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Cuando era niño, solía tener un perro al que amaba más que a mi vida entera; su nombre era Póker y era el mejor perro del mundo.
Un día estando en el parque, Póker escapó persiguiendo a una estúpida ardilla; yo tenía unos nueve años cuando eso pasó, pero al ver a la bola de pelos alejarse cada vez más de mí, mi corazón se hacía añicos.
Por cerca de un mes entero después de eso salí todos los días en busca de mi perro. Mis padres y yo pegamos anuncios por todo el vecindario y ofrecimos una gran recompensa por mi pequeño amigo que parecía que nunca encontraría de nuevo; se sentía imposible, sin embargo, para mi sorpresa; un día al llegar de la escuela y entrar a mi casa, Póker estaba a los pies de la escalera; bañado y con el pelo perfectamente esponjado como si jamás se hubiera marchado.
Mi corazón se saltó un latido al verlo ese día y mis ojos se llenaron de lágrimas mientras corría a su encuentro.
Mis padres tomaron una foto de ese precioso momento; de mi sonrisa llena de sorpresa y mis ojos completamente cristalizados por la emoción que desbordaba ese día.
Al día de hoy la foto aún sigue colgada en una de las paredes de mi apartamento y el recuerdo consigue hacerme sonreír cada que regresa a mi mente.
Esa misma sensación multiplicada por mil debe ser la que Madison y su madre experimentan en estos momentos y aunque no se comprara en nada a lo que viví, si puedo entender las decenas de emociones que están experimentando mientras lloran aferradas una a la otra.
Yo perdí a mi perro por veintisiete días; ellas se perdieron veinte años de sus vidas.
Ambas han sufrido bastante y es reconfortante que finalmente vayan a tenerse la una a la otra. Superarán esto de la mejor manera posible; lo enfrentarán juntas y eso vale más que cualquier otra cosa que nosotros podamos hacer.
Luego de lo que se sienten como horas. Nos sentamos a la sala y charlamos como lo haría
cualquier grupo de personas que acaban de conocerse hasta que anochece y cuando al fin nos despedimos Jane hace la pregunta que había esperado escuchar de su boca toda la tarde.
—¿Cuál es el plan para mañana?
—Nos reuniremos todos en la corte en punto de las diez de la mañana —anuncia Levy.
—Yo... jamás he estado en un juicio —confiesa la mujer.
—Bueno, si decides asistir —informa Clarisse—. El fiscal y probablemente también el abogado de Wen, te llamarán para testificar frente a un jurado y te harán unas cuantas preguntas con el objetivo incriminar a Wen y así poder esclarecer lo que sucedió con Alison.
—¿Cómo sé que no empeoraré las cosas? —pregunta.
—Porque tú también fuiste una víctima de Wen —respondo.
—Exacto —Levy me da la razón—. Tu simple presencia podría ser suficiente para incriminarlos. Lo que te hicieron pasar, todo es prueba de lo que desafortunadamente culminó en la muerte de Alison.
Los ojos de Madison se cristalizan al escuchar su nombre y mi corazón se estruja junto con el de ella.
—¿No podría incriminarme a mí misma?¿Por todos los acuerdos que incumplí?
—No eres tú quien está en juicio Jane, es el hombre que... ya saben.
—Te necesitan —agrega Madison esta vez.
—Las necesitamos —la corrijo.

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