Prólogo.
Acaricio con delicadeza la falda de mi vestido plateado. El aire se atora en mi garganta solo de pensar en el gran paso que voy a dar. Hoy es el día en que mi vida cambiará para siempre. Ligaré mi alma a la de Jeremiah por el resto de la eternidad y aunque la felicidad me inunde solo de pensarlo, los temblores no cesan. Las mariposas que normalmente revolotean nerviosas en mi estómago solo de pensar en mi prometido se remueven violentamente, luchando por escapar de mis entrañas. El dolor es agudo, intenso, y me desorienta.
Observo mi reflejo en el viejo y demacrado espejo situado ante mí. Sigo siendo la misma persona que hace dos meses, cuando accedí a contraer matrimonio con el guerrero. Cabello indomable y oscuro como la noche y rostro cubierto de cicatrices fruto de todas las batallas y entrenamientos vividos, fiel recordatorio de quién soy en realidad. Una nariz elegante pero imperfecta propia de alguien a quien le han proporcionado muchos puñetazos y pómulos esculpidos por el hambre que devora nuestras tierras.
Supongo que a pesar de que mi mente se niegue a aceptar qué es lo que ocurre, una parte de mí es perfectamente consciente del sentimiento que cala y congela mis huesos como potentes olas.
Miedo.
Una palabra. Cinco letras. Pero qué indiscutible poder emanan.
Hace mucho que no conozco esa emoción. Llevo entrenando y peleando desde que tenía seis años, viendo a compañeros fallar y ser sacrificados a los dioses. Observando cómo las rodillas de amigos se doblan bajo el peso de su propio fracaso, impactando contra el suelo y firmando de tal manera su inevitable y dolorosa sentencia. Advirtiendo el desagradable y repugnante olor de los cuerpos calcinados que fueron incapaces de soportar la vida que Adelram escogió para ellos. He nacido y crecido en la oscuridad. Bailado con las sombras y aprendido a convivir con el miedo. Han pasado años desde la última vez que le dejé vencerme.
Pero aún así no puedo evitar que me aterre la idea de perderme a mí misma; de estar renunciando sin darme cuenta a mi libertad. Es un temor distinto, más profundo y rastrero que cualquiera que haya podido sentir antes.
Siempre he sido una persona arisca y fría con el mundo que me rodea. En Niembreria, la región del norte, casi todos somos así. Nuestra función de guerreros nos impide estrechar lazos con la gente.
Pero Jeremiah puso todo patas arriba. Nos conocemos desde que éramos niños. Aprendimos juntos el arte de la lucha y nuestras personalidades, extremadamente similares, a pesar de chocar entre sí, siempre se han atraído mutuamente. Suyos son los únicos labios que he probado. La única piel que he acariciado con suavidad. Tanta es la confianza y amor que tengo hacia él, que cuando me propuso ser su esposa acepté sin más miramientos.
Los enlaces matrimoniales son particularmente extraños en Niembreria y la mayoría de bebés que nacen aquí son lo que popularmente se conoce como "bastardos". En el resto del continente ser uno te convierte automáticamente en objeto de burlas y comentarios denigrantes, pero aquí equivale a ser un superviviente. Son muchos los recién nacidos abandonados en los acantilados del mar Wartrox, destinados a no constituir más que un aliento frío perdido en la oscuridad. Un llanto estridente y desesperado ahogado por las fauces de las bestias que pueblan la salvaje Niembreria.
Los hijos te hacen débil. El matrimonio también. La familia puede conducirte al matadero. Desde que crecemos nos inculcan cómo evitar el terrible poder que el amor ejerce sobre los humanos. Nos muestran el fatal desenlace que puede conllevar el ser dependiente de alguien.
Y aún así, me dejé llevar. Permití a los dioses convertirme en su marioneta y conducirme a los brazos de Jeremiah. Acepté de buena gana tener otra mitad. Una mitad fundamental para mi ser y que podría desencadenar mi perdición y destrucción en el futuro.
Suspiro y jugueteo con el anillo de compromiso.
"Jeremiah merece la pena" me repito a mí misma. Lo que siento por él es puro y bueno. Una brisa de delicadeza y luz en una vida marcada por la muerte y la violencia.
