Capítulo 3.

Le doy un último mordisco al higo que constituye mi desayuno mientras guío a Tormenta, caminando bajo un sol asfixiante y cegador. Han pasado unos días desde nuestra pequeña aventura en la posada, y aunque finalmente pude recuperar mi bolsa de oro y hacerme con un ropaje más adecuado para el clima sombralí, mi insomnio ha empeorado. Las noches son eternas y frías, y aunque me sea más fácil lidiar con temperaturas bajas debido a la costumbre, mi imperioso estado de alerta arrebata cualquier tipo de satisfacción que pueda proporcionar la gélida oscuridad.

Brox duerme sobre el lomo de Tormenta, con uno de sus brazos colgando y balanceándose al son de nuestro relajado paso. Recuerdo el momento en el que encontré a mi fiel yegua en los establos de la posada, sana e ilesa. Sentí tanto alivio al descubrir que no se había convertido en el aperitivo de los escorpiones... Acaricio la cabeza de Tormenta sonriendo.

Nos aproximamos al Mercado Rojo, el mercado más grande de Sombralia. Algo me dice que pronto llegaremos al anillo y voy a necesitar algo más que higos para enfrentarme al Juicio de los Dioses. Anoche terminamos con las provisiones, y no podemos escatimar en energía.

Los toldos de seda rojizos se hacen cada vez más grandes, y cuando estamos lo suficientemente cerca como para oír las voces de comerciantes y compradores despierto a Brox. El grembro me da unos cuantos manotazos, pero finalmente abre los ojos y se despereza bostezando.

––Reconozco que se me ha hecho corto ––comenta con voz ronca.

––Normal, no has movido el culo en todo el viaje ––murmuro entre dientes.

Brox me mira indignado y comienza a volar. El sonido de su aleteo me recuerda al de la lluvia torrencial chocando contra el suelo en una deliciosa melodía.

––Te recuerdo que de no ser por mí estarías muerta.

––Y yo te recuerdo que ya te lo agradecí en su momento.

––Una auténtica muestra de agradecimiento sería permitir que retomase fuerzas sin hacerme sentir mal al respecto.

––¿Retomar fuerzas? ––pregunto con sorna.

Brox asiente decidido y seguro de sí mismo. Su convicción es casi contagiosa.

Casi.

––Me encuentro fuera de mi elemento, Adamaris. Éstas temperaturas no son óptimas para lo grembros.

Frunzo el ceño y me detengo.

––Pensé que los grembros podían adaptarse a cualquier clima.

––Los grembros pertenecemos al bosque, a las copas de los árboles; no al desierto, Ada. Sobrevivo, pero siento la boca y las alas continuamente secas y cada vez que intento volar más de diez minutos seguidos me sacuden intensos mareos. Estoy cansado y hastiado.

––Lo siento, Brox ––digo tras unos segundos. Me avergüenzo de mi actitud. ––La falta de sueño y el estrés me están volviendo más irascible de lo normal, y no debería pagar nada contigo. Al final del día ––murmuro––, eres el único en el que puedo confiar a lo largo de este viaje.

El grembro se acerca aleteando lentamente a mí, y con cuidado se sienta en mi hombro. Apoya la cabeza contra mi cara y siendo su suave pelaje acariciar mi mandíbula.

––No te preocupes ––me asegura con voz calmada––. No necesito que te disculpes... aunque estaría bien probar un pastel de carne del Mercado Rojo.

Sonrío levemente y le doy un golpecito amistoso en la barriga con la punta del dedo índice. Caminamos y caminamos, seguidos únicamente por nuestras sombras. La inmensidad del desierto dorado se extiende a nuestras espaldas, y después de días sin haber entrado en contacto con civilización resulta inusual escuchar el sonido de tantas voces y música juntas de nuevo. Cada vez nos aproximamos más a las tiendas rojizas, y un nudo se aprieta en mi pecho al pensar que Brox tendría que esconderse en mi bolsa. Ashargar nos advirtió que nadie debía reparar en la presencia de mi fiel compañero, y no dudo de las palabras del hechicero. De haber sido una advertencia carente de relevancia e importancia, simplemente se la habría ahorrado. El anciano es sabio, inteligente y astuto. Confío en él. Pero tampoco quiero que a Brox le dé una insolación en el interior de la bolsa. Ahora mismo es mi único amigo, mi único apoyo.

––Brox... No te obligaré si no quieres... Pero...

