Capítulo 2.
Doradas. Las hojas de los árboles en Sombralia son doradas y rojizas.
Hace ya unas horas que cruzamos la frontera, y no he podido dejar de observar el paisaje que me rodea. El bosque de esta región es completamente diferente a lo que estoy acostumbrada. Probablemente tenga algo que ver con que cada vez haya más arena a los pies de Tormenta, y es que Sombralia es conocida también como la Región de las Arenas. Aún así, algo en el paisaje me transmite seguridad, al contrario que Niembreria, donde siempre he tenido la imperiosa necesidad de estar atenta a todo lo que ocurre a mi alrededor. Aquí me siento diferente, más calmada. Eso no quiere decir que esté absolutamente relajada, por supuesto. Mientras que con una mano sostengo las riendas, mantengo la otra cerca de mi espada. Ashargar me ha dicho que estas tierras son probablemente las más seguras de Creyteria, pero que no me confíe: El anillo está rodeado de peligros y pruebas que me llevarán al límite. Además, la exótica fauna de Sombralia presenta amenazas a las que nunca antes he plantado cara. O visto siquiera.
Distingo una posada en el horizonte. Una edificación de adobe que apenas destaca entre las hojas doradas y la leve capa de arena que flota en el aire. Está anocheciendo, y probablemente sea buena idea pasar la noche bajo un techo real. He vivido las últimas noches en estado de alerta, intentando dormir bajo capas y capas de mantas que no podían aislarme totalmente del frío niembriano. Sin embargo, cada kilómetro que hemos avanzado desde que llegamos a Sombralia, la temperatura se hace cada vez más y más insoportable. El sol parece temblar sobre nuestras cabezas, dificultándome distinguir el cometa de Ashargar.
––Brox, vamos a dormir en esa posada. Necesito que te metas en la bolsa, al menos hasta que nos consiga una habitación.
El grembro se atraganta con un higo que había cogido momentos antes de una rama de bronce.
––Pero... pero ––dice cuando logra dejar de toser––... ¿Acaso sabes lo mal que huele ahí dentro? Definitivamente no me valoras nada. Podría morir asfixiado en esa odiosa bolsa y no te darías cuenta ––al ver que sus palabras no consiguen el efecto esperado, dirige una rápida mirada a la posada––. Además, ese sitio no me da buena espina. Lo digo totalmente en serio.
Niego con la cabeza y abro la solapa del bolso mirando a Brox con una ceja alzada. La criatura abre la boca con indignación, y cruzándose de brazos revolotea hasta su muy querido hotel privado.
Sonrío y aparto una gota de sudor que cae lentamente por mi frente a la vez que le doy unas palmadas cariñosas al cuerpo también sudoroso de Tormenta. Su pelaje negro está rizado por la humedad que su organismo desprende, y si no tuviera que parar para descansar, pararía de todas formas para darle un respiro a mi fiel compañera.
Cuando por fin llego a la amplia posada, un chico joven, de unos doce años, sale rápidamente de la estancia para recibirme. Seguramente no están acostumbrados a tener visitas, ya que se encuentran asentados cerca de la frontera con Niembreria y los lazos entre ambas comunidades se reducen a escasas relaciones comerciales. Un lugar particular para establecerse, sobretodo en formato de posada y refugio para viajeros.
El joven, de piel morena y vestido con una túnica larga y blanca de mangas largas y acampanadas con bordados azules, se acerca a mí. Tormenta relincha y da unos pasos hacia atrás, reacción que provoca que frunza el ceño. Detengo sus andares tirando de las riendas y procedo a bajarme de su lomo con un rápido movimiento. Tal vez esté más fatigada de lo que pensé.
––Buenas noches, señorita. Permítame ––solicita el muchacho con una blanca sonrisa que me provoca escalofríos.
––Buenas noches, ¿tenéis establos? ––pregunto acariciando el cuello de Tormenta sin soltar las riendas. Su cabeza se mueve de arriba a abajo con impaciencia y nerviosismo, a la vez que sus patas. El comportamiento me extraña, pero pronto caigo en que nunca ha estado expuesta a este clima. Es una yegua de las nieves, de Niembreria.
––En efecto, señorita. Déjeme conducir a su yegua a las cuadras mientras mi hermana la guía a sus aposentos para la noche. Más tarde le llevaré sus cosas a la habitación.
