48

La casa de Sarah es diminuta, pero eso sólo le brinda la mejor oportunidad para volverse el lugar más acogedor del mundo.

Solía venir aquí todo el tiempo cuando era pequeña. Sarah y yo horneábamos galletas luego de cenar y después jugábamos largas partidas de Monopoly o nos acurrucábamos en el sofá de la sala a ver cientos de aburridas películas u hablábamos de lo que fuese.

Era el lugar en el que podía permanecer en pijamas todo el día si quería o atiborrarme de dulces antes de dormir sin que nada más importara.

Me encantaba venir aquí.

—Eso fue asqueroso —la mueca en el rostro de Sarah me hace romper en carcajadas mientras en la pantalla frente a nosotros una repetición del beso entre Freya Patterson y Chad Quandt en Kiss & Tell amenaza con hacernos vomitar.

—Vamos, tiene que decir que eso es lo peor que ha recibido en su vida —digo acurrucándome de vuelta a su lado.

Ese debió haber sido uno de los mejores besos que he recibido en mis años de trabajo —la actriz comenta frente a la cámara al tiempo que alguien toca el timbre de la entrada que hace que un millón de campanas resuenen por toda la casa.

—¡¿Qué?! ¡Esto de ser una broma! —Sarah exclama cuando no tiene otra alternativa más que pararse a atender.

—...Realmente creo que la química entre nosotros dos es grandiosa y sería interesante...

Divido mi atención entre la mentirosa actriz hablando desde el televisor y Sarah que desaparece al salir cerrando la puerta detrás de ella.

—Hacen una terrible pareja —digo a la televisión como si realmente me pudieran escucharme cuando Chad Quandt decide reemplazar a la pelirroja—. ¡Sarah, tienes que escuchar esto! —la llamo antes de meter a mi boca un puñado de las palomitas que tengo entre mis piernas.

Definitivamente no hubo nada de química —el hombre se sincera mientras una vez más repiten el beso en el barato programa—. Había saliva por todas partes. Fue como besar a un Retriever, jamás funcionaríamos como pareja —agrega.

—¡Es un rotundo NO! —el público canta haciendo que la fotografía de los actores dentro de un pequeño corazón se rompa en millones de pedacitos.

—¡Sarah tienes que escuchar esto! —la llamo cuando escucho la puerta cerrarse y cuando me giro para buscar por ella la expresión de su rostro es completamente diferente al volver y luego la mía también cambia cuando Dylan entra detrás de ella.

Ha cambiado bastante. Su cabello está más corto y ha perdido gran parte de los músculos que solía tener en los brazos como si alguien los hubiera succionado fuera de su cuerpo, y se ha dejado un poco de barba que le da un aspecto descuidado y como si acabara de dejar la cama.

—Hola —saluda nervioso y yo apago de inmediato la televisión antes de ponerme de pie.

Él... tiene algo importante que decirte —Sarah me explica sin quitarle la vista de encima al chico que casi le dobla el tamaño.

—Yo no...

—Quizás quieras escucharlo... —sugiere y cuando Dylan únicamente mira al suelo, me rindo señalando el sofá frente al que estaba y pasa a sentarse, por suerte, Sarah no me abandona y decide acompañarnos.

—¿Qué sucede? —pregunto comenzando a ponerme nerviosa ante la expresión en el rostro de ambos.

—Escuché que ahora sabías lo de Jane y yo... —Dylan comienza—. Recién vengo de visitarla. Acaban de darle el alta del hospital donde estaba y...

—Yo no sabía que estaba en un hospital —digo antes de mirar a Sarah esperando por una explicación. Ella solo se encoge de hombros.

—Oh, pues... está mejor, ahora —comenta el chico que al fin se decide por mirarme.

—¿Qué le sucedió? —pregunto.

—Ella también estaba en Centro y... necesitaba ayuda —contesta.

¿Qué estaba haciendo en el Centro? ¿Por qué...?

—Bueno, me alegra que ahora esté bien —digo cuando no parece tener intenciones de darme mayor información.

, quiere verte —anuncia de golpe y ello me toma por sorpresa.

—Yo no... —titubeo.

—Lo sé y fue lo que yo intenté decirle, pero... —suspira y al levantar la mirada finalmente conecta con la mía—. Esperábamos que ella testificara para nosotros mañana en el juicio de Wen y se rehusa a hacerlo hasta no asegurarse de que tú no correrás peligro si ella habla.