Aprieto con una mano mi estómago recubierto por el duro corsé, decidiendo que es hora de hacer frente al destino, sea cual sea.
Me echo una última ojeada en el espejo, deteniendo mi escrutinio unos segundos en la irregular cicatriz que recorre mi mandíbula. Me hallo tan concentrada que ni siquiera soy consciente de que mi padre ha entrado en la carpa, y es su profunda voz lo que me saca bruscamente de los recuerdos en los que me había perdido.
––¿Preparada, Adamaris? ––pregunta.
No se me escapa la manera en que me taladra con la mirada.
Earon es un hombre robusto y frío. Nunca hemos tenido la mejor relación, y nos comportamos de forma aún más distante que la mayoría de padres e hijos de nuestra región. ¿El motivo de esto? Su afán por controlarlo todo en contraposición a mi rebeldía y tozudez.
Además, mi padre nunca ha estado de acuerdo con mi relación con Jeremiah. De hecho, considera a Jeremiah, según sus propias palabras, "un estúpido roedor incapaz de encontrar su cola a oscuras".
––Sí ––contesto con un hilo de voz.
Mi padre asiente y extiende el brazo en mi dirección. Lo tomo con un asentimiento y respiro hondo mientras salimos de la carpa que constituye el vestuario.
El bosque de Niembreria aparece ante mis ojos como un rayo de luna. Las copas plateadas y grises iridiscentes de los árboles bailan al son de una leve brisa marina. Está anocheciendo y pinceladas rosadas, azules y amarillentas surcan el cielo, dándole un color especial. El paisaje parece brillar con especial luminosidad hoy, y me pregunto si ni el mejor pintor de Creyteria podría plasmar tal imagen en un lienzo.
Mis pasos son pausados y tensos, mi pecho sube y baja nerviosamente y el único sonido que llega a mis oídos es el de mi corazón, del que soy enormemente consciente, y de las olas rompiendo furiosamente contra el acantilado más cercano. A medida que nos vamos acercando al altar de rituales, hojas de pétalo blancas se van colando en nuestro campo de visión, hasta que llega un punto en el que caminamos sobre ellas. Estamos en primavera , por lo que apenas hay restos de nieve en el suelo.
Pronto diviso a Jeremiah, que tiene a su lado a Ocmérilia, la hechicera de nuestra región. Los ojos de mi futuro compañero resplandecen con orgullo y admiración al verme. Sus labios se entreabren y su rostro pálido parece cobrar algo de color, como si el mismísimo Adelram le hubiera insuflado aliento de vida. Una enorme guirnalda de rosas blancas y plateadas se encuentra a sus espaldas, enmarcando sus cuerpos. Más allá se puede divisar el océano, o al menos la densa niebla que lo cubre. Los Niembrianos se van apartando, creando un amplio pasillo para que mi padre y yo pasemos. Puedo captar el rostro dudoso de Yelia, una de mis compañeras de entrenamiento; el frío pero conmovido semblante de Úpreon, un joven de doce años que probablemente esté asistiendo a su primera boda; o la inexpresiva mueca de Ashargar, el antiguo hechicero, ya retirado, de Niembreria.
Cuando llego a la altura de Jeremiah el cielo ha adoptado una azulada tonalidad morada, dando a entender que pronto anochecerá. En Creyteria las bodas se celebran durante las puestas de sol, simbolizando la llegada de la luna el comienzo de una nueva vida. El renacer de dos enamorados.
Earon me da un último apretón, soltando mi brazo para unir mi mano con la de Jeremiah.
Trago saliva y le miro a los ojos, grises como las flores que nos rodean. En su mandíbula hay la sombra de una barba cobriza, y las comisuras de sus labios se encuentran alzadas, de manera que puedo ver sus característicos hoyuelos. Hacía mucho que no invertía tanto tiempo analizando todas y cada una de sus facciones.
"Tendrás tiempo de sobra para ello a partir de ahora."
Sacudo levemente la cabeza.