El grembro me impide acabar la frase colocando una diminuta mano sobre mi boca. Ni siquiera alcanza a cubrirla en su totalidad, pero el pequeño sobresalto es suficiente para mantenerme callada.

––Tres pasteles de carne.

Asiento y la criatura echa a volar, aleteando pesadamente hasta mi vieja bolsa. Intento cerrarla de manera que queda un hueco lo suficientemente grande como para que pueda asomar la cabeza en caso de querer echar un vistazo o sentir la mera necesidad de respirar una gran bocanada de aire.

Personas ataviadas con turbantes y largas túnicas comienzan a cruzarse en nuestro camino. Algunas mantienen el ritmo, mientras que otras se detienen a echarme un segundo vistazo. No es muy usual ver a una niembriana por aquí. El camino hacia el Mercado Rojo es cada vez más visible, y pronto mis sandalias dejan de pisar arena para rozar contra un suelo más estable y duro, construído a base de piedras y arcilla seca. Los enormes toldos rojos tapan el sol, y siento cierto respiro al poder liberarme de su sofocante calor, aunque sea únicamente de forma parcial. El escenario ante mí parece salido de un cuento. Los finos troncos que sujetan las telas de seda y apariencia opulenta son oscuros como la noche, y en algunos de ellos brillan inscripciones doradas que resplandecen con la luz de los rayos de sol que logran colarse entre los toldos, reflejándose en la gente que pasa por delante. Se respira un ambiente apresurado y abarrotado. Los compradores vienen y van, chocando los unos contra los otros y cargando con mercancías que van desde lo más mundano a lo más singular. Los vendedores gritan y promocionan sus productos, algunos de ellos con exóticas canciones y rimas.

Es mágico.

Nunca pensé que llegaría a poner pie en Sombralia, mucho menos en el Mercado Rojo. Nos encontramos en una zona cercada al Camino del Oro, y la proporción de gente que camina a nuestro alrededor es una clara evidencia de ello.

Me muevo silenciosamente, tratando de pasar desapercibida. Mantengo la cabeza ligeramente agachada, aunque mis ojos escanean rápida y continuamente el entorno. Finalmente encuentro un puesto repleto de carne de todo tipo, y me detengo delante del comerciante que se halla sentado tras el tenderete. Le da un mordisco a su manzana antes de reparar en mi presencia.

––Vaya, vaya... Qué tenemos aquí... Usted no es de aquí, lo noto. Tiene el rostro al rojo vivo, como el culo de un niño desobediente ––la voz del hombre es profunda y rasposa, como si tuviera la garganta seca. Viste una camisa de algodón blanca como la leche, con el suficiente escote como para poder ver los principios del negro pelo que puebla su pecho. La piel del vendedor parece resplandecer bajo la capa de sudor que la cubre, y no puedo evitar que me recuerde a la miel.

Sonrío levemente antes de sacar una pequeña bolsa de oro de mi bolsillo.

––Me temo que ha dado usted en el clavo, señor. Soy una mensajera, de Niembreria.

El hombre suelta una carcajada.

––¡Oh, Niembreria! La puta comarca del frío y la nieve. Una vez estuve ahí, por cuestión de negocios. Creí que se me congelarían y caerían los cojones ––hace un sonido con la boca, imitando un golpe––. Pero aquí estoy.

Río y echo un vistazo a la gran selección de carne que se haya expuesta frente a mí. Algunas moscas revolotean a su alrededor, intentando hacerse con un trozo del producto. Enseguida selecciono qué es lo que quiero.

––Deme diez rebanadas de carne de buey, por favor ––pido.

El hombre se levanta de la silla. Es bajito y tiene una gran barriga. Extiende los brazos con un poco de dificultad hasta alcanzar el trozo de pata de buey y procede a cortar unos cuantos trozos.

––¿Y qué os trae por aquí? ¿Algún mensaje importante? Hace unos meses nos visitó uno de los suyos, al parecer se dirigía a Triponia... tenía que hablar con los putos reyes, decía ––se aparta unas gotas de sudor que caen violentamente por su frente––. Cuando volvió traía la boca cosida, el muy cabrón ––ríe––. Sería una pena que usted corriera el mismo destino, si me permite decir.

