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Hay una reja plateada y de metal que divide el bosque y nos impide avanzar hacia la nueva sección por lo que parecen kilómetros. A lo largo de estas, hay clavados letreros con advertencias y decenas de cámaras de seguridad que siguen cada uno de nuestros movimientos como armas dispuestas a disparar en cualquier momento.
PROPIEDAD PRIVADA.
PROHIBIDO EL PASO A VEHÍCULOS EXTERNOS Y PERSONAS NO AUTORIZADAS.
Una camioneta negra con ventanas tan oscuras que no permiten ver el interior, con las gigantescas siglas del C.G.I en sus puertas, se aproxima del otro lado de la reja y dos agentes de seguridad, serios y robustos, bajan del auto cargando unas enormes armas contra sus pechos.
Un paso en falso y no cabe duda que podríamos terminar hechos pedazos.
-Buenas tardes oficial -saluda uno de ellos cuando una pequeña fracción de la reja se abre para permitirle acercarse.
-Buenas tardes -responde el inspector Armstrong con una calma envidiable, mientras a mí, los nervios me carcomen por dentro tanto que juro que me retuercen el estomago.
-Tenemos una orden de registro e intervención inmediata -anuncia mostrándoles el documento que acaban de expedirnos. El otro vigilante rodea la patrulla en la que vinimos asegurándose de mirarnos a todos a la cara mientras estoy segura
que nos cuenta al igual que al resto de las cinco patrullas que nos siguen.
-Un auto, sólo policías -ordena el hombre.
-Entraremos todos -contesta el inspector-. Tenemos órdenes que acatar.
El vigilante sonríe como si le acabaran de contar la mejor broma del mundo y luego se retira unos pasos para avisar a otra persona a través del comunicador que tiene en su muñeca para después al fin guardar el arma en la funda que rodea su cadera y hacer una seña al otro hombre que finalmente permite que la reja se abra apenas lo suficiente para dejarnos entrar.
-Bienvenidos al Centro Global de Investigación -exclama al volver-, por favor sígannos.
Luego de que vuelven a montarse en la camioneta, conducimos por cerca de una hora más detrás de ellos y las miles de curvas y árboles altísimos me hacen pensar por un momento que si no supiéramos exactamente lo que estamos buscando aquí dentro; ya nos hubiéramos dado por vencidos pensando que no hay nada más que el bosque hasta que al fin, de entre las altas copas de los árboles, consigo visualizar el infame e imponente edificio que opaca el resto del lugar.
Lo constituye una sola estructura con forma de letra U y tan solo dos pisos de altura con enormes ventanales hechos de espejo que refleja la hermosa naturaleza que rodea el lugar hasta casi hacerlo desaparecer. Es tan apantallante a la vista que de inmediato me parece una lástima que deba permanecer escondido.
-Tenemos una orden de registro e intervención inmediata -repite Armstrong cuando tan pronto bajamos otros cinco guardias que salen del interior se nos acercan como un montón de hormigas a una migaja de pan.
El lugar es aún más lujoso de lo que aparentaba por dentro con un brillante y reluciente piso blanco y cientos de detalles y muebles del mismo color que brindan un aire repleto de sofisticación y elegancia.
-¿Qué podemos hacer por ustedes? -una mujer que aguarda detrás de un enorme escritorio nos muestra una cordial sonrisa como si fuera un salón de belleza a donde estamos arribando y no un centro de investigación qué pasa días enteros torturando niños dentro de sus instalaciones.
-Solicito la presencia inmediata del doctor Raymond Vanderbilt -demanda Armstrong y la recepcionista, casi de inmediato se lleva su propio comunicador hasta los labios.
-Doctor Van...
-Estoy aquí -alguien responde al fondo del corredor, de donde finalmente se acerca su imponente figura.
El hombre viste un pantalón negro, camisa azul a rayas con corbata y su radiante bata blanca y cuando llega, en su rostro encuentro todo salvo la reacción que esperaba.
Hay una mirada de satisfacción y una sonrisa llena de orgullo en su cara. No hay siquiera una pizca de sorpresa en su expresión.
-Soy el doctor Vanderbilt. ¿Cómo puedo ayudarlos? -recita de la más formal manera.
-Buscamos a una niña de nombre Alison Wrestler -anuncia el inspector-. Se trata de una menor que fue raptada de Estados Unidos hace dos semanas; la cual el FBI rastreo hasta este país.
-Ya veo -contesta-, Y bien, ¿qué tiene eso que ver con nosotros?
-Tenemos suficiente información recabada para sostener que la niña se encuentra dentro de sus instalaciones, doctor -contesta-; y por lo tanto, ordeno un cese de labores y claustro con efecto inmediato hasta que la niña aparezca. Nadie entra o sale del edificio hasta que nosotros tengamos posesión de la infante. Lo cual sugiero, suceda sea en la brevedad de lo posible.
Vanderbilt sonríe al escuchar la declaración del oficial y sus ojos me encuentran en medio de todos los demás antes de dar la orden al comunicador.
-Su atención por favor, éste es el doctor Vanderbilt al habla activando protocolo catorce. Repito. Protocolo catorce en ejecución.
El mensaje retumba fuertemente en las bocinas ocultas por todo el lugar repitiéndose cada minuto qué pasa como una incesante alarma que de inmediato obliga a decenas de médicos a salir de donde quiera que se encontraban.
Estamos aquí Madison, vamos por ti.

Hoy no hay más pruebas.
Luego de mi encuentro de esta mañana con Dawson y Vanderbilt me dejan descansar y dedico el resto del día a permanecer en mi cama mirando al techo mientras el video que me mostraron continúa reproduciéndose una y otra vez en mi cabeza torturándome junto con los comentarios acerca de todas aquellas personas a quienes creía conocer.
El sentimiento me orilla a llorar, pero intento hacer lo mejor que puedo por evitar dejarlo salir.
-¿Por qué ya no habla? -escucho a Lainey preguntar.
El doctor Hughes ha estado aquí por horas con ella.
Estaba aquí desde que me llevaron esta mañana y ahora continúa aquí, respondiendo con la más enorme paciencia que jamás vi a alguien tener a su infinidad de preguntas.
-Quiero creer que porque no quiere hacerlo -contesta el médico.
-¿Está enferma? -inquiere la torpe chica.
-No, ella está...
¿Destruida? ¿Deprimida? ¿Cerca de morir?
«Atención por favor», la voz de Vanderbilt resuena desde algún lugar de la habitación poniéndome alerta de inmediato. «Este es el doctor Vanderbilt al habla activando el protocolo catorce. Repito. Protocolo catorce en ejecución».
Como un robot ejecutando una orden, Hughes se pone de pie inmediatamente.
-Es hora -anuncia.
-¿Qué es el protocolo catorce? -Lainey hace exactamente la misma pregunta que mi cerebro arroja.
«Atención por favor », el mensaje se repite. «Este es el doctor Vanderbilt al habla activando el protocolo catorce. Repito. Protocolo catorce en ejecución.»
-Significa que debo irme. Ustedes dos, quédense aquí. ¿De acuerdo? -ordena el médico casi volando hasta la puerta dejándome con mil preguntas más.
-Pero... -titubea Alice.
«Atención por favor. Este es el doctor Vanderbilt al habla activando el protocolo catorce. Repito. Protocolo catorce en ejecución»
Juro que el mensaje incrementa su volumen cada que se repite.
¿Hay un incendio? ¿Estallará una bomba? ¿Nos matarán a todos?
-Estarán bien -comenta el médico y luego la puerta se azota detrás de él.

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