51

Cuando la conmoción comienza, mi mente me transporta una vez más al momento exacto de la muerte de Alison; su desesperación, su agonía, las palabras de Wen. Todo cruza mi mente mientras en medio del escándalo camino siguiendo al guardia que me guía al estrado.
Tiemblo con cada paso que doy y como lo hacía el doctor Hughes avanzó hacia el estrado con la mirada fija en el suelo.
Quiero correr. Quiero irme de aquí.
—Levante su mano derecha y apoye la otra sobre la biblia —me ordena un nuevo guardia al llegar. Obedezco a sus indicaciones—. ¿Jura decir la verdad y nada más que la verdad?
—Lo juro —respondo prácticamente atada de manos y éste me abre una pequeña puerta para ingresar al estrado.
—Diga su nombre y edad para el registro y tome asiento.
—Madison Wrestler —al entrar en el pequeño espacio de la silla y levantar la mirada, lo primero que encuentro es a Wen, justo frente a mí. Sonríe con su peculiar y burlona sonrisa como si estuviera seguro de que nada de lo que pueda decir nos favorecerá absolutamente en nada—. Tengo dieci... —titubeo antes de recordar que pase mi último cumpleaños en aquella sala de pruebas— tengo veinte años.
—Su señoría, es más que evidente que la señorita Wrestler no se encuentra en un estado psicológico adecuado para poder testificar —la voz del abogado de Wen me despierta de mis pensamientos mientras la mirada de su cliente me consume viva.
Luce cansado, hay grandes círculos amarillos rodeando sus ojos que le dan una apariencia como si no hubiera dormido en años.
—¡Señorita Wrestler! —cuando la juez alza la voz doy un brinco volviendo a la realidad y Wen suelta una risa burlona que me trae un nudo a la garganta de inmediato. Miro a la juez, completamente perdida.
¿Me estaban hablando? ¿Han comenzado a interrogarme?
—¿Se siente con la capacidad para responder? —repite perdiendo la paciencia.
¿Responder a qué?
—Sí...
—¿Me está preguntando? —me cuestiona cuando vuelvo a distraerme con Wen quien alza las cejas.
Te odio, te odio demasiado.
—Señorita Wrestler...
—Lo siento —me disculpo devolviendo mi atención a la estricta mujer. Ella suspira—. Estoy bien, puedo responder —su cara cuestiona mi temblorosa respuesta, pero con suerte le concede al fiscal continuar haciendo que el calvo finalmente vuelva a ponerse de pie.
—Madison, ¿quién es este hombre? —me cuestiona señalando a Wen.
Un asesino.
—El doctor Wen Hoffman —me fuerzo a responder.
Mi muñeca me duele y tengo que limpiar la sangre que ahora brota de ella en mi negro vestido.
«Debo dejar de hacer eso», pienso. «No, tienes que concentrarte, eso es lo que debes hacer».
—¿Cómo conoces al doctor Hoffman? —pregunta.
¿Cómo lo conozco? ¿Qué clase de preguntas son estas?
«¿Cómo lo conozco?»
—Mis... padres trabajan... solían trabajar para él —contesto.
¿Por qué de pronto todo resulta tan confuso?
—Solía ser un experimento y trabajaban conmigo... en mí —agrego.
—Cuando eras una niña, ¿cierto? —pregunta el hombre.
—Sí.
—Objeción su señoría, todo esto es irrelevante —Chance Foley se pone de pie.
—A lugar —dice la juez—. Señor Parkwell por favor, ahórrenos tiempo conocemos su historia.
—Sí su señoría —responde el fiscal—. Madison, ¿qué hacías en el Centro Global de Investigación?
El solo pensar ese horrible lugar me provoca escalofríos y de pronto me encuentro buscando por el rostro de Sarah entre todos los presentes.
—Fui utilizada como sujeto a prueba —contesto cuando al fin la localizo e imagino que solo charlo con ella.
—¿Te realizaban pruebas?
—Sí.
—¿Con que frecuencia?