Alguien me toca el hombro, e instintivamente llevo una manos a la daga localizada a mis espaldas. Cuando me giro una chica joven me saluda con la mano, sonriente. Su rostro es escalofriantemente similar al del muchacho, y hay algo en ambos que me produce desconfianza. Sin embargo, son solamente niños. ¿Qué daño pueden hacerme a mí, una guerrera del norte? Aún así, me encargo de no dejar ningún arma a lomos de Tormenta.
Con un deje de desconfianza le cedo al chico las rienda.
––Tranquila, mañana al alba nos reuniremos ––le digo a mi yegua, esperando tontamente que sea capaz de comprenderme.
El joven tiene que pelear un poco con Tormenta, pero finalmente consigue que le siga detrás de la posada, donde deben hallarse las cuadras. La niña tira de la manga de mi gruesa túnica oscura y corre hacia la fachada principal de la edificación. La entrada destaca por su imponente arco con forma de herradura, decorado a su vez por enredaderas doradas y abronzonadas. La sigo a paso apresurado y me adentro en la posada.
Es aún más amplia de lo que aparenta desde el exterior, y tres largas filas de mesas vacías decoran su interior. El espacio es luminoso, adornado con exóticas pinturas y gran cantidad de plantas de diferentes formas y siluetas, aunque no colores, pues todos los tallos y hojas se mantienen fieles a una gama de tonalidades rojizas y doradas. Una anciana se halla detrás de una barra, un mostrador que brilla levemente, recordando al bronce. Tal vez esté fabricado a base de ello. La señora toca apasionadamente un tambor, creando una dulce pero imponente música.
––Abuela, tenemos clientela ––exclama la niña con retorcida alegría.
Abro la bolsa en la que se encuentra Brox, y sin mirarle tomo una pequeña bolsa de oro. La mujer no levanta la vista de su tarea, aunque sonríe.
––Perfecto.
Doy un paso al frente, dejando la bolsa sobre la superficie de bronce.
––Imagino que esto será suficiente para cubrir los gastos de la noche ––digo con seriedad. No me gusta el ambiente que se respira, y comienzo a sentirme como una presa encarcelada.
La música se detiene.
––Por supuesto, señorita. Es más que suficiente ––afirma la anciana mirándome por fin. Sus ojos son rojos como la sangre––. ¿Cómo os llamáis? Si se puede saber, claro. Entendemos que algunos viajeros prefieren pasar... desapercibidos.
Algo extraño brilla en su mirada.
––Irinia, señora.
Algo me impulsa a mentir. Instinto, un sexto sentido... no lo sé. Pero no puedo evitar pensar que he tomado la decisión correcta.
––Irinia... Por sus ropas y piel pálida deduzco que procede de Niembreria, ¿me equivoco?
Tragando saliva, le dedico un seco asentimiento. La anciana sonríe y sus arrugas se pronuncian, dándole un aspecto afable. Aún así, hay algo en el gesto, en la forma en la que sus iris rojizos parecen desprender llamas, que le da la apariencia de una criatura asesina y aterradora enmascarada bajo una fachada de modestia y amabilidad.
––¿Y qué os trae por aquí, joven Irinia?
––Soy una mensajera. Me dirijo a Triponia, un viaje rutinario ––las mentiras abandonan mis labios con naturalidad y rapidez.
La sonrisa de la mujer se disuelve paulatinamente, como si estuviera viendo más allá de mis palabras. Como si de alguna manera supiese cual es mi auténtico propósito. Y aunque sé que éste no es ningún crimen, soy consciente también de que los seguidores de Zanrias se están apoderando lentamente de todo el continente.
––Comprendo... Es una gran casualidad que nunca hayáis pasado por aquí ––murmura sin romper en ningún momento el contacto visual.
––Suelo estar destinada a las rutas que conectan con la capital a través de Legreita ––aseguro sonriendo levemente, tratando de transmitir ternura y cortesía––, y en las escasas ocasiones que se han requerido mis servicios en esta región he viajado por el Camino del Oro.
El Camino del Oro es la parte sombrialí del Camino de los Dioses, la ruta oficial que conecta todas las regiones de Creyteria. El cometa de Ashargar me ha conducido fuera de ese camino, así que hay cierta veracidad en mis palabras.
––Comprendo... ¡Yelena! ––la niña da un paso hacia delante––. Conduce a la señorita a la habitación dos, creo que se acomodará perfectamente a sus necesidades.
