Capítulo 1
—Tú —La voz de Dusk resonaba por todas las paredes de la sala. Era un lugar poco acogedor. Más, bien, parecía el lugar de trabajo de una persona oscura. El hombre que acababa de entrar, cubierto por un abrigo negro que le llegaba hasta los pies y un sombrero también de este color, miraba todo con desconfianza. Primero se fijó en las paredes marrones y sucias. Después miró a los muebles: aparte del gran escritorio donde se encontraba Dusk, solo había un par de estanterías con libros de distintos tamaños.
Dirigió la mirada hacia el hombre —mayor que él— que se mostraba tan intimidante como siempre. El hombre era alto y robusto, y su mirada no transmitía nada, por lo que a los débiles les daba miedo. Era algo que al hombre del abrigo le divertía. Todo el mundo lo evitaba, solo la gente como su invitado de ese día se atrevían a estar a menos de dos metros de él sin temblar.
—Tengo un trabajito para ti —el hombre junto a la puerta lo miró de arriba abajo. Se conocían hacía ya tiempo, pero sus miradas eran como las del primer día: seguras y firmes.
Tras un breve silencio, se acercó para sentarse en una de las dos sillas que se encontraban justo delante del escritorio. Al otro lado de la mesa, Dusk lo miraba con la cabeza ladeada, como si estuviera pensando algo.
—Este te va a gustar, estoy seguro. —Su sonrisa era maliciosa, traviesa.
Dusk esperaba una respuesta, pero ésta nunca llegó. Al esperar unos segundos, siguió hablando.
—Se trata de Vicky Johnson —Le dio la vuelta a un papel y el hombre pudo ver a una mujer con el pelo largo y rubio, que miraba a cámara con una gran sonrisa. —. Un objetivo fácil... Es una actriz que actúa en películas de romance.
—¿Guardaespaldas? —Era la primera vez que el hombre del sombrero hablaba en ese encuentro. Su voz era tan intimidante como su aspecto.
—Sí, pero los tenemos controlados —Dusk arrastró otro folio hasta él —. Estos son sus horarios. La mejor hora para ya sabes qué es cuando cena. Los cuatro guardias la dejan en su restaurante habitual y ellos se toman un descanso para salir a fumar a la calle. Esa puede ser tu oportunidad —El hombre del sombrero dejó escapar un suspiro casi imperceptible. —. ¿Trato hecho?
El hombre del sombrero le tendió la mano, sin decir nada.
—Bien, lo necesito como mucho para dentro de tres meses. ¿Crees que serás capaz? —no contestó, solo se limitó a asentir ligeramente —Ahora, ve a hacer tu trabajo.
Antes de marcharse, el hombre cogió los dos papeles de la mesa.
Dusk siguió observando como el hombre del sombrero se marchaba de la habitación, pero cuando cerró la puerta escuchó cómo abría un cajón y sacaba unos cuantos papeles de éste.
Mientras recorría el pasillo, se sumergió en sus pensamientos. Ya había empezado a planear cómo lo haría. Tenía pensado usar la misma estrategia que utilizaba siempre en actores como Vicky. Bajó las escaleras con las manos en los bolsillos del abrigo, con la mirada fija en el suelo.
En cuanto salió a la calle, se ajustó bien el sombrero y se puso a caminar a paso rápido, sin mirar a nadie en ningún momento.
Sacó del bolsillo un papel doblado por la mitad, el mismo que había tomado del escritorio de Dusk unos minutos atrás. Buscó la localización del restaurante que había escrita, y se puso a caminar hacia la dirección adecuada. Era una de las calles más concurridas de la ciudad, puesto que estaba justo delante del mar, y el restaurante estaba justo en medio, rodeado de pequeñas tiendas estrechas y coloridas típicas de Nueva York.
Enseguida llegó a un local grande vigilado por un chico que iba bien vestido. En la entrada se encontraba una pizarra con algunos de los platos del día, y una gran alfombra roja adornaba la entrada hacia la puerta principal. El hombre del sombrero alzó la mirada para encontrar un letrero dónde había cinco estrellas.
Observó todo con detenimiento, sin olvidarse de ningún detalle que le pudiera resultar útil en el futuro. El guardia empezaba a impacientarse, cosa que el hombre del sombrero sabía de sobra.
—¿Puedo ayudarle en algo? —soltó finalmente. Entrelazaba y desentrelazaba las manos constantemente, un claro síntoma de lo nervioso que se encontraba.
—No. —entró al restaurante, pero notó la mirada del hombre clavada en su espalda. Enseguida apareció una mujer con el traje del local: camisa blanca, una falda negra hasta los pies, y un delantal rojo que solamente le cubría de cintura abajo, acabando un poco más abajo que las rodillas. La mujer le sonrió mientras tomaba un par de cartas de una pequeña mesa.
—Buenas noches, ¿tiene reserva? —el hombre negó con la cabeza lentamente—Bien, pues... —parecía incómoda ante su presencia. Todo el mundo lo hacía. —Voy... Voy a mirar si nos queda alguna mesa libre. Espere aquí, por favor.
Él obedeció sin protestar. No podía resaltar demasiado ante el resto de los clientes. Tenía que conseguir no ser recordado. Pero eso siempre resultaba ser la parte más difícil del trabajo.
Al cabo de un par de minutos, la mujer volvió con una sonrisa nerviosa.