—Diariamente —contesto—, en algunas ocasiones hasta dos o tres veces al día.
—¿Eras la única presente al momento de realizar las pruebas? —pregunta.
—No.
—¿Quién estaba contigo?
—Lainey —respondo—. Era otro experimento.
—¿Una niña?
—No.
—¿Qué edad tenía? —inquiere.
—Quizás un par de años más que yo —me encojo de hombros.
—¿Tenía seis años?
—No.
¿No acabo de decir que era mayor?
—¿Puedes afirmar que era mayor de siete años?
—Sí —confirmo.
Foley murmura algo y entonces Wen sacude la cabeza distrayéndome una vez más.
—Madison, ¿estuviste presente en la prueba que culminó con la muerte de Alison?
Wen fija sus ojos azules en los míos antes de levantar las cejas como si estuviera retándome a hablar sobre lo que paso.
—No era una prueba, él quería matarla —replico, mi voz temblando por el nudo enorme que me comprime la garganta.
—¿Estuviste ahí? —me repite.
—Sí —respondo desviando mis ojos de Wen hasta el señor Parkwell—. Él me obligó a observar todo —concluyo utilizando las mismas palabras que usó el doctor Hughes antes de mí.
—¿Puedes contarnos qué fue lo que sucedió ese día? —trago saliva y las lágrimas comienzan a salir de mis ojos antes de que siquiera consiga hablar.
—Sí —me obligo a responder y cuando encuentro el rostro del fiscal, me fuerza una sonrisa antes de asentir para cederme la palabra.
—Yo estaba sujeta a una silla dentro de una sala de pruebas cuando Wen entró —comienzo—; había una bañera llena de agua y máquinas de monitoreo que pensé que utilizarían en mí como ya lo habían hecho antes, pero en cambio él se acercó y solo comenzó a hablar conmigo.
—¿Qué fue lo qué te dijo? —añade Parkwell.
—Que habían encontrado un rastreador dentro de Alison y me lo mostró —respondo—. Dijo que la Asociación nos había encontrado y estaban en camino a sacarnos de ahí y terminar con el Centro —las lágrimas escapan de mis ojos—. Pensé... pensé que iba a matarme, pero él me dijo que eso no sería suficiente y luego, entro ella —mi voz tiembla y de alguna parte de la sala escucho un sollozo.
—¿Qué pasó después? —pregunta el fiscal luego de unos segundos en que les doy oportunidad a todos de procesar la información.
—Wen le dijo a Alison que iban a darle un baño y ella estaba muerta de miedo porque ella odiaba que le hicieran eso. Yo noté que había estado llorando y como el código estaba devuelta en su muñeca, y yo le rogué a Wen que no la lastimara, ambas le suplicamos —lloro—. Después un grupo de médicos la tomaron y la prepararon colocándole unas pesadas polainas mientras ella gritaba por ayuda y yo suplicaba que se detuvieran —me limpio las lágrimas en un intento por detenerlas, pero al limpiar una otras cinco salen en respuesta—. Me callaron poniendo una clase de esponja en mi boca que absorbía mis gritos y el doctor Hoffman le ordenó a la niña que dejara de llorar antes de darle una descarga eléctrica, justo aquí —me toco el cuello.
«¡Maldito asesino!»
«¡Merece morir!»
«¡Púdrete en el infierno!»
Cientos de insultos hacia Wen comienzan a surgir entre la audiencia y a pesar de que soy incapaz de ver de donde provienen, la sala se convierte de pronto en un auténtico circo.
Golpes resuenan a mi lado.
—¡Silencio! ¡Orden en la sala! —los gritos de la juez sobre el sonido de su pequeño martillo de madera detienen el escándalo—. Les recuerdo que el público debe permanecer en silencio. Volveré esta audiencia privada si alguien osa volver a interrumpir —agrega molesta y llena de autoridad—. Señorita Wrestler, puede proseguir —la juez Rodham me devuelve la palabra—. Lo estás haciendo muy bien —agrega y por un momento sus palabras provocan que mi mente divague.
