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Seguimos las instrucciones del médico sin saber en realidad en qué sentido caminamos por los pasillos mientras buscamos desesperados entre las miles de puertas la que esté marcada con el numero doscientos quince.
-¿Estás bien? -pregunto a Dylan que camina con la mirada perdida como un robot y con la quijada tan tensa que casi parece estar hecha de piedra.
-Ya quiero largarme de este lugar -contesta cortante apretando los puños ante los llantos desesperados que provienen de algunas de las habitaciones que dejamos atrás.
Mi madre, quien nos sigue, habla con los oficiales que nos acompañan acerca de como deberán resguardar a los experimentos y como es que la Asociación intervendrá para brindarles su protección.
Los blancos pasillos están completamente desiertos y no encontramos siquiera a un médico en todo el maldito lugar.
-¿Cómo vamos a decirle? -Dylan hace la pregunta que a toda costa he intentado no hacerme.
¿Cómo le explicaré que la encontraron por mi culpa?... Que la niña está muerta a causa de mis malas decisiones
Cuando menos lo noto, los dormitorios alcanzan el número 200 y entonces siento una adrenalina increíble recorrerme el cuerpo, como esa que sientes mientras esperas en la fila antes de montarte en una montaña rusa.
-Aquí es -anuncia mi madre.
Hay un lector de tarjetas que está rodeado por una luz roja junto a la horrible y metálica puerta marcada con el número 215. Con las manos temblorosas sacó la credencial que me entregó el médico y miró a Dylan hecho todo un manojo de nervios antes de que la puerta emita un corto zumbido y la luz se torne de color verde.
Así de fácil, estamos dentro.
Tomo todo el aire que mis pulmones son capaces de contener y empujo la puerta que sin inmutarse nos abre el paso hacia el interior y en medio de un silencio que por poco me hace sentir que no hay nadie en dentro; la encuentro sentada sobre una de las pequeñas camas en la habitación, vestida con su uniforme blanco y la mirada fija en nosotros.
-Madison -exhalo al borde del labor llanto cuando finalmente la encuentro viva.
-¡¿Dónde está?! ¡Oh, Madison! -Dylan entra a la velocidad de la luz, pero lo jalo de vuelta por la playera que viste al notar que ella se sobresalta en el momento que él intenta acercarse.
-¡¿Que mierda?! -Dylan se gira dispuesto a proporcionarme el peor golpe que haya recibido jamás y en respuesta yo únicamente asiento hacia Madison.
-Está conmocionada -anuncia mi madre cuando decide acompañarnos.
-Madison, estamos aquí. Soy Levy, ¿me recuerdas? -intento acercarme pero ella lo único que hace es mirarme aterrada.
-¿Quiénes son ustedes?
Una voz ajena a cualquiera que pueda reconocer, me detiene de decir algo más y cuando miro hacia la otra cama encuentro a una segunda chica.
Viste la misma ropa que Madison y tiene la piel tan pálida como la de Alison. Está de pie en una esquina de la habitación junto a un librero repleto de cientos de libros que parece haber estado acomodando.
Su actitud es completamente distinta a la de mi amiga y puedo notar como nos mira con cierta curiosidad.
-Uhm... yo... eh... mi nombre es Levy y... Madison que continúa sin reaccionar.
Debería de ser ella con quien tendríamos que estar hablando...
-Mi nombre es Clarisse Blanchard, nosotros.... -mi madre continúa cuando yo soy incapaz de hacerlo-. Hemos venido por ustedes.
Una expresión de sorpresa se dibuja en la cara de la chica.
-¿Son... del exterior? -susurra la chica y su pregunta me hace fruncir el ceño.
-Sí, ¿cuál es tu nombre? -pregunta mi madre.
-Al... Lainey -titubea-. Me llamo Lainey.
-Muy bien, Lainey. Se que todo esto parece abrumador, pero puedes confiar en nosotros, hemos venido en especial por ustedes -mi madre habla con ella como si ya hubiera estado enterada de su existencia mientras Madison continúa inmóvil sobre la cama.
-Lo sé -ella contesta-. Ethan dijo que vendrían.
Me olvidó de la extraña chica y decido acercarme un paso más a Madison que tan pronto lo nota comienza a temblar.
-Maddie, ¿qué...?
-Ella no hablará -me interrumpe la chica que parece estar tan al pendiente de todo que comienza a irritarme.
Debe tener casi la misma edad que nosotros pero su actitud y todo el resto de ella me lleva a pensar que difícilmente tiene más de diez años. Toda ella resulta un enigma muy grande, pero que no me tengo interés alguno por resolver en este momento, no mientras Madison esté así.
