego me da un beso en los labios—, me fascina ese vestido.

Me ruborizo cuando consigue hacerme sonreír a mitad del beso y me rehuso a separarme de él.

—Hay alguien que quiero que conozcas antes de irnos —comenta y su repentina oferta me llena de curiosidad mientras me guía de vuelta a la diminuta sala de Sarah donde ella espera ya lista para marcharnos conversando con un hombre también de traje que tan pronto se percata de mi presencia se pone de pie y me esboza una muy amable sonrisa.

—Madison Wrestler en vivo y en directo. ¿Qué les parece? —comenta el hombre cuya sonrisa me es fácil de encontrar también en el chico a mi lado cuando busco por una explicación.

—Yo... conozco prácticamente a toda tu familia así que... —explica nervioso—. Me pareció un buen momento para comenzar a presentarte a la mía —agrega extendiendo una mano hacia el hombre—. Él es Hendrick Papasavvas, mi padre.

Oh —es todo lo que consigue salir de mi boca cuando el hombre se acerca y ésta vez ya no tiemblo por miedo cuando está frente a mi sino de puro nerviosismo.

—Y tu... eres aún más hermosa de lo que esperaba —el encantador hombre me ofrece la mano y no dudo en saludarlo.

—Soy Madison —contesto.

—Oh, yo quién eres, querida. Es un placer conocerte —me sonríe apretando mi mano tanto que me hace dudar el que algún día vaya a soltarla.

—Yo... llamé a mi padre para que me apoyara con las grabaciones del juicio, ya sabes, para el documental —explica Dylan mientras se mece sobre sus pies adelante y hacia atrás de la manera más tierna posible.

—Oh, es cierto, es un director —recuerdo.

—Bueno, ahora asistente de director —bromea su padre—, cualquiera que sea el resultado será obra de mi Dylan —dice orgulloso y por primera vez puedo ver como el chico se ruboriza ante las alentadoras palabras de su padre.

Luego de eso, charlamos un poco y ambos me cuentan sus planes para que el documental sea, según sus palabras, lo más fiel a mi historia y la de Alison como sea posible, ayudándome a entender porque el día de ayer había cámaras presentes en el juicio y para cuando terminamos estoy casi tan ansiosa como ellos por ver el resultado de todo, aunque supongo que aún falta bastante para ello y en cambio me hago a la idea de que lo único a lo que apodemos aferrarnos es el hoy y cómo finalmente el Centro comenzará a pagar por todo lo que hicieron.

La sala está por reventar cuando llego.

Un sentimiento de esperanza y nerviosismo se respira en el aire y al aparecer Wen escoltado por el equipo de seguridad que lo obliga a caminar hasta el frente, el lugar entero se llena de gritos que aclaman por su fin.

Frente a mí, entre Dylan y Jane encuentro a Madison aferrada a las manos de ambos como un niño a un peluche en medio de una pesadilla. Sarah y Georgina están justo detrás de ella como si se tratara de su propia escolta de seguridad y junto a ellas, está Lainey, tan preparada como el resto de nosotros para escuchar lo que está por venir.

Nos ponemos de pie cuando la juez llega y luego nos sentamos de nuevo al recibir la indicación y casi de inmediato, como si no pudiéramos desaprovechar el tiempo para otra cosa; un miembro del jurado se pone de pie junto con Wen, Foley y Parkwell para anunciar el veredicto.

Mi pierna tiembla de ansiedad mientras todos nos tomamos de la mano como si estuvieramos dentro de una iglesia.

«Por favor, por favor que este maldito imbécil pague por todo», ruego en mi mente.

—Luego de una ardua discusión, nosotros, el jurado el jurado elegido ante la corte de San Francisco en California, hallamos al acusado: Wendell Riley Hoffman...

Una mujer de cerca de unos sesenta años de edad recita el escrito que lee desde un sobre como si estuviera por anunciar el nombre de un ganador en medio de una premiación.

Viste una falda lisa a la rodilla y una blusa estampada y floreada. Su cabello negro y rizado forma un casco en su cabeza y al observarlo mientras habla, caigo en cuenta de que pase lo que pase, nosotros siempre recordaremos a ésta mujer.

La mujer que con toda la valentía del mundo y manos tan temblorosas como las nuestras, decidió ponerse de pie en medio de toda esta gente para dictar sentencia al hombre que merece lo peor del mundo luego de haber lastimado a tantos niños y haber manipulado a tantas personas a lo largo de su miserable vida.

Porque lastimó a Jane y por Madison; por matar a una niña tan dulce e inocente como lo era Alison; esa niña que lo idolatraba, a la que se le iluminaba la cara con tan solo escuchar su nombre.

La niña que lo llamaba papá.

—... por el cargo de homicidio en primer grado de Alison Wrestler... —mi corazón se salta un latido, juro que lo hace por un segundo mientras veo como los labios de la mujer se mueven expresando el momento que habíamos estado esperando todo este tiempo.

El aire de toda la sala desaparece en un mismo aliento y entonces...

Culpable.

Exhalamos.

Exhalamos y lo hacemos junto con el grito de júbilo que sale en forma de un sollozo desde el fondo de la garganta de Madison quien finalmente rompe nuestra cadena cuando se deja ir a los brazos de su madre que la envuelven de inmediato.

—Por el cargo de secuestro de Alison Wrestler, culpable. Por el cargo de asesinato durante la comisión de un delito grave, culpable. Por el cargo de asesinato con uso de tortura, culpable. Ha sido una decisión unánime.

¡Lo hicimos! ¡Finalmente lo logramos! Todo ha acabado. Ese malnacido ahora estará tras las rejas. Ya no podrá lastimar a nadie.

Al fin dejara a todos tranquilos.

—Doctor Hoffman; ésta corte concluyó el día de hoy, en la ciudad de San Francisco, California, que usted es culpable de homicidio en primer grado por la comisión de un acto completamente inhumano basado en la necesidad de venganza bajo el nombre y la protección del Centro Global de Investigación; institución sobre la cual se estará abriendo una nueva investigación sobre la que se aplicará todo el peso de la ley y se tomaran las medidas correspondientes para su futura y pronta desintegración— anuncia la juez como en medio de un maldito sueño—. Usted, ha sido condenado a una sentencia de muerte luego de haber cumplido con una condena de doce años en una prisión de máxima seguridad y sin derecho a fianza. ¿Entiende lo que eso significa?

—Sí, su señoría —contesta el maldito hombre con toda la serenidad que puede contener luego de escuchar semejante respuesta.

—¿Tiene algo más que decir en su defensa? Si es así, puede decirlo ahora —le concede la mujer.

La ciencia es el padre del conocimiento, pero las opiniones son en realidad las que engendran ignorancia, —responde Wen.

—¿Acaba de citar a Hipócrates? —Sarah susurra y lo unico que logro hacer es burlarme de ese hombre en mi mente.

Estás bien muerto, desgraciado.

—Buena suerte, doctor Hoffman —concluye la juez—, y que Dios se apiade de su alma...




Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top