Lunes 18/04/2016, Habitación de Emily
Johnny sostenía un celular en la mano y no era el suyo. Su madre lo había dejado olvidado la noche anterior tras el altercado con su padre, así que podía estar un noventa por ciento seguro de que volvería por su cuenta o enviaría a algún delegado en su nombre para recogerlo esa tarde.
Era difícil inferir qué rumbo tomarían las cosas a partir de ahora. La discusión de la noche pasada había sido diferente a las demás, en el sentido más sombrío.
Johnny tuvo que meterse en la habitación de Emily y abrazarla hasta que el silencio reinó en planta baja y ella consiguió quedarse dormida. Luego había bajado para tomar un vaso de agua y encontró a su padre sentado en el sillón, mirando fijamente la pantalla en blanco de la TV y rodeado de botellas de cerveza. Johnny había pasado a su lado para dirigirse a la cocina, y el hombre no mostró más reacción que una mirada furtiva que le heló la sangre. ¿Aquello que ardía en sus ojos era odio, asco, resentimiento, o algo parecido? Lo último que había vislumbrado del hombre antes de precipitarse escaleras arriba fue su mano estirándose hacia una de las botellas a medio tomar y devolverla vacía segundos después.
Johnny durmió en el cuarto de Emily y después de tantas horas, incluidas las que la niña estuvo en el instituto, seguía allí. Ahora ella jugaba con una Barbie al otro lado de la mesita sobre cuyo borde Johnny apoyaba su pierna enyesada. Atravesaban uno de esos momentos en los que resultaba difícil dilucidar quién necesitaba el apoyo de quién.
Johnny desbloqueó el celular de su madre tras el agudo sonido de un mensaje de WhatsApp. El estómago se le hizo un nudo. Alguien agendado como «Amor» decía: «Iré por el celular en media hora. Camille está conmigo. Nos llevaremos a los niños con nosotros y ya no tendrás que preocuparte más por nada».
El puño de la mano sana de Johnny se apretó hasta que el dolor de sus uñas clavadas en su palma apaciguó en algo su indignación. ¿Cómo se atrevían a ser tan cínicos? Abrió la foto de perfil del hombre al máximo zoom y escrutó su rostro con ojos críticos. ¿Dónde había visto antes esa nariz, esa manera de tocar la boca, esa expresión de superioridad en los ojos? Sentía que tenía la respuesta en la punta de la lengua y no podía dar con ella.
—¿Jackie, estás bien? —le preguntó Emily, observándolo con inquietud.
—Perfecto. —Johnny fingió su mejor sonrisa mientras por debajo de la mesa su pulgar pulsaba «enviar». A ver cómo reaccionaban al «Jódete 🖕🏼» que logró tipear como respuesta.
—¿Podrías jugar conmigo? —pidió Emily—. Por favor, ¿sí? Por faaa.
—Claro, enana. —Johnny guardó el celular en su bolsillo y se señaló la pierna enyesada con el mentón—. Pero las muñecas tendrán que venir a mí, lo cual no sería nada nuevo, la verdad.
—¡No importa! —Emily acercó tres muñecos más a la mesita, su sonrisa desapareció en cuanto llegó—. Mis amigas dicen que ya estoy muy grande para jugar con muñecas...
Johnny tomó a la muñeca rubia y la zarandeó en el aire mientras fingía voz de niña.
—Tus amigas no saben lo que se pierden, nena. —Hizo que la muñeca se sacudiera el pelo, así a lo diva—. Soy mucho más interesante que los pendejitos culicagados de nueve años.
Emily rió.
—¡Basta! Así no es ella. —Se la quitó con un empujón y a cambio le entregó un muñeco castaño que estaba mucho mejor que el Ken—. Usa este. Juguemos a la familia.
Emily asió a la barbie que Johnny había manipulado y le arregló el cabello, luego con la otra mano tomó al Ken. Sobre la mesita había un convertible, una mesa, una estufa y una cama matrimonial, todo rosa y del tamaño de las muñecas.
—Te amo mucho, cariño —dijo Emily, pretendiendo ser Barbie.
—Y yo a ti, amor —se respondió a sí misma, como si fuera Ken.
Hizo que se dieran dos picos mientras exclamaba «mua, mua», y luego que ambos besaran en las mejillas al muñeco castaño que tenía Johnny en su mano.
