38

Estamos de vuelta cuando recupero la conciencia.
De vuelta en la enorme casa que solía llamar hogar.
Mi enorme cama solo me envuelve a mí y la mayor parte de la habitación está vacía a falta de las cosas de Sean y mías.
Algo me pincha el estomago y la tristeza de mi pérdida amenaza con apoderarse de mi cuando ya no encuentro el pequeño bulto en ella, pero hago todo lo posible por evitar que lo logre.
No puedo ceder ante el dolor...
No ahora.
Me paro como puedo de la cama. Me pongo la bata de seda que espera por mí sobre el taburete a los pies de la cama y luego finalmente me dispongo a salir.
Camino lento y aunque el dolor aún es constante, no me detiene.
Escucho voces y el sonido de los cubiertos golpeando contra los platos que alguien utiliza para desayunar desde el momento que piso el corredor.
-¿Los flamingos? -escucho la voz irreconocible de una mujer cuando me acerco a las escaleras.
-Sí, pasan la mayor parte de su vida en una pata y son de un color rosa completamente empalagoso -es Levy quien habla esta vez.
Avanzo un escalón a la vez aferrada al barandal como si fuera la primera ocasión que bajo por una escalera.
-Deberían considerar llevarla a un zoológico, hay toda clase de animales ahí.
Sarah.
Reconozco su voz de inmediato.
¿Ha vuelto?
Apresuro el paso cuando la curiosidad me impulsa a hacerlo y cuando al fin consigo llegar al primer piso, los encuentro a todos en el enorme comedor.
Levy. Dylan. Clarisse. Sarah y junto a ellos está una joven. Una chica muy delgada y de cabello café que de inmediato hace que mi corazón quiera saltar de mi pecho.
-¿Madison? -la llamo dispuesta a correr y abrazarla, pero cuando levanta la mirada de su plato su rostro es completamente distinto. Esta chica tiene la nariz más que respingada, los labios delgados y el verde que recuerdo de sus ojos se ha oscurecido.
Esa no es mi hija...
-Georgina, has despertado... -Clarisse se pone de pie para recibirme al igual que Sarah.
-Ven aquí Gina, acompáñanos -la segunda madre de mi hija me toma del brazo y con delicadeza me guía hasta la mesa donde ahora ya abunda un silencio lleno de lástima, mientras la chica que no es Madison me mira esperando no se que cosa.
-¿Cómo estás? -Clarisse se sienta junto a mí.
-¿Mi hija...? -pregunto antes que nada.
-La tenemos -sonríe-. La recuperamos y está bien.
Suspiro de alivio.
-Sí, bien -Dylan llama de inmediato mi atención.
-¿Q-qué? -lo cuestiono y Clarisse suspira en respuesta.
-Está conmocionada, eso es todo; pasó por mucho pero... le estamos dando toda la ayuda que necesita, ¿de acuerdo?
No entiendo nada y la confusión solo logra empeorar todo.
-¿D-dónde está?
-En su habitación. Creímos que le haría bien regresar a su propio espacio para comenzar a readaptarse... por eso estamos aquí -explica y esta vez me limito a asentir cuando una nueva punzada en el vientre me molesta.
-¿Te sientes bien? -Sarah me cuestiona una vez más.
-Es solo un poco de dolor -asiento antes de mirarla-. ¿Volviste?
-Lo hice -sonríe -. Es bueno estar de vuelta. Te preparé algo para que comas.
Cuando se levanta enfrento a la extraña chica que aún me mira y no puedo evitar sentirme incómoda pero antes de que las preguntas consigan salir de mi boca... alguien más viene a mi mente.
-¿Alison...?
Un suspiro se escucha más que fuerte en medio del bullicio en la mesa y Dylan se pone de pie recogiendo sus platos en un claro intento por escapar de la conversación.
Debe estar sintiéndose terrible y debo una enorme disculpa. Primero, lo obligo a sentirse responsable de ella y luego lo orillo a dejarla ir, ¿para qué? ¿Para que terminará muerta?
-La fiscalía está examinando el cuerpo para recabar evidencia de cómo fue que murió.
Suspiro cuando la respuesta me revuelve el estomago, y entonces, una nueva pregunta viene a mi mente.
-¿Ella lo...? -inquiero.
-No sabemos -confiesa Levy-. No ha dicho ni una palabra desde que la encontramos. Estamos dándole tiempo de procesar...
Un fuerte ruido interrumpe la conversación y nuestra acompañante se ruboriza cuando toda nuestra atención recae sobre ella luego de haber dejado caer con torpeza los cubiertos sobre la porcelana.
-Son resbaladizos -comenta con un fuerte acento británico que me recuerda al mismísimo Hoffman cuya presencia estoy más que segura no quiero jamás de vuelta en este lugar.
-¿Quién eres tú? -pregunto.
-Lainey -contesta eufórica.
-Ella... estaba con Madison -agrega Clarisse cuando la miro esperando una explicación-. Te explicaré todo después, ¿de acuerdo?
La extraña chica continúa comiendo como si no le importara en absoluto que hablemos de ella y mientras la observo hacerlo, no puedo evitar notar el código en su muñeca que de inmediato, me obliga a cerrar la boca.

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