La sonrisa de Yelena se ensancha y tira de nuevo de mi manga, aunque con más fuerza. A continuación corre hacia las escaleras de adobe situadas a escasos metros del mostrador, sin detenerse a asegurar mi presencia detrás suyo. Dirijo un último vistazo a la señora tras la barra, que me observa con intensidad y vigor, antes de seguir a la muchacha.
Y la música se reanuda a mis espaldas.
Brox revolotea a mi alrededor, nervioso y preocupado.
––Te dije que este sitio no me daba buena espina, ¿y qué hiciste? Ignorarme. Nadie hace caso nunca a Brox, pero Brox siempre tiene la razón. Toda una paradoja, ¿no crees?
Ruedo los ojos y suspiro pesadamente.
––Que esté de acuerdo contigo no significa que nuestras cavilaciones sean ciertas, Brox. Es solamente una posada. Y no soy nadie para juzgar a esta gente ––contesto mientras afilo mi espada con una piedra––. Quién sabe cuándo fue la última vez que tuvieron clientes.
––Entonces, ¿por qué afilas tu espada? ––pregunta cruzándose de brazos.
––Rutina.
Brox niega con incredulidad.
––¿Pero tú les has visto?
––Efectivamente, Brox ––murmuro cansada––. ¿Les has visto tú?
El grembro aparece en mi campo de visión, situándose entre la espada y yo.
––Que haya estado injustamente encerrado en tu asquerosa bolsa no significa que no haya asomado la cabeza de vez en cuando.
Frunzo el ceño y aparto la espada, dejándola sobre la cama.
––Bien, Brox, ¿y qué sugieres que hagamos? ¿Irnos en mitad de la noche? ––pregunto con sorna.
––¿Sí?
Me dejo caer sobre el mullido colchón con pesadez y cierro los ojos, cansada.
––No voy a coger mis cosas y huir de aquí como si fuese una criminal sólo porque seas un cobarde, Brox.
El grembro no contesta, probablemente enfadado e indignado conmigo. Escondo mi espada bajo el colchón, de manera que pueda alcanzar la empuñadura fácilmente en caso de emergencia, y soplo la vela que descansa en la mesa a mi lado.
La oscuridad inunda la habitación y cierro los ojo de nuevo, esperando poder conciliar el sueño por primera vez en días. Sin embargo, las pesadillas siguen ahí. Y enseguida me toman un sus brazos indignos de confianza. Regresan los monstruos desconocidos, los gritos desgarradores y las imágenes de un Jeremiah torturado y carente de luz. Mi prometido atado a un poste, siendo azotado con violencia y sin piedad. Sus lágrimas y sangre mezclándose en el suelo de piedra, las risas de sus agresores danzando en el aire.
Corro. Pero no avanzo.
Grito. Pero mi garganta no emite ningún sonido.
Nadie me ve. Jeremiah no me ve. No sabe que estoy ahí. Carece de nada a lo que aferrarse y sus alaridos de dolor me impiden pensar con claridad.
Entonces aparece una masculina figura encapuchada. Una silueta oscura que irradia poder y energía. Me pregunto si es la Muerte, piadosa por fin y dispuesta acabar con el sufrimiento de mi amado. O un valiente y poderoso hechicero que ha acudido a enfrentarse a las hordas del mal, salvando a Jeremiah en el proceso. Pero su escalofriante y ronca risa acaba cruelmente con mis esperanzas.
El hombre se quita la capucha con delicadeza, y la fluidez de su movimiento me recuerda a la de una cobra de citrino. Está de espaldas a mí, y solo alcanzo a distinguir su largo cabello, recogido en una coleta que le llega a los hombros. Tiene el pelo rizado y oscuro, tan negro como la noche o la más sombría de las obsidianas.
Mi pecho se mueve a toda velocidad, y una vez más, intento correr en dirección a Jeremiah, que observa con temor al hombre misterioso. Su cuerpo ensangrentado se retuerce una y otra vez, intentando alejarse lo máximo posible de la figura, pero incapaz debido a las cuerdas que rodean sus muñecas.
De pronto, mi cuerpo parece pesar unos kilos de más. Bajo la mirada, extrañada y llena de adrenalina, y tengo que contener un grito al verme ataviada con mi viejo vestido de novia, cubierto de sangre escarlata. Sangre húmeda y reciente. El trauma y la turbación se sacuden dentro de mí, y recogiendo las largas faldas entre mis brazos, intento correr hacia mi prometido de nuevo.