––Niembrianos ––la voz ronca de Ocmérilia resuena con fuerza y hace que mi piel se erice como la del gato que se siente amenazado––, estamos aquí reunidos para celebrar la unión espiritual de dos miembros de nuestra honrada comunidad ––la mirada de Ocmérilia es de las pocas capaces de intimidarme. Sus ojos blancos como la nieve parecen estar fulminándonos, acuchillándonos con su potestad e indiferencia––. Sus almas quedarán ligadas esta noche y todos seremos testigos de cómo Achaos, nuestra venerada diosa del amor, la sensualidad y el agua, les bendice con su favor.
La anciana saca entonces una flecha dorada de su túnica. La ya casi inexistente luz del sol se refleja en el brillante material. Trago saliva. No hay vuelta atrás.
––Dé comienzo, pues, el ritual ––Ocmérilia toma mi mano, que se halla apretada en un puño. Siento los ojos de Jeremiah penetrar mi piel, pero no tengo el valor de mirarle. No entiendo qué me ocurre, esta actitud no es propia de mi. Extiendo los dedos con aprensión y Ocmérilia acerca impasible el filo de la flecha a mi palma––. Adamaris Catressa, ¿permanecerás a...
El sonido de una explosión hace que se detenga.
Una nube grisácea cubre de pronto todo y siento como caigo. Durante unos segundos todo se vuelve negro, y cuando logro vislumbrar algo de luz, manchas de colores cubren mi visión.
Parpadeo repetidas veces, intentando eliminar los residuos de polvo, hojas y nieve de mis ojos. Un pitido agudo se ha instalado en mis oídos y soy consciente únicamente del suelo helado y duro bajo mi cuerpo. Abro la boca, tomando aire con dificultad. Puede que algún grito esté escapando también de entre mis labios, no lo sé. El dolor que se ha instalado en mi cadera es punzante e intenso, pero me calmo un poco al palpar la zona y no sentir ni la pegajosa humedad propia de la sangre ni ninguna anomalía en la estructura ósea. Aún así, me toma unos minutos reaccionar y recuperarme del impacto. Desorientada, extiendo por inercia la mano derecha en dirección a mi cinturón, esperando encontrar la fiel espada de acero que me acompaña a todas partes. Gruño al recordar que llevo un estúpido vestido de boda.
Me levanto con pesadez del suelo y toso un par de veces. Mi cadera continúa dolorida, pero soy capaz de aislar el dolor.
El antes hermoso paisaje se ha convertido ahora en un escenario de sangre, niebla, ceniza y polvo. La noche ha caído sobre nosotros y la oscuridad ejerce un dominio absoluto. La única luz presente procede del fuego provocado por la explosión, los faroles caídos y las flechas ardientes de algunos de mis compañeros. Pronto diviso a través del telón de niebla al conjunto de Niembrianos que han asistido a la celebración esparcidos en pequeños grupos por la zona, luchando contra misteriosas y rápidas figuras encapuchadas. La carnicería que se ha generado en la zona me impresiona y desubica a parte iguales.
No entiendo qué es lo que ha pasado. No comprendo a qué se debe este ataque. Mucho menos por qué ha ocurrido en mi boda. La preocupación y la confusión parecen haber tomado las riendas de mi cuerpo, impidiéndome pensar con claridad.
Me vuelvo lentamente en dirección al sitio que antes ocupaban Ocmérilia y Jeremiah. El pánico estalla en mis venas al no divisar al que hasta hace unos minutos iba a convertirse en mi marido. Me congelo y hago un esfuerzo monumental por mantener la calma. Me repito una y otra vez a mí misma que seguramente habrá bajado del altar para ayudar a nuestro pueblo, pero una voz dentro de mi cabeza no para de gritar que algo va mal y la tensión que se ha instalado en mi vientre no disminuye lo más mínimo.
Miedo.
Un miedo oscuro y profundo. Desgarrador.
Es la segunda vez hoy que siento sus llamas quemar mi interior.
"El amor te hace débil. Dependiente."
Una mano huesuda agarra mi tobillo.
