18

En la habitación los experimentos tenemos un botón rojo en una de las paredes. Es brillante y puedo verlo aún cuando las luces se apagan. Funciona para llamar a los médicos si algo importante nos sucede.

Jamás lo he presionado, pero hoy cuando despierto en medio de la noche gritando por el agudo dolor en mi cabeza, Alice los llama y el dolor no cesa.

-¡¿Qué sientes?! ¿Puedes oírme? Los doctores vienen en camino -ella dice porque ella lo sabe todo de cómo funciona aquí, pero tampoco detiene el dolor.

-Duele... -lloro-. Mi cabeza duele mucho.

Hay un sonido también, muy agudo, tanto que el chillido me provoca escalofríos y me hace gritar.

-Calma, el doctor Hughes... ellos deben estar en camino -Alice me dice y entonces siento calor en mi brazo cuando su mano me toca.

Rompió una regla.

La regla de contacto.

¿Qué está haciendo?

¿Qué...?

Mi boca llenándose de algo grumoso y desagradable me interrumpe y termino escupiéndolo todo sobre mi y sobre Alice hasta que casi de inmediato el olor es terrible.

El calor se detiene y la puerta se abre.

-¿Que sucede? -un futuro científico es quien entra y las luces se encienden dejándome ver el asqueroso líquido cubriendo toda mi cama y la ropa de Alice. Hay más grumos en mi cabello también.

-No me siento bien -anuncio antes de que acerque su muñeca a su boca para llamar a alguien más.

-Solicito refuerzos para sujeto e ciento cincuenta de inmediato -ordena y luego me empuja hasta recostarme otra vez y eso solo intensifica el dolor.

-Mi cabeza -la toco mientras el doctor evalúa mi estado de alerta con su lámpara de diagnóstico.

-¡¿Qué pasó?! -el doctor Hoffman entra corriendo y cuando lo veo mi corazón late más rápido.

Él sabe que hacer.

Él va a ayudarme.

Se acerca de inmediato y toma de la mano del otro doctor la lámpara para re examinarme.

-Explícame. ¿Puedes hablar? -me dice antes de que proceda a revisar también mis oídos.

Puedo sentir mi corazón latir en mi frente.

-Ella dijo que le dolía la cabeza y luego... esto huele muy mal -Alice me interrumpe.

-Ve a darte una ducha -el doctor Hoffman le responde y luego busca al otro doctor que nos observa como los internos siempre hacen-. ¡¿Qué estás haciendo ahí parado?! ¡Prepara una sala de pruebas y reúne al equipo! -alza la voz y habla rápido como cada vez que mi cuerpo está por darse por vencido en alguna prueba, pero ahora no es una prueba-. Madison, necesito que me expliques qué es lo que sientes.

-Dolor. Mi cabeza duele. Un dolor agudo, fuerte y solo se intensifica -lloro.

-Y seguirá pasando si no te tranquilizas... ¿Por qué estas temblando? ¿Tienes frío? -señala.

-No puedo controlarlo -sollozo.

-Mente sobre cuerpo -me dice-. Coloca el dolor en una escala del uno al diez, ¿recuerdas?

-Ocho -me quejo.

-Ocho...bien. ¿Cómo está tu vista? ¿Puedes verme?

-Sí -contesto.

Sus ojos azules están muy cerca.

-Bien. ¿Puedes alcanzar mi mano? Intenta tocarla -la eleva frente a mí.

-Mi cabeza...

-Te escuché. Toca mi mano. Haz lo que digo -insiste.

Lo intento, pero mi mano no me obedece.

-Yo...

-Maldición -balbucea-. ¡¿Dónde carajos está la camilla que ordene?! ¡¡Hughes!! -su fuerte grito me sobresalta y tengo taquicardia de pronto hasta que me levanta y estoy en sus brazos.

Hay calor de nuevo. Su pecho es caliente y puedo escuchar su corazón.

Suena como el mío.

¿También tiene taquicardia?

-Al Diablo. Te llevaré yo mismo -me dice saliendo al corredor-. No te duermas Madison, quédate conmigo...

Me mareo en sus brazos y pasamos muy rápido por los dormitorios.

El huele diferente. No sé a que huele, pero no es malo. Huele... bien.

-Necesita una resonancia magnética de inmediato -dice cuando mis ojos casi se cierran por completo.

-¿Qué piensas?

Escucho la voz el doctor Vanderbilt.

-Un probable derrame -anuncia el doctor y giramos hasta entrar en una sala donde las enormes máquinas que toman fotografías de mi interior están-. Si se muere es tu maldita culpa...

Me colocan en una camilla y los internos me rodean de inmediato. Quitando la ropa de mi cuerpo y cambiándola por una limpia que ya no huele mal.

Me recuestan y atan mis extremidades como siempre lo hacen antes de poner una rígida almohada sobre mi cabeza que me imposibilita moverme.

-Mantente quieta Madison -agrega el doctor Hoffman cuando me inyectan algo en mi brazo y luego la camilla comienza a avanzar hasta meterme dentro del blanco y enorme túnel que gira sus imanes sobre mi cabeza hasta dejarme dormida.

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