Solo que en esta ocasión, por fin, me muevo.
Mis pies tocan el suelo y avanzo. Una sonrisa incrédula y esperanzada se dibuja en mi rostro, húmedo por el sudor y las lágrimas. Pero cuando estoy a escasos centímetros de Jeremiah, el hombre de pelo oscuro se gira en mi dirección riendo de nuevo.
Y algo en la forma en que se mueve, en el sonido de su maligna risa me resulta familiar. Como si conociera ese rostro perfecto, masculino y simétrico, que parece haber sido esculpido por los mismísimos dioses.
Su mano se cierra en torno a mi garganta en un movimiento rápido y ágil, privándome de coger una última bocanada de aire. Me observa incrédulo, sorprendido, y la expresión dibujada en su rostro denota mil emociones en un solo segundo. No tengo tiempo de reaccionar antes de que acerque mi oído a su boca con fuerza.
––Despierta.
Todo se rompe en pedazos cuando grito de nuevo y me encuentro en la habitación número dos de una posada en la Región de las Arenas.
Mi respiración agitada y jadeante es lo único que se oye, y las sábanas bajo mi cuerpo están bañadas en sudor. Tardo unos minutos de asfixiante silencio en calmarme y adaptar medianamente mis ojos a la ahora angustiosa oscuridad. Se respira un ambiente extraño, maligno, tóxico incluso.
––¿Brox? ––llamo al grembro.
No recibo respuesta.
––¿Brox? ––repito, extrañada.
Si algo he aprendido en estos días de viaje a su lado, es que tiene el sueño ligero. Además, la criatura, ya acostumbrada a mis pesadillas, es consciente del efecto que tienen en mí, y se encarga de distraerme prácticamente todas las noches con sus habladurías y anécdotas.
Por eso, un escalofrío recorre mi columna al no recibir, de nuevo, respuesta.
La terrible sensación de que aún así no estoy sola me abruma.
Con un movimiento ligero y cuidadoso, pues aún soy incapaz de ver del todo, conduzco mi mano a la empuñadura de la espada que descansa bajo el colchón. Mis dedos aprietan con fuerza la superficie, sin sacar el arma.
Mis pupilas oscilan por la habitación, en busca de algo inusual, extraño. Pero no hay nada. Ni una figura amenazadora... Ni Brox.
Por un momento, la idea de que el grembro me haya abandonado surca mis pensamiento. Pero entonces, reparo en que hay un lugar que aún no ha sido observado por mis ojos ya adaptados a la oscuridad. En silencio extraigo la espada de su escondite.
Al segundo, Brox aparece en la ventana dando golpes con sus pequeños puños en el cristal. Sus ojos morados me observan con temor y espanto.
––¡No son humanos! ¡No son hum... !
Antes de que pueda acabar la frase, agarro con más fuerza la espada, y empuñándola con seguridad y firmeza, la alzo en el aire. La punta del arma viaja con velocidad, en un golpe tosco y fluido, a través del colchón en dirección al suelo bajo la cama.
Un alarido demoníaco y ensordecedor confirma mis sospechas.
Rápidamente extraigo la afilada espada del mueble y salto al suelo, cayendo de pie y en guardia.
La cama sale disparada un instante después, impactando contra la pared de yeso y arena opuesta a mi posición. La anciana que antes tocaba plácidamente el tambor se encuentra en la superficie previamente ocupada por el lecho en el que he dormido. Pero dista mucho de ser la mujer que conocí horas atrás.
Grandes cantidades de sangre oscura brotan de su tronco ahora acorazado y un largo y grueso aguijón nace de la parte baja de su espalda. La bestia crece por momentos, llegando a doblar mi tamaño, mientras sus piernas y brazos se transforman en imponentes patas, con dos enormes pinzas al frente. En apenas unos segundos, su cabeza se ha abierto por la mitad, brotando aún más sangre al son de una angustiosa melodía compuesta a base de alaridos y monstruosos quejidos.
Los restos de la que era la cabeza de la mujer caen al suelo con un viscoso y duro sonido, sustituidos por la constitución de un escorpión de las arenas.
––Por Adelram... ––susurro.
Agradezco haber nacido en Niembreria. Los guerreros del norte nacemos con un sentido de la vista especialmente desarrollado que ahora me permite distinguir claramente la forma del monstruo en la oscuridad.