Mi primer instinto es darle una patada a quien quiera que me esté sujetando, pero me detengo justo antes de que mi pie golpee el pómulo de Ocmérilia. La anciana se encuentra tirada en el suelo y sus ojos blancos tienen un aspecto cristalizado. Suelta un alarido de dolor y es entonces cuando la concentración de polvo se desvanece lo suficiente como para que pueda alcanzar a distinguir que los rosales que antes decoraban el altar han caído sobre ella. Su tronco está completamente cubierto por hojas y pétalos blancos manchados de escarlata. Una flecha cruza limpiamente su pecho.
Consigo aislar a Jeremiah de mi mente, concentrándome en la situación ante mis ojos. Inmediatamente me agacho a su lado, queriendo por una parte ayudarla, y por otra ocultarme en caso de que haya un arquero cerca. Miro a mi alrededor con los músculos en tensión. Sé pelear cuerpo a cuerpo, pero sería estúpido intentarlo contra alguien armado y carezco de protección.
Aparto la mayor cantidad de enredaderas que puedo del débil cuerpo de Ocmérilia con el objetivo de llegar hasta el trozo de acero incrustado en la arrugada piel. Me duelen las manos a causa de la enorme cantidad de espinas que se están clavando en ellas, atravesando la carne como si no fuera más que suave mantequilla. Ignoro el dolor y me concentro en mi tarea. No puedo permitirme distracciones en estos momentos. Cuando haya ayudado a Ocmérilia y le haya conducido a un lugar seguro, iré en busca de armas para contribuir a la lucha.
Cada pocos segundos observo las copas de los árboles, desconociendo si hay arqueros instalados en las fuertes ramas.
Ser incapaz de ver al enemigo es una de las peores situaciones en las que te puedes ver envuelto. No saber si estás en el punto de mira hasta que sientes como el filo de una flecha te atraviesa...
––Detente, niña ––farfulla Ocmérilia. No le hago caso––. He dicho que te detengas. ––repite, elevando el tono tanto como puede. La demanda y exasperación latentes en su voz son lo que me impulsan a parar.
––¿Cómo voy a detenerme? Le ha atravesado una flecha, debo intentar extraérsela. Puede que aún esté a tiempo de salvarse ––Me sorprende lo firme que sueno. Llevo una mano cubierta de color rojo a mi rostro para apartar un molesto rizo que se ha escapado del intrincado moño que llevo, y me dispongo a continuar––. Sois la hechicera de nuestra región, su vida es extremadamente valiosa.
Un resoplido cansado y exasperado llega a mis oídos.
––Todo ocurre por una razón, niña. ¿Acaso crees que cuando me levanté esta mañana no era conocedora de mi destino? ––dice antes de tener que detenerse para toser unas gotas de sangre––. Ahora mismo lo último que tienes que hacer es preocuparte por mí.
Al ver cómo dudo, un suspiro entrecortado escapa de sus agrietados y finos labios. Con un suspiro tembloroso tomo su cabeza y la coloco en mi regazo con suavidad.
––Niña, no me queda mucho tiempo así que escúchame con atención. Lo que ha ocurrido ahora es solo el principio. No puedo decirte mucho más... Ojalá las cosas fueran de otra manera, pero mi condición... Mi condición me impide revelar más de lo necesario.
Suelta un gemido de dolor y aprieta la mandíbula. Sus iris y pupilas pierden cada vez más luminosidad, adoptando un color grisáceo y mortal. Aún así, el fuego y las cenizas que bailan a nuestro alrededor se reflejan en ellas, creando un cuadro de devastación y tragedia.
––Mas lo que sí puedo aconsejarte, es que no te fíes de nadie. No todo es lo que parece, y a veces las personas más maravillosas a nuestros ojos son las portadoras de los corazones más oscuros. El mal está presente en todas partes, niña, en menor o mayor medida, pero vive en cada uno de nosotros.
Frunzo el ceño y asiento con la cabeza. Sé que no está soltando palabras al azar, que está midiendo todo lo que dice. Los gritos a nuestro alrededor son desgarradores, y rezo a Adelram porque sean los encapuchados quienes los producen.
––¿Quién ha hecho esto, Ocmérilia?
Algo brilla en sus ojos ahora negros como la noche. Algo tenebroso que me hace temblar.