-¿Por qué? -bufo.
-No lo ha hecho en días -ella se encoge de hombros-. Solo llora, si quieres algo de ella, solo hazlo... No tienes que preguntarle, así funcionan las cosas aquí.
-Uhmm... -lo dudo y la chica se atreve a acercarse.
Está descalza y sus piernas son tan delgadas que me hacen pensar que se partirán con el peso de su cuerpo.
-Pueden presionar ese botón y los científicos vendrán por ella si necesitan ayuda -ella apunta hacia un botón rojo en la pared justo sobre la cama de Madison.
-Definitivamente es lo que menos queremos hacer -replico.
-Levy... -me reprime mi madre.
-Debemos irnos -señala Dylan-. Madison, ¿puedes por favor venir con nosotros? -Dylan le suplica y con eso finalmente consigue que ella lo mire, pero eso es todo-. Hola, estamos aquí -le dice y el hecho que de que ella se decidió por mirarlo lo emociona tanto que decide tocarla y ello la lleva a cerrar los ojos como si él hubiera querido golpearla.
-Mierda Dylan aléjate de ella -me apresuro a decir y el chico da un salto atrás de inmediato.
-Lo siento yo no... -se disculpa tan confundido como el resto de nosotros.
-Madison, levántate -la chica dice con una voz que intenta ser autoritaria y contra todo pronóstico ella se pone de pie atendiendo a sus instrucciones.
Miro a la chica completamente impresionado.
-¿Lo ven? Puede hacerlo -sonríe-. Camina Madison, iremos con ellos -agrega y nuevamente ella sigue sus instrucciones pasando por entre nosotros y sin mirarnos continuando su camino hasta el corredor.
Caminamos de vuelta por donde vinimos en un silencio tan intenso e incómodo que lo único que se escucha es el sonido de nuestros zapatos contra las baldosas del suelo.
Mi cerebro casi se quema intentando encontrar algo que pueda decir para hacer sentir mejor a Madison como solía hacerlo, pero nada viene a mi mente. Ni siquiera creo reconocerla de esta forma.
La miro de reojo y mientras camina puedo verla entrelazando sus dedos unos con otros en una evidente muestra de ansiedad que de inmediato me recuerda a la manera en que Alison actuaba cuando recién la conocimos.
Alison...
¿Qué es lo que vamos a hacer ahora?

Sigue caminando...
Solo sigue caminando.
Me repito las instrucciones a mi misma mientras avanzamos por los corredores completamente vacíos.
La voz del doctor Vanderbilt aún retumba en todas partes recordando que el protocolo catorce ha sido activado... lo que quiera que eso signifique.
El resto de... ellos... nos guían.
Son cinco personas. Tres que conozco: Levy, Dylan y Clarisse junto con otros dos cuya existencia desconocía por completo.
Lainey casi da saltos de emoción mientras yo lo único que intento es controlar las voces en mi cabeza que me gritan que debo tener cuidado con todos ellos.
«Ellos mienten, Madison. Lo único que han hecho es mentirte toda la vida».
Las palabras del médico se abren paso de nuevo en mi mente cuando nos detenemos frente a un ascensor.
Esto pasa en mis sueños con frecuencia; entramos, oprimimos un botón y bajamos... bajamos y bajamos y nunca salimos, solamente nos acercamos más y más al fondo del abismo donde una muerte segura espera por nosotros.
Así que cuando las puertas se abren, todos entran a excepción de mí.
Me quedo de pie y los observo a todos: Levy, Dylan, Clarisse, Lainey y dos perfectos desconocidos que esperan que haga todo lo que me piden, pero no quiero entrar.
Es extraño, todo esto.
Siento que los conozco y una parte de mi desearía confesarles como ansiaba verlos de nuevo, pero otra, que predomina en mi mente; solo ruega que me dejen tranquila y no quiere verlos nunca más
Todos me parecen perfectos desconocidos.
-Entra, Maddie por favor -insiste uno de ellos.
Levy.
No logro decir nada.
«Van a lastimarte», insiste la voz en mi mente, «continuarán usándote como todos lo hacen».
-¿Madison? -uno de ellos me ofrece la mano, pero no la tomo y en cambio antes de que las puertas anuncien como están por cerrarse, me limito a entrar en el pequeño espacio siguiendo sus instrucciones, y, tan pronto como las puertas nos encierran y la asfixiante caja comienza a subir tengo que cerrar los ojos para conseguir resistir a la terrible sensación.

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