40

Algo me despierta de golpe y cuando abro los ojos, todo aún es oscuridad.
Me giro sobre mi costado encontrando la radiante luz de mi despertador sobre el tocador que marca las tres de la mañana y cierro los ojos para intentar volver a dormir cuando el ruido se repite.
-¡Alto! -un grito me acelera el corazón-. ¡Alto! ¡Alto!
De un brinco me levanto y salgo de la habitación lo más rápido que puedo para ir al encuentro del grito de auxilio que me llama desesperado.
-¡No! ¡Por favor! ¡Alto! -los llantos se vuelven más intensos.
Avanzo lo más rápido que puedo y tengo que armarme de valentía cuando las manos me tiemblan al abrir la puerta, pero consigo liberar la tensión cuando la encuentro sola.
La luz de la luna entra por la ventana y sus cortinas la alaban en el interior por la brisa que entra de afuera mientras ella llora hecha un ovillo en la cama.
Prendo la lámpara de noche que esta sobre su buró y cuando ilumina mejor la habitación la encuentro dormida, temblando y con la cara empapada entre una mezcla de sudor y lágrimas.
-¡Alto, por favor! -chilla y mi corazón se rompe cuando son las primeras palabras que escucho salir de su boca luego de tanto tiempo.
-Maddie -susurro quitando con cuidado el cabello que tiene hecho un desastre sobre su cara.
-Alto -balbucea y no puedo siquiera imaginar lo que ella ve en sus sueños que la tiene tan angustiada.
-Estás bien -le digo acariciando su brazo que es tan suave como la piel de un recién nacido-. Despierta, Madison... estás bien. Estoy aquí.
Como si hubiera encendido un interruptor, sus ojos hermosamente verdes se abren y en cuanto me encuentra frente a ella contrario a lo que creía que pasaría, su cuerpo se pone rígido bajo mi tacto.
-Tranquila. Estás bien, cariño -susurro limpiando sus lágrimas-. Estás bien -le repito-. Estás en casa y a salvo -digo a pesar de que su reacción me hace querer romper a llorar-. Yo solo pensé que querrías despertar de ese mal sueño -me disculpo suspendiendo el contacto con ella que al fin logra destensar su cuerpo.
-¿Quieres....? ¿Quieres que te consiga algo que te ayude a calmarte? Puedo darte algo para ayudarte a dormir -le digo antes de ponerme de pie.
Sus enormes ojos siguen cada uno de mis movimientos.
Aun viste la misma ropa que traía en el laboratorio; el clásico conjunto blanco que visten todos los experimentos.
No ha habido poder en la tierra capaz de sacarla de su cama en los cuatro días que ha estado de vuelta. No ha dicho una palabra de manera intencional y apenas toca la comida que Sarah se esmera en prepararle todos los días.
Está devastada y me destruye no poder hacer nada para que se sienta mejor.
-Iré a traerte algo, ya... ya vuelvo -le indico antes de salir de la habitación y prácticamente vuelo de vuelta hasta mi cuarto.
Entre mis cajones busco por las píldoras de calmantes que Sean me consiguió para ayudarme a dormir luego su desaparición y tomó una para ella antes de llenar un pequeño vaso con agua para ella.
Cuando regreso a la habitación, está en el mismo lugar que la deje, no se ha movido siquiera un centímetro y cuando me ve entrar todo lo que hace es mirarme.
-Toma -le ofrezco la píldora acercándome con cuidado-. Te ayudará a calmarte -le digo, pero ella continúa sin moverse-. Tómala -insisto y ella obedece como un soldado que cuando levanta la mano para tomar la medicina me deja ver su código.
La horrenda cifra ha vuelto a su muñeca izquierda entre una piel completamente destrozada. Ella nota que lo observo y en cuanto puede, esconde la mano detrás de su espalda.
-No voy a lastimarte -le repito ofreciéndole el vaso de agua que finalmente toma para poder tragarse la medicina.
-Eso es -sonrío-. Ahora vuelve a la cama.
Me hago a un lado y ella obedece hasta recostarse de nuevo.
-Respira -digo sentándome a su lado cuando su rostro aún se muestra afligido y por un pequeño momento siento que reconecto con ella cuando logro ponerle un mechón de cabello detrás de su oreja y ella no se encoge. De hecho no hace nada más.
-Ya no pueden lastimarte, Maddie -digo acariciando su cara para arrullarla y lo cierto es que se tranquiliza tan pronto que sus párpados se rehusan a quedarse abiertos, sé que quizá todo sea efecto del sedante, pero el hecho de que me permita estar con ella luego de tanto tiempo, me llena de alivio.
-Estas a salvo -le repito cuando sus ojos se cierran rendidos.
Una vez que esté dormida, tomo con cuidado su muñeca que intentaba esconder bajo la almohada y lo observo:
e-150.
El código marcado perfectamente en color negro sobre su piel es horrendo y me provoca escalofríos de tan solo pensar en todo por lo qué pasó luego de que lo volvieran a trazar sobre su delicada piel.

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