––Él ha regresado, Adamaris. Ha permanecido oculto durante siglos, pero ahora ha vuelto, mil veces más fuerte y poderoso de lo que alguna vez fue... –– el terror comienza a fluir por mis venas solo de suponer quién es el objeto de la declaración de Ocmérilia––. Planea sembrar el caos por todo el continente, no puedes permitirlo, ¿me oyes? No puedes permitirlo...
––N... No es posible... Los dioses acabaron con Él hace siglos, fue desterrado a los confines del universo. ––musito con un hilo de voz. Ocmérilia toma mi mano y la aprieta con fuerza, dedicándome una mirada cargada de seguridad y determinación. Y hay algo en su expresión que logra convencerme. –– ... ¿Está aquí? –– observo los alrededores, aún más tensa que hace unos instantes, si posible. Mis músculos se han agarrotado y pronto siento la sangre resbalar por la muñeca de mi mano libre debido a la presión infligida con mis uñas.
"Jeremiah... Por favor, ponte a salvo."
Ocmérilia intenta relamer sus labios a la vez que niega levemente con la cabeza. Cada vez soy más consciente de la fuerza que hace por mantener los ojos abiertos, y a pesar de que sé que está muriendo y le quedan un par de minutos como máximo, tengo que saber más. No por mí, sino por todo Niembreria. Por Creyteria. Si Él ha regresado... La muerte y la destrucción se apoderarán del continente.
––Todo esto... ha sido producto de sus seguidores. Están por todas partes, niña. Nunca dejaron de existir. Siempre ha habido admiradores de su causa y persona. Han permanecido todo... todo este tiempo ocultos en las sombras, esperando la llamada de su líder.
––¿Por qué ahora, Ocmérilia? ¿Por qué en mi boda? ¿Dónde está Jeremiah?
Una puñalada habría sido menos dolorosa que la expresión que la hechicera me dedica.
––Lo siento mucho pero no puedo contarte nada más... No... No puedo interferir en el destino.Ya está escrito, niña. Tú, yo, Jeremiah... siempre nos han enseñado que sólo somos marionetas. Que no podemos renegar de nuestras raíces... al igual que tampoco podemos hacerlo de nuestros futuros.
Entonces siento un brazo tirar de mi hombro. Abro los ojos como platos y un temblor recorre mi cuerpo antes de girarme bruscamente, no sabiendo muy bien qué es lo que voy a encontrar. Sin embargo, el alivio cala mi interior al distinguir el rostro de Earon.
––Debemos irnos, Adamaris ––demanda mi padre echando un vistazo a nuestro alrededor. Sus ojos se clavan en la sangrante herida de la hechicera y niega disimuladamente en mi dirección tras tragar saliva––. No es seguro permanecer aquí.
Asiento y devuelvo mi atención a Ocmérilia. Ella me acerca a su cuerpo moribundo, pegándome tanto a su pecho que mi vestido plata termina por adoptar definitivamente un color escarlata.
––Pero hay algo que sí puedo decirte, niña. El anillo de Adelram... ––susurra en mi oído con un hilo de voz––Él te guiará a ese a quien siempre has amado. Encuentra el anillo de Adelram y devuelve todo a su orden natural.
Dejo de sentir su aliento cálido y tembloroso en mi cuello.
Me alzo con lentitud y observo el cadáver de Ocmérilia. Cierro sus ojos, completamente negros, pero que aún así han vuelto al estado cristalizado y quejumbroso habitual, y confundida por las palabras que me ha dedicado, corro junto a mi padre en dirección a la Casa Mayor de la aldea.
Ni siquiera soy capaz de pensar con claridad. El anillo de Adelram... la leyenda que todos hemos oído pero nunca creído. Un objeto capaz de convertir al campesino más pobre en una figura prácticamente a la altura de los dioses. Su historia es conocida por cada habitante de Creyteria, pero nadie ha triunfado jamás en su busca. Quienes van tras él desaparecen y nunca se vuelve a oír de ellos. ¿Por qué querría Ocmérilia que lo hallase? El primer pensamiento que pasa por mi mente es que la pobre anciana estaba delirando con motivo de la pérdida de sangre, pero lo descarto casi al instante. Los hechiceros son seres mágicos y poderosos, y estoy segura de que sus palabras distaron mucho de tratarse de un delirio.