—Resulta que nos queda una mesa para uno. ¿Me acompaña, por favor? —Ella se puso a andar de nuevo, esquivando a camareros con una agilidad sorprendente, hasta llegar a una mesa redonda con un mantel blanco y una triste silla. El hombre le agradeció el trabajo a la chica inclinando la cabeza, y después se sentó.
Por suerte, su mesa estaba en una esquina del local, por lo que podía pasar desapercibido, y al mismo tiempo tenía visión de todo: de la cocina, de las mesas, de los servicios, y hasta de la mayoría de personas que caminaban de arriba a abajo. Enseguida le dejó una carta enfrente suyo. Él la abrió sin despegar la vista de todas las mesas, pero al no encontrar la persona a la que buscaba decidió mirar los platos.
Todo era caro, sin duda, pero no pareció importarle. Normalmente, todos los restaurantes a los que iba tenían esos mismos precios, o similares.
El hombre dejó la carta sobre la mesa a la vez que soltaba un suspiro. Miró a su alrededor a la espera de que volviese la camarera, quien, por cierto, no tardó en hacerlo. Parecía asustada, pues observaba al señor con una expresión incómoda y extraña. Se quedó mirándolo sin decir nada. Probablemente, se estaba dejando llevar por los nervios.
El hombre del sombrero tosió a propósito, intentando captar la atención de la mujer.
—Sí, perdone. —cogió la libreta que llevaba en el bolsillo. —¿Qué desea cenar?
—Ponme el chuletón, y el mejor vino.
—¿Cómo quiere la...?
—Al punto. —Y la mujer dio media vuelta para marcharse tan rápido como pudo de esa mesa. Él cogió la fotografía con fuerza, y la miró detalladamente. Y, por fin, la vio.
Era una mujer de media estatura, que llevaba el pelo rubio y ondulado recogido en un moño un poco desperdigado. Estaba cenando sola, en una mesa del fondo, un plato de pasta con diversas salsas coloridas. Sin duda, era ella.
Entonces un hombre con el mismo atuendo que la camarera que lo había servido —pero con pantalones largos y anchos en vez de una falda — se acercó a él con una copa y una botella de vino. Sin decir nada, —eso sí, con una sonrisa amable — dejó la copa en la mesa y le puso vino.
El hombre del sombrero no dijo nada, pero su cabeza estaba llena de pensamientos. Seguramente, la mujer se había asustado por tanto su apariencia como su comportamiento, así que habría avisado a un compañero para que lo sustituyera. Ese era un punto en su contra, ya que necesitaba caer bien y no destacar. Quizá debería hablar más... Pero su carácter callado y desafiante no se lo permitía.
Siguió observando a la mujer, ignorando a todo lo demás.
Iba vestida con un vestido ajustado de color negro, y su sonrisa permanecía todo el rato en su cara. El hombre no pudo evitar preguntarse por qué alguien querría matarla, ya que, a simple vista, no parecía mala persona.
Pero ese era su trabajo, y, además, lo hacía por voluntad propia. No era quién para cuestionar las decisiones de otras personas. Y más sin disponer de suficiente información. Entonces, formuló otra pregunta que lo estaba matando de curiosidad: ¿Qué habría hecho esa mujer para merecer ese destino? Pensó en acercarse a ella para ganarse su confianza, pero enseguida se detuvo, pues aún era demasiado pronto para hacerlo.
Los minutos pasaron y él ni siquiera se dio cuenta de ello. Al final, el camarero volvió a acercarse. Pero esta vez no llevaba con él una botella de vino rosado, sino un gran plato con un trozo de carne cubierta de salsa marrón en medio. También estaba acompañada con algunas verduras fritas. El hombre del sombrero asintió con la cabeza a modo de agradecimiento. De momento, eso era todo lo que podía hacer.
Comió despacio, ya que su mirada no estaba situada en el plato, sino en la mujer, quien ya había acabado de cenar hacía rato, pero que hablaba amablemente con una pareja que tenía al lado.
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Se acercó a la barra del restaurante y, sigilosamente, se sentó en uno de los taburetes negros. Miró hacia adelante, a la espera de que viniera alguien. Al cabo de un par de minutos, la mujer que lo había atendido antes se acercó con cara de espanto. Él no pudo evitar sonreír. De vez en cuando, no estaba del todo mal asustar a la gente.
—¿Es para pagar? —Ella repiqueteaba los dedos nerviosamente en la barra, mientras que él había apoyado solo los codos y la miraba con cara desconfiada. Asintió ligeramente con la cabeza. La camarera se marchó rápidamente y en cuanto volvió, llevaba con ella una máquina para pagar.
El hombre del sobrero sacó una tarjeta del bolsillo, pero no despegó la mirada de la chica. Eso la hizo poner aún más nerviosa. Pasó la tarjeta por encima de la máquina. Ni tan solo miró el precio total que le había costado la cena. Total, tampoco importaba.
—Muchas gracias por...
—¿Puedo hablar con tu supervisor? —ella pareció desconcertada.
—¿Qué? Eh...
—Que si puedo hablar con tu jefe.
—Ah, sí, claro. -Se volvió a ir, esta vez casi corriendo, hasta la cocina, y cuando volvió iba acompañada de un hombre con gafas que llevaba un delantal blanco. Se estaba preparando para decir todo lo que se sabía de memoria cuando él habló:
—¿Ha habido algún problema, señor? —El hombre del sombrero hubiera contestado de inmediato, pero estaba enfadado e intentaba contener su rabia. Nadie, absolutamente nadie, tenía derecho a interrumpirlo.
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