—Amamos a nuestro hijo también. Somos una hermosa familia feliz.
—Em... —empezó Johnny, a modo de advertencia, pero su hermanita lo ignoró y continuó hablando como si fuera la rubia muñeca.
—Además, estoy embarazada de una niña —Hizo que se tocara el vientre, en el cual había metido una servilleta arrugada—. Creo que le pondré Emily, ¿qué te parece, John?
—Es un nombre precioso —se respondió a sí misma con su mejor voz de hombre, mientras hacía que el Ken abrazara a la barbie por la cintura—. ¿Qué opinas tú, hijo?
—Será la mejor hermanita del mundo —respondió Johnny, solemne.
—Nunca nos separaremos. —A Emily le tembló la voz, lo cual hizo que la expresión sonara demasiado achiquillada para venir del Ken—. Cuidaremos de ustedes hasta grandes y estaremos juntos hasta viejitos.
—Sí —convino, como la Barbie—, porque te amo y eso nunca va a cambiar. Nunca miraré a nadie más que a ti.
—Y yo siempre... cuidaré de tu amor.
Johnny dejó el muñeco a un lado, y antes de que atinara a decir algo, Emily se había echado a llorar en sus brazos, estrujándolo tanto que le provocó un agudo dolor por debajo del cabestrillo.
—Q-quiero vol-ver a te-ner u-na familia fe-feliz.
Ese comentario dejó a Johnny pasmado. ¿Cuándo en la vida ellos habían tenido una familia feliz? ¿Cuándo en la vida cualquiera la tiene?
Recordó las noches en las que su padre lo obligaba a encerrarse en su cuarto sin cenar, desde donde podía escuchar cómo le mentían a Emily diciéndole que estaba enfermo. O cuando esperaba que su madre se llevara a Emily a la heladería para gritarle que era un estúpido bueno-para-nada y que jamás podría volver a meter a ningún chico a esa casa.
Johnny lo sabía, es más, lo consentía. En ese entonces creían a Emily demasiado pequeña para atañerse a las dificultades de la vida. Prefirieron aislarla en la dulce burbuja de la vida hogareña perfecta, consintiéndola y escondiéndole los problemas que provocaron la sexualidad de Johnny para todos.
Mirando sus lágrimas de impotente incomprensión se cuestionó si habían hecho lo correcto. Emily creía en una fantasía que jamás fue ni sería cierta. No estaba preparada para la dura vida que tendrían que enfrentar tras el divorcio de sus padres.
«Las familias perfectas no son reales» quiso decir, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta. No se veía capaz de romper el corazón de Emily.
«Tarde o temprano alguien lo hará, y mientras sea antes, será mejor» se recordó.
—Enana, te diré algo que debes comprender bien...
La puerta se abrió de sopetón y John Collins se apoyó con una mano del umbral. Tenía los ojos vidriosos y enrojecidos, además de una expresión volátil. El inconfundible hedor a alcohol y tabaco emanaba de su ser.
—Recojan ambos todas sus cosas. Han venido por ustedes.
—¿Por qué todas nuestras cosas? —Emily parecía no entender nada.
—Porque se van de esta casa —contestó el hombre sin contemplaciones. Su voz se levantaba conforme hablaba, perdiendo el control—. ¡Se me van ya!
Emily negó con la cabeza.
—Papá, qué...
—¡No me llames así! —lo dijo con tanta rabia que su saliva salpicó fuera—. ¡Lárguense, ahora! —Sacó su otra mano de su espalda, donde sujetaba una botella de cerveza vacía y la aventó hacia la niña—. ¡Fuera!
La botella se estrelló en la pared gracias a la fallida puntería del hombre. Emily chilló y comenzó a temblar, abrazando a su hermano. Johnny estaba paralizado.
Ya comprendía qué había tenido de diferente la conversación. El por qué de la reacción de su padre. La razón por la que su madre se los llevaba.
Asió las muletas cómo pudo y corrió junto a Emily escaleras abajo, empujando al colérico borracho en el camino. Ni si quiera se molestó en hacer maletas para ninguno de los dos.
Corrieron sin parar ni mirar atrás al lugar que jamás volverían a pisar.
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