Como pasó con Alison... —comento y tan pronto como la menciono reconozco el mismo dolor que yo siento al pensar en ella, en sus ojos.

—Sí —me concede la razón—. Como pasó con... ella.

—¿Tú piensas que debería hacerlo? ¿Ir a verla? —inquiero.

—Honestamente, no pienso que debas hacer nada —contesta—. ¿Tú quieres hacerlo?

Exhalo y luego río de nerviosismo ante la encrucijada en que me deja.

La verdad es que me encantaría quedarme en este sofá mirando el tonto programa de televisión que veía hace un momento sin tener que pensar en nada más, pero se exactamente que eso me va a llevar a ningún lado y quizá pase el resto de mi vida preguntándome que hubiera pasado si hubiera accedido a ir con ella.

Así que una hora después, estamos de camino a su casa y mientras Dylan intenta concentrarse en el camino mi mente no deja de dar vueltas sobre lo qué pasó en su vida mientras yo ya no estaba en ella y en un desesperado intento por distraerme de lo nerviosa que me siento en este momento, me atrevo a iniciar una nueva conversación con él.

—Levy dijo que... Alison vivió un tiempo contigo mientras no estuve, ¿eso fue cierto? —trago saliva al preguntar y él me mira por un instante antes de asentir.

, sí fue cierto —contesta dejándonos de vuelta en el terrible e incómodo silencio que manteníamos desde que dejamos la casa de Sarah y luego recuerdo aquella ultima conversación que tuve con Alison.

—Gracias —le digo—. Por cuidar de ella... creo que le gustaba estar contigo.

Ante mi señalamiento lo veo esbozar una sonrisa y luego noto como se apresura a limpiar una lágrima que consigue dejar sus ojos mientras continúa manejando.

—A mi también me gustaba estar con ella —contesta—, era una niña especial.

—Sí, lo era —coincido ahora también con un fuerte nudo en la garganta—. Sabes, ella... me enseñó la canción —agrego cuando nos detenemos en un semáforo y él vuelve a mirarme.

—¿Estuviste con ella? —pregunta y ésta vez me fuerzo asentir.

—Ella cantó la canción —le digo—, sobre el arcoíris, los pájaros y las chimeneas... es una linda canción.

—Sí... ella no dormiría hasta que no me obligara a cantarla —ríe a pesar de que puedo notar como hace hasta lo imposible por no romper a llorar ante el recuerdo que seguro le viene a la cabeza.

—Creo que era muy dulce que lo hicieras, también el que le compraras esos pastelillos en el trabajo, la hacías sentir que la querían y eso realmente fue especial —termino llorando y ante ello él me fuerza una sonrisa cuando las lágrimas también comienzan a salir de sus ojos.

—Tenía pésimos gustos —dice—. Esos pastelillos eran horribles...

Me río ante su aclaración y mientras ambos nos distraemos en sus adorables memorias, el auto de atrás nos recuerda que el semáforo cambió de luz.

Mierda, olvide por completo que estaba manejando —Dylan se limpia la cara y entonces continuamos avanzando.

La puerta de la casa se abre casi de inmediato cuando llegamos y nos recibe una muy entusiasmada Clarisse Blanchard que nos invita a pasar sin titubear.

—Es muy bueno verte, Madison —me dice—. Adelante, te estábamos esperando.

Le fuerzo una sonrisa en respuesta y una vez que estamos adentro, me aferro a la mano de Dylan como una niña, mientras me guían hasta la sala donde finalmente obtengo el primer vistazo de la espalda de mi madre.

Levy me sonríe desde el sofá frente a ella y cuando pienso en salir corriendo, Dylan aprieta mi mano que sostiene y luego me musita la frase «tú puedes».

—Señora Odwin... —Levy extiende una de sus manos para señalarme cuando reúno el coraje suficiente para avanzar y la mujer de no duda en girarse para mirarme.

Me petrifico cuando se pone de pie y al verla recibo la sensación de estarme mirando reflejada en un espejo mientras ella me observa como si no pudiera creer lo que esté frente a ella.

—¿Realmente eres tú? —pregunta cubriendo su boca al sorprenderse tanto como yo.