El aire se ha atorado en mi garganta, pero soy rápida al asestar mi segundo golpe. La bestia está débil, y deduzco que será fácil enfrentarme a ella. Me aproximo corriendo en su dirección, y el escorpión levanta la parte superior del cuerpo con lentitud a causa de la creciente brecha a sus espaldas. Con un ágil movimiento me dejo caer al suelo, utilizando un antebrazo como ancla para dar un giro hacia la derecha, cambiando totalmente de dirección en el último segundo; y el otro, una extensión de mi espada, para realizar un nuevo y profundo corte en la parte interna de su tronco.
El escorpión de las arenas chilla, y tengo que llevarme las manos a los oídos para evitar que el sonido me haga daño. La sangre brota y brota de las heridas, produciendo un pestilente olor capaz de desorientar a cualquiera. Huele a cadáveres en descomposición, a muerte. Es horrible y asqueroso.
Me incorporo con rapidez, cubierta del líquido espeso y oscuro. El suelo antes amarillento se encuentra bañado en la masa negra que cae como cascadas de las incisiones en el tórax del monstruo.
Antes de que pueda atacar de nuevo, el escorpión mueve violenta y ágilmente su largo aguijón. Esquivo la afilada y venenosa punta de la extremidad por unos centímetros, pero no puedo atacar de nuevo ya que las descargas son continuas, fallando por relativamente escasa distancia y agujereando el suelo con su potencia.
Y es entonces cuando lo veo. La púa presenta un muy leve destello, ni siquiera el suficiente como para proporcionar luz. Pero sí el necesario como para poder distinguir la arena que baila fieramente en su interior.
Espero a que llegue el siguiente ataque con el corazón latiéndome a mil por hora. Y en lugar de apartarme, alzo la espada. El escorpión de las arenas grita de nuevo, antes de arrojar su arma letal sobre mí. Y en lugar de moverme al momento, espero a que esté lo suficientemente cerca como para asestar el golpe definitivo.
Cuando el aguijón está a punto de rozar mi cabeza, me hago a un lado con un giro completo, la espada extendida.
Oigo como la extremidad cae al suelo con un golpe seco, provocando un chapoteo. Noto la sangre manchar mis espaldas, y cuando me vuelvo, el monstruo está convulsionando. Una vez más, me veo obligada a cubrirme las orejas debido a los estridentes chillidos.
El escorpión se desvanece, transformándose en una montaña de arena dorada que resbala y se desliza por la superficie cubierta de sangre.
Rodeando la masa me acerco a la ventana antes ocupada por el grembro, angustiosa al no ver señal de Brox. Pero entonces le distingo, volando y esquivando los ataques de dos escorpiones. Yelena y su hermano, deduzco. Son de menor tamaño que el que acabo de destruir.
Abro el cristal de la ventana y corro a por mi arco y mis flechas, manchados también de sangre. Cuando regreso con el arma preparada, veo como Brox lanza higos a los monstruos y no puedo evitar sonreír. Tenso el brazo con el que sujeto el arco y coloco la flecha a la altura de mi rostro, de manera que la cuerda queda estirada lo máximo posible.
Respiro hondo, sintiendo las hebras de la cuerda rozar delicadamente mi labio. Mis sentidos se agudizan, mis pupilas se centran en el aguijón de uno de los escorpiones. Se mueve sutilmente, incapaz de apuntar a un inquieto Brox.
Disparo.
La flecha dibuja su camino como un cometa que vuela a toda velocidad por el cielo estrellado. Aguanto la respiración, nerviosa. Pero puedo volver a coger una bocanada de aire cuando veo el filo de mi arma atravesar limpiamente la púa del monstruo. Una vez más, los chillidos y quejidos reinan en la oscuridad de la noche, y segundos después, el escorpión se ha desintegrado en una nube de arena.
Brox ríe incrédulo, arrojando un higo con todas sus fuerzas a la montaña dorada. El otro escorpión emite un sonido asemejado a un estruendoso lloro, pero no tiene tiempo de centrar su atención en mí antes de que una flecha atravese también su aguijón, desencadenando el mismo efecto que en su hermano.
Me dejo caer de rodillas sobre el suelo, produciendo un desagradable chapoteo al impactar contra el río de sangre que ha resultado de mi enfrentamiento. El grembro aparece enseguida a mi lado y se deja caer sobre mi hombro, agotado. Tras unos minutos de absoluto silencio que empleo para procesar todo lo que acaba de pasar, Brox se decide por fin a hablar.
––Te lo dije.
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