¿Tiene hijos? ¿Cómo los consuela cuando lloran? ¿Les canta antes de ponerlos a dormir? ¿Los abraza?
—Cuando el doctor Hoffman dio la orden y la metieron en la bañera, yo intente rehusarme a ver la escena, pero Wen él me forzó a observar mientras narraba todo lo que pasaba con su cuerpo y me repetía que todo era mi culpa —lloro—. Hasta que después de cinco minutos de tortura, su corazón al fin se detuvo y luego de sacarla del agua... nadie hizo nada para salvarla.
—Gracias Madison —me murmura el señor Parkwell entregándome un pañuelo y después mira a la juez—. Ahí lo tienen. Es todo por mi parte, su señoría —agradece el hombre regresando a su lugar al igual que yo, antes de que Chance Foley decida aparecer frente a mí.
¿No he terminado?
—Madison, ¿puedes mostrarnos a todos tu muñeca izquierda, por favor? —dice.
Temblando, me fuerzo a mostrársela cuando comienza a interrogarme y mientras el abogado la observa con detenimiento y una escalofriante sonrisa en el rostro. La piel se me pone como de gallina.
—¿Puedes leer para nosotros la inscripción que tienes ahí? —me cuestiona—. En voz alta.
—E ciento cincuenta —respondo.
—E ciento cincuenta —repite—. ¿Sabes lo que significa eso?
—Es mi código de experimentación —contesto.
—Es correcto —me dice antes de darme la espalda y luego dirigirse al jurado—. Experimento ciento cincuenta; en su muñeca tiene inscrito un código de experimentación —repite—. Previo a que se le encontrara en el Centro, esta señorita... —agrega acercándose a la mesa donde está Wen y toma unas carpetas para entregarle una a la jueza y otra al fiscal Parkwell—. Recibió una dosis diaria de Adesomextrion por un período de ochenta días. Para quienes no sabían, ésta sustancia es una droga experimental que afecta principalmente al hipotálamo; la parte del cerebro encargada de almacenar las memorias y crear recuerdos. Dicha sustancia provoco efectos adversos en el cerebro de Madison, provocándole lo que conocemos como un accidente isquémico transitorio el cual afortunadamente fue detectado a tiempo y así se logró prevenir un daño permanente en su cerebro, siendo el hipotálamo el único que resultó ligeramente afectado; esto le trajo alucinaciones y en repetidas ocasiones severos ataques de ansiedad que provocan que inconscientemente se lastime a si misma; lo cual claramente pueden notar en lo lastimada que está la piel que rodea el código en su muñeca.
Me miro la muñeca de nuevo y luego al odioso abogado con nuevas lágrimas de frustración saliendo de mis ojos, cuando al frente, Wen esboza una estúpida sonrisa de satisfacción.
—Su señoría, respetable jurado —enuncia el hombre—, el testimonio aquí presentado de Madison Wrestler no puede, ni debería, ser utilizado como evidencia contra mi cliente puesto que la capacidad mental de la individua se había visto gravemente comprometida previo al suceso por el cual se acusa al doctor Hoffman.
—No —murmuro, pero no lo suficientemente bajo como para que no logren escucharme—, ¡está mintiendo! —agrego—. ¡Eso es lo que hacen, eso...
—Señorita Wrestler —me interrumpe la juez cuando rompo a llorar frente a todos—, ¿puedo ver su muñeca?
—Yo...— titubeo limpiando de nuevo mi mano como si eso fuera a regenerar mi piel por arte de magia y luego me fuerzo a mostrarsela.
Hay una expresión de sorpresa en su rostro cuando la mira que me rompe el corazón.
—Por favor —le suplico antes de que ella logre decir cualquier otra cosa, pero mis suplicas terminan siendo ignoradas y ella se limita a hacer su trabajo.
—Lo siento —se asegura de decirme antes de dirigirse al resto de los asistentes—. El jurado deberá omitir las declaraciones de parte de esta testigo en contra del acusado.

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