Asiento comprensiva y observo como el comerciante procede a guardar la carne en un envoltorio, acompañada de grandes cantidades de sal para su conservación. Así que el desafortunado mensajero que partió a la capital para advertir a los monarcas del retorno de Zanrias pasó por aquí... Y no una sola vez, sino que tanto en el viaje de ida como en el de regreso. Tal vez intentó con ello hacer público el mutilamiento llevado a cabo por orden de los gobernantes. Dar a entender que algo anda mal.

––Sus heridas fueron tratadas por nuestros mejores curanderos. Ha vuelto al servicio, si no me equivoco ––aseguro. Y es verdad.

El hombre ríe de nuevo, negando levemente con la cabeza.

––¿Sabe? No puedo evitar preguntarme qué clase de comunicado podría enfadar tanto a los reyes como para mutilar al mensajero ––comenta como si nada mientras termina de atar la lazada que mantiene el paquete unido––. Porque usted sabe... que aún no habiendo una respuesta oral o escrita, coserle los labios a un pobre bastardo es una contestación bastante clara.

Asiento de nuevo, haciéndome la tonta. Por un segundo me planteo si desobedecer las órdenes de los monarcas es buena idea. La población necesita estar alerta, pero en caso de intentar prender la mecha entre los habitantes del continente, los reyes contraatacarían con un balde repleto de agua helada. Es su palabra contra la nuestra. Sus tropas no tardarían ni un mes en alcanzar Niembreria y descargar su ira en forma de represalia contra mi gente. Estamos más que preparados para enfrentarnos a los enclenques de Triponia, pero vencer sería símbolo de insurrección. La situación es peliaguda y complicada.

Finalmente decido mantener mi papel de inocente.

––Cómo comprenderá, no tengo noción alguna del contenido de ese mensaje. Ojalá fuese así, pero solo sé que era un asunto de extrema importancia y urgencia. ––aseguro con voz delicada.

El comerciante entrecierra los ojos y me extiende el paquete de carne.

––Cinco monedas de oro ––le entrego la cantidad acordada y guardo mi compra en la mochila, junto a Brox. El grembro me mira ceñudo desde el interior de la bolsa, y recuerdo mi promesa. Estaba tan inmersa en la conversación que por un segundo casi olvido el trato entre la criatura y yo.

––¿Podría darme tres pasteles de carne también, por favor?

El hombre abre los ojos, sorprendido.

––Los pasteles de carne no se conservan particularmente bien, debería comérselos en las próximas horas.

––Lo sé.

Sus ojos oscuros recorren mi delgada pero relativamente musculada figura y finalmente se encoge de hombros.

––Sólo Adelram puede juzgarnos ––musita volviéndose hacia las estanterías oscuras a sus espaldas––... Entonces no sabe usted nada del misterioso mensaje, ¿eh?

––Efectivamente.

––Aquí se oyen rumores, lobita. Las calles de Sul tienen voces y pensamientos propios, y el Mercado Rojo no se queda atrás. Se habla de todo, desde una invasión a problemas con los dioses.

Sul... Capital de Sombralia. La ciudad del oro y los rubíes. Ahí debe hallarse el altar de rituales de la comarca. Me sorprende que la atrocidad de los reyes haya tenido tanto alcance. Supongo que el mensajero sabía lo que hacía.

––¿Y qué cree usted? ––pregunto interesada.

El comerciante comienza a empaquetar los pasteles de carne cuidadosamente pero con más lentitud que los trozos de carne. A él también debe estar resultándole atractivo el tema de conversación.

––¿Yo? Sólo soy un vendedor de carne, lobita. Sé lo básico sobre cualquier tema menos carne. Puedo citarte y señalarte cada vena y cada puta arteria del primer animal que se te pase por la cabeza, pero no puedo darle una respuesta a todas estas preguntas ni decidirme por ninguna de las posibilidades que he mencionado ––asegura afablemente. Casi puedo oír la sonrisa en sus labios ––... Sin embargo, mi hijo Cassius está bastante metido en el asunto, ¿y sabe lo que él cree? ––cuestiona volviendo el rostro en mi dirección. Sus pupilas se fijan en un punto a mis espaldas, y rápidamente me giro sobre mis talones.

Un chico de mi edad se halla cruzado de brazos y apoyado contra uno de los troncos que sujetan el puesto del hombre. Es alto y musculado, con el rostro bello y magníficamente esculpido. Su nariz es el único rasgo tradicionalmente imperfecto, con el tabique ligeramente desviado, probablemente a causa de un mal golpe. Los ojos del chico, dorados como la arena, están enmarcados por unas gruesas cejas oscuras. Sonríe coquetamente, mostrando unos dientes blancos como perlas que contrastan con la piel oscura. No puedo evitar reparar en que porta una cimitarra.