Nuestros pasos son firmes y a medida que avanzamos no puedo evitar fijarme en la destrucción que nos rodea. Ocmérilia no ha sido la única víctima de esta masacre. Úpreon, el mismo joven que hace unos momentos contenía la emoción de asistir a su primera boda, no sabía que sería también la última. Sus labios entreabiertos dejan escapar un río de sangre que le resbala por el cuello con fluidez hasta el suelo. Los rizos oscuros están manchados de polvo y barro, y su semblante antes tan expresivo, se halla ahora carente de cualquier tipo de emoción. Cuerpos sin vida se hallan apilados por todas partes, tanto encapuchados como vecinos de mi aldea. La poca nieve que cubre el suelo ha adoptado ahora un color rojo, pareciendo el lienzo de un pintor frustrado que ha decidido descargar su rabia a través de irregulares pinceladas carmesíes.
Así es como lucirá el paisaje de Creyteria si Él ha regresado y se sale con la suya.
––Que Adelram os tenga en su gloria. ––musito a la vez que dejamos atrás los cadáveres.
Algunos de los árboles de antes brillantes hojas se hallan caídos en mitad del camino, sin ninguna luz o vida. A lo lejos me parece distinguir la parte trasera de un animal. Tres colas peludas de color grisáceo confirman mis sospechas: Un lobo de plata. Inconscientemente acaricio la cicatriz latente en mi rostro. Los lobos de plata son las bestias más peligrosas de la región del norte. Criaturas desesperadas por un pedazo de carne, por una gota de sangre. Trago saliva al pensar que cuando volvamos al altar, no quedarán más que huesos de nuestros antiguos compañeros.
El grotesco cambio del paisaje se cuela continuamente en mi campo de visión, pero no me detengo. Desafortunadamente tengo demasiado asimiladas la sangre y la muerte. Earon y yo apretamos la marcha y en un par de minutos llegamos por fin.
Desde fuera se oye el bullicio provocado por los habitantes de la aldea. Agudizo lo máximo que puedo el oído, con la esperanza de escuchar la voz clara y potente de Jeremiah. Sin embargo, no obtengo resultados. Me estremezco.
"Tiene que estar ahí dentro. ¿Dónde más podría estar?"
Trago saliva al recordar los cadáveres que se han quedado en los alrededores del altar y en el que será su terrible destino a manos de los lobos de plata. Me repito a mí misma que es imposible que ese sea el destino de alguien tan brillante como mi prometido. De un ser tan lleno de luz. Que los dioses... ¡Por Adelram! Si Él ha vuelto, los dioses tienen cosas mucho más importantes de las que preocuparse.
Entramos en la mansión de gruesa piedra grisácea. Al reparar en mí, todo el mundo se calla. Yo busco desesperadamente a mi prometido con la mirada. Ni siquiera soy consciente de que Earon me ha tomado del hombro hasta que mi madre se acerca también, procediendo a zarandearme con cuidado, como si temiera romperme. Es lo extraño de su gesto, y lo antinatural que me resulta en ella, lo que logra que preste atención a las dos personas ante mí.
Mis pupilas se enfocan en el rostro olivado de Sarah. Sus pobladas cejas están fruncidas, los labios gruesos apretados en una línea.
––¿Qué ocurre, madre? ––cuestiono, poniendo todo lo posible de mi parte por no sonar temblorosa–– ¿Dónde está Jeremiah?
La reacción de Sarah no hace otra cosa que confirmar mis más peores miedos. Baja la mirada y traga aire, tomando fuerzas. Mi vista se empaña, y sé que estoy al borde de un acantilado. Sé que su respuesta puede salvarme o empujarme al vacío, y a pesar de hallarme aferrándome desesperadamente al último vestigio de esperanza que me queda, mis huesos tiemblan como hojas, pues se hacen a la idea de lo que va a salir de los labios de la mujer que tengo ante mí.
––Se lo han llevado, hija.
El mundo se derrumba bajo mis pies y caigo por el acantilado.
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