Una emoción indescriptible me llena por dentro al escucharla y de pronto me siento como si volviera a ser una niña; una pequeña de cuatro años que tras haberse perdido y haber deambulado asustada toda su vida. Finalmente ha logrado reencontrarse con la persona que había estaba buscando todo este

tiempo.

Recuerdo absolutamente nada de esta mujer. Su voz no hace que una campana tintinee en el fondo de mi cabeza, ni tengo una imagen de su rostro grabada en mi mente del día que nací.

En cambio, cuando la veo, me es difícil imaginar que la mujer frente a mí se haya planteado que entregarme a Wen era una buena decisión, que haya sido tan incrédula como para creerse toda la sarta de mentiras que le dijo para hacerla cooperar, que no se hubiera dado cuenta antes de que estaba siendo manipulada.

Algo dentro de mí desearía con todas mis fuerzas encontrar siquiera una pequeña pizca de odio o rencor hacia ella, de encontrar la manera de reclamarle por haberme dejado a merced de todos ellos; pero nada consigue llegar a mi mente y en cambio la idea de que la mujer frente a mí es tan víctima como yo en medio de todo esto, se abre paso en mi mente y lo compruebo con la manera en que sus ojos brillan de emoción, en la forma en que —como yo— tiembla, y el modo en que me mira intentando convencerse de que realmente estoy aquí.

—Ella es Madison —revela Levy—. Madison, ésta es Jane... tu madre.

—He soñado contigo toda mi vida —su voz se rompe mientras se acerca y en sus muñecas encuentro unas marcas rojas que me recuerdan a la manera en la que lucían las mías luego de terminar alguna prueba donde me restringían a la silla para impedir que me moviera; a lo lastimada que lucía mi piel tras haber luchado contra los cinturones con los que me sujetaban a la silla, o la cama o a donde se les ocurriera atarme para después lastimarme.

—Lo siento tanto —llora.

—Lo sé —admito con mi voz también hecha pedazos, y así, sin necesitar decir nada más, ella me envuelve en un abrazo del que mi instinto me suplica que me libere, pero mi cuerpo se rehúsa a hacerlo y en cambio, terminó devolviéndolo sin dudar.

En sus brazos, su aroma me remonta a un día de primavera, como si pudiera estar de pie en medio de una pradera repleta de flores de miles de fragancias diferentes que impregnan mi nariz haciendo despertar cada uno de los sentidos de mi cuerpo.

Mi madre, huele al primer día de primavera.

Su abrazo da la sensación reconfortante de un millón de cobijas cubriéndome mientras me

siento frente a la chimenea en un helado día de nieve con un libro a mi lado y un chocolate

caliente entre mis manos.

Se siente bien, se siente increíblemente bien.

Jamás hubiera podido imaginar que llegaría a sentir algo como esto. Éste sentimiento que desearía que no desapareciera nunca. Podría quedarme así por siempre, en los brazos de esta mujer que a pesar de ser una extraña de pronto logra proveerme tanta paz; ésta mujer que finalmente me da la certeza de que en efecto, todo va a estar bien y me da el alivio de saber que mi tormenta al fin ha terminado.

Está temblando, puedo sentir cada fibra de su cuerpo estremecerse mientras llora entre mis brazos y sus lágrimas me empapan el cuello, pero a pesar de todo, me sostiene con fuerza; como si quisiera romperme en mil pedazos, y la verdad es que no me gustaría que lo hiciera de otra manera.

—Lo siento, lo siento mucho —llora recordándome la manera en la que yo lloré aferrada al cuerpo de Alison cuando murió. La forma en que suplicaba por su perdón tras no haberla podido salvar; por no haberla protegido como debí de haber hecho.

¿Hubiera hecho lo mismo por mí como yo lo hice por Alison? ¿Sintió lo mismo que yo sentí cuando Alison murió el día que me arrebataron de sus brazos?

—Perdóname por haber dejado que te lastimaran —llora en una clase de Déjà vu.

—Está bien. No es tu culpa —las palabras salen del fondo de mi corazón y por más que me hubiera costado aceptarlas en el pasado, sé que están llenas de verdad—. Estoy aquí —la tranquilizo utilizando exactamente las mismas palabras que Sarah me ha repetido todo este tiempo—. Estoy aquí y no pienso irme a ningún lado.

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