––Creo que hay un mal mayor que se cierne sobre todos nosotros, preciosa ––dice. Su voz me recuerda a la del vendedor, y pronto ato cabos. Podría ser perfectamente una versión joven y mejorada de él.

––¡Mira quién ha tenido la bondad de honrarnos con su apestosa presencia! ––exclama el comerciante––. Quién iba a decir que sigues con vida, hijo mío. Ya casi no te veo por aquí, pensé que habías muerto ahogado en tu propia mierda.

El chico ríe entre dientes sin dejar de mirarme. Yo le devuelvo el gesto, incapaz de ser la primera en ceder. No me gusta perder. Tras unos segundos, Cassius desvía finalmente la vista en dirección a su progenitor.

––Ese final te lo dejo a tí, padre. Considéralo un favor.

Ambos hombres sueltan una leve carcajada y se dan la mano, teniendo el comerciante que estirarse considerablemente para alcanzar a su hijo por encima de la barra del puesto.

––Creo que no hacen falta presentaciones ––dice el vendedor volviendo a posicionar su atención en mí––. Éste es Cassius.

––Su hijo favorito ––añade sonriente el muchacho.

––Mi único hijo.

Río genuinamente, alternando mi mirada entre los dos sujetos. Algo en la forma en la que interactúan me reconforta. Está bien volver a tener contacto humano después de tantos días acompañada únicamente por un grembro y espejismos producto de monstruosos escorpiones de las arenas. Su dinámica familiar me recuerda levemente a la que existe en mi hogar, y eso me hace sentir más cerca de casa que nunca.

––Así que estabas a punto de desvelarle a esta viajera todos mis planes e ideas, ¿eh, padre? ––Cassius habla con aire simpático y cordial, pero algo en su tono de voz me dice que se encuentra un poco molesto con la actitud de su padre.

––¡Oh, tranquilo! La señorita dice ser una mensajera de Niembreria... aunque, si me permite el atrevimiento, no me lo creo ––el hombre me mira intensamente y frunzo el ceño en respuesta a su acusación.

––¿Me está llamando mentirosa? ––pregunto sonriendo.

––No, simplemente estoy apuntando que no creo nada de lo que dice. Puede que esté en lo cierto, o puede que me halle haciendo el ridículo ––mueve las manos exageradamente y se inclina en nuestra dirección, bajando el tono de voz––. Va armada hasta los dientes y las ropas que viste han sido definitivamente robadas. Su yegua es un ejemplar remarcable, fuerte y tranquilo que se ha adaptado perfectamente al ajetreado entorno de este estúpido lugar. Vuestras cicatrices y la ligereza de sus movimientos son símbolo de guerra y años de entrenamiento. ¡Se ha acercado tan disimuladamente a mi puesto que ni he reparado en que estaba delante de mis narices hasta que la sombra era demasiado obvia! Me recuerda a un gato cada vez que habla o se desplaza ––las palabras salen de su boca con rapidez, y sus pupilas me observan con perspicacia––. No sois una mensajera, sino una guerrera. ¿Mercenaria, tal vez? O simplemente...

––En una misión encubierta ––finaliza Cassius por él.

Trago saliva, intentando pensar algo, cualquier mentira con la que contrarrestar sus afirmaciones. Pero el vendedor y su hijo están en lo cierto.

––Es usted un hombre inteligente, señor... ––digo por fin.

––Bram, ese soy yo. Lo óptimo ahora es que usted me diga también su nombre.

––Adamaris ––respondo. Ashargar nunca mencionó que debiese mantener mi identidad en secreto, pero tras el terrible episodio de la posada he creído que era la mejor opción para evitar preguntas y situaciones innecesarias.

Cassius se acerca a mí y me toma del brazo con cuidado, disimuladamente. Podría torcerle la muñeca en menos de un segundo, pero no quiero armar alboroto. Debo pasar lo más desapercibida posible.

––Bien, Adamaris. Creo que deberíamos hablar en un lugar más privado, ¿no te parece?

Sus ojos dorados brillan como el oro, resplandecientes bajo un rayo de sol que se cuela entre las telas rojizas que nos rodean.

––¿Y por qué iba yo a querer eso?

El muchacho ríe levemente.

––Porque algo me dice que estás buscando el anillo de Adelram. Y yo puedo ayudarte. 

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